Archivos para 28 septiembre 2014

Al hilo de unos calcetines nuevos

Lo mejor de todo es que, con tantos asuntos como te preocupan, ayer dedicaste buena parte de tu pensamiento al jugoso tema de los calcetines ...

Lo mejor de todo es que, con tantos asuntos como te preocupan, ayer dedicaste buena parte de tu pensamiento al jugoso tema de los calcetines …

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No todo lo que te está pasando en estos días de silencio bloguero es malo: ayer sin ir más lejos estrenabas calcetines.

Lo cual, una vez que, como todas las mañanas, te viste en el espejo mientras te afeitabas y contemplaste tu calva de perverso cinematográfico, te recordó a Lex Luthor, el gran enemigo de Superman. Luthor era inmensamente rico, pero no podía superar el complejo de bola de billar, y ocultaba sus carencias capilares con uno de esos ignominiosos peluquines que gastaban los viejos cómicos de revista cuando tenían que hacer el papel de viajante de comercio. Por cierto, que éste era generalmente catalán, y que no lo tomen a mal los del 9 N. Era la España del franquismo, entiéndase, esa con cuya hacienda o hisenda no estaba dispuesto a colaborar Jordi Pujol, que por eso, y ni por otras razones, creyó prudente y patriótico no guardar todos sus huevos en la misma cesta y los puso en Andorra, en Suiza o puede que algunos incluso en la nevera de su señora hermana. No fueran a decir los malpensados que le quería escatimar su parte de la herencia paterna, carambas.

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A fuer de sincero, debes confesar que tú envidiabas la riqueza del calvo. No la del ex molt honorable, sino la de Luthor, que en una de las películas de la serie se jactaba de su poderío en unos términos muy originales.

-Yo estreno calcetines todos los días- decía lanzando una risotada mientras encendía un inmenso veguero.

Lo recuerdas ahora, que sacas del cajón los calcetines nuevos y tienes que buscar unas tijeritas para partir ese hilo que los cose entre sí y los une a su etiqueta. Ojo con esta tarea, que puede desgraciar alguno de la pareja si se te va la mano y rasgas el tejido. Los calcetines que estrenas son de rayas horizontales rojas y azules, como de esos lores ingleses algo extravagantes tipo Michael Caine. Tú normalmente optas por calcetines lisos, oscuros y largos, pero cuando llega el fin de semana te hace ilusión creerte más frívolo, y te gustan los calcetines pintones. Tus dotes de observador te llevan a reparar sin embargo en que Luthor era un millonario muy poco refinado, pues no encargaba a su mayordomo esa engorrosa operación de descosido , ni tampoco el ponérselos, lo que le hubiera evitado la molestia de agacharse y estirarlos hasta la rodilla. Hay algunos que se conforman con cualquier cosa.

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El día iba de calcetines. Unos días antes habías sufrido un sobresalto al comprobar que que los de color azul marino que llevabas eran disparejos. O sea, fueron iguales, pues los compras del mismo color y en serie, pero sin duda alguna uno pertenecía a una pareja que había pasado más veces por la lavadora, y el matiz de su azul era levemente más tenue. Qué desasosiego el resto del día. Así que ayer, tras despertar, y en esa hora de doñamaría que no te evita ni la mejor asistenta, decidiste asumir personalmente la pesadísima función de extender ante el ventanal la larga serie de calcetines teóricamente iguales y examinarlos al trasluz buscando emparejarlos según la graduación exacta de su color.

Entretanto escuchabas por la radio noticias del gran Artur Mas. Y no pudiste dejar de recordar el viejo aforismo del manca finezza que parece que nos impide encajar de una puñetera vez las piezas de ese difícil puzzle llamado España. Tú con tanta delicadeza intentando armonizar calcetines y los grandes barandas que nos gobiernan de mesiánicos irreductibles. Como decía Romanones, joder, qué tropa.

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En esas que te llama Homper, el hombre perplejo, y te anuncia que no sabe si suicidarse directamente en plan Larra, por desencanto nacional, o fundar un nuevo partido regeneracionista.

-Se me ha aparecido un ángel y me ha dado hasta el nombre- te anuncia en tono un tanto exaltado- Se llamará ¡FLIPEMOS! No sólo abona la idea esa de no pagar la deuda, sino que va a exigir al mundo mundial que nos devuelva con réditos todo lo que la casta nos ha expoliado desde que Caín mató al pobre Abel. Además va a plantear un referéndum con una doble pregunta: ¿Está usted hasta la coronilla de todos los que dicen estar hasta la misma de España? En el caso de que así sea…¿desea con todas sus ganas que se independicen y dejen de una vez de darnos el supercoñazo?

Mientras él mantiene que sí, que ganarán por abrumadora mayoría, y sigue desgranando sus propuesta, tú tratas de enfriar la conversación contándole que llevas una hora emparejando calcetines.

-Lo comprendo- te corta- Yo también me vuelvo loco por su culpa, pero me has dado una idea: los ataré uno con otro hasta hacer una larga cadena que anudaré al balcón de mi casa, y me descolgaré del mundo sin tener que pararlo para ello…

Le digo que a lo peor se estrella, como otros. Pero, como tantos, no escucha lo que no quiere escuchar, y allá que va con su FLIPEMOS. Tú también flipas, quizás sin darte cuenta. Con los asuntos tan graves que nos desgarran en estos momentos y hablando de calcetines. ¿Será que no estás tan pachucho como creías?

 

Tránsito al otoño

El camino hacia el otoño es prometedor. Aunque, en tus circunstancias, este año el tránsito se adornara de ciertos matices especiales que...

El camino hacia el otoño es prometedor. Aunque, en tus circunstancias, este año el tránsito se adornara de ciertos matices especiales …

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-Hay que agradecer que, con el tajo que tiene, al Señor no se le olvide traer el otoño –se te ocurre al ver amanecer el primer día de la nueva estación.

Tienes tus dudas, claro. No te queda claro si es el Dios que te inculcaron en el colegio, el creacionismo, el evolucionismo o cualquier Deus ex machina que venga a resolver los múltiples papelones pendientes. De orden universal, como el Yihadismo, o el conflicto ucraniano (a ti te gusta más que decir ucranio), o la crisis, que no se despeja, o la amenaza del Ebola, o la melopea empalagosa de los nacionalismos. Jesús, qué empacho. A estas alturas de la civilización y todavía discutiendo que lo más importante es ser como son. No exentos de vicios y de corrupciones, como cada quisque. Pero etiquetados con la denominación de origen que les hace levitar. ¿Se acordarán de los viejos vinos en odres nuevos? ¿Dejarán de dar la tabarra y de sentirse agraviados si mañana despiertan convertidos en lo que quieren ser o vestidos de lagarteranas?

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Menos mal que viene el otoño. Sabina dice atinadamente que sólo dura lo que tarda en llegar el invierno, y en general –los poetas y los románticos tienen buena parte de la culpa- se asocia este tiempo a la decadencia, a la vejez, a lo triste y a lo crepuscular. Sin embargo para ti, que vives en la España donde el pasto amarillea a partir de junio, el otoño es una segunda primavera. Ha venido puntualmente, en algunos lugares con estrépito, y bien lo sientes por los que han sufrido sus excesos. Pero en medio de la zozobra general y de tu angustia particular te ha anima ver llover, correr los regatos y arroyos que hace días penaban el severo estío, retoñar la hierba, abrirse los erizos de las castañas y oxigenarte con el impagable aroma de la tierra mojada. Es otro testimonio de la vida de la naturaleza, felizmente al margen de los designios del hombre. La tierra se pondrá amorosa, y pronto nos ofrecerá, por ejemplo, setas, que no saben si serán níscalos o rovellons, ni falta que les hace.

Caminamos.

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No ha sido tu mejor semana, y de ahí el abandono momentáneo de tu blog, con la mala conciencia que te genera abandonar tus hábitos.

Entretanto, dejaste atrás la última noche del verano, quizás la más aciaga desde que te declararon tocado por el cáncer. Los médicos que te cuidan se obsesionan tanto en combatir al enemigo principal que a veces olvidan advertirte de los daños colaterales. Uno de estos, acaso el más vergonzante y motivado por la química que debe de acumular tu organismo, afectaba a la fontanería digestiva, y te tuvo en vilo el domingo a la hora del sueño. En esa noche siniestra, entre sofocos y estertores de impotencia, te permitiste preguntarle al Creador, tan sabio y todopoderoso cual es considerado, cómo no se le ocurrió inventar un aparato excretor más sencillito para el cuerpo humano en casos límite. Vamos, algo que permitiera aliviarse a uno con un movimiento tan sencillo como bajar una palanca para tirar una caña, servir un helado de cucurucho o ponerse un café de máquina. Si tú fueras Dios ya estaba marchando el nuevo diseño.

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La lucha contra esta adversidad en la noche, visita incluida a las urgencias del ambulatorio del pueblo y aplicación de remedios poco honorables para la retambufa, fue una larga secuencia tragicómica que algún día deberías transformar en cuento. Todo es dolor  o risa, según se mire. Se pasó el mal trago, y ahora lo recuerdas como una simple anécdota. Además, no hay mal que por bien no venga. En tu obsesión desesperada por salir cuanto antes de aquel malhadado trance, se te ocurrió especular sobre si la Divina Providencia, con el trajín que se trae, tendría hueco para atender a tus plegarias.

-Señor, Señor –debiste de implorar en la menos devota de las posturas posibles- Pasa de mí este cáliz, y perdón por la comparación.

Te consta que la misericordia de Dios es infinita. Hoy puedes contarlo riéndote de ti mismo, y agradecido por esta mañana gris y suave de prometedor otoño. Sic transit.

El empresario que aspiraba a una necro lógica

Aquél empresario puede que no tuviera muy buen gusto, y que, como casi todos, se fumamara un puro sobre casi todo. Pero era un hombre consecuente...

Aquél empresario puede que no tuviera muy buen gusto, y que se fumamara un puro sobre casi todo. Pero era un hombre consecuente…

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-Es bonito, y a su familia le gustará- pensó mientras repasaba todos los obituarios que la prensa del día dedicaba al gran empresario desaparecido – Pero yo preferiría que mi necrológica fuera más consecuente, más próxima a la realidad, más creíble.

Sobre todo con claros. Pero también con alguna sombra para demostrar que, además de un líder social y un prócer, había sido carne mortal.

El próspero empresario Marcial Antúnez, hijo de un pastor manchego, era un triunfador, un hombre hecho a sí mismo. Sin estudios ni más bagaje que su inteligencia natural, su trabajo y su olfato, se había hecho multimillonario y famoso en las páginas salmón gracias a un producto de parafarmacia que, explotando el efecto placebo y con una audaz campaña de publicidad protagonizada por Anabel Treysler y Carmen Lamana, había revolucionado el mercado. Su producto era la famosa píldora que, disfrazada como complejo vitamínico, prometía a la mujer la juventud y la belleza eternas. Como Marcial era en el fondo un tipo muy básico, la bautizó con su propio nombre. Y como desconfiaba de los divos de la publicidad que le pedían dinerales por cuatro chorradas muy sofisticadas que no se entendían nada, él mismo diseñó su campaña, prescrita de viva voz con un slogan que sorprendía en la boca de tan elegantísimas damas de la beautiful people. En sus spots de televisión, la Treysler y la Lamana explicaban un día cualquiera de su vida. Su desayuno, tan sano, su gimnasia, tan rítmica, su agenda, tan equilibrada, sus compromisos sociales, tan emocionantes, sus momentos de ocio, tan envidiables, sus veladas, tan seductoras. Pero el secreto de la belleza y la felicidad que resplandecía en sus inmarchitables rostros no era sólo su vida de amor y lujo ejemplar, sino que antes de irse a dormir se tomaban cada noche una píldora milagrosa al tiempo que prescribían con una sonrisa.

Con píldoras Marcial…¡guapa que te cagas y casi inmortal!

Rompedor sí que era el mensaje. Y hubo que pagarles un pastón a las ilustres damas por mancillar sus labios con esa expresión impropia de su edad y de su exquisita educación. Pero -¡oh sorpresa!- esa brutal propuesta cayó en gracia, se convirtió en trending topic, las cajas de Píldoras Marcial se vendieron por millones, y unos años después el empresario Antúnez era tan fundamental para el PIB y el Ibex 35 que se ganó con creces ese corifeo de ditirambos post-mortem con el que despedimos en este país a los héroes empresariales que engrandecen la marca España.

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Llame a Torralba, nuestro notario –le dijo a su secretaria- Que quiero que levante acta de unas disposiciones personales de las que usted tomará nota mientras se las voy dictando.

El notario Torralba era un profesional abierto, simpático y habituado a dar fe de acontecimientos un tanto singulares, como el de aquel Marianet de un pueblo de Castellón empeñado en presentar al Libro Guinnes su hazaña de comerse ciento treinta caracoles en veintiséis minutos, lo que a todas luces tenía pinta de record mundial absoluto de la especialidad. Así lo hizo constar en acta notarial, para alborozo de la peña Los Caracojonudos, que la envió junto con su petición de reconocimiento de record a la oficina central de Guinness en el Reino Unido. De igual forma haría constar ahora lo que pausadamente, y con la ayuda de la taquigrafía de Chitina, su secretaria de toda la vida, dictó Marcial.

-No se sorprenda, Torralba- le advirtió el empresario antes de encender su puro y de comenzar el discurso de sus voluntades- Sospecho que a mi muerte el tamaño de mi imperio, el volumen de mi herencia y lo muchísimo que he invertido en publicidad a lo largo de mi vida empresarial me van a acabar canonizando, como está ocurriendo con los colegas que me han precedido últimamente. La opinión pública es así: te pueden poner a parir y odiarte en vida, porque probablemente te lo mereces, pero cuando mueres, saca el inciensario y redime su mala conciencia subiéndote a los altares. A mí, francamente, me dan vergüenza ajena los turiferarios. Y como no tengo descendencia a los que reconfortar con mentiras piadosas y a la fundación que me heredará le va a dar lo mismo que me retraten con luces y sombras, sólo pretendo controlar la hagiografía exagerada. Vamos, que si alguien me dedica un obituario o una necrológica, la gente sepa que se ha muerto un empresario, y no un santo.

Fue a continuación la suya una lectura desconcertante de su vida. De forma deshilvanada, interrumpida a menudo por las boqueadas de humo de su puro y por las expresiones de asombro y hasta las risas del notario y de Chitina, Marcial Antúnez fue marcando las pautas que le gustaría que recogiera su memoria pública. Por favor, que no subrayen la tontería esa de que el secreto de todo es el trabajo, entrar en el despacho el primero y salir el último. Hay cantidad de currantes que no venden un clavel. Yo he trabajado como un cabrón, pero si no hubiera sabido tocar las teclas precisas no me hubiera comido un rosco. Cuando hablen de mi intuición y de mi visión privilegiada del negocio, que recuerden también mi instinto para sondear las debilidades humanas, y mi precisión para conocer qué necesitaban en ese momento los que debían firmar el papel que necesitaba. Si alguien se le ocurre ponderar mi aplomo y mi capacidad de asumir riesgos sí me hará gracia que recuerden aquel rentoy que eché en el ministerio: ¡no hay cojones para negarme esa licencia! Eso, eso, que lo digan así, con todas sus letras, que para eso soy un hombre del pueblo…

-¿Lo…Lo hago constar exactamente en el acta? –titubeó Torralba.

-Naturalmente –confirmó Antúnez- Hombre, que sean quizás un poco menos rotundos cuando aborden mis conflictos con el fisco y con la judicatura: sorteó de aquella manera los problemas que tuvo….sería una buena fórmula, sin entrar en detalles…Luego hablarán de mi generosidad, del mecenazgo…Está bien, me he gastado una pasta ayudando a comunidades de monjitas, ONG y esas cosas, y he tenido que hacer caso a mis asesores comprando unos mamotretos horrorosos que se exhiben en el vestíbulo de nuestra sede y que dicen que son arte contemporáneo, qué se le va a hacer…Que pongan eso: no sabía por qué, pero ayudó a algunos de esos artistas que molaban porque no supo decir NO a tiempo. Buen amigo de todos, sí: del gobierno, de la competencia, de los periodistas…Ahora, como lo cortés no quita lo valiente, que recuerden también lo que aprendí de mi amigo Castiñeiras cuando le quise comprar para mis primeros repartos su vieja furgoneta DKW por cuatro perras, un precio de amigo. Castiñeiras era gallego, y me soltó lo que aquel paisano que quería vender su vaca a un amigo: amigos, muy amigos, pero la vaquiña por lo que vale, ¿eh? Pueden resumirlo así…Y en cuanto a su afán por crear puestos de trabajo y su preocupación por sus empleados…Bueno, no es del todo incierto…Han trabajado para mi imperio miles de ciudadanos, pero les he estrujado lo suyo. Chitina misma, que entonces era un pibón, le podrá contar que yo mismo le prometí promocionarla a la dirección comercial si…

-¡Señor Antúnez, por favor!- interrumpió la secretaria a la que súbitamente se le subieron los colores.

-No pasa nada. Chitina -la tranquilizó el jefe- Usted se portó decentísimamente, y eso la honra, y yo me arrepentí inmediatamente de mi oferta. Además, recordé aquello de donde tengas la olla…Pero cómo voy a negar que uno, que es de pueblo, en esa soledad del poder y del dinero, también tuvo sus debilidades…¿No es más fácil de entender eso que ese espejismo de virtudes personales, cívicas y empresariales con que se pretende inmortalizar ahora a los creadores de riqueza?…

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El notario Torralba tuvo que hacer un alarde de síntesis expresiva para recoger rigurosamente lo que de forma tan anárquica había contado el fogoso creador de las Píldoras Marcial y había transcrito su fiel secretaria Chitina. De la escritura, protocolizada como ACTA DE ULTIMAS VOLUNTADES DE DON MARCIAL ANTÚNEZ Y SANZOL RELATIVAS A SUS POSIBLES OBITUARIOS, se sacaron numerosas copias simples que fueron enviadas a los directores de los principales periódicos, emisoras de radio y cadenas de televisión junto con una breve carta firmada por el empresario que decía así.

Muy Sr. Mío

Desde hace tiempo he observado que los medios como el que Vd. dirige dan una enorme importancia a los obituarios de empresarios que han conseguido una gran notoriedad económica y social. A mi juicio, el impacto de estas tristes noticias desvirtúa un tanto el enfoque de dichos obituarios que, si se me permite decirlo, pecan de caer en un elogio tan exagerado que los hace poco creíbles.

Para evitar esos excesos, y suponiendo que el fallecimiento de este modesto empresario que suscribe merezca en su día algún recordatorio en su medio, le adjunto unas notas recogidas en acta notarial sobre mi trayectoria empresarial. Espero que si alguien glosa mi necrológica, esta sea precisamente lo que no viene siendo hasta ahora: lógica.

Atentamente

Marcial Antúnez Sanzol

Presidente de LABORATORIOS MARCIAL

Cuando falleció el creador de Píldoras Marcial, guapa que te cagas y casi inmortal, su muerte apenas tuvo eco en los medios. ¿Qué interés público podía ofrecer un magnate que, en el fondo,  sólo era un hombre corriente?

 

Amores de árbol caído

En Madrid se están cayendo muchos árboles. Sospechoso. Pero algunos de ellos, soprendentemente, sirven para recomponer amores ...

En Madrid se están cayendo muchos árboles. Sospechoso. Pero algunos de ellos, soprendentemente, sirven para recomponer amores…

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Si una hubiera estado segura de que el primer amor iba a ser el mejor amor… A Patricia la llamó por teléfono una amiga para darle la noticia. Sonaba increíble, la confirmación de que las maldiciones bíblicas existen, y fustigan a las ciudades que, como Madrid, acumulan pecados inconfesables.

-Prepárate, Patricia- le avisó la amiga- Pero el árbol donde fuimos felices también es noticia luctuosa.

-No me digas.

-Lo siento. Pero he visto cómo caía partido por su tronco el árbol donde Javier y tú os hicisteis novios. No se si será putrefacción encubierta, descompensación hídrica o todas esas historias que nos cuenta el Ayuntamiento para explicar esta plaga. Pero el caso es que yo misma vi cómo sin ráfaga de viento alguno, sin venir a cuento, el árbol soltó un quejido desgarrador y su copa se vino abajo.

A Patricia ni siquiera le dio tiempo para controlar su cursilería. De repente sintió que los ojos se le inundaban de lágrimas, y que la afligía una inmensa tristeza, un dolor verdadero, como si ese accidente hubiera hecho carne en alguno de sus hijos.

Cogió el bolso y, sin dar explicaciones en casa, salió precipitadamente.

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Si entonces un árbol frondoso no hubiera sido una aventura fascinante para cualquier chaval…Primero se encaramó a lo más alto por alcanzar un nido y ver sus pajaritos a medio pelechar. Luego por arrancar sus bolas de pica-pica y guardarlas como munición de guerra. Más tarde resultó que las niñas también subían a los árboles. Y que a Patricia, con sus doce años y siempre guapa como una Mariquita Pérez, se le puso el pechito lleno de tetas. Además: se reía tanto cuando él contaba chistes o imitaba a Stan Laurel…

Entonces nadie tenía conciencia ecologista, y nadie sufría por la piel del árbol. Así que un día que los dos eran tan felices tonteando como monos en la copa de aquel inmenso plátano de la glorieta, Javier sacó una navajita suiza que le había regalado su madrina –cortaplumas se le llamaba entonces- y empezó a dibujar  con su punta un corazón sobre la corteza del árbol. El clásico corazón atravesado por la flecha de Cupido.

Después fue ella la que le pidió la navajita para escribir sus iniciales.

-¿Me dejas que lo acabe yo?- le suplicó con una sonrisa a lo Shirley Temple.

A un lado del corazón la chiquilla grabó la P de Patricia. Al otro, la J de Javier. Y debajo, la fecha: 14-V-1960.

Finalmente se besaron como se besaban en las películas entonces. En los labios, pero sin lengua.

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Si la vida no fuera tan caprichosa como es. Si el marido de Patricia no se hubiera alejado de su lado una noche lluviosa que salió a por tabaco sin regresar jamás. Si Javier no hubiera perdido a su mujer en un accidente del coche que él conducía y del que nunca había dejado de sentirse responsable. Si no hubieran pasado tantos años sin verse, desde que él dejó el barrio y sus biografías corrieron en direcciones tan distintas. Y si a lo mejor tuviera razón la letra de Volver, cuando Gardel canta aunque no quiera el regreso, siempre se vuelve al primer amor…

El caso es que cuando Patricia llegó al árbol roto, que en realidad era su paraíso caído, se encontró a su primer noviete allí, mirando el siniestro con la misma inexpresividad tristona de un poste de telégrafos. Era el clásico jubilado sin corbata de paseo diario por prescripción facultativa, ni gordo ni flaco, ni guapo ni feo, barba descuidada y el desengaño impreso en las arrugas de la frente.

-Perdona –titubeó Patricia tímidamente- ¿Eres Javier?…

-¿Y tú eres Patricia?…

Se echaron a reír mientras se abrazaban. Ella le contó que fue avisada por Rosi, otra de las amigas de la pandilla de entonces. Él dijo que pasaba por allí, qué casualidad. Cómo iba a confesar un hombre que en realidad era un arrebato, un presentimiento, una pulsión del deseo oculto lo que le había guiado hasta el lugar del suceso. Luego apartaron las ramas más cuajadas de hojas buscando las huellas de su primera declaración de amor. El tiempo no había conseguido suturarlas del todo. Aún se adivinaba en una de las ramas más gruesas la silueta del corazón herido a medio cicatrizar y la P de Patricia.

-¿Y qué podemos hacer ahora?…-preguntó Javier levantando sus brazos abiertos, como pidiendo explicaciones al cielo.

Mientras los empleados municipales arrancaban la motosierra para trocear su infancia arbolada, se alejaron juntos buscando ese café panacea con el que casi siempre queremos resolverlo todo. Incluso la recuperación del tiempo perdido. Hablaron, recordaron, pasaron el peine sobre sus vidas, se rieron. Quedaron para una semana después en el Parque del Oeste.

La tarde de la cita, con nubes en el cielo que ya presagiaban el otoño, pasearon un rato y se sentaron en un banco bajo un centenario cedro del Himalaya, confiados en que la simple estadística les librase de morir por el nuevo impacto de una rama desprendida. En determinado momento entrelazaron sus manos. Y acabaron besándose, esta vez con lengua, como en las películas de ahora. Dentro de todo, fue un alivio para la ciudad saber que algunos árboles caídos de sopetón servían al menos para recomponer amores que había roto la vida.

Música para que no nos duela tanto España

El Palacio de la Mosquera de Arenas de san Pedro, donde disfrutaste un concierto inolvidable que te dio qué pensar...

El Palacio de la Mosquera de Arenas de san Pedro, donde disfrutaste de un concierto inolvidable que te dio qué pensar…

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Otra de las ventajas la libertad condicional de la que goza tu salud es que te sientes menos Unamuno. A Unamuno le dolía España, una expresión crítica que has hecho tuya muchas veces. Ahora lo que te duele prioritariamente es algo tan vulgar como la espalda. Como contrapartida, ves la vida a través de un cristal de color mucho más amable que el del don Miguel. España no sólo no te duele, pues dejas a un lado sus vicios y defectos seculares, sino que te interesa, te sorprende, te entretiene, te divierte, te enamora, te apasiona. Y te mantiene vivo. Al fin y al cabo es la fábrica y el escenario de todo lo que te gusta. El campo, el mar, el cielo, la noche, la puesta de sol, la luna, el aire fresco, los ríos, las montañas, el amor, los amigos, la siesta, el café con porras, y hasta la banda de música que pasa por la calle tocando Paquito el chocolatero. Resulta que casi todo eso lo has descubierto en el país donde naciste y donde vives, que probablemente no es el mejor, ni el más noble, ni el más heroico, ni el más glorioso, como pretenden las proclamas patrioteras y corean casi todos los himnos nacionales. Pero es el tuyo. Piensas que ahora que la vida te enseña lo que vale un peine es la hora de agradecérselo, no de flagelarse y de dolerse por ello.

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La reflexión viene a cuento de que el pasado sábado tu prima Belén, arenense ilustre y jardinera infatigable, te invitó a un concierto en el Palacio de la Mosquera, construido en el siglo XVIII por el infante Don Luis de Borbón, hermano de Carlos III y aspirante potencial al trono de España. Según algunas cartas que se conservan del ilustradísimo rey, don Luis era su hermano más querido, pero por si acaso se le ocurría enredar en la sucesión, fue obligado a casarse con una plebeya –lo que ya le impediría sentarse en el trono regio- y amablemente desterrado en Arenas de san Pedro, tan lejos de la corte entonces como ahora puede estarlo Sebastopol.

De todos estos datos, como de que en aquel palacio pintaran Paret y el mismísimo Goya y compusiera algunas de sus mejores obras Luigi Boccherini, no tenías la menor idea cuando pasabas allí tus veranos impúberes. Para ti Arenas significaba bañarte en el Charco Verde, hundir tu rostro hasta las orejas en sabrosas rajas de sandía, pasear por las tardes con la chiquillada veraneante por el umbroso camino que lleva al Santuario de san Pedro, beber la exquisita leche helá que servía el señor Paco en su pista de baile –un rectángulo de tierra que se regaba para contener la polvareda iluminado en la noche por una sola bombilla- y escuchar el griterío de las mujeres cuando los mozos corrían la capea hasta la plaza del pueblo. Allí se instalaba el consabido tablao de la época, qué peligro. Una o dos veces por verano paraban cerca unos titiriteros de esos que tocaban la trompeta para que una cabra sumisa se subiera a una escalera portátil. No eran precisamente artistas del Circo Barnum, pero actuaban por la noche y gratis, y esa primera licencia nocturna para un niño de entonces convertía al numerito de la cabra en un fascinante espectáculo. Luego llegaba la Feria de Agosto, cuando en la plaza del Castillo de don Álvaro de Luna se compraban y vendían por la mañana pollinos y ovejas y, por la noche, se abrían las casetas que te tentaban con pirulíes, martillos de caramelo, flautines de caña, caballitos de cartón y motoristas y cornetas de hojalata. Algún pequeño regalo caía, porque el 25 de agosto era tu santo. Poco más. Los niños entonces pintabais poco, y gastabais menos. Si no había nada que feriarse, siempre quedaban restos de madera de pino en los aserraderos para, con sólo dos clavos en la cruceta, fabricaros espadas y jugar a ser mosqueteros.

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La música que te sonaba en aquel Arenas de san Pedro era el canto de las chicharras y la de la gaitilla, un grupo de saxo, clarinete, bombo y tambor que tocaba pasodobles, boleros, y foxtrots para que el personal se agarrase y se trenzara en amores si habían suerte. Recuerdas particularmente un baile en uno de los últimos veranos, una chiquita morena y agitanada de sonrisa blanquísima y cara guapa como de modelo de lata de aceitunas. Era la hija de un torero ya retirado que había alternado nada menos con Manolete. Con un par de miradas comprendiste que ya no eras tan niño. Te sacudiste la timidez, diste un paso al frente, la sacaste a bailar y fuiste feliz mientras duró la pieza, que no fue poco. Luego la orquestina empezó a tocar La raspa y La conga de Jalisco, las parejas se separaron y aquel amor incipiente se desmadejó para siempre. Al día siguiente sólo te quedaba de ella el perfume que su colonia había dejado en la hombrera de tu camisa, que te resististe a echar a lavar por guardar su memoria. Cinco días después el aroma de la colonia permanecía, pero la imagen de su cara, que te había parecido la de una diosa y que hubieras conservado en un relicario sentimental, se había desdibujado en tu recuerdo.

Echaste la camisa al cesto de la ropa sucia y te fuiste con la música otra parte.

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La otra noche no te dolía nada España, sino todo lo contrario. La causa era otra música que escuchabas en el restaurado Palacio de la Mosquera. No era la de las chicharras ni la de de la gaitilla, sino la de Pragma Música, un dúo de violonchelo y contrabajo que ante una atenta concurrencia interpretaban a Mozart, a Boccherini, a Rossini y a un tal Domenico Dragonetti, otro pequeño genio de la época que Irene Mateos y Miguel Franco han rescatado del olvido. Irene Mateos, que a ti te pareció tan virtuosa como Yo-Yo Ma o Jacqueline Du Pré, es, además hija de la villa. Simplemente emocionante: mientras los dos ejecutantes demostraban que la Ilustración no pasó de largo por Arenas, tú reconstruías tu memoria y, por matizar el discurso crítico que hoy estigmatiza a España, a sus políticos y a la propia autoestima nacional, concluías que a pesar de los errores, bajezas y corrupciones que desnudó la crisis no todo se ha hecho tan mal. Políticos fueron los que impulsaron la restauración de La Mosquera, que era una ruina cuando tú veraneabas allí. Y políticos supones que serían los que poco a poco han contribuido a que el mismo pueblo cuyo fervor musical más expresivo era cantar Catalina la torera –canción de rondalla muy coreada en las celebraciones populares- también aprecie hoy el regalo impagable que siempre nos trae la música clásica.

 

La caja de galletas y la luna

Ni un día sin preocupación...¿Qué puede hacer un hombre de tu edad cuando no encuentra su caja de galletas en su propia casa?...

Ni un día sin preocupación. ¿Qué puede hacer un hombre de tu edad cuando no encuentra su caja de galletas en su propia casa?…

Una mancha de mora con otra mancha se quita. Qué verdad. En medio del caos –calor tórrido y gusanillo por dentro que roe tus días- vuelves al campo, refresca el ambiente y se echa la noche limpia y saludable sobre ese pequeño oasis de verdor en el que aún se refugian, confiadas, tus inquietudes. Incluso se escucha el rumor del arroyo que baja de Gredos, este verano felizmente más rumboso que otros de sequía contumaz. Arriba preside la luna creciente, con cara de chica que espera novio sentada en el poyete de la noche. Le quedan dos o tres días para ser toda redondez dichosa.

Te vas a la cama tarde. Después de dos noches de Valium por prescripción facultativa esta vez te da la vena naturalista y decides prescindir de farmacopea. Te engatusarán la luna, otra vez ella, a través de la ventana, y los elementos que metes en el bombo del sueño como si fueran los números de la lotería. Elemento número uno: eres joven, juegas muy bien al fútbol en el Atleti y metes de cabeza el gol que arrebata al Real Madrid la Champions que creía ganada hasta el minuto noventa y tres. Elemento número dos: sigues siendo joven, estás en una playa solitaria, a lo lejos avanza una figura femenina, se te aproxima, se despoja de un albornoz y se queda desnuda. Es una mujer bellísima, pero atormentada. Te dice que si no la haces tuya en ese instante y sobre la misma arena se internará en el mar hasta que las olas se la traguen como a Alfonsina Storni. Decides salvarle la vida. El sueño va por buen camino. Elemento número tres. Surge de las tinieblas Isidoro Álvarezha habido apariciones más turbadoras, cierto- y te nombra embajador de Viajes el Corte Inglés, entregándote a continuación un bono gratuito que te permite ir donde quieras, como quieras, por el tiempo deseado y en tu compañía preferida. Elemento número cuatro: Bach resucita para pedir que vayas con tu coro a cantarle a su señora Las mañanitas del rey David, porque es su cumplesiglos y le hace mucha ilusión. Los costes, a cargo del Emperador. Elemento número cinco: regresas a la infancia, estás en una confitería de alguna ciudad vasca y te suplican que comas todos los canutillos rellenos de crema que se te antojen. Son la especialidad de la casa, y una de tus debilidades. Elemento número seis: el Capitán Akab te invita a perseguir en su buque ballenero a la bisnieta de Moby Dick. Elemento número siete: las hermanas Koplowitz se tiran de los pelos por cortarte las uñas, acaso el acto de aseo personal que te da más pereza y para el que nunca encuentras el momento oportuno. Lo echas a suertes de forma salomónica y a Esther le tocan mano izquierda y el pie derecho, mientras que Alicia se ocupa de la mano derecha y el pie izquierdo. Ellas, para no hablarse, te piden por favor que entre tanto les permitas ver Sálvame. No faltaría más.

En éstas el cielo levanta las persianas y amanece. O sea, has dormido bien sin auxilio químico. Ya es algo. Hubieras deseado aprovechar más a fondo el elemento número dos, el de la mujer y la playa, pero los sueños sueños son, y duran lo que quieren. Amanece, canta el gallo, la mañana respira fresca, suena cantarín el chorrito de la fuente. Parece que los jabalíes han vuelto a hacer de las suyas, bajan del monte, hozan en las zonas húmedas buscando lombrices, avellanas, las primeras castañas, manzanas, ciruelas. Dejan parte de este jardín ya de por sí algo asilvestrado como un auténtico patatal.

-No pasa nada-piensas.

Es lo bueno de tu situación. Despiertas cada mañana y lo demás no importa. Pero…¿qué es un hombre sin preocupaciones? En una casa de campo de seis adultos, siete niños, y numerosos parientes y amigos que entran y salen es difícil encontrar hasta tu sombra. A la hora del primer desayuno, cuando los demás duermen, te das cuenta de que, en un ataque de orden, alguien ha cambiado de su sitio tu caja de galletas, esa caja que una navidad albergó un panettone y que tú convertiste en el depósito ideal para conservar las galletas sin que se queden húmedas o revenidas. No todo podía ser miel sobre hojuelas. Hoy vas a buscar la caja que luce estampada la imagen de una niña bonita y no la encuentras. Te desesperas. Te indignas. Y te preguntas cómo es posible que a un hombre de sesenta y ocho años el destino le pueda asestar una puñalada tan cruel.

Por fortuna, al cabo de un rato la descubres en el fondo de un anaquel de la despensa. Vacía naturalmente. Bajas al pueblo, compras Tortas de Aceite Inés Rosales y galletas de avena, la llenas y, como eso es el símbolo de tu felicidad momentánea, la fotografías y a continuación redactas este post. Qué lata. Si mañana ya no tienes que buscar la lata de galletas, vas a tener que recordar que estás jodido de verdad.

Claro, que siempre quedará la luna.

Un cachito de verano manchego (1)

...Y gracias a tu amigo del colegio, que es alcalde de la villa, disfrutaste del privilegio de pasar en Santa Cruz de Mudela un insólito 7 de agosto

…Y gracias a tu amigo del colegio, que es alcalde de la villa, disfrutaste del privilegio de pasar en Santa Cruz de Mudela un insólito 7 de agosto

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Te anima mucho saber que algunos de tus conocimientos no están al alcance de personas cualificadas. Por ejemplo, la señora Cospedal es abogada del Estado, o sea, que de leyes y reglamentos sabe la tira, pero como dijo Emiliano García Page, alcalde de Toledo, ni idea de pasar el aspirador, arte que dominas con soltura siendo sólo un simpe abogado no ejerciente. Tu perspicacia te sopló que se trataba de una metáfora, que la acusó de ser incapaz de hacer limpieza en el PP. Sin embargo, a ciertas metáforas las carga el diablo: para completar su acusación el señor Emiliano añadió que los del PP no saben hacer nada sin la chacha. Habría sido más sutil refiriéndose a la empleada del hogar, a la sirvienta o a la tata.

Chacha es un apócope de muchacha que raspaba incluso cuando el lenguaje corriente no se disfrazaba de eufemismos. Sonaba a despectivo. Recuerdas el título de una revista musical que protagonizó la entonces rozagante vedette Queta Claver. Se titulaba La chacha, Rodríguez y su padre. No era alta comedia, claro. Corría 1956. Más de medio siglo después una de las grandes esperanzas del PSOE resucita el rancio vocablo haciéndose el gracioso, pero con retranca. Y acaba agraviando no sólo a su adversario político, sino a muchas mujeres y al imprescindible colectivo de asistentas del hogar.

Qué ganas de meterse en líos.

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En Valladolid otro alcalde llamado León de la Riva enriqueció su incontinencia verbal aventando sus sospechas de que algunas denunciantes de acoso sexual se quitan el sostén y la falda en los ascensores y luego salen gritando que un compañero de viaje les ha querido forzar. Fue tan burdo su comentario que el propio munícipe pidió disculpas poco después. ¿Cómo es posible que no mida más sus palabras? Este hombre es contumaz ¿Todavía no se había dado cuenta de que un político no puede ni siquiera ironizar en público con determinados tabúes?

Los hay muy listos para los libros y sin embargo tontos para los recados más fáciles.

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Tu amigo del colegio Mariano Chicharro también es alcalde. De los que no cobran nada por su trabajo, ojo. Rige los destinos de Santa Cruz de Mudela, localidad manchega de la que sólo recordabas el bello camino de cipreses que antaño cruzaba la carretera nacional hasta el cementerio, y las fotografías de Franco en su fabuloso coto de perdices reinando sobre un mar de patirrojas muertas. De todos tus reparos hacia la caza –que después de ver muchos documentales sobre la vida salvaje cada vez son menos- el que más te disgusta es éste: la costumbre de los cazadores de posar con sus víctimas, que se hace especialmente morbosa cuando estas lo son por cientos. Deben de ser los rituales de la caza, que se ha convertido, sobre todo,  en demostración de poderío. Hay gente pa tó. Otros exhiben trofeos deportivos de plata, o colecciones de figuritas de alabastro, Dios nos coja confesados.

El siete de agosto de 2014 las perdices de Santa Cruz de Mudela podían estar tranquilas. Lo que se celebraba allí no era ninguna cacería, sino las fiestas locales. Menos tranquilo estabas tú, encargado por el señor alcalde de presentárselas al pueblo. Lo de hablar en público, ser elocuente y no enrollarte demasiado, no es lo que se te da. Cuando te desinhibías en la radio no te veía nadie, y allá que saliera el sol por Antequera. En la noche de fiestas de la noble villa manchega te veían el alcalde y su señora –poco riesgo, pues al fin son amigos-, pero también la corporación municipal al pleno, el comandante de la Guardia Civil, el juez de paz, el médico, el cura, la maestra, el farmacéutico, la panadera, alguno de los fabricantes de navajas cabriteras, otros notables del lugar y el llamado respetable. Además te escuchaba el propio marqués de Santa Cruz de Mudela, Álvaro Fernández-Villaverde, pregonero de las fiestas. Hay que imaginárselo: un duende especializado en gamberradas e imposturas radiofónicas resumiendo la biografía y los méritos de un notable tan serio como exige su alcurnia, y que lleva en su título el propio nombre del pueblo. Álvaro es diplomático, empresario y gestor cultural de altos vuelos, y aporta un abolengo que lleva enraizado en el pueblo y en la vecina villa de Viso del Marqués más de cuatrocientos años. Su antepasado más ilustre es don Álvaro de Bazán, capitán general de las galeras de España y héroe de la batalla de Lepanto. Tenías el temor de que el pregonero recelase de tu estilo, que no podía ser el de un comunicador engolado y correctísimo. Afortunadamente la prosapia no está reñida con el sentido del humor, y el hombre encajó de buen grado las cuchufletas por las que tu amigo el alcalde te había llevado allí.

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A ti te guiaba, además, la curiosidad. Cuando el tren te dejó en una estación solitaria plantada sobre el más adusto paisaje manchego, el termómetro marcaba 37º. Parecía el primer plano de una clásica película del Oeste. Te esperaba tu amigo Mariano, que te llevó al hotel para que descansaras hasta la horas de la fiesta. ¿Cuántas ocasiones ibas a tener de descubrir Santa Cruz de Mudela un siete agosto? ¿Qué otro motivo te podría solicitar allí?…Y sin embargo, felizmente, te encantaría saber cómo son todos las regiones y pueblos de España, ver su paisaje, conocer sus gentes, saber cómo viven, a las duras y a las maduras, bajo cero, si fuera invierno, o en esa fragua de Vulcano que te ofrecía la tarde de agosto. No te frenaste. Bebiste un vaso de agua y te echaste a conocer esa villa de casas de mucho empaque, trazo austero y calles rectilíneas que se funden con la llanura abrasada. No había un alma. Sorprendentemente, poquísimos bares abiertos. Se ve que el buen sentido de los lugareños los guarda en su casa, su bodega o su patio hasta que la noche suaviza algo la temperatura…Te dio igual. Ya habías apostado hace tiempo por un verano insólito, y ahí estabas donde nunca creía que podrías estar un siete de agosto.

Era un momento especial en un rincón de España. Es verdad que habría lugares mejores en los que estar ese día crucial, pero tu punto de vista y tu propia vivencia eran únicos, exclusivos, en cierto modo privilegiados. Te gusta tu país, y que tu amigo el alcalde de la villa te invitara a presentar las fiestas locales, velay, tenía su puntito.


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