El mundo de Antonio

Fue un regalo inesperado, y tu cabeza empezó a dar vueltas como si fuera el globo terráqueo de tu amigo Antonio...

Fue un regalo inesperado, y tu cabeza empezó a dar vueltas como si fuera el globo terráqueo de tu amigo Antonio…

1

Se te ha acabado el gel de afeitar. Ojalá no ocurra, pero esta bobada podría desencadenar el siguiente suceso: vas al supermercado a hacer la compra y cuando te pones de puntillas para alcanzar un nuevo bote de gel, que está colocado en el nivel más alto de la góndola, esta, no se sabe por qué, se vence sobre ti con todos los productos que exhibía y te derriba. Lamentablemente, al caer tu cabeza golpea la barra del asa del carro de la compra, que te esperaba detrás, y te desnucas. Llaman al SAMUR, que acude con la prontitud habitual, pero cuando se hacen cargo de ti te encuentran en parada cardíaca. No podías imaginar un final tan poco glorioso. Ya ven: morir por querer afeitarse.

2

Y sin embargo estas cosas pueden pasar. Te habías encontrado esta mañana en el espejo del cuarto de baño con cara de rey abdicante, barba de dos días –a veces haces huelga de cuchillas los fines de semana- y rostro hinchado, porque desde la última ráfaga de radioterapia tomas Cortisona, y este fármaco despierta tu voracidad hasta límites insospechados. Tenías, en efecto, esa cara tan vista estos días, de pasmarote despistado. Qué hago ahora, cómo me siento, no se si estoy sano o regulín regulán, y ahora cómo lleno mis días, si ya he hecho la Declaración de la Renta, y esta semana, con el gran concierto del jueves 26 de junio a las 20 horas en Los Jerónimos, se te acaba el curso coral, y encima empieza el verano, que te gusta más bien poco. Además, recuerdas, eres un jubileta tocado, y aunque tu oncóloga te acaba de confirmar que sin novedad en el frente, o sea, que, dolores de espalda aparte, el tumor del pulmón está tranquilito, no sabes si es el come-come interior o el efecto de los medicamentos lo que te pone modorra y te quita alas a la imaginación. No escribes, paseas menos, peinas los periódicos sin detenerte en ellos, huroneas inquieto de aquí para allá y casi no das para más que ensayar tus cánticos y cumplir con los mandados pertinentes para la supervivencia. Tampoco duermes casi.

De tal manera que no te queda más remedio que caer en la nefasta manía de pensar.

3

La semana había dado pábulo a muchas consideraciones, cada una de las cuales podría haber originado un post. La que más te ha sobrecogido sin embargo es la noticia de que un ciudadano de cincuenta y cuatro años murió aplastado por la rama de un árbol del Retiro. Tiene bemoles la cosa. Vas a buscar el sosiego de este maravilloso parque con tus hijos o tus nietas y de repente la rama de la vieja acacia que te daba sombra se quiebra, cae, te aplasta y te mata. Recuerdas la metáfora con la que los curas explicaban la muerte cuando eras niño: le llamó Dios a su presencia, decía la necrológica al uso cuando alguien moría.

Hay llamadas desconcertantes, ya lo crees. Te pones en el lugar de la mujer del fallecido, de sus hijos, de sus padres si aún viven, de sus amigos. Buscas al teólogo de turno, por saber cómo se encajan estos absurdos en el dificilísimo puzzle de la fe y de la causalidad final. Y cobra todo su vigor la lúcida frase que Lobo Antunes dejó caer, supones, ante un caso como este: el azar es el seudónimo que utiliza Dios cuando no quiere firmar.

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Habías empezado a escribir una entrada sobre otras muertes no menos absurdas, pero al menos reconocidas por la historia. Un siglo desde el estallido de la Primera Guerra Mundial, setenta años del Desembarco en Normandía. Películas, libros y documentales se vuelcan este año en recordar la magnitud de estas tragedias. Un reportaje de la BBC tan espeluznante como la película de Spielberg Salvad al soldado Ryan contaba hace cuatro noches en la tele cómo el día D hasta el setenta por ciento de los jóvenes soldados aliados que vomitaban las lanchas fueron barridos por las baterías alemanas en las mismas playas donde les depositaron las olas. Te imaginas su último viaje, batidos por la marejada en el Canal de la Mancha. Los ves arrastrarse por la arena con sus armas y su impedimenta mojada también en sus propios vómitos, para ser despedazados después por una ametralladora o por una mina. No sabían aquellos muchachos que morían para salvar la democracia, pero saberlo tampoco hubiera evitado su indignación. Ahora los jóvenes se indignan porque la democracia es imperfecta, les falla y aborta sus sueños. Eso sí, a diferencia de las víctimas de entonces no son inmolados como carne de cañón.

-¿Será políticamente correcto recordar que cualquier tiempo pasado fue peor?-piensas.

Semejante argumento no excusa a los incompetentes y mangantes que, diciendo hacer política, han prostituido ese presunto mundo feliz que prometía la democracia. Pero conviene recordarlo de vez en cuando. La democracia y el estado del bienestar nunca fueron regalo del cielo. Aunque no esté de moda recordarlo, costaron mucha sangre, sudor y lágrimas.

5

Pasas del gel de afeitar a lo inescrutable del destino como si tal cosa. Y de tu tumor, que tiene el tamaño de una lenteja, a una visión del mundo que sin duda te queda demasiado grande. Lejos de ti la funesta manía no de pensar, sino de impartir doctrina. ¿Olvidas que lo tuyo es elegir cualquier pellizco de vida y enviarlo al espacio en una pompa de jabón?

6

Hace tres días tu amiga Angeles Alén te invitó a escuchar los fados de Carlos do Carmo en el Teatro Canal de Madrid. Angeles es una gallega sensible que se esponja cuando escucha las canciones que, acompañadas por la maravillosa guitarra portuguesa, llevan el alma de Portugal. Angeles tendría motivos para destilar nostalgia y un punto de tristeza, porque apenas hace un año que murió Antonio, su marido, el buen amigo con el que corriste tu primer maratón, y con el que ella pasaba los veranos en su casona de la desembocadura del Miño. Pero Dios le premió con el don de una sonrisa bellísima, y de un carácter dulce y generoso que contrasta con su voz grave y profunda, como si toda ella fuera habitada por el misterioso encanto del fado. Admirable elegancia natural. Después de los fados, volvisteis a su casa andando y hablando de las cosas de la vida, y al despediros Ángeles te dijo que tenía reservada para ti una sorpresa.

-Quiero que tengas un recuerdo especial de Antonio-precisó.

Y te regaló el globo terráqueo que él tenía en la mesa de su estudio, atestado por miles de libros. No habías hecho más que visitarle cuando estaba enfermo, y quizás comentar lo que siempre te ha fascinado esa visión de nuestro planeta que le hace a uno sentirse tan pequeño, tan insignificante, tan curioso. Te emocionó el detalle. Cuando volviste a casa, pusiste el precioso regalo sobre la mesa y tu cabeza empezó a dar vueltas, como si fuera la misma bola del mundo de tu amigo Antonio. Hasta que poco a poco, pescando aquí y allá, y mezclando churras con merinas, como de costumbre, escribiste este post que acaba justamente el día más largo del año.

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2 Responses to “El mundo de Antonio”


  1. 1 Pemberton junio 25, 2014 en 7:03 am

    Y lo peor no es que nos de por pensar, que no esta mal, es que pensamos distinto de noche que de día.
    El catastrofismo del insomnio se convierte en esperanza cuando repunta el día.
    ¡¡¡Que cosas nos pasan a los viejos¡¡¡

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  2. 2 Ángela junio 27, 2014 en 4:55 am

    A veces es mucho mejor pensar sólo si te llevas el gel nutritivo con aceite de arándanos o el revitalizante efecto reparador. Dónde va a parar!!.
    Me alegra que estés mejor y ya sabes que todo lo cura un bañito en El Cantábrico y una buena fabada!!.

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