Archivos para 28 junio 2014

El jardín de las sevicias

Cualquiera de los monstruitos de verano que uno se encuentra por el centro de Madrid podría tener cabida en los delirantes paisajes del BOSCO...

Cualquiera de los monstruitos de verano que uno se encuentra por el centro de Madrid podría tener cabida en los delirantes paisajes del BOSCO…

De vez en cuando el Creador enfocaba el catalejo a las playas de Río, de la Costa Azul y de California. También echaba un vistazo a las de los buenos hoteles de Marbella, de la Costa Brava, de las Baleares y de Comillas, donde igualmente abunda la gente guapa. No era picardía, injustificable en su caso. Era para consolarse.

-Quiero recordar que yo no hice el ser humano tan feo como se empeña en mostrarse cuando llega el verano- pensó mientras valoraba los cuerpos esculturales que se paseaban por allí.

El día anterior no había hecho más que disfrazarse de ciudadano perplejo y andar por el centro de Madrid. Santo cielo, qué espectáculo. Sabía que el concepto de belleza no es único ni universal, que las modas van conformando distintos estilos, y que para muchos la libertad y la comodidad del propio cuerpo están por encima de la estética. Pero no podía sospechar que con los calores, la modernidad liberase en tal forma su afición por el despelote y el feísmo. Pantalones piratas, calzones de lycra más y más cortos, chandals, barrigas al aire, camisetas de baloncesto, tatuajes hasta en los sobacos, crestas de puerco espín o penachos como el del casco de Escipión el Africano en las cabezas, gorduras prietas, morbosidades desparramadas, aretes y pendientes, sospechaba, hasta en la punta de la minga y en las simas del monte de Venus, torsos musculados y rostros pintados de arco iris predicando el orgullo Gay. En los pies, o deportivas o sandalias fraileras o chancletas. Mayormente chancletas. Daba igual que te asomaras al hall de un hotel de lujo, al estanque del Retiro, al ábside de San Francisco el Grande, a las salas del Museo del Prado o al Corte Inglés. Por doquier, el desprecio al decoro y también al prójimo, puesto que no a todos los que no son como nosotros les parece bien que el personal se luzca en la calle como si estuviera en el solárium de su casa.

-Demonios –dijo Dios llevándose las manos a la cabeza- ¿Y qué reservan ahora para la intimidad?…

Eran los encantos del verano, ya anticipadas por el Bosco en algunos de sus cuadros más famosos. Cualquiera de los guiris y paseantes que atiborran el centro de Madrid estos días de verano con el atuendo que imponen los tiempos podrían figurar perfectamente entre la chusma burlesca, los trasgos imaginarios y otros monstruos que aparecen camuflados en ese paisaje apocalíptico que es, por ejemplo, El jardín de las delicias.

-Eso sí –precisó el Creador visiblemente escandalizado- Teniendo en cuenta que esa carnavalada demuestra demasiada crueldad con la estética ciudadana, habría que llamar a este cuadro El jardín de las sevicias.

Lo ve el bloguero y de verdad que añora el bendito invierno. Tan frío, es verdad, pero tan digno tapándolo casi todo.

El mundo de Antonio

Fue un regalo inesperado, y tu cabeza empezó a dar vueltas como si fuera el globo terráqueo de tu amigo Antonio...

Fue un regalo inesperado, y tu cabeza empezó a dar vueltas como si fuera el globo terráqueo de tu amigo Antonio…

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Se te ha acabado el gel de afeitar. Ojalá no ocurra, pero esta bobada podría desencadenar el siguiente suceso: vas al supermercado a hacer la compra y cuando te pones de puntillas para alcanzar un nuevo bote de gel, que está colocado en el nivel más alto de la góndola, esta, no se sabe por qué, se vence sobre ti con todos los productos que exhibía y te derriba. Lamentablemente, al caer tu cabeza golpea la barra del asa del carro de la compra, que te esperaba detrás, y te desnucas. Llaman al SAMUR, que acude con la prontitud habitual, pero cuando se hacen cargo de ti te encuentran en parada cardíaca. No podías imaginar un final tan poco glorioso. Ya ven: morir por querer afeitarse.

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Y sin embargo estas cosas pueden pasar. Te habías encontrado esta mañana en el espejo del cuarto de baño con cara de rey abdicante, barba de dos días –a veces haces huelga de cuchillas los fines de semana- y rostro hinchado, porque desde la última ráfaga de radioterapia tomas Cortisona, y este fármaco despierta tu voracidad hasta límites insospechados. Tenías, en efecto, esa cara tan vista estos días, de pasmarote despistado. Qué hago ahora, cómo me siento, no se si estoy sano o regulín regulán, y ahora cómo lleno mis días, si ya he hecho la Declaración de la Renta, y esta semana, con el gran concierto del jueves 26 de junio a las 20 horas en Los Jerónimos, se te acaba el curso coral, y encima empieza el verano, que te gusta más bien poco. Además, recuerdas, eres un jubileta tocado, y aunque tu oncóloga te acaba de confirmar que sin novedad en el frente, o sea, que, dolores de espalda aparte, el tumor del pulmón está tranquilito, no sabes si es el come-come interior o el efecto de los medicamentos lo que te pone modorra y te quita alas a la imaginación. No escribes, paseas menos, peinas los periódicos sin detenerte en ellos, huroneas inquieto de aquí para allá y casi no das para más que ensayar tus cánticos y cumplir con los mandados pertinentes para la supervivencia. Tampoco duermes casi.

De tal manera que no te queda más remedio que caer en la nefasta manía de pensar.

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La semana había dado pábulo a muchas consideraciones, cada una de las cuales podría haber originado un post. La que más te ha sobrecogido sin embargo es la noticia de que un ciudadano de cincuenta y cuatro años murió aplastado por la rama de un árbol del Retiro. Tiene bemoles la cosa. Vas a buscar el sosiego de este maravilloso parque con tus hijos o tus nietas y de repente la rama de la vieja acacia que te daba sombra se quiebra, cae, te aplasta y te mata. Recuerdas la metáfora con la que los curas explicaban la muerte cuando eras niño: le llamó Dios a su presencia, decía la necrológica al uso cuando alguien moría.

Hay llamadas desconcertantes, ya lo crees. Te pones en el lugar de la mujer del fallecido, de sus hijos, de sus padres si aún viven, de sus amigos. Buscas al teólogo de turno, por saber cómo se encajan estos absurdos en el dificilísimo puzzle de la fe y de la causalidad final. Y cobra todo su vigor la lúcida frase que Lobo Antunes dejó caer, supones, ante un caso como este: el azar es el seudónimo que utiliza Dios cuando no quiere firmar.

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Habías empezado a escribir una entrada sobre otras muertes no menos absurdas, pero al menos reconocidas por la historia. Un siglo desde el estallido de la Primera Guerra Mundial, setenta años del Desembarco en Normandía. Películas, libros y documentales se vuelcan este año en recordar la magnitud de estas tragedias. Un reportaje de la BBC tan espeluznante como la película de Spielberg Salvad al soldado Ryan contaba hace cuatro noches en la tele cómo el día D hasta el setenta por ciento de los jóvenes soldados aliados que vomitaban las lanchas fueron barridos por las baterías alemanas en las mismas playas donde les depositaron las olas. Te imaginas su último viaje, batidos por la marejada en el Canal de la Mancha. Los ves arrastrarse por la arena con sus armas y su impedimenta mojada también en sus propios vómitos, para ser despedazados después por una ametralladora o por una mina. No sabían aquellos muchachos que morían para salvar la democracia, pero saberlo tampoco hubiera evitado su indignación. Ahora los jóvenes se indignan porque la democracia es imperfecta, les falla y aborta sus sueños. Eso sí, a diferencia de las víctimas de entonces no son inmolados como carne de cañón.

-¿Será políticamente correcto recordar que cualquier tiempo pasado fue peor?-piensas.

Semejante argumento no excusa a los incompetentes y mangantes que, diciendo hacer política, han prostituido ese presunto mundo feliz que prometía la democracia. Pero conviene recordarlo de vez en cuando. La democracia y el estado del bienestar nunca fueron regalo del cielo. Aunque no esté de moda recordarlo, costaron mucha sangre, sudor y lágrimas.

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Pasas del gel de afeitar a lo inescrutable del destino como si tal cosa. Y de tu tumor, que tiene el tamaño de una lenteja, a una visión del mundo que sin duda te queda demasiado grande. Lejos de ti la funesta manía no de pensar, sino de impartir doctrina. ¿Olvidas que lo tuyo es elegir cualquier pellizco de vida y enviarlo al espacio en una pompa de jabón?

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Hace tres días tu amiga Angeles Alén te invitó a escuchar los fados de Carlos do Carmo en el Teatro Canal de Madrid. Angeles es una gallega sensible que se esponja cuando escucha las canciones que, acompañadas por la maravillosa guitarra portuguesa, llevan el alma de Portugal. Angeles tendría motivos para destilar nostalgia y un punto de tristeza, porque apenas hace un año que murió Antonio, su marido, el buen amigo con el que corriste tu primer maratón, y con el que ella pasaba los veranos en su casona de la desembocadura del Miño. Pero Dios le premió con el don de una sonrisa bellísima, y de un carácter dulce y generoso que contrasta con su voz grave y profunda, como si toda ella fuera habitada por el misterioso encanto del fado. Admirable elegancia natural. Después de los fados, volvisteis a su casa andando y hablando de las cosas de la vida, y al despediros Ángeles te dijo que tenía reservada para ti una sorpresa.

-Quiero que tengas un recuerdo especial de Antonio-precisó.

Y te regaló el globo terráqueo que él tenía en la mesa de su estudio, atestado por miles de libros. No habías hecho más que visitarle cuando estaba enfermo, y quizás comentar lo que siempre te ha fascinado esa visión de nuestro planeta que le hace a uno sentirse tan pequeño, tan insignificante, tan curioso. Te emocionó el detalle. Cuando volviste a casa, pusiste el precioso regalo sobre la mesa y tu cabeza empezó a dar vueltas, como si fuera la misma bola del mundo de tu amigo Antonio. Hasta que poco a poco, pescando aquí y allá, y mezclando churras con merinas, como de costumbre, escribiste este post que acaba justamente el día más largo del año.

Mirando a los fuegos artificiales

Fuegos articiciales junio 20141

Te pasan cosas raras que supones que también le pueden ocurrir a más personas. Hoy por ejemplo amaneces tortuga recién salida del huevo y algo despistada. Lo has visto muchas veces en los documentales de naturaleza de la tele a la hora de la siesta, que unas veces te enternecen y otras –vida salvaje- te sobrecogen. Emerge la cría de tortuga bajo la arena de la playa, asoma su cabeza y, aunque el instinto la lleva al mar, esta vez no sabe qué dirección tomar. ¿Por dónde tirar?…La pobre no tiene claro dónde queda el verdadero mar que debe ganar antes de que las aves depredadoras se lancen sobre ella para comérsela. Sólo tiene ante ella un mar de dudas.

Te falta la gimnasia del cerebro disciplinado, algo que echas de menos cuando pasan muchas cosas a tu alrededor y desde el interior tu organismo emite señales a las que no te acabas de acostumbrar.

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Fue una suerte que anoche, cuando abrías tu balcón para recibir el aire fresco de la noche antes de irte a dormir, te sorprendiera el castillo de fuegos artificiales que lanzaban desde San Antonio de la Florida. El palomar donde vives es modesto, pero rico en horizontes. Desde él puedes ver casi todos los fuegos artificiales que celebran en verano las fiestas barriales de Madrid. Unos quedan más cerca, y te llegan casi con su estampido. Otros lucen como bengalas fantasmales, amortiguado su sonido por la distancia. Todos te sirven sin embargo para practicar el escapismo y la meditación paralela: ves pasar la vida como una sucesión de descubrimientos, noticias, ilusiones, sobresaltos, emociones, y otras sensaciones difícilmente descriptibles que son tan llamativas pero, afortunadamente, también tan efímeras como los fuegos artificiales. Te gustan, te distraen, te consuelan. Se esfuman.

Cuando se apagan del todo, aún luce en lo alto mucha luna de junio. Y unas pocas horas después empezará a clarear el sol. Te despertarás entonces, y aunque no te lo propongas y quisieras seguir vagando por los sueños, te encontrarás otra vez fruncido a la rutina de la vida.

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Entre todos los motivos de este día eliges el decaimiento del espejo retrovisor del lado derecho del manillar de tu Vespa. No es algo grave, pero sí una preocupación más en la que seguir pensando. Después de miles de kilómetros de vibraciones, los tornillos y las tuercas se aflojan, el retrovisor se vuelve loco y declina como junco vencido o gira como una veleta loca. En principio eso lo arregla cualquier llave inglesa, pero a los megatorpes como tú hasta eso les produce una sobredosis de ansiedad que acaba degenerando en frustración, más desánimo y desplome moral.

En su Dietario de una Vespa el escritor apócrifo Adacio Moffo cuenta que subiendo un día por la Cuesta de San Vicente una de esas intrépidas motoristas guay que abundan en las calles de Madrid le adelantó por la derecha ciñéndose en demasía a su ya veterana scooter. Adacio contaba entonces casi sesenta años, y aunque había sido un hombre feliz se empezaba a sentir un fracasado. Después de haber diseñado un silenciador de retrete que eliminaba ese indiscreto ruido del vecino chorro de pis o de ventosidad salvaje que a menudo traspasa las puertas y los muros de los cuartos de baño incluso en las mejores casas y hoteles –parece mentira, pero así es- un descuido en el gestor de la oficina de patentes había desprotegido su invento, impidiendo la venta de éste y cerrando el paso a los millones con los que alimentar su fundación Tortuguitas Indefensas. Adacio cayó en un episodio de profunda depresión, lo que explicaba que, a pesar de su destreza mecánica, ni siquiera se hubiera preocupado en ajustar el espejo. Esto le impidió ver a la chica guay que le intentaba ganar por la derecha, y que no pudo esquivar el giro imprevisto en el mismo sentido de la moto de Adacio, provocando así un incidente verbal un tanto desagradable.

-¡Gilipollas! -tuvo que escuchar Adacio mientras le amazona mecánica le desbordaba con una maniobra de auténtica campeona- ¿Para qué tienes el retrovisor?

Sin embargo, no hay mal que por bien no venga. Adacio, lejos de enfadarse, logró alcanzarla en el primer semáforo rojo, presentó sus disculpas y le rogó que le permitiera invitarle a una cerveza para compensar su error. La chica guay aceptó, el hombre se explicó, le contó sus problemas. Quiso el destino que, a pesar de los años que les separaban, ella también coincidiera con él en lo inexplicable que es la ausencia de silenciadores en los retretes, en el respeto que merece la suerte de las tortuguitas y en lo bien que viene disipar angustias de vez en cuando mirando los fuegos artificiales, que es lo que acabaron haciendo aquella noche.

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Adacio concluye contando que el episodio fraguó en un romance que duró dos años, en el curso de los cuales nunca se preguntaron si es España es una nación o una nación de naciones, si es mejor la monarquía o la república, si el independentismo sacia el ego de los ciudadanos y agiganta la calidad de sus orgasmos o si hay que reformar la Constitución cada lustro para que cada generación tenga cuatro o cinco oportunidades de sentirse protagonista de la historia. Afortunadamente la vida no deja de repartir sorpresas.

Algo de lo que todos debemos aprender. Y a lo que dabas vueltas anoche, mientras se te cerraban los párpados al humo de los fuegos artificiales de San Antonio de la Florida.

 

Cerezas en el Paraíso

Es tan agradable pasear a la sombra de los cerezos mientras coges sus frutos y te los llevas a la boca que casi parece pecado...

Es tan agradable pasear a la sombra de los cerezos mientras coges sus frutos y te los llevas a la boca que casi parece pecado…

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Fue una suerte cantar con tu coro del CEU en el encuentro coral de Candeleda el pasado sábado. Al maestro, un músico riguroso que considera fundamental el ensayo de los domingos a las 20 horas, se le movió el corazón, y relajó por un día su disciplina karajaniana para suprimirlo. Demasiado apresurado volver a Madrid para esa hora después de una noche de canto y copas. Demasiado tentador el sol de junio y el paisaje de la zona como para no abandonarse al ocio. Menos mal: llevas tiempo diciéndole que jubilarse para tener que regresar el domingo a Madrid como si fueras un currante en activo no es jubilarse. A la música estás dispuesto a entregarle mucho: uno, tres, diez domingos al año. Pero la primavera es efímera. ¿Cuántos lunes te van a esperar los cerezos con su fruto bonito, pleno de color y reluciente?

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Te levantas y paseas entre los cerezos desayunándote cerezas frescas. Buscas el modo de adjetivar esa manera de ir cogiendo cerezas de uno y otro árbol, con la misma indolencia con la que en las películas de romanos aparecían picoteando frutos en sus banquetes los emperadores. Recuérdenlo, iban Nerón o Calígula, pasaban ante un frutero desbordante de color y de sabor y pellizcaban una uva o una cereza para masticarla después enarcando la ceja con evidente perfidia gestual mientras con la mano libre le tocaban una teta a la favorita de turno y con el pensamiento contaban los cristianos que devorarían sus leones en el circo. Cómo eran de perversos aquellos romanos de película.

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Josep Pla decía que lo fundamental para el escritor es saber adjetivar. Tú lo primero que piensas es en coger cerezas y comértelas a capricho, pero en ese momento te salta a la memoria otro modo adverbial que se le ocurrió al letrista de aquel himno religioso a la Virgen que cantabais en el colegio durante el mes de mayo: Venid y vamos todos/ con flores a porfía/ con flores a María/ que madre nuestra es. Cantabais como loritos: ¿se preguntó alguien alguna vez qué significaba a porfía? Tiras de diccionario y anotas: con emulación o competencia. O sea, que llevabais flores a la Virgen para ser igual o más que el más rico o piadoso de la clase, a ver qué se iban a creer los demás…Las tonterías que se escriben a veces por completar una rima.

Así que tú te das un paseo matinal robando cerezas y no porfías con nadie, te las comes a capricho, que está mejor dicho. Y dando gracias a Dios de que este fruto sea, como los higos, de los pocos que produce tu terruño que salen tan sabrosos y bonitos como los que podrías comprar en el superdel Corte Inglés.

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Por cierto, que hablando de Dios, te imaginas por un momento que si hubieras sido El en el momento de escribir el guion del pecado de Eva, en lugar de encargarle a la serpiente que le invitara a morder la manzana, le hubieras ofrecido cerezas, que son mucho más sensuales.

-Muerde, bonita –le diría el maligno travestido de reptil- que te vas a enterar de lo sabroso que es el pecado.

No está bien enmendar la plana al Creador, pero el cambio es de sentido común. Comerse una manzana siempre da cierta pereza. Sin embargo es imposible sentir las cerezas en los labios y morderlas después, tan rojas, dulces, y mórbidas, sin pensar que estás besando. A porfía, a capricho o a esa chica que te gusta tanto.

 

El gratinado que enamoró a Bécquer

La exquisita sensibilidad de Bécquer no pudo resistirse a ciertos encantos terrenales...

La exquisita sensibilidad de Bécquer no pudo resistirse a ciertos encantos terrenales…

Cómo ibas a ser refinado si hasta ahora, confiésalo, no sabías lo que era el gratin dauphinois. Menos mal que para eso tienes amigos como los marqueses de Betanzos, que te invitan a cenar y te sorprenden con un delicioso strogonoff al que se añade como guarnición esta singularidad. La señora marquesa habla de la dauphinoise, porque sabe que la inventó una cocinera del Delfinado francés. Habla de ella con toda familiaridad, como si hubiera sido compañera de Demetria, el aya que la cuidaba de niña en el pazo de Sobredo, donde se crió entre un parque de tilos, castaños, tuyas y frondosos robles. Cuenta la leyenda que en el cenador de hierro fundido de aquel jardín encantador escribía un día en su diario cuando se le apareció el fantasma de Bécquer, tal vez enamorado de su fina estampa romántica.

-Permítame que le recite una de las rimas que he compuesto para usted-le dijo el célebre poeta sevillano.

-Se lo agradezco –respondió la joven sin descomponerse y sin apenas levantar la vista mientras tomaba notas- Pero yo soy más de Alfred de Musset, ¿sabe?…Y además no quiero que me distraigan, porque estoy apuntando una receta. Si, a pesar de lo que lo he dicho, se aparece usted otro día, le daré a probar…

La que con el andar de los años se convertiría en marquesa de Betanzos debió de caer en la cuenta entonces de que los fantasmas no comen.

-¡Qué tontería he dicho!-se corrigió- Bueno, ande, dígame la rima…

Por unos instantes, el fantasma de Bécquer se llevó una mano a bigote y se quedó pensativo mientras retorcía con los dedos sus finas puntas.

-No, por Dios, musa mía…-dijo el fantasma de cabello ensortijado, bigote y perilla- Mi rima prometía ser de las mejores, como usted se merece. Pero pasé tanta hambre en mi vida de digno poeta romántico, que nada me haría tanta ilusión como saciarme de su dauphinoise.

Una semana después el fantasma de Gustavo Adolfo despachó la dauphinoise de su anfitriona como si en lugar de una gloria de nuestra lírica hubiera hubiera sido en vida un cabo de carabineros. En su colección de Rimas y Leyendas no figura la dedicada A la señorita de Sobredo precisamente por esa circunstancia, pues a partir de entonces aquella visita espectral, que en principio a la joven le daba prestancia y hasta le hacía gracia, no se aparecía por compromiso con la poesía, sino únicamente para preguntar cuándo iba a hacer de nuevo aquel exquisito plato.

-Confieso que a veces la poesía/me importa un bledo/ Sólo aparezco/ por repetir la suerte de aquél día/ y probar la dauphinoise que me cocina/-no se si lo merezco-/la delicada rosa de Sobredo

Es posible que la rima perdida fuera más o menos así. Y es más que probable que la futura marquesa, siempre muy suya para todas las cosas, le dijera al fantasma que la rima le parecía lamentable, y que además la reafirmaba en su tesis de que donde esté Musset, que se quite Bécquer. El caso es que, aunque estos versos apócrifos no figuran en la obra capital del gran poeta sevillano, la dauphinoise que los motiva te dio a tí la oportunidad de valorar el alto grado de aprecio que te dispensan los marqueses de Betanzos y, de paso, la de romper el bloqueo mental que te había alejado de tu blog últimamente. En tu caso no se colaba tu espíritu, sino que aparecías tú mismo en carne mortal, como otros distinguidos invitados.

Por cierto, que antes de que las redes sociales y otros pepitos grillos o moscas cojoneras se precipiten a prejuzgar con sorna los presuntos méritos del marquesado de Betanzos para exhibir tal título, debes aclarar que el señor marqués, insigne diplomático y abogado, es el único de tus amigos que todos los domingos tiene aún la costumbre de abandonar el jardín de su residencia –tan hermoso que cualquier día propiciará nuevas apariciones a la marquesa- y encerrarse en su despacho para estudiar fundamentos de derecho, consultar jurisprudencia y elaborar sus certeros y bien retribuidos dictámenes. Como si fuera un pasante meritorio de veintitrés años. El título más que una coña, que lo es, puede considerarse un despiste del todavía rey de España, que aún no ha reparado en el profundo calado de sus méritos para concedérselo de pleno derecho, pues de Betanzos es, y bastante más lustre daría al cuerpo de la nobleza que alguno de sus parásitos. Todos tenemos lapsus, y no vas a ser tan borde para reprochárselo al abdicante en esta hora.

-Lo siento mucho –dijiste tú, hablando de hora, para excusar tu necesidad de abandonar la divertida sobremesa- Pero es que a mí mañana a las ocho me espera la radio.

-No me digas –te dijo el marqués entusiasmado -¿Vuelves a Radio Nacional?

Os reísteis cuando aclaraste el equívoco. No era esa tu radio, sino la otra, la radioterapia, que te debían aplicar en temprana hora. Los miembros de tu club sois como los escolares con las matemáticas, que abrevian. Las mate, la quimio, la radio. Tú llevabas el cáncer con la ligereza de una migraña tonta, pero después de dos años de no pasar por talleres esta nueva convocatoria de la ciencia médica te tenía inquieto, ausente, inane para cumplir con tu blog. Se ha pasado, ya está, esperas volver a tu ritmo habitual cuanto antes. No hay mejor medicina que el cariño de los amigos. Ni nobleza más digna de títulos que la de los que sin ser grandes de España lo son de corazón.

A propósito, el gratin dauphinois es un plato de patatas en capas, cocinadas en leche y nata, con ajo, queso y algún otro aditamento, típico de la región francesa del Delfinado, en los Alpes. Aunque seguro que la versión que la marquesa de Betanzos preparó para Bécquer y para este bloguero llevará algún toque especial no fácil de averiguar.

 

 


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