Ebolizados

Parece mentira que de un río y una palabra tan bonita como Ébola haya fluido tanta inquietud...

Parece mentira que de un río y una palabra tan bonita como Ébola haya fluido tanta inquietud…

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Querías pasar un fin de semana viendo llover y buscando setas. Sin embargo, en una de las vigilias que programa tu sueño quebradizo, la luna, menguante pero aún atractiva como esas mujeres maduras que hacen hermosas hasta sus patas de gallo, te sorprendió en lo alto y fijó tu mirada tras el cristal de la ventana. No era la suya una aparición diáfana, sino espectral, entreverada de ominosos nubarrones. En lugar de adjetivos, nombres que ilustran mejor el cuadro: Caspar Friedrich, Turner, Tim Burton. Noche, o ya madrugada, rigurosamente romántica, tenebrosa, sobrecogedora. Antes le decíamos de miedo. Ahora se emplea más lo de gótico.

Y a ti, arrebujado entre las sábanas, te gustaba. Hace tiempo que tu vida es ya ir engastando momentos así, como si fueran las cuentas de un collar único. ¿Cuándo volverás a ver justo esa insólita versión de la noche, con esa nube caprichosa que por unos segundos le pone a la luna las barbas de un Papá Noel? Nunca. En un abrir y cerrar de ojos, las guedejas de las barbas se han difuminado, y otro nubarrón sombrío y espeso como el ala de un buitre eclipsa a la reina de la noche. Luego esta reaparece. A continuación se vela con tules gaseosos. Como el mar en el constante batir de sus olas, como el fuego que se devana en llamas imprevisibles, una noche borrascosa con luna al fondo jamás repetirá espectáculo.

Lo disfrutas a conciencia dispuesto a entregarte nuevamente a un último sueño antes de que amanezca. Y en estas, mal de la sobreinformación a la que estamos expuestos, piensas en la enfermera Teresa Romero, que a esas mismas horas en que tú desmigas los secretos de la noche se debate entre la vida y la muerte. Vivimos a impulsos de lo que nos pautan los medios. Ahora estamos ebolizados. Y la valiente auxiliar de enfermería ni siquiera hallará el consuelo de entretenerse contemplando los cambiantes visajes de esta luna de otoño.

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Siempre has tenido predilección por las palabras esdrújulas, especialmente si estas incluyen la letra L. Rúcula, brújula, pínula, ménsula, pídola, tórculo, fámula, párvulo, sémola. A veces crees que los sonidos de las palabras condicionan sus significados. Por eso te choca que una palabra hermosa como ébola, que quedaría la mar de bien en un soneto de amor, designe a una enfermedad tan mortífera como la que trae de cabeza a España. Luego te enteras de que Ébola es el nombre del río africano, afluente del Congo, en el que por primera vez fue identificado el dichoso virus. Te imaginas el lugar, tan lejos de esta civilización urbanita que de cuando en cuando descubre alarmada las inopinadas gateras por las que se nos fuga el estado del bienestar. No aparecen navegando por el río en piragua la Baronesa Dinesen con su Robert Redford de rigor, sino un grupo de negritos que poco después serán incluidos en su larga lista de víctimas.

Estas dramáticas Memorias de África, no hay mal que por bien no venga, han provocado una de las reflexiones más lúcidas que, pásmese el personal, viene de esa especie en proceso de demonización que es la de los políticos, incluso aunque sean honrados. El diputado Eduardo Madina se escandalizó de que el sacrificio de Excalibur, el perro de Teresa Romero, hubiera levantado un vendaval de reacciones en las redes sociales invitando a echarse a la calle a los animalistas, por aquello de que el fin no justificaba tal medida de precaución. Y no tuvo empacho en recordar en un tweet que estas mismas almas sensibles podrían haberse manifestado antes por las más de cuatro mil muertes que el ébola ha dejado ya en África. Lo de siempre, árboles que no nos dejan ver el bosque. Y, por fortuna, de vez en cuando una ráfaga de ese céfiro extraño llamado sentido común.

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Lo tuyo no es ébola, pero también ha arreciado este otoño, y te ha dejado sentir por primera vez lo muy desagradable que es sentirse mal. Pequeños alifafes, nada totalmente insoportable, servidumbres del cuerpo, por dentro y por fuera. Como si Atlas hubiera descargado sobre tus espaldas todo el peso del mundo y, al mismo tiempo, un volcán en erupción se te hubiera comprimido en largo y proceloso tracto digestivo. Qué suerte poderlo contar, y lamentar que al final sólo estés descolocado, te sientas extraño, y veas pasar los días posteriores a la quimioterapia sin saber qué hacer, y sin fuerzas apenas para contarlo.

Hundido en tu sillón mientras ves pasar las horas exánime, se te ocurre pensar entonces en los que a veces se asoman a tu blog en busca de una sonrisa, cuando no está precisamente el horno para bollos. Y también en los miles y miles de personas que, sin ir más allá de tu ciudad y quizás de tu barrio, luchan también por sentirse a gusto con su cuerpo. Adviertes de que, afectado por la psicosis desmadrada que nos aflige, tú también estás ligeramente “ebolizado”.

Aún así, sursum corda. La mañana no puede ser más gris y lluviosa, pero anuncian claros para la tarde, y a final verás cómo brilla el sol.

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3 Responses to “Ebolizados”


  1. 1 Franciska octubre 14, 2014 en 2:21 pm

    Cuando conoces África solo quieres volver otra vez , sus puestas de sol , la ingenuidad de sus niños , la miseria y a la vez la riqueza , por eso este Ebola me parece terrible , el olvido del mundo hacia ellos … sólo ahora ,cuando ha llegado al primer mundo le han hecho caso . Todo es injusto . Por eso cuando trescientas mil personas pedían por internet que hubiera piedad para Scaliburg, !!!! Por favor!!!! Que la haya para miles y miles de seres humanos.

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  2. 2 Aldara octubre 14, 2014 en 2:44 pm

    ¡¡¡¡Ánimo esdrújulo!!!!

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  3. 3 Eduardo Moreno Amador octubre 15, 2014 en 12:29 pm

    En un entorno social amplio, observo que los que han opinado en contra del sacrificio del perro son parte de los que, en su momento, protestaron por el traslado a España de los dos misioneros. Cuando discuto con ellos, una de las cosas que desconocen es que Teresa Romero está siendo tratada con la sangre que han donado los dos misioneras que el Gobierno se negó a traer a España y que superaron la enfermedad. Sólo vemos lo que queremos ver.

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