Seymour Hoffman, tristemente en el fondo del pozo

¿Por qué estos tipos tan sobrados de talento se abandonan a los  paraísos artificiales?... artificiales?...

¿Por qué  tipos tan sobrados de talento se abandonan a los paraísos artificiales?…

1

Siempre que conoces una noticia como esta vuelves a ver el pozo. Te puede la curiosidad infantil, así que te apoyas en el brocal, miras al fondo del agujero oscuro, lanzas una piedra para escuchar su impacto sobre la superficie del agua y calculas los metros de caída hasta hundirse en él. Cada pozo –pensabas- es un misterio. Un depósito de cantos arrojados desde la superficie, de herraduras, de monedas que algunos novios tiraron creyendo que volverían allí para besarse, de niños traviesos que calcularon mal el peso de su cabeza y arriesgaron demasiado, de galgos ahogados cuando acaba la temporada de caza y ya no hay liebres que correr, de crímenes sin resolver. Cuántos desaparecidos no se habrán hecho presentes años después como esqueletos en el fondo de un pozo.

Lo recuerdas, tu cabeza reflejada en el espejo circular de la superficie, a veces con la luna mirándose por encima de tu hombro. Había en el pozo algo de misterioso, incógnita oscura, redonda y fría. La angustia de una muerte más que probable si caes en él. El peligro que había que evitar.

2

El pozo de los paraísos artificiales. Llevamos generaciones educando a nuestros niños y jóvenes para que tengan en cuenta sus riesgos, pero no hay manera: siempre hay un aventurero arrogante y simpático que se cree Dios y desprecia el peligro.

-Yo me controlo y manejo estos rollos como el yo-yo: ahora lo tiro, ahora lo recojo. Ahora o tiro, ahora lo recojo, ahora lo tiro…

Philipe Seymour Hoffman es el último que no ha sabido recoger su yo-yo a tiempo. Hundido para siempre en el fondo del pozo.

3

Piensas a menudo que fuiste demasiado niño, que no fuiste casi nunca joven y que cuando, ya adulto, perdiste el miedo a la transgresión, te faltaba entrenamiento para no caer en el ridículo. Te calaron profundamente los Diez Mandamientos y el undécimo que, como cantaba Serrat, te machacaban en el colegio y en casa.

-Niño, esto no se hace, esto no se dice, esto no se toca…

Mas no te frenaba sólo el temor de Dios o el de tu padre, que era como Dios, pero con bigote  y con el pelo abrillantado por Patrico. Debió de ocurrir que te hicieron con pasta de niño bueno, de niño repelentemente bueno. Llegó la edad de fumar, te escondiste con tu pandilla de verano en una cabaña y alguien encendió un cigarrillo de marca Peninsulares.

El que no se trague el humo es un nenaza –fue la conjura de los pequeños valientes mientras el líder daba la primera boqueada.

Cuando el cigarrillo llegó a ti, aspiraste profundamente y te tragaste el humo, como estaba mandado para no ser un nenaza. Y de repente te quedaste sin respiración, se te achisparon los ojos, te pusiste a toser como endemoniado y tuviste que salir corriendo de la cabaña.

-Pues si para disfrutar con el tabaco hay que pasarlo tan  mal –pensaste- no le veo la gracia al invento.

Te dio igual no ser como Gary Cooper, Bogart o John Wayne. No volviste a fumar en tu vida. Ni tabaco, ni cigarrillos de anís ni ninguna otra hierba. Con el alcohol tardaste tanto en abandonar el gusto infantil y en apreciar una copa de buen vino que ni te tentó ese vicio. La única vez que recuerdas haberte emborrachado fue un mareo de galerna del Cantábrico sin salir de tu cama. O sea, que una y no más, Santo Tomás.

Te quedaba la alternativa de la carne. Pero mientras el cigarrillo y el alcohol estaban allí, a la espera de tu decisión, las tetas de la María, que asomaban irresistibles por el escote cuando se inclinaba a hacer las camas, no contaban contigo.

-Niño  –respingó la fámula retirando tu mano de un sopapo la única vez que te lanzaste al abismo del vicio- ¡A tocar a Melilla, que hace falta un trompetilla!

O sea, ni tabaco, ni alcohol ni sexo. No se sabía si eras un niño bueno o un panoli en ciernes.

4

Sonríes recordando aquel corrido que contaba la vida de Pancho López, chiquito pero matón, y su moralina ingenua: no vivas la vida con tanta rapidez. O no quieras apurar prematura y rápidamente todos sus encantos , porque cuando te empiecen a aburrir quizás quieras refugiarte en los paraísos artificiales. Y esto a veces deriva en tragedia, como se ve una vez más en el triste final de Seymur Hoffman, un actor que ni siquiera necesitó ser guapo para demostrar su talento –no lo bastante como para detenerse a tiempo- y triunfar.

Y te apena que a pesar de que el saldo final de las adicciones peligrosas es terrorífico, aún sigan estas reclutando partidarios. Puedes entenderlo en en los miserables, en la gente sin esperanza, en los marginales, en los locos o en los que no ven solución al insoportable castigo que es para ellos vivir. Merecen comprensión y ayuda.  Pero te irrita especialmente cuando caen en ello mentes privilegiadas que además han triunfado. Su castigo, tan triste como cualquier muerte, te parece además un insulto al sentido común.

5

Sin embargo pasan generaciones, y en el cielo de los ídolos populares aún abundan los que en un momento o en otro bromearon con las drogas. Muchos, como el pobre Philip, cayeron en el pozo y ya no saldrán jamás. Del fondo de este se deben de escapar risotadas: ¿cómo es posible que con lo listos que se creen sigan sin enterarse de que con algunas cosas peligrosas no se debe jugar?

Entretanto, casi agradeces haber sido tan tonto, y aplazar los paraísos artificiales hasta que se agoten los muchos naturales que cualquier curioso puede seguir descubriendo.

 

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1 Response to “Seymour Hoffman, tristemente en el fondo del pozo”


  1. 1 julia febrero 12, 2014 en 12:47 am

    ¡Lástima! Ni siquiera había transcendido su adicción….solo sabíamos que, aunque no fuera un actor Firt Class, era un segundón de primera… Se me cayeron los palos del sombrajo al verle, en una foto reciente con su mujer y tres niños, tan pequeños, que cabían en un cesto… Me confundió con su aspecto bonachón y apacible ¡lástima!

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