Cerezas en el Paraíso

Es tan agradable pasear a la sombra de los cerezos mientras coges sus frutos y te los llevas a la boca que casi parece pecado...

Es tan agradable pasear a la sombra de los cerezos mientras coges sus frutos y te los llevas a la boca que casi parece pecado…

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Fue una suerte cantar con tu coro del CEU en el encuentro coral de Candeleda el pasado sábado. Al maestro, un músico riguroso que considera fundamental el ensayo de los domingos a las 20 horas, se le movió el corazón, y relajó por un día su disciplina karajaniana para suprimirlo. Demasiado apresurado volver a Madrid para esa hora después de una noche de canto y copas. Demasiado tentador el sol de junio y el paisaje de la zona como para no abandonarse al ocio. Menos mal: llevas tiempo diciéndole que jubilarse para tener que regresar el domingo a Madrid como si fueras un currante en activo no es jubilarse. A la música estás dispuesto a entregarle mucho: uno, tres, diez domingos al año. Pero la primavera es efímera. ¿Cuántos lunes te van a esperar los cerezos con su fruto bonito, pleno de color y reluciente?

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Te levantas y paseas entre los cerezos desayunándote cerezas frescas. Buscas el modo de adjetivar esa manera de ir cogiendo cerezas de uno y otro árbol, con la misma indolencia con la que en las películas de romanos aparecían picoteando frutos en sus banquetes los emperadores. Recuérdenlo, iban Nerón o Calígula, pasaban ante un frutero desbordante de color y de sabor y pellizcaban una uva o una cereza para masticarla después enarcando la ceja con evidente perfidia gestual mientras con la mano libre le tocaban una teta a la favorita de turno y con el pensamiento contaban los cristianos que devorarían sus leones en el circo. Cómo eran de perversos aquellos romanos de película.

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Josep Pla decía que lo fundamental para el escritor es saber adjetivar. Tú lo primero que piensas es en coger cerezas y comértelas a capricho, pero en ese momento te salta a la memoria otro modo adverbial que se le ocurrió al letrista de aquel himno religioso a la Virgen que cantabais en el colegio durante el mes de mayo: Venid y vamos todos/ con flores a porfía/ con flores a María/ que madre nuestra es. Cantabais como loritos: ¿se preguntó alguien alguna vez qué significaba a porfía? Tiras de diccionario y anotas: con emulación o competencia. O sea, que llevabais flores a la Virgen para ser igual o más que el más rico o piadoso de la clase, a ver qué se iban a creer los demás…Las tonterías que se escriben a veces por completar una rima.

Así que tú te das un paseo matinal robando cerezas y no porfías con nadie, te las comes a capricho, que está mejor dicho. Y dando gracias a Dios de que este fruto sea, como los higos, de los pocos que produce tu terruño que salen tan sabrosos y bonitos como los que podrías comprar en el superdel Corte Inglés.

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Por cierto, que hablando de Dios, te imaginas por un momento que si hubieras sido El en el momento de escribir el guion del pecado de Eva, en lugar de encargarle a la serpiente que le invitara a morder la manzana, le hubieras ofrecido cerezas, que son mucho más sensuales.

-Muerde, bonita –le diría el maligno travestido de reptil- que te vas a enterar de lo sabroso que es el pecado.

No está bien enmendar la plana al Creador, pero el cambio es de sentido común. Comerse una manzana siempre da cierta pereza. Sin embargo es imposible sentir las cerezas en los labios y morderlas después, tan rojas, dulces, y mórbidas, sin pensar que estás besando. A porfía, a capricho o a esa chica que te gusta tanto.

 

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3 Responses to “Cerezas en el Paraíso”


  1. 1 zoupon junio 11, 2014 en 10:04 am

    Los que somos más de prosa que de verso y más de acción que de contemplación, todos los años nos asombramos de que la gente peregrine a las riberas del Jerte y otros lugares para ver los cerezos en flor. ¡Coño (con perdón), cuando hay que ir es cuando tienen el fruto! Las flores para las abejitas, y para un servidor las cerecitas.

    ¿Las mejores que yo comí? Recogidas de los cerezos silvestres “serodios” (que en gallego significa de fruto tardío), bien entrado el verano, al borde de las veredas de los valles de Ancares. Pequeñitas pero de un sabor tan intenso que no recuerdo haberlo igualado, a pesar de que se encuentran cerezas de muy buena calidad en las fruterías. Y es que seguramente el sabor se intensifica cuando comes el fruto directamente del árbol, en plan oso pardo y sin lavar ni nada.

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  2. 2 Bête en sauce junio 12, 2014 en 6:25 am

    Coincido contigo, Duende. Mucho más tentadoras las cerezas que las manzanas. Hace muchos años estuvieron a punto de lincharme en una aldea francesa por cogerlas a gogó de los cerezos comunales que daban sombra a la carretera, sin haber pedido permiso en la “mairie”.,.,

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  3. 3 Franciska junio 15, 2014 en 2:14 pm

    Lo bueno del paraíso es que cada uno puede imaginar lo que quiera, yo ni manzanas ni cerezas pero si un gintonic con una de las puestas de sol de estos días …!!! Menuda tentación !!!!

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