Un esclavo de nuestro tiempo

Habrá un momento en que la conjura entre la obsesión por la seguridad y el progreso tecnológico nos pida claves y contraseñas hasta para desabotonarnos la bragueta...

La conjura entre la obsesión por la seguridad y el progreso tecnológico nos acabrá pidiendo  claves y contraseñas hasta para desabotonarnos la bragueta…

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Diego, sesenta y seis años, un hombre superado por los acontecimientos. Mira que con sus años creía haberlo visto todo, y que estaba convencido de que este mundo de las nuevas tecnologías le desbordaba, y que imploraba de vez en cuando el consabido que lo paren, que me apeo. Pasando de todo. ¿De todo? No era posible. Lo constató cuando después de varios años de haber abandonado su antigua vida de crápula volvió a encontrarse con un romance de los de película, de esos que surgen de la manera más tonta, entre un hombre mayor que lleva dos trajes al tinte y una encantadora dependienta que se llamaba Miren, era de un pueblo de Arkansas y trabajaba allí para ayudarse a pagar sus estudios en España.

-Muy guapo y elegante con trajes limpios –le dijo luciendo una fila de dientes grandes y blanquísimos mientras se los entregaba colgados en sus perchas de alambre y envueltos en sus fundas de plástico.

Al principio se limitó a agradecérselo con una sonrisa. La chica le hacía gracia, qué carambas. Luego la cosa se complicó, quiso pagar con su tarjeta de crédito, y de repente, al solicitar esta su PIN se le evaporó el recuerdo de aquellos cuatro números que de tantas veces como los había tecleado creía ya inolvidables. Eso originó un largo diálogo entre él y Miren, empeñada en solucionarle el problema a toda costa. Afortunadamente no había más gente en la tintorería, lo cual propició que ella ofreciera toda esa retahíla de consejos elementales que se le ocurren a cualquiera, pero que se agradecen especialmente cuando vienen de una joven rubia y de hechuras apretaditas que huele a hierba recién cortada.

-No preocuparse- le decía- Probar otra vez.

Probó varias veces. Tarjeta bloqueada. Tuvo que salir sin sus trajes limpios, buscar una sucursal de su banco, hacer un talón de ventanilla, que sólo le exigía mostrar su DNI y firmar, y llevarse dinero en metálico para pagarle a Miren y retirar sus trajes Tres días después se encontraron en la parada del autobús. Ella salía de su media jornada, iba en la misma dirección que Diego, ambos descendieron en la misma parada. El le invitó a una Coca-Cola, aunque ella acababa de descubrir el Madrid castizo y prefirió un vermú. Era raro que a esas alturas de la vida, a este abogado retirado que ahora dedicaba su tiempo libre ayudando al Colegio de Huérfanos del Ferrocarril volviera a sentir mariposas en el estómago por culpa de una mujer, y menos si esta aparenta al menos cuarenta años menos que él. Pero estas cosas pasan en la películas, y a veces lo que pasa en las películas ocurre en la vida misma.

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Sin embargo lo que no pasa ni en las películas es lo que le sucedió a Diego en su primera noche de amor con la tintorera. Cuando después de las tradicionales maniobras preparatorias el viejo abogado se adentró en las intimidades de Miren y pretendió bajarle las bragas, encontró un inesperado obstáculo en forma de extraño aparatito del tamaño de un mando a distancia de garaje. Se quedó paralizado. Tampoco se inmutó Miren, hermosa en su semidesnudez de esfinge muda. El pobre hombre no veía mucho en la penumbra, pero de repente aquel extraño broche que cerraba el acceso carnal a su amada se iluminó como la pantalla de un teléfono móvil y mostró este mensaje: INTRODUZCA SU CLAVE.

Diego se quedó literalmente aterrado. Cuando pudo reaccionar, cogió sus pantalones y sus zapatos y salió corriendo del hotel como alma que huye del diablo.

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Que paren el mundo, que me apeo – se decía mientras vagaba por la ciudad dormida sin saber a dónde ir. Aquel soplo de aire fresco que supuso en su día el descubrimiento de Miren acababa ahora en una amarga meditación sobre el signo de los tiempos.

-¿Adónde llegará esta obsesión por el control y la seguridad de todo? ¿Habrá límites para la audacia y la impertinencia de la tecnología?…¿Llegaremos a hablar de la gilipollez global a la que nos conducen los excesos del progreso?…

Siguió paseando sin rumbo hasta que amaneció. Pasó ante la iglesia de la Santa Cruz, donde precisamente fue confirmado tras su primera comunión. ¿Cuántos años hacía ya que no se confesaba? Ni se acordaba. Fue hijo de una educación religiosa, casi un integrista, hasta que la vida le convirtió en un escéptico.

-Las cosas cambian, claro-se lamentó recordando el fiasco de Miren- Pero ahora a falta de nadie en quien volcar mi angustia…¿por qué no contárselo a un cura, que al fin y al cabo tiene que escuchar a quien se le acerque? A lo mejor encuentro ahí un amigo, o un piscólogo, que falta me hace.

Se aproximó al confesionario. Y cuando estaba a un paso de arrodillarse ante una de sus celosías laterales, se descorrieron unas cortinillas que ocultaban un monitor en cuya pantalla táctil se podía leer el siguiente aviso:

INTRODUZCA SU TARJETA DE BUEN CRISTIANO Y SU PASSWORD Y SELECCIONE EL IDIOMA EN EL QUE DESEA SU CONFESIÓN

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Lo siguiente fue dirigirse corriendo al Viaducto, trepar con muchas dificultades por las mamparas de metacrilato que disuaden a los suicidas, asomarse al vacío y dejar caer su cuerpo para estrellarse contra el duro asfalto de la calle de Segovia. Entró entonces en ese túnel que conduce a la luz y a la paz absoluta descrita por los que han regresado del más allá. Y cuando, a pesar de su última decisión, Diego sospechaba que Dios había hecho la vista gorda y le iba a recibir en su seno, sobre la misma nebulosa del paraíso se dibujó este mensaje:

BIENVENIDO AL CIELO. PARA DISFUTAR DE LA GLORIA ETERNA, INTRODUZCA SU GRUPO, USUARIO Y CLAVE Y ESPERE

No le dio tiempo a caer en un estado de histeria porque en ese momento despertó de su pesadilla. Y eso explica que al entrar su asistenta para hacer la casa como todas las mañanas, le sorprendiera llorando de la emoción delante de un cepillo de dientes, un cortaúñas, un lapicero, un sacapuntas, y los platos y cubiertos del desayuno, a los que el pobre abogado desnortado agradecía su sencillez y su fidelidad.

-Gracias, gracias por seguir pensando en el ser humano- les decía Diego como si aquellos objetos pudieran entenderlo- Gracias por funcionar sin pins, contraseñas, paswords, claves y otras putaditas que nos impone la esclavitud del progreso.

La asistenta lo miró pasmada.

 

 

 

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3 Responses to “Un esclavo de nuestro tiempo”


  1. 1 El otro julio 17, 2014 en 9:06 pm

    Delicioso relato. Y además, sin clave!

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  2. 2 Pemberton julio 19, 2014 en 12:28 pm

    Mi desasosiego no es por tener que sufrir la era del password hasta sus mas intimas consecuencias ( cuartos de baño en aeropuertos y estaciones) sino por lo que va ser el futuro de mis nietos cuando empiecen a volar por su cuenta y se encuentren con sus medias naranjas ….porque lo del abogado “rejuvenecido” y la rubia “informatizada” seguro que será realidad

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  3. 3 Franciska julio 19, 2014 en 5:00 pm

    En la película Hend un hombre se enamora de una relación virtual con un programa de ordenador, con voz femenina, a la que pone nombre y crea con ella una relación emocional . Se olvida que no es real . Lo impresionante es que en esta sociedad donde cada vez hay más aislamiento y menos compromiso con”el otro ” lo acabas viendo súper cercano esta situación . Hasta cubre sus necesidades sexuales con ella . O sea no necesita otra cosa . No es tremendo ?

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