Música para que no nos duela tanto España

El Palacio de la Mosquera de Arenas de san Pedro, donde disfrutaste un concierto inolvidable que te dio qué pensar...

El Palacio de la Mosquera de Arenas de san Pedro, donde disfrutaste de un concierto inolvidable que te dio qué pensar…

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Otra de las ventajas la libertad condicional de la que goza tu salud es que te sientes menos Unamuno. A Unamuno le dolía España, una expresión crítica que has hecho tuya muchas veces. Ahora lo que te duele prioritariamente es algo tan vulgar como la espalda. Como contrapartida, ves la vida a través de un cristal de color mucho más amable que el del don Miguel. España no sólo no te duele, pues dejas a un lado sus vicios y defectos seculares, sino que te interesa, te sorprende, te entretiene, te divierte, te enamora, te apasiona. Y te mantiene vivo. Al fin y al cabo es la fábrica y el escenario de todo lo que te gusta. El campo, el mar, el cielo, la noche, la puesta de sol, la luna, el aire fresco, los ríos, las montañas, el amor, los amigos, la siesta, el café con porras, y hasta la banda de música que pasa por la calle tocando Paquito el chocolatero. Resulta que casi todo eso lo has descubierto en el país donde naciste y donde vives, que probablemente no es el mejor, ni el más noble, ni el más heroico, ni el más glorioso, como pretenden las proclamas patrioteras y corean casi todos los himnos nacionales. Pero es el tuyo. Piensas que ahora que la vida te enseña lo que vale un peine es la hora de agradecérselo, no de flagelarse y de dolerse por ello.

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La reflexión viene a cuento de que el pasado sábado tu prima Belén, arenense ilustre y jardinera infatigable, te invitó a un concierto en el Palacio de la Mosquera, construido en el siglo XVIII por el infante Don Luis de Borbón, hermano de Carlos III y aspirante potencial al trono de España. Según algunas cartas que se conservan del ilustradísimo rey, don Luis era su hermano más querido, pero por si acaso se le ocurría enredar en la sucesión, fue obligado a casarse con una plebeya –lo que ya le impediría sentarse en el trono regio- y amablemente desterrado en Arenas de san Pedro, tan lejos de la corte entonces como ahora puede estarlo Sebastopol.

De todos estos datos, como de que en aquel palacio pintaran Paret y el mismísimo Goya y compusiera algunas de sus mejores obras Luigi Boccherini, no tenías la menor idea cuando pasabas allí tus veranos impúberes. Para ti Arenas significaba bañarte en el Charco Verde, hundir tu rostro hasta las orejas en sabrosas rajas de sandía, pasear por las tardes con la chiquillada veraneante por el umbroso camino que lleva al Santuario de san Pedro, beber la exquisita leche helá que servía el señor Paco en su pista de baile –un rectángulo de tierra que se regaba para contener la polvareda iluminado en la noche por una sola bombilla- y escuchar el griterío de las mujeres cuando los mozos corrían la capea hasta la plaza del pueblo. Allí se instalaba el consabido tablao de la época, qué peligro. Una o dos veces por verano paraban cerca unos titiriteros de esos que tocaban la trompeta para que una cabra sumisa se subiera a una escalera portátil. No eran precisamente artistas del Circo Barnum, pero actuaban por la noche y gratis, y esa primera licencia nocturna para un niño de entonces convertía al numerito de la cabra en un fascinante espectáculo. Luego llegaba la Feria de Agosto, cuando en la plaza del Castillo de don Álvaro de Luna se compraban y vendían por la mañana pollinos y ovejas y, por la noche, se abrían las casetas que te tentaban con pirulíes, martillos de caramelo, flautines de caña, caballitos de cartón y motoristas y cornetas de hojalata. Algún pequeño regalo caía, porque el 25 de agosto era tu santo. Poco más. Los niños entonces pintabais poco, y gastabais menos. Si no había nada que feriarse, siempre quedaban restos de madera de pino en los aserraderos para, con sólo dos clavos en la cruceta, fabricaros espadas y jugar a ser mosqueteros.

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La música que te sonaba en aquel Arenas de san Pedro era el canto de las chicharras y la de la gaitilla, un grupo de saxo, clarinete, bombo y tambor que tocaba pasodobles, boleros, y foxtrots para que el personal se agarrase y se trenzara en amores si habían suerte. Recuerdas particularmente un baile en uno de los últimos veranos, una chiquita morena y agitanada de sonrisa blanquísima y cara guapa como de modelo de lata de aceitunas. Era la hija de un torero ya retirado que había alternado nada menos con Manolete. Con un par de miradas comprendiste que ya no eras tan niño. Te sacudiste la timidez, diste un paso al frente, la sacaste a bailar y fuiste feliz mientras duró la pieza, que no fue poco. Luego la orquestina empezó a tocar La raspa y La conga de Jalisco, las parejas se separaron y aquel amor incipiente se desmadejó para siempre. Al día siguiente sólo te quedaba de ella el perfume que su colonia había dejado en la hombrera de tu camisa, que te resististe a echar a lavar por guardar su memoria. Cinco días después el aroma de la colonia permanecía, pero la imagen de su cara, que te había parecido la de una diosa y que hubieras conservado en un relicario sentimental, se había desdibujado en tu recuerdo.

Echaste la camisa al cesto de la ropa sucia y te fuiste con la música otra parte.

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La otra noche no te dolía nada España, sino todo lo contrario. La causa era otra música que escuchabas en el restaurado Palacio de la Mosquera. No era la de las chicharras ni la de de la gaitilla, sino la de Pragma Música, un dúo de violonchelo y contrabajo que ante una atenta concurrencia interpretaban a Mozart, a Boccherini, a Rossini y a un tal Domenico Dragonetti, otro pequeño genio de la época que Irene Mateos y Miguel Franco han rescatado del olvido. Irene Mateos, que a ti te pareció tan virtuosa como Yo-Yo Ma o Jacqueline Du Pré, es, además hija de la villa. Simplemente emocionante: mientras los dos ejecutantes demostraban que la Ilustración no pasó de largo por Arenas, tú reconstruías tu memoria y, por matizar el discurso crítico que hoy estigmatiza a España, a sus políticos y a la propia autoestima nacional, concluías que a pesar de los errores, bajezas y corrupciones que desnudó la crisis no todo se ha hecho tan mal. Políticos fueron los que impulsaron la restauración de La Mosquera, que era una ruina cuando tú veraneabas allí. Y políticos supones que serían los que poco a poco han contribuido a que el mismo pueblo cuyo fervor musical más expresivo era cantar Catalina la torera –canción de rondalla muy coreada en las celebraciones populares- también aprecie hoy el regalo impagable que siempre nos trae la música clásica.

 

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2 Responses to “Música para que no nos duela tanto España”


  1. 1 Pemberton septiembre 11, 2014 en 9:18 am

    Aunque sea mas viejo que tu , el leer tus comentarios me transportas a mi años mozos no en Arenas de san Pedro sino en Aranjuez o pueblos de la Sierra de Madrid. Me refrescas recuerdos de bailes de pueblo, espadas de madera y trompetas de lata…
    Deseando que te duela menos lo que sea, particularmente la espalda, y sigas alimentando nuestros recuerdos.
    Gracias Duende eres “un maquina” , como dicen ahora los chelis madrileños

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  2. 2 zoupon septiembre 11, 2014 en 10:31 am

    Los españoles nos quejamos mucho de nuestro propio país y del tiempo que nos ha tocado en este valle de lágrimas, y muchas veces no sin razón. Y así y todo, creo firmemente que hemos tenido la suerte de nacer y/o vivir en uno de los mejores lugares del mundo entero, y que cualquier tiempo pasado fue peor.

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