Archivos para 28 enero 2014

Saulo, ¿por qué me persigues?

Incluso los más virtuosos necesitan alguna vez una caída del caballo para darse cuenta de que quizás el suyo no es el  camino de la perfección... (La Conversión de San Pablo según Il Pamiglianino)

Incluso los más virtuosos necesitan  una caída del caballo para darse cuenta de que quizás el suyo no es el camino de la perfección…
(La Conversión de San Pablo según Il Pamiglianino)

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No engañes a nadie que se asome por aquí. Al principio esto podrá parecer uno de esos cuentos tontorrones con los que inicias algunos post, pero debes dejar bien claro que es un alegato. Un alegato en re sostenido mayor por ejemplo, que así sonará como más dulcificado por la música, pero no menos firme y solemne que esas proclamas altisonantes de los indignados. Es un alegato contra la estulticia, la hipocresía y el desprecio por los demás, aunque el protagonista del mismo no sea más que lo que en los relatos clásicos llamaban “un hombrecillo”.

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Ya has citado el asunto que motiva tu alegato, la música. ¿Y por qué al hombrecillo le atraía tanto la música? Dice que sintió su hechizo cuando vio en Fantasía al legendario Leopoldo Stokowsky dirigiendo un ballet de hipopótamos dibujados por Disney mientras la orquesta tocaba la Danza de las horas. Qué encanto aquello de poder jugar con melodías y ritmos, y revestirlos de imágenes tan divertidas como imaginativas. Qué delicia, esquivar así las miserias de la vida.

Había otro motivo para añorar y desear la música. Llegó el hombrecillo a su primera juventud, y observaba que un colega que rasgueaba una guitarra susurrando suramericanadas de María Dolores Pradera y sus Gemelos mientras le hacía ojitos a una chica mona ligaba bastante más que él. Otro amigo mayor, más serio y preparado, le inició en la música clásica. Fue en verano, cuando los poros de la sensibilidad primeriza se abren y están amorosos. Aquel amigo, que poco después tomaría los hábitos de cartujo, ponía por las noches la Quinta Sinfonía de Beethoven en un primitivo tocadiscos que instalaba bajo una higuera, e invitaba a escucharla mientras el hombrecillo y su pandilla miraban las estrellas. Ahora a los momentos así se les llama iniciáticos, esdrújula que entonces no existía, pero que los que van de intelectuales gastan mucho. El hombrecillo, absorto en ese milagro conjunto que obraban la noche estrellada y el genio de Bonn sólo sabía entonces que no le gustaría morirse sin haber intentado antes ser música.

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Sin enseñanza alguna, y manifiestamente inepto para engañar siquiera al instrumento más simple, el hombrecillo acabó cantando en un coro. Primero piezas sencillas y populares: que si eres como la nieve, que si tiro el pañuelico al agua, que si río arriba, río abajo, que si la bella Lola, que si se enamoró la paloma, y luego se equivocaba, que si no te vayas de Pamplona, que si los campanilleros y otras sonrojantes letras regionales o populares. Más tarde, en un salto de calidad y de criterio, música sacra a capella. Y de ahí, feliz  como el torero que se doctora en Las Ventas, a cantar con orquesta piezas de clásicos.

Entonces el hombrecillo se vestía de smoking, iba a la iglesia de turno con sus partituras, se incrustaba en la obra que siglos antes habían compuesto Vivaldi, Bach, Mozart o Beethoven y cumplía sus sueños. Aquello de aprender una partitura clásica sin apenas saber leer una nota exigía muchas horas de ensayo, pero el hombrecillo creía que valía la pena. Al fin se sentía por lo menos una parte infinitesimal  del tinglado de la hermosísima farsa. Ya no escuchaba la música, sino que estaba en ella.

Y era feliz, a qué negarlo.

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Un día, al hombrecillo le contaron que el Coro del CEU San Pablo buscaba voces para conciertos importantes, y allá que se apuntó. Aparte de formar excelentes universitarios, el CEU tiene a gala inculcar en su alumnado el espíritu humanista y cristiano de su santo patrono. También –a Dios rogando y con el mazo dando- ha hecho suyo el ritual de las universidades anglosajonas distinguidas, y gusta de adobar sus actos académicos con coros que realzan su solemnidad, y mitigan en los padres de los graduados el dolor de pagar la pasta gansa que cuestan sus matrículas.

El pacto que le ofrecieron al hombrecillo y a los demás cantantes ajenos a la institución era claro.

-Mira, vas a tener que cantar en varias misas solemnes con obispos y autoridades, y en ocho o diez graduaciones por temporada. Pero a cambio también podrás hacerlo en el gran concierto anual que celebramos el día de la Conversión de san Pablo. Un gran evento cultural y social del que estamos orgullosísimos. Vaya lo uno por lo otro.

Gracias a ese intercambio de prestaciones el hombrecillo empezó a sentirse importante. Es cierto que los actos litúrgicos y académicos le resultaban tan aburridos que en esos momentos se hubiera cambiado por un corista del Teatro Chino de Manolita Chen, pero el fin justificaba los medios.

Así que el hombrecillo se tragaba los denuestos y cumplía como buenamente podía.

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Esta temporada al coro se le pidió un esfuerzo más. El CEU iba a investir como Doctor Honoris Causa al presidente de la Comisión Europea Van Rompuy, con Rajoy de padrino y presencia de múltiples personalidades. Había que engalanar el acto añadiendo al repertorio habitual  el Himno a la Alegría  de la Novena Sinfonía –por aquello de Europa, a ver si caen- y el Aleluya del Mesías de Haendel, como colofón del acto que a todo el orbe cristiano llenaba de gozo.  Para eso hubo que programar horas extras de ensayo y dedicar prácticamente una mañana entera ad majorem gloriam de la institución. Como si en ello les fuera la vida a los cantantes, y no  a todos los prebostes que, al reclamo de la notoriedad del evento, atestaban el aula magna con sus vistosas mucetas, birretes y demás parafernalia. El hombrecillo y sus compañeros cantaron disciplinadamente. Les gusta cantar, no salir en la foto, y aún esperaban ilusionados el gran concierto del año.

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Mala suerte fue que la crisis también hiciera mella en el espíritu generoso que alienta en el CEU. Y que considerando que este año no había dinero bastante para montar el Requiem de Mozart,  que era lo previsto, los jefes pidieran que se apañara un concierto de piezas a capella, que resultaba más baratito. Eso sí, había que desplazarse a la Universidad que la institución tiene en Montepríncipe -20 kilómetros desde el centro de Madrid- y con los hombres de smoking y las mujeres de largo, que lo exigía la dignidad del evento y la de los asistentes. Tal cual si en lugar de un coro menesteroso estuviéramos hablando del New Philarmonía, qué carambas.

Y peor suerte aún fue que, tras comprobar que su sueño quedaba en el alero, y cabreado por el trágala de un programa de emergencia, el coro se encontrase el día del concierto con el aforo del gran aula magna ocupado por diez personas. Había reservadas cuatro filas para las autoridades, pero sólo una de las que levitaron aplaudiendo a Van Rompuy y Rajoy consideró que merecía la pena escuchar al coro ese día. No había cámaras de televisión, no había dignidades europeas, no había políticos de relumbrón. Sólo se ofrecía música coral. Por tanto, ni era necesario molestarse en buscar figurantes para cubrir el expediente. ¿Cabe mayor desprecio que no hacer aprecio?

El  hombrecillo asegura que nunca se había sentido tan humillado.

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Como pacta sunt servanda, y al día siguiente tocaba misa del santo patrón, las huestes corales volvieron a la capilla de la Universidad a cumplir su compromiso. Todos los barandas que el día interior faltaron al concierto deben de ser buenísimos cristianos, porque al acto religioso no faltaron. Haciendo de tripas corazón, el maltratado coro cantó lo mejor que pudo, aguantando estoicamente una plúmbea homilía en la que el oficiante recabó la necesidad de que el espíritu de San Pablo se encarnara en todos los presentes. El hombrecillo entretanto tragaba bilis, y se preguntaba cómo era posible que con tan eximio patrón  sus pupilos ignorasen aquello de los sepulcros blanqueados, y mostraran con los pobres cantantes que ellos mismos habían solicitado tan poquísima delicadeza. Ofuscado en su humillación aún caliente, el hombrecillo se notaba poseído por una ira nada cristiana. Y aunque comprendía que el santo de Tarso no tenía la culpa, sentía la necesidad de expresar ante sus homónimos del CEU un lamento parecido al que sonara en el camino de Damasco.

-Saulo, Saulo…-dijo el hombrecillo- Si no querías que cante…¿por qué me persigues para que adorne tus festejos? Y si de verdad quieres un coro… -añadió para no callarse nada- ¿por qué nos das el coñazo y nos machacas con tu desprecio?

Requiem por Abbado y otras personas amigas

También el silencio es música...

También el silencio es música…

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Debidamente abrigado con toda la ropa disponible, envuelto en mantas, con las manos ateridas a pesar de estar protegidas por mitones y junto a la estufa de porcelana que apuraba un fuego mortecino, Wolfgang Amadeus llenaba de notas y signos su papel pautado mientras, de cuando en cuando, levantaba la mirada para ver nevar por la ventana.

-Si llego a saber que sigue haciendo este frío no resucito –pensó mientras se arrimaba al pábilo de la vela para comprobar que su escritura no fallaba.

El destino no deja nada al azar. Oscurecía ya sobre Viena cuando tres aldabonazos en la puerta frenaron de súbito su inspiración. Dejó la pluma sobre su mesa de trabajo, bajó las escaleras, abrió la puerta y se encontró con un personaje con sombrero de tricornio calado hasta las cejas y una esclavina que ocultaba su rostro dejando al descubierto sólo sus ojos.

-Vengo a encargarle una misa de Requiem- dijo el misterioso personaje en un alemán que no disimulaba su acento italiano.

-Ya –musitó W.A. mientras arrugaba los morros y frotaba sus dedos para hacerlos entrar en calor –La historia me suena…¿Es tal vez para un conde, un elector palatino, un arzobispo, un margrave?…

-No…Es para mí.

-Lo comprendo…-dijo el compositor dibujando una sonrisa de complicidad- No es por nada, pero me salen unos réquiem gloriosos. ¿Le ponemos tres o cuatro fugas?…Hago unas fugas que se funde el Misterio, se lo aseguro. Si empezamos con un introito de esos que ponen la carne de gallina y lo adobamos con un Lacrimosa donde llora hasta el de la tuba y un Amen lo que se dice celestial…

-No siga –cortó el personaje depositando en la bandeja de la mesa del zaguán un fajo de billetes- No necesito alardes. Sólo quiero silencio. Un silencio sublime, como todo lo que usted compone.

Visiblemente complacido no tanto por el elogio como por el pronto pago, Wolfgang Amadeus recogió los billetes de la bandeja. Cuando levantó la vista, la figura del personaje misterioso se difuminaba entre el negro de la noche y la espesura jaspeada de blanco de los copos que caían.

-¡Oiga! –gritó el genio- ¿Y a nombre de quién pongo el encargo?…

-De Claudio –se escuchó en la distancia su voz amortiguada por la nieve- Llámeme solo Claudio.

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Dicen que a Abbado le molestaba el pelotilleo que suele rodear al tratamiento de maestro, y que pedía a sus músicos que le llamaran por su nombre. Nadie dice por contra que se encargara un requiem, pues no encaja con la sencillez tradicional del personaje. Sí sería previsible que de ser, ya que no vero, ben trovato el cuento, el gran director italiano hubiera solicitado un requiem de silencio. El silencio también es música. Y el silencio respetuoso, o el elogio contenido, ennoblece mucho más la memoria de una persona que el empalagoso ditirambo que suele provocar la muerte de las celebridades.

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Te lo subrayaba Homper, el hombre que se queda perplejo ante muchas cosas que a los demás os pasan inadvertidas.

-Observa la curiosa estructura de las necrológicas de los famosos. Primera parte: se enmarca la personalidad del difunto en su tiempo, se enumeran sus logros y méritos y sus aportaciones a la sociedad y se reclaman para él honores y reconocimientos. Segunda parte: aparentando modestia, el autor de la necrológica recuerda al respetable su relación personal con el difunto, utilizando fórmulas como “yo tuve la suerte, la oportunidad, el privilegio, el singularísimo honor de…ser su amigo (pariente, discípulo, compañero de armas, conmilitón, compañero de academia, claustro, hermandad, maestranza o cofradía, etc)”. Conclusión del obituario: como demostración del refrán el muerto al hoyo, y el vivo al bollo, el elegíaco texto resume que si el fallecido era importante, el autor de la loa no lo es menos. Pues al fin y al cabo conocía al famoso, así se escribe la historia, y él tiene que seguir viviendo con el renombre que le prestó el finado.

Recuerdas esta reflexión de Homper después de leer en los periódicos el aluvión de retórica de carril que ha suscitado la muerte de Abbado. Incluso las impresiones de otros genios como tu admirado Baremboim te suenan a cortapega. Y también llegas a la conclusión de que un requiem de silencio cuando el muerto está sobrado de elogios es mucho más hermoso que la fanfarria lacrimógena de sus turiferarios.

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Jamás escuchaste a Claudio Abbado en directo. Le has seguido a él, como a tantas figuras vivas o extintas de la música clásica, en sus discos, en Radio Clásica y en las grabaciones que emite Unitel Classica, una cadena de televisión ideal para asistir a las mejores óperas y conciertos gratis y sin moverte de casa. Con él, como con todas las grandes batutas, te ocurre que, disfrutando de su música, no sabes qué le debes agradecer a la obra interpretada, qué a los ejecutantes y qué parte a la maestría del director. Al igual que en otros campos de la cultura, también aquí el star system necesita encarnar al héroe en una persona de carne y hueso, y ese glorioso papel le corresponde o a un solista o al director. A falta de Amadeus, de Bach, de Beethoven  o de Wagner, que no resucitan todos los días, ese papel lo encarnaba hasta unos días el excelente director milanés.

Su hoja de servicios es deslumbrante. Otros como Toscanini o Leonard Bernstein, de los que sólo conociste sus grabaciones históricas y lo que leíste de ellos, puede que despertaran en ti aún más admiración. Pero la sensibilidad de Abbado y ese afán suyo por despojarse del Mito del Maestro –muy recomendable el libro que con este título escribió Norman Lebrecht– justifican tu debilidad por él.

Además, qué diablos, sé sincero: salvando las debidas distancias erais compañeros de fatigas. Abbado te sacaba doce años, pero desde hace unos cuantos pertenecíais al mismo club de melómanos tocados. No es esta precisamente electiva, pero afinidad sí determina esa circunstancia. Desde que entraste en ese club, lamentablemente tan nutrido, todo lo que le les afecta a sus miembros también te afecta a ti.

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Hace menos de una semana tu amiga y vecina de Candeleda  María P. de S. murió después de veinte años de elegante lucha contra la enfermedad. Acudiste al tanatorio para despedirte de ella y para dar un abrazo a Álvaro, su marido, y te sorprendió la gran cantidad de familiares y amigos congregados allí. Aquello era un clamor contenido de tristeza y de cariño. Ocurre que casualmente ensayas estos días con tu coro del CEU el celebérrimo Requiem de Mozartel que según la leyenda empezó a componer en las mismas circunstancias que relataba el cuento inicial. Algunos  pasajes de esta obra son de gran intensidad emocional, y a ti mismo se te ahogado la voz cuando los has cantado  en el funeral de una persona conocida.

Sin embargo, su oportunidad en estos momentos te sugiere lo mismo que las necrológicas de marras: oiga, esto es pompa, circunstancia y lágrimas para reconfortarnos a los que quedamos aquí, porque los muertos son ya como Claudio Abbado y María, y posiblemente preferirían el silencio. ¿No sería más lógico que hubiéramos volcado todo el respeto, la sensibilidad y el amor que exhala esta obra  cuando quien la mereció aún podía apreciarla en vida? Delicadeza y afecto para nuestros queridos enfermos de alrededor, que el Requiem suena divinamente en las salas de conciertos.

 

Mar de dudas

Esta es una buena frase, y además es tuya: lo único que tengo claro que es que no tengo nada claro...

Esta es una buena frase, y además es tuya: lo único que tengo claro que es que no tengo nada claro…

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Si la edad permitiera al menos despejar las dudas…Pero resulta que no. Los Reyes Magos dejaron el día 6 de enero en tu casa regalos para tus nietas. Desparramados entre ellos, como relleno colorista de ilusiones, muchos globos. Llegaron las niñas, se lanzaron sobre sus regalos, jugaron un rato con ellos y a los globos ni caso. ¿Es que los globos ya no son lo que eran? Se fueron las niñas, te quedaste tu solo rodeado de globos y durante varios días estuviste dudando qué hacer con ellos. ¿Pincharlos y tirar sus cadáveres a la basura? Demasiado cruel. Además no hubieras dejado de ser un asesino de ilusiones. ¿Desinflarlos y guardarlos hasta los Reyes siguientes? Mucho trabajo. ¿Convivir con ellos hasta su muerte natural?…

Tu asistenta debió de pensar que estabas algo majara cuando veía pasar los días y los globos continuaban paseándose a su antojo del sillón a la mesa, de la mesa al sofá, de la mesa a la librería, y de la librería a la puerta de entrada de tu pequeño palomar.

-Este señor no me dice qué hacer con los globos –se diría- Y una no va a tomar decisiones por él, así que yo a limpiar lo mío y a callar.

Esperabas que se los llevara, o que se deshiciera de los globos sin más complicaciones. Pero se aproximaba el día en que ibas a cumplir tus sesenta y ocho años y los globos seguían compartiendo casa contigo. Por fin, después de darle muchas vueltas al asunto, una noche abriste el ventanal y los liberaste de dos en dos cada veinte minutos. Te pareció lo más lógico y responsable: puede que muchos de ellos se pincharan en las agujas de los pinos cercanos, pero alguno tal vez llegara  volando a manos de un niño. Y como los Reyes no vienen todos los días hasta puede que lo considerase un regalo estupendo.

Aún a riesgo de que un Peeping Tom nocturnal te hubiera estado espiando.

-Y quién será ese jodío loco de los globos- se preguntaría mirando a la ventana indiscreta.

Pues que siga dudando él también, caramba.

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Más dudas por despejar. A las 8 a.m. del 17 de enero de 2014 por el valle del Manzanares que separa tu casa del Madrid de los Austrias sobrevolaban en dirección norte-sur cantidad de aves. Durante una media hora fue un desfile aéreo triunfal, siempre siguiendo el mismo rumbo. Muchas de ellas eran grandes y volaban en escuadra, como si fueran anátidas o zancudas. ¿Gansos, cigüeñas, grullas?…Algunas te parecieron palomas, aunque tus pequeños prismáticos no eran capaces de afinar tanto. ¿Era una migración que repiten a diario en este tiempo o las sorprendiste justo el día que decidieron cambiar de aires? Dedicaste bastantes minutos a especular sobre el asunto. El nuevo paso que ha dado tu edad te trae al menos esta buena noticia: sigue incólume tu curiosidad por las mismas chorradas de siempre.

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Si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma, y perdón por la comparación. Vives fuera de las redes sociales, eres su apátrida convicto y confeso. Pero no sabes por qué te llegan mensajes de Facebook y de Twitter. Y de vez en cuando sucumbes a la tentación y quieres huronear por ahí. Te cuesta un horror recordar tu clave, y en uno de esos procesos de identificación que tú sufres como si fuera la Stasi la que te registra te dicen: Asegurándonos de que eres humano. Escribe las palabras que ves a continuación. Vamos que vamos. Un fantasma cibernético del estilo del Gran Hermano orwelliano se quiere asegurar de que…¡tú eres humano! ¿No debería ser lo contrario? ¿No deberíamos asegurarnos los incautos cibernautas de que hay algo humano detrás de estos compactos de inteligencia artificial?

Y para probar tu condición de humano te mandan reproducir exactamente dos palabras que aparecen retorcidas, como si las acabaran de sacar de la lavadora y nadie las hubiera planchado para que las letras, una detrás de otra y en el mismo plano, se puedan leer normalmente. Las dos palabras clave para la prueba son casi ilegibles, pero se supone que, como tú eres humano –y no virtual – las sabrás leer y escribir. Manda cojones. Manda mil pares de cojones. ¿Por qué no reproducen entonces palabras normales, y no jeroglíficos? Muchos de los que lean tu queja se estarán partiendo de risa por tu desproporcionado cabreo. Pero es que ya tienes sesenta y ocho años, y te toca las narices perder el tiempo intentando twitear o entrar en Facebook para que al final te den con una puerta en las narices, porque no consigues acertar con el protocolo de entrada.

Lo sentimos, inténtelo otra vez.

Te dicen eso, o algo parecido, y tú apagas el ordenador desesperado. Y dudas una vez más de que, por muy viejo que llegues a ser, aprendas a someterte a la tiranía de las nuevas tecnologías.

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Y sin embargo, aunque las odias, de vez en cuando te dejan fascinado. Precisamente gracias a uno de estos eslabones sueltos de la gran red ayer volviste a saber de María Cortés, la hija del sargento Quintín Cortés, de quien ya hablaste en este mismo blog hace unos meses. A esta mujer, hoy médico de familia, le llaman en su casa Petra Mari, el nombre con el que tú bautizaste a una de las hijas imaginarias de tu imaginada radiofónica Doña María. La Petra Mari real seguía por la radio las andanzas de una niña que se llamaba como ella sin saber que era precisamente ella el origen de la criatura. Ahora Petra Mari mantiene un blog llamado Bitácora cardiosaludable. Su última entrada está dedicada a ti, porque la hija del sargento Quintín, además de dar consejos para una alimentación sana, vuelca en él “las emociones cardiosaludables que me provocan algunos viajes, algunas situaciones y algunas personas”. Lo de ser “emoción cardiosaludable” de produce instantáneamente un subidón en la autoestima que compensa con creces lo gilipollas que te hace sentir a menudo la informática, la cibernética y la madre que parió a todos estos inventos.

Además, y de carambola, gracias a que el homenaje de Petramari también llega a Twitter, te reencuentras con Chema García-Lastra y Antonio Nuño, dos antiguos compañeros de la SER. A García-Lastra le conoces poco, pero como es un experto en nuevas tecnologías de la información puede salvarte de tu frecuente naufragio en ese menester. De Antonio en particular, un tipo tan sensible y culto como eficaz, discreto y machadianamente bueno, guardas un gratísimo recuerdo que la brujería del twiteo te refresca. No hay mal que por bien no venga. Sigues navegando en un mar de dudas, pero también continúas conectando con la mar de amigos.

Cartas de Pena y fuente de alegrías

A veces uno descubre que un tío abuelo al que no conoció es tan responsable de tí mismo como tus propios padres...

A veces uno descubre que un tío abuelo al que no conoció es tan culpable de tí mismo como tus propios padres…

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Estimado Don Fulgencio

Espero que al recibo de la presente se encuentre bien. Lo veo por la ventana del patio y desde luego está usted con magnífico aspecto. Por el 3º A esta su segura servidora tampoco se puede quejar, a Dios gracias.

El motivo de la presente, aparte de interesarme por su salud, es comunicarle que he encontrado enganchado en una pinza de mi tendedero un calzoncillo blanco clásico que debe de ser suyo, pues entre su piso y el mío sólo está el de Mari Nieves, que desde que murió su esposo José (q.e.p.d.) no vive más que con sus dos hijas. Lo normal es que el calzoncillo en cuestión se le cayera a su asistenta cuando le tendía la ropa limpia, y que quedara atrapado en la pinza de mi tendedero. Suerte que no cayera al fondo del patio, que está sucísimo. Ya me he quejado de eso al administrador, pero, como siempre, este se hace el sueco, el muy fresco.

Quedo a la espera de que Vd. me diga si bajará a por el calzoncillo perdido o si prefiere que se lo deposite en el buzón del portal. No tengo el menor inconveniente en hacerlo, pero pensaba que, dada la intimidad del asunto, preferiría recogerlo personalmente o mandar a su asistenta. Si bajan ustedes, tengan en cuenta que todos los días de 11 a 12 voy a la rehabilitación de mi omóplato, y que los martes y jueves de 18 a 20 tengo reunión en la Parroquia.

A la espera de sus noticias, y alegrándome mucho de su buen estado de salud, le saluda muy atentamente

Florita Ancila Cifuentes, 3º A

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Antes de meterla en el sobre se la mostró a a su nieto Gustavo, que venía a comer con ella todos los miércoles.

-Mira si se entiende bien mi letra –le pidió- Porque veo tan mal que ya casi ni se lo que escribo.

Gustavo leyó la carta y se echó a reir. Después sacó su teléfono móvil del bolsillo, picoteó con su dedo sobre el teclado veloz cual pájaro carpintero y le mostró a su abuela el texto que acababa de escribir: fulgen san kaido tus gayunvos 3º A.

-Esto ahora se hace así, abuela –dijo mostrándole a la anciana su mensaje- No tienes más que poner el número de Fulgencio y apretar a enviar…¿Ves que sencillo?

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Florita era maestra jubilada. No era tan mayor como para desconocer las ventajas que los SMS, los correos electrónicos y el twiteo aportaban a la humanidad, pero creía que escribiendo correctamente el ser humano se entiende mejor.

-Además –le explicaba a Gustavo – Si no escribimos cartas ¿qué ilusión quedará `para abrir un buzón lleno de facturas del banco, de la compañía eléctrica y de propaganda del chino del barrio?…Más grave aún: ¿qué será de la literatura epistolar?

La cara de Gustavo fue la misma que si se le hubiera aparecido una pin-up extraterrestre con varias tetas repartidas por su cuerpo de langosta.

-¿Literatura epistoqué?-dijo aguantando la risa.

Entonces Florita pensó que habría que crear un Cuerpo Estatal de Escribidores de Cartas. No tanto para alimentar la oferta pública de empleo, que también, como para ayudar a las nuevas generaciones a mantener una costumbre que antaño era una necesidad y hoy languidece tristemente hasta su presumible desaparición.

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Nunca has aspirado a demasiados cargos, no has sido lo que ahora llaman un tipo competitivo. Pero reconoces que te gustaría ese nombramiento: Director del Cuerpo Estatal de Escribidores de Cartas. De cartas de amor, de pésame, de reconocimiento, de felicitación, de agradecimiento, de porquesí, porque hoy pasé por el puente donde nos conocimos y me acorde de ti. Cartas incluso para ofender, sentar principios o para fijar posiciones, pero mayormente para aliviar un dolor, potenciar una autoestima alicaída o provocar tres suspiros y alguna sonrisa, aunque fuera tímida.

-No hace falta póliza ni certificado ninguno- dirías al escribidor despistado- pero sea conciso, póngale un párrafo con algo de emoción y despídala con un beso, que no pasa nada.

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Además, las cartas a veces dan pistas sobre tu propia personalidad. Lo recuerdas hoy porque tienes en tus manos un libro  que recoge la Correspondencia entre Pau Casals i Joaquim Pena. Pau Casals fue un violonchelista genial y un músico de talla universal. Joaquim Pena, un gran intelectual, crítico y musicólogo, tan fanático de Wagner como para traducir casi todas sus obras al catalán y fundar la Asociació Wagneriana. Este gran tipo, que hoy da nombre a una plaza de Barcelona, seguramente  alentaba la idea de una Cataluña independiente, porque murió en 1944, cuando el estado de las autonomías era sólo un sueño imposible. Pero hoy te importa porque ese hermano de tu abuela Mercedes  es el venero escondido que, dos generaciones después, alimenta tu pasión por la música. Tu abuela Mercedes tenía un oído pésimo. Su hijo Luis era un buen aficionado y afinaba, pero la España que le tocó no estaba para músicas celestiales, y bastante tuvo con ganarse la vida. Tú has tenido la suerte de caer en un momento histórico donde, aún con las penurias actuales, es posible acariciar la gloria disfrutando de la música clásica. Donde tu tío abuelo ponía a Wagner como Dios absoluto tú prefieres hablar de Bach o de Mozart, algunas de cuyas óperas más famosas, por cierto, también fueron traducidas por don Joaquim. Pero lo importante es dar con tus raíces, el venero y la fuente de este seguro de felicidad que proporciona la música. Y qué paradoja saber, a través de unas cartas añejas, que tu apellido Pena  es desde su cuarto lugar el que  te está dando más alegrías.

 

Una ardilla en el pensamiento

El pensamiento no para, aunque al final del d´çia lo que a mejor se te queda grabado es algo tan intrascendente y juguetón como una ardilla...

El pensamiento no para, aunque al final del día lo que a mejor se te queda grabado es algo tan intrascendente y juguetón como una ardilla…

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A sólo unos días de entrar en el año sexagésimo octavo de tu vida se te ocurre preguntarte cuántos periódicos habrás leído en todo ese tiempo. No tienes nada en contra de la profesión periodística, más bien al contrario. Te hubiera espantado ser cronista de los tribunales, o tener que asistir todos los días a una rueda de prensa para preguntar si Messi está curado o si lo de Di María fue un reacomodo de los genitales y no un tocamiento intencionado. Bajo el título de periodistas hay linces, arpías, majaderos, inquisidores, egos superlativos y hasta mafiosos, pero también gente sesuda y preparada, finos observadores e incluso genios literarios en pequeñas dosis. A ti te hubiera gustado entrar aunque fuera en la cola de este último sector. O sea,  ser columnista de un diario de provincias, de esos que escribían con cierta intención literaria en un café, fumaban en pipa  y no tenían que abordar lo que pasaba, sino más bien fabular sobre lo que no ocurre nunca. Un modelador de realidades paralelas y más bien inverosímiles, pero bien considerado y seguido por un puñado de lectores selectos. Como para conseguir una gloria pequeñita, pero entrañable.

Lo dices porque por primera vez en tu vida sientes fatiga como lector de periódicos. Ningún medio dice todos los días exactamente lo mismo que el anterior, pero las constantes humanas se repiten: la guerra de turno, el rifirrafe parlamentario de rigor, el escándalo del día, del mes o del año, las exhibiciones de maldad, de cinismo, de desvergüenza, de falta de ética consustanciales al ser humano. Las memeces del mundo del corazón. La matraca del fútbol, que por su peso económico, político y social es lo que más importa al personal. Necrológicas ilustres. Esquelas, anuncios. Nada es igual, pero viene a ser lo mismo. Todo te produce la impresión de deja vu. Por eso pasas sobre las páginas de los rotativos como las ardillas, saltando de titular en titular.

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Supones que un psicólogo enteradillo te haría un diagnóstico delicado.

-Lo siento, chico, pero esa pérdida de curiosidad puede ser el primer síntoma claro de la vejez.

Le dirías que lo tuyo no es exactamente pérdida de curiosidad, sino desplazamiento de la misma hacia otras cosas. Parece que, convencido de que los grandes asuntos no pueden transformar ya el mundo que conoces, cambiaras la dirección de tu mirada hacia otros más cercanos y de menos pretensiones. Hace unos días te llamó el Hombre Perplejo para hacerte una curiosa consideración al respecto.

-Estoy muy preocupado –te dijo Homper- Ayer me propuse contar el número de pensamientos que me podían sorprender a lo largo del día, y me fue imposible. Eran tantos que perdí la cuenta. ¿Cuánto dura un pensamiento? ¿Cuándo puedes considerar que termina ese pensamiento y empieza el siguiente?

Fuiste incapaz de decirle nada al respecto. Más bien te identificaste con él.

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Rastrillas el terreno por el que ha volado tu pensamiento a lo largo del día y casi caes en un ataque de pánico. Primero te das cuenta de que no te pusiste la noche anterior la gota prescrita en el último ojo operado: te habías venido al campo y dejaste el colirio en Madrid. Lo grave no será que tengas que gastar otros veintitrés euros por tercera vez, pues son varios los olvidos que ya llevas. Lo peor es que por la noche constatas que no sabes donde dejaste el recién comprado, y hoy tendrás que comprar otro nuevo Nevanac. Eso sí que debe de ser la chochez.  A pesar de que saltas sobre los titulares del periódico te hace gracia leer que Felipe González abandona el consejo de Gas Natural por aburrimiento. Y tu pensamiento se pone chulo.

-Es lo que tiene, Felipe- le dices al expresidente- Yo tampoco he querido ser consejero del  Santander y de Inditex porque tanto Botín como Amancio Ortega me aburren a muerte.

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Luego dudas de  si tres higos secos pueden ser tan eficaces para el tracto intestinal como el zumo de naranja, que siempre te da una pereza infinita hacer incluso con el mejor exprimidor. El próximo pensamiento te surge al ver una foto de una chiquilla llamada Miley Cirus tocándose con ostentación y manifiesta desfachatez lo mismo que Di María, pero en mujer. Miley es la cantante que ha destronado a Lady Gaga como superventas. A qué cosas obliga la necesidad de la fama. Entretanto ves al gato durmiendo encima del lomo de la perra Mas, bautizada así, por cierto, antes de que el ínclito don Artur fuera molt honorable president de la Generalitat. La imagen del gato durmiendo encima de la perra te produce cierta ternura, y el la reflexión incidental de por qué se dice “que se llevan como el perro y el gato” cuando se habla de personas que se tiran los trastos a la cabeza. Te enteras de que el presidente Hollande, que no destaca precisamente por su apostura, ha enamorado a una chica que es lo que se dice un pibón. La consideración derivada es evidente: ¿se hubiera enamorado ella si en lugar de Presidente de la República él fuera salchichero?

Así vas. Un minuto, o sólo treinta segundos, o menos, y tu mente ya está en otra cosa. Imposible contar los pensamientos.

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Te preguntas si airear estas cosas le puede beneficiar a alguien. Y aunque no te gusta entrar en intimidades ajenas, piensas que sí. Crees que a tu buenísimo amigo Víctor L.B., uno de los que con su constante atención más ha contribuido a que mires con optimismo tu tumor, le gustará saber que él se colaba a dos por tres en este rosario de pensamientos del día. Ahora es él el que necesita tu suerte y tu cariño. Le puedes garantizar lo segundo. Ánimo Vitín.

Por lo demás, tu pensamiento continuo es tan ligero y volátil como  tú. La imagen del día es una simpática ardilla que se te ha cruzado en el camino. Tal cual  la  imaginabas al leer los periódicos. No es fácil verla por aquí, debe de estar aprovechando las últimas bellotas y castañas quehan sobevivido al paso de las cabras y los jabalíes. Pero es una estampa de vida simpática y vivaz que, al igual que tu mente, progresa  de salto en salto, sin pararse demasiado en nada. Tampoco es mal símbolo del modo en que hay que tomarse la vida.        

La de Inés y otras webs pendientes

Inés hace fotos como ésta, que podría simbolizar el respeto y el cariño que guardas por ella

Inés hace fotos como ésta, que podría simbolizar el respeto y el cariño que guardas por ella

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Es él, es él- piensas mientras algo dentro de ti se te encabrita- Su foto en esa revista que refleja y da lustre a la espuma de la vida no engaña. Es un hombre cargado de títulos nobiliarios y con un historial de amores y desamores que incluye a algunas de las mujeres más perseguidas por los paparazzi. Es propietario de grandes tierras y, como empieza a ser moda entre los emprendedores de sangre azul, ha bautizado con alguno de sus títulos a su vino más famoso. Es él –confirmas mientras lo ves con su catavinos entre las manos, mirando al horizonte con ese gesto de suficiencia y orgullo con el que probablemente contemplaba Felipe II aquel imperio sobre el que nunca llegaba a ponerse el sol-.

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Tampoco se pone el sol sobre este tipo de personajes. Le siguen cayendo honores, consejos, patronazgos y, sobre todo, portadas y reportajes en el papel couché y los tabloides que sacian la curiosidad del pueblo. Pues ahora, además de su buen porte y su prosapia, es empresario vitivinícola. O sea, que seguramente creará algún puesto de trabajo y difundirá cultura. Neocultura, más bien, que quiere decir: a mí Pericles, Kant y toda esa panda me la refanfinflan, yo de lo que de verdad entiendo es de buena vida, del Gotha, de chataux-relais, de guapas con glamour, de restaurantes con muchas estrellas y de vinos como los míos. Échale al pueblo cotilleos de vecindona, mézclalo con estos contenidos y olvídate del rollo clásico, que ahora  lo que de verdad vende es la cultura (o incultura) de lo que entra por los agujeros  del body.

Pragmatismo inapelable el del señor marqués, hoy casi un héroe social por convertirse en productor de placer para el paladar. A tI eso no te parece mal. Lo que te rebela las tripas es lo que hace tiempo conociste por confesión directa de uno de los servidores de su tía. Acababa ésta de fallecer, dejando a él y a su hermano una considerable fortuna. No lo suficiente, al parecer, para que pudieran cumplir todas sus obligaciones.

-Es que desde que los señores recibieron la firma de su señora tía hace seis meses –te reveló compungido- a mi mujer y a mí que somos la que la hemos cuidado, no nos han pagado…

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El día amanece tan oscuro y borrascoso que imaginas que va a aparecer por el camino ese coche de caballos de Drácula. Bajo un sombrero y un capote empapados de lluvia el pobre postillón fustiga a las bestias que galopan enfurecidas hacia el castillo propiedad del siniestro personaje. Dentro viaja el vampiro, el conde desalmado, el príncipe del mal que debe llegar a su guarida almenada para encerrarse en su ataúd antes de que termine de clarear. Entre nobles anda el juego. Relacionas a este con el susodicho marqués, y tú también te sientes vampirizado por el mal. Normalmente vas de bueno por la vida, crees que esa es la imagen que proyectas al exterior. Pero el recuerdo de estos personajes te ha inoculado el deseo de ser tú también malo, malísimo, perverso de solemnidad. Un malvado de nuestro tiempo, obsesionado, eso sí, con desenmascarar a todos los VIP a los que los medios jalean por el sólo hecho de ser guapos, lustrosos, postineros y capaces, por tanto, de vender lo que sea: vinos como el marqués o taparrabos como Cristiano Ronaldo.

-Ya está –decides- Lanzaré una web que sirva de guía de granujas ilustres. Superjetaspuntocom. Puntosfilipinospuntocom. Hipócritaspuntocom. Detestablespunto com. Chorizosperfumadospuntocom. Desconfíadeellospuntocom…

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Tu brain storming particular termina ahí. De repente el viento cesa, las nubes se van evaporando y la mañana de ese 2014 recién estrenado se despeja en los aledaños de Gredos y se convierte en un espectáculo natural apacible, hermosísimo, limpio y esplendoroso. Sales al aire libre, te estiras, respiras profundamente el olor de tierra mojada y comprendes que en esas circunstancias es difícil convertirte en inquisidor. De repente, la veleta ha girado, y apunta en dirección contraria. Como si aún fueras personaje de un cuento de esa Navidad que se extingue, sientes ahora un irrefrenable deseo de ventear el nombre y los hechos de las personas buenas y positivas que te hacen la vida feliz, y cuyo ejemplo minimiza a los miserables. Y te propones destacarlo como guía para recordar que, aunque no todo el monte sea orégano moral, también hay mucha gente no famosa que  no sale en los papeles y es maravillosa.

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Piensas en todos los que te han llamado, te han escrito, te han invitado y, de una forma o de otra, te han mimado porque les caes bien y para que sigas creyendo en la especie humana. Por ejemplo, en Ángeles, que ahora que casi nadie felicita por correo postal te ha mandado su christmas nada menos que desde Australia. O por poner otro ejemplo, en esa mujer casada y con cuatro hijos que trabajó contigo hace quince años y que aún te llama “jefe”. Tiene en su haber bastantes otros méritos morales, como el de haber soportado que los asesinos de ETA mataran a su padre cuando la llevaba al colegio y ser, pese a ello, treinta y tres años después, un tiovivo de sonrisas y una exportadora de felicidad. Pero además, desde que caíste malito, las mañanas de Navidad se presenta en tu casa para darte un par de besos y felicitarte con un regalo. Este 25 de diciembre te trajo un par de botellas de botellas de un magnífico reserva de Rioja –no el del marqués, ojoy un bizcocho de chocolate.

Cuando se fue, te ocurrió algo insólito. Te hiciste un café, quitaste al bizcocho su envuelta de celofán para peobarlo y tuviste que recordar el verso de Becquer: ya ves, yo soy un hombre y también lloro. Tus lágrimas no serían tan románticas como las del poeta, pero el hecho es que a ti también se te saltaron. Qué espectáculo, llorando como un niño ante un bizcocho de chocolate, tiene guasa la cosa.

Y pensaste que tendrías que implementar, como se dice ahora, muchas webs dedicadas a esos afectos que te apuntalan la vida. Graciasinéseresmidibilidadpuntocom para empezar la serie. Aunque no sabes si te quedará tiempo para cumplir con todas las webs pendientes.


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