Cariño, no me tomes en serio

Esas enfermeras y auxiliares que le tratan a uno con tanto cariño...

Esas enfermeras y auxiliares que le tratan a uno con tanto cariño…

1

La verdad es que la enfermedad le había dejado a Gustavo hecho una birria. No era ya asimilar que empezaba la cuenta atrás, es que se miraba al espejo después de salir de la ducha y no podía ser misericordioso consigo mismo. Se veía como un ser con los ojos tristes, pálido y con la piel seca y agrisada. Como para inspirar compasión en lugar de pasión, vaya. Su Maripi del alma, una gaditana guasona y mordaz que era la madre de sus hijos lo resumía con una metáfora no precisamente delicada.

¡Zi te ha quedao como un bacalao, quillo!…

Podía haberle dicho que parecía un monje de Zurbarán, por ejemplo, que resultaba más digno, pero ella era ocurrente y deslenguada. Sólo le faltó añadir que se trataba de un bacalao en salazón, y no del fresco, que carece de los nobles matices de los personajes del pintor extremeño.

2

Acostumbrado al amor rudo de Maripi, un gracejo natural envuelto en papel de lija del 9, no pudo sustraerse al encanto edulcorado del personal femenino del hospital donde lo trataron. Todo lo que en su mujer era cáustica ironía, se convertía en deseos de agradar perfumado de cursilería en las enfermeras y auxiliares que le sometían a análisis, punciones, pruebas radiológicas y demás tratamientos que llenaban su agenda

-Hola, Gustavo, cariño –le recibían con una sonrisa -¿Cómo te encuentras?

Gustavo se encontraba regular, y, sobre todo, incapaz de seducción alguna. No obstante las sonreía a todas con buena voluntad. Sus intenciones eran buenas, pero con su cuerpo escuálido en calzoncillos, calcetines y zapatos, y envuelto en esa ridícula bata de papel que le ponían antes de pasar a la cámara donde le hacían las perrerías de rigor, parecía una marioneta triste y tonta, de esas que se llevan los estacazos del Gorgorito de la función.

-Apoya la cabecita aquí- le decía la melosa auxiliar- Luego estira los bracitos y cuando se encienda la luz roja no respires, cariño.

Gustavo aprovechaba el tiempo de las pruebas para cerrar los ojos y soñar qué pasaría si el abundante cariño que le prodigaban fuera real.

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Poque esto t´ha pasao por el fumeque- le espetó Maripi en la sala de espera la primera vez que aguardaba turno para su TAC pulmonar- Tú pensaba que yo no dehaba fumá porque me ajumabas las cortinas y quedaba el pestaso del tabaco en el zalón, pero lo hacía por tu salú….Lo que pasa es que como has hecho toa tu vía lo que te ha zalío cohone, pue ezo….

Gustavo aguantaba los sofiones de Maripi con estoica resignación. Pensaba que su santa era un corazón de oro lamentablemente carrozado en un erizo. Una hermosura como la flor del cactus.

Mi que te lo avertía…-insistía la mujer como si la enfermedad hubiera sido un capricho de su esposo- ¿No murió tu padre de cánce de purmón?…Pue ezo mismo te va a pasá a ti como no dejeh er tabaco…

Gustavo callaba como un niño regañado. Disimulaba mirando el reloj mientras resoplaba esperando con ansiedad que por los altavoces citaran su número para pasar a talleres.

¡Ea, pue aquí estamos!…-concluyó Maripi mientras le pasaba un peine sobre sus cuatro pelos para adecentar su aspecto- Y a ver si te pones un poco más curiozo pa venir al hospital, que no está pa prezumir…

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A medida que se prolongaba el tratamiento de Gustavo, y convencida de que bastante tenía ya con la que le había caído encima, Maripi templó su carácter y trató de suavizar el asperón de su lenguaje. No lo bastante como para que no fuera haciendo mella en el su marido el contraste de quienes le atendían en el hospital como si en lugar de un sesentón desmedrado fuera un pequeño príncipe.

-Hola, cariño- le recibía la amabilísima enfermera de turno mientras le daba la bata de papel con la que debía disimular su impresentable desnudo- ¡Qué guapo estás hoy!…Ahora te pones esta batita, y cuando te llamemos te tiendes en la máquina y extiendes los bracitos…

Los brazos eran bracitos. Las piernas, piernecitas. La mano donde le clavaban la guía para suministrarle el contraste, manita. Poco acostumbrado a estas lindezas,  la auxiliar enseñada para que  su enfermedad no se convirtiera en un Calvario, que en principio era una mujer insignificante, le empezaba a parecer a Gustavo una Ingrid Bergman o una Audrey Hepburn tan buenas enfermeras en las películas que recordaba de su infancia.

5

No tuvo por tanto nada de extraño lo que ocurrió en el día N de su largo protocolo de tratamiento, cuando el flaco y apergaminadísimo Gustavo, haciendo caso omiso de Maripi, ni había pasado por la peluquería, ni se había afeitado ni tampoco había recortado los flecos de su bigote y los pelos que anidaban en sus oídos y en sus pabellones nasales.

Ojú, Gustavo- le dijo Maripí al verlo, entre el reproche y la risa- ¡Hoy pareces er Tempranillo despué de tre semana de calabozo!…

Daba igual. Cuando traspasó la puerta de Radiología Oncológica convencido de que su cuerpo y su cara eran los de un fantoche, allí estaba la encantadora de turno ofreciéndole su bata de papel plegada.

-Hola, cariño- le dijo una cuarentona rubia de frasco que se le antojó guapísima señalándole la puerta de un diminuto vestuario- Ahora te quedas en calzoncillos y calcetines, te pones la batita y esperas a que te llame.

Gustavo era un buen enfermo, y, como de costumbre, hizo lo que le mandaron. La única diferencia es que esta vez cuando la cariñosa de turno le formuló la pregunta ¿estás listo, cariño?, él dijo que sí, ella abrió la puerta del diminuto vestuario y se encontró con que el enfermito con la batita puestecita, creyendo que lo del cariñito iba en serio, se abalanzó sobre ella y le plantó un besito a tornillito en la boquita.

El escándalo en el hospital fue enorme. La enfermera se quejó al jefe de servicio, Maripi intervino para echar la bronca a la enfermera por pasarse de zalamera, a su marido por perder los papeles y a todos en general, y tuvo que aparecer el Director del Hospital para pedir calma, aplacar los ánimos y conseguir que se finalizaran las pruebas aclarando que, sin perjuicio de las acciones legales a que tuviera derecho la auxiliar acosada.

Mientras Gustavo extendía sus bracitos para que le escanearan su cancerito otra vez, aguantaba la risa pensando qué podía significar una raya más para un tigre. Y se preguntaba  por qué la únicas mujeres que le habían llamado en mil ocasiones cariño,  le armaron la mundial cuando, viendo que ya no le quedaba tanto para demostrarlo, por una vez se lo había tomado en serio.

 

 

 

 

 

 

 

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5 Responses to “Cariño, no me tomes en serio”


  1. 1 Sa Granera agosto 6, 2014 en 6:14 am

    Ja! Ja! Ja! Tan verosímil como bien contada, tu historia, Duende. Me has hecho sonreir, de par de mañana. Y que decaiga.

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  2. 2 c l agosto 6, 2014 en 12:22 pm

    Me encató este encanto de cuento (de nuevo); aunque yo doy de las sarcásticas “que rascan” o precisamente por ello.

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  3. 3 Franciska agosto 6, 2014 en 6:02 pm

    Y lo contenta que se quedo la enfermera de levantar pasiones!!!!! Además ver salir del”cuartito” a ” gustavito” con la “batita” “cortita” y “abiertita” por detrás le pondría un montón….

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  4. 4 Ángela agosto 7, 2014 en 10:06 am

    Pues eso, como un bacalao…

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  5. 5 Espiga agosto 8, 2014 en 3:55 pm

    Hagamos una campaña mundial contra el uso de diminutivos en los hospitales y amorosos apelativos por quien no te ha visto más que un par de veces.
    Se puede ser respetuoso, educado e incluso afectivo sin tener que ser tan ñoño!

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