El Día de Acción de Gracias

A veces nos cuesta encontrar motivos para agradecer nada, pero buscando, buscando...

A veces nos cuesta encontrar motivos para agradecer nada, pero buscando, buscando…

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Fue algo grande que mi padre decidiera poner calefacción. Durante años decía que no podíamos permitirnos ese lujo, porque no había dinero. La casa se calentaba con el fuego de la cocinona y con dos estufas de butano que rodaban de habitación en habitación, un ratito en esta, luego una hora en la otra, luego más tiempo en la de la abuela, porque los viejos tienen más frío que nadie, y así. Pero ese calor no llegaba a la galería, el gran mirador donde prácticamente pasábamos el verano.

Es la suerte de tener una casona vieja en Asturias. Desde aquella galería acristalada veíamos los tejados de la aldea, la torre de la iglesia, los prados con sus vaques, el Feve y al fondo del todo, el mar. A la abuela y a mí nos encantaba ver pasar los trenes, que salían del túnel, salvaban un altísimo viaducto y atravesaban el bosque de castaños como una lagartija mecánica hasta perderse de vista. Nos gustaba mucho eso, pero la abuela se emocionaba más cuando pasaba un barco, porque el abuelo había sido maquinista en muchos barcos, y ya se había muerto. El abuelo se tiraba pedos sin darle importancia, no se si por haber sido marino o porque los maquinistas tienen licencia para pedos, o porque era viejo, pues ya me he dado cuenta de que los ancianos se pedorrean como sabiendo que se les va a perdonar. A mí no me perdonan ni uno, pero no me quejo, porque soy un chaval, y aún me queda mucha vida para disfrutar de otra forma.

Pero ya digo, en esa galería que era la alegría de la casa no podíamos estar más que en verano, porque en invierno te pelabas de frío, y teníamos que pasarlo en el resto de la casa, que era más bien oscura. Mi madre, mis hermanas, mi abuela y yo siempre decíamos lo mismo: ¡ay, si tuviéramos una buena calefacción! ¡Ay, si pudiéramos usar la galería también en invierno!…

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Las cosas cambian. Hoy, a mis catorce años, me doy cuenta de lo maravilloso que es poder tener una buena calefacción. Llueve, hace un día típicamente otoñal, las nubes se han agarrado al valle y nos tapan el mar y hasta la vista del tren. Incluso con este mal tiempo la galería, calentita, me parece el cielo. Con el calor de casa, todas las cristaleras se han empañado, y por primera vez me he dedicado a dibujar sobre ellas con el dedo mientras la abuela, a mi lado, hace punto en la mecedora y escucha la radio. Yo dibujo lo que se me ocurre, cosas que me salen de dentro o de las que hablan las noticias, qué se yo, no lo pienso mucho. En esta cristalera un barco, en la otra el tren, luego una vaca y un caballo, en la siguiente una niña que quiero que se parezca a Ramonina, la compañera del cole que más me gusta, con sus tetitas y todo, pero me queda regular. Da igual, me divierto así.

Entretanto, la abuela sigue haciendo punto y escucha la radio. En esta hablan del Día de Acción de Gracias de los americanos, que es muy importante para ellos, y aprovecho la última cristalera para dibujar al pavo indultado con la frase Happy Thanksgiving Day. En el colegio nos enseñan inglés bastante bien, la profesora nos ha contado que los americanos dan gracias a Dios por ser como son, y comen pavo. Aquí no somos tan agradecidos, pienso yo.

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El abuelo Pantaleón aparte de tirarse pedos decía que la vida era una cabronada. La abuela se enfadaba mucho, le decía que no fuera tan negativo. Yo estoy un poco con el abuelo, y otro poco con la abuela. Ahora no sólo tenemos calefacción en la galería, sino que mi padre ha comprado una furgo de lujo con entrada especial para mí. Porque, hablando de cabronadas, se me ha olvidado contar que yo tengo que moverme en silla de ruedas porque un borracho nos atropelló la primera noche que nos colamos en la discoteca, cuando volvíamos andando por la carretera y el muy cabronazo conducía después de haberse inflado a cubatas. Mató a dos chicas de la pandilla, bien que lloramos en el funeral, así que yo tuve bastante suerte. Con la pasta que ya nos ha pagado el seguro mi padre compró la furgoneta especial y, sobre todo, instaló una calefacción buenísima por toda la casa para que podamos disfrutar de la galería. Estoy orgulloso de que sea gracias a mí.

Por cierto, la radio también hablaba hoy de pasada del pequeño Nicolás. Mira, me dijo la abuela, ese pájaro se llama como tú. Yo no soy pequeño, le dije como protestando por la comparación. Y entonces aproveché el último hueco que aún quedaba en la cristalera empañada para poner mi firma de artista debajo del Happy Thanksgiving Day. Escribí Nicolás el Grande, y me quedó chulísimo.

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3 Responses to “El Día de Acción de Gracias”


  1. 1 Betanzos noviembre 28, 2014 en 7:46 pm

    ¡Qué bien escribes, Duende! Da gusto leerte.

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  2. 2 julia noviembre 29, 2014 en 11:18 am

    Después de leer tu Día de Acción de Gracias, ya se me arregla el cuerpo para toda la jornada…. Y es que con tu maravilloso don de expresión veo el tren, las vaques, los prados, la abuela calcetando y hasta al abuelo pedorro…Cuídate mucho que el tiempo está loco,loco.

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  3. 3 Franciska noviembre 30, 2014 en 7:32 am

    Si hay algo que debemos trasmitir a nuestros hijos o nietos son las tradiciones. Me encanta tenerlas en esta época del año. !!!horror!! Tengo que ir a la plaza mayor con mis criaturas ,

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