La muertoterapia

Dales Señor descanso eterno y ahórrales eseas elegías que casi producen vergüenza ajena y sólo aprovechan a los que quedamos vivos...

Dales Señor descanso eterno,  y ahórrales esas elegías que casi producen vergüenza ajena y sólo aprovechan a los que quedamos vivos…

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-Nunca se ha hablado bastante del efecto catártico que ejercen en la sociedad los muertos gloriosos-pensó Francisco mientras apuraba su café matinal.
El profesor de psicología repasaba los periódicos y, al mismo tiempo, ordenaba sus ideas. Primero, qué es eso de los muertos gloriosos: así llamo a los personajes ilustres que, cuando fallecen, desatan el sentimiento unánime de la masa que redime sus miserias morales exaltando con desmesura los valores y los méritos del que ha fallecido.
Los editoriales y columnas de la prensa escrita, y todos los comentarios de la radio y la la televisión avalaban su tesis. No es que toda España se hubiera pronunciado en el mismo sentido, asegurando que el muerto ilustre era lo mejor de lo mejor, sino que además organizaciones habitualmente poco complacientes como la Diputación de la Bajeza de España, las Reales Maestranzas de Villanía, la Hermandad del Demoníaco Refugio y otras como Bellacus Mundi, Desalmados sin Fronteras, AIR (Amargados Irredentos) y la APHPP (Academia Panamericana de Hijoputas Pase lo que Pase) habían expresado su admiración, rayana en la devoción, por la figura del extinto prócer.
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Segunda idea que subrayo-anotó el profesor-: la sociedad necesita este tipo de muertes gloriosas para lavar su mala conciencia sin correr el riesgo de que el elogiado se ponga gallito. Está claro, el muerto al hoyo, y el vivo al bollo. Si alabo a quien se lo merece en vida, estoy fortaleciendo a la competencia, porque igual se crece y me pisa el terreno, no me jodas. Mejor espero a que sea completamente inútil para canonizarle, que los santos lucen mucho y no incordian nada. Luego habrá himnos, banderas al viento, lágrimas, cerillas encendidas cuando algún cantautor estrene una balada invocando su nombre…Definitivamente, si no hubiera gloriosos así, habría que inventarlos.
Hace unos meses había sido Nelson Mandela, ahora el último era Adolfo Suárez. El país lloraba, pero curiosamente, unido en el dolor que incluso puede que fuera sincero, se sentía más digno, mejor moralmente. Los muertos ilustres subían la autoestima colectiva y, al cabo, reforzaban los cada vez más frágiles lazos que aún unían a la patria.
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Tercera idea con la que concluyo- resumió el psicólogo Francisco. En esta sociedad tan sensible y tan afligida por toda clase de males que fustigan a la psique, habrá que considerar a la muertoterapia y hablar de sus benéficos efectos en la moral individual y colectiva. Dónde caerá el próximo muerto ilustre, que no quiero perderme el velatorio. Dónde me publicarán la emotiva necrológica en la que pienso decir que le admiraba profundamente, y que tuve la suerte de compartir muchas cervezas y raciones de patatas bravas con él. Quién me sacará la foto, visiblemente compungido en su funeral. Y cuándo se va enterar el personal de una puñetera vez de lo importante que es este menda, a quien, aunque no lo confiese en su testamento, el ilustre fallecido conocía y apreciaba de corazón.
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La teoría de la muertoterapia fue recibida con cierta sorpresa por sus alumnos, aunque alguno después de la clase se le acercó para decirle que sí, que tenía razón, que al pueblo los muertos famosos le gustan más que a un tonto un lápiz, y que movilizan casi tanto como las estrellas del fútbol o del rock. No obstante el profesor de psicología quiso ir más lejos. ¿Por qué reservar el ditirambo sólo a los difuntos, y no a quien de verdad los puede apreciar? Entre sus amigos de la beautiful people, donde era muy bien recibido porque era el único que ni procedía de la oligarquía de la banca, o del ladrillo ni era un hijo de la efímera cultura del pelotazo, Dotita Pitruejo, creadora de tendencias donde las hubiera, comentó un día que nada le gustaría más que morirse un ratito para escuchar y ver por el rabillo del ojo su velatorio. Así que, después de avanzarle su nueva teoría, Francisco le propuso que en lugar de convocar a sus amigos más distinguidos a jugar al bridge, al paddle, a celebrar merendolas benéficas o a hacer teatro, ofreciera sesiones de muertoterapia activa.
-Cada sesión se elige un muerto ad hoc –le explicó Francisco- y en torno a su figura se inicia la catarsis mediante la idealización del difunto. Porque todos somos tan maravillosos como nos propongamos serlo.
A Dotita la idea le pareció como colosal, y animados por ella, el ramillete de gente guapa se puso de acuerdo en matar cada semana a uno de la pandi, figuradamente hablando, para colocarlo en un féretro futurista diseñado por Calatrava y vestido por Agata Ruiz de la Prada y durante un par de horas colmar sus oídos y su ego con elogios desmedidos que los demás miembros del selecto club debían improvisar en prosa, en verso o incluso en bellos cánticos, siempre que éstos no sonaran demasiado a guitarreo parroquial, que quedaba muy hortera. Las normas de estilo imponían algo de verosimilitud en los comentarios y elogios, tampoco demasiado. Pero desde luego estos debían provocar un subidón en el ánimo del muerto eventual y, por añadidura, en el resto de los invitados, que se sentirían orgullosos  de haber conocido tan de cerca ese gran personaje por el que lloraban desconsoladamente.
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Las sesiones de muertoterapia de Dotita se hicieron tan famosas y solicitadas como fueron las lentejas de Mona Jiménez durante la Transición, y el ser propuesto como moriturus ad laudatio se empezaba a cotizar como entrar en una lista de ministrables, de futuros candidatos al consejo del BBVA o a los premios Príncipes de Asturias. Pero después de unas cuantas muertoterapias al psicólogo se le empezó a indigestar su ocurrencia. Además de encontrar en el experimento nuevos datos que avalaban la necedad y la frivolidad del género humano, nada desde que comenzó a pergeñar su método iba bien. No era sólo que le hubiera abandonado su mujer y que no se entendiera con sus hijos, ni que hubiera perdido las elecciones al decanato, ni que su antigua profesora auxiliar le acorralase reclamando la paternidad del hijo que esperaba, ni que le acabaran de comunicar que el acta de la Inspección de Hacienda  le reclamaba más de 45.000 €. Ni tampoco que su mejor amigo le hubiera estafado el resto de sus ahorros, ni que la jipija de Dotita, con la que había coqueteado y que sí le gustaba de verdad, le plantara diciendo que vaya chorrada lo de la muertoterapia, cómo voy a enrollarme con un tío tan siniestro. Tampoco era el desprecio que adivinaba en la corte de Dotita, pues quién se creerá ese profesor tan redicho, como si enseñar psicologíca fuera de lo más cool, ¿no te digo? Esas son chorradas. Era, sobre todo, que había perdido la fe en si mismo y el interés por el mundo, y que sentía que se le estaba parando el fuelle de la vida.
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De tal manera que, cuando le llegó el turno, y aunque el numerito le parecía una mascarada propia del personaje de La gran belleza, aceptó su nombramiento de moriturus y descorchó una botella de champán francés para brindar con Dotita y sus amigos antes de despedirse, meterse en el ataúd y hacer como que se moría beatíficamente mientras empezaban a alegrar sus oídos las elegías de rigor.
Jo, daba gusto morirse así- se dijo- Con lo calamitosa y estúpida que ha sido mi vida, con las granujadas que he hecho y lo majadero de mi comportamiento, con lo poco que significo para este hatajo de pijolondrones y aún pueden decir de mi que soy un talento, un genio, un modelo de ciudadanía y de caballerosidad y un espejo de virtudes. Cuánto te echaremos de menos- escuchó- Tócate los cojones, Paco: qué buenos somos todos después de muertos…
Afortunadamente nadie se había percatado de las pastillas que se tomó antes del brindis final. Nadie sabía por tanto que aquel velatorio de mentirijillas con su repertorio de pomposos elogios fúnebres se hacía excepcionalmente por uno que iba a morir de verdad.

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4 Responses to “La muertoterapia”


  1. 1 Julia Yturriaga Matarranz abril 3, 2014 en 10:09 pm

    ¡Qué risas antes de irme a la cama con tus muertos y tus Dotitas! Lo cierto es que con tus relatos me solazo una barbaridad y siempre acabo pensando lo mismo “este Duende tiene una imaginación desbordante y nos lo cuenta como nadie” Felicidades!
    PD/ Doy por hecho que ya ha remitido tu malestar griposo. Un abrazo

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  2. 2 Franciska abril 4, 2014 en 6:31 am

    Ayer al aterrizar en Barajas , perdón en el aeropuerto, Adolfo Suárez .? Pensé ¿ cómo? Dónde nos llevan,, no me había enterado porque venía de China y allí sólo se entera uno del modelo del último teléfono móvil .Me quede pensando! en lo absurdo de la vida!, machacaron a D.Adolfo, en vida , y cuando aún podía enterarse , no se le dio lo que se le debía y merecía y ahora “el aeropuerto se llama como el” no creo que nadie podamos decir en nuestra generación,salgo mañana de Adolfo Suárez a las3 ,seguirá síendo Barajas Las medallas, los halagos ,el cariño , el respeto, el amor .en vida, siempre en vida.

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  3. 3 atticus 444 abril 7, 2014 en 12:26 pm

    Que veo que sigues en forma, forma… cuanto me alegro
    abrazos
    PP

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  4. 4 zoupon abril 10, 2014 en 11:30 am

    Esto de la muertoterapia estará vigente dentro de cincuenta años, con toda seguridad. Duende, cada día te pareces más a Julio Verne anticipando el futuro.

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