Archivos para 28 noviembre 2014

El Día de Acción de Gracias

A veces nos cuesta encontrar motivos para agradecer nada, pero buscando, buscando...

A veces nos cuesta encontrar motivos para agradecer nada, pero buscando, buscando…

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Fue algo grande que mi padre decidiera poner calefacción. Durante años decía que no podíamos permitirnos ese lujo, porque no había dinero. La casa se calentaba con el fuego de la cocinona y con dos estufas de butano que rodaban de habitación en habitación, un ratito en esta, luego una hora en la otra, luego más tiempo en la de la abuela, porque los viejos tienen más frío que nadie, y así. Pero ese calor no llegaba a la galería, el gran mirador donde prácticamente pasábamos el verano.

Es la suerte de tener una casona vieja en Asturias. Desde aquella galería acristalada veíamos los tejados de la aldea, la torre de la iglesia, los prados con sus vaques, el Feve y al fondo del todo, el mar. A la abuela y a mí nos encantaba ver pasar los trenes, que salían del túnel, salvaban un altísimo viaducto y atravesaban el bosque de castaños como una lagartija mecánica hasta perderse de vista. Nos gustaba mucho eso, pero la abuela se emocionaba más cuando pasaba un barco, porque el abuelo había sido maquinista en muchos barcos, y ya se había muerto. El abuelo se tiraba pedos sin darle importancia, no se si por haber sido marino o porque los maquinistas tienen licencia para pedos, o porque era viejo, pues ya me he dado cuenta de que los ancianos se pedorrean como sabiendo que se les va a perdonar. A mí no me perdonan ni uno, pero no me quejo, porque soy un chaval, y aún me queda mucha vida para disfrutar de otra forma.

Pero ya digo, en esa galería que era la alegría de la casa no podíamos estar más que en verano, porque en invierno te pelabas de frío, y teníamos que pasarlo en el resto de la casa, que era más bien oscura. Mi madre, mis hermanas, mi abuela y yo siempre decíamos lo mismo: ¡ay, si tuviéramos una buena calefacción! ¡Ay, si pudiéramos usar la galería también en invierno!…

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Las cosas cambian. Hoy, a mis catorce años, me doy cuenta de lo maravilloso que es poder tener una buena calefacción. Llueve, hace un día típicamente otoñal, las nubes se han agarrado al valle y nos tapan el mar y hasta la vista del tren. Incluso con este mal tiempo la galería, calentita, me parece el cielo. Con el calor de casa, todas las cristaleras se han empañado, y por primera vez me he dedicado a dibujar sobre ellas con el dedo mientras la abuela, a mi lado, hace punto en la mecedora y escucha la radio. Yo dibujo lo que se me ocurre, cosas que me salen de dentro o de las que hablan las noticias, qué se yo, no lo pienso mucho. En esta cristalera un barco, en la otra el tren, luego una vaca y un caballo, en la siguiente una niña que quiero que se parezca a Ramonina, la compañera del cole que más me gusta, con sus tetitas y todo, pero me queda regular. Da igual, me divierto así.

Entretanto, la abuela sigue haciendo punto y escucha la radio. En esta hablan del Día de Acción de Gracias de los americanos, que es muy importante para ellos, y aprovecho la última cristalera para dibujar al pavo indultado con la frase Happy Thanksgiving Day. En el colegio nos enseñan inglés bastante bien, la profesora nos ha contado que los americanos dan gracias a Dios por ser como son, y comen pavo. Aquí no somos tan agradecidos, pienso yo.

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El abuelo Pantaleón aparte de tirarse pedos decía que la vida era una cabronada. La abuela se enfadaba mucho, le decía que no fuera tan negativo. Yo estoy un poco con el abuelo, y otro poco con la abuela. Ahora no sólo tenemos calefacción en la galería, sino que mi padre ha comprado una furgo de lujo con entrada especial para mí. Porque, hablando de cabronadas, se me ha olvidado contar que yo tengo que moverme en silla de ruedas porque un borracho nos atropelló la primera noche que nos colamos en la discoteca, cuando volvíamos andando por la carretera y el muy cabronazo conducía después de haberse inflado a cubatas. Mató a dos chicas de la pandilla, bien que lloramos en el funeral, así que yo tuve bastante suerte. Con la pasta que ya nos ha pagado el seguro mi padre compró la furgoneta especial y, sobre todo, instaló una calefacción buenísima por toda la casa para que podamos disfrutar de la galería. Estoy orgulloso de que sea gracias a mí.

Por cierto, la radio también hablaba hoy de pasada del pequeño Nicolás. Mira, me dijo la abuela, ese pájaro se llama como tú. Yo no soy pequeño, le dije como protestando por la comparación. Y entonces aproveché el último hueco que aún quedaba en la cristalera empañada para poner mi firma de artista debajo del Happy Thanksgiving Day. Escribí Nicolás el Grande, y me quedó chulísimo.

Una duquesa para la eternidad

Milagrosamente, aquella mujer que ya había dejado muy atrás sus mejores años, seguían encandilando al pueblo en tal manera que este quería inmortalizarla a goda costa...

Milagrosamente, aquella mujer que  había dejado muy atrás sus mejores años, seguían encandilando al pueblo en tal manera que este quería inmortalizarla como fuera…

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Marga daba gracias de vez en cuando a la memoria de sus abuelos, que le contaban cuentos. Los niños con abuelos reciben la suerte extra de tener más padres. Si además de eso, los abuelos son de los que cuentan cuentos, más padres con premio gordo. Los primeros cuentos que recordaba Marga eran los de la abuela, que se nutrían del acervo clásico. Pero a eso de los siete u ocho años le empezaron a gustarle más las historias del abuelo, que dejaban de presentar la vida en amables colorines infantiles y se llenaban de emociones, intrigas y sufrimientos entre nieblas, sombras y hasta noches siniestras. Le gustaban especialmente los cuentos de miedo, que despiertan un morbo especial cuando se aproxima la adolescencia. El abuelo lo mismo le hablaba a Marga de un tal Ulises y Polifemo que del Conde de Montecristo, de Maese Pérez el Organista o del avaro Mister Scrooge. Sin embargo la que más la impactó, por lo cerca que quedaba el mito, fue la historia de la hija del Doctor Velasco.

-¿No sabeis? –les contaba luego a sus compañeras de colegio- El doctor Velasco tenía una hija de catorce años a la que adoraba. Un día se puso enferma, su padre se equivocó en las medicinas que tenía que darle y la pobrecita se murió. Y el médico se volvió tan loco de dolor, que disecó el cuerpo de su hija y siguió viviendo con ella en casa. La niña creo que le quedó guapísima.

-¿Y la llevaba al colegio? –preguntaron sus compañeras.

-No, pero al teatro sí. Dicen que le encargó un traje de novia, se lo puso, la subía a un coche de caballos y se iba con ella al palco de la ópera.

Lo que más le impresionaba a Marga, como también a sus amigas, es que esa historia no había pasado en la brumosa Inglaterra de otros cuentos o en los Balcanes. Sino en Madrid, y precisamente en el mismo lugar que la clase había visitado en una de las visitas culturales extraordinarias que programaba el colegio. La hija del doctor Velasco, en vida y ya muerta, habitó con sus padres en lo que hoy es el Museo Antropológico del que el famoso médico fue director.

-Jo, qué fuerte- decían las niñas.

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Los cuentos o leyendas suelen ser fantasía, pero dan ideas. Marga ya era mayorcita, y como tantas mujeres en la edad mediana, padecía en sus propias carnes el mal momento que tocaba vivir. Había estudiado filología inglesa y periodismo para acabar ganándose la vida como vendedora de perfumería hasta que llegó la crisis, cuando un ERE sólo le dejó unos pocos euros y la calle para correr. Marga a pesar de todo tenía buena cabeza, y creía que el sentimiento colectivo de la población agravaba sus miserias por el sistemático martilleo al que el Gran Hermano le sometía a diario.

-Nos manipulan –se quejaba mientras tomaba café con las mismas amigas que compartían sus cuentos- ¿Quién decide lo que debe decir el Gran Hermano para acojonar al personal?…¿Por qué un escándalo o un agravio se tapa con otro?…¿Cuándo conviene destapar éste? ¿Es más rentable para el poder que vivamos asustados que tranquilos?…

Y repasaba el memorial de desastres que venía flagelando al personal en los últimos tiempos. Empezábamos a levantar cabeza después de la ruina y las amenazas de rescate cuando se inició la comedura de coco del secesionismo catalán. Vino después el mea culpa de Pujol, afloró el escándalo de las tarjetas de BANKIA y Más y sus secuaces dejaron las portadas y las cabeceras del telediario. Vivíamos seriamente preocupados por el referéndum de Escocia cuando saltó la amenaza del Ébola y durante unas semanas nos cambiaron el chip de la angustia. El Ébola cedió protagonismo al caso Púnica. Púnica le pasa el relevo al sondeo del CIS y este a Podemos. Y entretanto, un pequeño Nicolás que no sabemos si es granuja o caradura, famosos encarcelados, fábricas de embutidos que arden…Una mancha de mora, dice el refrán, con otra mancha se quita.

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Se durmió, pese a todo, ante el televisor con su ración de angustia diaria, y al despertar de la siesta comprobó, oh maravilla, que una serie de tertulianos se deshacían en elogios y hablaban de un mundo feliz. El objeto de sus consideraciones era la Duquesa de Alba. No era el asunto que más le interesaba a Marga en sus circunstancias, así que buscó con el mando del televisor otro canal, pero en éste también otros periodistas y comunicadores contaban maravillas de la Duquesa de Alba. Siguió zapeando y los Peñafiel y demás pontífices del llamado periodismo social seguían poniendo por las nubes a la duquesa Cayetana. En esa hora parecía que nada importaba más al país que la duquesa del pueblo, como la titulaban para subrayar su llaneza y su espontaneidad. La televisión y la radio dedicaban la tarde a quien, aunque sólo fuera por lo bien que enterramos en España, ya daba por muerta Marga.

-No hay mal que por bien no venga- pensó al confirmarse la noticia al día siguiente- Por unos días no nos darán la vara recordando nuestras miserias y dedicaremos nuestra atención a esta mujer irrepetible.

Se acordó entonces de la leyenda de la hija del Doctor Velasco. E imaginó que el sufrido pueblo, tan necesitado de iconos que pusieran ungüento en sus llagas, pedía a voces una Cayetana embalsamada para que su estampa inmortal siguiera acompañando, genio y figura, al incierto devenir de la historia de España.

 

El andamiaje que nos sostiene

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Reconoces que tienes un dormir distinto al de Marcel Proust. Ese duermevela tan fructífero que con elegante delicadeza y precisión describe el escritor al inicio de En busca del tiempo perdido no se da en ti. De niño tardabas en conciliar el sueño, ahora caes en la cama como un saco de patatas y te fundes con   Morfeo en un instante. Sin embargo, aunque en principio tienes dormir de peón caminero, algo nada fino, tu duermevela sobreviene luego, cuando a eso de las cinco despiertas, haces un pis, bebes un vaso de agua para limpiar el acre sabor de boca que te deja respirar mal y vuelves a la cama con la intención de hilvanar un último sueño.

No estás seguro de volver a soñar. Sin embargo en ese funambulismo entre la consciencia y la inconsciencia ves imágenes curiosas que parecen extraídas de lo onírico. La otra noche –más bien madrugada- te veías como un Gulliver gigantesco que, en lugar de estar atado al suelo por los liliputienses, te erigías protegido por un inmenso andamiaje de tubos metálicos, como si fueras un monumento en restauración. En los andamios, tal que esos marineritos que forman en la arboladura de los buques escuela en las grandes solemnidades, nada menos que ciento cuarenta y dos personajes dieciochescos, con sus chupas, sus calzas de seda, sus zapatos de lazo y tacón y sus pelucas de época. Unos tocaban un instrumento, otros cantaban, y el más anciano, por cierto ya medio ciego, había sonar el órgano con una mano mientras con la otra dirigía el imponente conjunto músico-coral. Era el mismísimo Juan Sebastián Bach.

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Tu gran amigo J.P.S.E., que apechuga desde hace más de cuatro años con su particular bichito maligno y es de los que más apuntalan con su ejemplo tu lidia con el cáncer, te acababa de regalar esa tarde la Obra Completa del gran padre de la música clásica. Ciento cuarenta y dos grabaciones en CD para múltiples horas de terapia con la música que mejor te sanea el ánimo y repara tu salud. Tu amigo también lleva el nombre del compositor en su apellido, y podría cantarlo con mejor acento que tú, pues habla el alemán tan bien como el castellano. Después de una brillante carrera de diplomático, sigue trabajando en una empresa que le trae de acá para allá, como si quisiera aprovechar sus condiciones de corredor infatigable. Aún le recuerdas en camiseta y calzón corto, defendiendo a tu colegio en los Campeonatos Nacionales Escolares, donde entregaba las copas un señor de pelo blanco y camisa azul que se llamaba Elola Olaso. Crees que en su tarjeta pone un cargo de alto copete, pero para ti que lo que más vale de él es su papel en esa poderosa estructura de afecto que te rodea, te protege y te mantiene en pie. Qué poco aguantarías tú sin ese andamiaje.

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El mundo del fútbol ofrece momentos inolvidables, pero no tantas frases como para dar que pensar. Algún genio del balón (¿Kubala?, ¿Miljanic?) sentenció alguna vez que fútbol es fútbol, tautología simplona a la que los especialistas han sacado más filo que al pienso, luego existo cartesiano. Lineker fue más irónico cuando apuntó que el fútbol es un deporte en el que juegan once contra once y siempre gana Alemania. Con los años el discurso futbolístico se fue refinando, especialmente desde la llegada de Valdano, que publicó un artículo en la Revista de Occidente y se inventó lo de leer los partidos, como si en lugar de un juego o un deporte el fútbol fuera un libro de su admirado Borges. A ti sin embargo te llega más el inmenso rótulo pintado en una de las fachadas del estadio Vicente Calderón: Juega cada partido como si fuera el último de tu vida. Resume la filosofía del Cholo Simeone, que no es precisamente un humanista, pero que ha despojado al Atleti de la abulia y la endeblez moral que le lastraba desde décadas. Tú no crees mucho en la eficacia de estas consignas. Pero si consideras tu edad y tu condición actual, extrapolas la frase y en lugar del fútbol la proyectas sobre las relaciones afectivas, te ilumina y te compromete. Ya es el momento en el que debes empezar a considerar cada encuentro con una persona querida como una ocasión para no ahorrar los sentimientos positivos que despiertan en ti.

-Aquella noche estabas muy guapa, y me hubieras hecho perder el seso- le dijiste a una mujer ante la que en su momento te amordazó tu timidez.

-Esas cosas se dicen a tiempo –te reprochó ella sin disimular su desencanto.

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Hace unas semanas Emilia Cortés te comunicaba en un comentario a este blog que su padre había fallecido de un cáncer a los ochenta y cuatro años. El comandante Quintín Cortés era sargento y compañero tuyo en el Regimiento Alcázar de Toledo 61 cuando hacías allí tus prácticas como suboficial de complemento. De él recuerdas, sobre todo, un viaje a Almería en tu 600 descapotable abriendo camino a la unidad que se desplazaba al desierto de Tabernas con sus carros de combate para rodar la película Patton. El hombre aportaba una cacerola de conejo al ajillo que fue vuestro avituallamiento básico. A lo largo de aquel viaje inacabable, te habló sin cesar de su familia, de la que raptaste el nombre de una de sus hijas, Petra Mari, para bautizar así años más tarde a una de las hijas de tu radiofónica Doña María. Anécdota inocente tras anécdota más inocente todavía: casi medio siglo después evocaste al sargento Quintín en el programa de Carlos Herrera y, según comentó también en este blog la auténtica Petra Mari, a su padre, ya comandante retirado, le produjo una gran alegría y una profunda emoción escuchar por la radio tu recuerdo. Después de cuarenta y seis años sin saber nada uno de otro os hablasteis.

-He vivido feliz, con una mujer y cuatro hijas que son una bendición- te dijo- Y ahora mi señora, además del conejo al ajillo, hace un arroz con marisco para chuparse los dedos.

Quedasteis en veros, pero no debisteis fiarlo a futuro, porque entretanto, cosas, se interpuso la muerte. Dice Emilia que su padre la recibió con naturalidad, como un buen soldado, despidiéndose de todas con sencillez y, supones, laconismo castrense. A ti te dio mucha pena no haber vivido el reencuentro con tu compañero, que también hubiera sido parte de ese andamiaje moral que te sostiene. No hay que dejar para mañana ni el cariño ni el afecto que puedas despachar hoy.

Después de aquel 9 de noviembre

Se esperaba tanto de aquel 9 de noviembre, que el Agustinet incluso creyó que iba a curar la mamitis de sus vacas...

Se esperaba tanto de aquel 9 de noviembre, que el Agustinet incluso creyó que iba a curar la mamitis de sus vacas…

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El 10 N llenó de alegría al pueblo, pero no mejoró nada la mamitis de la vaca de Agustí. Este no esperaba encontrar al día siguiente de la gran efemérides un Servei de Veterinari de la Generalitat de Catalunya levantado milagrosamente de la noche a la mañana junto a su propiedad. Sin embargo le habían vendido tanta ilusión de que su voto, la autodeterminación y a la postre la independencia iban a cambiar su vida, que contaba con que algún signo externo, del cielo o de la tierra, premiarían su comportamiento de buen ciudadano.

A más a más cuando yo sí que voy a cumplir con la promesa del Avi- se dijo.

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La promesa fue en realidad una deuda contraída por su abuelo, el senyor Esteve que, desgraciadamente, no pudo cumplir en vida. El senyor Esteve había abandonado el pueblo de niño para hacer fortuna en la Ciudad Condal. Después de muchos años en oficios diversos se jubiló como cochero de don Enric Prat de la Riba, insigne político y escritor catalanista. Como entonces ni el fútbol era religión ni el Barça era més que un club, el señor Esteve, con sólo escuchar desde el pescante del coche las eruditas conversaciones que don Enric mantenía con sus amigos y correligionarios, se hizo catalanista furibundo e independentista frustrado.

-Este Franco nos ha fotut– le diría a su nieto cuando muchos años después, siendo ya taxista en Barcelona, volvía al pueblo de vacaciones- Pero llegará el día en que Franco muera y podamos votar y ver una Catalunya independiente.

-¿I aixó será bueno? –preguntaba el Agustinet en su infantil ignorancia.

-¡Y tanto!…Será tan bueno que ese día, para que lo recuerdes siempre, te regalaré una pirindola.

Una pirindola en el año 1943 era un buen regalo para cualquier chaval de pueblo. En las jugueterías de Barcelona las había más lujosas, como una de chapa serigrafiada en colores y dibujos preciosos, con sirena e incluso con música que sonaba al girar sobre su eje. El regalo del senyor Esteve, entendió el Agustinet, habría de ser una señora pirindola de esta categoría.

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Se murió Franco. Se murió el Avi. Se murió el padre del Agustinet, al que la independencia le preocupaba menos que las vacas de las que vivía. Se votaron muchas cosas, pero nunca la autodeterminación. Entonces el Agustinet, soltero y solo en la vida, ya era lo bastante mayor como para que la pirindola no fuera precisamente el primero de sus sueños, pero todos los meses de noviembre se acercaba al cementerio y delante de la tumba de sus mayores le explicaba al senyor Esteve que aún no había llegado el momento del regalo póstumo.

-Pero no te preocupes, Avi- le decía- que el día que votemos la independencia me compro en tu nombre la mejor pirindola y la hago bailar sobre tu lápida, para que, aunque sea desde el más allá, te des el gustazo de cumplir con tu nieto.

La Rosé, que coincidía con él en la tumba de al lado poniéndole flores de plástico a su difunto marido, le mirada con cara de tonta. La Rosé había sido una mujer hermosa, pero había cosas del Agustinet que le ponían cara de tonta.

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La Rosé y Agustinet coincidían en el Hogar del Jubilado por las tardes, donde veían juntos Sálvame y luego jugaban al parchís. La Rosé era viuda sin hijos, y vivía con su gata de su pensión, de sus gallinas, de su huerto y de bordar mantelerías para una señora acaudalada que se las encargaba cuando tenía que hacer regalos de boda. Un día, en las fiestas del pueblo, se bailó en la plaza una gran sardana en la que el Agustinet buscó la mano de la Rosér, que apretó varias veces mandándole señales. Luego, en la sesión para los mayores amenizada por la orquesta del Pep Ferrerons, especializada en boleros, valses y foxtrots, el Agustinet, por primera vez en su vida, se arrancó y sacó a bailar agarrado a la Rosér. Como nunca se habían visto tan juntos, tuvieron que hablar. Apenas hablaban cuando se veían normalmente, pero se miraban mucho. Aquel día Agustinet debió de concluir que ya no les quedaba mucho tiempo para ocultar sus sentimientos.

-Que digo yo – le susurró mientras el Pep cantaba Toda una vidaque si no nos iría mejor juntando meriendas.

La Rosér puso su cara de tonta tradicional y retiró la mirada hacia el saxofón de la orquesta de Ferrerons.

-¿Que no sería una buena cosa que nos casáramos?- insistió el Agustinet.

La Rosér acabó la pieza sin decir palabra. Al final de la fiesta, cuando los viejos del pueblo emprendían la retirada y la banda de rock duro Pebre Catalá tomaba el relevo, el Agustinet le requirió una respuesta concluyente.

-Nena, si us plau…

-Ay, no se, no se –respondió visiblemente ruborizada la Rosér- Ja en parlarem.

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Dos días después de aquel que según los padres de la patria catalana iba a cambiar el destino de ésta, Agustí y Rosér quedaron en el cementerio. El Agustinet no tenía muy claro para qué, pero había votado el 9 de noviembre los dos síes que le pidieron. La Rosér también, y ambos debieron de pensar que era hora de ofrecer sus votos a sus difuntos, que al fin y al cabo celebraban calladamente su mes. Agustinet había ido antes al mejor bazar chino de la comarca para comprar una lujosa pirindola, que le permitiera homenajear al Avi. También compró el periódico, por si la Rosér se retrasaba y La Vanguardia era capaz de explicarle entretanto cómo la nueva Catalunya le iba a solucionar la mamitis de sus vacas, que ya eran cuatro las afectadas.

Bon día, Rosér –dijo cuando la vio aproximarse a la tumba en la que esperaba sentado tranquilamente mientras leía las noticias- Todo ha cambiado ya…

La Rosér se encogió de hombros mientras avanzaba trastabillando hacia la tumba de su difunto esposo. Mientras en su mano derecha portaba un nuevo jarrón decorado por un san Jorge alanceando al dragón, en la izquierda llevaba una bolsa del bazar chino por la que asomaban claveles rojos y amarillos.

Aixó mateig- respondió la mujer mientras sacaba brillo con su pañuelo a la boca del jarrón miniada en oro- Por eso he de cambiar las flores a mi Magí…¡Hasta las de plástico se destiñen, noy!…

Lo que siguió fue muy emotivo. La Rosér retiró los adornos descoloridos y plantó en su lugar el jarrón del san Jorge con seis claveles rojos y seis amarillos componiendo en abanico una senyera floral.

-¿Eh que es maco?- dijo la mujer mientras contemplaba su ofrenda con los brazos en jarras y por primera vez sonreía en un cementerio.

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Agustinet derramó entonces una larga mirada sobre las tumbas que les rodeaban y dejó escapar un suspiro.

-¿Sabes que hay una nave espacial que ha volado quinientos diez millones de kilómetros hasta un cometa que se llama Churynosequé sólo para que conozcamos mejor a nuestro sistema solar?–dijo mientras sacaba la pirindola de su caja y la ponía sobre la lápida de sus muertos.

-¿Y de qué cosas se entera la nave esa? –preguntó la Rosé mientras barría con una escobilla las hojas secas que se agolpaban alrededor de la tumba de los suyos.

-Qué se yo…No creo que averigüe nada de nuestro futuro. Ni de la independencia de Cataluña, ni de la mamitis de mis vacas, ni de si quieres que nos casemos, ni…

-Yo Agustinet –interrumpió la Rosér- igual me casaría, te lo aseguro…Pero como que con este lío entre el referéndum, el Mas y el Rajoy, una no sabe si es catalana o española, y, sobre todo, tampoco tiene seguro quién le pagará la pensión, hasta que no lo tenga claro no te puedo dar el sí…

-No fotis, Rosér –farfulló el hombre a punto de sollozar.

Lo siento, noy-dijo la Rosé- Pero de momento, aixó no pot se.

El Agustí, que había ido dando cuerda a la pirindola mientras escuchaba pacientemente a su amada esquiva, la lanzó con tal ira sobre la lápida del Avi que el juguete, después de girar frenéticamente como un trompo descontrolado, saltó a la tumba de al lado y fue a estrellarse contra el jarrón de la Rosér. Este cayó de su pedestal, se hizo añicos y dejó desparramada sobre la piedra musgosa la bella senyera floral made in China.

¡La mare de Deu, que absurda es la vida, collons!- clamó desesperado el Agustinet.

Mientras desde el cometa impronunciable la sonda Philae marcaba un hito sin precedentes en la historia de la humanidad, la Rosér arrodillada y tragándose las lágrimas recogía con la escobilla los restos del jarrón, las flores de plástico, y hasta la pirindola abollada. Definitivamente el Agustinet era un buen hombre, le daba pena verle tan preocupado por la mamitis de sus vacas y tan frustrado, y además ella misma estaba harta de vivir a solas con su gata y sus gallinas. Pero creía que las cosas de comer no eran como las de la patria, y que con las cosas de comer no se juega.

-A Dios pongo por testigo –gritó al cielo encendido por el crepúsculo como una Escarlata O´Hara– que, con independencia o sin ella, yo ni vuelvo a votar ni me caso hasta que sepa quién va pagar mi pensión.

Volvieron al pueblo juntos, agarrados del bracete y en silencio. Esperaban tal vez otro 9 de noviembre más claro que les pusiera su alma en paz.

 

La felicidad, manda castañas

Nadie sabe la cuota de felicidad que cabe en una castaña bien asada...

Nadie sabe la cuota de felicidad que cabe en una castaña bien asada…

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La luna había sido esta noche generosa y guapa, como siempre es de esperar en ella. Sin embargo tú has caído del sueño entre su esplendor que se iba y el del día otoñal que ya despertaba. Lo cual que, envuelto en la soledad y el silencio del campo, entre el barboteo de la primera cafetera y ese cri-cri de un par de carcomas que roen algunas vigas de la casa y ya forman parte de la familia –qué remedio: no hay quien las eche-, te ha generado una cierta sensación de amanecer incierto, dividido entre dos luces. De una parte, lo que como adulto debes vivir por fuera y, de otra, lo que, con el egoísmo de un niño que aún mantiene alguna ilusión, sientes por dentro. Lo primero es una fuerza centrípeta, que viene del exterior, y te convierte en una especie de esponja obligada a absorber todo lo que proyecta sobre tu vida el infinito y agitado mundo. Hablando en plata: quisieras que no fuera así, pero te afectan y te amargan el día las noticias: la incertidumbre del momento político y económico, la miseria moral que aflora por doquier, la pérdida de referentes ejemplares y la cada vez más profunda duda sobre la capacidad de aprender de la historia que sigue demostrando el necio género humano.

-Cuanto más lo conozco–anotas en tu dietario sin citar ejemplos de aberraciones, granujadas y abundantes estulticias de plena actualidad- más tendría que amar a mi perro. Bueno, a mi perro y a todas las criaturas irracionales…

No te queda más remedio que blindarte para sobrevivir. Eso sí, agradeces  una vez más no ser político, columnista, tertuliano, polemista, sociólogo, moralista, psicólogo social o vulgar chisgarabís radiofónico. No sabrías qué carajo decir ahora para ganarte el sueldo sin caer en una de esas obviedades machaconas que ya tienen aburrido al personal.

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Lo segundo es una fuerza centrífuga, que parte de ti y que desearías hacer estallar como un castillo de fuegos artificiales, por si puede expandir algo de optimismo.

Ocurre que esta semana vas dejando atrás tu segunda gran batalla contra el cáncer. No sin heridas de guerra, conste. Tu estado es manifiestamente mejorable. Andas vacilante como un zombi que sale a pinchar plan el sábado noche o como la duquesa de Alba cuando se arranca por rumbas. Pero estás convencido de que, superadas las indignas e inconfesables secuelas de la dichosa quimioterapia, volverás a darte friegas con esos pequeños placeres que te enganchan al gusto por la vida.

De la quietud convaleciente has sacado partido de momento embarcándote en El hombre que amaba a los perros, una excelente novela del cubano Leonardo Padura que a pesar de la ternura de su título se centra en el asesinato de Trotski. El libro te lo recomendó tu amiga Aldara, que aparte de ser muy mona tiene un excelente criterio. Te ha servido para refrescar la historia del convulso siglo XX, para rearmarte contra los horrores del sectarismo y de la intolerancia y para embarcarte una vez más en el placer de leer junto a la chimenea mientras la lluvia del otoño tamborileaba el ventanal.

Además –no sólo de letras vive el hombre- anoche diste un paso decisivo en tu vida. Por primera vez en tu breve biografía de cocinilla compraste y cocinaste unas acelgas que, debidamente limpiadas, hervidas al dente y rehogadas con un poquito de ajo y una mezcla de pasas y piñones te han sabido exquisitas. Hay experiencias que marcan.

Te queda para cuando caiga la tarde dar un breve paseo bajo los castaños y coger unas pocas castañas. Asarlas, calentarte las manos con ellas. Sentir su aroma y evocar aquella fase de tu vida en la que no veías problema alguno, ni por dentro ni por fuera. Volver a cuando creías que el summum de la felicidad era un domingo de noviembre, una película de vaqueros en el cine Colón y comprarte a la salida un cucurucho de castañas asadas.

Las caras de este maldito Halloween

Habrá otras fiestas de Halloween con caras menos inquietantes, pero lo que es este año...

Habrá otras fiestas de Halloween con caras menos inquietantes, pero lo que es este año…

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Consciente de que a su edad provecta uno es responsable hasta de su cara, Homper se queda perplejo al mirarse al espejo después de la dichosa noche de Hallloween y no reconocerse.

-Me he visto con cara de retrato de Bacon –comenta- Por cierto, ¿tú serías capaz de describir una cara así?

Vais adjetivando al alimón. Espectral. Diluida. Confusa. Irreal. Centrífuga. Fea. Dispersa. Apesadumbrada. Difusa. Beoda. Culpable. Polimórfica. Torturada. Desconcertante. Indefinida. Nebulosa. Angustiosa. Chusca. Onírica. Monstruosa. Apaleada. Inidentificable. Sobre todo: manifiestamente mejorable.

-Pero es lo que es, para qué vamos a engañarnos –se explica- Uno se levanta con cara de retrato de Bacon y no lo puede evitar. He hecho todo lo posible por levantarme con cara de Elsa Pataky, que me parece más agradable, pero debe de ser que es cierto eso de que el hombre es el hombre y su circunstancia.

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Item mas, se pone filosófico el hombre y empieza a especular sobre si influyen más en los estados del alma –al fin y al cabo la cara es su espejo – las circunstancias propias o las ambientales.

-Pues vaya usted a saber- se te ocurre decir a ti- Ahora que cada día sale un estudio nuevo sobre casi todo, me gustaría saber si algún genio ha llegado a calcular el número de pensamientos que procesa nuestro cerebro cada veinticuatro horas. Número, calidad del y duración del mismo y profundidad de la huella emocional que nos deja.

Y vais lanzando a la mesa, como si fueran descartes de un juego de naipes, los últimos pensamientos-ideas-preocupaciones-deseos-obsesiones-aspiraciones y recuerdos que ha propiciado esta semanita previa a la noche de Halloween, como parece que hay que decir ahora, o al Día de todos Santos, como se celebraba antes. Asquito. Incompetencia. Desfachatez. Corrupción. Demagogia. Mierda. Mal cuerpo. Ignorancia. Inmadurez. Estupidez. Insolidaridad. Cataluña. Desesperanza. ¿Resignación? Rebeldía intelectual. Risa (tomárselo a). Música. Huida. Literatura. Amor. Redención. Tripas. Corazón. (Haciendo de aquéllas esto)

Y unas flores sobre la memoria de vuestros muertos, porque algunos se quejan ya de que les hayamos sustituido por las calabazas fantasmales, las manzanas caramelizadas y la estampa de Freddy Krueger. Tantos siglos de jabón a nuestra cultura y nuestras tradiciones para acabar en esto.

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Niños. Tus dos nietos recentales aún no han sido colonizados por Halloween, pero la media docena de nietas se han vestido de brujas y fantasmitas y corrían por las calles rebosantes de felicidad, como si los difuntos fueran los Reyes Magos. O témpora, o mores, pero qué le vamos a hacer. Verles felices en su bendita ignorancia viene a compensar el peso de la vergüenza que tantos como Homper y tú mismo tenéis que soportar estos días. Por cierto, hablando de niños. Ser implacable con los granujas y maleantes no obliga a extender la merecida condena social a sus hijos. ¿Te imaginas lo que las pobres criaturas tendrán que escuchar al salir de casa, en la calle, en el colegio?…

-Total –te confiesa Homper- Que después de la cataplasma de sentido del humor y de bonhomie que nos hemos aplicado, me he vuelto a mirar al espejo y en lugar de verme con cara de retrato de Bacon me he visto con la de Elsa Pataky.

-No jodas –reaccionas tan estupefacto como si fueras él- ¿De verdad que la cosa cambió tanto?

-Bueno, fue más bien un espejismo. Porque al cabo de unos segundos, aquel rostro tan hermoso se difuminó de nuevo y se recompuso con las facciones del pequeño Nicolás.

Era lo que faltaba para poner broche a estos nefastos días.


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