Escribir aunque sea sin motivo

Amores otoñales1

Te pasa que estás escribiendo un cuento y te está costando acabarlo lo que no está en los escritos. Hace años pensaste que sólo escribirías lo que se te fuera ocurriendo, sin más. Sin plan previo, sin esquemas, sin más método que improvisar sobre la marcha. Así has completado la mayoría de los posts de este blog. Pero he aquí  hace unos días una amiga que escribe muy bien y también es bloguera te mandó un mensaje: Siete años de cárcel por tocar el piano. Se merece un post del Duende!!! Te dio rabia, porque ya habías pensado que el asunto daba mucho de sí, y hubieras preferido abordarlo motu proprio, sin que nadie te invitase a ello. Ya lo tenías medio pensado, un cuentecillo corto al hilo de la actualidad, como te gusta. Ahora, después de la sugerencia de tu amiga, sientes más responsabilidad.

-Gracias por la sugerencia- le respondiste- Si escribo una historia a cuenta de este suceso te la dedicaré.

Desde entonces escribes y escribes y, por primera vez, te corriges. Más responsabilidad. La historia se te está complicando: añades, quitas, cambias las frases de sitio. De repente ves a tu amiga como si fuera el ojo de Dios aquel que vigilaba los actos de un niño en las ilustraciones del Ripalda. Madre, qué nervios si luego el cuento resulta una birria.

Por tercera noche en el fin de semana lo has revisado y adviertes en él varias incoherencias. Querías cerrarlo hoy, pero no puede ser. Y aunque anhelas la cama, recuerdas que si lo dejas así, tu blog se quedará en blanco un día más. Qué deshonor para ti, que cuando lo estrenaste subías un post casi a diario.

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Y entonces decides escribir unas líneas sobre las hojas muertas, a las que el pasado siglo alguien dedicó una maravillosa canción (Edit Piaf, Yves Montand). Las observabas esta mañana desde la ventana desparramadas sobre el césped, del amarillo vivo al cinabrio, pasando por el color siena, y te preguntabas por qué esas hojas muertas te dan una tan intensa sensación de vida. Cómo la muerte de una hoja puede ser tan elegante, tan bella, desde su caída final hasta que su carne vegetal se pudre y se funde con la tierra para enriquecer ésta y propiciar que nazcan otros árboles y plantas. Te quedabas embobado, admirando esa película tan hermosa que proyecta todos los años el otoño.

Y apuntas en tu libro de notas invisible: motivo tres mil ochocientos setenta y cuatro para sentirte moderadamente contento. Hojas caídas con la voz de Montand cantando Les feuilles mortes. Mañana, si logras rematar el cuento podrás apuntar el tres mil ochocientos setenta y cinco

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1 Response to “Escribir aunque sea sin motivo”


  1. 1 Bête en sauce noviembre 19, 2013 en 3:57 pm

    Oui, Duende. Les feuilles mortes se ramassent à l’appel, dans la nuit froide de l’oubli….Tu vois je n’ai pas oublié la chanson que tu ne chantais! Laralalá, laralalá…

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