Archivos para 29 octubre 2014

Un cuento para la jueza Alaya

El ujier del juzgado pensaba que la Jueza Alaya siempre aparecía con su maleta porque quería escapar...

El ujier del juzgado pensaba que la Jueza Alaya siempre aparecía con su maleta porque quería escapar…

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Uno no se enamora de aquello que ve y le llama la atención. La cara que le deslumbra, la melena que se mece cuando pasa ante él, las curvas de su cuerpo, que se ondulan aún más cuando camina a paso firme hacia la escalinata del Juzgado. Los años de mozo que vivió en el pueblo le ocurría lo mismo. Se enamoró de la Flora al verla pasar todos los días por delante de su casa para lavar la ropa en el pilón de la plaza. Luego la Flora fue su mujer. Perra suerte que después de treinta años de matrimonio y dos hijas ya criadas, la una en Sabadell y la otra casada con un surfista canario, la Flora perdiera la cabeza. Ahora contaba al bueno de Simón las lamas de las persianas de la Residencia. Se las repetía cada día que iba a verla.

-Son 120- decía unas veces. Otras 189, o 536. Siempre con una sonrisa en la boca, convencida no sólo de que sabía contar perfectamente, sino también de que estaba curada.

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Simón no era un hombre ilustrado, pero sabía que el mundo estaba mu revuelto. No había más que ver la cantidad de personal famoso que veía entrar y salir por las puertas del juzgado nº 6 de Sevilla, a donde fue destinado después de muchos años de servicio en otras dependencias judiciales. La ristra de caras conocidas, para lo bueno y para lo malo, que pasaban allí. Políticos, artistas, futbolistas, empresarios, exministros, exalcaldes, folklóricas, directivos de fútbol, sindicalistas. Mu revuelto, sí, el mundo estaba patas arriba, pero él estaba a punto de jubilarse, tenía un sueldo muy modesto y dos hijas desparramadas por España- lo grande que se hace España para el cariño partido- a las que no veía casi nunca. También tenía una pequeña casucha de mal vivir en el barrio de San Bernardo, y eso sí, un cachito de tierra en la Vega de Granada que heredó de sus abuelos y que acaparaba casi toda su ilusión. Su huerta primorosa, sus gallinas, su burro Pascal, su pozo, sus frutales, los chopos y alisos abanicando la orilla del río, su casita blanca y diminuta, con su diminuto patio y las buganvilias y jazmines. Entre tanta fortuna, de la que era consciente, una hartá de soledad. Su abuelo le dijo una vez que su finquita, que casualmente se llamaba Pocacosa fue un capricho que el padre del poeta García Lorca quería haber comprado para Federico, pero a Antonio eso no le decía nada, porque según él no entendía de poesía.

-Mire usté –se explicaba- yo veo las mariposas en la flores y me gustan, escucho el ruiseñor y el murmullo del arroyo, y el aroma de azahar de los naranjos y me gustan. Veo al borriquillo pastando feliz mientras espanta las moscas con el rabo y me siento feliz yo mismo. Pero luego me cuentan todas estas cosas enredás en los versos del poeta Federico y me hago un lío. Y yo necesito tener las cosas claras.

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Ahora tenía dos cosas muy claras. Una era que la soledad del hombre solo es muy larga. Más larga que la sombra del más alto de los cipreses. Y otra que cada vez que pasaba por delante de su mesa una determinada jueza le daba un vuelco el corazón. La jueza se llamaba Alaya, que sonaba como a nombre de princesa morisca. Simón se quedó sorprendido al verla por primera vez, porque en su experiencia de ordenanza no había visto jamás una jueza que no tuviera pinta de jueza, o sea, de señora sabia, seria y mayormente aburrida, de tanto estudio, tanto folio, y tanto atar cabos de aquí para allá.

-La jurición, si es femenina, tiene que ser preferentemente fea- le dijo un día su jefe cuando aún no existía lo políticamente correcto- Para que asín se concentre mayormente en su poblemática, que es fundamental pal Estao.

Mira por donde la jueza Alaya distaba tanto de esa imagen que por primera vez en sus años de servicio Simón no veía en ella a la funcionaria, sino a la mujer con la que le gustaría compartir su cachito de tierra en la vega que tanto le gustaba al poeta García Lorca.

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Frente a estas certezas, Simón alimentaba una duda que disparaba su fantasía: ¿por qué la hermosa jueza Alaya aparecía siempre en el juzgado arrastrando un maletín de viaje? Los más de sus compañeros del juzgado mantenían que era la forma más cómoda de transportar el sumario. Lo del sumario no acababa de estar claro para Simón. A su tío Benito lo apiolaron en la guerra por no sublevarse con el ejército de Franco tras un juicio sumarísimo, y en lo que se le alcanzaba, sumario significaba rápido, breve, resumido. ¿Cómo era posible entonces que su jueza favorita tuviera siempre tantos papeles entre manos para tener que cargarlos en un maletín sobre ruedas?

-Esta mujer se quiere escapar, y lleva el maletín preparado para eso –pensaba cuando la veía pasar rumbo a su despacho- Será trabajadora, no digo que no, pero se quiere escapar. Tan guapa como es, y con las ganas que le tienen tantos granujas, no puede ser feliz…

Sabía que esas ganas no tenían nada que ver con las que le inspiraban a él. Y soñaba con que de verdad lo que aquella mujer deseaba era evadirse en busca de la felicidad.

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La Flora murió en la residencia un martes de abril. Simón no lloró casi nada, pues todo lo había llorado ya desde que su mujer empezó a contar las lamas de las persianas. Sus hijas vinieron justo para amortajarla, y para decirle que cada día se les hacía más difícil viajar a Sevilla. No trajeron a los dos nietos que tenía para que los conociera, y ni siquiera se quedaron para trasladar las cenizas de su madre a Pocacosa, como deseaba él, para guardar la memoria de la Flora al amor del pie de una oliva. La jueza Alaya seguía acudiendo día tras día con su maletín. Simón la miraba. El maletín de la jueza cargado de sumarios, las miradas del ujier rebosantes de deseo. La sombra de su soledad se le hizo entonces ya más larga que la del ciprés más alto de Sevilla, de la Vega de Granada y de toda Andalucía.

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El bueno de Simón no se había detenido a averiguar si la jueza guapetona estaba casada o no. Sólo sabía que luchaba por limpiar la pocilga de los ERE, que los responsables del mismo se la tenían jurada, y que, para colmo, en España había estallado un nuevo volcán de corrupción llamado caso Púnica que, por si no lo estaba ya, amenazaba con hundir al personal en el pozo negro de la vergüenza y la desesperación.

-Ojú, qué jartible se está haciendo esto de trabajá pa la justicia-se dijo la mañana del último día de trabajo mientras se ponía el uniforme- ¿Y tó pa qué?…

Aquel día Simón se jubilaba. Antes de ir al juzgado pasó por el taller de su amigo Monchito, que le había dejado su viejo Seat Toledo a punto, lavado y reluciente como los chorros del oro. Habló luego con sus superiores, firmó los papeles pertinentes y se apostó en su mesa esperando la llegada de su admirada jueza Alaya que, cómo no llegaba tirando de su maletín. Salvo saludarla respetuosamente todas las mañanas, Simón jamás había cambiado palabra alguna con ella, pero una de las ruedas del maletín atrapado por una reja del alcantarillado le dieron pie para inclinarse a sus pies.

-¿Permite su señoría que la ayude?- le dijo mientras sus manos desatascaban la rueda.

-Oh, si, gracias –fue todo lo que dijo ella.

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Simón sabía que no iba a tener muchas más oportunidades de verla. Así que después de presentarse, Simón Gómez Jaquetón, para servirla, y de anunciar que aquel mismo día dejaba de ser ujier del juzgado nº 6, se tomó la libertad de decirle que se había enamorado de ella con solo mirarla. Y que aunque sabía que su vida iba por otros derroteros, si quería encontrar la paz interior y un lugar de la Vega de Granada que había encaprichado al mismísimo García Lorca, él le abriría las puertas de Pocacosa.

-Pero no se lo crea –le advirtió- porque es un nombre mu mentiroso. De día se oye cantar al Genil, de noche a los grillos. Más menos como si fuese un poema de Federico, pero que se entiende mejó.

Alaya se limitó a despedirle con una sonrisa. Pero él cuando enfilaba la carretera de Granada en su viejo Seat iba encantado. Primero porque empezaba a ser un hombre verdaderamente libre. Y segundo porque su heroína no había dicho ni si ni no, y a lo mejor resultaba cierto aquel refrán de que quien calla otorga.

 

 

 

 

 

 

El arte está en ti

La idea de Splendide Hotel puede ser original, pero ver el otoño desde el interior del Palacio de Cristal es incluso más gratificante...

La idea de Splendide Hotel puede ser original, pero ver el otoño desde el interior del Palacio de Cristal es incluso más gratificante…

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El arte está en saber mirar. Puede parecer una pedantería, pero a tenor de lo que nos cuentan los pontífices en la materia no queda más remedio que llegar a esa conclusión.

Las instalaciones. Hagamos memoria. Antes los artistas reunían una serie de obras salidas de su mano y las presentabas al público en una sala de exposiciones. Ahora, agotado ya el catálogo de ocurrencias homologables como obra de arte, tienen una idea plástica (o así), se la venden con muchas literatura al mecenas o al baranda de turno, este da su visto bueno, afloja la pasta o presta su espacio –lo de local queda demasiado paleto para estos experimentos- y ofrecen al público sus originales creaciones. Pueden ser estas montones de balasto coronados por naranjas, una vaca navegando en una inmensa urna llena de formol, traviesas de tren dispuestas como si fueran un xilofón, sacos de patatas bajo sombrillas playeras, torrenteras de piedra sobre las que nadan en seco patitos de goma o un simple juegos de espejos o de relojes de carillón sin agujas que se preguntan qué es el tiempo. El caso es provocar la curiosidad del espectador.

-¿Qué carajo me quiere decir el autor con esto?- es la pregunta clave que se supone a la gran obra de arte contemporánea.

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El Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía ha confiado a Dominique González-Foerster la instalación en el Palacio de Cristal del Retiro de un proyecto que invita al visitante a un viaje por espacios y tiempos donde la literatura se convierte en un modo de habitar el mundo (sic). Leerse el pequeño folleto que introduce la exposición es fundamental. En realidad, si este no nos contase que el bellísimo edificio fue creado en 1887 por Ricardo Velázquez Bosco con motivo de la Exposición General de las Islas Filipinas, que en esa misma fecha el poeta Rimbaud hablaba en uno de sus poemas de un Splendide Hôtel, y que así se llamaba también el hotel de Evian donde veraneaba Marcel Proust, el proyecto que presenta el artista, que supuestamente convierte el recinto en un elegante hotel de la belle èpoque apenas sería nada. Qué filigranas para justificar una boutade, como son la mayoría de creaciones artísticas ahora.

El espectador que visita el recinto sólo ve el Palacio de Cristal habitado por una docena de mecedoras repartidas en él. Sobre cada una de ellas reposa un libro. Los visitantes entran, pasean por el palacio diáfano, se sientan en una mecedora, leen unos fragmentos del libro que les ha tocado o se balancean un ratito para descansar, se quedan más o menos contentos imaginando que por un momento han sido arte y se van tan frescos. No se atreven a solicitar una cuotita de copyright, pero lo cierto es que si no hacen un acto de fe en la literatura que explica el ambicioso proyecto del artista, lo que acaban de ver y De vivir no sería más que una milonga. El arte actual exige, sobre todo, la buena voluntad del espectador.

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Desde hace bastante tiempo Homper va por la vida ojiplático –término a punto de ser reconocido por la RAE– y con la boca de un tragabolas por lo que a diario ve a su alrededor. Es el Hombre Perplejo por antonomasia. Visitó la exposición de marras y no oculta que la ocurrencia del artista le dejó un tanto frío. Dice que sin embargo se puso en el centro de la exposición, miró a la arboleda circundante mientras hacía un giro de 360 grados y se quedó pasmado al contemplar ese patchwork otoñal de verdes, sienas, ocres, amarillos y rojizos de la cortina vegetal que envuelve al Palacio de Cristal. Estaba solo en medio de un palacio que parece un cuento, delante de él, el estanque donde crecen los cipreses calvos y nadan cisnes, patos y tortugas. A su alrededor, el esplendor polícromo del otoño en el parque. Dice que no había visto un cuadro tan bonito en mucho tiempo.

Comprendió que la naturaleza imita al arte, como sentenció Oscar Wilde. Y que la instalación o el proyecto que él hubiera propuesto sería simplemente sentarse en una de las mecedoras y disfrutar de ese privilegiado momento de la naturaleza que cualquiera tiene a su alcance en el centro de Madrid.

Otro protocolo inevitable

¿Por qué los supositorios no cumplen su objetivo como  el cohete que llegaba a la luna en la vieja película de George Mèliés?

¿Por qué los supositorios no cumplen su objetivo como el cohete que llegaba a la luna en la vieja película de George Mèliés?

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Según el historiador Troian Daritu, el siniestro Vlad Tepes, que inspiró a Bram Stoker la figura del Conde Drácula, aparte de almorzar sopitas de pan con la sangre de sus víctimas, empalaba a sus más encarnizados enemigos espetándolos por la retambufa en una estaca que se erigía al otro lado del foso de su castillo. Desde la torre almenada, el villano contemplaba el espectáculo con el mismo deleite sádico con el que Nerón veía arder Roma.

-¡Ahoras sabéis de verdad lo que es tomar por el mismísimo!- exclamaba Tepes lanzando estruendosas risotadas.

El ilustre canalla ni siquiera tenía la delicadeza de suavizar la punta con friegas de sebo.

En un orden menor de la escala de suplicios, last but not least, y quizás para reos de menor categoría, el monstruoso torturador reservaba algo que los galenos de su tiempo habían concebido como medicamento. A estos pobres desdichados les condenaba a supositorios.

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Todo esto te lo cuenta entre lamentos Homper después de haber recibido una llamada tuya que no ha podido atender.

-La culpa no ha sido de Vlad Tepes –se excusa- sino de Jaime Zorrilla, que es un médico excelente y un encanto de persona. No obstante lo cual me había prescrito para serenar esa caldera de Pedro Botero que me anida en el bajo vientre un antiespasmódico en forma de supositorio. En ello estaba. Sólo al recordarlo me pongo a temblar…

Y ordenadamente, sin perder la flema de quien pretende guardar la dignidad de su discurso, va desgranando los motivos de su escandalosa perplejidad ante los problemas que le planteó la aplicación del mencionado remedio.

-Yo de niño –explica- imaginaba que los supositorios eran como la nave espacial del Viaje a la luna, aquel ingenuo film de Méliès en el que un cohete lanzado desde la tierra se clava en el ojo de nuestro satélite. Mi madre cambiaba el ojo de la luna por el del culete y muy a mi pesar me introducía por ahí ese odioso invento. Era desagradable, pero entraba sin problemas. Ahora es difícil hasta despojar del supositorio la película de aluminio en la que viene presentado. Al quitarle su envuelta, se suelen desprender varios fragmentos de su cabeza. Y por último, cuando después de las fatigas previsibles, y sólo postrándote de hinojos en plan adoratriz y con el trasero en lo más alto crees que la nave ha alcanzado su objetivo, fuerzas misteriosas procedentes del averno intestinal la proyectan al exterior y te encuentras humillado, ofendido, con el culo aire y el antiespasmódico en el suelo riéndose de ti.

O sea, supositorios de espaldas al pueblo, como diría Doña María. O más propiamente de espaldas al culo, como precisa Homper.

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Cuenta Homper que en esos delicadísimos momentos lo llamó para interesarse por su salud la periodista y gran amiga suya Begoña Ortúzar, madre del doctor Zorrilla y chica bien de Bilbao de toda la vida. Y que aunque normalmente habla con ella de mística, de filosofía, poesía y otros asuntos trascendentes, no pudo evitar comentarle el enojoso incidente del supositorio rebelde.

-Eso es que te lo pones mal –pontificó sin dudar –Debes hacerlo al revés, introduciendo primero la base, más ancha, para que pasado lo más difícil se cierre el esfínter anal y allá no se escape nada.

A Homper le sorprendió esa teoría tanto como si le hubiera dicho que las balas penetraban por la parte achatada, que los obuses vuelan con la cabeza explosiva apuntando al artillero o que los barcos estaban hechos para navegar de popa. Homper creía que los supositorios eran fusiformes precisamente para abrirse camino más fácilmente en su procelosa y oscura trayectoria, y así se lo dijo a Begoña.

-De eso nada –remachó- En Bilbao que sepas que lo hemos hecho así siempre y nos ha ido divinamente.

Homper creyó por un momento que así como los bilbaínos dicen que nacen donde les da la gana, el hecho diferencial les permitía ponerse los supositorios donde y como les peta. Pero con toda humildad defendió que nunca jamás en su vida había escuchado semejante teoría. Es más, no dijo la palabra teoría, sino tontería, a lo que ella contestó con un whatsup en tono indudablemente airado: “Consulta en GOOGLE la forma correcta de ponerse un supositorio. ¡INCULTO!”.

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Homper le hizo caso y, sorprendentemente, nunca te acostarás sin saber una cosa más, también se quedó perplejo al comprobar que en esa fantástico e ilimitado Internet donde cabe todo hay un vivo e interesantísimo debate sobre la forma idónea de conseguir que un supositorio cumpla correctamente su cometido. No sabe si también hay teorías sobre cómo cortarse las uñas, cómo partir la hoja de papel higiénico justo por la línea trepada o cómo hervir la coliflor sin provocar las protestas del vecindario, pero desde luego sobre la aplicación de los supositorios sí hay ya considerable jurisprudencia.

Y sin embargo, el Hombre Perplejo, víctima aún del caos en lo más ominoso de sus interiores, seguía sin saber a qué atenerse. La derivada era obvia: en estos tiempos de confusión y de debate por lo que sea…¿a qué esperamos para que la autoridad competente establezca e una vez por todas un Protocolo Específico sobre el modo de administrarse los Supositorios?

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Una independencia inmadura

Nadie está seguro de si es una diarrea o un atasco, pero el caso es que el independentismo empieza a parecerle a muchos una pesadilla...

Nadie está seguro de si es una diarrea o un atasco, pero el caso es que el independentismo empieza a parecerle a muchos una pesadilla…

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Te llama Homper para contarte otro sueño más que le dejó perplejo. Aturdido sin duda por los vaivenes del dichoso proceso del 9-N que nos lleva comiendo el coco casi un año, esta noche ha sido víctima de una pesadilla independentista de primer orden. Resulta que el presidente de su comunidad de propietarios, Florencio Muñoz Pérez, ha resucitado los genes catalanistas que habitan en su sangre. Un tatarabuelo suyo llamado Diego Lletget i Maixer, que en el siglo dieciocho se estableció en Arenas de San Pedro para acabar casándose con una lugareña, le envió un imperativo categórico al que no se puede resistir.

-Independencia, noi- dice que le ordenó el espíritu de su antepasado- Som i serem gens catalana, tanto si es vol com si no es vol.

El presidente organizó varios referendum para que la Comunidad de Propietarios se independizara de la ciudad, del barrio, de la calle. Argumentaba que no estaba realmente convencido de las ventajas de la independencia, pero el caso es que la gente votase, porque sin voto no hay democracia, y sin democracia no hay salvación. Visto que su propuesta no triunfó, pues casi todas las fechas previstas para el referéndum una cadena de TV televisaba un partido de fútbol, se invitó a colocar urnas en la escalera para que los vecinos se pronunciasen cuando les apeteciera sobre cuestiones fundamentales. ¿Debemos cambiar la araña de cristal del portal por una iluminación más moderna? ¿Es Vd. partidario de mantener el Hilo Musical o prefiere más bien una selección de habaneras y sardanas sonando de continuo? ¿Procede demandar a la brasileña del 6º A, que había convertido su piso en una escuela de samba? ¿Se debe implantar el pañal obligatorio para esos perritos que se mean en el ascensor? ¿Cree que hay que exigir al Ayuntamiento que retrase el paso de los camiones de la basura hasta una hora de la madrugada en la que el demoníaco glópita-glópita de la estruendosa máquina que engulle los desechos orgánicos e inorgánicos deje de interferir en la vida sexual de los habitantes del bloque provocando numerosos y frustrantes coitus interruptus?

La mayoría de los vecinos dijeron al presidente que dejara de dar el coñazo y le mandaron a Florencio a hacer puñetas.

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No obstante lo cual, la pesadilla continuaba. Sin acuerdo alguno, ni del Parlamento ni de la Comunidad de Propietarios, y temiendo quedar como un traidor a la causa, un visionario de pacotilla, un incompetente o simplemente un cantamañanas, el presidente había decretado unilateralmente una independencia. No era lo esperado, pero al menos colmaba algunas expectativas.

-Queda declarada la independencia del cuarto de baño del vecino Homper –proclamó solemnemente Florencio- que, desde este momento, queda segregado del edificio y de la comunidad porque no podía ser de otra forma. El nuevo estado así nacido queda integrado en la Federación Surrealista Esquizofrénica.

Homper está preocupado. Vive en su casa de siempre, pero cuando tiene que hacer uso del cuarto de baño debe trasladarse a un descampado donde le esperan su lavabo, su ducha y los demás sanitarios adecuados al lugar. Es independiente, sí, puede aliviarse a modo sin miedo al escándalo ni al qué dirán, pero resulta muy poco práctico.

Lo peor es que creía que habitaba en una pesadilla, y que se decidió a despertar por huir del sortilegio. Pero cuando puso un pie en la realidad se ha encontrado con que esta no es mucho más sensata.

-Joder –resopla desencantado antes de despedirse- ¡Si hubiéramos sabido que la madurez era esto!…

Ebolizados

Parece mentira que de un río y una palabra tan bonita como Ébola haya fluido tanta inquietud...

Parece mentira que de un río y una palabra tan bonita como Ébola haya fluido tanta inquietud…

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Querías pasar un fin de semana viendo llover y buscando setas. Sin embargo, en una de las vigilias que programa tu sueño quebradizo, la luna, menguante pero aún atractiva como esas mujeres maduras que hacen hermosas hasta sus patas de gallo, te sorprendió en lo alto y fijó tu mirada tras el cristal de la ventana. No era la suya una aparición diáfana, sino espectral, entreverada de ominosos nubarrones. En lugar de adjetivos, nombres que ilustran mejor el cuadro: Caspar Friedrich, Turner, Tim Burton. Noche, o ya madrugada, rigurosamente romántica, tenebrosa, sobrecogedora. Antes le decíamos de miedo. Ahora se emplea más lo de gótico.

Y a ti, arrebujado entre las sábanas, te gustaba. Hace tiempo que tu vida es ya ir engastando momentos así, como si fueran las cuentas de un collar único. ¿Cuándo volverás a ver justo esa insólita versión de la noche, con esa nube caprichosa que por unos segundos le pone a la luna las barbas de un Papá Noel? Nunca. En un abrir y cerrar de ojos, las guedejas de las barbas se han difuminado, y otro nubarrón sombrío y espeso como el ala de un buitre eclipsa a la reina de la noche. Luego esta reaparece. A continuación se vela con tules gaseosos. Como el mar en el constante batir de sus olas, como el fuego que se devana en llamas imprevisibles, una noche borrascosa con luna al fondo jamás repetirá espectáculo.

Lo disfrutas a conciencia dispuesto a entregarte nuevamente a un último sueño antes de que amanezca. Y en estas, mal de la sobreinformación a la que estamos expuestos, piensas en la enfermera Teresa Romero, que a esas mismas horas en que tú desmigas los secretos de la noche se debate entre la vida y la muerte. Vivimos a impulsos de lo que nos pautan los medios. Ahora estamos ebolizados. Y la valiente auxiliar de enfermería ni siquiera hallará el consuelo de entretenerse contemplando los cambiantes visajes de esta luna de otoño.

2

Siempre has tenido predilección por las palabras esdrújulas, especialmente si estas incluyen la letra L. Rúcula, brújula, pínula, ménsula, pídola, tórculo, fámula, párvulo, sémola. A veces crees que los sonidos de las palabras condicionan sus significados. Por eso te choca que una palabra hermosa como ébola, que quedaría la mar de bien en un soneto de amor, designe a una enfermedad tan mortífera como la que trae de cabeza a España. Luego te enteras de que Ébola es el nombre del río africano, afluente del Congo, en el que por primera vez fue identificado el dichoso virus. Te imaginas el lugar, tan lejos de esta civilización urbanita que de cuando en cuando descubre alarmada las inopinadas gateras por las que se nos fuga el estado del bienestar. No aparecen navegando por el río en piragua la Baronesa Dinesen con su Robert Redford de rigor, sino un grupo de negritos que poco después serán incluidos en su larga lista de víctimas.

Estas dramáticas Memorias de África, no hay mal que por bien no venga, han provocado una de las reflexiones más lúcidas que, pásmese el personal, viene de esa especie en proceso de demonización que es la de los políticos, incluso aunque sean honrados. El diputado Eduardo Madina se escandalizó de que el sacrificio de Excalibur, el perro de Teresa Romero, hubiera levantado un vendaval de reacciones en las redes sociales invitando a echarse a la calle a los animalistas, por aquello de que el fin no justificaba tal medida de precaución. Y no tuvo empacho en recordar en un tweet que estas mismas almas sensibles podrían haberse manifestado antes por las más de cuatro mil muertes que el ébola ha dejado ya en África. Lo de siempre, árboles que no nos dejan ver el bosque. Y, por fortuna, de vez en cuando una ráfaga de ese céfiro extraño llamado sentido común.

3

Lo tuyo no es ébola, pero también ha arreciado este otoño, y te ha dejado sentir por primera vez lo muy desagradable que es sentirse mal. Pequeños alifafes, nada totalmente insoportable, servidumbres del cuerpo, por dentro y por fuera. Como si Atlas hubiera descargado sobre tus espaldas todo el peso del mundo y, al mismo tiempo, un volcán en erupción se te hubiera comprimido en largo y proceloso tracto digestivo. Qué suerte poderlo contar, y lamentar que al final sólo estés descolocado, te sientas extraño, y veas pasar los días posteriores a la quimioterapia sin saber qué hacer, y sin fuerzas apenas para contarlo.

Hundido en tu sillón mientras ves pasar las horas exánime, se te ocurre pensar entonces en los que a veces se asoman a tu blog en busca de una sonrisa, cuando no está precisamente el horno para bollos. Y también en los miles y miles de personas que, sin ir más allá de tu ciudad y quizás de tu barrio, luchan también por sentirse a gusto con su cuerpo. Adviertes de que, afectado por la psicosis desmadrada que nos aflige, tú también estás ligeramente “ebolizado”.

Aún así, sursum corda. La mañana no puede ser más gris y lluviosa, pero anuncian claros para la tarde, y a final verás cómo brilla el sol.

Ebolizados

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Querías pasar un fin de semana viendo llover y buscando setas. Sin embargo, en una de las vigilias que programa tu sueño quebradizo, la luna, menguante pero aún atractiva como esas mujeres maduras que hacen hermosas hasta sus patas de gallo, te sorprendió en lo alto y fijó tu mirada tras el cristal de la ventana. No era la suya una aparición diáfana, sino espectral, entreverada de ominosos nubarrones. En lugar de adjetivos, nombres que ilustran mejor el cuadro: Caspar Friedrich, Turner, Tim Burton. Noche, o ya madrugada, rigurosamente romántica, tenebrosa, sobrecogedora. Antes le decíamos de miedo. Ahora se emplea más lo de gótico.

Y a ti, arrebujado entre las sábanas, te gustaba. Hace tiempo que tu vida es ya ir engastando momentos así, como si fueran las cuentas de un collar único. ¿Cuándo volverás a ver justo esa insólita versión de la noche, con esa nube caprichosa que por unos segundos le pone a la luna las barbas de un Papá Noel? Nunca. En un abrir y cerrar de ojos, las guedejas de las barbas se han difuminado, y otro nubarrón sombrío y espeso como el ala de un buitre eclipsa a la reina de la noche. Luego esta reaparece. A continuación se vela con tules gaseosos. Como el mar en el constante batir de sus olas, como el fuego que se devana en llamas imprevisibles, una noche borrascosa con luna al fondo jamás repetirá espectáculo.

Lo disfrutas a conciencia dispuesto a entregarte nuevamente a un último sueño antes de que amanezca. Y en estas, mal de la sobreinformación a la que estamos expuestos, piensas en la enfermera Teresa Romero, que a esas mismas horas en que tú desmigas los secretos de la noche se debate entre la vida y la muerte. Vivimos a impulsos de lo que nos pautan los medios. Ahora estamos ebolizados. Y la valiente auxiliar de enfermería ni siquiera hallará el consuelo de entretenerse contemplando los cambiantes visajes de esta luna de otoño.

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Siempre has tenido predilección por las palabras esdrújulas, especialmente si estas incluyen la letra L. Rúcula, brújula, pínula, ménsula, pídola, tórculo, fámula, párvulo, sémola. A veces crees que los sonidos de las palabras condicionan sus significados. Por eso te choca que una palabra hermosa como ébola, que quedaría la mar de bien en un soneto de amor, designe a una enfermedad tan mortífera como la que trae de cabeza a España. Luego te enteras de que Ébola es el nombre del río africano, afluente del Congo, en el que por primera vez fue identificado el dichoso virus. Te imaginas el lugar, tan lejos de esta civilización urbanita que de cuando en cuando descubre alarmada las inopinadas gateras por las que se nos fuga el estado del bienestar. No aparecen navegando por el río en piragua la Baronesa Dinesen con su Robert Redford de rigor, sino un grupo de negritos que poco después serán incluidos en su larga lista de víctimas.

Estas dramáticas Memorias de África, no hay mal que por bien no venga, han provocado una de las reflexiones más lúcidas que, pásmese el personal, viene de esa especie en proceso de demonización que es la de los políticos, incluso aunque sean honrados. El diputado Eduardo Madina se escandalizó de que el sacrificio de Excalibur, el perro de Teresa Romero, hubiera levantado un vendaval de reacciones en las redes sociales invitando a echarse a la calle a los animalistas, por aquello de que el fin no justificaba tal medida de precaución. Y no tuvo empacho en recordar en un tweet que estas mismas almas sensibles podrían haberse manifestado antes por las más de cuatro mil muertes que el ébola ha dejado ya en África. Lo de siempre, árboles que no nos dejan ver el bosque. Y, por fortuna, de vez en cuando una ráfaga de ese céfiro extraño llamado sentido común.

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Lo tuyo no es ébola, pero también ha arreciado este otoño, y te ha dejado sentir por primera vez lo muy desagradable que es sentirse mal. Pequeños alifafes, nada totalmente insoportable, servidumbres del cuerpo, por dentro y por fuera. Como si Atlas hubiera descargado sobre tus espaldas todo el peso del mundo y, al mismo tiempo, un volcán en erupción se te hubiera comprimido en largo y proceloso tracto digestivo. Qué suerte poderlo contar, y lamentar que al final sólo estés descolocado, te sientas extraño, y veas pasar los días posteriores a la quimioterapia sin saber qué hacer, y sin fuerzas apenas para contarlo.

Hundido en tu sillón mientras ves pasar las horas exánime, se te ocurre pensar entonces en los que a veces se asoman a tu blog en busca de una sonrisa, cuando no está precisamente el horno para bollos. Y también en los miles y miles de personas que, sin ir más allá de tu ciudad y quizás de tu barrio, luchan también por sentirse a gusto con su cuerpo. Adviertes de que, afectado por la psicosis desmadrada que nos aflige, tú también estás ligeramente “ebolizado”.

Aún así, sursum corda. La mañana no puede ser más gris y lluviosa, pero anuncian claros para la tarde, y a final verás cómo brilla el sol.

Una mano verdaderamente amiga

Una buena amiga te ha echado una mano impagable...

Una buena amiga te ha echado una mano impagable…

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Cual si fueras un Homper cualquiera, te siguen sorprendiendo los extraños efectos colaterales que el bichito maligno que llevas dentro y el bombardeo de química que lo combate dejan en tu cuerpo serrano. Cada vez menos serrano, por cierto.

Para empezar, en lugar de perder peso, como es habitual en los enfermos de cáncer, lo ganas: has tenido que correr el cinturón un agujero más. En segundo lugar ya has advertido que no tiene sentido que te afeites a diario, porque la barba sólo se te hace notar cada dos o tres días. Algo ganas. En tercer lugar –y de esto ningún galeno te dijo una palabra- te habita un picor en la franja de la espalda que se extiende una cuarta por debajo de los omóplatos y que no sabes lo que tendrá que ver con tus tratamientos, pero no ceja. El prurito no te preocupa, pero te ocupa cualquier rato perdido de los muchos en que te asomas a la ventana, miras el horizonte de Madrid y te haces preguntas que no tienen respuesta. Seguramente es una expresión más de tu moral calvinista: no es lícito perder el tiempo en nada, y puesto que rascarse es algo propio de los animales, debes compensarlo con algo que te redima de tal condición.

Imaginas que Platón, Santo Tomás y Kant también eran capaces de filosofar mientras se rascaban como jabalíes abrasados por garrapatas.

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Harto de las dificultades para aplicarte pomadas y cremas en esa zona de tan difícil acceso para tus manos, utilizabas hasta ahora para consolarte la misma batuta con la que otras veces diriges a las orquestas que escuchas por Radio Clásica. Supones que esto es más convencional, y que habrá mucho hombre solo que se sacude el stress y alimenta su autoestima jugando a ser Toscanini. Pero cada cosa tiene su función: un solo objeto punzante, como la batuta, te obligaba a pasar muchos más minutos en esa terapia de alivio. Todo es mejorable.

Así ha sido. Una buena amiga ha tenido la feliz idea de regalarte una mano con mango telescópico que te rastrilla la zona delicada a la perfección. Ajustas el mango hasta donde no llegan tus uñas y con los pequeños dedos metálicos bien afilados te rascas a conciencia Desde hace tres días ves amanecer mientras esta auténtica mano de santo te proporciona unos minutos de placer de altísima calidad. Ahí es nada, contemplar el despuntar del sol mientras el cuerpo se embarca en un deleite baratito y delicioso. Francamente, es de los placeres  más refinados que se pueden disfrutar con los pantalones puestos, y, sorprendentemente, ni siquiera está  catalogado como pecado. Qué descubrimiento, a  estas alturas de la vida.

Enésima demostración de que no hay mal que por bien no venga. La partida es larga, y habrá que seguir batallando. Pero venga lo que venga, que te quiten lo rascado.


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