Después de aquel 9 de noviembre

Se esperaba tanto de aquel 9 de noviembre, que el Agustinet incluso creyó que iba a curar la mamitis de sus vacas...

Se esperaba tanto de aquel 9 de noviembre, que el Agustinet incluso creyó que iba a curar la mamitis de sus vacas…

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El 10 N llenó de alegría al pueblo, pero no mejoró nada la mamitis de la vaca de Agustí. Este no esperaba encontrar al día siguiente de la gran efemérides un Servei de Veterinari de la Generalitat de Catalunya levantado milagrosamente de la noche a la mañana junto a su propiedad. Sin embargo le habían vendido tanta ilusión de que su voto, la autodeterminación y a la postre la independencia iban a cambiar su vida, que contaba con que algún signo externo, del cielo o de la tierra, premiarían su comportamiento de buen ciudadano.

A más a más cuando yo sí que voy a cumplir con la promesa del Avi- se dijo.

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La promesa fue en realidad una deuda contraída por su abuelo, el senyor Esteve que, desgraciadamente, no pudo cumplir en vida. El senyor Esteve había abandonado el pueblo de niño para hacer fortuna en la Ciudad Condal. Después de muchos años en oficios diversos se jubiló como cochero de don Enric Prat de la Riba, insigne político y escritor catalanista. Como entonces ni el fútbol era religión ni el Barça era més que un club, el señor Esteve, con sólo escuchar desde el pescante del coche las eruditas conversaciones que don Enric mantenía con sus amigos y correligionarios, se hizo catalanista furibundo e independentista frustrado.

-Este Franco nos ha fotut– le diría a su nieto cuando muchos años después, siendo ya taxista en Barcelona, volvía al pueblo de vacaciones- Pero llegará el día en que Franco muera y podamos votar y ver una Catalunya independiente.

-¿I aixó será bueno? –preguntaba el Agustinet en su infantil ignorancia.

-¡Y tanto!…Será tan bueno que ese día, para que lo recuerdes siempre, te regalaré una pirindola.

Una pirindola en el año 1943 era un buen regalo para cualquier chaval de pueblo. En las jugueterías de Barcelona las había más lujosas, como una de chapa serigrafiada en colores y dibujos preciosos, con sirena e incluso con música que sonaba al girar sobre su eje. El regalo del senyor Esteve, entendió el Agustinet, habría de ser una señora pirindola de esta categoría.

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Se murió Franco. Se murió el Avi. Se murió el padre del Agustinet, al que la independencia le preocupaba menos que las vacas de las que vivía. Se votaron muchas cosas, pero nunca la autodeterminación. Entonces el Agustinet, soltero y solo en la vida, ya era lo bastante mayor como para que la pirindola no fuera precisamente el primero de sus sueños, pero todos los meses de noviembre se acercaba al cementerio y delante de la tumba de sus mayores le explicaba al senyor Esteve que aún no había llegado el momento del regalo póstumo.

-Pero no te preocupes, Avi- le decía- que el día que votemos la independencia me compro en tu nombre la mejor pirindola y la hago bailar sobre tu lápida, para que, aunque sea desde el más allá, te des el gustazo de cumplir con tu nieto.

La Rosé, que coincidía con él en la tumba de al lado poniéndole flores de plástico a su difunto marido, le mirada con cara de tonta. La Rosé había sido una mujer hermosa, pero había cosas del Agustinet que le ponían cara de tonta.

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La Rosé y Agustinet coincidían en el Hogar del Jubilado por las tardes, donde veían juntos Sálvame y luego jugaban al parchís. La Rosé era viuda sin hijos, y vivía con su gata de su pensión, de sus gallinas, de su huerto y de bordar mantelerías para una señora acaudalada que se las encargaba cuando tenía que hacer regalos de boda. Un día, en las fiestas del pueblo, se bailó en la plaza una gran sardana en la que el Agustinet buscó la mano de la Rosér, que apretó varias veces mandándole señales. Luego, en la sesión para los mayores amenizada por la orquesta del Pep Ferrerons, especializada en boleros, valses y foxtrots, el Agustinet, por primera vez en su vida, se arrancó y sacó a bailar agarrado a la Rosér. Como nunca se habían visto tan juntos, tuvieron que hablar. Apenas hablaban cuando se veían normalmente, pero se miraban mucho. Aquel día Agustinet debió de concluir que ya no les quedaba mucho tiempo para ocultar sus sentimientos.

-Que digo yo – le susurró mientras el Pep cantaba Toda una vidaque si no nos iría mejor juntando meriendas.

La Rosér puso su cara de tonta tradicional y retiró la mirada hacia el saxofón de la orquesta de Ferrerons.

-¿Que no sería una buena cosa que nos casáramos?- insistió el Agustinet.

La Rosér acabó la pieza sin decir palabra. Al final de la fiesta, cuando los viejos del pueblo emprendían la retirada y la banda de rock duro Pebre Catalá tomaba el relevo, el Agustinet le requirió una respuesta concluyente.

-Nena, si us plau…

-Ay, no se, no se –respondió visiblemente ruborizada la Rosér- Ja en parlarem.

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Dos días después de aquel que según los padres de la patria catalana iba a cambiar el destino de ésta, Agustí y Rosér quedaron en el cementerio. El Agustinet no tenía muy claro para qué, pero había votado el 9 de noviembre los dos síes que le pidieron. La Rosér también, y ambos debieron de pensar que era hora de ofrecer sus votos a sus difuntos, que al fin y al cabo celebraban calladamente su mes. Agustinet había ido antes al mejor bazar chino de la comarca para comprar una lujosa pirindola, que le permitiera homenajear al Avi. También compró el periódico, por si la Rosér se retrasaba y La Vanguardia era capaz de explicarle entretanto cómo la nueva Catalunya le iba a solucionar la mamitis de sus vacas, que ya eran cuatro las afectadas.

Bon día, Rosér –dijo cuando la vio aproximarse a la tumba en la que esperaba sentado tranquilamente mientras leía las noticias- Todo ha cambiado ya…

La Rosér se encogió de hombros mientras avanzaba trastabillando hacia la tumba de su difunto esposo. Mientras en su mano derecha portaba un nuevo jarrón decorado por un san Jorge alanceando al dragón, en la izquierda llevaba una bolsa del bazar chino por la que asomaban claveles rojos y amarillos.

Aixó mateig- respondió la mujer mientras sacaba brillo con su pañuelo a la boca del jarrón miniada en oro- Por eso he de cambiar las flores a mi Magí…¡Hasta las de plástico se destiñen, noy!…

Lo que siguió fue muy emotivo. La Rosér retiró los adornos descoloridos y plantó en su lugar el jarrón del san Jorge con seis claveles rojos y seis amarillos componiendo en abanico una senyera floral.

-¿Eh que es maco?- dijo la mujer mientras contemplaba su ofrenda con los brazos en jarras y por primera vez sonreía en un cementerio.

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Agustinet derramó entonces una larga mirada sobre las tumbas que les rodeaban y dejó escapar un suspiro.

-¿Sabes que hay una nave espacial que ha volado quinientos diez millones de kilómetros hasta un cometa que se llama Churynosequé sólo para que conozcamos mejor a nuestro sistema solar?–dijo mientras sacaba la pirindola de su caja y la ponía sobre la lápida de sus muertos.

-¿Y de qué cosas se entera la nave esa? –preguntó la Rosé mientras barría con una escobilla las hojas secas que se agolpaban alrededor de la tumba de los suyos.

-Qué se yo…No creo que averigüe nada de nuestro futuro. Ni de la independencia de Cataluña, ni de la mamitis de mis vacas, ni de si quieres que nos casemos, ni…

-Yo Agustinet –interrumpió la Rosér- igual me casaría, te lo aseguro…Pero como que con este lío entre el referéndum, el Mas y el Rajoy, una no sabe si es catalana o española, y, sobre todo, tampoco tiene seguro quién le pagará la pensión, hasta que no lo tenga claro no te puedo dar el sí…

-No fotis, Rosér –farfulló el hombre a punto de sollozar.

Lo siento, noy-dijo la Rosé- Pero de momento, aixó no pot se.

El Agustí, que había ido dando cuerda a la pirindola mientras escuchaba pacientemente a su amada esquiva, la lanzó con tal ira sobre la lápida del Avi que el juguete, después de girar frenéticamente como un trompo descontrolado, saltó a la tumba de al lado y fue a estrellarse contra el jarrón de la Rosér. Este cayó de su pedestal, se hizo añicos y dejó desparramada sobre la piedra musgosa la bella senyera floral made in China.

¡La mare de Deu, que absurda es la vida, collons!- clamó desesperado el Agustinet.

Mientras desde el cometa impronunciable la sonda Philae marcaba un hito sin precedentes en la historia de la humanidad, la Rosér arrodillada y tragándose las lágrimas recogía con la escobilla los restos del jarrón, las flores de plástico, y hasta la pirindola abollada. Definitivamente el Agustinet era un buen hombre, le daba pena verle tan preocupado por la mamitis de sus vacas y tan frustrado, y además ella misma estaba harta de vivir a solas con su gata y sus gallinas. Pero creía que las cosas de comer no eran como las de la patria, y que con las cosas de comer no se juega.

-A Dios pongo por testigo –gritó al cielo encendido por el crepúsculo como una Escarlata O´Hara– que, con independencia o sin ella, yo ni vuelvo a votar ni me caso hasta que sepa quién va pagar mi pensión.

Volvieron al pueblo juntos, agarrados del bracete y en silencio. Esperaban tal vez otro 9 de noviembre más claro que les pusiera su alma en paz.

 

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8 Responses to “Después de aquel 9 de noviembre”


  1. 1 El Duende de la Radio noviembre 14, 2014 en 9:33 am

    Escribir sirve también para aprender. Sospeché mientras escribía este post que el término pirindola, usual en mi infancia, debía de haber desaparecido del lenguaje actual de los niños. Aparte de que una sobrina catalana me dijo que en su tierra la pirindola es una manera simpática de designar el pene -lejos de mí tal intención-, consulté varios diccionarios y me encontré con la sorpresa de que ninguno de ellos reconocía tal vocablo, sino el mucho menos usado de perinola. Sabía que perinola designaba el mismo objeto, pero me parecía un cultismo obsoleto. Al menos en las jugueterías yo jamás lo escuché.

    Al final he mantenido la palabra pirindola porque, además de parecerme más graciosa, creo que responderá al sentir mayoritario de los lectores, pero me encantaría leer opiniones al respecto.

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  2. 2 joselepapos noviembre 14, 2014 en 12:06 pm

    Bueno duende, supongo que te refieres a la peonza con la que aún jugué con los niños cuando eran pequeños. La pirindola me sonaba más bien a un caramelo como el pirulí.
    Un abrazo.

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  3. 3 Franciska noviembre 14, 2014 en 12:43 pm

    !!!que gracia!!!! Yo también siempre he dicho pirindola , que ahora esta moda , y cuando le dije el otro día a un nieto . A ver tu pirindola? , me contesto , pero que quieres? Que me saqué la pilila?

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  4. 4 Betanzos noviembre 14, 2014 en 2:56 pm

    Lo de menos es el nombre del juguete, Duende. El relato es tronchante, del principio al fin ( el camarero me acaba de preguntar de qué me río tanto). Y el clímax, la perindola saltando frenética de tumba en tumba. Pero puestos a precisar ¿a la perindola se le da cuerda o se la lanza con una piola como los trompos o peones, que así los llamaban en mi pueblo? (La perinola, propiamente hablando, creo que es un tipo de peonza que se hace girar frotando un machito que tiene en la punta con los dedos pulgar e índice; tiene varias caras en las que lleva escrita una indicación y sirve para juegos de azar, siguiendo la indicación de la cara que exhiba al pararse y caer). Tronchante, historia, repito. Me has alegrado la tarde.

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  5. 5 Palinuro noviembre 15, 2014 en 10:20 am

    Pirindola es el término aprendido en casa en la infancia. Vino después peonza, a la que yo identifico más con el trompo de madera con forma de pera al que se hacía bailar girando sobre sí mismo al desenrollar con energía una cuerda que lo envolvía. Esto era ya mas propio de los mozalbetes de la calle.
    La pirindola era un juguete mas de niños pequeños y se la hacía bailar como describe Betanzos.
    De perinola, nada. Es la primera vez que lo leo.

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  6. 6 Charivari noviembre 15, 2014 en 1:28 pm

    Yo también creo que la pirindola era un juguete para niños pequeños (por cierto, nunca vi a ninguna niña bailarla). También conocía la acepción como miembro masculino, usado de forma coloquial y siempre referido al de niño pequeño y casi de forma cariñosa; también se oía “pirindolilla”, pero no sólo en la casa de Palinuro. Pienso que las dos acepciones eran de uso habitual en aquellos años.

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  7. 7 Eduardo Moreno Amador noviembre 15, 2014 en 10:16 pm

    Pirindola: ancha y aplastada. Se podía hacer girar sobre cualquier superficie; gira impulsada, como dice Betanzos, por los dedos índice y pulgar. Jugaban niños y niñas. También cumplía, en algunos juegos de mesa, la función de un dado o similar.
    Peón, peonza o trompo: para jugar en el suelo de tierra. De madera con una pinta metálica en su extremo cónico, dado que es una pieza cono-esférica.
    La asociación, en el relato, entre la vieja aspiración del Avi y el viejo juguete es un hallazgo. Sobre todo por lo que la pirindola tiene de simplicidad. Frente a la peonza que exige, al menos, una habilidad mayor. Este juego era, efectivamente, masculino.

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  8. 8 pedrito noviembre 16, 2014 en 3:52 pm

    ¡ Si unos minutos de franca risa nutre más que un chuletón gallego ( como decíamos en mis años mozos ), entonces, la lectura de tu post de ayer me permitirá aguantar en ayunas hasta la Navidad !
    Mil gracias, Duende-de-nuestros-amores, y será bien parco pago del buen humor que destilan tus crónicas, esta última en especial …
    No me siento autorizado para mediar en el debate semántico – de “muchas vueltas”, en defecto de “altos vuelos” – abierto en torno a la naturaleza precisa de la “pirindola”, desdeñada por la misma RAE a beneficio de la sosa “pirinola”, octogonal por cierto y oriunda de Centro-América a decir de la misma fuente.
    Sin embargo, la descripción minuciosa que nos das del modelo 1943 delata tanto su carácter hightec, como el fino conocimiento de los juguetes de hojalata de aquella época por parte del narrador : “Lujosa … chapa serigrafiada en colores … dibujos preciosos … sirena y músca” …
    No nos dejemos embaucar, amigos : el sueño de Agustinet no apunta a una peonza cualquiera, de leña y clavo en punta para plebeyos recreos de patio, sino a un juguete bastante elaborado, en forma de ampolla aplastada, provisto en su centro de una mecánica de muelle accionada por succesivas presiones sobre un eje central … Objeto supuestamente muy codiciado, y posiblemente reservado a la sazón a los jóvenes alumnos de los colegios de Gracia o de Pedralbes, sean o no hijos de magnates del extraperlo …
    ¡ Destino, al parecer, que no había tenido la fortuna de compartir el buen Sr Esteve !
    PD – Se agradece de antemano cualquier precisión complementaria sobre esta ingeniosa variedad de artilugio giratorio, especialmente en cuanto a su identificación, o etiquetado comercial.

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