El barbero de Rilke

Posiblemente el barbero de Rilke era un tipo como éste...

Posiblemente el barbero de Rilke era un tipo como éste…

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El poeta Rainer María Rilke  se pinchó con la espina de una rosa. Se le infectó la herida y poco después murió. Se hubiera muerto de todas formas, pues padecía una leucemia, en aquellos tiempos seguramente incurable, pero la suya fue una muerte más romántica que ninguna. Te contaron esta historia, y entonces  pensaste que su fama  no era consecuencia de sus versos, sino de su final.

En realidad no habías leído casi nada de Rilke cuando hace muchos años te hospedaste una noche en el Hotel Victoria de Ronda, donde se recuerda que allí había pasado varios días el poeta. Era una noche despejada de luna llena, y el balcón de tu habitación daba a la profunda hondonada del Tajo de Ronda. Te asomaste a ver el panorama y te quedaste sobrecogido por aquel momento de inmensa belleza plateada y de serena quietud, con las casitas de los montes circundantes  brillando a lo lejos como luciérnagas agazapadas. No tenías palabras para expresar tu emoción, luego no eras poeta. La poesía estaba allí, a tus pies, entre el cielo y el lecho del Guadalevín, pero ni uno sólo de tus versos, si los hubieras escrito entonces, hubiera podido seguir el vuelo de lo que te inspiraba el momento. Para eso están los auténticos poetas, como Rilke, que aprovechó su estancia en Ronda para alimentar a su musa y vivir de la poesía hasta que la espina de la rosa maldita se le cruzó en el camino.

El barbero de Rilke se llamaba Antonin Kloveck, y no alcanzó ninguna gloria especial, ni como barbero ni como poeta, aunque también fraguó en leyenda.

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El diario de Antonin Kloveck, encontrado entre los escombros de una casa arrasada  por los bombardeos de Dresde durante la Segunda Guerra Mundial,  refleja la profunda admiración del barbero por su ilustre cliente. Admiración que sin embargo mutó en estupor ante la fría reacción que mostró el poeta el día que Kloveck le contó su particular percepción de la poesía.

Un día mi esposa Benedikta y yo –escribió el barbero Kloveck en su bloc- invitamos a cenar a Carel, nuestro primo, sargento de caballería, y a Blanka, la bella campesina con la que se acababa de casar. Benedikta sirvió la cena en unos platos preciosos de porcelana de Karlovy Vary que había heredado de su madre, y por los que tenía un gran aprecio. A la joven Blanka, que apenas había abierto la boca boca más que para engullir los alimentos, le gustó tanto el postre que rompió su mutismo y se deshizo en elogios. Oh, es la cosa más deliciosa que he probado nunca-dijo refiriéndose al medovnik que había preparado mi mujer. Tanto le gustó que Benedikta le ofreció el resto de la tarta para que se la llevara a su casa. Toma -le dijo- Llévatela en este mismo plato, y ya me lo devolverás cuando la hayas comido. Benedikta era así de generosa.  A pesar de lo mucho que apreciaba su vajilla estaba dispuesta a que la joven  esposa de su primo, una recién llegada al cabo, se fuera con el resto de su medovnik y, sobre todo, con un plato de su vajilla favorita

Y en cuanto a Blanka…Bueno, Blanka era verdaderamente bella, y  su mirada derramaba tanto encanto que al final de la cena yo esta prendado de ella. Se que es temerario hacerlo constar en mi diario, pero creo que me enamoré de mi nueva prima esa misma noche. Ella también me lanzó una última mirada antes de irse con Capel que me supo más dulce que el postre que se llevaba  entre sus manos. Porque uno es barbero, qué demonios, pero tiene corazón romántico.

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A los pocos días-continúa  relatando Kloveck- Benedikta me pidió que fuera a casa de Carel para recuperar el plato. Cuando llegué  él  se había ido al cuartel, y Blanka insistió en ofrecerme una taza de café con unas galletas horneadas en su propia cocina. Nos sentamos junto a la estufa, me sirvió el café y las pastas y empezó a hablar todo lo que había callado la noche que nos conocimos. En la conversación se  interesó por  mí. Me dijo que el barbero de su pueblo era también violinista, porque hacía falta tanta sensibilidad para deslizar la navaja sobre la cara de un cliente como para pasar las cuerdas del arco sobre las del violín. Me lo dijo mientras yo buceaba maravillado en el profundo azul de sus ojos, y la verdad es que me pareció una observación muy aguda. Yo me creía sólo un buen barbero, como mucho un artesano, y resultaba que era sutil y delicado como un violinista.

Nadie me había dicho nunca algo tan hermoso. Benedikta sólo me dijo una vez que lo de afeitar era interesante, porque  desde que el mundo es mundo las barbas no paran de crecer, y si yo hacía bien mi oficio nunca nos faltaría el pan También me preguntó Blanka si había estado alguna vez en Sevilla, donde le habían dicho que había un barbero muy saleroso. Le dije que yo no tenía mucha gracia, que sólo era un barbero competente y un marido que trataba de complacer a su señora, y que por eso venía a recoger el plato de la vajilla de Karlovy Vary.

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También le insinué que había otras cosas importantes en mi vida. En ese momento la miraba a sus ojos, esperando que ella viera en mí lo que yo no era capaz de expresar. Mi taza de café tintineó  entonces al chocar con la cucharilla. Era la vibración de mi mano,  más nerviosa que el día que afeité al primer ministro. Me hubiera gustado tener entonces la pluma de mi cliente el señor Rilke para escribirle un soneto de amor imposible, pero se ve que uno es sólo poeta de buenas intenciones.

El último contacto con Blanka fue el roce de sus finas manos en el momento de entregarme el plato y despedirrme. Yo emprendí el camino de vuelta a casa abrumado, cabizbajo y triste. Pero a medida que me alejaba de ella percibí un fenómeno extraño: el plato se iba calentando. Era un día de otoño y a las orillas del río, por donde caminaba, hacía frío, así que mis dedos al principio agradecieron aquel calor inesperado  Pero a medida que me alejaba de Blanka y me acercaba a casa la temperatura del plato subía más y más, al punto de hacerse insoportable.  Al cruzar el puente, cuando sentí que el plato iba a abrasar mis manos y ya no podía aguantarlo más, me acerqué al pretil y lo lancé al agua. Ahora debe de yacer sepultado en el cieno del fondo del Moldava.

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Lamentablemente tuve que mentirle a Benedikta una y otra vez –prosigue el barbero de Rielke- Primero cuando me vio llegar con las manos vacías. ¿Pero tú estás tonto o qué?, me dijo muy enfadada. ¿Vas a por el plato y me vuelves sin él?  Cada vez que  me volvía a mandar a recogerlo me inventaba un pretexto para excusar el plato perdido. Que Blanka  no estaba en casa, que había regresado al pueblo, que era imposible comunicarse con Carel o con ella. Entonces me llamó cobarde y cínico, destapó sus sospechas de que todo era una estratagema para visitar a su prima la aldeana,  me acusó de estarle engañando con ella, y me amenazó rotundamente: si no veo otra vez juntos los seis platos de porcelana de Karlovy Vary que heredé de mi madre no quiero volverte a ver nunca más. Y además se lo diré a Carel, que ya sabes lo bruto que es.

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Un día cargué los cinco platos de la dichosa vajilla que aún sobrevivían en casa y me dirigí al río. Me paré en el lugar desde donde había arrojado el que faltaba y allí mismo fui lanzando cuatro más, que fueron a parar, como el primero que tiré, al lecho del Moldava. Tal vez los aprovecharía un buzo o un dragador, me dije para justificar mi rapto de locura. Con el quinto me dirigí a la mejor pastelería de Praga. Compré un medovnik como el que hacía Benedikta, dije que me lo presentaran sobre el plato, que me lo envolvieran lujosamente y fui casa de Blanka a llevárselo. En el camino, me tropecé con Carel que, a lomos de su caballo y al frente de su pelotón hacía una ronda de regreso al cuartel. Yo le saludé sin especial entusiasmo, aunque advertí de reojillo en su rostro la sombra de una sospecha. Luego me perdí por las calles estrechas hasta llegar sofocado a su casa, donde me esperaría su joven esposa..

Cuando me abrió la puerta la saludé descubriéndome, le entregué el plato con la tarta, y, olvidando mi timidez, le dije algo así como esto. Querida Blanka, te he amado desde el mismo momento en que te vi. Pero al regresar después de recoger el plato de este mismo juego que estaba en tu poder, este, a medida que me alejaba de ti, se calentó en forma tal  que llegó a quemarme las manos, y tuve que tirarlo al fondo del río. Lo interpreté como un aviso del destino. De ser posible, el nuestro sería un amor incendiario. A partir de entonces, tu recuerdo, entre la pasión y el remordimiento, me ha alterado tanto que raro es el día que mis manos no tiemblan al afeitar y hago un corte a alguno de mis clientes. Pero no quiero molestar a nadie. Ni a ti, ni a Carel ni tampoco a Benedikta, que cree que tú y yo somos amantes sin que hayamos cruzado más que miradas. Por tanto quédate con este plato, prueba evidente de que yo nunca estuve aquí para recogerlo y, mucho menos, para ser infiel a mi esposa. A ella le dire sólo que mis ausencias eran para ir a por tabaco, que creo que es lo que se dice…

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El relato del barbero Antonin Cloveck  concluye con una sorprendente afirmación. Le conté este sucedido –anota en su dietario el barbero- a mi respetado cliente Rainer María Rilke: el encuentro, el descubrimiento de aquellos ojos azules, la cena, el medovnik, la primera visita para recoger el plato, la metáfora del afeitado suave como el violín,  el roce con las manos de Blanka, el plato que se convirtió en brasa ardiente, el espectáculo de tirar platos, en lugar de piedras, como hace la gente normal, al río, el enfado, la declaración, el adiós con dolor, pero también con dignidad y sin lágrimas…Se lo conté esperando que al insigne poeta le inspirase al menos un poema de los suyos, pero no movió ni una ceja, Bien es verdad que yo pido a mis clientes que no hagan ni una mueca mientras paso la navaja, pero al menos un monosílabo sí que podía haber musitado sin peligro. Nada, no sabía si estaba afeitando a una esfinge o a un gran poeta. Así que, cuando después de darle unas friegas de colonia en los cachetes le retiré el mandilón blanco, le pasé el cepillo sobre los hombros,  cobré mi servicio y le señalé respetuosamente la puerta, me atreví a preguntarle.

-Oiga, señor Rilke, usted que entiende…Todo esto que le he contado al menos tendrá su poquito de poesía, ¿no?…

El poeta se quedó con la mirada perdida en los carruajes y los transeúntes que pasaban tras la cristalera de la puerta de la barbería. Por unos momentos, mientras se acariciaba el mentón repasando la rigurosa caricia de mi navaja, su ceño fruncido barruntaba una respuesta compleja y elaborada. Se puso el sombrero y frunció el morro pensativo, como preparando una gran frase. Yo contuve la respiración mientras mi corazón galopaba expectante. Hasta que por fin el inmenso poeta de las Elegías de Duino dejó escapar un suspiro y esta frase para mi biografía.

-Qué quiere que le diga.

Me dejó algo frío el señor Rainer María. Y es que hay poetas sublimes, poetas épicos, poetas líricos, poetas malditos, poetas en la calle, poetas novísimos, poetas del absurdo. Yo estoy entre los poetas del absurdo y los poetas simplones que además no escriben, pero a pesar de esto y de que nunca he sabido más ni de Benedikta ni de Blanka, sigo afeitando con la suavidad de un violinista, pienso en poesía y gracias a eso me considero razonablemente feliz.

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De Antonin Kloveck, no se supo nunca más que lo que reflejan los escritos encontrados entre los escombros de  Dresde. La historia sin embargo es tan cierta como que se te ocurrió a ti, el bloguero, paseando un plato por el Manzanares. Sólo hay que añadir que cuando   se dio a conocer el diario del barbero de Rilke, algunos supervivientes de la Praga de entonces recordaban a un hombrecillo con mirada errática que a veces se asomaba al pretil del Puente Carlos y lanzaba platos a las aguas del Moldava.

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6 Responses to “El barbero de Rilke”


  1. 1 Julia Yturriaga Matarranz marzo 9, 2014 en 4:35 pm

    Tú, Duende, sí que tienes una imaginación calenturienta! A mí me dejas “flipando” ¿no se dice ahora así? Y en el fondo, yo me creo tus historias….porque son tan ingeniosas como divertidas.
    Hace un día maravilloso, ya era hora, y, después de solazarme con tus relatos me voy a tomar un poco el sol que falta me hace. Un abrazo y cuídate.

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  2. 2 José Luis Estevas Guilmain marzo 10, 2014 en 10:21 am

    Duende eres un tío fenómeno, tus escritos son como el aire fresco de la primavera, destilan imaginación y cultura. Disfruto al leerte, este de Rilke ha sido genial. No dejes de escribir.
    Un abrazo

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    • 3 Franciska marzo 10, 2014 en 4:07 pm

      Tus relatos , como la vida, suelen estar entre la realidad y el deseo, que es lo bueno. El de hoy , diría que supera el deseo a la realidad con un poco de poesía . Porque ,el puente Carlos es el puente más romántico que conozco.y !!que poético tirar desde ‘el los platos del delito en vez de que se tirará el protagonista de tu historia ante el amor imposible!!!!

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  3. 4 Bête en sauce marzo 10, 2014 en 4:32 pm

    Y yo que me estaba creyendo esta bellísima historia hasta que llegué al final. Eres un genio, Duende.

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  4. 5 Palinuro marzo 12, 2014 en 8:20 pm

    También yo me lo creí, pensando que el Duende era un transcriptor ilustrado.¡Hay que ver lo que da de sí una ronda matutina por el Manzanares para un personaje con sensibilidad y pluma hábil!
    José Luis, bienvenido al club de blogueros al que yo te conduje.

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  5. 6 capotegui marzo 14, 2014 en 11:27 pm

    Enhorabuena por este maravilloso cuento checo.

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