Saulo, ¿por qué me persigues?

Incluso los más virtuosos necesitan alguna vez una caída del caballo para darse cuenta de que quizás el suyo no es el  camino de la perfección... (La Conversión de San Pablo según Il Pamiglianino)

Incluso los más virtuosos necesitan  una caída del caballo para darse cuenta de que quizás el suyo no es el camino de la perfección…
(La Conversión de San Pablo según Il Pamiglianino)

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No engañes a nadie que se asome por aquí. Al principio esto podrá parecer uno de esos cuentos tontorrones con los que inicias algunos post, pero debes dejar bien claro que es un alegato. Un alegato en re sostenido mayor por ejemplo, que así sonará como más dulcificado por la música, pero no menos firme y solemne que esas proclamas altisonantes de los indignados. Es un alegato contra la estulticia, la hipocresía y el desprecio por los demás, aunque el protagonista del mismo no sea más que lo que en los relatos clásicos llamaban “un hombrecillo”.

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Ya has citado el asunto que motiva tu alegato, la música. ¿Y por qué al hombrecillo le atraía tanto la música? Dice que sintió su hechizo cuando vio en Fantasía al legendario Leopoldo Stokowsky dirigiendo un ballet de hipopótamos dibujados por Disney mientras la orquesta tocaba la Danza de las horas. Qué encanto aquello de poder jugar con melodías y ritmos, y revestirlos de imágenes tan divertidas como imaginativas. Qué delicia, esquivar así las miserias de la vida.

Había otro motivo para añorar y desear la música. Llegó el hombrecillo a su primera juventud, y observaba que un colega que rasgueaba una guitarra susurrando suramericanadas de María Dolores Pradera y sus Gemelos mientras le hacía ojitos a una chica mona ligaba bastante más que él. Otro amigo mayor, más serio y preparado, le inició en la música clásica. Fue en verano, cuando los poros de la sensibilidad primeriza se abren y están amorosos. Aquel amigo, que poco después tomaría los hábitos de cartujo, ponía por las noches la Quinta Sinfonía de Beethoven en un primitivo tocadiscos que instalaba bajo una higuera, e invitaba a escucharla mientras el hombrecillo y su pandilla miraban las estrellas. Ahora a los momentos así se les llama iniciáticos, esdrújula que entonces no existía, pero que los que van de intelectuales gastan mucho. El hombrecillo, absorto en ese milagro conjunto que obraban la noche estrellada y el genio de Bonn sólo sabía entonces que no le gustaría morirse sin haber intentado antes ser música.

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Sin enseñanza alguna, y manifiestamente inepto para engañar siquiera al instrumento más simple, el hombrecillo acabó cantando en un coro. Primero piezas sencillas y populares: que si eres como la nieve, que si tiro el pañuelico al agua, que si río arriba, río abajo, que si la bella Lola, que si se enamoró la paloma, y luego se equivocaba, que si no te vayas de Pamplona, que si los campanilleros y otras sonrojantes letras regionales o populares. Más tarde, en un salto de calidad y de criterio, música sacra a capella. Y de ahí, feliz  como el torero que se doctora en Las Ventas, a cantar con orquesta piezas de clásicos.

Entonces el hombrecillo se vestía de smoking, iba a la iglesia de turno con sus partituras, se incrustaba en la obra que siglos antes habían compuesto Vivaldi, Bach, Mozart o Beethoven y cumplía sus sueños. Aquello de aprender una partitura clásica sin apenas saber leer una nota exigía muchas horas de ensayo, pero el hombrecillo creía que valía la pena. Al fin se sentía por lo menos una parte infinitesimal  del tinglado de la hermosísima farsa. Ya no escuchaba la música, sino que estaba en ella.

Y era feliz, a qué negarlo.

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Un día, al hombrecillo le contaron que el Coro del CEU San Pablo buscaba voces para conciertos importantes, y allá que se apuntó. Aparte de formar excelentes universitarios, el CEU tiene a gala inculcar en su alumnado el espíritu humanista y cristiano de su santo patrono. También –a Dios rogando y con el mazo dando- ha hecho suyo el ritual de las universidades anglosajonas distinguidas, y gusta de adobar sus actos académicos con coros que realzan su solemnidad, y mitigan en los padres de los graduados el dolor de pagar la pasta gansa que cuestan sus matrículas.

El pacto que le ofrecieron al hombrecillo y a los demás cantantes ajenos a la institución era claro.

-Mira, vas a tener que cantar en varias misas solemnes con obispos y autoridades, y en ocho o diez graduaciones por temporada. Pero a cambio también podrás hacerlo en el gran concierto anual que celebramos el día de la Conversión de san Pablo. Un gran evento cultural y social del que estamos orgullosísimos. Vaya lo uno por lo otro.

Gracias a ese intercambio de prestaciones el hombrecillo empezó a sentirse importante. Es cierto que los actos litúrgicos y académicos le resultaban tan aburridos que en esos momentos se hubiera cambiado por un corista del Teatro Chino de Manolita Chen, pero el fin justificaba los medios.

Así que el hombrecillo se tragaba los denuestos y cumplía como buenamente podía.

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Esta temporada al coro se le pidió un esfuerzo más. El CEU iba a investir como Doctor Honoris Causa al presidente de la Comisión Europea Van Rompuy, con Rajoy de padrino y presencia de múltiples personalidades. Había que engalanar el acto añadiendo al repertorio habitual  el Himno a la Alegría  de la Novena Sinfonía –por aquello de Europa, a ver si caen- y el Aleluya del Mesías de Haendel, como colofón del acto que a todo el orbe cristiano llenaba de gozo.  Para eso hubo que programar horas extras de ensayo y dedicar prácticamente una mañana entera ad majorem gloriam de la institución. Como si en ello les fuera la vida a los cantantes, y no  a todos los prebostes que, al reclamo de la notoriedad del evento, atestaban el aula magna con sus vistosas mucetas, birretes y demás parafernalia. El hombrecillo y sus compañeros cantaron disciplinadamente. Les gusta cantar, no salir en la foto, y aún esperaban ilusionados el gran concierto del año.

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Mala suerte fue que la crisis también hiciera mella en el espíritu generoso que alienta en el CEU. Y que considerando que este año no había dinero bastante para montar el Requiem de Mozart,  que era lo previsto, los jefes pidieran que se apañara un concierto de piezas a capella, que resultaba más baratito. Eso sí, había que desplazarse a la Universidad que la institución tiene en Montepríncipe -20 kilómetros desde el centro de Madrid- y con los hombres de smoking y las mujeres de largo, que lo exigía la dignidad del evento y la de los asistentes. Tal cual si en lugar de un coro menesteroso estuviéramos hablando del New Philarmonía, qué carambas.

Y peor suerte aún fue que, tras comprobar que su sueño quedaba en el alero, y cabreado por el trágala de un programa de emergencia, el coro se encontrase el día del concierto con el aforo del gran aula magna ocupado por diez personas. Había reservadas cuatro filas para las autoridades, pero sólo una de las que levitaron aplaudiendo a Van Rompuy y Rajoy consideró que merecía la pena escuchar al coro ese día. No había cámaras de televisión, no había dignidades europeas, no había políticos de relumbrón. Sólo se ofrecía música coral. Por tanto, ni era necesario molestarse en buscar figurantes para cubrir el expediente. ¿Cabe mayor desprecio que no hacer aprecio?

El  hombrecillo asegura que nunca se había sentido tan humillado.

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Como pacta sunt servanda, y al día siguiente tocaba misa del santo patrón, las huestes corales volvieron a la capilla de la Universidad a cumplir su compromiso. Todos los barandas que el día interior faltaron al concierto deben de ser buenísimos cristianos, porque al acto religioso no faltaron. Haciendo de tripas corazón, el maltratado coro cantó lo mejor que pudo, aguantando estoicamente una plúmbea homilía en la que el oficiante recabó la necesidad de que el espíritu de San Pablo se encarnara en todos los presentes. El hombrecillo entretanto tragaba bilis, y se preguntaba cómo era posible que con tan eximio patrón  sus pupilos ignorasen aquello de los sepulcros blanqueados, y mostraran con los pobres cantantes que ellos mismos habían solicitado tan poquísima delicadeza. Ofuscado en su humillación aún caliente, el hombrecillo se notaba poseído por una ira nada cristiana. Y aunque comprendía que el santo de Tarso no tenía la culpa, sentía la necesidad de expresar ante sus homónimos del CEU un lamento parecido al que sonara en el camino de Damasco.

-Saulo, Saulo…-dijo el hombrecillo- Si no querías que cante…¿por qué me persigues para que adorne tus festejos? Y si de verdad quieres un coro… -añadió para no callarse nada- ¿por qué nos das el coñazo y nos machacas con tu desprecio?

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1 Response to “Saulo, ¿por qué me persigues?”


  1. 1 julia enero 28, 2014 en 6:55 pm

    Ya te echábamos de menos…varios días sin noticias. Y vuelves por donde solías con una cita que me ha hecho recordar mis tiempos de estudiante en St. Louis de Français. Saulo, Saulo pourquoi me persecutes-tu?
    Este hombrecillo que nos ocupa tiene una gran chispa escribiendo. He dicho.
    Cuídate Duende, que se te quiere.

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