La felicidad, manda castañas

Nadie sabe la cuota de felicidad que cabe en una castaña bien asada...

Nadie sabe la cuota de felicidad que cabe en una castaña bien asada…

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La luna había sido esta noche generosa y guapa, como siempre es de esperar en ella. Sin embargo tú has caído del sueño entre su esplendor que se iba y el del día otoñal que ya despertaba. Lo cual que, envuelto en la soledad y el silencio del campo, entre el barboteo de la primera cafetera y ese cri-cri de un par de carcomas que roen algunas vigas de la casa y ya forman parte de la familia –qué remedio: no hay quien las eche-, te ha generado una cierta sensación de amanecer incierto, dividido entre dos luces. De una parte, lo que como adulto debes vivir por fuera y, de otra, lo que, con el egoísmo de un niño que aún mantiene alguna ilusión, sientes por dentro. Lo primero es una fuerza centrípeta, que viene del exterior, y te convierte en una especie de esponja obligada a absorber todo lo que proyecta sobre tu vida el infinito y agitado mundo. Hablando en plata: quisieras que no fuera así, pero te afectan y te amargan el día las noticias: la incertidumbre del momento político y económico, la miseria moral que aflora por doquier, la pérdida de referentes ejemplares y la cada vez más profunda duda sobre la capacidad de aprender de la historia que sigue demostrando el necio género humano.

-Cuanto más lo conozco–anotas en tu dietario sin citar ejemplos de aberraciones, granujadas y abundantes estulticias de plena actualidad- más tendría que amar a mi perro. Bueno, a mi perro y a todas las criaturas irracionales…

No te queda más remedio que blindarte para sobrevivir. Eso sí, agradeces  una vez más no ser político, columnista, tertuliano, polemista, sociólogo, moralista, psicólogo social o vulgar chisgarabís radiofónico. No sabrías qué carajo decir ahora para ganarte el sueldo sin caer en una de esas obviedades machaconas que ya tienen aburrido al personal.

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Lo segundo es una fuerza centrífuga, que parte de ti y que desearías hacer estallar como un castillo de fuegos artificiales, por si puede expandir algo de optimismo.

Ocurre que esta semana vas dejando atrás tu segunda gran batalla contra el cáncer. No sin heridas de guerra, conste. Tu estado es manifiestamente mejorable. Andas vacilante como un zombi que sale a pinchar plan el sábado noche o como la duquesa de Alba cuando se arranca por rumbas. Pero estás convencido de que, superadas las indignas e inconfesables secuelas de la dichosa quimioterapia, volverás a darte friegas con esos pequeños placeres que te enganchan al gusto por la vida.

De la quietud convaleciente has sacado partido de momento embarcándote en El hombre que amaba a los perros, una excelente novela del cubano Leonardo Padura que a pesar de la ternura de su título se centra en el asesinato de Trotski. El libro te lo recomendó tu amiga Aldara, que aparte de ser muy mona tiene un excelente criterio. Te ha servido para refrescar la historia del convulso siglo XX, para rearmarte contra los horrores del sectarismo y de la intolerancia y para embarcarte una vez más en el placer de leer junto a la chimenea mientras la lluvia del otoño tamborileaba el ventanal.

Además –no sólo de letras vive el hombre- anoche diste un paso decisivo en tu vida. Por primera vez en tu breve biografía de cocinilla compraste y cocinaste unas acelgas que, debidamente limpiadas, hervidas al dente y rehogadas con un poquito de ajo y una mezcla de pasas y piñones te han sabido exquisitas. Hay experiencias que marcan.

Te queda para cuando caiga la tarde dar un breve paseo bajo los castaños y coger unas pocas castañas. Asarlas, calentarte las manos con ellas. Sentir su aroma y evocar aquella fase de tu vida en la que no veías problema alguno, ni por dentro ni por fuera. Volver a cuando creías que el summum de la felicidad era un domingo de noviembre, una película de vaqueros en el cine Colón y comprarte a la salida un cucurucho de castañas asadas.

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9 Responses to “La felicidad, manda castañas”


  1. 1 Aldara noviembre 8, 2014 en 6:18 pm

    Aaaaajjjjjjj qué envidia lo bien que escribes!!!!!!!!!!

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  2. 2 julia noviembre 8, 2014 en 8:48 pm

    ¡Cuánto me alegro! Lo ves, ya te lo decía yo…Y cómo te explicas, muchacho, da gloria leerte. Tu facilidad de expresión y la gracia gitana que se desprenden de todos tus escritos, no tienen precio.
    Hace unos días, de madrugada, me acordaba de ti…por unos momentos, más bien una hora, que pasé en el baño pasándolas “canutas” después de haber ingerido la noche anterior un boletus edulis preparado en carpaccio, con una receta (así como la seta) que me había proporcionado mi hermana pequeña (la soriana). Yo creí que me moría!!! y eso que, al comerlo, me supo a gloria. Pensé que tenía que llamar (y eran las 4h00) a los bomberos!
    Nunca más!
    Un beso gordo y cuídate.

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  3. 3 Acacia noviembre 9, 2014 en 8:42 am

    Cuanto más te conozco, más te quiero.

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  4. 4 Betanzos noviembre 9, 2014 en 9:05 am

    Ojalá todos, Duende, pudiéramos volver la vista a nuestra infancia con esa mirada limpia que tienes tú y el bello estilo de tu tecla. (Las castañas de mi pueblo también sabían a gloria. Las asaban los tres mismos que en verano vendían helados en sus carritos, junto a la fuente de la plaza…)

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  5. 5 Franciska noviembre 9, 2014 en 9:44 am

    Deberías añadir a los retazos de felicidad , el tener cada vez que cuelgas tus escritos tantas alabanzas , de tantas amigas y amigos . ¡Qué suerte¡,,,porque ya sabemos a estas alturas de la vida lo que da de sí la felicidad. Momentos que pasan y hay que cogerlos al vuelo , porque siempre son irrepetibles

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  6. 6 Ángela noviembre 9, 2014 en 10:10 am

    Ya me lo habían contado, pregunto mucho por ti. Me alegra mucho saber, que superada la segunta fase, recuperas la capacidad de descubrir de nuevo los pequeños placeres de la vida, que no son pocos: la acelga, la luna, el paseo, la lluvia de noviembre en el cristal, la chimenea encendida, hasta la vigilia acompañada por la carcoma!!…
    En el fondo, eres un privilegiado!!.

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  7. 7 Ignacio noviembre 9, 2014 en 11:28 am

    Genial duende-de-la-radio, perdón por el tuteo, que no hemos sido nunca debidamente presentados:

    A mí, sin ser tan mono como tu amiga Aldara, también me entusiasmó “El hombre que amaba a los perros”, la mejor novela de Padura y una de las mejores novelas que ha leído uno. Mi comentario puede verse en el blog de la susodicha – http://aldaraviendoleyendo.blogspot.com.es/2014/08/novela-el-hombre-que-amaba-los-perros.html

    Eso sí, creo que independientemente de las inevitables fuerzas centrífugas que tan bien manejas, esta novela produce desasosiego que, seguro, se añade al resto de las fuerzas centrípetas que te lo producen en forma de tarjetas opacas, delincuentes de cuello blanco y comisionistas de banquillo.

    Por lo demás, de acuerdo con Aldara – Qué envidia lo bien que escribes!!!

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  8. 8 atticus 444 noviembre 11, 2014 en 1:37 am

    Que bien verte o más bien intuir que estás bien. Fuerte abrazo atticus 444

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  9. 9 lola noviembre 13, 2014 en 9:08 am

    Cher lutin, me alegra saber que estás mejor. De rumbitas nada, ya puedes ir practicando el cha-cha-chá.
    Un fuerte abrazo.

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