Claudia claro de luna

Ilustración prestada de la web www.fotolog.com

Ilustración prestada de la web http://www.fotolog.com

La Justicia se hace imposible de entender para el ciudadano normalito. Mientras en España se pedían siete años de cárcel para una pianista por molestar a sus vecinos teníamos que ver cómo asesinos y violadores múltiples salían de la cárcel antes de tiempo por  un quítame allá no esas pajas, sino la doctrina Parot. La paradoja le fue advertida a este duende por su admirada amiga, la también bloguera  Aldara Fernández de Córdoba, a quien por eso le dedica este cuento.

Lo malo es que, quizás por afán de esmerarse, la historia se le ha ido de las manos, ha olvidado el imperativo de la brevedad y se ha convertido en el post más largo de la historia de este blog. Así que advertido queda el lector. Si tiene prisa, gracias por leer hasta aquí y que pase de largo. Y si necesita garantías de calidad literaria para embarcarse en un cuento de ocho páginas, que acuda a Chejov, a Medardo Fraile o a Alice Munro, que seguro que no le fallarán.

1

Cuando veo el eco que ha conseguido en los medios el caso de la pianista de Puigcerdá recuerdo que yo  también tuve una vecina pianista. Mi nombre es Sergio Rosales, y soy un tipo de lo más corriente, un ciudadano de provincias  con buen expediente y un par de idiomas que hace años recaló en Madrid y tuvo la suerte de pillar trabajo  como abogado en una multinacional. Procuro abstraerme de lo que pasa en el mundo para hacer mi vida sin demasiados traumas, pero la historia de esta mujer me toca muy de cerca. Tanto que siento la necesidad de contarla.

Claudia Abendi era una chica bien que vivía en el mismo edificio en el que yo compré una vivienda cuando mi estatus en la multinacional mejoró notablemente. Las torres de más de once pisos tienen la ventaja de que te permiten hacer amigos en el ascensor. Yo empecé a fijarme en ella porque, aparte de ser mucho más atractiva que el conjunto de funcionarios profesionales, licenciados, rentistas acomodados y algún industrial de la ferretería que teníamos como vecinos, me llamaba la atención su actitud, invariablemente seria y circunspecta. Claudia entraba en el ascensor, suspiraba, apretaba el botón del piso 11, abrazaba una partitura con la que parecía proteger sus senos y, mientras duraba la ascensión, iba tamborileando con sus dedos las notas que en ella acababa de aprender al tiempo que tarareaba con la boca cerrada la melodía que supuestamente interpretaría al piano. Doce pisos dan para enunciar los mejores temas de la historia de la música. El más famoso, que es la Oda a la Alegría de la Novena sinfonía de Beethoven, por ejemplo, no dura en su exposición más allá de treinta segundos, así que los cuarenta que tardábamos en llegar al piso 11 le permitían a Claudia tararear por lo bajini todas las piezas que preparaba. Yo la observaba detalladamente.  Al principio permanecía callado, y más cuando coincidíamos con algún otro vecino. Pero poco a poco, a medida que me iba pareciendo más atractiva y más intrigante su vida, fui perdiendo la timidez.

Un día decidí romper el hielo. Cuando las puertas del ascensor se abrían en su planta y Claudia se aprestaba a salir me incliné ante ella y le dije haciéndome el enteradillo.

Rachmaninoff

No- respondió ella como si mi farol no le hubiera hecho demasiada gracia– Albéniz.

Ese día estuvo particularmente seca.  Y mantuvo la misma pose hasta que dos meses después empezó darse cuenta de que le vacilaba. Yo no era un melómano cultísimo, pero mi tía Guillermina, con la que había pasado muchos veranos de mi  infancia, había sido profesora de piano, y después de cenar  gustaba de interpretar a la ligera los temas clásicos más conocidos  que luego yo silbaba por los pasillos. Algunas de las piezas que Claudia tarareaba de memoria cuando volvía del conservatorio  no me sonaban de nada, pero bastantes de ellos me eran familiares. Sin embargo, aunque las identificase, siempre me equivocaba a propósito para provocarla.

Schuman –le anticipé un día con la seguridad de una apuesta infalible.

-No te hagas el tonto- me soltó apuntado la primera sonrisa de complicidad de nuestra relación- Hasta un niño habría adivinado la Marcha Turca de Mozart.

Todo cambió a partir de entonces entre nosotros.

2

Un vecino que toca un instrumento te puede parecer un ángel o un torturador, según los casos. De entrada admitiré que me parecen legítimas las quejas de los que soportan a través de los muros y forjados de una casa de pisos sus ejercicios y hasta sus interpretaciones.  Pero no quiero parecer un hombre de mármol, un tipo sin sensibilidad para la música y con pocos escrúpulos para sus artistas. Por eso procuré ser delicado cuando me atreví a dar a Claudia el primer toque de atención. Un día que subíamos solos en el ascensor le sugerí que quizás un buen aislamiento acústico para su piano y tocarlo sólo a determinadas horas sería la mejor forma de evitar problemas con el resto de los vecinos.

-¡Ah!, ¿crees eso?…-me dijo sorprendida como si no concibiera que a alguien le pudiera molestar su piano- Sube a casa y te responderé.

Subimos juntos, me ofreció la única butaca que amueblaba su estudio y sin decir una sola palabra se sentó al piano y empezó a hilvanar sin interrupción el momento musical de Schubert,  nocturnos de Chopin y sonatinas de Mozart con temas de bandas de película y hasta boleros, coplas  y valses de esos esparcen como confettis los pianistas de los hoteles. Yo me quedé fulminado por el encanto de aquel recital. No sabría decir si el virtuosismo de Claudia quedaba más cerca de Lang Lang que de la tía Guillermina, pero ver recorrer sus dedos por el teclado y su rostro habitualmente hierático  suspirando mientras movía la cabeza  y cerraba los ojos, como si entrara en éxtasis, me cautivó. Sumando su calidad como ejecutante a su atractivo personal pensé que me había caído en suerte un ángel.

Seré aún más claro. Lo que hasta entonces era una fría relación con Claudia se convirtió en una rendida admiración por ella, que pronto trenzó entre nosotros  una estrecha amistad. Yo aprovechaba todos los ratos libres que me permitía mi trabajo para hacerme presente en su vida, como si lo más importante que tuviera que hacer fuera prestarle todos esos servicios que acreditan a un buen vecino. Gracias a mi fortaleza física y a mis habilidades de manitas,  tanto le ayudaba a subir la compra como le desatascaba la lavadora, le purgaba los radiadores de la calefacción, le instalaba el nuevo equipo de sonido,  le acompañaba a IKEA si podía, le montaba luego esos muebles imposibles, le colgaba los cuadros, le instalaba las cortinas y hasta le bajaba las bolsas de basura cuando me lo pedía. La recompensa solía ser una copa nocturna fumando un cigarrillo –ella decía que sólo a mí me lo permitía- mientras a despecho de lo que sintiera el resto del vecindario nos cruzábamos miradas encendidas y yo me sentía en el séptimo cielo.

A todo esto, insisto en que Claudia Abendi era muy guapa, espigada, larga  melena rubia,  ojos grises, boca grande y bien dentada, y  nariz levemente aguileña que le daba un cierto aire de mujer mala, lo que a mis ojos aún le hacía más atractiva. Yo tampoco era un tirillas, qué diablos. O sea, que aquellos conciertos nocturnos derivaron naturalmente en cariñosas celebraciones sobre el mullido sofá del salón contiguo. Nos enamoramos. O al menos me enamoré yo. Una noche, después de un revolcón apoteósico, le pedí que se volviera a sentar al piano y que interpretara para mí algo que no le había escuchado nunca.

-Por favor –le dije- toca tema del Claro de luna de Beethoven.

Ya habrán adivinado que no soy un tipo demasiado original ni sofisticado. La verdad es que cuando se lo escuché por primera vez a la tía Guillermina flipé, me pareció el no va más del romanticismo, y pensé que no habría mayor felicidad en el mundo que compartir esa música con la mujer mi vida. Estaba convencido que esa era Claudia, mi bella pianista del 11 B. Pero ella no lo tenía tan claro.

-A mí me pasa lo mismo que a ti- me dijo- Cada vez que lo toco siento que necesito tener cerca al amor de mi vida.

Dejó en suspenso la frase. Y tanto me inquietó que la invité a continuar la explicación con esa pregunta que había escuchado cientos de veces en el cine y en el teatro y que jamás en la vida habría empleado yo.

-¿Y bien?…

-Pues que no estoy segura de que tú seas por ahora el hombre de mi vida.

3

Fue un jarro de agua fría, pero no me desanimé. Es la ventaja de ser un alma simple, como creo que es la mía. Todo lo contrario: recordé que había dicho “por ahora”, y pensé que con el tiempo Claudia cambiaría de opinión, y se daría cuenta de que yo merecía sobradamente ese Claro de Luna que me escatimó esa noche.

Al poco tiempo de aquello Claudia heredó de su padrino una buena cantidad de dinero. Lo primero que hizo con él fue sustituir su piano vertical  por un imponente Yamaha de cola. Y a continuación  decidió acometer unas obras en la casa para unir dos habitaciones y convertirlas  en un estudio aislado como yo le había  propuesto. Me pidió entonces que le ayudara a proyectar y a comparar presupuestos. Muy oportunamente, por cierto, pues  desde el  piso octavo hasta el mío, que era el último, todo eran malas caras en el ascensor por su culpa.  Claudia estaba dispuesta a pagar el aislamiento que le recomendaron en el Conservatorio, pero contaba con que yo negociara el precio final y me ocupara de supervisar la instalación.

-Ya sabes –me decía muy tiernamente mientras me mordisqueaba la oreja- Las artistas no servimos para eso…

Y estaba dispuesto a ello. Por amor, uno es así de claro. Sin embargo, y muy a mi pesar, no pude hacerlo. La compañía para la que trabajaba estaba ultimando la compra de una planta de fabricación de sepiolita en Marruecos. Las negociaciones se adivinaban difíciles, y me indicaron que debía desplazarme allí con otro abogado y un auditor para ultimar los términos de la operación y empezar el tira y afloja hasta redactar el contrato final. Dos meses lejos de Claudia. Dos largos mes más esperando escuchar su sonata Claro de Luna.

4

A la vuelto me encontré con el presidente de la comunidad  y me contó algo que me dejó estupefacto. Hartos de las molestias producidas por el piano de Claudia sin que esta reaccionara a sus quejas, un buen número de comuneros  habían decidido demandarla por quebrantar su derecho al descanso. Dijo que  cuando Claudia recibió la demanda por exceso de decibelios  su reacción fue furibunda.

-Vaya carácter el suyo –subrayó resoplando su indignación-  Se presentó en la junta que celebrábamos hecha un basilisco, gritando que éramos unos incultos, y usted  en particular un facha celoso…Sí, eso dijo –recalcó con indisimulada mala leche- Facha y celoso.

Yo ni sabía nada del asunto ni, por supuesto, me hubiera sumado a esa demanda de la que ni tenía noticia. Sí empecé a sospechar algo raro en Marrakech cuando traté de hablar con ella a través del SKYPE sin lograrlo, y cuando tras diez correos que le mandé sólo me respondió a uno con extrema frialdad y evasivas, como si aquel triángulo amoroso entre Claudia, el piano y yo sólo hubiera sido un sueño. La realidad es que en mi ausencia, mientras los vecinos se rebelaban contra ella,  Claudia se complicó la vida por culpa del nuevo piano y no llevó a cabo las reformas previstas. Peor aún para mí, porque la causa de todo ella era un afinador que se presentó en su vida como un Superman que hubiera penetrado por la ventana del salón y se hubiera sentado sobre el piano para seducirla.

-Sergio, son las cosas de la vida- me diría después- Me sentó fatal tu marcha, y encima el piano venía con problemas… Y en pleno bajón de ánimo apareció él y….Tuvo que reponer algunos fieltros de los mazos, y limar las piezas…Vino varias veces y no sé, no me lo puedo explicar…

Cuento. Mucho cuento me parecía a mí cuando al fin cantó la palinodia.

Y tanto. El escándalo que escuché nada más salir del ascensor la noche de mi regreso me dio la pista definitiva. El 11 B no sonaba como la digna casa de una pianista, sino como un puticlub. Me alarmé sobremanera. Esa no es mi Claudia, pensé, que me la han cambiado. En lugar de su pulso sereno interpretando delicadamente un nocturno de Chopin o una fuga de Bach, como sonaba cuando me tuve que marchar a Marruecos, lo que salía de allí  eran palmas y risotadas coreando los berridos de un borrracho que cantaba con ella al piano lo que más odio en este mundo: Dale a tu cuerpo alegría Macarena/ que tu cuerpo es pa darle alegría y cosas buenas…

Fue el acabose. Sin llegar siquiera a entrar en casa,  me metí de nuevo en el ascensor, bajé a la calle y salí huyendo despavorido de aquel infierno.

5

Esa Claudia Abendi no me interesaba nada. Aquella misma noche llamé a mi mejor amigo, le dije que tenía problemas y le pedí que me acogiera en su casa. Permanecí en ella dos meses, hasta que ya me dio vergüenza parecer un okupa y alquilé un modestísimo apartamento junto a mi oficina.

Allí se puede decir que inicié una nueva vida, volcado desesperadamente en mi trabajo y cerrado a cualquier noticia de mi antigua vecina. Apenas ponía la tele ni la radio, y dejé de leer periódicos. No quería saber nada de ella, sólo deseaba borrarla de mi memoria. Y un año después creía haber suturado aquella vieja herida  cuando , yendo en un taxi,  escuché por la radio un comentario acerca del lamentable caso de Claudia Abendi la pianista encarcelada. ¿Claudia encarcelada?- pensé- ¡No me lo puedo creer! Debí de sentir eso que llaman un vuelco del corazón. Volví a mi apartamento, encendí  el ordenador y por primera vez escribí en el buscador de Google el nombre de mi antigua vecina.  No fue agradable ponerme al día de su desdichada suerte.

Al día siguiente, convencido de que ya no la vería más, dejé el apartamento y volví al piso que  hasta hacía casi dos años fue mi casa.

6

Al poco de instalarme de nuevo en el 12 B de  empecé a sentirme incómodo. Las noches sin el piano de Claudia se me hacían insoportables. Me acordaba de aquella película de Visconti en la que un anciano que interpretaba Burt Lancaster vive amargado por las orgías de sus vecinos del piso de abajo y cuando estos se van de la casa descubre que la soledad y el silencio le atormentan aún más, y acaba echando de menos sus pasos y sus voces.  Yo no soy tan sofisticado como aquel personaje, ya lo he dicho, pero sufrí algo parecido. Lo intenté olvidar trabajando como nunca lo había hecho, buscando diversión y entretenimiento con otras chicas y con los amigos y haciendo algún viaje. Esquivando siempre, por supuesto, cualquier noticia  de Claudia que pudiera escocer aún más  mi herida. Seguí sin apenas leer periódicos ni ver telediarios ni poner la radio, y no entraba en más páginas de internet que las que necesitaba para mi trabajo. Sólo una noche en la que el insomnio ya me desesperaba encendí la luz, busqué desesperadamente el botón del ON de mi aparato de radio y conecté con Radio Clásica. También fue mala suerte. Justo en ese momento anunciaban la Sonata Claro de Luna de Beethoven en una interpretación que, para más inri, era del pianista Claudio Arrau.

7

Fue demasié pal body. Aquella misma noche salté de la cama, encendí el ordenador y le puse un correo electrónico a Claudia diciéndole que después de tanto tiempo simplemente quería saber algo de ella. Pretendía ser lacónico y distante, pero enseguida me di cuenta de mis palabras traslucían algo más que curiosidad y simple cortesía social. Empecé por decir que me sentía muy dolido de que ella creyese yo me sumara a la acusación particular para llevarla a prisión. Luego le recordé cómo cuando fuimos vecinos había tratado de hacerle la vida más fácil, y de ayudarla en todo lo que pude. Y le confesé que quizás me había equivocado al pensar que aquello pudiera derivar en algo más que una simple amistad.

Eso ya no era un correo, era una carta en toda la regla. Pero bueno, hecho estaba: necesitaba descargar mi conciencia y aliviar mi zozobra.  Y aunque no lo hice, me dieron ganas de añadir como remate lo que cantaba la Piquer en aquella famosísima copla que también tocaba al piano la tía Guillermina: No debía yo quererte, no debía yo quererte…/¡Y sin embargo te quiero!

Debió de intuirlo. Porque su respuesta fue extremadamente cariñosa. Y pronto nuestra comunicación a través de los e-mails y del SKYPE fue tan fluida y cálida como si nada ni nadie nos hubiera separado nunca.

8

Punto uno: reconocía que se equivocó conmigo, y que pensó que yo, despechado, había sido el gran agitador de lo que ella consideraba un linchamiento contra la música. Estaba encantada de ver que no había sido así, y  de que a pesar de todo lo pasado, yo siguiera acordándome de ella.

Punto dos: que la conquistó mi cariño y mi afán de ayudarla. Lamentando en este punto haberse abandonado tras mi marcha  a Marruecos y no acometer las obras que habíamos planeado.

-Fue un desastre –reconoció-Y no me extraña que los vecinos se acabaran hartando de mí y de mi piano.

Punto tres: reconoció también que había sido demasiado rigurosa consigo misma, exigiendo a su corazón más pruebas de amor que las que le había ofrecido hasta entonces.

Lloró cuando admitió que  lo estaba pasando fatal en prisión, y que sólo el permiso para tocar en un viejo piano vertical que había en la sala multiusos, y que ella utilizaba mientras las demás reclusas hacían gimnasia, le consolaba.

Seguía llorando cuando recordó que  se le fue la olla con el afinador, un tipo guapo y seductor que se extralimitó en sus funciones, le animó a beber más de la cuenta y a incurrir en el pecado de lesa sensibilidad de aporrear al piano la Macarena a las doce de la noche. Comprendía también que, después de negarme el Claro de Luna de Beethoven, renegara de ella tras semejante sacrilegio.

Y se sorprendió de que yo ignorase el verdadero motivo y el alcance de su condena.

-Se ve que no ha seguido mi caso –me dijo- ¿De verdad crees que me han enchironado por un delito de contaminación acústica?…No fue así. Eso se hubiera saldado con una multa. Lo que me condenó fue no sucumbir a sus malas artes de seductor … Precisamente por negarme a ellas, una noche que estaba borracho perdido y que pretendió abusar de mí yo le frené en seco y le quise echar de casa. El se revolvió, se negó a largarse, redobló su ataque, quiso forzarme  y, como no consiguió someterme, porque apenas se tenía en pie, cogió el busto de Mozart que tenía sobre la chimenea y lo estrelló con toda su furia contra el teclado de mi precioso piano…

Mi cara a través de lo que dejaba ver el programa SKYPE debió de ser un poema. Estaba literalmente estupefacto.

-Y entonces la que me cegué de ira fui yo. ¡Mi piano!… Cogí un hierro de la chimenea, lo levanté con mis dos brazos y lo descargué hasta seis veces sobre él con todas mis fuerzas…Y aquí me tienes: cinco años de reclusión por tentativa de homicidio, y no por pianista pelmaza…

8

Ya no me sentía tan solo en el 12 A. Contaba cada día los que faltaban para que Claudia cumpliera su condena. Nos escribíamos mails a diario, una vez a la semana nos hablábamos a través de SKYPE, y una vez al mes acudía a la prisión a visitarla. Un día recibí por correo postal una invitación. La Dirección del Centro Penitenciario para Mujeres tiene el gusto de invitar a Don  Sergio Rosales al recital de piano a cargo de la pianista Claudia Abendi que que se celebrará el próximo 12 en el Salón Multiusos. SRC

Fui muy ilusionado. Junto con la directora y los mandos de la prisión, era el único de entre el público que no tenía la condición  de reclusa ni de familiar de reclusa. El programa era variado: desde las piezas populares que tocaba al piano García Lorca y el Asturias de Albéniz hasta la danza húngara nº 5 de Brahms, la Campanella de Paganini , dos temas del Carnaval de Schuman y varias versiones de canciones regionales y bandas de sonido del cine. Al final del recital el público estaba entusiasmado, y Claudia tuvo que dar propinas. Primero una polonesa de Chopin, y a continuación el Imagine de John Lennon. Cuando ya todos daban por acabado el recital, Claudia se levantó de la banqueta y tomó la palabra.

-Gracias, muchas gracias –dijo con la voz entrecortada por la emoción- este es un día muy especial para mí…Y quiero acabar este recital con una pieza que no he interpretado nunca ante nadie, y que dedico especialmente a una persona muy querida que me apoyó mucho antes de entrar en este centro y me sigue ayudando ahora.

Se sentó de nuevo ante el piano, puso las manos en su regazo y cerró los ojos como esperando que le bajara del cielo un rayo luminoso. Despertó, levantó sus manos para posarlas sobre el teclado y lenta, profunda y amorosamente fue desgranando las notas del primer tiempo de la Sonata para piano nº 14, popularmente conocida como Claro de Luna de Beethoven.

Sólo al final de su ejecución se cruzó una mirada fugaz conmigo. Pero para entonces yo, que, como decía,  soy un tipo muy básico, secaba  con el dorso de mis manos un par de lágrimas indiscretas que se escurrían por mis mejillas. Mientras tanto, soñaba que la misma Justicia  que con tanta generosidad  acaba de liberar a un puñado de criminales me devolvería pronto a la mujer que sólo cometió el delito de amar  a la música y que ahora, al fin, también me amaba a mí.

 

Anuncios

5 Responses to “Claudia claro de luna”


  1. 1 joselepapos noviembre 21, 2013 en 4:16 pm

    Hermoso relato duende, gracias. Como pianista frustrado que soy, me ha llegado al alma. Sigue fustigando a tu imaginación y regálanos más, aunque sean largos, que “lo bueno si breve, dos veces bueno” no tiene por que ser siempre verdad. Un saludo.

    Me gusta

    • 2 Aldara noviembre 21, 2013 en 6:50 pm

      Pues yo diría, tras leer la maravillosa historia que nos has regalado, que lo bueno si largo dos veces bueno. ¡¡¡Estaba claro que lo ibas a bordar!!! Un milón de gracias por la dedicatoria y por este preciosísimo relato.

      Me gusta

  2. 3 franciska noviembre 22, 2013 en 9:51 am

    ¡Que romántica historia¡¡¡¡ No pensé que iba a terminar asi. Claro que lo que mas cuesta es lo que mejor sabe si acaba bien.

    Me gusta

  3. 4 Isabel serra noviembre 24, 2013 en 12:49 am

    Preciosisim

    Me gusta

  4. 5 julia noviembre 27, 2013 en 3:48 pm

    ¡Qué bonito, Duende! Y ojalá fueras tú Sergio y tuvieras un final feliz con tu pianista…..Con la ligereza y manga ancha de nuestros jueces, en un pis pás le conceden la libertad y ¡a disfrutar! que para eso estás casi, casi, en plena forma. Un abrazo.

    Me gusta


Comments are currently closed.



Siluetas de RNE

Duendes suscritos:

Suscripción

Suscripción por email

Publicaciones:

PARAÍSO DE HOJALATA
Una Infancia de Hojalata

Ir directamente a

Blog Stats

  • 1,338,116 hits

A %d blogueros les gusta esto: