Archivos para 27 abril 2014

Un pis maravilloso

Hay mecanismos para activar la memoria olfativa que nunca fallan...

Hay mecanismos para activar la memoria olfativa que nunca fallan…

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Ubaldo había conseguido en la Escuela de Policia Científica las mejores calificaciones. No sólo dejó allí pruebas de su responsabilidad y competencia, sino también de su fino olfato y de su inteligencia deductiva. Ubaldo Pérez Angoy acabó siendo para su promoción Deducator. Procesaba los datos e hilvanaba los indicios como ningún otro. Naturalmente, acabados sus estudios, su permanencia en el cuerpo no fue muy larga. No hacía falta ser ningún lince para percatarse de que ningún funcionario como él medianamente honrado dejaba de ser, como mucho, un puto policía. De modo que un día fue requerido por un importante hombre de negocios de esos con pasaporte panameño y varias sociedades cuyo objeto social no viene a cuento, domiciliadas todas ellas en las islas y paraísos más exóticos del mundo, y no tuvo más remedio que cambiar de vida.
-Creo que voy a tener que comprarme una trinchera –le dijo a Flora, su mujer un día al volver a casa- De esas más propias de otro tiempo- añadió mientras encendía su cigarrillo y sonreía a lo Bogart– Y un sombrero, para terminar de componer el tipo.
-¿Y eso?-inquirió ella después de besarle en los labios- A mí me gustaba más Robert Mitchum.
Ubaldo puso cara de interesante, ahuecó su boca y fletó dos o tres anillos de humo que se disiparon al estrellarse contra la cara de Flora.
-Se acabó la miseria- dijo insinuando una levísima sonrisa- A partir de ahora en lugar de un puto policía tu marido será un puto detective, pero bien pagado.
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Habían transcurrido cuarenta y dos años desde que unos huevos escalfados con espárragos trigueros sellaron su amor en una casa rural de La Alcarria donde unos amigos le habían invitado a pasar el fin de semana. Deducator había barajado muchos otros factores que podrían haberle llevado a la conclusión de que Flora, también invitada, iba a ser la mujer de su vida. Quizás su perfil tan bien dibujado, su cabello castaño cortado como entonces se decía a lo garçon, su tipito menudo, pero con las curvas precisas y perfectamente macizadas, su conversación, espontánea y fresca, el generoso candor con el que se ofrecía para hacer esas pequeñas tareas del hogar que tanto aburren a los demás, su voz… Cómo cantó con la guitarra al calor de la chimenea aquel bolero de Lo dudo, lo dudo, lo dudo mientras le miraba a los ojos. Él pasaba por ser un poli de buena planta y había salido con muchas chicas frente a las que blindaba sus sentimientos. Sin embargo ella le acabó conquistando aquel fin de semana.
Se dio cuenta en el almuerzo del domingo. Flora había preparado unos huevos escalfados con un manojo de espárragos trigueros que habían cogido esa misma mañana mientras paseaban por el campo. Los sirvió directamente desde la sartén. Primero a los dueños de la casa y a otra pareja de amigos, luego en su propio plato, en el que depósito el huevo menos lustroso y apenas tres puntas verdes. Y finalmente los dos mejor presentados con abundante guarnición de trigueros, en el plato de Ubaldo, que era el nuevo de la pandilla.
-Toma, a ver si te gusta- le dijo mientras le servía mirándole con una intensidad que a él se le antojaba irresistible- Que esto tiene muchas vitaminas, y a ti te harán falta para tus investigaciones…
No fue un hallazgo intelectual de los que habían justificado su apodo de Deducator. Pero desde luego aquel día dedujo que él le gustaba a Flora, que Flora le gustaba a él y que, al margen de sus encantos de mujer, buena parte del porqué era algo tan poco romántico como unos huevos escalfados con trigueros. La vida ofrece a veces este tipo de sorpresas. Una pequeñez puede condicionar tu futuro. No una batalla, ni un gordo de la Primitiva, ni salir vivo de un accidente de aviación, ni encontrarte a los treinta años con que tu orientación sexual no es la que te pide el cuerpo y sales del armario. Esta vez fue un plato de huevos escalfados con espárragos lo que cambió el rumbo en la vida de Ubaldo Pérez Angoy.
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Durante casi cuarenta años, las deducciones -no del todo inocuas- del antiguo policía convertido en detective le rindieron pingües beneficios. Unas veces su investigación le llevaba a deducir que a este o aquel concejal de un pueblo de la costa le urgía cambiar de coche, porque iba a ser padre de trillizos. Otras, que al diputado Zutanito, famoso por ser un padre ejemplar de numerosísima familia y coleccionista de vírgenes románicas, le encantaba reunirse en el jacuzzi de un apartamento de lujo con tres mulatitas para hablar de sus cosas. En ocasiones deducía que la esposa del que concurría con su jefe en la misma licitación de obra pública se la pegaba a su marido con el garajista. Flora no estaba enterada al detalle de los trabajos de su marido, ni tampoco ponía demasiado interés en ello. Al fin y al cabo todo revertía en beneficio de la familia, que desde que Deducator dejó el cuerpo de la Policía había conseguido mejorar de casa, dar buenas carreras a sus hijos y gozar de una posición económica y social relevante.
-Te quiero, Ubaldo- le decía aún a sus sesenta y tres años mientras cenaban a la luz de la luna en la terraza de su apartamento de Pollensa.
Deducator se dejaba besar en los labios, quizás para no olvidar que era un detective seductor como los que hacían Bogart o Robert Mitchum. Luego, embelesados los dos por la brisa y el sonido de las olas rompiendo contra el malecón del puerto, cenaban lo que amorosamente había preparado ella. Ahora ya no había en la mesa huevos escalfados con espárragos, sino caldereta de langosta y una cubeta de hielo en el que se enfriaba una botella de Domaine Chaillon de Briailles, un blanco que, al decir de un colega del boyante detective, tenía bouquet, retrogusto, aromas almendrados y esas gilipolleces que tanto preocupan a los ricos sobrevenidos.
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Sólo un poco después el panorama de Ubaldo, de Flora y de su familia feliz se nubló. El antaño lúcido detective fue perdiendo facultades. Despistes, olvidos supitaños, frases interrumpidas. De repente largos silencios buscando angustiosamente esa palabra fácil que no aparecía. Segundos tragando saliva que se le hacían largos. Frases inconexas…
Deducator dejó su trabajo. Flora le puso en manos de los médicos. En esos momentos confusos en los que la ciencia aún no sabía si su mal era una primera fase de la demencia senil o de un Alzheimer, el propio Ubaldo se defendía poniendo en juego mecanismos sencillos para ejercitar su memoria. Se concentraba en el número 28 y en la percepción del color verde botella, que era que pintaba el portal de su casa. Se concentraba en la enorme vaca de fibra de vidrio con ruedas que asomaba por la puerta de la tienda de moda. No le interesaba nada ésta, pero sabía que al lado quedaba el estanco, donde entraba siempre disparando con las manos como si fuera un vaquero, para no olvidarse de que el tabaco que venía a comprar era Marlboro. Y, por Dios, en el único paseo cotidiano que aún le dejaban hacer solo, detenerse en la floristería, mirar a las rosas, a las caléndulas, a las orquídeas o a las ponsetias y después cerrar los ojos y tratar de agarrar con sus palabras lo más importante de su vida.
-Flora, Flora, Flora…
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Sin embargo la enfermedad siguió su curso, y llegó a ese momento terrible en el que él no sólo no podía salir solo de casa, sino que ni siquiera era capaz de recordar los nombres de los suyos. Deducator acabó sepultándose en un sepulcro de silencio. Estos trances acaban a veces matando a una familia, pero a menudo, en su marcha destructora, descubren también almas heroicas que neutralizan sus efectos. Flora resultó ser una de ellas. El dolor de la enfermedad de Ubaldo no sólo no melló su ánimo, sino que lo fortaleció. Cuanto menos Ubaldo parecía él, más ternura, encanto y sonrisas derramaba ella.
-Hoy te voy a hacer uno de tus platos favoritos que hace mucho tiempo que no tomamos- le decía ella acariciando su mano mientras le ayudaba a hacer el rompecabezas de cada día.
Se lo comió el viejo detective tan a gusto como de costumbre. Por supuesto, sin decir una palabra. ¿Cuánto hacía que no la decía?…Pero todo cambió cuando a media tarde fue al cuarto de baño, levantó la tapa del retrete y se puso a hacer pis. Algo de anzuelo debe de tener la memoria olfativa para pescar recuerdos en el olvido, y desatar a partir de ellos procesos de recuperación de la mente. Algo especial igualmente deben de ser el ácido asparagúsico y el metanetiol para añadir un olor inconfundible al pis que se hace después de haber comido espárragos. Y también algo aún quedaba de lógica en la confusa mente del pobre Deducator. Pues el hecho es que, después de rematar la faena y lavarse las manos, como está mandado, salió del cuarto de baño, cerró la puerta y buscó por el pasillo a esa mujer extraña que le acompañaba en casa.
-Tú…-titubeó Ubaldo mientras extendía sus brazos hacia Flora y trataba de despertar a su lengua dormida-Tú…Tú…¿eres la que me hacías huevos escalfados con espárragos?
Ella asintió, avanzó unos pasos, lo acogió entre sus brazos y lo estrechó contra sí. No se daba cuenta de ello, pero sonreía emocionada. Y con los ojos cerrados, se ilusionaba pensando que a lo mejor cualquier día volvía a llamarle Flora.

Mementos emocionados

Siempre echaréis de menos a esa perra entrañable que se llamaba Mas

Siempre echaréis de menos a esa perra entrañable que se llamaba Mas

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Entonces en Madrid se vendían patitos y pollitos por la calle. Algunos de ellos teñidos de llamativos colores. Tu pato Canuto era sin embargo de ese amarillo natural que lucen sus crías hasta que su pelillo se transforma en pluma. A ver qué niño no queda encandilado cuando ve desfilar detrás de mama pata a un patito que se estira, agita sus alitas y corre a zambullirse después en el remanso de un arroyo. Alguien debió de ponerlo en tus manos como precioso regalo, y tú lo alojaste en tu casa sin permiso paterno.
-Pero…¿cómo se puede ser niño sin haber tenido un pequeño pato con el que puedes jugar a otra cosa?-debiste de pensar.
No eran tus padres muy partidarios de tener más animales en casa que Morito, un gato negro que ronroneaba junto al fogón de leña y afilaba sus uñas en las patas de la mesa de la cocina. Morito al menos cazaba ratones. Pero lo de tener un gato en un piso a ti te parecía vulgar, aburrido. Morito estaba allí desde siempre, como la salamandra que calentaba el hall, o el piano y la araña de la sala donde se recibían a las visitas. Canuto era otra cosa: su pico, como el de todos los patos, siempre parecía sonreir, y además te seguía por el pasillo como un perrito faldero. A la hora de desayunar, le subías a la mesa y zambullía su cuello en el tazón de Cola-Cao para atrapar los barquitos de pan. Como un numerito de circo, te morías de risa. Cuando te acostabas, lo ponías a dormir sobre un jersey junto a la cabecera de tu cama y acompañaba tu sueño.
Entonces creías que la felicidad estaba hecha de momentos como esos.
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A los cuatro o cinco días Canuto amaneció cojo. El entarimado del pasillo de tu casa era tan viejo que sus maderas no sólo crujían con estrépito, sino que había una librería que se inclinaba reverencialmente cuando alguien pasaba por delante de ella, porque el suelo se combaba a sus pies. Entre madera y madera había unas grietas más que notables. Sin embargo no recuerdas que el palmípedo quedara atrapado y herido por ellas, ni tampoco que Morito lo atacase, pues era ya un gato viejísimo, se pasaba el día durmiendo y probablemente no hacía ya ni por los ratones. Fuera cual fuere la causa, el resultado es que el patito cojo no volvió a despertar a tu lado. A la mañana siguiente había estirado la pata –nunca supiste si la dañada o la otra-definitivamente.
Te pusiste a llorar indignado, como si aquella muerte fuera el borrón más ignominioso en la hoja de servicios de Dios. La vida no podía ser tan trágica. Entonces empezaste a comprender que la desdicha sólo es una gavilla de amarguras como esa.
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La noche del 25 julio de 1955, en el huerto de manzanos de una casa de Somo, Cantabria, donde pasabas el verano con tu familia, abuelos incluidos, se perpetró un crimen horrible. Un gato penetró por el ventanuco de una casita medio abandonada que utilizabais para jugar a los proscritos y otros usos similares y asesinó a los dos conejitos que os acaban de regalar a tu hermano Carlos y a ti y que pernoctaban allí la noche de autos. Era inimaginable que la vida pudiera portarse tan cruelmente, pero fue así de implacable. Además, comprobaste entonces que el cine y la literatura mentían como bellacos: en las películas infantiles y en los libros que leías, los niños tenían animalitos y estos no se morían, y todos eran felices.
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Muertes incomprensibles, dolores tiernos. La Semana Santa debe por tradición cristiana ser luctuosa. El viernes santo se conmemora la muerte de Cristo en la la cruz. A esta efemérides se unió este año un par de días antes el fallecimiento de ese dios laico llamado Gabriel García Márquez.
Lo primero que te comprometiste al escuchar la noticia es que tú no le llamarías Gabo. No lo conocías personalmente, y te parecía un abuso de confianza, un deseo de aparentar coleguismo y complicidad cuando sólo te unía a él la admiración por su infinito talento y la fascinación por ese portento de imaginación que forjaron sus escritos. Tú no lo entrevistaste, no compartiste con él un solo viaje, simposio, o evento literario, no le saludaste jamás, ni siquiera lo viste más que en fotos o por la televisión. Leíste muchas de sus novelas, esa era toda tu relación con él. Luego se te ocurrió que la mejor muestra de respeto a su memoria sería no escribir más de nada, y menos de él: ¿no es ingenuo pensar que alguien pierda uno sólo de sus minutos en leerte a ti cuando tantos genios como el colombiano han llenado la biblioteca universal de páginas que son diamantes?
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Además, una mancha de mora con otra mancha se quita. Puedes dedicarle una meditación o, pero no es exactamente dolor lo que sientes cuando una celebridad que no es tu amiga se muere. Sí lo fue paradójicamente que el sábado santo, cuando la comunidad cristiana estaba a punto de celebrar la resurrección del Señor fuese a morir una perra llamada Mas, hermana de Tina e hijas ambas de una noble mastina. Por fidelidad, por bondad, por su paciencia al haber soportado durante muchos años sobre su corpachón y sin un mal respingo los juegos y travesuras de tus nietas y de todos los niños que por ella pasaron, y por la alegría con la que os recibía cuando llegabais a la casa que ella guardaba, formaba ya parte de tu paisaje de Candeleda y del retrato de tu familia. Qué mal trago, caramba.
Llegaste a pensar incluso si no sería inmoral llorar más por un can que por muchas personas que sí conoces y que, por ley de vida, van causando baja definitiva en tu entorno. Pero el alma humana es así de caprichosa, y a veces hace funambulismo sobre la lógica. Al día siguiente de la muerte de Mas- tan difícil de explicar a tus nietas, que lloraban a mares como tú antaño por tu pato Canuto y por tus conejitos asesinados- las niñas ponían flores sobre la tumba de la perra. Puede parecer un homenaje pueril y absurdo. Aunque no lo será tanto como dividir las cenizas de García Márquez entre Méjico y Colombia, algo que huele a fetichismo interesado y no casa en nada con el realismo mágico del gran creador desaparecido.

El costalero varado

Si te lo permitiera tu espalda a tí también te hubiera gustado estar ahí, soportando el dolor de la Pasión...

Si te lo permitiera tu espalda a tí también te hubiera gustado estar ahí, soportando el dolor de la Pasión…

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Tu abuelo Pablo te dijo un día que para ver si llovía en Madrid había que fijarse en el fondo oscuro del portal y los balcones de la casa de enfrente.
-Así se distinguen las gotas perfectamente- te explicó..
Recuerdas que aquel Viernes Santo llovía tantísimo que esas oscuridades rectangulares se jaspearon de gris. Y el día se puso tremendo. Parecía que el cielo entero desaguaría en un ratito, que el agua que ya no absorbían las bocas de las alcantarillas subiría de nivel hasta el tercer piso desde donde mirabas, y que por la puerta de Alcalá, que quedaba al fondo de tu calle, iba a aparecer flotando de un momento a otro el Arca de Noé.
-¡Ahí va, Dios!- debiste de pensar- Mamá y papá en la calle…
No sabías en qué ceremonial de la Semana Santa estaban. ¿Haciendo las estaciones, en una procesión o en los oficios, en el Sermón de las Siete Palabras, encendiendo cirios pascuales, haciendo sonar las carracas?… Tú te hacías un lío con todos los ritos y las tradiciones, pero el caso es que no estaban en casa, y si no volvían pronto seguramente se los tragaría el Diluvio Universal.
Así que como eras niño y esa suerte te angustiaba, cumpliste como un buen cristiano en Viernes Santo y te echaste a llorar.
2
Un jueves santo sin embargo descubriste emocionado las gambas al ajillo. Quizá no fuera lo más indicado para este día, pero el calendario litúrgico no consigue embridar todas las pulsiones del alma, y a veces estas cosas ocurren. Por lo que te contaron, ese día era de bien comer, no como el Viernes Santo, de obligado ayuno y abstinencia. Tú recuerdas que un jueves santo tu madre cocinó unas gambas al ajillo. A ti te entusiasmaron. Fue el segundo sabor de mayores –el primero fue el del jamón serrano- que descubriste, y desde entonces los jueves santos en lugar de oler a la cera de los cirios, a incienso, a flores de azahar, de romero y tomillos, fragancias todas muy de la Pasión, te traen el inconfundible aroma de las gambas al ajillo que aquel día, excepcionalmente, preparó tu madre. No es una evocación muy cristiana, pero sí muy humana.
Además, ya anticipaste que para ti la Semana Santa y la Pasión de Cristo eran un auténtico lío. No habías visto todavía Quo Vadis, ni La túnica sagrada, ni mucho menos Ben Hur para que te aclarasen las cosas, y a ti se te mezclaban las enseñanzas del colegio, evangelios, ritos, nombres de buenos y malos y estampas más bien terroríficas del largo camino hacia el Calvario: el gallo que canta tres veces dejando con el trasero al aire al Pedro, por negar al Maestro, la Última Cena, que si la oración en el huerto de Getsemaní, el pobre Malco desorejado, que si la flagelación, que si la corona de espinas, Ecce Homo, Anás y Caifás, la Verónica, Simón Cireneo, el lanzazo, José de Arimatea, Dimas, el buen ladrón.
Y al final, Dios mío, por qué me has abandonado, en tus manos encomiendo mi espíritu, el Rey de los Judíos eleva sus ojos al cielo, inclina la cabeza y expira. Y entonces tiembla la tierra, la ira de la naturaleza desatada, el velo del templo de Jerusalén que se rasga, los muertos que resucitan…
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Jesús murió a las tres de la tarde del viernes santo. Aunque las más de las veces ese día te pillaba en el campo con tus primos y nadie os iba a reprochar por ello, no se podía cantar a partir de ese momento. Antes, las imágenes de las Iglesias se habían tapado, y entretanto, por las ciudades y pueblos de toda España, desfilaban pasos, Cristos, Dolorosas apuñaladas, vírgenes de todos los nombres, penitentes, cofrades, nazarenos, legionarios levantando al crucificado con marcial arrogancia, alabarderos, coraceros a caballo, guardias civiles con los mosquetones a la funerala y, al frente, autoridades eclesiásticas, civiles y militares con cara de contrición bastante imperfecta.
A ti no te llevaban mucho de procesiones. La que mejor recuerdas era una en la que un caballo se desbocó y armó la gorda. Tampoco todo era sufrimiento: te encantaban las flores, las rosquillas y los tirabuzones de harina frita típicos de estas fechas.
Los duelos con dulces siempre son menos.
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No estaba tan extendido entonces eso de convertirse en místico de la noche a la mañana para acudir a tu pueblo y a tu cofradía, embutirte el capirucho, sacar en andas a la imagen de tu devoción y levitar. Aunque el resto del año fueras un católico no practicante o incluso un conspicuo ateazo. Ese fervor íntimo y legítimo del creyente no era televisado, ni jaleado en la radio y en los periódicos, ni recomendado en los programas vacacionales y en las guías “por ser de interés turístico”, expresión que chirría cuando se ve sobre los clavos de Cristo. Casi nada era igual que ahora. Así y todo, creyente desflecado de bastantes creencias, te hubiera gustado que en algún momento de tu vida tu fe hubiera sido lo bastante robusta para sostener sobre tus hombros al crucificado con la dignidad que se merece.
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No va a poder ser. Despiertas este viernes con la espalda crujida y lastimera, como si hubieras cargado ya con todos los pasos de esta semana santa. Sólo has podido ir del jardín al gallinero, recoger los huevos, escuchar el trinar de los pájaros y el murmullo del regato y gozar de la luz y del paisaje de este luminoso viernes santo en Candeleda. Y, entre unas cosas y otras, escribir a ráfagas este post.
Difícil trenzar en él estas impresiones con el misterio de la resurrección y muerte de nuestro Señor Jesucristo, y expresar tu respeto por su celebración y, con ella, tu esperanza. Pero por voluntad que no quede. Al menos cuentas con el atenuante de ser un nazareno simbólico. O, más exactamente, un costalero varado.

Muti en Toledo y Bruckner en Candeleda

Se puede hacer cultura en todos los niveles. Con Muti y Verdi en Toledo, o haciendo sonar a Bruckner en Candeleda...

Se puede hacer cultura en todos los niveles. Con Muti y Verdi en Toledo, o haciendo sonar a Bruckner en Candeleda…

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Te llama tu admirada amiga Lucila y te cuenta que, por un despiste, su marido ha rechazado la invitación a “un concierto en Toledo este sábado” y ha preferido perderse en su finca de Extremadura. Reconoces que si a ti te lo cuentan así tu reacción hubiera sido la misma. Tienes muy presente que otros amigos residentes en Barcelona, habían reservado su visita a la gran Exposición El Griego de Toledo el fin de semana anterior y se encontraron con un avispero de turistas.
-Prefiero ver cualquier apóstol del Greco a solas-que contemplar El entierro del Conde de Orgaz con medio aforo del Nou Camp resoplando a mis espaldas- debieron de pensar.
Lo entiendes y lo compartes. Toledo siempre estará ahí. Hay pinturas del Greco en cantidad de museos y conventos españoles. Y el encuentro entre la obra de arte y el espectador exige un mínimo de sosiego, de intimidad y de respeto por el silencio imposible en esos eventos culturales a los que inmediatamente se les abrocha el flujo de visitantes que provocan. ¿Dónde va Vicente? Naturalmente, donde va la gente. La realidad es que el marchamo de calidad de una exposición para la inmensa mayoría es precisamente eso, que se encuentra allí con otra inmensa mayoría, y eso da confianza y compensa su esfuerzo.
-Algo tendrá el Greco, cuando tantos lo bendicen –se consuela luego el turista mientras se abanica y ¡por fin! se enfrenta a solas en el velador con una jarra de cerveza.
De la masa para ver maravillas, líbrame Señor. Ya me encontraré con ella en ese Juicio Final que, por cierto, también pintó Theotokópulos.
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Y, sin embargo, esta vez tu amiga Lucila tenía razones para mosquearse. El concierto no era uno de tantos, sino un Requiem de Verdi dirigido por Ricardo Muti en la Catedral de Toledo. Y precisamente en honor del Greco. Tú lo cantaste una vez en el Auditorio Nacional y aún se te ponen los pelos punta recordando su inicio, un pianísimo tenso, sobrecogedor y emocionante. Volverías a cantarlo aunque fuera por el alma no ya del gran pintor, sino del mismísimo Nerón si te lo pidieran, pues la ventaja de la gran música es que trasciende de cualquier circunstancia, e independientemente de su estilo y de sus intenciones establece una relación particularísima de la sensibilidad humana con lo que suena. Puede que resulta una gilipollez tu metáfora, pero hacer música–dirigir, tocar, cantar e incluso escucharla – es tan satisfactorio o más que hacer el amor.

Luego, además, no tienes que añadir ni una palabra.
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Ricardo Muti es un purasangre de la dirección orquestal: carácter, genio, figura. Cualquiera que es capaz de estudiar una partitura y conducir puntualmente su ejecución ya merece tu admiración. Pero el lúcido e irónico discurso suyo cuando en 2009 recibió el premio de Músico del Año de la revista Musical América –no se lo pierdan si aman la música y disponen de nueve minutos para pinchar You Tube– explica magníficamente por qué tantos hemos soñado en un momento de nuestra vida con ser como Muti. En términos de pura gratificación espiritual, la suya debe de ser la profesión mejor pagada del mundo.
Quien le ha visto sobre el podio habrá imaginado en él a un mosquetero, y en su batuta a un florete que se bate por la música y la cultura. Más recientemente, después de dirigir el Va pensiero de Nabucco en Roma, el director napolitano tuvo las agallas de detener la representación, reprocharle a Berlusconi, que seguía la función desde un palco, sus recortes presupuestarios en cultura y animar al público después a repetir con el coro el famoso lamento de los esclavos sin patria. Su mensaje en la celebración del 15o Aniversario de la Unidad de Italia era valiente y claro:  sin cultura no hay identidad. Sin ese alma colectiva…¿quién puede hablar de patria?
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¿Recorto –aún más- servicios sociales, sanidad o pensiones, o le meto la tijera a Cultura, Educación e I+D? La opinión generalizada, incluso sabiéndose que la manta presupuestaria es demasiado corta para cubrir cabeza y pies, es que no hay recortar más que el coste de los políticos. Y en ningún caso la cultura, que produce tantas estrellas y que encandila por igual a ilustrados e ignorantes. Tener que despejar esa duda es una de las múltiples razones por las que estás encantado de no ser Rajoy. Cuando eres pueblo, se te comprende el derecho a la utopía. Si no eres pueblo, pero sí comunicador a la page, la utopía es obligada. Si eres el baranda del gobierno, guardas la utopía en el desván y miras a la despensa.
En el erial que según los más catastrofistas es hoy la cultura en España –como si lo demás fuera una fiesta—tú disientes ligeramente y apuntas signos esperanzadores. Mientras Requiem de Verdi y Muti eran gran noticia en Toledo, a 145 kilómetros de allí, en tu querido pueblo de Candeleda, que nunca fue nada parecido a Salzburgo ni a Bayreuth, José Antonio Muñoz de la Calle dirigía a la Coral Polifónica del pueblo y a un jovencísimo Grupo de Cámara Consort que debutaba en un concierto de música sacra con obras de Gounod, Victoria, Telemann, Vivaldi, Frisina y Anton Bruckner.
Te impresionó sobre todo escuchar un hermoso, y para ti desconocido Agnus Dei de Bruckner en el pueblo donde antaño la música corría a cargo sólo de las rondallas populares. Bruckner en Candeleda, sin apenas presupuesto, sin IVA especial, pero con buen gusto, ilusión y trabajo. Será un milagro, pero lo cierto es que la cultura del pueblo fluye a pesar de los políticos y de los predicadores.

Una ucronía catalana

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La historia había reservado esta fecha para nosotros –se dijo Magín orgulloso cuando recibió los resultados de la votación. Se sentó en una silla, puso su cartera de pie sobre sus rodillas, inclinó la cabeza sobre ella y se echó a llorar. Un observador insensible hubiera creído que sus lágrimas eran convencionales, agua y sal como las derramadas por cualquier lacrimal, pero él sabían que cada gota se descomponía en diminutas moléculas, que las había de color rojo y amarillo, y que cuando resbalaban por sus mejillas iban trazando sobre su rostro la inconfundible huella de la Senyera. Se sacó el pañuelo del bolsillo de su chaqueta y se las enjugó. El pañuelo, como el algodón, tampoco engañaba: eran lágrimas de emoción, pero inconfundiblemente catalanas Se levantó y buscó el cuarto de baño, levantó la tapa de la taza del retrete y se dispuso a orinar. El chorrito, como si fuera el de la fuente de Montjuich, también se descomponía en estrechas rayitas de líquido rojo y amarillo.
-¡Y no me escuecen!..-gritó jubiloso- No son las hematurias que de vez cuando bien me joden…¡Es que hasta mis riñones depuran catalanidad!…
Se lavó las manos, se refrescó el rostro, se miró en el espejo. No cabía en sí de felicidad. Sacó de su bolsillo el teléfono móvil y marcó el teléfono de la Nuria.
-¡Hemos triunfado, nena!- dijo entre sollozos-¡Ya podremos ser lo que queramos!…Pero no se lo digas al hereu, déjame que sea yo el que le dé la gran noticia.
2
El plan había funcionado a la perfección. El comando secreto del FRENCOÑAR (Frente de Encoñados con la Autodeterminación y el Referéndum) había desplegado todos sus efectivos una semana antes en la capital del Reino. Valiéndose de una red de Mataharis y Philbys de nueva generación que actuaron con una meticulosidad, una discreción, una imbatible capacidad de seducción y una inteligencia excepcionales, habían conseguido inocular en los botellines de agua mineral de todos los representantes de los partidos opuestos a su proyecto un compuesto químico que durante veinticuatro horas alteraba sus facultades volitivas, y necesariamente les impelía a votar en contra de sus convicciones. Al fármaco le llamaron coloquialmente Arturina, y no tenía más efecto secundario que el dejar en los diputados la misma sonrisa autocomplaciente, como de soyelreydelmamboysonríoporquemesaledelníspero, que el ausente Molt Honorable President de la Generalitat exhibía en todas sus comparecencias públicas. En el momento de emitir su voto, un par de diputados del partido del gobierno llamaron tía buena a la diputada Pilar Rahola, y tres diputadas de la coalición ITAI (Irredentos y Tocapelotas por la Autodeterminación Imposible) hicieron ojitos a Rajoy y a Rubalcaba mientras les lanzaban besos y les piropeaban con epítetos como cachas y macizos, pero según el Observatorio de la Igualdad y de la Dignidad en los usos parlamentarios dichas actuaciones no restaban validez alguna a la votación. Por la misma razón tampoco se anuló el voto de un diputado en cuyo índice de la mano alzada se distinguía perfectamente un moco verduzco, ni el de otro padre de la patria que aprovechó el mismo gesto para hacer una peineta con incierto destino

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El caso es que, contra todo pronóstico, la propuesta del Parlamento de Cataluña para organizar una consulta secesionista salió triunfante. Y el cerebrín Magín, diseñador y ejecutor de la hábil estrategia de persuasión contra la intransigencia española, pudo al fin vivir su momento de gloria.
3
Cerebrín Magín estaba tan ahíto de triunfo que prefirió desmarcarse del resto de su equipo y volver sólo en el AVE. Hasta Zaragoza sólo pudo sestear, soñando el primer desfile que festejaría a la nueva nación que inevitablemente saldría del referéndum. De Zaragoza a Lleida anotó pequeños problemas sin importancia que el nuevo gobierno habría de resolver para demostrar que la independencia tenía sentido. Cómo convencer a Europa de que ganaban un nuevo socio, cómo remendar el agujero de la deuda y el déficit, cómo poner en marcha una sanidad, una educación, una justicia y una defensa propias, cómo relanzar la economía, cómo acabar con el paro, cómo pagar la pensión de la yaya, cómo convencer al Estado de que el Barça debería jugar por el momento la Liga española…
Ah, el Barça…Habían sido sus últimas temporadas deslumbrantes el mejor argumento para que su pequeño Maginet, el hereu, entendiera lo que significaba la Catalunya triomfant que se canta Els Segadors. Y el noy lo entendería, claro que entendería que, pudiendo elegir lo que sus ciudadanos quieren ser, Cataluña sería la soñada por los nacionalistas de toda la vida.
4
La capital estelada respiraba euforia. Pero Magín sólo quería llegar cuanto antes a su casa para abrazar a su pequeño y anunciarle la gran noticia por la que tanto había luchado.
-¡Maginet! –clamó el cerebrín abriendo los brazos al nen que le recibía con la samarreta del Barça- ¡Ya podemos celebrar el referéndum!…Ya podremos elegir la patria a la que queremos pertenecer.
El heréu se llevó el dedo a la boca, pensativo.
-¿Qué no lo entiendes, noy?-dijo el gran estratega sacudiendo al niño por los hombros.
El chico entonces se volvió de espaldas y le mostró al padre el nombre  estampado al dorso de su camiseta de su gran ídolo del Barça, el hombre que posiblemente más hecho por la gloria de Cataluña en los últimos años.
-Entonces, pare…-preguntó el hereu sonriendo como un ángel- ¿ja podrem ser de Fuentealbilla como el Iniesta?

La muertoterapia

Dales Señor descanso eterno y ahórrales eseas elegías que casi producen vergüenza ajena y sólo aprovechan a los que quedamos vivos...

Dales Señor descanso eterno,  y ahórrales esas elegías que casi producen vergüenza ajena y sólo aprovechan a los que quedamos vivos…

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-Nunca se ha hablado bastante del efecto catártico que ejercen en la sociedad los muertos gloriosos-pensó Francisco mientras apuraba su café matinal.
El profesor de psicología repasaba los periódicos y, al mismo tiempo, ordenaba sus ideas. Primero, qué es eso de los muertos gloriosos: así llamo a los personajes ilustres que, cuando fallecen, desatan el sentimiento unánime de la masa que redime sus miserias morales exaltando con desmesura los valores y los méritos del que ha fallecido.
Los editoriales y columnas de la prensa escrita, y todos los comentarios de la radio y la la televisión avalaban su tesis. No es que toda España se hubiera pronunciado en el mismo sentido, asegurando que el muerto ilustre era lo mejor de lo mejor, sino que además organizaciones habitualmente poco complacientes como la Diputación de la Bajeza de España, las Reales Maestranzas de Villanía, la Hermandad del Demoníaco Refugio y otras como Bellacus Mundi, Desalmados sin Fronteras, AIR (Amargados Irredentos) y la APHPP (Academia Panamericana de Hijoputas Pase lo que Pase) habían expresado su admiración, rayana en la devoción, por la figura del extinto prócer.
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Segunda idea que subrayo-anotó el profesor-: la sociedad necesita este tipo de muertes gloriosas para lavar su mala conciencia sin correr el riesgo de que el elogiado se ponga gallito. Está claro, el muerto al hoyo, y el vivo al bollo. Si alabo a quien se lo merece en vida, estoy fortaleciendo a la competencia, porque igual se crece y me pisa el terreno, no me jodas. Mejor espero a que sea completamente inútil para canonizarle, que los santos lucen mucho y no incordian nada. Luego habrá himnos, banderas al viento, lágrimas, cerillas encendidas cuando algún cantautor estrene una balada invocando su nombre…Definitivamente, si no hubiera gloriosos así, habría que inventarlos.
Hace unos meses había sido Nelson Mandela, ahora el último era Adolfo Suárez. El país lloraba, pero curiosamente, unido en el dolor que incluso puede que fuera sincero, se sentía más digno, mejor moralmente. Los muertos ilustres subían la autoestima colectiva y, al cabo, reforzaban los cada vez más frágiles lazos que aún unían a la patria.
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Tercera idea con la que concluyo- resumió el psicólogo Francisco. En esta sociedad tan sensible y tan afligida por toda clase de males que fustigan a la psique, habrá que considerar a la muertoterapia y hablar de sus benéficos efectos en la moral individual y colectiva. Dónde caerá el próximo muerto ilustre, que no quiero perderme el velatorio. Dónde me publicarán la emotiva necrológica en la que pienso decir que le admiraba profundamente, y que tuve la suerte de compartir muchas cervezas y raciones de patatas bravas con él. Quién me sacará la foto, visiblemente compungido en su funeral. Y cuándo se va enterar el personal de una puñetera vez de lo importante que es este menda, a quien, aunque no lo confiese en su testamento, el ilustre fallecido conocía y apreciaba de corazón.
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La teoría de la muertoterapia fue recibida con cierta sorpresa por sus alumnos, aunque alguno después de la clase se le acercó para decirle que sí, que tenía razón, que al pueblo los muertos famosos le gustan más que a un tonto un lápiz, y que movilizan casi tanto como las estrellas del fútbol o del rock. No obstante el profesor de psicología quiso ir más lejos. ¿Por qué reservar el ditirambo sólo a los difuntos, y no a quien de verdad los puede apreciar? Entre sus amigos de la beautiful people, donde era muy bien recibido porque era el único que ni procedía de la oligarquía de la banca, o del ladrillo ni era un hijo de la efímera cultura del pelotazo, Dotita Pitruejo, creadora de tendencias donde las hubiera, comentó un día que nada le gustaría más que morirse un ratito para escuchar y ver por el rabillo del ojo su velatorio. Así que, después de avanzarle su nueva teoría, Francisco le propuso que en lugar de convocar a sus amigos más distinguidos a jugar al bridge, al paddle, a celebrar merendolas benéficas o a hacer teatro, ofreciera sesiones de muertoterapia activa.
-Cada sesión se elige un muerto ad hoc –le explicó Francisco- y en torno a su figura se inicia la catarsis mediante la idealización del difunto. Porque todos somos tan maravillosos como nos propongamos serlo.
A Dotita la idea le pareció como colosal, y animados por ella, el ramillete de gente guapa se puso de acuerdo en matar cada semana a uno de la pandi, figuradamente hablando, para colocarlo en un féretro futurista diseñado por Calatrava y vestido por Agata Ruiz de la Prada y durante un par de horas colmar sus oídos y su ego con elogios desmedidos que los demás miembros del selecto club debían improvisar en prosa, en verso o incluso en bellos cánticos, siempre que éstos no sonaran demasiado a guitarreo parroquial, que quedaba muy hortera. Las normas de estilo imponían algo de verosimilitud en los comentarios y elogios, tampoco demasiado. Pero desde luego estos debían provocar un subidón en el ánimo del muerto eventual y, por añadidura, en el resto de los invitados, que se sentirían orgullosos  de haber conocido tan de cerca ese gran personaje por el que lloraban desconsoladamente.
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Las sesiones de muertoterapia de Dotita se hicieron tan famosas y solicitadas como fueron las lentejas de Mona Jiménez durante la Transición, y el ser propuesto como moriturus ad laudatio se empezaba a cotizar como entrar en una lista de ministrables, de futuros candidatos al consejo del BBVA o a los premios Príncipes de Asturias. Pero después de unas cuantas muertoterapias al psicólogo se le empezó a indigestar su ocurrencia. Además de encontrar en el experimento nuevos datos que avalaban la necedad y la frivolidad del género humano, nada desde que comenzó a pergeñar su método iba bien. No era sólo que le hubiera abandonado su mujer y que no se entendiera con sus hijos, ni que hubiera perdido las elecciones al decanato, ni que su antigua profesora auxiliar le acorralase reclamando la paternidad del hijo que esperaba, ni que le acabaran de comunicar que el acta de la Inspección de Hacienda  le reclamaba más de 45.000 €. Ni tampoco que su mejor amigo le hubiera estafado el resto de sus ahorros, ni que la jipija de Dotita, con la que había coqueteado y que sí le gustaba de verdad, le plantara diciendo que vaya chorrada lo de la muertoterapia, cómo voy a enrollarme con un tío tan siniestro. Tampoco era el desprecio que adivinaba en la corte de Dotita, pues quién se creerá ese profesor tan redicho, como si enseñar psicologíca fuera de lo más cool, ¿no te digo? Esas son chorradas. Era, sobre todo, que había perdido la fe en si mismo y el interés por el mundo, y que sentía que se le estaba parando el fuelle de la vida.
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De tal manera que, cuando le llegó el turno, y aunque el numerito le parecía una mascarada propia del personaje de La gran belleza, aceptó su nombramiento de moriturus y descorchó una botella de champán francés para brindar con Dotita y sus amigos antes de despedirse, meterse en el ataúd y hacer como que se moría beatíficamente mientras empezaban a alegrar sus oídos las elegías de rigor.
Jo, daba gusto morirse así- se dijo- Con lo calamitosa y estúpida que ha sido mi vida, con las granujadas que he hecho y lo majadero de mi comportamiento, con lo poco que significo para este hatajo de pijolondrones y aún pueden decir de mi que soy un talento, un genio, un modelo de ciudadanía y de caballerosidad y un espejo de virtudes. Cuánto te echaremos de menos- escuchó- Tócate los cojones, Paco: qué buenos somos todos después de muertos…
Afortunadamente nadie se había percatado de las pastillas que se tomó antes del brindis final. Nadie sabía por tanto que aquel velatorio de mentirijillas con su repertorio de pomposos elogios fúnebres se hacía excepcionalmente por uno que iba a morir de verdad.

En la orsa

Cuando sube la fiebre aparece cada pesadilla...

Cuando sube la fiebre aparece cada pesadilla…

1
Ibas al Metropolitano con tu amigo Antonio Muñoz-Rojas , que era también atlético, y no veías mucho fútbol de postín, pero sí que tomabais nota del habla del personal.
-¡Eh, árbitro!…denunciaba uno a voces apuntando a un jugador adelantado- ¡Que ese está en la orsa!
Estar en la orsa era en castizo estar en off side, lo que luego se tradujo como estar fuera de juego. A ti te hacía gracia aquella expresión. Era la forma más hortera de estar en la luna, o en Babia, que independientemente de lo que significan se emplean para decir estar ausente, con la cabeza en otra cosa, fuera de juego. En la orsa, vaya. A ti te ha caído un gripazo y todo lo ves y lo sientes como si estuvieras en la orsa. Se interpone entre la realidad y tu capacidad de percepción una nube de somnolencia insuperable donde se mezclan palabras, hechos, recuerdos, deseos, imágenes, problemas, frustraciones y estímulos sensoriales de todo tipo que pasan a toda velocidad por tu cerebro. Quieres aterrizar en el mundo, y no puedes. Quieres concentrarte en algo, y tampoco puedes. Quieres reanimar el blog, y te vence la molicie. El sueño de la razón producirá monstruos. El de la fiebre se conforma con desplomarte las entendederas y servirte una sarta de disparates inexplicables.
2
El domingo aún tenías ganas de contar algo más de tu viaje musical a Alemania. Nunca aspiras a ser un cronista de viajes en profundidad, pero algunas apreciaciones contra tópico sí que reclamaban tu atención. Por ejemplo, el tren de Eisenach a Leipzig partió de la estación con…¡veinte minutos de retraso! Y nadie dio ninguna explicación. Por ejemplo…¿quién puede imaginar que en un hotel de lujo alemán no sepan lo que es la banda ancha? Por ejemplo, no crea usted que en el civilizadísimo país que es la locomotora de Europa todo el mundo maneja el inglés como segundo idioma. La buena gente de Eisenach, que por unos kilómetros quedaba dentro de la antigua zona oriental, no parecía mucho mejor angloparlante que el españolito medio. La división desapareció, pero no todas las ciudades alemanas están al mismo nivel de progreso y bienestar.
3
Alguien inventó después de la Segunda Guerra Mundial lo del “milagro alemán”. Uno se alimenta de simplificaciones, y tú también, después haber visto ese documental de treinta y seis horas de la BBC que lleva por título El mundo en guerra-de visión obligada para que todos los jóvenes de ahora sepan a dónde conducen los totalitarismos-te quedas estupefacto al ponderar cómo después de la hecatombe pudo Alemania resurgir de sus cenizas. En un momento dado, el paradigma de la perfección en la tecnología y el desarrollo era alemán. Hasta en los juguetes, que era quizás el único capítulo que dominabas: Marklin en los trenes eléctricos. Schuco y Gama, coches y camines grúa. Lo de la marca Marklin se lo escuchaste por primera vez a tu primo Juan, que era uno de tus referentes, aunque cuando mejoró de fortuna ya no tenía edad de trenes eléctricos, y lo que se compró fue un Mercedes.
Estos recuerdos se agolpaban en tu cabeza cuando el domingo, aún con los ecos de la Pasión San Mateo de J.S. Bach resonándote por dentro, coincidiste con la nutrida familia Muñoz, acérrimos atléticos de la calle Embajadores, viendo el magnífico partido en el que el Atlético de Madrid ganó por 1-2 al Athletic Club de Bilbao. Hace tiempo las noches de fiebre soñabas pesadillas que se parecían a los cuadros más surrealistas de Dalí: relojes derretidos, elefantes-trombones, muñones flotando en el aire, riñones enloquecidos buscan su sitio en el crepúsculo, caballos hipertiróidicos con patas de chicle y visiones apocalípticas como la del Gran Masturbador. Ahora, la merdé onírica era aún más heterogénea e inexplicable, pues por ahí desfilaban los asistentes al funeral de Adolfo Suárez, a los que acababas de ver por la tele, tu primo Juan con su locomotora Marklin, un par de alemanes de la Wermacht tal como los pintaba el tebeo Hazañas Bélicas ocupando tu asiento en el tren a Leipzig, y la familia Muñoz, que normalmente corea Aleti, Aleti, cantando contigo y con Diego Costa  Sint blitze, sint donner, acaso la coral de la Pasión bachiana más difícil que aún sonaba en tus labios sonámbulos cuando despertaste con la camisa del pijama empapada en sudor.
O sea, el despiporren.
4
Todo lo cual quiere decir que estás en la orsa, que te anulan la gripe y el dolor de espalda, que no estás para nada serio, Y que sólo escribes esta entrada para dar fe de vida, y echarte después en brazos de la bendita modorra que te empieza a invadir cuando suben las décimas.


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