El andamiaje que nos sostiene

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Reconoces que tienes un dormir distinto al de Marcel Proust. Ese duermevela tan fructífero que con elegante delicadeza y precisión describe el escritor al inicio de En busca del tiempo perdido no se da en ti. De niño tardabas en conciliar el sueño, ahora caes en la cama como un saco de patatas y te fundes con   Morfeo en un instante. Sin embargo, aunque en principio tienes dormir de peón caminero, algo nada fino, tu duermevela sobreviene luego, cuando a eso de las cinco despiertas, haces un pis, bebes un vaso de agua para limpiar el acre sabor de boca que te deja respirar mal y vuelves a la cama con la intención de hilvanar un último sueño.

No estás seguro de volver a soñar. Sin embargo en ese funambulismo entre la consciencia y la inconsciencia ves imágenes curiosas que parecen extraídas de lo onírico. La otra noche –más bien madrugada- te veías como un Gulliver gigantesco que, en lugar de estar atado al suelo por los liliputienses, te erigías protegido por un inmenso andamiaje de tubos metálicos, como si fueras un monumento en restauración. En los andamios, tal que esos marineritos que forman en la arboladura de los buques escuela en las grandes solemnidades, nada menos que ciento cuarenta y dos personajes dieciochescos, con sus chupas, sus calzas de seda, sus zapatos de lazo y tacón y sus pelucas de época. Unos tocaban un instrumento, otros cantaban, y el más anciano, por cierto ya medio ciego, había sonar el órgano con una mano mientras con la otra dirigía el imponente conjunto músico-coral. Era el mismísimo Juan Sebastián Bach.

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Tu gran amigo J.P.S.E., que apechuga desde hace más de cuatro años con su particular bichito maligno y es de los que más apuntalan con su ejemplo tu lidia con el cáncer, te acababa de regalar esa tarde la Obra Completa del gran padre de la música clásica. Ciento cuarenta y dos grabaciones en CD para múltiples horas de terapia con la música que mejor te sanea el ánimo y repara tu salud. Tu amigo también lleva el nombre del compositor en su apellido, y podría cantarlo con mejor acento que tú, pues habla el alemán tan bien como el castellano. Después de una brillante carrera de diplomático, sigue trabajando en una empresa que le trae de acá para allá, como si quisiera aprovechar sus condiciones de corredor infatigable. Aún le recuerdas en camiseta y calzón corto, defendiendo a tu colegio en los Campeonatos Nacionales Escolares, donde entregaba las copas un señor de pelo blanco y camisa azul que se llamaba Elola Olaso. Crees que en su tarjeta pone un cargo de alto copete, pero para ti que lo que más vale de él es su papel en esa poderosa estructura de afecto que te rodea, te protege y te mantiene en pie. Qué poco aguantarías tú sin ese andamiaje.

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El mundo del fútbol ofrece momentos inolvidables, pero no tantas frases como para dar que pensar. Algún genio del balón (¿Kubala?, ¿Miljanic?) sentenció alguna vez que fútbol es fútbol, tautología simplona a la que los especialistas han sacado más filo que al pienso, luego existo cartesiano. Lineker fue más irónico cuando apuntó que el fútbol es un deporte en el que juegan once contra once y siempre gana Alemania. Con los años el discurso futbolístico se fue refinando, especialmente desde la llegada de Valdano, que publicó un artículo en la Revista de Occidente y se inventó lo de leer los partidos, como si en lugar de un juego o un deporte el fútbol fuera un libro de su admirado Borges. A ti sin embargo te llega más el inmenso rótulo pintado en una de las fachadas del estadio Vicente Calderón: Juega cada partido como si fuera el último de tu vida. Resume la filosofía del Cholo Simeone, que no es precisamente un humanista, pero que ha despojado al Atleti de la abulia y la endeblez moral que le lastraba desde décadas. Tú no crees mucho en la eficacia de estas consignas. Pero si consideras tu edad y tu condición actual, extrapolas la frase y en lugar del fútbol la proyectas sobre las relaciones afectivas, te ilumina y te compromete. Ya es el momento en el que debes empezar a considerar cada encuentro con una persona querida como una ocasión para no ahorrar los sentimientos positivos que despiertan en ti.

-Aquella noche estabas muy guapa, y me hubieras hecho perder el seso- le dijiste a una mujer ante la que en su momento te amordazó tu timidez.

-Esas cosas se dicen a tiempo –te reprochó ella sin disimular su desencanto.

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Hace unas semanas Emilia Cortés te comunicaba en un comentario a este blog que su padre había fallecido de un cáncer a los ochenta y cuatro años. El comandante Quintín Cortés era sargento y compañero tuyo en el Regimiento Alcázar de Toledo 61 cuando hacías allí tus prácticas como suboficial de complemento. De él recuerdas, sobre todo, un viaje a Almería en tu 600 descapotable abriendo camino a la unidad que se desplazaba al desierto de Tabernas con sus carros de combate para rodar la película Patton. El hombre aportaba una cacerola de conejo al ajillo que fue vuestro avituallamiento básico. A lo largo de aquel viaje inacabable, te habló sin cesar de su familia, de la que raptaste el nombre de una de sus hijas, Petra Mari, para bautizar así años más tarde a una de las hijas de tu radiofónica Doña María. Anécdota inocente tras anécdota más inocente todavía: casi medio siglo después evocaste al sargento Quintín en el programa de Carlos Herrera y, según comentó también en este blog la auténtica Petra Mari, a su padre, ya comandante retirado, le produjo una gran alegría y una profunda emoción escuchar por la radio tu recuerdo. Después de cuarenta y seis años sin saber nada uno de otro os hablasteis.

-He vivido feliz, con una mujer y cuatro hijas que son una bendición- te dijo- Y ahora mi señora, además del conejo al ajillo, hace un arroz con marisco para chuparse los dedos.

Quedasteis en veros, pero no debisteis fiarlo a futuro, porque entretanto, cosas, se interpuso la muerte. Dice Emilia que su padre la recibió con naturalidad, como un buen soldado, despidiéndose de todas con sencillez y, supones, laconismo castrense. A ti te dio mucha pena no haber vivido el reencuentro con tu compañero, que también hubiera sido parte de ese andamiaje moral que te sostiene. No hay que dejar para mañana ni el cariño ni el afecto que puedas despachar hoy.

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3 Responses to “El andamiaje que nos sostiene”


  1. 1 Petramari noviembre 21, 2014 en 4:38 pm

    Querido Luis: gracias por evocar de forma tan bella a mi padre y regalarnos sus palabras hacia su familia. Yo le escribí un post a mi padre, de literatura mas modesta, pero lleno de amor hacia él.
    Gracias a personas como mi padre, las personas de clase humilde han ocupado puestos que hace 50 años era impensable. Apostaron por la educación para mejorar la vida de sus hiijos y hacer una sociedad mas igualitaria. Un abrazo
    http://blog.hola.com/cocinacardiosaludable/2014/11/mi-padre.html

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  2. 2 julia noviembre 23, 2014 en 1:36 pm

    Totalmente de acuerdo en que tenemos que hacer las cosas YA. Aún más si se trata de expresar nuestros sentimientos de afecto hacia los demás. No hay que cohibirse, y si, un suponer, nuestro Duende, me parece una persona entrañable y con un don especial para expresarse y hacernos pasar ratos muy agradables, pues se lo digo y me quedo tan ancha.
    Un abrazo.

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  3. 3 Emilia Cortés noviembre 25, 2014 en 9:54 am

    Gracias Luis por evocar a mi padre. El habría estado encantado al leer tus palabras: siempre pensó que sólo morías cuando la gente te olvidaba. Mientras estuvieras en la memoria de alguien, seguirías vivo. Así que en esas estamos,recordarle para que su imagen y sus enseñanzas permanezcan vivas en nuestra memoria. EMI

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