Archivos para 31 agosto 2014

No será un verano cualquiera

Carlos Santos y su equipo de RNE, con los que has pasado seis fines de semana de verano tan a gusto...

Carlos Santos y su equipo de RNE, con los que has pasado seis fines de semana de verano tan a gusto…

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Haría muy bien el verano en seguir siendo caluroso ma non troppo. Pero no más, por favor. Lamentablemente, tras un comportamiento aceptable ahora asoma septiembre anunciando calores rigurosos.

Coincide además este latigazo térmico con los primeros efectos típicos de la quimioterapia, y de los que creías haberte librado. No los padeciste en aquellas primeras sesiones de año y medio atrás. Tuviste suerte. Ahora en cambio se juntan el calor y el puyazo de la química y te desloman. No es dolor, es simplemente sentirte de plomo, fatigado, incapaz de sacudirte la modorra y muy capaz, por el contrario, de pasarte la tarde tumbado en el sofá observando el vuelo de un mosquito y el atardecer ardiente sobre Madrid. La Cornisa Imperial de Madrid es ahora un alcázar asediado por el sol de poniente. La ciudad y tú, hastiados de verano ya por distintos motivos.

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Apenas has viajado, apenas te has bañado, ni en agua dulce ni en agua salada, casi no has paseado, has escrito poquísimo. Con razón preveías un verano insólito. Y sin embargo, no hay mal que por bien no venga, algo has ganado en él. Tu amigo Carlos Santos te llamó para hacer un papelín en el programa de verano que había de sustituir al No es un día cualquiera de Pepa Fernández en RNE y por primera vez en mucho tiempo te has quedado satisfecho de haber pasado buenos ratos ante un micrófono. Y de haber colaborado en un programa que ha tratado de huir de la vulgaridad y ha programado excelente música.

Además te has sentido útil. Y por si fuera poco, te has reído. A pesar de las circunstancias, no será un verano cualquiera.

Memoria de un 25 de agosto en La Granja

Enla memoria de aquel cadete, el 25 de agosto en La Granja siempre tendrá una significación muy especial...

En la memoria de aquel cadete, el 25 de agosto en La Granja siempre tendrá una significación muy especial…

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Despiertas el 25 de agosto y tu sombra sale huyendo a La Granja de San Ildefonso. O un poco más lejos. Se mete en el túnel del tiempo y cuando sale se encuentra en ese mismo, maravilloso lugar, en 1967. Descubres a un tipo con cara de pánfilo que viste uniforme de cadete. El pobre está haciendo la mili en el vecino Campamento de El Robledo. No tiene un gran prestigio entre los universitarios eso de la mili, es una pérdida de tiempo, una prisión de dos veranos, no hacer nada a toda leche, un tributo odioso a los milicos. Él sin embargo es tan ingenuo que aún cree ver algunos ribetes románticos a la amenaza de una guerra, único pretexto teórico que lo encarcela ahí.

A la patria hay que defenderla –ha leído en alguno de los carteles plantados en el campamento- derramando por ella, si fuera preciso, hasta la última gota de nuestra sangre.

No es la consigna que impresiona más. Hay otra que firmó el propio Generalísimo en sus tiempos de la Academia de Zaragoza que dice así: Disciplina: virtud castrense que alcanza su más alta expresión cuando la razón aconseja hacer lo contrario de lo que ordena el mando.

Manda cojones.

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O sea, le enseñaban en la universidad que había que pensar y en la mili le avisan de que ojito con esa funesta manía. Y a pesar de todo, decías, el chico llevaba una vida tan anodina, tan sinsustancia, que eso de despertarse en una tienda de campaña en medio de un bosque al toque de diana y de jugar a los soldaditos de verdad aún le sugiere alguna posible emoción. Se acuerda de Adios a las armas, la novela de Hemingway, donde un soldado herido liga con su enfermera, e inconscientemente silba a menudo Lilí Marlén, la más hermosa canción de guerra: un centinela que se enamora de una chica que ve a la luz del farol de su caserna. Historias bonitas. Le dan mucha envidia los cadetes que reciben cartas de sus novias. Y mucha más los que se abrazan con ellas a última hora de la tarde, en la hora de visita. Las novias escriben, besan y llevan tortilla de patata, chorizo y vino para merendar. El día de la jura de bandera lucen más guapas para aplaudir a sus novios. A ellos se les pone duro el mosquetón de la entrepierna, pero eso no desdice de la marcialidad obligada, porque el soldadito español, aparte de valiente, es muy macho.

Te hace el cadete una confesión íntima que roza la ridiculez.

-Yo no tengo novia, pero duermo justo debajo de un ventanuco abierto en la lona de la tienda donde por la noche siempre asoma una estrella. Entonces me imagino que de ella se descuelga una chica guapísima, se cuela en la tienda por el ventanuco, se tiende junto a mí y me duermo encantado entre sus brazos.

No le importa nada el colchón de paja, que no se puede sacudir, porque inundaría de polvo a los Quince bajo la lona. El cadete es tan ingenuamente romántico que un día escribe una encendida carta de amor. A veces hace de negro escribidor para otros compañeros que no saben decir cosas bonitas a su novia, pero esta es distinta, especial. La firma con el nombre de Silvia, que le parece elegante y no muy corriente, la dobla, la mete en un sobre, estampa un sello y escribe con letra femenina su propio nombre y dirección: Compañía de Infantería nº 31, Campamento de El Robledo, La Granja de San Ildefonso, Segovia. Después, se la entrega a su amigo Paco, que es de la Plana Mayor y marcha a Segovia con permiso. Se la da boca abajo, para que no lea el nombre del destinatario.

-Si no te importa la echas al primer buzón que veas-le encarga.

La próxima vez que llegue el cartero a repartir el correo voceará su nombre. Y el cadete pánfilo sacará pecho y recogerá la carta. Luego dirá que Silvia es muy guapa, pero muy tímida, y que no le visita porque no quiere que la tropa les vea cuando se besan.

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El 25 de agosto, San Luis de Francia, era día de fiesta en La Granja. Las numerosas fuentes y surtidores de los preciosos jardines de palacio, cerrados casi todo el año, corrían generosamente disparando sus juegos y fantasías acuáticas para pasmo y gozo de paisanos y veraneantes allí concentrados. Fue en ese lugar y ese día cuando el aspirante a oficial de complemento conoció a Teresa, una moza bastante más mona que la chica-chica-pum-del calibre ciento ochenta y tres que describe Margarita, la marchilla ramplona esa que se canta desfilando. Al joven, vestido de cadete con su gorra de plato, se le cuadraba enseguida, pero no así a la chica. Así que tras un tanteo inicial, eso de tú que haces en La Granja, eres de aquí, estudias o trabajas, vienes a veranear o haces el servicio social en Villa Braga, etc, ambos pasearon juntos, admirando el paisaje palatino y perdiéndose, ya lejos de las fuentes, por el umbroso bosque en el que se convierten los jardines a medida que ascienden hacia las cumbres de Peñalara. Después salieron los dos del recinto de palacio y fueron a La Hípica, porque La Granja es un sitio muy fino y entonces tenía Hípica, cosa de la que no podían presumir todas las villas de veraneo. Allí se sentaron en una mesa al fresco, pidieron unas bebidas y al cabo de un rato salieron a bailar a la pista.

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Naturalmente, bailaban agarrado.

Primero guardando unos centímetros de distancia entre cuerpo y cuerpo, pues el caballero aspirante era más parado que el caballo de un fotógrafo. Luego menos. Cuando por los altavoces sonó el Michelle de los Beatles él susurraba las frases en francés que contiene la letra, que eran las que se sabía, rozando con sus labios la oreja de Teresa. Es decir, bailaban apretado haciendo caritas. Fue la gran emoción de aquel campamento, un momento inolvidable. Pero también un amor evanescente, flor de una tarde. De repente a la chica le entraron las prisas, porque tenía que volverse a Madrid con unos primos suyos que la esperaban, y, en la emoción del adiós, el aprendiz de oficial ni siquiera se atrevió a pedirle su número de teléfono. Con su uniforme de bonito y su gorra de plato él se veía como Robert Taylor despidiéndose de Vivien Leigh en El puente de Waterloo. Mucha imaginación cinematográfica y todo ese rollo, pero al final se quedó compuesto y sin novia.

Desde ese día hasta el que abandonó el campamento como alférez de complemento, siempre durmió esperanzado junto a su ausencia. Todas las noches, mirando la estrella que enmarcaba el ventanuco rasgado en la lona de la tienda, soñaba que ella se descolgaba del cielo y se abrazaba a él hasta que despertaban al toque de diana.

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Cuarenta y siete años después de aquél San Luis en el que corrieron las fuentes de los jardines de La Granja, tu sombra, como el cadete pardillo, busca en la noche otra estrella. La mili quedó muy atrás, tu guerra ahora es otra. El enemigo ataca de nuevo, y hay que plantarle cara. Tu amigo Pedro S.E, que lleva en campaña cuatro años, dice que si el tumor principal, que es como el Estado Mayor, está controlado, las guerrillas de esa metástasis que huronea por tus vértebras acabarán desapareciendo. La muy puñetera ha minado esta vez el terreno a la chita callando, sin dolor adicional que la cantase, y por eso tú te has quedado estupefacto al enterarte de la noticia. La procesión iba por dentro. Te dejó tan helado que pensaste en varar este blog y abandonarlo por un largo tiempo.

Pero tienes descontados los duelos y quebrantos desde que te sacaron tarjeta amarilla. No te asusta volver a talleres, ni las pequeñas náuseas, ni los trastornos digestivos, ni volver a quedarte calvo y con las orejas de soplillo al aire, como Nosferatu. ¿Sentido del humor, sentido del thumor?…

Instinto de conservación, sentido de la vida. Ahora mismo, mientras escribes estas líneas, disfrutas levantando la mirada y contemplando una increíble puesta de sol sobre Madrid. En unos minutos sólo tendrás que buscar en el firmamento las estrellas. Las hay por miles, y tan llenas de ilusión y de esperanza como la que coronaba el sueño de aquel cadete de los lejanos tiempos de la mili.

Los que pasan y nos dejan tanto

A los muertos ilustres les debemos mucho, pero...¿y lo que tenemos que agradecer a los muertos anónimos que nos legaron joyas como Santa Cristina de Ribas de Sil?

A los muertos ilustres les debemos mucho, pero…¿y lo que tenemos que agradecer a los muertos anónimos que nos legaron joyas como Santa Cristina de Ribas de Sil?

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Se muere Miguel Pajares, y en el plazo de un par de días le siguen famosos como Robin Williams y nada menos que Lauren Bacall.

Ponme con la Parca –le pide el director del Daily Planet a su secretaria.

La Parca, o sea, la figura mitológica esa que los clásicos pintaban como un esqueleto encapuchado con la guadaña preparada para segar nuestras vidas. La misma Muerte en persona.

-Oiga, ¿es la Parca?- pregunta el director del periódico de periódicos en el más puro estilo Gila– Que si no podía usted espaciar un poquito más los muertos ilustres, que es que nos los junta todos en dos o tres días y luego no tenemos nada sobre lo que escribir el resto del verano.

La Parca probablemente responde que ella es una mandada, y hace lo que le dicen.

-No, si no le digo que no…. Usted mate lo que tenga que matar. Pero distribuya mejor sus objetivos. Esta semana una artista, la siguiente un político gordo, la siguiente un ídolo del deporte…Al menos hasta el final de las vacaciones. Luego ya empieza el nuevo curso y volveremos a tener carnaza con las gilipolleces a las que la Humanidad nos tiene acostumbrados.

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Te preguntas simplemente si la actualidad se nutre de la realidad o del deseo.

Se muere Miguel Pajares y es realidad dramática y ejemplar. Hay que divulgarla para prevenir al personal contra el Ébola, un Jinete del Apocalipsis con el que no contábamos, y para que la especie humana recupere algo de su autoestima. El gran hombre se lo merece. Pero se mueren también un cómico como Williams y una diosa de la belle epoque de Hollywood como la Bacall y parece tal que si un flautista de Hamelin para nostálgicos hubiera recorrido las redacciones reclutando plumas famosas que bordan obituarios a la medida de su deseo.

Williams es un gran mimo, el mejor de El club de los poetas muertos, Popeye, Peter Pan, un genio que, como casi todos tipos de su clase, acaba desesperado de su talento. Maravilloso juguete definitivamente roto. ¿Por qué?… Lauren Bacall es el mito de la elegancia rubia, un último destello del Hollywood de las grandes estrellas –aunque aún la sobreviven Maureen O´Hara y Olivia de Haviland-, el indescriptible encanto de la seducción en blanco y negro. Cuentan que le bastó rascar una cerilla y cantarle si me necesitas, llámame para camelarse a Bogart, que era un tipo con alma de basalto. Literatura. El público llano hace leyendas de quien le gusta porque necesita leyendas para seguir viviendo. No desean que se pierdan, y creen que perpetuando su memoria se funden con ellos en la inmortalidad.

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Tú pasas sobre esas muertes como sobre casi todas, sin perder la perspectiva de que forman parte de la propia vida. Te sorprendía de niño ver cómo tus padres se despedían de sus padres, hermanos o de sus amigos sin que su pérdida dejara en su rostro una nueva arruga o un súbito mechón de pelo blanco en su cabeza. Ahora eres tú el que blindas tus sentimientos frente a los puntuales servicios de la Parca. ¿Ley de vida o simple instinto de conservación?

El caso es que esa semana de muertes resonantes te sorprende cerca de la Ribeira Sacra, una zona donde sobra paisaje hermoso para agradecer al Creador su buen gusto y joyas del románico como el monasterio de Santa Cristina de Ribas de Sil para arrodillarse los que, piedra a piedra, hicieron posible ese templo en un enclave de excepcional encanto. Lo visitaste en compañía de tus amigos después de haber hecho un pequeño crucerito fluvial por el Sil en su tramo embalsado. Os ilustró el recorrido una guía culta y encantadora que, entre otras curiosidades, subrayó la significativa importancia de los miles de estrechísimos bancales –no más de un metro de ancho muchos de ellos- que los primitivos moradores del valle labraron en las laderas del río para el cultivo de las vides. Entre el espero boscaje de robles, alcornoques, madroños y otras especies mediterráneas que templan el rigor atlántico del clima local –y que colaboran a crear el tempero necesario para la uva- se distinguía el pináculo de una torre.

-Es el campanario de Santa Cristina de Ribas de Sil apuntó la guíaNo es fácil llegar allí por carretera, pero si pueden no dejen de verlo, porque es una de las joyas del románico rural gallego…

Caía la tarde cuando desembarcasteis. Para llegar a aquel monasterio que, desde el río, parecía a tiro de piedra, os perdisteis por un dédalo de carreteras y pueblos, kilómetros y kilómetros dando vueltas con la obsesión de llegar antes de que se hiciera la noche cerrada. Cuando disteis con él, escondido por bajo de un camino sin salida, tuvisteis que ayudaros con los faros del coche para admirarlo. Sólo insinuado ya entre las sombras del crepúsculo, os sobrecogió el conjunto monumental, el lugar y la emoción de haberlo descubierto en las puertas de la noche. Tantos siglos esperando vuestra visita. Tantos muertos anónimos que dejaron en esas piedras talladas el testimonio de su fe y, sobre todo, de su trabajo. Y tanto que agradecer a los que nos dejaron tanto.

Cosas que hay que agradecer

Afortunadamente, lo que viste y escuchaste ahí te alegró el día...

Afortunadamente, lo que viste y escuchaste ahí te alegró el día…

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De vez en cuando, no muy a menudo, te sacude un ramalazo de sensatez.

Ayer por ejemplo pensabas que el auténtico privilegio de la racionalidad debe de ser el saber priorizar las ocupaciones del cerebro. Llevabas unos días como loco obsesionado con asuntos tan espinosos como el funcionamiento del ordenador, el hosting de tu blog, la posibilidad de un virus -¿troyano, tirio, espartano, caldeo, asirio, macedonio?- y el temor de que esos percances espaciaran aún más tu costumbre de escribir para tu Duende. Todo en el ápice del verano, cuando es más difícil conseguir ayuda. Suele pasar: quedarte fuera de casa habiéndote dejado las llaves dentro, sufrir un cólico nefrítico, inundar al vecino de abajo por un tapón en el desagüe de la lavadora, necesitar un certificado para el pasaporte, el coche que te deja tirado…¿Por qué siempre cuando son más inoportunos?

Entretanto, habías decidido marcharte de vacaciones. Este año, por aquello de tu presencia obligada en la radio los fines de semana, estas se deben racionar en espacios de cinco días, de domingo a mediodía a viernes noche. A ti esto no te importa, siempre que al menos la mecánica de internet, de tu ordenata y de tu blog vaya como la seda, y te permita creer que cumples con tus deberes morales. No era el caso. Escapaste a la Galicia más escondida, a un enclave del Lugo profundo de verdad, a un lugar idílico donde hasta la cobertura telefónica y la cosa esa del wifi son arcanos imposibles de atrapar. A un paraíso olvidado de casi todas las agendas turísticas, en el que no encuentras a nadie conocido y en el que sientes que estás incluso fuera del tiempo. Un conjunto de condiciones ideales para disfrutar un auténtico espasmo de felicidad y de paz interior. Y sin embargo…

-Jódete- sentías que te decía Pepito Grillo– Tu duendedelaradio te está haciendo la puñeta, y no te va a dejar disfrutar.

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…Hasta que tras varias curvas por una carretera que desciende suavemente al valle por entre un bosque tupido de majestuosos castaños, robles y arces, apareció la iglesia de San Pedro Fiz de Hospital de Incio, una maravilla del románico que exhibe su limpia belleza en mármol blanco y gris patinado por el tiempo.

Os abrió sus puertas Manuel Couceiro el sancristán (sic), un anciano de ojos azules con cara de bueno de película de John Ford que desempeña ese menester desde que hizo la primera comunión en la misma iglesia. El sancristán contó que el comendador Quiroga, cuyos restos mortales descansan en la única tumba visible, pidió que los pies de su efigie yacente descansaran sobre la talla de su perrito, que así se los mantendría calientes por toda la eternidad. Según el impagable cicerone, este mismo personaje coincidió bajando las escaleras de un restaurante (sic) con los Reyes Católicos, que ya habían terminado de almorzar, y que, a su decir, fueron los primeros en proclamar que en ese trance nunca se sabe si los gallegos bajan o suben. Rigor histórico ante todo. A la modesta talla románica de una Virgen dando de mamar al Niño le falta un peito (sic), aunque no hay acuerdo entre los especialistas sobre si fue porque padeció un cáncer de mama y se lo extirparon o porque nació sin él. Sin embargo la interpretación más sublime es la del Cristo que cuelga sobre el altar, que tiene un sacreto (sic).

-Y el sacreto es que si lo miras desde el lado derecho, la cara del Cristo parece que está como contenta. Pero si luego lo miras del lado izquierdo, la misma cara está disgustada, como diciendo: ¡carallo, pero si me han crucificado!…

Este cuadro emocionante, tan hermoso en su estética como pintoresco desde el punto de vista humano, se completa cuando reparas en el enorme castaño de redonda y tupida copa que vigila el conjunto arquitectónico de iglesia y cripta por el poniente. Según Couceiro, vino un alemán muy sabio con un berbiquí que clavó en el tronco, sacó unas virutiñas de madera y dató su edad.

-¡Treinta años más de quinientos tiene el castaño!- os contó el sancristán agitando exageradamente sus brazos.

Al fondo, el sol ya decadente doraba la cresta del bosque que rodea ese mágico lugar, mientras que al sur veías un prado verdísimo que desciende hasta el río Cabe, que culebrea cantarín por el lecho del valle. Pensaste por un momento en el desasosiego que te reconcomía al empezar el día, y que se disipaba como por ensalmo en un destello de sensatez al ser testigo de aquel momento. Te olvidaste de tus miserias. Sólo se te ocurrió entonces agradecer a la Iglesia de san Pedro Fiz, al castaño cinco veces centenario y al elocuente sancristán que hubieran esperado tantos años ahí para ofrecerte ese rato inolvidable.

 

Pensar que aquel momento tan especial te estaba esperando te alegró el día...

Pensar que aquel momento tan especial te estaba esperando te alegró el día…

Verano insólito en Madrid (3) ¡Nessun dorma!

Modelo de chicharra refinada que es capaz de despertar con el "Nessun dorma" y ponerse a cantar...

Modelo de chicharra refinada que es capaz de despertar con el “Nessun dorma” y ponerse a cantar…

Patear las calles en la noche, tratando de eliminar toxinas al amparo de la fresca.

Se empezaba a decir el de Madrid está siendo un verano bastante llevadero. Desde el lunes sin embargo la cosa ha cambiado. La canícula se ha hecho presente, y tú entras en esa fase de calcular el número de minutos que te dura la sensación de limpio después de la ducha. Dura poco, para qué engañarnos, y eso que el clima extremadamente seco de la meseta dilata los sudores. No quieres pensar lo que suponen los 34º de ayer con la humedad de Bilbao, por ejemplo. Te preguntas cómo es posible que, con tanta parafernalia práctica que lucen los guiris, nadie haya lanzado todavía la ducha portátil. A saber, un depósito de agua colgado a modo de mochila a la espalda del que sale hacia arriba una fina tubería en ángulo recto con una alcachofa para fumigar tu cabeza con agua pulverizada: activas una palanca lateral, como el jardinero que desinsecta sus rosales, y te refrescas sobre la marcha. Si no lo inventó ya el profesor Franz de Copenhague (los grandes inventos del TBO), que lo patente tu Braulio.

Buena parte de los músicos callejeros que superaron el examen de mínimos que exige el Ayuntamiento acaban apareciendo por la Plaza de Oriente. La otra noche hacía su función una pareja de soprano y tenor acompañados por un violinista y otro que tocaba el acordeón. Las voces de los cantantes eran muy bellas, y, a juicio del profano, con técnica suficiente como para defender con dignidad el repertorio de ópera y zarzuela que desplegaron en sus atriles. Pero sus descomunales hechuras hacían pensar que los conservatorios de canto deben de ser cebaderos. Viendo a estos artistas del bel canto, era difícil creer que la Violeta y el Alfredo de La Traviata pudieran ernamorarse respectivamente de un inmenso gordo con camiseta, bermudas y chancletas y de una heroína oronda como una morsa luciendo faldita corta. Era mejor escucharlos con los ojos cerrados.

Sin embargo la música hace milagros. Los pocos turistas que por ahí quedaban se rascaron el bolsillo y dejaron numerosas monedas en la caja del cuarteto. Aún más: el aprendiz de Pavarotti, que probablemente ya superaba en peso al maestro cuando éste estaba en su plenitud, quiso rizar el rizo cantando el Nessun dorma. La bellísima aria de Puccini causó su efecto. Fue apagarse la vibrante voz del tenor y el eco de los aplausos y empezar a sonar el canto de una chicharra que dormía en uno de los chopos que crecen frente a palacio.

No sabías que este insecto buscara habitats tan aristocráticos. Ni que fuera tan sensible como para hacer caso a la letra de Turandot, que pide que nadie duerma esa noche. Con razón mantienes que Madrid en verano permite observar fenómenos insólitos: unos no duermen por el calor y otros, como la chicharra sensible, se despiertan por culpa de Puccini y tratan de Emularlo cantando a su manera.    La cosa tiene su gracia, ¿no?

 

 

Cariño, no me tomes en serio

Esas enfermeras y auxiliares que le tratan a uno con tanto cariño...

Esas enfermeras y auxiliares que le tratan a uno con tanto cariño…

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La verdad es que la enfermedad le había dejado a Gustavo hecho una birria. No era ya asimilar que empezaba la cuenta atrás, es que se miraba al espejo después de salir de la ducha y no podía ser misericordioso consigo mismo. Se veía como un ser con los ojos tristes, pálido y con la piel seca y agrisada. Como para inspirar compasión en lugar de pasión, vaya. Su Maripi del alma, una gaditana guasona y mordaz que era la madre de sus hijos lo resumía con una metáfora no precisamente delicada.

¡Zi te ha quedao como un bacalao, quillo!…

Podía haberle dicho que parecía un monje de Zurbarán, por ejemplo, que resultaba más digno, pero ella era ocurrente y deslenguada. Sólo le faltó añadir que se trataba de un bacalao en salazón, y no del fresco, que carece de los nobles matices de los personajes del pintor extremeño.

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Acostumbrado al amor rudo de Maripi, un gracejo natural envuelto en papel de lija del 9, no pudo sustraerse al encanto edulcorado del personal femenino del hospital donde lo trataron. Todo lo que en su mujer era cáustica ironía, se convertía en deseos de agradar perfumado de cursilería en las enfermeras y auxiliares que le sometían a análisis, punciones, pruebas radiológicas y demás tratamientos que llenaban su agenda

-Hola, Gustavo, cariño –le recibían con una sonrisa -¿Cómo te encuentras?

Gustavo se encontraba regular, y, sobre todo, incapaz de seducción alguna. No obstante las sonreía a todas con buena voluntad. Sus intenciones eran buenas, pero con su cuerpo escuálido en calzoncillos, calcetines y zapatos, y envuelto en esa ridícula bata de papel que le ponían antes de pasar a la cámara donde le hacían las perrerías de rigor, parecía una marioneta triste y tonta, de esas que se llevan los estacazos del Gorgorito de la función.

-Apoya la cabecita aquí- le decía la melosa auxiliar- Luego estira los bracitos y cuando se encienda la luz roja no respires, cariño.

Gustavo aprovechaba el tiempo de las pruebas para cerrar los ojos y soñar qué pasaría si el abundante cariño que le prodigaban fuera real.

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Poque esto t´ha pasao por el fumeque- le espetó Maripi en la sala de espera la primera vez que aguardaba turno para su TAC pulmonar- Tú pensaba que yo no dehaba fumá porque me ajumabas las cortinas y quedaba el pestaso del tabaco en el zalón, pero lo hacía por tu salú….Lo que pasa es que como has hecho toa tu vía lo que te ha zalío cohone, pue ezo….

Gustavo aguantaba los sofiones de Maripi con estoica resignación. Pensaba que su santa era un corazón de oro lamentablemente carrozado en un erizo. Una hermosura como la flor del cactus.

Mi que te lo avertía…-insistía la mujer como si la enfermedad hubiera sido un capricho de su esposo- ¿No murió tu padre de cánce de purmón?…Pue ezo mismo te va a pasá a ti como no dejeh er tabaco…

Gustavo callaba como un niño regañado. Disimulaba mirando el reloj mientras resoplaba esperando con ansiedad que por los altavoces citaran su número para pasar a talleres.

¡Ea, pue aquí estamos!…-concluyó Maripi mientras le pasaba un peine sobre sus cuatro pelos para adecentar su aspecto- Y a ver si te pones un poco más curiozo pa venir al hospital, que no está pa prezumir…

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A medida que se prolongaba el tratamiento de Gustavo, y convencida de que bastante tenía ya con la que le había caído encima, Maripi templó su carácter y trató de suavizar el asperón de su lenguaje. No lo bastante como para que no fuera haciendo mella en el su marido el contraste de quienes le atendían en el hospital como si en lugar de un sesentón desmedrado fuera un pequeño príncipe.

-Hola, cariño- le recibía la amabilísima enfermera de turno mientras le daba la bata de papel con la que debía disimular su impresentable desnudo- ¡Qué guapo estás hoy!…Ahora te pones esta batita, y cuando te llamemos te tiendes en la máquina y extiendes los bracitos…

Los brazos eran bracitos. Las piernas, piernecitas. La mano donde le clavaban la guía para suministrarle el contraste, manita. Poco acostumbrado a estas lindezas,  la auxiliar enseñada para que  su enfermedad no se convirtiera en un Calvario, que en principio era una mujer insignificante, le empezaba a parecer a Gustavo una Ingrid Bergman o una Audrey Hepburn tan buenas enfermeras en las películas que recordaba de su infancia.

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No tuvo por tanto nada de extraño lo que ocurrió en el día N de su largo protocolo de tratamiento, cuando el flaco y apergaminadísimo Gustavo, haciendo caso omiso de Maripi, ni había pasado por la peluquería, ni se había afeitado ni tampoco había recortado los flecos de su bigote y los pelos que anidaban en sus oídos y en sus pabellones nasales.

Ojú, Gustavo- le dijo Maripí al verlo, entre el reproche y la risa- ¡Hoy pareces er Tempranillo despué de tre semana de calabozo!…

Daba igual. Cuando traspasó la puerta de Radiología Oncológica convencido de que su cuerpo y su cara eran los de un fantoche, allí estaba la encantadora de turno ofreciéndole su bata de papel plegada.

-Hola, cariño- le dijo una cuarentona rubia de frasco que se le antojó guapísima señalándole la puerta de un diminuto vestuario- Ahora te quedas en calzoncillos y calcetines, te pones la batita y esperas a que te llame.

Gustavo era un buen enfermo, y, como de costumbre, hizo lo que le mandaron. La única diferencia es que esta vez cuando la cariñosa de turno le formuló la pregunta ¿estás listo, cariño?, él dijo que sí, ella abrió la puerta del diminuto vestuario y se encontró con que el enfermito con la batita puestecita, creyendo que lo del cariñito iba en serio, se abalanzó sobre ella y le plantó un besito a tornillito en la boquita.

El escándalo en el hospital fue enorme. La enfermera se quejó al jefe de servicio, Maripi intervino para echar la bronca a la enfermera por pasarse de zalamera, a su marido por perder los papeles y a todos en general, y tuvo que aparecer el Director del Hospital para pedir calma, aplacar los ánimos y conseguir que se finalizaran las pruebas aclarando que, sin perjuicio de las acciones legales a que tuviera derecho la auxiliar acosada.

Mientras Gustavo extendía sus bracitos para que le escanearan su cancerito otra vez, aguantaba la risa pensando qué podía significar una raya más para un tigre. Y se preguntaba  por qué la únicas mujeres que le habían llamado en mil ocasiones cariño,  le armaron la mundial cuando, viendo que ya no le quedaba tanto para demostrarlo, por una vez se lo había tomado en serio.

 

 

 

 

 

 

 


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