Suicidio frustrado en la noche de los Goya

Hay quien quiere aprovechar la noche de los Goya para suicidarse..

Hay quien quiere aprovechar la noche de los Goya para suicidarse…

1

Se empieza poniendo en duda la divinidad, sigues derribando todas aquellas cosas importantes en las que te dijeron que había que creer y acabas sumido en el más profundo y desalentador escepticismo. Eso es lo que le dijeron al bueno de Horacio Valdovines, que siempre se había burlado de las enfermedades psicosomáticas. Lo del escepticismo te traía al fresco: siempre lo había llevado cosido al alma. Peor fue el castigo que por tal causa recibió cuando, después de cumplir los cincuenta y cinco años, un día de primavera amaneció con los pies fríos, y ese frío no se le quitaba. Llegó el verano y a pesar de lo tórrido de las temperaturas seguía sintiendo dos carámbanos en sus extremidades inferiores, de manera que en otoño, alarmado, empezó a buscar remedio en la medicina. Visitó especialistas en el sistema circulatorio, endocrinólogos, internistas, geriatras.

-Debo de ser un viejo prematuro-pensaba- O quizás una premonición de muerto-le dijo al geriatra, que, como todos los demás especialistas, no encontraba razones en el organismo para justificar tal anomalía.

Siempre había tenido Horacio la cabeza fría. En sentido figurado. Ahora eran los pies los que tenía fríos, helados, y desgraciadamente no en tal sentido, sino en el sentido literal, material, físico. Una compañera de trabajo llamada Eloísa a la que alguna vez había mirado de reojillo le aconsejó que visitara a Susana, su echadora de cartas, una anciana argentina de cabello electrizado que oficiaba también como médium y curandera. Susana le recibió una mañana de febrero fría y lluviosa en su consultorio, un sancta sanctorum donde convivía con un par de periquitos, un gato siamés y una escultura hiperrealista de resina sintética que representaba a Cary Grant vestido de Odette en El lago de los cisnes.

Lo tuyo es falta de amor- le dijo mientras le echaba las cartas tras escuchar de Horacio el largo peregrinar médico al que le habían conducido sus pies helados- Está clarísimo.

Mientras hacía su diagnosis Susana palpaba la entrepierna de aquel ridículo Cary Grant odettizado. Parecía sugerir que el amor de referencia era el que se adivinaba bajo el tu-tú de aquel viejo galán del cine clásico reconvertido en bailarina. Horacio, que  además de tener los pies fríos siempre había sido un hombre de cabeza fría, se mosqueó. Dijo que él no había venido allí para escuchar chorradas, se levantó de su silla y salió de la casa de aquella vieja loca dando un portazo.

-Has hecho mal –le reprochó Eloísa- Deberías haber esperado a que te diera el remedio.

2

Horacio Valdovines fue a partir de esa visita aún más escéptico que lo había sido nunca. Lo malo, además, es que sus pies seguían estando fríos, y la vida se le antojaba imposible de soportar. Calcetines gruesos, bolsas de agua caliente, mantas eléctricas, nada mitigaba la sensación de viajar continuamente sobre zapatos de hielo. Una noche sin embargo soñó que se le aparecía la estanquera gorda de Amarcord, abría su blusa, se despojaba de las enormes cazoletas de su  sostén y  colocaba los pies del escéptico Horacio Valdovines entre sus orondos pechos.

-Cariño mío –le susurraba mientras masajeaba los pies de Horacio entre aquellas dos opulentas morbideces- Esceptiquín de mi alma…¿Quién te va a quitar a ti el frío de los pies?…

Horacio despertó sobresaltado y avergonzado de su sueño. Pero por primera vez en mucho tiempo tenía sus pies calientes.

3

No se atrevió a consultarlo ni con Eloísa ni mucho menos con la loca de Susana, pero en su fuero interno interpretó que algo tenía que ver la diagnosis de la echadora de cartas con el remedio que, inopinadamente, le había traído aquel original sueño erótico. Desgraciadamente, los efectos de este no duraron mucho. A media tarde el calor de las friegas de la estanquera de Amarcord se había extinguido. Horacio Valdovines cayó en lo más hondo de su ya profundo escepticismo. Sintió entonces que no tenía sentido una vida con los pies eternamente fríos, y pensó aprovechar la noche de las Goyas para suicidarse en la bañera abriéndose las venas mientras veía la ceremonia en el televisor del cuarto de baño y  los del cine se ponían estupendos llamando majaderos y miserables a los que no son cono ellos.

-Me suicido por amor al cine –escribió con un grueso rotulador al reverso de una multa de tráfico- No he encontrado a una mujer como la estanquera de Amarcord para que me caliente los pies con sus pechos, y yo no aguanto más con los pies fríos.

Quizás esperando que alguien encontrara en su muerte un motivo para un buen guion, depositó su mensaje sobre el borde de la bañera llena de agua caliente. Cuando, provisto de un bien afilado cuchillo jamonero se aprestaba a zambullirse en el que habría de ser su lecho mortuorio para abrirse las venas, sonó el teléfono. Horacio pensó entonces que era una pena morir de incógnito cuando la suya iba a ser una muerte tan cinematográfica, y descolgó.

-¿Quién es?..

4

Eloísa no pudo ser más elocuente cuando Horatio le informó de su decisión de suicidarse por no poder resistir la vida con los pies fríos. Lo explicó con tal naturalidad  que, tras unos instantes de estupefacción, reaccionó furiosa.  Primero le insultó, y le dijo que ningún hombre se puede quitar la vida bajo ningún pretexto, y menos por tener los pies fríos. Y luego le reprochó el no haber hecho caso a la echadora de cartas, más aún cuando el sueño con la estanquera de Amarcord venían a darle la razón.

-¿Es amor o no es amor lo que necesitaban tus pies fríos?, so tonto. –le espetó- No seas cobarde, y búscate el remedio, coño, que da vergüenza pensar que te vayas a suicidar por esa tontería.

La conversación acabó ahí. Horacio pensó entonces que nadie le podía asegurar que en la eternidad sus pies recuperasen el calor, y decidió suspender sus planes inmediatos hasta nuevo ataque de escepticismo y depresión final.

 

5

Durante meses Horacio Valdovines hizo lo que nunca había hecho en su vida, que fue buscar amor para sus pies fríos a cambio de dinero. La cosa fue bastante complicada, porque la puta requerida debía ajustarse lo más posible al modelo de la estanquera felliniana, y porque además incluso las mejor dotadas consideraban que aquello de las friegas mamarias debía considerarse servicio especial, y le cobraban el doble.

-Mira Horacio, cari. Una está para lo que está, y eso que tú pides, francamente, es una fantasía que hay que pagar, porque una tiene su dignidad…

Fue Horacio poniendo parches a su problema y dando cuenta de sus progresos a Eloísa hasta que se le acabaron sus ahorros. Cuando ya no le quedaba para vivir más que su modesto sueldo de funcionario le llamó por última vez a su amiga y consejera para despedirse.

-Aprovecho otra noche de los Goyas para no tener que padecer más innecesariamente, querida Eloísa –le anunció mientras empezaba a llenar otra vez la bañera- Te lo digo a ti, que eres la única que te has preocupado por mí. Pero conste que muero escéptico y capicúa.

-¿Capicúa?…¿Qué quiere decir eso?

-Que muero con la cabeza fría, el corazón ardiente y los pies también fríos…¡Como desde aquel malhadado día!…

Se hizo un largo silencio. Eloísa se había quedado demudada.

-Espera un momento antes de que sea demasiado tarde –dijo su fiel compañera de trabajo- Si me das una oportunidad, a lo mejor podemos arreglarlo. No llenes más la bañera, que voy para allá.

Cuando Eloísa llegó a la casa de Horacio aún humeaba bañera. Lo cual  que aprovecharon para hablar en caliente  de los trágicos momentos que se avecinaban y abordar intimidades mientras se daban un baño juntos. Parece que ambos habían esperado  ese momento para conocerse recíprocamente, y convencerse de que la vida les podía dar más de lo que hasta entonceshabían compartido en los despachos contiguos del ministerio. También parece que algo más enredaron, porque, dejando a un lado el cuchillo jamonero y los pies fríos, salieron de la bañera después de retozar como dos focas en celo, se secaron el uno a la otra con mucha picardía, corrieron a la cama de Horacio y allí remedaron el numerito de la estanquera de Fellini. Ocurrió que los pechos de Eloísa no eran cántaros de miel, sino peritas de San Juan, dulces y sabrosas, pero demasiado pequeñas para dar masajes con ellas. Así que se entretuvieron en otras cosas y acabaron haciendo el amor, no en el sentido en el que usaban esta expresión sus ancianos padres –que equivalía a cortejar- sino en el actual, o sea fornicar con cariñito. Como si, a pesar del escepticismo visceral de él y de la improvisada vehemencia  de ella,  Horacio y Eloísa se quisieran de verdad. Aún  suspiraban de emoción potcoital  cuando ella alargó el brazo a su bolso y extrajo de él un llamativo par de calcetines de lana escocesa.

-Toma –dijo Eloísa a mientras lo besaba- Una no es la estanquera de Fellini, pero puede que con esto y con  el amor que te doy no vuelvas a tener los pies fríos.

No importa cómo siguió la gala de los Goya. Apagaron el televisor, se abrazaron y así se durmieron, felices los dos y Horacio, al fin, con los pies calientes.

 

Anuncios

2 Responses to “Suicidio frustrado en la noche de los Goya”


  1. 1 Franciska febrero 10, 2014 en 7:17 am

    !!Vaya vaya con Horacio!!! Y hay quien no cree en el Drt Freud y los sueños…

    Me gusta

  2. 2 zoupon febrero 11, 2014 en 12:51 pm

    Relatos como el de hoy los deberían recetar en la Seguridad Social para los que tienen ansiedad y/o hipertensión, qué buen ratito.
    Hacer el amor = fornicar con cariñito, ja, ja, ja, genial.

    Me gusta


Comments are currently closed.



Siluetas de RNE

Duendes suscritos:

Suscripción

Suscripción por email

Publicaciones:

PARAÍSO DE HOJALATA
Una Infancia de Hojalata

Ir directamente a

Blog Stats

  • 1,341,193 hits

A %d blogueros les gusta esto: