Archivos para 29 julio 2014

Verano en Madrid. Días insólitos (2)

Si Madrid le aburre a ras de tierra, levante la vista y mira en los tejados...

Si cree haberlo visto todo de Madrid, levante la mirada y observe en los tejados

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En la fraseología madrileñista de la que tanto tiran los culturetas siempre te llamó la atención la ocurrencia del marqués de la Valdavia. Hablas de aquel que dijo que Madrid en verano, con dinero y sin familia, es Baden-Baden. Como no conoces esta famosa ciudad de balnearios y tampoco estás sobrado de hacienda te faltan datos para avalarlo. Casi todos creerán que se refería al Rodríguez rumboso y golfete, que es lo que probablemente añoraba el marqués, pero también se puede aplicar a cualquier individuo solo, libre y curioso que disfruta del Madrid desahogado por la diáspora vacacional.

Si hubiera que encontrar la palabra para definir el encanto de Madrid en verano tú propondrías algo así como la insolitez ad libitum. O sea, te das cuenta de  que se te ha ido la familia, los amigos, de que  careces de esos planes digamos convencionales propios de una cierta edad, y de que te importa un pepino cómo te vean, porque no te vas a encontrar a nadie conocido. Y entonces te das a lo insólito. Otros tendrán más imaginación, o más ganas de juerga. A ti te basta echarte a andar, sudar la gota gorda y tomar nota de algunos detalles insignificantes que, quizás por eso, tanto te apasionan.

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Primer detalle, sábado a las tres de la tarde, mientras comías en un chiringuito en la Casa de Campo con tus compañeros de programa. Treinta y siete grados a la sombra y una abubilla revoloteando por los alrededores. ¿Cómo carajo puede estar así de contenta la abubilla, con el calor que debe de dar su vistoso plumaje?

Segundo detalle. Paseas por el Manzanares y contemplas en vivo y en directo la llamada Playa de Madrid Río, en realidad tres grandes óvalos de pavimento ligeramente hundidos en el suelo y cubiertos por cuatro dedos de agua   donde el personal medio empelotado espera la ducha que varios surtidores programados sueltan cuando les parece. A su alrededor, los bañistas se sientan en hamacas o toman el sol sobre sus toallas, como si en lugar de en el Manzanares redimido por la química y por la deuda municipal estuvieran en una playa de verdad. La gente parece feliz, y la chiquillada lo pasa en grande jugueteando con los chorros de agua. Qué escribirían Galdós y Arniches de estas nuevas estampas madrileñas. Aunque lo que realmente te sorprende es no ver en esta playa a las Koplowitz, a Fefé, a Josemi, a Beckham y a Ronaldo luciendo sus viriles musculitos o  a alguna figura del cine y de la aristocracia. Cuándo se dará cuenta la beautiful people de que ni las Baleares, ni Marbella, ni Sotogrande, ni Comillas pueden competir hoy en distinción y originalidad con esta refrescante sorpresa del Madrid moderno.

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Más detalles. El modelo de turista de camiseta, pantalón pirata y chancleta que abarrota las calles del centro de Madrid en verano acaba fatigando tanto que de vez en cuando es obligado esquivarlo y mirar a las azoteas. Donde a veces, por cierto, se descubren curiosas efigies que dan qué pensar. Tu amiga Lola, fotógrafa aficionada, te enseñó que en la cubierta del edificio de Alcalá 31 un gato rojo apuntando hacia la Puerta de Alcalá vigila la ciudad. ¿Estaba en los planos de Antonio Palacios, el famoso arquitecto que diseñó el proyecto? ¿Fue una boutade de los vecinos del rascacielos, quizás recordando que antiguamente a los madrileños nos llamaban gatos? ¿Oculta el felino una cámara espía?…Otro amigo te descubrió una vez que el del Retiro, al contrario de lo que normalmente se dice, no es el único homenaje escultórico a los ángeles caídos.

-Fíjate en ese ángel –te dijo señalando al Ícaro estrellado contra el tejado de la casa que ocupa la esquina de la calle Milaneses con Mayor- No se conoce tortazo semejante en la historia de la imaginería. ¿Por qué lo habrán plantado justo ahí?…

Tantos porqués sueltos como se encuentran por las calles y rincones de la capital.

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La falsa acacia o acacia bastarda no es seguramente el árbol más elegante y monumental de nuestros jardines, pero a ti te dejó un dulce recuerdo de infancia, el pan y quesillo, que era su pequeña flor blanca y arracimada. La arrancabas de sus ramas y la comías como si fuera un maná fresco y afrutado. Enseñanzas de la gente del campo. Ahora, cuando sus flores blancas amarillean y caen, este árbol te ofrece otro rasgo insólito en el que no repara mucha gente, pero, que seguramente habrá glosado algún poeta local desconocido.

¿Madrid nevado en verano?…/ Tiene gracia./ Tantos años paseando/ y no había reparado/ –qué falta de perspicacia-/ en esa nieve amarilla/ que ponen las florecillas/ ya caídas de la acacia

Lo comprobaste en el Paseo de Rosales. No es blanca, como la nieve de verdad. Ni forma una capa espesa, como la mayoría de las nevadas que caen en Madrid. Pero la nieve amarilla de la falsa acacia le da a determinados rincones de la ciudad un aire de decorado romántico nada pretencioso.  Una estética sugerente y evocadora muy del gusto, por cierto, de los que buscáis lo insólito incluso en lo que está al alcance de casi todo el mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Verano en Madrid. Días insólitos (1)

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27 de julio de 2014. Primera observación: aquellos otros veranos en los que cada despertar era una gozosa esperanza de aventura se esfumaron. Ahora los repasas con cierta alegría, porque ´la edad de la irresponsabilidad se te antoja un paraíso. Pero también con no menos escepticismo, porque ya no es igual, y no pasa nada. Te maravillaron como unos fuegos artificiales en la noche y se guardaron directamente en el álbum del recuerdo cuando explotaron fundidos en las tinieblas del pasado.

Tan ricamente. Cada día que pasa te atormenta menos la nostalgia. Ciertos avisos del destino, que acojonan cuando los ves de lejos, producen un efecto benéfico cuando hacen presa en tu carne. Ahora los veranos son otros: menos aventura, menos promesas, menos bulla, menos fantasía. Y no pasa nada. La pasión y los sueños van ahora por otros derroteros.

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El verano es la estación más apetecida por los que identifican este tiempo sólo con vacaciones. Tú prefieres verlo como tránsito necesario hacia el otoño. Pensar que dentro de un par de meses quizás hayan vuelto las lluvias y el pasto verde de los campos ahora yermos te lo alivia. El verano es para los muy ricos o para los muy pobres. A la medianía alérgica al calor, a las carreteras atestadas, a las aglomeraciones de gordos y gordas en carne viva e invasora o a toda playa donde tengas que defender tu parcela de toalla como si fuera tu vida, el verano cruel y despiadado que azota a España de la línea de Burgos para abajo os produce cierta alergia.

La esperanza es que miras todas las mañanas el salir de sol y compruebas que este despierta cada vez más tarde. Y que mientras el 21 de junio despuntaba bastante a la izquierda de las cúpulas de San Francisco el Grande, ya se asoma sobre torres y edificios que quedan muy a la derecha, camino de lo que en unos meses será el solsticio de invierno. Entiendes que este tránsito ponga tristes a los pueblos del norte, pero en España, tan sobrada de sol, a ti te gusta porque te consuela del implacable flagelo canicular.

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No es un verano cualquiera, y por tanto no rulas como en los anteriores. De vez en cuándo te preguntas qué atraerá más a los fieles de tu blog, si lo que tiene este de dietario o las historias inventadas que vuelcas en él. ¿Dónde estás, qué haces? –te preguntan algunos amigos- Otros años lo sabíamos por el Duende…La verdad es que viajas poco. Salvo volver a pasear a Miss Daisy, cinco días por Asturias, prácticamente nada. Te sujetan en Madrid algunas gestiones pesaditas, una obligada visita a talleres para pasar otra ITV y, los fines de semana, la llamada de Carlos Santos, que sustituye a Pepa Fernández como presentador de No es un día cualquiera de RNE y necesitaba tripulantes de tu perfil. Gracias. Un estudio de radio ahora te parece más estimulante que la playa de Formentor. Te permite romper el ostrakóm, aquella piececita de barro que los griegos enviaban a los que merecían la condena del ostracismo, que por algo se llama así. En un estudio de radio, lamentablemente, no hay chicas en bikini, pero tú sientes que los abuelos de ahora, además de acompañar a damas y hacerse cargo de nietos diversos, aún servís para algo más.

Y te animas.

(Continúa mañana)

 

El gilipolling

¿Por qué un idiota que se busca su desgracia nos debe preocupar tanto como una auténtica víctima del infortunio?...

¿Por qué un idiota que se busca su desgracia nos debe preocupar tanto como una auténtica víctima del infortunio?…

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Be beautifull, dice en sus mensajes publicitarios Bodybell.

Podría decir sé bella, ponte guapo, que luzca tu encanto, etc. Otras firmas buscan su plus de singularidad en una simple preposición: Moda Ibicenca by Tita Salupi, Arquitectura Interior by Jerónimo Dolao, Sabor y Salud by Samuel Bermúdez (este, supuestamente, sería un chef, pues ahora un cocinero es como el chamán de la tribu. Que callen los filósofos, que donde esté un cordon bleu no necesitamos más profetas de la felicidad). Pero a lo que íbamos: la paletería de creer que cualquier cosa dicha en inglés suena mejor, parece más importante, distingue de la competencia y, sobre todo, vende muchísimo más. Se acuerda el bloguero de una de las ocurrencias que le escuchó a Gila cuando nuestra cultura empezaba a ser colonizada.

-Y me he mercado unas gafas de sol que no veas…No, no tienen cristales, pero son americanas.

Se entiende lo de “que no veas”.

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Como todo lo que es anglosajón merece la indulgencia apriorística del español apocado, hasta los propios periodistas, que de hecho son la academia callejera, consagran el eufemismo, en inglés. Lo necio y lo guarro seguirá siendo igual de necio o de guarro, pero a la conciencia colectiva le sonará más gratamente. El selfy podría ser propy, pues al fin y al cabo es uno el que se hace la propia fotografía. El trending topic se puede sustituir en la lengua de Cervantes por el tema del momento, pero resultaría demasiado claro. O sea, ligeramente pueblerino. Las putitas discotequeras de un pueblo de Mallorca, al que se hace un favor no citándolo, practican felaciones a cambio de copas gratis. Sucking suena bastante fino, es discretito, pero los lobos del sexo aquí se vuelven castizos, y han recurrido al spanglish para acuñar el término mamading. Viva el neologismo sutil e ingenioso, oh poetas del desmadre,

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Entretanto, y por las mismas latitudes, jóvenes borrachos o drogotas en su mayoría anglosajones que viven el verano al límite y buscan nuevas emociones se tiran por un balcón esperando caer en la piscina o en el mar que ven a sus pies. No siempre calculan bien el salto, porque algunos de ellos se estrellan contra el suelo o las rocas y mueren. Caen cual víctimas de las pateras, o de vuelos comerciales torpedeados, o de los bombardeos en la franja de Gazza, o del terrorismo. ¿Merecen la misma compasión que estos últimos inocentes? ¿Hay que llorar también por su destino? ¿Debe el estado del bienestar mandar su SAMUR y abrirles sus carísimos hospitales como si realmente lo merecieran? ¿Es inmoral e inhumano encogerse de hombros y decirse con tu pan te lo comas, niñato de mierda, por majadero, como si no tuviéramos otras desgracias que lamentar?…

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En el Diccionario Neochorrádico, que diría Forges, a este deporte siniestro le llaman balconing. Sostiene el bloguero que más riguroso y exacto sería introducir la voz Gilipolling como “tirarse por el balcón sabiendo que lo más probable es que no lo cuentes”.

Pensando en la economía del esfuerzo, incluso podríamos reducir este imprescindible diccionario a esa voz única, GILIPOLLING,  que quedaría definitivamente redactada así:

  1. Figurada y familiarmente, practicar el balconing, o sea, hacer el gilipollas tirándose por el balcón sabiendo que lo más probable es que no lo cuentes.
  2. Por extensión, hacer la gilipollez de utilizar expresiones y voces inglesas cuando lo más claro y directo es hablar en castellano.

No más quijotadas por quien no se lo merece. Pero  recuperemos para  nuestra lengua el sabio consejo del ingenioso hidalgo a su  escudero: claridad y concisión, Sancho.

 

 

 

Entre la razón y la sinrazón

En los periódicos de ahora te tienes que topar con la razón y con la sinrazón... (Imagen prestada de la web encontrarte.aporrea.org

La vida del hombre dual se escribe con  la razón y con la sinrazón…
(Imagen prestada de la web encontrarte.aporrea.org)

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En la página 29 del periódico LA RAZÓN el siempre pasmado Homper lee lo que le sucedió a Irina Tipunova, vecina de Rozsypne (Ucrania). Faenaba la mujer en su cocina cuando de repente se abrió el techo y penetró por el agujero abierto el cuerpo desnudo de una mujer, que se estampó en el suelo. El cadáver correspondía a una de las doscientas noventa y ocho víctimas del vuelo Malaysia Airlines MH17, derribado por un misil tierra-aire. Muchas de estas víctimas eran niños. Homper se estremece pensando en el macabro cuadro. Irina, que pasaba tal vez la fregona, contemplando la mancha de un crimen que ni su fregona, ni nadie ni nada podrá limpiar ya.

-Santo cielo-piensa Homper que pensará Irina-

El mundo busca culpables, pero lo malo es que uno de los sospechosos de serlo es Putin, que, entre otros argumentos de fuerza, tiene la llave del gas para Europa. A Putin cuesta siquiera regañarle un poquito. Además el escudo de los derechos humanos protege sobre todo a los más inhumanos, y hay como una resistencia natural a admitir que alguien lo sea tanto como para fumarse un puro y disparar un arma mortal contra casi trescientos inocentes que nada tienen que ver con las batallas nacionalistas.

Homper se encoge de hombros. Duda de que la justicia lo sea tanto como para no dejar impune a esta otra villanía de las muchas que avergüenzan a la humanidad.

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También se pregunta Homper cómo puede seguir buscando la felicidad nuestra de cada día cualquier persona sensible cuando diariamente debe desayunarse con noticias como estas. Es cierto que no le pasan a ella, pero sí a otros seres humanos que son como ella.

Eppur si muove…-suspira en plan galileico.

Eso. A pesar de todo se mueve. Sigue leyendo el periódico, sigue informándose, sigue haciendo su vida. Y es posible incluso que esa persona sensible salga minutos después a la compra y luego en casa caiga en un cabreo cósmico con el frutero por el infame delito de haberle colocado un melón apepinado.

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Otro tipo de horror. En la página 54 del mismo ejemplar de LA RAZÓN lee: Vuelve el turbo. Ilustra el equívoco titular una serie de fotos de cuerpos gloriosos como los de Armani, Nadal, Ricky Martin, Simeone, Juan J. Padilla, Rubén Cortada, Cristiano Ronaldo, Michael Phelps, Figo y Beckham luciendo un taparrabos. Homper es tan antiguo que creía que un turbo era un tipo de motor de automóvil, pero por lo visto se le llama también a este tipo de braga de lycra que resalta el paquete masculino y que ahora marca tendencia.

-Vaya por Dios –se lamenta Homper- Pensar que Armani tiene fama de buen gusto…Pensar que uno tendría que embutir sus vergüenzas en una braga náutica para estar de moda…Y ¡pensar, sobre todo, que esta explosión de horterada cabe como noticia en el mismo periódico que me acaba de contar la tragedia del avión derribado en Ucrania!

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Lo cual que, convencido de que el humano es un ser dual, capaz de convivir diariamente con el  espanto y con la frivolidad, se ve a sí mismo como esos hombres-anuncio que pasean por las calles dos pancartas de signo opuesto. En el cartel delantero el horror, y en el trasero la ironía. Por delante, lo importante, por detrás lo frívolo. En un lado viendo lo que nos mata de verdad, en el otro lo que nos hace morirnos de risa.

O sea, el mismo periódico se podría titular La Razón y La Sinrazón.

Y menos mal que somos duales y que podemos seguir viviendo.

 

Un esclavo de nuestro tiempo

Habrá un momento en que la conjura entre la obsesión por la seguridad y el progreso tecnológico nos pida claves y contraseñas hasta para desabotonarnos la bragueta...

La conjura entre la obsesión por la seguridad y el progreso tecnológico nos acabrá pidiendo  claves y contraseñas hasta para desabotonarnos la bragueta…

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Diego, sesenta y seis años, un hombre superado por los acontecimientos. Mira que con sus años creía haberlo visto todo, y que estaba convencido de que este mundo de las nuevas tecnologías le desbordaba, y que imploraba de vez en cuando el consabido que lo paren, que me apeo. Pasando de todo. ¿De todo? No era posible. Lo constató cuando después de varios años de haber abandonado su antigua vida de crápula volvió a encontrarse con un romance de los de película, de esos que surgen de la manera más tonta, entre un hombre mayor que lleva dos trajes al tinte y una encantadora dependienta que se llamaba Miren, era de un pueblo de Arkansas y trabajaba allí para ayudarse a pagar sus estudios en España.

-Muy guapo y elegante con trajes limpios –le dijo luciendo una fila de dientes grandes y blanquísimos mientras se los entregaba colgados en sus perchas de alambre y envueltos en sus fundas de plástico.

Al principio se limitó a agradecérselo con una sonrisa. La chica le hacía gracia, qué carambas. Luego la cosa se complicó, quiso pagar con su tarjeta de crédito, y de repente, al solicitar esta su PIN se le evaporó el recuerdo de aquellos cuatro números que de tantas veces como los había tecleado creía ya inolvidables. Eso originó un largo diálogo entre él y Miren, empeñada en solucionarle el problema a toda costa. Afortunadamente no había más gente en la tintorería, lo cual propició que ella ofreciera toda esa retahíla de consejos elementales que se le ocurren a cualquiera, pero que se agradecen especialmente cuando vienen de una joven rubia y de hechuras apretaditas que huele a hierba recién cortada.

-No preocuparse- le decía- Probar otra vez.

Probó varias veces. Tarjeta bloqueada. Tuvo que salir sin sus trajes limpios, buscar una sucursal de su banco, hacer un talón de ventanilla, que sólo le exigía mostrar su DNI y firmar, y llevarse dinero en metálico para pagarle a Miren y retirar sus trajes Tres días después se encontraron en la parada del autobús. Ella salía de su media jornada, iba en la misma dirección que Diego, ambos descendieron en la misma parada. El le invitó a una Coca-Cola, aunque ella acababa de descubrir el Madrid castizo y prefirió un vermú. Era raro que a esas alturas de la vida, a este abogado retirado que ahora dedicaba su tiempo libre ayudando al Colegio de Huérfanos del Ferrocarril volviera a sentir mariposas en el estómago por culpa de una mujer, y menos si esta aparenta al menos cuarenta años menos que él. Pero estas cosas pasan en la películas, y a veces lo que pasa en las películas ocurre en la vida misma.

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Sin embargo lo que no pasa ni en las películas es lo que le sucedió a Diego en su primera noche de amor con la tintorera. Cuando después de las tradicionales maniobras preparatorias el viejo abogado se adentró en las intimidades de Miren y pretendió bajarle las bragas, encontró un inesperado obstáculo en forma de extraño aparatito del tamaño de un mando a distancia de garaje. Se quedó paralizado. Tampoco se inmutó Miren, hermosa en su semidesnudez de esfinge muda. El pobre hombre no veía mucho en la penumbra, pero de repente aquel extraño broche que cerraba el acceso carnal a su amada se iluminó como la pantalla de un teléfono móvil y mostró este mensaje: INTRODUZCA SU CLAVE.

Diego se quedó literalmente aterrado. Cuando pudo reaccionar, cogió sus pantalones y sus zapatos y salió corriendo del hotel como alma que huye del diablo.

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Que paren el mundo, que me apeo – se decía mientras vagaba por la ciudad dormida sin saber a dónde ir. Aquel soplo de aire fresco que supuso en su día el descubrimiento de Miren acababa ahora en una amarga meditación sobre el signo de los tiempos.

-¿Adónde llegará esta obsesión por el control y la seguridad de todo? ¿Habrá límites para la audacia y la impertinencia de la tecnología?…¿Llegaremos a hablar de la gilipollez global a la que nos conducen los excesos del progreso?…

Siguió paseando sin rumbo hasta que amaneció. Pasó ante la iglesia de la Santa Cruz, donde precisamente fue confirmado tras su primera comunión. ¿Cuántos años hacía ya que no se confesaba? Ni se acordaba. Fue hijo de una educación religiosa, casi un integrista, hasta que la vida le convirtió en un escéptico.

-Las cosas cambian, claro-se lamentó recordando el fiasco de Miren- Pero ahora a falta de nadie en quien volcar mi angustia…¿por qué no contárselo a un cura, que al fin y al cabo tiene que escuchar a quien se le acerque? A lo mejor encuentro ahí un amigo, o un piscólogo, que falta me hace.

Se aproximó al confesionario. Y cuando estaba a un paso de arrodillarse ante una de sus celosías laterales, se descorrieron unas cortinillas que ocultaban un monitor en cuya pantalla táctil se podía leer el siguiente aviso:

INTRODUZCA SU TARJETA DE BUEN CRISTIANO Y SU PASSWORD Y SELECCIONE EL IDIOMA EN EL QUE DESEA SU CONFESIÓN

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Lo siguiente fue dirigirse corriendo al Viaducto, trepar con muchas dificultades por las mamparas de metacrilato que disuaden a los suicidas, asomarse al vacío y dejar caer su cuerpo para estrellarse contra el duro asfalto de la calle de Segovia. Entró entonces en ese túnel que conduce a la luz y a la paz absoluta descrita por los que han regresado del más allá. Y cuando, a pesar de su última decisión, Diego sospechaba que Dios había hecho la vista gorda y le iba a recibir en su seno, sobre la misma nebulosa del paraíso se dibujó este mensaje:

BIENVENIDO AL CIELO. PARA DISFUTAR DE LA GLORIA ETERNA, INTRODUZCA SU GRUPO, USUARIO Y CLAVE Y ESPERE

No le dio tiempo a caer en un estado de histeria porque en ese momento despertó de su pesadilla. Y eso explica que al entrar su asistenta para hacer la casa como todas las mañanas, le sorprendiera llorando de la emoción delante de un cepillo de dientes, un cortaúñas, un lapicero, un sacapuntas, y los platos y cubiertos del desayuno, a los que el pobre abogado desnortado agradecía su sencillez y su fidelidad.

-Gracias, gracias por seguir pensando en el ser humano- les decía Diego como si aquellos objetos pudieran entenderlo- Gracias por funcionar sin pins, contraseñas, paswords, claves y otras putaditas que nos impone la esclavitud del progreso.

La asistenta lo miró pasmada.

 

 

 

De idas y venidas

El recién llegado Luis Gorgios, meditando sobre lo que se le viene encima...

El recién llegado Luis Georgios, meditando sobre lo que se le viene encima…

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Para mi buen amigo Luis Figuerola-Ferretti: quizás algunos capítulos te suenen de algo. Así reza la dedicatoria que escribió Rafael Martínez-Simancas en un ejemplar del libro que te envió. Se titula Sótano octavo, editado por Ediciones B. Supones que fue la editorial la que añadió Un testimonio valiente de cómo enfrentarse al cáncer, subtítulo elocuente, que no casa con el espíritu del Rafa que tú conociste hace veinte años en la SER, un tipo sutil, irónico, inteligente y además del Aleti, pero nada fanfarrón.Cuando hablasteis la última vez ambos bromeabais con este bichito incómodo que se os coló de rondón en el cuerpo y os amargaba lo suyo. Lamentablemente aún no has leído el libro, que a buen seguro te aprovechará y te provocará admiración, y no podrás comentárselo, porque Rafael murió hace dos o tres semanas. Siempre le quedan a uno cosas a las que llega demasiado tarde. Pena de verdad te da la muerte de Rafa, tan joven y tan lúcido, y rabia además te produce haber sido tan lento esta vez para no llegar a agradecer sus enseñanzas sobre cómo mantener el honor en la batalla.

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A uno le van curando los alifafes y se le olvida la tarjeta amarilla que le sacaron hace casi tres años. Por ejemplo, el bichito te mordió en la Dorsal 7, le bombardearon con radioterapia de la fina y ahora el tratamiento hace efecto y te vuelves a olvidar de la dichosa metástasis. Mientras tanto, amigos y compañeros de fatigas se van yendo discretamente, sin dar tres cuartos al pregonero. En el Hospital Sanchinarro Norte hay una especie de corredor donde te recostaban y te enchufaban la quimioterapia. Las tumbonas en las que te aplican los líquidos milagrosos, dos filas de enfermos enfrentados en su incierta suerte, le dan a esa galería un aire de sanatorio añejo que a ti se te antojaba como el de La montaña mágica. Lo que pasa es que la magia y los milagros unas veces funcionan, y otras no tanto. Ahí coincidías a veces con Juby Bustamante, acompañada casi siempre por sus buenísimas amigas Natalia R-S y Carmen Serra, que acudió alguna vez contigo a darte conversación mientras recibías tu dosis. Qué grandes personas. Desdichadamente Juby acaba de morir. Las ciencias adelantan que es una barbaridad, pero también llegan a veces tarde para lo que más nos interesa.

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Entretanto venía al mundo el primer varón de tu nietada, al que tu hija Isabel ha querido bautizarle con tu propio nombre. Isabel es una madre coraje de nueva generación, tenaz, hiperdeportista e inasequible a los desafíos del destino. Se metió en el paritorio tan tranquila como si fuera a la peluquería y salió de madre fresca y sonriente como si acabaran de hacerle un masaje. El resultado se llama Luis Georgios Paraskevopoulos Figuerola-Ferretti, no porque busque un record de nombre largo en el Guinness Record´s Book sino porque su padre es griego, su difunto abuelo paterno se llamaba Georgios y también merecía un homenaje y además tiene un segundo apellido compuesto y complicadito. O sea, no es un nombre por afán de epatar, sino por la misma globalización, que es muy suya.

La suerte del neófito es que llega a una casa donde sus hermanas mayores, de nueve y siete años, que empezaban a olvidar las muñecas, han descubierto que Luisín no es un muñeco de FAMOSA, sino de verdad, con sus huevillos y su pitilín. A este muñeco vivo hay que limpiarlo cada dos por tres, cambiarle los pañales, darle cremas, bañarle una vez al día y ponerle al pecho de mamá para que tome su rancho. Como es lógico, las dos niñas se disputan estas tareas, ilusionadas como están de ser madres a tan temprana edad.

Tú observas la escena con una cierta emoción, pegas el nuevo cromo del pequeño Luis en el álbum de tu estirpe, te imaginas enseñándole a dar cuerda a tus viejos juguetes de hojalata o contándole lo que es ser del Aleti y te sientes bastante feliz. El pálpito de la vida que pasa. No olvidas ni olvidarás nunca a los que se van, pero te regocijas por el que viene, tan inocente y lleno de promesas.

El crimen de las palomitas en el cine

Forografía de Elda Maganto, tomada a préstamo -sin ánikmo de lucro- del blog eldamaganto.blogspot.com Gracias

Forografía de Elda Maganto, tomada a préstamo -sin ánimo de lucro- del blog eldamaganto.blogspot.com
Gracias

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Te cuenta Homper una historia curiosa. El motivo de su asombro –no olvidemos que se llama así por ser el Hombre Perplejo- es que está convencido de que de vez en cuando se desdobla su personalidad sin darse cuenta de ello. Como en el caso de Jekyll y Hyde, su álter ego le causa de cuando en cuando algún problemilla.

-El otro día fui al cine –explica el hombre mientras tomabais un café en el ComercialIba acompañado por Cuca, la manicura de mi madre, que antes de morir me encomendó que la invitara al cine de cuando en cuando. Mi madre me dijo que era muy buena mujer, y que ella era su última clienta. Creía que cuando ella se muriese Cuca no tendría dinero para ir al cine, que era su mayor ilusión. Llévala, sobre todo, si hay una buena película de amor, me pidió encarecidamente. Y así lo hice.

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Estuviste a punto de preguntarle entonces si la manicura era aún una mujer joven y guapa, pero él hizo sólo una pausa para sorber el café y continuó su relato.

-Como no había mucha gente en el cine, nos sentamos dejando una butaca vacía entre nosotros y la espectadora siguiente. La película se titula The invisible woman. La había elegido Cuca porque cuenta la historia de la amante oculta que mantuvo Dickens, y es verdad que es una película sensible y delicada, en la que importan mucho la dicción de los actores ingleses y los largos silencios, sólo matizados de cuando en cuando por una música intimista. Cuca estaba emocionada.

Nuevo sorbo de café. Le ibas a preguntar si hizo manitas con la manicura, pero tampoco te dio ocasión para ello.

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-De repente, en uno de los momentos más tiernos de la película, la espectadora que estaba dos butacas más allá de donde yo me sentaba, sacó de debajo de su asiento un envase de palomitas, metió en él los dedos de su mano y empezó a removerlos, como si buscase en el cucurucho de cartón una piedra preciosa. No puedo entender cómo atrapar una palomital lleva tanto tiempo y resulta tan ruidoso, ni cómo hurgar entre maíces fritos puede distraer la atención de los de alrededor. Pero el caso es que a mí aquello me desconcentró, y empecé a notar que el encanto de la película disminuía a medida que la espectadora afanaba sus chuches, que ya tiene delito.

La película deslizaba sus bucólicas imágenes en silencio, o así lo quería Ralph Fiennes, que además de protagonista es su director. Sin embargo lo que se oía en el cine era el ronroneo de los dedos de aquella mujer moviéndose entre las palomitas y el cartón de su cucurucho, y el crujido de sus mandíbulas triturando los granos de maíz. Entretanto, Cuca la manicura estaba a punto de llorar, no sé si por la carga emocional de la historia o por la rabia de que aquella ciudadana mal educada le estuviera estropeando película…

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-¿Y no le dijiste nada a la señora de las palomitas? –le preguntaste al hombre perplejo

-Nada, y probablemente hice mal en callarme…Lo más asombroso es que no era ninguna jovencita, a la que se le podría perdonar esta falta de delicadeza. Lo peor es que se trataba de una mujer aún mayor que Cuca, y que sabía que la película no iba de Lobeznos, ni de X-Men, ni de Matrix, ni de Bruce WillisO sea, que no era uno de esos bodrios de acción disparatada y de banda sonora estruendosa donde un ruido más no importa. Entonces, por consideración a Cuca y a mi propia autoestima como espectador, noté que empezaba a odiar con todo mi alma a aquella majadera. Si hubiera podido, la habría matado en ese mismo momento.

Te extrañaste al escuchar sus intenciones homicidas. Homper entonces se llevó su taza de café a los labios, apuró el último sorbo, suspiró y se quedó mirando a los espejos del Comercial en silencio. Tú, la verdad, no pudiste reprimir tu curiosidad.

-¿Y?…-le requeriste espoleado por tu espíritu de Poirot– ¿Terminó de comer sus palomitas?…¿Se acabó la película?…¿Qué ocurrió después?

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Homper te contó entonces que quiso salir del cine cuanto antes, para no explotar contra la provocadora y terminar de amargar la tarde a su invitada. Pero que al pasar por delante de ella y pedirle educadamente que se levantara para cederle el paso ella ni se movió.

-Entonces la miré aún más cabreado y advertí que estaba blanca como la cera, con la cabeza caída a un lado, la lengua medio fuera y la baba colgando. Aún tenía entre sus manos el dichoso envase de palomitas vacío ¡Señora, por favor!-insistí- Pero nada, ni un gesto. Entonces Cuca, asustada, se precipitó sobre ella, le tomó el pulso, le levantó un párpado y dejó escapar un grito desgarrador. Está muerta, está muerta, está muerta, gritó repetidamente. Y se echó a llorar. Se echó a llorar como si fuera su madre, o su hermana, y no la estúpida que nos acababa de estropear para siempre el recuerdo de una buena película.

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Homper contó a continuación los detalles de la escandalera que desató el suceso en el cine. Parece que en un abrir y cerrar de ojos se concentraron en torno a la difunta los espectadores curiosos, un médico retirado que se apresuró a confirmar lo dicho por Cuca, los de las palomitas, un vigilante jurado, un señor que dijo ser el dueño del cine, los del SAMUR y dos policías que les advirtieron de que nadie podría salir de la sala hasta que no se personara el juez de guardia. Los comentarios y especulaciones del respetable debieron de ser de lo más jugoso, pero al Hombre Perplejo lo que más le impresionó fue que un señor de su edad que estaba en la fila de delante se abalanzó sobre él y le susurró algo al oído.

-Quizás se pasó usted varios pueblos- le dijo a Homper.

-¿A qué se refiere usted?

-Al crimen…Ví de reojo perfectamente cómo la estranguló sin siquiera levantarse de la butaca de al lado…Alargó sus manos al gañote de la víctima, apretó fuertemente mientras ella engullía las últimas palomitas y en un periquete se la cargó. Fue una ejecución de auténtico experto.

Homper no daba crédito a lo que escuchaba.

-Pero ¿qué está diciendo?…La butaca de al lado estaba vacía. Yo estaba en la siguiente, al lado de mi acompañante.

-No diga tonterías…Usted estaba sentado en la butaca de al lado. Ya había notado cómo a medida que la pelma esa se puso a enredar y a meter ruido con las dichosas palomitas se iba mosqueando. Sus gestos lo decían todo. Quizás le debía haber llamado la atención antes, ya le digo, puede que su reacción fuera exagerada… pero aún así, lo hecho, hecho está.

Entonces el espontáneo tendió su mano a Homper, le saludó visiblemente emocionado y se fundió con él en un estrecho abrazo.

-En fin, amigo…Le acompaño en el sentimiento.

-Gracias –se excusó Homper un tanto sorprendido- Pero la fallecida no es nada mía.

-Disculpe –matizó el señor- No era un pésame lo que le daba. Quería decirle que yo comparto con usted el mismo sentimiento de ira con la gente mal educada que le amarga a uno las películas…Vamos, que yo también la hubiera estrangulado muy a gusto si hubiera estado sentado en la butaca de al lado. Así que no se preocupe: si me interroga la policía diré que no vi nada extraño.

Homper dice que no hubo manera de convencer al buen señor de que él no ocupaba la butaca de al lado ni había estrangulado a la señora. Pero comprendió que a partir de entonces tendría que tener más cuidado con ese particular Mr. Hyde que sin duda le habitaba y que, de vez en cuando, aparecía y le ponía en apreturas.

-Eso –te confesó a ti después de reconocer que, efectivamente, su alter ego se pasó de vehemencia- Le diré que tanto Cuca como yo somos mayorcitos, y que no le necesito de carabina cuando voy al cine con la manicura de mamá.

 


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