Archivos para 27 marzo 2014

Silencio después de Bach

Estos días en Eisenach cantando a Bach seguro que sellarán la vida de tu coro...

Estos días en Eisenach cantando a Bach seguro que serán como sellos en vuestra biografía…

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Debe de ser cosa de la edad. De esa perspectiva que dan los años, y que te permite saborear con gusto el día y la noche, el amanecer y el crepúsculo, las presencias e incluso las ausencias, el cielo limpio o estampado de ovejitas nubes que pastan en su prado azul, el mar y la montaña, la marejada y la calma, la sonrisa y la lágrima, el dulce y el salado, la pincelada en ese cuadro impresionista que es cada día y ese hueco por donde respira el lienzo, y que también forma parte del paisaje.
La música y el silencio.
Algo así debe de ser. El caso es que cargaste en tu maleta para Eisenach  tu ordenador. Desde hace ya casi siete años que estrenaste este blog creías que en él descansaba tu fe de vida: el resto era tu eremitorio particular. Y pensabas que en un buen hotel de la segunda ciudad más importante de uno de los dieciséis estados federados de la boyante Alemania actual, podrías alimentarlo con dos o tres pequeñas entradas que dieran cuenta de tu experiencia. Craso error. Eisenach, al borde mismo de la frontera que durante tantos años separó a la República Federal de la mal llamada República Democrática de Alemania aún padece algunos lastres del antiguo régimen soviético. En el confortable Hotel Steingerberger donde residías con tu coro, internet caminaba a paso de tortuga, como cuando te asomaste a la red las primeras veces y te eternizabas esperando que aquella línea de conexión avanzara por la pantalla de tu primitivo ordenador. Sabías que si escribías al día en la ciudad natal de Bach, tendrías que pasarte el resto de la jornada intentando subir lo escrito al blog. Así que apaga y vámonos: tenías la música y los montes de hayedos que rodean la ciudad para disfrutar.
Reconoces que los dos primeros días aún te mordía la mala conciencia por pasar de blog. Pero luego caíste del guindo: no es un delito, no ocurre nada, nadie lo echará de menos. Además, tanto te gusta escribir como no escribir y acumular asuntos que te inspiran y que luego tal vez no verán la luz.

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Como la música y el silencio.
Llevábais desde junio del pasado año estudiando y ensayando concienzudamente. Habíais aserrado las eses y estornudado consonantes hasta la extenuación, para imitar dignamente la imposible fonética alemana y poder cantar al Viejo Peluca, como le llamaba Fernando Argenta. La orquesta de la Landeskapelle Eisenach sonaba como un grupo de virtuosos, los corales de la Pasión según San Mateo os emborrachaban de espiritualidad y de ternura, y además, mientras los cantabais en las dos iglesias luteranas donde se celebraron los conciertos, sentíais un profundo y legítimo orgullo. ¿Quién te iba a decir a ti, cantorcillo de ducha que un día serías ladrillo o piedra, no por pequeña menos necesaria, de ese monumento musical?..
Y, sin embargo, el punto culminante de la emoción, llegó cuando callasteis y enmudeció la orquesta.
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-Estamos en Cuaresma, y además en Alemania, no se aplaude en los templos-os había advertido Carlos Domínguez-Nieto, y director de ambos conciertos, que fue quien os ofreció la oportunidad de cantar allí.
Parece un milagro que, en el país de los mejores músicos y directores de orquesta, un joven de Chamberí consiguiera hace años por oposición el cargo de General Musikalische Leitung de la Orquesta y la Opera de Eisenach. Pero ahí estaba, sacando de nuestras voces lo mejor para estar a la altura de las circunstancias. Milagro os parecía a todos no ya cantar a Bach, sino ser por casi tres horas parte de su grandiosa voz. Pero más milagroso aún fue que después de culminar el último coral de la obra, el diector a la cabeza con las manos recogidas sobre el pecho, todo el auditorio desde sus bancos, la orquesta y el nutrido coro con las partituras aún abiertas escucharais supurando emoción a raudales el sublime sonido de tres minutos de silencio. Quién recordaría el dolor de la pasión y muerte de Cristo. Quién aprovecharía el momento como oración, o como homenaje a sus muertos, o para agradecer la gloria acariciada, o para pensar que después de aquello el alma no necesita más paz. El caso es que tu amiga Carmen, que es una contralto muy bulliciosa y retrechera, casi estaba en lágrimas, y que todos en general sentíais el pálpito de la trascendencia. Parece cursi y exagerado, pero fue verdad.

Ya lo advertías, deben  de ser cosas de la edad. Pero nada te ha llenado tanto como aquellos tres minutos de silencio después de cantar a Bach.

 

Diabólica maleta

mALETAS DIABOLICASLa sacas del armario, la abres, extiendes, a su alrededor lo que tienes que meter en ella y te sientas a pensar esperando que el Espíritu Santo te ilumine. Te acuerdas del sabio Berzgast. Precursor de la teoría del Big Ban, fue además quien oficiosamente le sopló a Higgs el hallago que revolucionaría la física moderna.

-Acabo de descubrir una partícula subatómica que va a hacer furor- le dijo al famoso físico que bautizó al bosón- Como he quedado con Dora para ir al baile y me da pereza acercarme al Registro de Patentes, te regalo el hallazgo.

Modorek Berzgast era así de modesto. Cuando el mundo anunció gozoso que por fin se había solucionado el celebérrimo problema matemático de la Conjetura de Poincaré, su tía Matilde, fallecida en 1958, reveló a través de una médium de Budapest que en una lata de leche en polvo americana que ella guardaba en la alacena de su cocina había un rollo de papeles que su sobrino le contó que eran importantísimos. Localizaron la lata y efectivamente, allí había seis cuartillas enrolladas con el diabólico formulario que había traído locos a los que años más tarde se apuntaron el descubrimiento, y que definitivamente resolvía la dichosa conjetura.

Modorek Berzgast se desayunaba raíces cuadradas y neutrones con mermelada, guardaba en su cerebro los nombres y números de teléfono de todos los habitantes de Zurich, según el censo municipal de 1954, y era capaz incluso de entender las facturas de la luz. Muerto en 1992, su fantasma resucitado fue capaz incluso de montar muebles de IKEA sin error, quitar a mil CD su endemoniada funda de papel plástico y encararse a quinientos abrefáciles de distintos productos con éxito, limitándose a seguir las indicaciones del envase.

La Academia de Suecia  barajó otorgarle el Nobel de todas las ciencias, pero la propuesta no fraguó por no desanimar al resto de los sabios. Morodek Berzgast era un monumento vivo a la inteligencia teórica y práctica. Justo lo que más admiras tú.

-Y sin embargo, oh, paradoja, nunca he sabido hacer una maleta- dejó escrito Berzgast en su dietario el día antes de suicidarse por hipotermia en un frigorífico de pollos congelados.

Te acuerdas de él, mientras te torturas intentando priorizar lo imprescindible para permanecer siete días en Alemania. Santo cielo, qué miedo al error y al olvido. Y cuánto envidias a los que saben hacer maletas. La tensión mental de hoy se debe a que vas Eisenach a cantar con tus compañeros del Bach Estudio la Pasión según san Mateo de J.S. Bach. Nunca has aspirado a la mitad de gloria de Modorek Bertzgast, pero como coincides con él en la única laguna de su sabiduría, muy de mañana, junto a la maleta abierta, dejaste un folio con un aviso rotulado a gruesos trazos:

OJO, NO OLVIDAR LA PARTITURA

Llevas dos horas haciendo la maleta y aún no atreves a cerrarla.

 

Por si el arte no tiene corsés

¿Y si a alguien le da por pensar que eres un artista?...

¿Y si a alguien le da por pensar que eres un artista?…

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Lorenzo de Medicis no tendría mejor despertar que el tuyo. Saltas de la cama, te asomas al ventanal y ves sobre el fondo aún oscuro del amanecer el arco de una naranja que asoma por el horizonte de Madrid. Segundos después es el sol.  Unos girones de nubes horizontales de color añil aparecen entreverando el globo de fuego. En un minuto ya no puedes mirar el espectáculo, porque dañaría tus ojos. Y corres la cortina: se ha acabado la exhibición.

Si este proceso lo filmara –y lo firmara- Bill Viola ¿cuánto hubieras tenido que pagar para contemplarlo en tu casa? No has pagado nada.  El arte de hoy es así: no se sabe si está en el que lo crea, en el que lo rapta de la naturaleza para enriquecerlo con su acreditada bendición o en el paleto como tú que ve todos los días belleza y no se le ocurre etiquetarla como obra del genio humano.

Por cierto las videoinstalaciones de Viola que se exhiben en la Real Academia de San Fernandoexcelente ocasión para ver el magnífico fondo permanente de este museo, probablemente desconocido para la mayoría- son esto mismo, pero con personas. Te plantas durante cinco o seis minutos ante una pantalla que parece exhibir una foto fija y poco a poco, segundo a segundo, esta se anima. Una mano se mueve, una mirada cambia de dirección, alguien sonríe, otro infla y desinfla los mofletes, el de más allá gira la cabeza, unos ojos se cierran. En tiempo real la secuencia duraría apenas un tres segundos, pero la cámara de Viola consigue ralentizarla hasta parecer una eternidad plástica. Como la fotografía es extremadamente realista y la iluminación es bellísima, el experimento tiene su misterio, algo inquietante, por cierto. Puedes imaginar cualquier cuestión humana en esos modelos.

No te aclara sin embargo cómo se definen ahora las fronteras el arte. Tampoco te gustaría mirarlo en tu casa.

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Días después, haciendo orden en tu pequeño palomar, reaparece en un armario el corsé ortopédico que te prescribieron cuando se descubrió que tu tumor de pulmón había salido de viaje para anidar en tus vértebras dorsales. Qué juguetonas las neoplasias esas. El corsé te costó como un traje a medida en el Corte Inglés. Sin embargo a los cuatro meses dejó de tener sentido, y ahora es una cáscara vacía, un torso de PVC sin contenido, una presencia incómoda e incluso comprometedora. Qué se hace con un corsé ortopédico, si hasta da vergüenza llevarlo al punto limpio.

De repente se te enciende una bombilla. ¿Y si lo vieras en una de esas originales instalaciones que los artistas presentan en ferias como Arco? ¿Y si lo firmara uno de los genios que de vez en cuando baten los records de Christies? ¿Y si pensaras que en lugar de un trasto inútil es una metáfora elocuente y originalísima? ¿Y si al MOMA le da por presentarlo como arte?

Esta vez la lucubración no te la guardarás. Coges el corsé, le quitas el polvo, lo plantas en una mesa y le haces unas fotos, para ver si alguien se atreve a ver en él el montaje inexplicable que tantas veces admiramos embobados en los museos de arte contemporáneo. Si hay por ahí algún privilegiado con esa lucidez, que te lo reclame, que se lo regalarás encantado.

Puede que estés donando una obra arte. Y, como poco, te quitarás de en medio un archiperre incómodo.

El barbero de Rilke

Posiblemente el barbero de Rilke era un tipo como éste...

Posiblemente el barbero de Rilke era un tipo como éste…

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El poeta Rainer María Rilke  se pinchó con la espina de una rosa. Se le infectó la herida y poco después murió. Se hubiera muerto de todas formas, pues padecía una leucemia, en aquellos tiempos seguramente incurable, pero la suya fue una muerte más romántica que ninguna. Te contaron esta historia, y entonces  pensaste que su fama  no era consecuencia de sus versos, sino de su final.

En realidad no habías leído casi nada de Rilke cuando hace muchos años te hospedaste una noche en el Hotel Victoria de Ronda, donde se recuerda que allí había pasado varios días el poeta. Era una noche despejada de luna llena, y el balcón de tu habitación daba a la profunda hondonada del Tajo de Ronda. Te asomaste a ver el panorama y te quedaste sobrecogido por aquel momento de inmensa belleza plateada y de serena quietud, con las casitas de los montes circundantes  brillando a lo lejos como luciérnagas agazapadas. No tenías palabras para expresar tu emoción, luego no eras poeta. La poesía estaba allí, a tus pies, entre el cielo y el lecho del Guadalevín, pero ni uno sólo de tus versos, si los hubieras escrito entonces, hubiera podido seguir el vuelo de lo que te inspiraba el momento. Para eso están los auténticos poetas, como Rilke, que aprovechó su estancia en Ronda para alimentar a su musa y vivir de la poesía hasta que la espina de la rosa maldita se le cruzó en el camino.

El barbero de Rilke se llamaba Antonin Kloveck, y no alcanzó ninguna gloria especial, ni como barbero ni como poeta, aunque también fraguó en leyenda.

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El diario de Antonin Kloveck, encontrado entre los escombros de una casa arrasada  por los bombardeos de Dresde durante la Segunda Guerra Mundial,  refleja la profunda admiración del barbero por su ilustre cliente. Admiración que sin embargo mutó en estupor ante la fría reacción que mostró el poeta el día que Kloveck le contó su particular percepción de la poesía.

Un día mi esposa Benedikta y yo –escribió el barbero Kloveck en su bloc- invitamos a cenar a Carel, nuestro primo, sargento de caballería, y a Blanka, la bella campesina con la que se acababa de casar. Benedikta sirvió la cena en unos platos preciosos de porcelana de Karlovy Vary que había heredado de su madre, y por los que tenía un gran aprecio. A la joven Blanka, que apenas había abierto la boca boca más que para engullir los alimentos, le gustó tanto el postre que rompió su mutismo y se deshizo en elogios. Oh, es la cosa más deliciosa que he probado nunca-dijo refiriéndose al medovnik que había preparado mi mujer. Tanto le gustó que Benedikta le ofreció el resto de la tarta para que se la llevara a su casa. Toma -le dijo- Llévatela en este mismo plato, y ya me lo devolverás cuando la hayas comido. Benedikta era así de generosa.  A pesar de lo mucho que apreciaba su vajilla estaba dispuesta a que la joven  esposa de su primo, una recién llegada al cabo, se fuera con el resto de su medovnik y, sobre todo, con un plato de su vajilla favorita

Y en cuanto a Blanka…Bueno, Blanka era verdaderamente bella, y  su mirada derramaba tanto encanto que al final de la cena yo esta prendado de ella. Se que es temerario hacerlo constar en mi diario, pero creo que me enamoré de mi nueva prima esa misma noche. Ella también me lanzó una última mirada antes de irse con Capel que me supo más dulce que el postre que se llevaba  entre sus manos. Porque uno es barbero, qué demonios, pero tiene corazón romántico.

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A los pocos días-continúa  relatando Kloveck- Benedikta me pidió que fuera a casa de Carel para recuperar el plato. Cuando llegué  él  se había ido al cuartel, y Blanka insistió en ofrecerme una taza de café con unas galletas horneadas en su propia cocina. Nos sentamos junto a la estufa, me sirvió el café y las pastas y empezó a hablar todo lo que había callado la noche que nos conocimos. En la conversación se  interesó por  mí. Me dijo que el barbero de su pueblo era también violinista, porque hacía falta tanta sensibilidad para deslizar la navaja sobre la cara de un cliente como para pasar las cuerdas del arco sobre las del violín. Me lo dijo mientras yo buceaba maravillado en el profundo azul de sus ojos, y la verdad es que me pareció una observación muy aguda. Yo me creía sólo un buen barbero, como mucho un artesano, y resultaba que era sutil y delicado como un violinista.

Nadie me había dicho nunca algo tan hermoso. Benedikta sólo me dijo una vez que lo de afeitar era interesante, porque  desde que el mundo es mundo las barbas no paran de crecer, y si yo hacía bien mi oficio nunca nos faltaría el pan También me preguntó Blanka si había estado alguna vez en Sevilla, donde le habían dicho que había un barbero muy saleroso. Le dije que yo no tenía mucha gracia, que sólo era un barbero competente y un marido que trataba de complacer a su señora, y que por eso venía a recoger el plato de la vajilla de Karlovy Vary.

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También le insinué que había otras cosas importantes en mi vida. En ese momento la miraba a sus ojos, esperando que ella viera en mí lo que yo no era capaz de expresar. Mi taza de café tintineó  entonces al chocar con la cucharilla. Era la vibración de mi mano,  más nerviosa que el día que afeité al primer ministro. Me hubiera gustado tener entonces la pluma de mi cliente el señor Rilke para escribirle un soneto de amor imposible, pero se ve que uno es sólo poeta de buenas intenciones.

El último contacto con Blanka fue el roce de sus finas manos en el momento de entregarme el plato y despedirrme. Yo emprendí el camino de vuelta a casa abrumado, cabizbajo y triste. Pero a medida que me alejaba de ella percibí un fenómeno extraño: el plato se iba calentando. Era un día de otoño y a las orillas del río, por donde caminaba, hacía frío, así que mis dedos al principio agradecieron aquel calor inesperado  Pero a medida que me alejaba de Blanka y me acercaba a casa la temperatura del plato subía más y más, al punto de hacerse insoportable.  Al cruzar el puente, cuando sentí que el plato iba a abrasar mis manos y ya no podía aguantarlo más, me acerqué al pretil y lo lancé al agua. Ahora debe de yacer sepultado en el cieno del fondo del Moldava.

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Lamentablemente tuve que mentirle a Benedikta una y otra vez –prosigue el barbero de Rielke- Primero cuando me vio llegar con las manos vacías. ¿Pero tú estás tonto o qué?, me dijo muy enfadada. ¿Vas a por el plato y me vuelves sin él?  Cada vez que  me volvía a mandar a recogerlo me inventaba un pretexto para excusar el plato perdido. Que Blanka  no estaba en casa, que había regresado al pueblo, que era imposible comunicarse con Carel o con ella. Entonces me llamó cobarde y cínico, destapó sus sospechas de que todo era una estratagema para visitar a su prima la aldeana,  me acusó de estarle engañando con ella, y me amenazó rotundamente: si no veo otra vez juntos los seis platos de porcelana de Karlovy Vary que heredé de mi madre no quiero volverte a ver nunca más. Y además se lo diré a Carel, que ya sabes lo bruto que es.

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Un día cargué los cinco platos de la dichosa vajilla que aún sobrevivían en casa y me dirigí al río. Me paré en el lugar desde donde había arrojado el que faltaba y allí mismo fui lanzando cuatro más, que fueron a parar, como el primero que tiré, al lecho del Moldava. Tal vez los aprovecharía un buzo o un dragador, me dije para justificar mi rapto de locura. Con el quinto me dirigí a la mejor pastelería de Praga. Compré un medovnik como el que hacía Benedikta, dije que me lo presentaran sobre el plato, que me lo envolvieran lujosamente y fui casa de Blanka a llevárselo. En el camino, me tropecé con Carel que, a lomos de su caballo y al frente de su pelotón hacía una ronda de regreso al cuartel. Yo le saludé sin especial entusiasmo, aunque advertí de reojillo en su rostro la sombra de una sospecha. Luego me perdí por las calles estrechas hasta llegar sofocado a su casa, donde me esperaría su joven esposa..

Cuando me abrió la puerta la saludé descubriéndome, le entregué el plato con la tarta, y, olvidando mi timidez, le dije algo así como esto. Querida Blanka, te he amado desde el mismo momento en que te vi. Pero al regresar después de recoger el plato de este mismo juego que estaba en tu poder, este, a medida que me alejaba de ti, se calentó en forma tal  que llegó a quemarme las manos, y tuve que tirarlo al fondo del río. Lo interpreté como un aviso del destino. De ser posible, el nuestro sería un amor incendiario. A partir de entonces, tu recuerdo, entre la pasión y el remordimiento, me ha alterado tanto que raro es el día que mis manos no tiemblan al afeitar y hago un corte a alguno de mis clientes. Pero no quiero molestar a nadie. Ni a ti, ni a Carel ni tampoco a Benedikta, que cree que tú y yo somos amantes sin que hayamos cruzado más que miradas. Por tanto quédate con este plato, prueba evidente de que yo nunca estuve aquí para recogerlo y, mucho menos, para ser infiel a mi esposa. A ella le dire sólo que mis ausencias eran para ir a por tabaco, que creo que es lo que se dice…

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El relato del barbero Antonin Cloveck  concluye con una sorprendente afirmación. Le conté este sucedido –anota en su dietario el barbero- a mi respetado cliente Rainer María Rilke: el encuentro, el descubrimiento de aquellos ojos azules, la cena, el medovnik, la primera visita para recoger el plato, la metáfora del afeitado suave como el violín,  el roce con las manos de Blanka, el plato que se convirtió en brasa ardiente, el espectáculo de tirar platos, en lugar de piedras, como hace la gente normal, al río, el enfado, la declaración, el adiós con dolor, pero también con dignidad y sin lágrimas…Se lo conté esperando que al insigne poeta le inspirase al menos un poema de los suyos, pero no movió ni una ceja, Bien es verdad que yo pido a mis clientes que no hagan ni una mueca mientras paso la navaja, pero al menos un monosílabo sí que podía haber musitado sin peligro. Nada, no sabía si estaba afeitando a una esfinge o a un gran poeta. Así que, cuando después de darle unas friegas de colonia en los cachetes le retiré el mandilón blanco, le pasé el cepillo sobre los hombros,  cobré mi servicio y le señalé respetuosamente la puerta, me atreví a preguntarle.

-Oiga, señor Rilke, usted que entiende…Todo esto que le he contado al menos tendrá su poquito de poesía, ¿no?…

El poeta se quedó con la mirada perdida en los carruajes y los transeúntes que pasaban tras la cristalera de la puerta de la barbería. Por unos momentos, mientras se acariciaba el mentón repasando la rigurosa caricia de mi navaja, su ceño fruncido barruntaba una respuesta compleja y elaborada. Se puso el sombrero y frunció el morro pensativo, como preparando una gran frase. Yo contuve la respiración mientras mi corazón galopaba expectante. Hasta que por fin el inmenso poeta de las Elegías de Duino dejó escapar un suspiro y esta frase para mi biografía.

-Qué quiere que le diga.

Me dejó algo frío el señor Rainer María. Y es que hay poetas sublimes, poetas épicos, poetas líricos, poetas malditos, poetas en la calle, poetas novísimos, poetas del absurdo. Yo estoy entre los poetas del absurdo y los poetas simplones que además no escriben, pero a pesar de esto y de que nunca he sabido más ni de Benedikta ni de Blanka, sigo afeitando con la suavidad de un violinista, pienso en poesía y gracias a eso me considero razonablemente feliz.

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De Antonin Kloveck, no se supo nunca más que lo que reflejan los escritos encontrados entre los escombros de  Dresde. La historia sin embargo es tan cierta como que se te ocurrió a ti, el bloguero, paseando un plato por el Manzanares. Sólo hay que añadir que cuando   se dio a conocer el diario del barbero de Rilke, algunos supervivientes de la Praga de entonces recordaban a un hombrecillo con mirada errática que a veces se asomaba al pretil del Puente Carlos y lanzaba platos a las aguas del Moldava.

Pescando motivos en el Manzanares

Cuando no se te ocurre nada sobre lo que escribir, te echas a la calle y algo cae...

Cuando no se te ocurre nada sobre lo que escribir, te echas a la calle y algo cae…

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Una semana de reformas en tu palomar te han alejado del blog.

No estás mal de salud, incluso la ITV tumoral te ha dado el visto bueno. No te has embarcado en un viaje de placer, como sin duda mereces .Nadie te ha reclamado para tus trabajos de antaño,  contar historias o dar ideas, aunque todavía te quedan dos o tres. La cosa ha sido mucho más ordinaria. Aparte de tus compromisos corales, ir a IKEA, ver, elegir decidir lo que necesitabas, ordenar cosas en casa y contemplar cómo tu toero aplicaba sus artesanías y te relevaba del martillo y el destornillador-únicas herramientas que sabes manejar, y no con demasiada destreza-  han sido tus tareas. Ah, y barrer, pasar el trapo del polvo y el aspirador. Las pulsiones de la gladiadora del hogar que llevas dentro.

Un toero por cierto,es un hombre que hace de lo que necesita una casa que se retoca. A eso se le llamaba antes un chapuzas, pero ahora hay que tener cuidado con cualquier matiz despectivo. Tu toero es un figura: si fuera futbolista sería Iniesta, cuya perfección técnica está en las antípodas de la chapuza, y cuyas maneras educadas y sencillas sorprenden tanto que sólo parece un buen chico de Albacete.

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Tampoco dejaste de pasear. Lo necesitas para contener los indeseables rumbos que toma el cuerpo a tu edad y para pescar temas de los que seguir escribiendo. La ausencia de compromisos te obliga a creártelos a partir de cualquier insignificancia. El más notorio de esta semana nació de lo siguiente. Hace tres o cuatro años compraste un juego de seis platos de cerámica para tu menaje doméstico. Eran originales y pintorescos, y como Doña María sigue latiendo dentro de ti, estabas muy orgulloso de tu compra. Invitaste a cenar entonces a tu amigo Carlos de la M. y a María A., y uno de aquellos platos sirvió para presentar el postre.  Este debió de resultar goloso y abundante, porque a María, guapa, rubia y perfectamente silueteada, le gustó mucho. Tanto que, en la confianza que os une, y por pereza de buscar otro envase adecuado, le dijiste.

-Llévatelo en este mismo plato y ya me lo devolverás.

Las fórmulas del lenguaje social español suelen ser irresponsables con la medida del tiempo. Tenemos que vernos, a ver cuándo quedamos, me llamas y tomamos un café, un día comemos juntos, nos vemos cuando quieras, nos reunimos un día, hasta luego…¿Y cuándo es eso, si las horas galopan y las hojas del calendario no dejan de pasar? Hace un par de meses te reencontraste con Carlos y María en un funeral, que también sirve para eso, para cerrar compromisos importantes.

-Mira –te dijo María- Llámame un día, me lo recuerdas y al día siguiente me traigo el plato a la oficina y te lo doy.

Ni ella ni tu fijasteis de qué año, mes y semana había de ser ese día. Pero el miércoles 5 de marzo, después de las innumerables borrascas invernales que velaron los cielos de Madrid, amaneció luminoso y transparente, delicioso para pasear. Suerte que la semana anterior la habías llamado para convenir que ese era el día adecuado.

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Te echaste la mochila a la espalda, te acercaste a la antigua Estación de Príncipe Pío, donde se ubica ahora la compañía en la que trabaja María, tomasteis el café. Te entregó el plato, lo metiste en la mochila y emprendiste el regreso a casa a paso de marcha, seis kilómetros por hora, que es el que según los médicos se hace notar en el cuerpo.

Hacía el día perfecto para pasear. Y como aúno no has conseguido pensar en nada mientras andas, le dabas vueltas al caletre. Qué glorioso el primer presagio de primavera en Madrid. Qué  acierto, a pesar del endeudamiento, haber adecentado el modestísimo río de la capital.. Qué encanto el de la Ermita de la Virgen del Puerto, ahora tan guapa y bien ajardinada. Qué suerte poder estirar tus piernas con salud. Y, entretanto, un pensamiento pintoresco: ¿y qué carajo hace un tipo como tú invirtiendo su mañana en pasear un plato por las orillas del Manzanares?

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Dos tentaciones te salieron al paso entonces. Una, la de inmortalizar el momento singular con una foto, para lo que necesitabas la mano de otra persona que accionara la cámara de tu teléfono móvil. No es vanidad vana: es para ilustrar este post, pues de repente te ha alarmado saber que dentro de poco no podrás bajarte imágenes de internet sin correr algún riesgo. Para este menester acudiste a una paseante que resultó ser antigua seguidora de Doña María, y que se mostró muy contenta de echarle una mano. Ella se llama Concha Lobo. Le hablaste de tu blog y le prometiste reconocer su amabilidad y su simpatía en este post. Con retraso, pero cumples: gracias, Concha.

La segunda tentación era más pretenciosa. Te dio por lucubrar sobre los estímulos de la inspiración, y  por creer que esa mañana, con ser absolutamente irrelevante para el devenir de la humanidad, ofrecía visiones distintas, y hasta latía en ella su pequeño aliento de poesía. Un poeta o un escritor le sacarían partido. Y te pusiste a ello.

Aunque luego, como de costumbre, te enrollaste tanto que has tenido que dejarlo para el post siguiente. Anímense a leerlo. Este bloguero se ha hecho más anárquico, pero de momento no cesa.

Un arrepentimiento cabal

Imagen ttomada a modo de préstamo sin çanimo de lucro de la we www.descomtivaciones.es Gracias mil

Imagen tomada a modo de préstamo sin ánimo de lucro de  http://www.desmotivaciones.es
Gracias mil

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Patxi no sabe cómo se dice en euskera, pero reconoce que el amor tiene razones que la razón desconoce, y ahora lo está padeciendo en sus propias carnes. Su Zaraitzu  no es una de esas modelos de belleza que copan las revistas femeninas y los suplementos dominicales de los periódicos, todos burgueses y decadentes, por cierto. Pero sí un canon de la estética femenina abertzale. Y  eso le pone, le pone como si de una vez por todas hubiera se hubiera coronado la lucha, borrado las causas del conflicto y conseguido el sueño de la patria vasca. Zaraitzu y la patria vasca, independiente y revolucionaria ,qué más se puede pedir.

-Es la hostia, pues-se repetía mientras preparaba unas cocochas al pil-pil.

Lo segundo, o sea el sueño total, aún estaba en proceso. Bien encaminado, pero en proceso. En cambio lo de Zaraitzu era una felicidad que creía ganada: Zaraitzu, tan  guapa y sexy ella, con sus leguis embutidos en botas de boxeador antiguo, su sudadera reivindicativa un puntito apretada, marcando tripilla, su pendiente en las aletas de la nariz y su cabello de rapado por la nuca y  rematado en la coronilla con una cresta de aguanieves, un auténtico euskopelo que, la peluquera de Mondragón, esculpía con singular encanto.

-Joder, qué mano tienes, hijaputale había dicho Zaraitzu a Nekane cuando se vio ante el espejo- Ni que serías Miguel Angel

Pudo haber dicho Oteiza en lugar del Buonarroti. Pero aquel día, el constructivismo geométrico capilar que lucía su cabeza adquiría la categoría de un clásico.

-Está de buena la tía que de la que ligue el pil-pil…-suspiró Patxi cuando la vio entrar en fogones, sensual y provocadora.

Fue un fabuloso polvo aquel, entre aromas de pil pil, a la manera del famoso revolcón sobre mesa de cocina que puso de moda El cartero siempre llama dos veces. La sublimación del amor, la culminación de un sueño el mito erótico de su cuadrilla. Joder, Zaraitzu, la hostia, con lo buena que está. Los efectos del indiscutible encanto de una pasión abertzale.

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El hombre propone y las hormonas disponen. Craso error el de Patxi, creyendo que su pareja era terreno conquistado. La política y la kale borroka, les tomaban mucho tiempo, Patxi era, en efecto un buen morrosko y un auténtico gudari en la cocina y en la cama, pero nadie podía controlar el poderío hechicero de una mujer como Zaraitzu. Cuando empezaron a correr rumores Patxi se hizo el sordo, hasta que las balas de las pécoras y vecindonas le silbaron demasiado cerca. Se decía que Zaraitzu se distraía demasiado con otros hombres, que si con un profesor de ikastola, que si con un médico de Erandio, que si con un pelotari, que si con un francés que hacía surf en la playa de Mundaka.

-No podía creer –le dijo Patxi a su amada el día siguiente en que un amigo le comunicó, sin ánimo de ofender, que había sorprendido  a Zaraitzu desfogándose con otro en los aseos de un bar- ¿Pero no éramos novios, rollito o así?…Joder, Zaraitzu, la hostia eres…Pues anda y que te den.

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No se vieron ni se hablaron durante meses. Patxi cayó en una profunda depresión. Aunque era un tipo fuerte y bregado en la lucha, los encantos de Zaraitzu habían hecho mella en su alma. Notaba que la patria vasca sin ella carecía de sentido. Por eso le dio un vuelco al corazón el día en que ella le llamó para cantar la palinodia, para decirle que le amaba apasionadamente, que a partir de ese momento sería su único hombre y que quería demostrarle su arrepentimiento.

-¿Quedamos pues?

Y quedaron.

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El punto de reencuentro fue el bar de Koldo, donde compareció Zaratzu, tan arrebatadora como siempre, junto con Yosu y Garbiñe, antiguos compañeros de comando y ahora funcionarios del Ayuntamiento.

-¿Y éstos que pintan aquí? –preguntó Patxi.

Verificadores son. ¿O es que crees que yo no me arrepiento en serio?

Dicho lo cual Zaraitzu abrió un gran bolso del que extrajo un amplio muestrario de lencería erótica,  tres cajas de preservativos y un manual de autoayuda que llevaba por título Cómo ser fiel a tu pareja. Una a una depositó las pruebas sobre la mesa y después, reclamando la atención de los testigos, se abalanzó sobre Patxi y quiso sellar su arrepentimiento con un tornillazo labial de los que hacen época.

-¿Pero qué cojones haces, tía?-dijo  Patxi  indignado  quitándosela de encima de un empujón.

– Pues el mismo numerito que montamos la semana pasada para salvar la causa de nuestra lucha.

El pobre Patxi se rascaba la mollera con cara de bobo de Coria, como si las piezas del puzle no le acabaran de encajar.

-Joder Patxi…¿Serás sinsorgo? –reaccionó la arrepentida visiblemente ofendida por el desprecio- Si entonces pensabas que todo el mundo iba a tragarse la pantomima… ¿por qué ahora no me vas a creer a mí?

 


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