Mementos emocionados

Siempre echaréis de menos a esa perra entrañable que se llamaba Mas

Siempre echaréis de menos a esa perra entrañable que se llamaba Mas

1
Entonces en Madrid se vendían patitos y pollitos por la calle. Algunos de ellos teñidos de llamativos colores. Tu pato Canuto era sin embargo de ese amarillo natural que lucen sus crías hasta que su pelillo se transforma en pluma. A ver qué niño no queda encandilado cuando ve desfilar detrás de mama pata a un patito que se estira, agita sus alitas y corre a zambullirse después en el remanso de un arroyo. Alguien debió de ponerlo en tus manos como precioso regalo, y tú lo alojaste en tu casa sin permiso paterno.
-Pero…¿cómo se puede ser niño sin haber tenido un pequeño pato con el que puedes jugar a otra cosa?-debiste de pensar.
No eran tus padres muy partidarios de tener más animales en casa que Morito, un gato negro que ronroneaba junto al fogón de leña y afilaba sus uñas en las patas de la mesa de la cocina. Morito al menos cazaba ratones. Pero lo de tener un gato en un piso a ti te parecía vulgar, aburrido. Morito estaba allí desde siempre, como la salamandra que calentaba el hall, o el piano y la araña de la sala donde se recibían a las visitas. Canuto era otra cosa: su pico, como el de todos los patos, siempre parecía sonreir, y además te seguía por el pasillo como un perrito faldero. A la hora de desayunar, le subías a la mesa y zambullía su cuello en el tazón de Cola-Cao para atrapar los barquitos de pan. Como un numerito de circo, te morías de risa. Cuando te acostabas, lo ponías a dormir sobre un jersey junto a la cabecera de tu cama y acompañaba tu sueño.
Entonces creías que la felicidad estaba hecha de momentos como esos.
2
A los cuatro o cinco días Canuto amaneció cojo. El entarimado del pasillo de tu casa era tan viejo que sus maderas no sólo crujían con estrépito, sino que había una librería que se inclinaba reverencialmente cuando alguien pasaba por delante de ella, porque el suelo se combaba a sus pies. Entre madera y madera había unas grietas más que notables. Sin embargo no recuerdas que el palmípedo quedara atrapado y herido por ellas, ni tampoco que Morito lo atacase, pues era ya un gato viejísimo, se pasaba el día durmiendo y probablemente no hacía ya ni por los ratones. Fuera cual fuere la causa, el resultado es que el patito cojo no volvió a despertar a tu lado. A la mañana siguiente había estirado la pata –nunca supiste si la dañada o la otra-definitivamente.
Te pusiste a llorar indignado, como si aquella muerte fuera el borrón más ignominioso en la hoja de servicios de Dios. La vida no podía ser tan trágica. Entonces empezaste a comprender que la desdicha sólo es una gavilla de amarguras como esa.
3
La noche del 25 julio de 1955, en el huerto de manzanos de una casa de Somo, Cantabria, donde pasabas el verano con tu familia, abuelos incluidos, se perpetró un crimen horrible. Un gato penetró por el ventanuco de una casita medio abandonada que utilizabais para jugar a los proscritos y otros usos similares y asesinó a los dos conejitos que os acaban de regalar a tu hermano Carlos y a ti y que pernoctaban allí la noche de autos. Era inimaginable que la vida pudiera portarse tan cruelmente, pero fue así de implacable. Además, comprobaste entonces que el cine y la literatura mentían como bellacos: en las películas infantiles y en los libros que leías, los niños tenían animalitos y estos no se morían, y todos eran felices.
4
Muertes incomprensibles, dolores tiernos. La Semana Santa debe por tradición cristiana ser luctuosa. El viernes santo se conmemora la muerte de Cristo en la la cruz. A esta efemérides se unió este año un par de días antes el fallecimiento de ese dios laico llamado Gabriel García Márquez.
Lo primero que te comprometiste al escuchar la noticia es que tú no le llamarías Gabo. No lo conocías personalmente, y te parecía un abuso de confianza, un deseo de aparentar coleguismo y complicidad cuando sólo te unía a él la admiración por su infinito talento y la fascinación por ese portento de imaginación que forjaron sus escritos. Tú no lo entrevistaste, no compartiste con él un solo viaje, simposio, o evento literario, no le saludaste jamás, ni siquiera lo viste más que en fotos o por la televisión. Leíste muchas de sus novelas, esa era toda tu relación con él. Luego se te ocurrió que la mejor muestra de respeto a su memoria sería no escribir más de nada, y menos de él: ¿no es ingenuo pensar que alguien pierda uno sólo de sus minutos en leerte a ti cuando tantos genios como el colombiano han llenado la biblioteca universal de páginas que son diamantes?
5
Además, una mancha de mora con otra mancha se quita. Puedes dedicarle una meditación o, pero no es exactamente dolor lo que sientes cuando una celebridad que no es tu amiga se muere. Sí lo fue paradójicamente que el sábado santo, cuando la comunidad cristiana estaba a punto de celebrar la resurrección del Señor fuese a morir una perra llamada Mas, hermana de Tina e hijas ambas de una noble mastina. Por fidelidad, por bondad, por su paciencia al haber soportado durante muchos años sobre su corpachón y sin un mal respingo los juegos y travesuras de tus nietas y de todos los niños que por ella pasaron, y por la alegría con la que os recibía cuando llegabais a la casa que ella guardaba, formaba ya parte de tu paisaje de Candeleda y del retrato de tu familia. Qué mal trago, caramba.
Llegaste a pensar incluso si no sería inmoral llorar más por un can que por muchas personas que sí conoces y que, por ley de vida, van causando baja definitiva en tu entorno. Pero el alma humana es así de caprichosa, y a veces hace funambulismo sobre la lógica. Al día siguiente de la muerte de Mas- tan difícil de explicar a tus nietas, que lloraban a mares como tú antaño por tu pato Canuto y por tus conejitos asesinados- las niñas ponían flores sobre la tumba de la perra. Puede parecer un homenaje pueril y absurdo. Aunque no lo será tanto como dividir las cenizas de García Márquez entre Méjico y Colombia, algo que huele a fetichismo interesado y no casa en nada con el realismo mágico del gran creador desaparecido.

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5 Responses to “Mementos emocionados”


  1. 1 begoña abril 22, 2014 en 10:39 pm

    La vida es como la canción de Julio Iglesias “Unos que viene, otros que se van”… Hoy, que hace 23
    años que se fue mi padre, ha llegado mi quinto nieto que, por fin, ha sido niña. En resumen: sentimientos encontrados de alegría y tristeza. La vida misma.
    Enhorabuena Duende. Sabes describir muy bien los sentimientos. Besos.

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  2. 2 Ángela abril 23, 2014 en 4:51 am

    No es incompatible, se puede leer todo.
    Mucho ánimo!!.

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  3. 3 Pemberton abril 23, 2014 en 8:32 am

    Hoy, una vez mas , lo has clavado¡¡¡
    De paso te acompaño en el sentimiento por tu mastina fallecida y me uno a tu estupor por lo de las cenizas de Garcia Marquez.

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  4. 4 Antonio Perea abril 23, 2014 en 4:40 pm

    Recibe el testimonio de mi más enérgico rechazo a ciertas leyes de la naturaleza, Luis; sé por experiencia lo singular e inconsolable que es el dolor que se siente por nuestros animales de compañía. Un fuerte abrazo solidario.

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  5. 5 Fausto abril 26, 2014 en 9:21 pm

    “Cosas del señor” que dispone de lo que no sabemos si le duele.Tampoco sabemos si Mas era creyente.Pero noble como pocos amigos del hombre.Era sorprendente que no me ladrara aunque llegara de noche con la casa vacía.En mis paseos solitarios me acompañaba lo justo para mostrar los secretos de la finca y luego me entregaba al silencio secreto de los castaños.Porqué será tan dificil no querer a un perro y hacerse querer por una mujer.En un segundo suceden muchas cosas, yo vivo en un tercero y me entero de todo.
    La muerte de un perro se llora Mas.

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