Buscando las palabras precisas

Como sugiere este cuadro de Jordi Sàbat, hay que buscar palabras hasta en el mar, porque ellas lo explican todo...

Como sugiere este cuadro de Jordi Sàbat, hay que buscar palabras hasta en el mar, porque ellas lo explican todo…

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Despiertas a las 6,30 y por inercia pones la radio. El presidente de la Comunidad Autónoma de Canarias solicita que se le permita hacer un referéndum para saber si a los canarios les gustan o no los sondeos petrolíferos que se han iniciado en sus aguas territoriales. Bill Gates compra el tres por ciento de PROSEGUR. Las borrascas no paran. El Atlético de Madrid confía en un milagro para darle la vuelta al 3-0 que le endosó su vecino rico del norte y llegar a la final de la Copa del Rey. Pues qué bien. Es verdad que tratas de no perder el tiempo dedicándolo exclusivamente a escuchar noticias de dudosa influencia sobre tu felicidad, y que entretanto lees un libro. Pero ya no te engañas como en tu tiempo de estudiante, cuando creías equivocadamente que era posible seguir Radio Madrid Madrugada de Joaquín Prat y estudiar el Derecho Civil de Castro. No, ya tienes claro lo imposible que es estar en misa y en la procesión al mismo tiempo.

-¿Me va a cambiar la vida ser un ciudadano un poco más informado? –te preguntas- ¿Qué quedará en un mes de las cuatros cosas que te están contando?

Concluyes que eres víctima de esa nueva enfermedad social que se llama sobreinformación. Dentro de poco te contarán que un nuevo estudio de alguna universidad sueca ha sacado la conclusión de que el Ártico se hiela o se deshiela según le peta, y que otro de la Consejería de Medio Ambiente de Castilla la Mancha sostiene que el aumento de la población de cerdos vietnamitas supone una amenaza para los jabalíes. Eres un curioso universal, realmente te encantaría saber qué pintan los cerdos vietnamitas en España, y qué tienen contra nuestros jabalíes autóctonos, pero de repente piensas si enterarte de tantas cosas no será una pérdida de tiempo, una estupidez, un sinsentido, pues ni Canarias, ni Prosegur, ni las borrascas, ni el Atleti, ni el Ártico ni los cerdos vietnamitas ni los jabalíes pueden esperar nada de ti, y tú tampoco vas a ser más culto por perderte las noticias de un día.

Así que apagas la radio y te centras en el libro que leías. Es una novela de Paul Auster. Antes que eso, es una larga lista de palabras puestas unas detrás de otras, diciendo cosas hermosas, inteligentes y originales que te asumen a mundos nuevos que hasta ese momento ignorabas por completo. La novela se titula El libro de las ilusiones, que casi te lo dice todo, o al menos todo lo que de verdad merece la pena. Es un libro, son ilusiones: como lo del libro que nunca escribes, pero que te ilusiona.

Sobre todo, son palabras. Cuando toda tu vida ha sido palabrería.

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Escribías hace unos días sobre la importancia de los momentos insignificantes y efímeros en los que pones tu atención. Esa nube que se forma y se desmadeja en minutos, esas aves que pasan, esa chica tan guapa que entra en el metro, pone cara de virgen de Van der Weyden mientras escucha música por sus auriculares y se baja tres estaciones después sin haberte mirado siquiera, esa tostada aún caliente que con mantequilla y mermelada de naranja te sabe a ambrosía de los dioses, ese abrazo a la almohada muelle cuando te abate el cansancio y estás convencido de que el sueño de la noche te reserva una sorpresa. Todo lo puedes expresar gracias a la magia polivalente de las palabras. Te formaste gracias a ellas, te ganaste la vida escribiéndolas para hacer anuncios y jugando con su sonido ante un micrófono. Te divertiste con ellas, te hiciste valer gracias a ellas.

Adoras las palabras.

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Y no está la mañana como para que desvíes tu atención hacia otras cosas. Sentado ante el rectángulo panorámico que marca tu ventana, vas de las palabras que tecleas en el ordenador al edredón de nubes que acolcha la silueta de Madrid y te sientes millonario de sensaciones. Hace una hora caían copos de nieve. Ahora te distraen las fumatas de las chimeneas. Nadie en el parque que ves desde tu palomar. Qué emoción de silencio gris. Como un paisaje invernal de Pissaro sólo para ti, y además calentito en casa. Todo en palabras.

Tu deber del día es leer las historias que cuenta tu amiga Cristina Vázquez en su libro de relatos Las buenas intenciones, en cuya presentación debes intervenir como si en lugar de un hombre de chufla, tal cual te conocieron los primeros lectores de este blog, fueras un tipo serio. En principio, te preocupa pensar que no tendrás palabras, y que puedes quedar fatal. Pero sólo tienes que bucear en sus historias, meditarlas un poco y, si hace falta, ordeñar algo del diccionario, porque lo maravilloso de las palabras es que lo explican todo.

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3 Responses to “Buscando las palabras precisas”


  1. 1 José Luis Estevas Guilmain febrero 12, 2014 en 5:02 pm

    Me incorporo al blog de Luis Figuerola Ferreti, me gusta el tono culto,desenfadado y distante que utilizas para comentar la “actualidad” que nos describen los medios de comunicación.
    José Luis

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  2. 2 Charivari febrero 12, 2014 en 6:27 pm

    Bienvenido José Luis. Acostumbrados de niños y adolescentes a los pinares ducales este foro de duendes te será muy grato.
    Al Duende decirle que estoy de acuerdo en la magia de las palabras, algo inexplicable que conforta el espíritu.

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  3. 3 Bête en sauce febrero 17, 2014 en 7:10 pm

    Pues sí, Duende. Las palabras, cuando se domina el idioma como tú lo haces, lo explican todo. Hasta lo inefable. Vaya paradoja.

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