Archivos para 26 febrero 2014

La aplicación deseada

Los ingenuos esperamos que el derroche de tecnología de nuestros teléfonos móviles nos resuelva hasta los problemas más peliagudos...

Los ingenuos esperamos que el derroche de tecnología de nuestros teléfonos móviles nos resuelva hasta los problemas más peliagudos...

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Cómo encajar  razón y sentimientos. Siempre abierto a la radio, escuchas que unos suecos de esos que invierten su esfuerzo en investigaciones exóticas han llegado a la conclusión  de que hay 187.000 maneras de hacerse el nudo de la corbata. Lo cuenta Manuel Toharia, que trata de explicarlo apelando a los algoritmos. No entiendes nada de algoritmos. En tu doliente pasado escolar por las ciencias exactas nadie te habló de algoritmos. ¿No existían entonces? ¿Te parecían tan inasequibles las matemáticas que te dormías, y aunque te hablaran de algoritmos estos volaban por encima de tu pequeño cerebro? No lo sabes, y te molesta.

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Ahora los algoritmos aparecen  con cualquier pretexto, y no pudiendo explicar nada de lo que pasa en tu vida a base de ellos te sientes un poco cojo, sordo, manco, ciego. Un poco tonto. Tu explicación del problema hubiera sido esta: partiendo de la base de que sólo hay dos tipos de nudos, el de una vuelta y el doble, que unos llaman Winston, otros Windsor (por Eduardo VIII, luego Duque de Windsor) y otros Wilson (por Woodrow Wilson, presidente de los Estados Unidos, que lucía un corbatón de grueso nudo en todas las fotos), el experimento sólo es posible juntando 93.500 corbatas distintas y haciendo con ellas primero el nudo simple y luego el nudo doble. Y de cada corbata se contabilizará una manera distinta de hacer el nudo de la corbata, pues cada una de ella es capaz de dos versiones. Es una soplapollez, pero no menos para ti que el algoritmo, que no te lo explicaron en el cole, y que si te lo explicaron daba igual, porque estabas mirando a las musarañas.

Mirabas a las musarañas porque entonces no estudiaban niñas en tu colegio. Aun así fueron miradas fracasadas, porque jamás viste una. Es más, ni sabes qué cara tienen.

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Esta estúpida disquisición sólo ilustra tu despiste tradicional a la hora de empuñar la pluma –lo de la pluma es un decir, ya sólo la utilizas para cartas de amor a Audrey Hepburn o así- y ponerte a escribir. Escribes de lo que ves, de lo que sueñas, de lo que te hace reir o llorar, de lo que te llama la atención. Quisieras que cada una de tus entradas en este blog  solucionaran algo a la humanidad, pero no  crees que sirvan para redimir muchas miserias.  A lo mejor deberías de llevarte el ordenador a un garaje y parir allí, dado que desde Bill Gates a esta parte parece que todo lo que conmueve al mundo (los inventos  de Jobs, Zuckerberg y Jan Koum, por ejemplo) no nacen en un laboratorio ni en un cuarto de baño, sino en un garaje.  Se ve que la chispa del genio es muy suya.

Estos días fue noticia la  superferia del teléfono móvil que se celebra en Barcelona. Triunfan  las llamadas “aplicaciones”. Una señora le contaba a Carlos Herrera que su hijo había descubierto entusiasmado una aplicación que reproduce todo el repertorio de pedos del que el cuerpo humano es capaz. Eureka. En el Telediario también mostraban unas gafas misteriosas conectadas con la telefonía móvil que te permiten mirar a una persona y escuchar por un auricular su ficha personal. Te sientes más paleto que Martínez Soria en La ciudad no es para mí.  Te quieres morir.

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Pero no te quieres morir sin saber un poco, un poquito más de este mundo. Observas que cada día te detienes más en las pequeñas naderías que te entretienen, en el confeti de la vida. No es serio. Considerando lo jodido que es vivir para tanta gente no es serio que le dediques tanto tiempo a las cosquillas improductivas. Quieres ser más razón práctica que filigrana intrascendente. Necesitas una aplicación: un inventito de éstos que te avise de cuándo debes regar este blog de asuntos digamos “razonables” y cuando puedes perderte en delirios sentimentales. La gente quiere saber, y probablemente para que lo que aprende le sirva de estímulo o al menos de bastón para hacer su camino. Considerando que todos los inútiles os consideráis poetas, y que los poetas no dan de comer, sería deseable que de vez en cuando escribiera de algo realmente interesante para sobrevivir.

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Entretanto –esta entrada se escribe en varias entregas, por líos diversos que no vienen al caso- descubres la silueta de una pequeña araña en la pared de tu despachito. Piensas que  no es bueno convivir con ella, así que la coges entre el pulgar y el índice e instantáneamente te surge otra duda más: un hombre sensible y civilizado ¿debe matarla y depositarla en el cubo de la basura, sección sección residuos orgánicos, o, por el contrario, invocar los derechos de los animales y preservar su vida?…Decides esto último, así que abres la ventana y la lanzas al exterior, convencido de que su propia levedad  hará de paracaídas y le permitirá aterrizar en el pinar de abajo para iniciar una nueva vida en un hábitat más apropiado.

Luego te bajas al garaje, para ver si te salta la chispa. Lo encuentras oscuro y frío, ahí no hay manera de crear  nada. Además, como llevabas la radio en el bolsillo te enteras de la muerte de Paco de Lucía. La Parca implacable, que es  la única que no sabe lo que es el paro. Querías ser un hombre razonable y práctico, pero, a la espera de que alguien ponga en marcha la aplicación soñada, sólo se te ocurre acabar este post suspirando de pena. Como cualquier guitarra de las muchas que hoy se quedan huérfanas del genio.      

Verificando, que es gerundio

Un poco harto de ciertas estupideces a las que conduce la política, tú también tienes algo que verificar...

Un poco harto de ciertas estupideces a las que conduce la política, tú también tienes algo que verificar…

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Te enteras de que llegan a Bilbao unos señores bastantes importantes a los que llaman verificadores.

Deduces que son importantes precisamente por eso, porque salen en el Telediario, aunque  parece que lo que tienen que verificar lo verifica cualquiera, o sea, que ETA  ya no asesina. Dan ganas de decir aquello de a buenas horas mangas verdes.

¿Por qué no venían a verificar los pistoletazos en la nuca, los coches bomba, los atentados en supermercados y casas-cuartel de la Guardia Civil? ¿Cómo no se precipitaron a verificar el número de mutilados y de enfermos mentales crónicos que ha dejado en España el terrorismo? ¿No se les ha ocurrido verificar cómo crece un niño huérfano o cómo sobreviven las viudas, los padres y los familiares de aquellos borrados inicuamente de la vida por una pulsión criminal? ¿Hace falta ser muy experto para verificar la ruindad de los autores de estos delitos? ¿No nos hubiéramos ahorrado todo el dolor y la vergüenza que produce el enmascaramiento de esta salvajada en la política si los ilustres verificadores hubieran verificado a tiempo que lo que ETA ha perpetrado es un sinfín de crímenes, y nada que merezca ninguna otra consideración?

Pero ya que se han decidido a verificar –algo tarde por cierto- que al menos verifiquen dos cosas. La primera, que los culpables de esos delitos van a cumplir sus penas como cualquier otro delincuente. Y la segunda, que los que hoy pretenden presentar a esta ralea como héroes o santos tampoco son la mejor receta para que los vascos se sientan orgullosos de serlo.

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Tanto jalean  a estos verificadores que te dan ganas de ofrecerte tú también para ese menester.  No te falta tiempo, ni capacidad para observar y verificar. Hoy mismo has echado un vistazo al panorama y has verificado cómo un día tras otro el hombre sigue tropezando en la misma piedra. Los dramáticos sucesos de Kiev, Venezuela, Ceuta, Artur Mas con su consulta, contumaz como Mateo con la guitarra, el PSOE que se comporta con el PP como el PP lo hacía con el PSOE cuando era este el que gobernaba, otro político bajo sospecha por una cuenta en Suiza, la consabida  mano  negra persiguiendo al Barça por un quítame allá esa presunta chorizada, el presidente de Iberdrola lamentando que los españoles no le seamos lo bastante rentables…

Nada es demasiado estimulante. Así que escapas al campo y verificas que sigue lloviendo, pero que a pesar de eso las flores del almendro asoman tímidamente, y una pareja de carboneros tontea ya presagiando la primavera. Nadie te va a sacar en los telediarios por estas verificaciones, pero tampoco nadie te podrá negar buena voluntad.

Actualizaciones

La Ballena Alegre se actualiza, y se convierte en la Ballena Escéptica... (Imagen prestada de la web Plataforma 2003.org. Gracias)

La Ballena Alegre se actualiza, y se convierte en la Ballena Escéptica…
(Imagen prestada de la web Plataforma 2003.org. Gracias)

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La tertulia pudo llamarse la Ballena Alegre, como la que en otros tiempos alimentaron en Madrid Agustín de Foxá, Víctor de la Serna y Sánchez Mazas. Pero al margen de esa carta en la que la ministra del ramo les había comunicado que su pensión se incrementaba en dos o tres euros al mes, la verdad es que aquellos jubiletas tenían muy pocos motivos para la alegría.

-Llamémosla la Ballena Triste. O, como mucho, la Ballena Escéptica –propuso Gerardo- Una carta a ocho millones de pensionistas, con lo barato que saldría decirlo en el Telediario…¿No hubiera sido mejor dividir lo que ha costado ese marketing directo entre los beneficiarios y pagarnos un café en lugar de mandarnos otro papel más que romper?

-Qué despropósito- terció Palinuro- Y ahora quieren ahorrar en el chocolate del loro.

Palinuro se quejaba de que el programa EN  FORMA de la Comunidad de Madrid que invitaba a la tercera edad a sentirse atletas haciendo gimnasia con monitores en los parques de la capital también había sucumbido a la crisis.

-Hacíamos ejercicio, tonteábamos con chicas de nuestra edad y lo pasábamos dabuti. Pero han rebajado de 150.00 € a sólo 18.000 el presupuesto…¿Cómo vamos a mantener así nuestros cuerpos cristianos?

Palinuro se despechugaba entonces y mostraba en su abdomen una tableta que haría empalidecer a Cristiano Ronaldo o, más aún, almismísimo presidente Aznar. Tanto esfuerzo para nada.

Baltasar se quejó a su vez de que a su señora le habían limpiado la Dependencia, y que ahora los dependientes eran él y su cuñada Jovita, que rondaban los ochenta y cinco año y tenían que ocuparse de la pobre impedida. La tertulia, por momentos, derivaba en la Ballena Cabreada.

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-No sólo de pan vive el hombre –dejó caer Homper sentencioso- Lo peor no es sólo la dictadura de los recortes, sino que la tiranía del progreso también se ceba en nosotros.

Había acudido el Hombre Perplejo a la tertulia con su ordenador, su IPAD y su teléfono móvil. Los puso en marcha ante sus colegas y torció el gesto. Las pantallas de los aparatitos se llenaban de avisos.

-¿Veis?…-dijo mientras los señalaba con el dedo acusador visiblemente alterado- !Actualizaciones!…Me ha costado lo que no está en los escritos aprender a manejar estos cacharos…Mis pobres sobrinos nietos han gastado no se sabe cuántas horas en explicarme programas, aplicaciones, torturas diversas con las que la tecnología nos quiere mejorar la vida. O complicárnosla, según se mire. Y cuando crees al fin dominar estos prodigios, algún canalla en Silicon Valey o donde cojones se decidan  estas cosas decide actualizarlas y te  jode el invento…Lo que no te mata la crisis te lo amargan los listillos…

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Y Homper contó a este propósito algo extraordinario que le acababa de suceder, y que le tenía conmocionado, porque venía a confirmar que los avances tecnológicos condicionan nuestras vidas mucho más que el famoso Gran Hermano de Orwell.

No sabéis hasta qué punto nos controlan e influyen en nosotros-subrayó con expresivos gestos.

Dijo que después de años en los que creía extinguida su pasión amorosa, había entablado relaciones con una cajera de su supermercado de una cierta edad, pero con encanto, de una belleza elegante y serena, muy clásica.

-Harto de que me preguntase cuando pagaba eso de ¿tiene tarjeta de puntos o tiket de aparcamiento?, a lo que siempre decía que no, le dije un día: sólo tengo dinero para esta compra y deseos de quedar con usted. Lo pasé fatal, lo reconozco. Nunca había tenido un pronto así. Pero la cosa funcionó, empezamos a salir, nos enamoramos…

Todos los tertulianos de la Ballena Espectante se quedaron en suspenso.

-¿Y?…¿Qué pasó?

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El pobre Homper se puso muy serio al recordarlo. Fue explicando cómo había sido un largo proceso de seducción . Y cómo día a día fue descubriendo en su cajera favorita a la única mujer que en su edad madura le había hecho vibrar de verdad.

-Pero la nefasta manía del hombre de perfeccionar lo excelente –dijo mientras apagaba y guardaba en sus fundas la tableta y el ordenador- lo echó todo a perder.

Y contó que justo cuando él pensaba proponerle matrimonio, ella acudió un día a su cita completamente distinta a como siempre la había visto. Era un rostro distorsionado en un puzzle de cabeza con las piezas mal encajadas. Nada, ni la boca, ni los ojos, ni el cabello ni la nariz, que hasta entonces le habían parecido los rasgos del rostro de una madonna de Rafael estaban en su sitio ni con las mismas exactas proporciones que había hecho de ella un canon de belleza. Ahora lo que tenía delante  y le dejaba completamente patidifuso era, todo desorden y caos, el vivo y desconcertante retrato de una mujer de Picasso.

-Ya os lo podéis imaginar, amigos –suspiró mientras se enjugaba disimuladamente una lagrimilla y movía la cabeza con inredulidad- ¡A mi amada también  la habían actualizado!

El efecto kaleidoscopio

Lo de girar el kaleidoscopio y descubrir una imagen nueva es fantástico, pero a veces tiene sus riesgos...

Lo de girar el kaleidoscopio y descubrir una imagen nueva es fantástico, pero a veces tiene sus riesgos…

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Tiene su encanto. Es como un infatigable ogro feroz, pero  si no has sido víctima de sus grandes desmanes tiene su encanto despertar, mirar por la ventana y saber que el invierno te recibe un día más con lluvia fina empaquetada en una niebla espesa. Es un amanecer espectral, y tú, que tienes algo de gótico o de romántico enfermizo, no puedes negar que disfrutas del cuadro. La luz de la luna llena velada por el manto de nubes se funde con la de un sol acojonadito, que cumple con su deber sin saber que  no podrá filtrar ni un solo de sus rayos en esta enésima jornada de borrasca. Los árboles deshojados se recortan contra el fondo grisaluzado del alba. Por entre ellos sólo echas de menos a Frankestein que avanza hacia tu casa dando tumbos o a un  par de zombis despabilados que te traen porras para desayunar. Qué pena que no esté contigo Tim Burton para aprovechar el decorado.

Toda esta descripción es solamente para decir que el día no puede pintar más lúgubre. En días así, mejor la mirada introspectiva o hacer girar el kaleidoscopio.

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Sostiene Homper que todos estamos en el kaleidoscopio, o que todos somos kaleidoscopio. Que él sólo veía a su vecina del sexto, una rubia bastante atractiva hija de judío polaco y de psicóloga argentina, como profesora de danza del vientre, hasta que ocurrió algo para él sorprendente. Homper no es un simple, sabe que enseñar la danza del vientre no significa ser un pendón, pero aún así se quedó pasmado cuando antes de las vacaciones de verano la danzarina se presentó en su casa para regalarle una orquídea blanca.

-Toma, vecino –le dijo mientras ponía el tiesto en sus manos- No puedo soportar que muera por mi culpa, así que te ruego que te la quedes, porque yo me voy con mi chico a Gambia para operar de los ojos a los niños que lo necesitan. Cuídala,     que yo te quedaré eternamente agradecida.

Su novio era oftalmólogo, y ella, además de bailarina, su abnegada y meritoria auxiliar. Todos somos algo insólito para alguien.

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A veces no hay más que dar un pequeño giro al kaleidoscopio para descubrir una faceta insospechada en las personas de las que tenemos elaborada nuestra ficha. Tu perplejidad  homperiana de esta sema fue descubrir que Darío Villalba, uno de nuestros artistas plásticos más laureados y con obra en los museos de arte contemporáneo de medio mundo fue nuestro único representante en los Juegos Olímpicos de Invierno del año 1956 que se celebraron en Cortina D´Ampezzo en la curiosa especialidad de patinaje artístico. Ahora esta disciplina ha cobrado mucho protagonismo gracias a uno de esos genios del deporte que de vez en cuando fabrica España. Un tal Javier Fernández ha estado a punto de conseguir medalla en Sochi en esta disciplina, y con tal motivo alguien escarbó en el historial de este deporte poco popular en nuestro país para traernos la imagen imprevisible de un Darío Villalba joven, recortadito, ceñido y encorbatado de pajarita en una pose más propia del famoso Toni Sailer que del artista bohemio y de torpe aliño indumentario con el que le conociste. Darío Villalba era hace cincuenta y siete años un guapo mozo, pero hoy luce como un intelectual voluminoso y ceñudo, como corresponde a los tiempos críticos que vivimos. Su obra se encuadra dentro de lo que un ignorante como tú llamaría arte angustioso. Los  cuadros, las esculturas, las fotografías y los famosos Encapsulados que avalan su carrera insinúan desasosiego y rabia, como si el artista tuviera muchas cuentas pendientes con la vida que le ha tocado vivir. No mala, por cierto. Pero pasa que cambiamos con el tiempo, que la procesión va por dentro, que todo hombre tiene varios hombres diferentes dentro de sí.

Y que si giras el kaleidoscopio, siempre descubres una nueva realidad insospechada.

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Ese mismo día algún cocinero famoso de esos que nos enseñan a comer –a nuestros años- alabó las virtudes de la carne del conejo, y tú, que jamás comes conejo, no se sabe por qué asimilaste su conseja culinaria. De tal manera que habiendo entrado en un supermercado para comprar el pan, la mantequilla, mandarinas, suavizante y vinagre de Módena, pasaste ante los cárnicos, viste un envasado donde ponía conejo y allá que lo pusiste en tu carrito de la compra. Impulso instantáneo.

Y fatídico. Otras veces el conejo se vende ya troceado, en bandejitas de poliestileno y envasado al vacío. Es mejor: acabarás cocinando carne, sin pensar mucho en el  mamífero de la que procede. .No se sabe por qué ceguera sobrevenida súbitamente tú no reparaste en que te llevabas en cambio el animal entero, con su cabecita, sus patitas su rabo y hasta su bandullo. Tu Neli, la asistenta, había dicho que lo guisaba muy rico, pero un flash de sensibilidad iluminó de repente tu obnubilado cerebro.

-¿Cómo la voy a obligar a descuartizar este cadáver?…¡Qué espanto!…

Estabas a punto de acostarte. Pero no hubieras podido dormir con ese remordimiento, así que te enmandilaste, buscaste la mejor cuchillería de tu menaje y a la una y media de la madrugada, con nocturnidad y alevosía, comenzaste tu macabra tarea. Entretanto, gruesos lagrimones se asomaban a tus ojos. Los fantasmas del Conejo de la Suerte y de Tambor, el conejito de Bambi, te acusaban desde el recuerdo de tu infancia, donde nunca hubo conejo alguno que mereciera tan cruel destino.

Es lo malo del efecto kaleidoscopio. Te crees un duende bloguero inofensivo, cambias la óptica y acabas descubriendo que llevas dentro a Jack el Destripador o a Sweeny Todd.  Menos mal que hoy domingo amanece en Candeleda  limpio y esplendoroso, y que todo lo verás más bonito.

Buscando las palabras precisas

Como sugiere este cuadro de Jordi Sàbat, hay que buscar palabras hasta en el mar, porque ellas lo explican todo...

Como sugiere este cuadro de Jordi Sàbat, hay que buscar palabras hasta en el mar, porque ellas lo explican todo…

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Despiertas a las 6,30 y por inercia pones la radio. El presidente de la Comunidad Autónoma de Canarias solicita que se le permita hacer un referéndum para saber si a los canarios les gustan o no los sondeos petrolíferos que se han iniciado en sus aguas territoriales. Bill Gates compra el tres por ciento de PROSEGUR. Las borrascas no paran. El Atlético de Madrid confía en un milagro para darle la vuelta al 3-0 que le endosó su vecino rico del norte y llegar a la final de la Copa del Rey. Pues qué bien. Es verdad que tratas de no perder el tiempo dedicándolo exclusivamente a escuchar noticias de dudosa influencia sobre tu felicidad, y que entretanto lees un libro. Pero ya no te engañas como en tu tiempo de estudiante, cuando creías equivocadamente que era posible seguir Radio Madrid Madrugada de Joaquín Prat y estudiar el Derecho Civil de Castro. No, ya tienes claro lo imposible que es estar en misa y en la procesión al mismo tiempo.

-¿Me va a cambiar la vida ser un ciudadano un poco más informado? –te preguntas- ¿Qué quedará en un mes de las cuatros cosas que te están contando?

Concluyes que eres víctima de esa nueva enfermedad social que se llama sobreinformación. Dentro de poco te contarán que un nuevo estudio de alguna universidad sueca ha sacado la conclusión de que el Ártico se hiela o se deshiela según le peta, y que otro de la Consejería de Medio Ambiente de Castilla la Mancha sostiene que el aumento de la población de cerdos vietnamitas supone una amenaza para los jabalíes. Eres un curioso universal, realmente te encantaría saber qué pintan los cerdos vietnamitas en España, y qué tienen contra nuestros jabalíes autóctonos, pero de repente piensas si enterarte de tantas cosas no será una pérdida de tiempo, una estupidez, un sinsentido, pues ni Canarias, ni Prosegur, ni las borrascas, ni el Atleti, ni el Ártico ni los cerdos vietnamitas ni los jabalíes pueden esperar nada de ti, y tú tampoco vas a ser más culto por perderte las noticias de un día.

Así que apagas la radio y te centras en el libro que leías. Es una novela de Paul Auster. Antes que eso, es una larga lista de palabras puestas unas detrás de otras, diciendo cosas hermosas, inteligentes y originales que te asumen a mundos nuevos que hasta ese momento ignorabas por completo. La novela se titula El libro de las ilusiones, que casi te lo dice todo, o al menos todo lo que de verdad merece la pena. Es un libro, son ilusiones: como lo del libro que nunca escribes, pero que te ilusiona.

Sobre todo, son palabras. Cuando toda tu vida ha sido palabrería.

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Escribías hace unos días sobre la importancia de los momentos insignificantes y efímeros en los que pones tu atención. Esa nube que se forma y se desmadeja en minutos, esas aves que pasan, esa chica tan guapa que entra en el metro, pone cara de virgen de Van der Weyden mientras escucha música por sus auriculares y se baja tres estaciones después sin haberte mirado siquiera, esa tostada aún caliente que con mantequilla y mermelada de naranja te sabe a ambrosía de los dioses, ese abrazo a la almohada muelle cuando te abate el cansancio y estás convencido de que el sueño de la noche te reserva una sorpresa. Todo lo puedes expresar gracias a la magia polivalente de las palabras. Te formaste gracias a ellas, te ganaste la vida escribiéndolas para hacer anuncios y jugando con su sonido ante un micrófono. Te divertiste con ellas, te hiciste valer gracias a ellas.

Adoras las palabras.

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Y no está la mañana como para que desvíes tu atención hacia otras cosas. Sentado ante el rectángulo panorámico que marca tu ventana, vas de las palabras que tecleas en el ordenador al edredón de nubes que acolcha la silueta de Madrid y te sientes millonario de sensaciones. Hace una hora caían copos de nieve. Ahora te distraen las fumatas de las chimeneas. Nadie en el parque que ves desde tu palomar. Qué emoción de silencio gris. Como un paisaje invernal de Pissaro sólo para ti, y además calentito en casa. Todo en palabras.

Tu deber del día es leer las historias que cuenta tu amiga Cristina Vázquez en su libro de relatos Las buenas intenciones, en cuya presentación debes intervenir como si en lugar de un hombre de chufla, tal cual te conocieron los primeros lectores de este blog, fueras un tipo serio. En principio, te preocupa pensar que no tendrás palabras, y que puedes quedar fatal. Pero sólo tienes que bucear en sus historias, meditarlas un poco y, si hace falta, ordeñar algo del diccionario, porque lo maravilloso de las palabras es que lo explican todo.

Suicidio frustrado en la noche de los Goya

Hay quien quiere aprovechar la noche de los Goya para suicidarse..

Hay quien quiere aprovechar la noche de los Goya para suicidarse…

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Se empieza poniendo en duda la divinidad, sigues derribando todas aquellas cosas importantes en las que te dijeron que había que creer y acabas sumido en el más profundo y desalentador escepticismo. Eso es lo que le dijeron al bueno de Horacio Valdovines, que siempre se había burlado de las enfermedades psicosomáticas. Lo del escepticismo te traía al fresco: siempre lo había llevado cosido al alma. Peor fue el castigo que por tal causa recibió cuando, después de cumplir los cincuenta y cinco años, un día de primavera amaneció con los pies fríos, y ese frío no se le quitaba. Llegó el verano y a pesar de lo tórrido de las temperaturas seguía sintiendo dos carámbanos en sus extremidades inferiores, de manera que en otoño, alarmado, empezó a buscar remedio en la medicina. Visitó especialistas en el sistema circulatorio, endocrinólogos, internistas, geriatras.

-Debo de ser un viejo prematuro-pensaba- O quizás una premonición de muerto-le dijo al geriatra, que, como todos los demás especialistas, no encontraba razones en el organismo para justificar tal anomalía.

Siempre había tenido Horacio la cabeza fría. En sentido figurado. Ahora eran los pies los que tenía fríos, helados, y desgraciadamente no en tal sentido, sino en el sentido literal, material, físico. Una compañera de trabajo llamada Eloísa a la que alguna vez había mirado de reojillo le aconsejó que visitara a Susana, su echadora de cartas, una anciana argentina de cabello electrizado que oficiaba también como médium y curandera. Susana le recibió una mañana de febrero fría y lluviosa en su consultorio, un sancta sanctorum donde convivía con un par de periquitos, un gato siamés y una escultura hiperrealista de resina sintética que representaba a Cary Grant vestido de Odette en El lago de los cisnes.

Lo tuyo es falta de amor- le dijo mientras le echaba las cartas tras escuchar de Horacio el largo peregrinar médico al que le habían conducido sus pies helados- Está clarísimo.

Mientras hacía su diagnosis Susana palpaba la entrepierna de aquel ridículo Cary Grant odettizado. Parecía sugerir que el amor de referencia era el que se adivinaba bajo el tu-tú de aquel viejo galán del cine clásico reconvertido en bailarina. Horacio, que  además de tener los pies fríos siempre había sido un hombre de cabeza fría, se mosqueó. Dijo que él no había venido allí para escuchar chorradas, se levantó de su silla y salió de la casa de aquella vieja loca dando un portazo.

-Has hecho mal –le reprochó Eloísa- Deberías haber esperado a que te diera el remedio.

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Horacio Valdovines fue a partir de esa visita aún más escéptico que lo había sido nunca. Lo malo, además, es que sus pies seguían estando fríos, y la vida se le antojaba imposible de soportar. Calcetines gruesos, bolsas de agua caliente, mantas eléctricas, nada mitigaba la sensación de viajar continuamente sobre zapatos de hielo. Una noche sin embargo soñó que se le aparecía la estanquera gorda de Amarcord, abría su blusa, se despojaba de las enormes cazoletas de su  sostén y  colocaba los pies del escéptico Horacio Valdovines entre sus orondos pechos.

-Cariño mío –le susurraba mientras masajeaba los pies de Horacio entre aquellas dos opulentas morbideces- Esceptiquín de mi alma…¿Quién te va a quitar a ti el frío de los pies?…

Horacio despertó sobresaltado y avergonzado de su sueño. Pero por primera vez en mucho tiempo tenía sus pies calientes.

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No se atrevió a consultarlo ni con Eloísa ni mucho menos con la loca de Susana, pero en su fuero interno interpretó que algo tenía que ver la diagnosis de la echadora de cartas con el remedio que, inopinadamente, le había traído aquel original sueño erótico. Desgraciadamente, los efectos de este no duraron mucho. A media tarde el calor de las friegas de la estanquera de Amarcord se había extinguido. Horacio Valdovines cayó en lo más hondo de su ya profundo escepticismo. Sintió entonces que no tenía sentido una vida con los pies eternamente fríos, y pensó aprovechar la noche de las Goyas para suicidarse en la bañera abriéndose las venas mientras veía la ceremonia en el televisor del cuarto de baño y  los del cine se ponían estupendos llamando majaderos y miserables a los que no son cono ellos.

-Me suicido por amor al cine –escribió con un grueso rotulador al reverso de una multa de tráfico- No he encontrado a una mujer como la estanquera de Amarcord para que me caliente los pies con sus pechos, y yo no aguanto más con los pies fríos.

Quizás esperando que alguien encontrara en su muerte un motivo para un buen guion, depositó su mensaje sobre el borde de la bañera llena de agua caliente. Cuando, provisto de un bien afilado cuchillo jamonero se aprestaba a zambullirse en el que habría de ser su lecho mortuorio para abrirse las venas, sonó el teléfono. Horacio pensó entonces que era una pena morir de incógnito cuando la suya iba a ser una muerte tan cinematográfica, y descolgó.

-¿Quién es?..

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Eloísa no pudo ser más elocuente cuando Horatio le informó de su decisión de suicidarse por no poder resistir la vida con los pies fríos. Lo explicó con tal naturalidad  que, tras unos instantes de estupefacción, reaccionó furiosa.  Primero le insultó, y le dijo que ningún hombre se puede quitar la vida bajo ningún pretexto, y menos por tener los pies fríos. Y luego le reprochó el no haber hecho caso a la echadora de cartas, más aún cuando el sueño con la estanquera de Amarcord venían a darle la razón.

-¿Es amor o no es amor lo que necesitaban tus pies fríos?, so tonto. –le espetó- No seas cobarde, y búscate el remedio, coño, que da vergüenza pensar que te vayas a suicidar por esa tontería.

La conversación acabó ahí. Horacio pensó entonces que nadie le podía asegurar que en la eternidad sus pies recuperasen el calor, y decidió suspender sus planes inmediatos hasta nuevo ataque de escepticismo y depresión final.

 

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Durante meses Horacio Valdovines hizo lo que nunca había hecho en su vida, que fue buscar amor para sus pies fríos a cambio de dinero. La cosa fue bastante complicada, porque la puta requerida debía ajustarse lo más posible al modelo de la estanquera felliniana, y porque además incluso las mejor dotadas consideraban que aquello de las friegas mamarias debía considerarse servicio especial, y le cobraban el doble.

-Mira Horacio, cari. Una está para lo que está, y eso que tú pides, francamente, es una fantasía que hay que pagar, porque una tiene su dignidad…

Fue Horacio poniendo parches a su problema y dando cuenta de sus progresos a Eloísa hasta que se le acabaron sus ahorros. Cuando ya no le quedaba para vivir más que su modesto sueldo de funcionario le llamó por última vez a su amiga y consejera para despedirse.

-Aprovecho otra noche de los Goyas para no tener que padecer más innecesariamente, querida Eloísa –le anunció mientras empezaba a llenar otra vez la bañera- Te lo digo a ti, que eres la única que te has preocupado por mí. Pero conste que muero escéptico y capicúa.

-¿Capicúa?…¿Qué quiere decir eso?

-Que muero con la cabeza fría, el corazón ardiente y los pies también fríos…¡Como desde aquel malhadado día!…

Se hizo un largo silencio. Eloísa se había quedado demudada.

-Espera un momento antes de que sea demasiado tarde –dijo su fiel compañera de trabajo- Si me das una oportunidad, a lo mejor podemos arreglarlo. No llenes más la bañera, que voy para allá.

Cuando Eloísa llegó a la casa de Horacio aún humeaba bañera. Lo cual  que aprovecharon para hablar en caliente  de los trágicos momentos que se avecinaban y abordar intimidades mientras se daban un baño juntos. Parece que ambos habían esperado  ese momento para conocerse recíprocamente, y convencerse de que la vida les podía dar más de lo que hasta entonceshabían compartido en los despachos contiguos del ministerio. También parece que algo más enredaron, porque, dejando a un lado el cuchillo jamonero y los pies fríos, salieron de la bañera después de retozar como dos focas en celo, se secaron el uno a la otra con mucha picardía, corrieron a la cama de Horacio y allí remedaron el numerito de la estanquera de Fellini. Ocurrió que los pechos de Eloísa no eran cántaros de miel, sino peritas de San Juan, dulces y sabrosas, pero demasiado pequeñas para dar masajes con ellas. Así que se entretuvieron en otras cosas y acabaron haciendo el amor, no en el sentido en el que usaban esta expresión sus ancianos padres –que equivalía a cortejar- sino en el actual, o sea fornicar con cariñito. Como si, a pesar del escepticismo visceral de él y de la improvisada vehemencia  de ella,  Horacio y Eloísa se quisieran de verdad. Aún  suspiraban de emoción potcoital  cuando ella alargó el brazo a su bolso y extrajo de él un llamativo par de calcetines de lana escocesa.

-Toma –dijo Eloísa a mientras lo besaba- Una no es la estanquera de Fellini, pero puede que con esto y con  el amor que te doy no vuelvas a tener los pies fríos.

No importa cómo siguió la gala de los Goya. Apagaron el televisor, se abrazaron y así se durmieron, felices los dos y Horacio, al fin, con los pies calientes.

 

Seymour Hoffman, tristemente en el fondo del pozo

¿Por qué estos tipos tan sobrados de talento se abandonan a los  paraísos artificiales?... artificiales?...

¿Por qué  tipos tan sobrados de talento se abandonan a los paraísos artificiales?…

1

Siempre que conoces una noticia como esta vuelves a ver el pozo. Te puede la curiosidad infantil, así que te apoyas en el brocal, miras al fondo del agujero oscuro, lanzas una piedra para escuchar su impacto sobre la superficie del agua y calculas los metros de caída hasta hundirse en él. Cada pozo –pensabas- es un misterio. Un depósito de cantos arrojados desde la superficie, de herraduras, de monedas que algunos novios tiraron creyendo que volverían allí para besarse, de niños traviesos que calcularon mal el peso de su cabeza y arriesgaron demasiado, de galgos ahogados cuando acaba la temporada de caza y ya no hay liebres que correr, de crímenes sin resolver. Cuántos desaparecidos no se habrán hecho presentes años después como esqueletos en el fondo de un pozo.

Lo recuerdas, tu cabeza reflejada en el espejo circular de la superficie, a veces con la luna mirándose por encima de tu hombro. Había en el pozo algo de misterioso, incógnita oscura, redonda y fría. La angustia de una muerte más que probable si caes en él. El peligro que había que evitar.

2

El pozo de los paraísos artificiales. Llevamos generaciones educando a nuestros niños y jóvenes para que tengan en cuenta sus riesgos, pero no hay manera: siempre hay un aventurero arrogante y simpático que se cree Dios y desprecia el peligro.

-Yo me controlo y manejo estos rollos como el yo-yo: ahora lo tiro, ahora lo recojo. Ahora o tiro, ahora lo recojo, ahora lo tiro…

Philipe Seymour Hoffman es el último que no ha sabido recoger su yo-yo a tiempo. Hundido para siempre en el fondo del pozo.

3

Piensas a menudo que fuiste demasiado niño, que no fuiste casi nunca joven y que cuando, ya adulto, perdiste el miedo a la transgresión, te faltaba entrenamiento para no caer en el ridículo. Te calaron profundamente los Diez Mandamientos y el undécimo que, como cantaba Serrat, te machacaban en el colegio y en casa.

-Niño, esto no se hace, esto no se dice, esto no se toca…

Mas no te frenaba sólo el temor de Dios o el de tu padre, que era como Dios, pero con bigote  y con el pelo abrillantado por Patrico. Debió de ocurrir que te hicieron con pasta de niño bueno, de niño repelentemente bueno. Llegó la edad de fumar, te escondiste con tu pandilla de verano en una cabaña y alguien encendió un cigarrillo de marca Peninsulares.

El que no se trague el humo es un nenaza –fue la conjura de los pequeños valientes mientras el líder daba la primera boqueada.

Cuando el cigarrillo llegó a ti, aspiraste profundamente y te tragaste el humo, como estaba mandado para no ser un nenaza. Y de repente te quedaste sin respiración, se te achisparon los ojos, te pusiste a toser como endemoniado y tuviste que salir corriendo de la cabaña.

-Pues si para disfrutar con el tabaco hay que pasarlo tan  mal –pensaste- no le veo la gracia al invento.

Te dio igual no ser como Gary Cooper, Bogart o John Wayne. No volviste a fumar en tu vida. Ni tabaco, ni cigarrillos de anís ni ninguna otra hierba. Con el alcohol tardaste tanto en abandonar el gusto infantil y en apreciar una copa de buen vino que ni te tentó ese vicio. La única vez que recuerdas haberte emborrachado fue un mareo de galerna del Cantábrico sin salir de tu cama. O sea, que una y no más, Santo Tomás.

Te quedaba la alternativa de la carne. Pero mientras el cigarrillo y el alcohol estaban allí, a la espera de tu decisión, las tetas de la María, que asomaban irresistibles por el escote cuando se inclinaba a hacer las camas, no contaban contigo.

-Niño  –respingó la fámula retirando tu mano de un sopapo la única vez que te lanzaste al abismo del vicio- ¡A tocar a Melilla, que hace falta un trompetilla!

O sea, ni tabaco, ni alcohol ni sexo. No se sabía si eras un niño bueno o un panoli en ciernes.

4

Sonríes recordando aquel corrido que contaba la vida de Pancho López, chiquito pero matón, y su moralina ingenua: no vivas la vida con tanta rapidez. O no quieras apurar prematura y rápidamente todos sus encantos , porque cuando te empiecen a aburrir quizás quieras refugiarte en los paraísos artificiales. Y esto a veces deriva en tragedia, como se ve una vez más en el triste final de Seymur Hoffman, un actor que ni siquiera necesitó ser guapo para demostrar su talento –no lo bastante como para detenerse a tiempo- y triunfar.

Y te apena que a pesar de que el saldo final de las adicciones peligrosas es terrorífico, aún sigan estas reclutando partidarios. Puedes entenderlo en en los miserables, en la gente sin esperanza, en los marginales, en los locos o en los que no ven solución al insoportable castigo que es para ellos vivir. Merecen comprensión y ayuda.  Pero te irrita especialmente cuando caen en ello mentes privilegiadas que además han triunfado. Su castigo, tan triste como cualquier muerte, te parece además un insulto al sentido común.

5

Sin embargo pasan generaciones, y en el cielo de los ídolos populares aún abundan los que en un momento o en otro bromearon con las drogas. Muchos, como el pobre Philip, cayeron en el pozo y ya no saldrán jamás. Del fondo de este se deben de escapar risotadas: ¿cómo es posible que con lo listos que se creen sigan sin enterarse de que con algunas cosas peligrosas no se debe jugar?

Entretanto, casi agradeces haber sido tan tonto, y aplazar los paraísos artificiales hasta que se agoten los muchos naturales que cualquier curioso puede seguir descubriendo.

 


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