Archivos para 29 diciembre 2014

El belén del rey Felipe

El belen de Felipe1

Que por qué no escribes, te pregunta Homper. Te dice que esa es la diferencia con los auténticos escritores, que ellos escriben por necesidad, porque no saben pasar los días sin hacerlo, y tú en cambio de vez en cuando te retiras, te olvidas del blog y nada, ni una palabra. Aquí paz y después gloria. Tú le explicas que no necesitas muchos estímulos para escribir, esa es la manera más ordenada de comunicarte con el mundo, pero hay veces en que el malestar físico te ata al sofá y te cuesta un Potosí rebelarte contra el destino. Es este el caso. Nadie espera tu articulito para cerrar el periódico. Nadie necesita tu post para irse más tranquilo a la cama. Nadie tiene tiempo ni ganas estos días para curiosear en lo prescindible. Tú te sientes como el oso. Sólo quieres encontrar un abrigo en el bosque e hibernar en un largo sueño.

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A propósito de la siempre relativa importancia de los sucesos y tropelías que sobrealimentan nuestra actualidad, te dice Homper que él ha decidido sorprenderse sobre todo por aquellos detalles de los que casi nadie dice nada y que también merecen interpretación. Pronunció el rey Felipe su mensaje de Navidad y la lluvia de comentarios abundaron en lo predecible: los grandes problemas nacionales que denunció con delicadeza, pero también con determinación.

-Sin embargo –apunta Homper- ni un solo comentario criticó la extremada sobriedad de la decoración navideña, especialmente la de significación cristiana.

Dice que ver plantado aquel misterio de pequeño tamaño sobre una mesa desnuda, ni siquiera vestida por un tapete de fieltro, como si fuera un bibelot cualquiera o una metopa de la Academia Militar de Zaragoza, le desconcertó.

-Ni una rama de olivo o de pino para ambientar el nacimiento, caramba… No le íbamos a pedir que montara en su casa un belén napolitano como el de Carlos IV, que por algo quiere marcar distancias, pero ni tanto que queme al santo ni tan poco que no le alumbre. ¿Hubiera sido políticamente incorrecto un poco más de cariño en este detalle?

Y añade no sin cierta mala leche un cherchez la femme, como si semejante frialdad ante el nacimiento de Zarzuela fuera cosa de la reina Leticia o de su familia.

-No seas malo –le dices- Uno de sus abuelos fue taxista, y este gremio era entonces muy navideño. Había algunos taxistas que  en la bandeja trasera, donde el resto del año llevaban perritos de peluche que decían si con la cabecita- perritos procuradores les llamaba la jerga popular-  montaban todo un nacimiento . Y cuando pisaban el freno, el conductor de atrás se extasiaba viendo cómo se encendía hasta la luz del castillito de Herodes, fíjate que bonito.

Otros tiempos. Otros taxis. Otros belenes. Otros reyes.

 

 

 

Entre los ángeles

Hay visiones de la naturaleza que le hacen a uno creerse un ángel...

Hay visiones de la naturaleza que le hacen a uno creerse un ángel…

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Sólo unos días antes de esta Navidad despertaste en el campo y miraste al amplio valle del Tiétar. Lo que en otros días claros de anticiclón es panorama de encinares y de una especie de sabana africana que la vista extiende hasta la sierra de Guadalupe, parecía un mar de nubes blancas cuyas olas morían contra las laderas de Gredos. Crees que el fenómeno se da cuando las altas presiones producen lo que los meteorólogos llaman inversión térmica. El caso es que Candeleda y las tierras del valle quedaban bajo una espesa capa de niebla mientras tú desde tu casa disfrutabas de un sol radiante y veías cómo el Almanzor nevado acogía entre sus larguísimos brazos ese mágico mar improvisado por el amanecer. Te pareció un espectáculo natural fascinante. Por un momento imaginaste que sólo los ángeles y tú podíais gozar de tal privilegio.

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Pero…¿existen los ángeles? ¿Y es verdad que no tienen sexo? ¿Será cierto que a todos protege un ángel de la guarda? En esta materia, como en casi todas, sigues apacentando tus dudas. Sin embargo, desde que la enfermedad te obliga a pensar más tienes la sensación de que eres rico en ángeles vigilantes y cariñosos. El que se presentó ayer en tu casa con un bizcocho de limón para felicitarte la Navidad es Inés. Es una excelente fotógrafa, está casada y es madre de tres hijos, pero te sigue llamando jefe, pese a que va hacer casi veinte años que dejasteis de trabajar juntos. Otros ángeles del sexo femenino llevan el nombre de Alicia, Ana, Ángeles –es un ángel plural- Begoña, Beatriz, Carmen, Carolina, Conchita, Francisca, Isabel, Julia, Lola, Lucila, María, Marta, Paloma, Pilar, Rosario, Silvia, Soledad, Teresa…No hay last ni least, porque para apuntalar el alma tanto te vale un jamón de pata negra como una simple llamada telefónica. Como te sirve también la atención de Borja, Carlos, Eduardo, Javier, José Pedro, Manuel, Miguel Ángel, Paco, Pepe, Quico, Rafael, Ramón, Rubén, Víctor y alguno más, que son del sexo masculino y que te han acompañado y ayudado a lo largo de este tiempo de mil maneras distintas. Tienes ángeles amigos que son hoteleros rurales, psicólogas, altos funcionarios, médicos, coralistas, abuelos y abuelas, compañeros de la radio, empresarios, amas de casa, jubilados, artistas. Otros son embajadores, y en la parte insospechada de su curriculum mantienen aficiones tan singulares como la cría de burros.

Afortunadamente, de todo hay en tu viña. No es como la del Señor, pero tampoco te puedes quejar.

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Creías que esa legión podría rondar por allí, y compartir contigo esa percepción de poderío sobre la belleza que te ponía en bandeja el día. Aún esperas y deseas que les llegue. Ojalá puedan ver el mundo, la vida y la Navidad como si de verdad volaran entre los ángeles.

Platero y el encanto de los burros

Las burradas del género humano son noticia siempre. Los cien años de un burro tan entrañable como Platero, sóloahora...

Las burradas del género humano son noticia siempre. Los cien años de un burro tan entrañable como Platero, sólo ahora…

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Juras que nadie te programa para poner tu atención sobre todo en naderías, en cosas insignificantes de la actualidad. Pero despiertas, lees los periódicos mientras tomas tu primer café y entre tantos noticiones, escándalos y datos escalofriantes que ilustran la crueldad y, sobre todo, la estulticia del género humano, te quedas con una que te causa especial indignación. En Lucena, provincia de Córdoba un mozo quiso divertirse a costa de un buche que hacía su papel en un belén viviente. La gracia consistió en subirse a sus lomos, sin tener en cuenta que en este caso el peso del jinete rebasaba los cien kilos. El pobre borriquillo murió por aplastamiento. El burricida puede ser juzgado por mal trato a los animales: la memez no está tipificada como delito.

Da casi vergüenza este memento de burros difuntos cuando acaban de ser asesinados ciento veintiseis escolares en Pakistán, y el mundo sigue campando por sus respetos (más bien debería decirse por sus faltas de respetos). Es uno más de los absurdos nuestros cada día, qué le vas a hacer. Desde que en tu infancia leíste Platero y yo y las deliciosas Memorias de un burro de la Condesa de Segur siempre sentiste debilidad por los burros.

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Te imaginas que eres millonario y pujas por uno de los dos Renoir que salen a subasta. Uno de ellos es un paisaje en que culebrea un camino flanqueado por chopos. El otro es exactamente igual, pero con una diferencia: por el camino va un borriquillo. La crítica subraya que el primero es mejor lienzo, pero aunque el precio de salida es idéntico tu levantas la mano hasta adjudicarte el Renoir con burro. La pintura no diferirá tanto, y sin embargo el cuadro que te llevas inspira, vida, sencillez, ternura. Todo gracias al jumento.

También recuerdas un día de playa en Hydra, una bonita isla del Egeo. Tú eres poco playero, y menos en una cala como aquella, que era un puro pedregal, así que te sentaste en un sillón plegable y te embarcaste en la lectura de una novela tan original como apasionante, La vida instrucciones de uso. Sólo te distraía de su lectura la presencia cercana de una pequeña burra atada junto a un chiringuito aguantando pacientemente la terrible solanera. La complicada trama de la novela absorbía casi toda tu atención, pero de cuando en cuando no te podías reprimir, te levantabas y te acercabas a la borriquilla para ofrecerle los higos caídos que recogías de una higuera cercana o para darle de beber en un cubo. Te daba pena ver a la pobre burra resignada a su suerte mientras los bañistas se refrescaban y tú volabas gracias al genio de Perec. El burro, un símbolo para el Opus Dei y para Cataluña, no sabes muy bien por qué (los del Opus hablan de su humildad, los catalanes -ante todo la diferencia- de que hay una raza de asnos autóctonos, aunque esta especie abunde en cualquier parte del mundo). Te cae simpático, te retrotrae a la infancia, te evoca paisajes bíblicos: en el nacimiento que ponía tu madre había un burro. No tienes apenas sitio en el tuyo, pero si se lo haces y encuentras un pollino a escala apropiada entre las figuritas del mercadillo de la la Plaza Mayor te lo llevarás a casa. Todavía te puedes permitir algún capricho sentimental.

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Un capricho sentimental, algo así es el Platero y yo prologado por Andrés Trapiello, que publica ABC en una bella edición. Te llama la atención que tu admirado escritor de referencia pondere no sólo la calidad y la oportunidad del relato de Juan Ramón Jiménez, que cumple en estas fechas el primer siglo de publicación, sino también el refinamiento de las ilustraciones y de la tipografía de esta edición facsímil. Andrés Trapiello es un infatigable y exquisito escritor, poeta, prosista, ensayista, observador de cualquier cosa que roce la sensibilidad. Pero también un obseso y un erudito de la tipografía, arte a la que dedica una extraordinaria atención. Lo recuerda en una de sus últimas entradas de su blog Hemeroflexia, en la que no se le caen los anillos haciendo publicidad de esta pequeña joya bibliográfica que sin duda es un excelente regalo de Navidad para los que ya creen tenerlo todo. La joya tiene un precio de menos de veinte euros, y a ti tampoco te da vergüenza pregonarlo, porque te gusta la poesía de Juan Ramón, te asombran todos los registros del prologuista y te encantan los burros. Más que por humildad, porque en el fondo debes de ser muy simple.

Asuntos siempre pendientes

Hay tareas muy fáciles que quizás no acometemos por el  temor de quedarnos sin cosas que hacer...

Hay tareas muy fáciles que quizás no acometemos por  temor a quedarnos sin cosas que hacer…

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Tras una cena de gente elegante y distinguida, los invitados se aprestan a volver a casa. Sin embargo, aunque la las puertas de la mansión están abiertas de par en par, una fuerza extraña, algo sobrenatural que nadie explica, impide traspasarlas y ganar la calle. Así transcurre El ángel exterminador, una de las películas más inquietantes de Buñuel. Supones que los críticos habrán buscado cinco pies al gato para explicarla, aunque tampoco es desdeñable que fuera una de las muchas ocurrencias que el director aragonés trufaba en sus películas para epatar al burgués y seguir bordando su estela de genio. Te acuerdas de esta anécdota hoy porque de vez en cuando reparas en las múltiples cosas que hacer, las numerosas iniciativas fáciles que deberías llevar a cabo y que por fas o por nefas, por causas que ni tú mismo te explicas, no haces.

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Por ejemplo, ese cocinero de plástico gordo y con bigote al estilo de Oliver Hardy que te mira desde hace casi una década desde la encimera de tu pequeña cocina. En la cintura lleva marcados los sesenta minutos de una hora. En realidad el muñeco era un reloj para controlar los tiempos de cocción de las diferentes recetas. Dejó de funcionar en 2007, pero tú debe de ser que quieres seguir recordando a la persona que te lo regaló, o que esperas que venga a arreglártelo alguien, o a que el bibelot se consolide como objeto kitsch, o vintage, o pijadas de esas, y le sirva a un artista plástico para una instalación. ¿Por qué no lo tiras?

Por ejemplo, un curso de alemán con sus fascículos, sus CD y, pásmense, con sus casettes. Querías aprender este idioma para no hacer el paleto total cuando fueras a Alemania y para poder entender el texto de las cantatas de Bach. Pero sólo has viajado tres veces a este país, con un pequeño diccionario de Español-Alemán en el bolsillo te apañabas. Por otra parte es fácil encontrar los textos de las cantatas traducidos. Además, un día fallaste y no pasaste por el kiosquero a retirar tu fascículo, con lo que el curso es incompleto, un coitus idiomáticus interruptus, una inutilidad más. Naturalmente, la editorial no conserva ni un solo ejemplar del curso en su stock, con lo que las carpetas amarillas de los fascículos, los CD y las casettes no hacen otra cosa que ocupar una balda de tu librería mientras acumulan polvo. ¿Por qué no lo llevas todo al punto limpio?

Por ejemplo, ese pantalón en una de cuyas perneras saltó hace tiempo una puntada del dobladillo interior. A menudo  enganchas este con el dedo gordo del pie cuando te lo pones, sabes que está ahí, y que tampoco vendrá en ángel de San Isidro a tu casa para tomar el hilo, la aguja y el dedal y cosértelo como Dios manda. Pero no, activas la precaución de subir la pierna cuando el dedo gordo del pie toma el camino equivocado y está a punto de descoser el resto del dobladillo. Es más trabajo, meter la pierna, detectar el error, sacarla de nuevo, buscar con la punta el pie la salida libre por la pernera y esperar a un milagro que te haga de costurero. ¿Por qué no lo llevas a que te lo cosa por dos euros el chino que queda a dos manzanas de tu casa y te quedas en paz?

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También sentías una pereza infinita por abrir el armario, sacar tu nacimiento y plantarlo en el pequeño velador donde lo instalas todas las navidades. Te ha costado un potosí, has tenido que sobreponerte al extraño efecto del ángel exterminador que a menudo te atenaza y que también planeaba sobre tu Navidad. ¿Por qué?

Hay realidades que no puedes transformar, logros inalcanzables con los que sueñas frecuentemente aún admitiendo que jamás podrás conseguirlos. Pero hay otras labores sencillas que seguramente desechas por el temor a quedarte sin tareas pendientes, y agotar los recursos que te permiten cocinar el relleno de la vida. Este año ya has comprado los primeros polvorones, has curioseado por la Plaza Mayor, has cantado El Mesías, y has puesto el nacimiento. Te queda llevar a tus nietas a ver belenes o al cine, comer con tus amigos de juventud y dormirte una siesta gozosa mientras por enésima vez empiezas a ver por la tele ¡Qué bello es vivir! No rematarás esta labor, seguro, porque lo realmente bello es soñar, y te dormirás antes de que el boticario le sacuda un soplamocos en la oreja y le deje medio sordo al pobre George Bailey.

Poco te importará perderte el final de la película. Entretanto estarás soñando que, aunque sean pequeñas, casi insignificantes, y a pesar del efecto ángel exterminador, aún te quedan cosas por hacer.

Un raro cuento de Navidad

El absurdo de estos artistas callejeros que hacían la estatua en la calle Arenal provocó un cuento de Navidad aún más absurdo...

El absurdo de estos artistas callejeros que hacían la estatua en la calle Arenal provocó un cuento de Navidad aún más absurdo…

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A Cristina le gustaba acompañar a su madre cuando iba de compras por el centro de Madrid. Sobre todo en Navidad, salían del Metro en Ópera y desde ahí a la Puerta del Sol iba viendo a multitud de artistas callejeros que hacían de estatuas sin mover un músculo ni tiritar por el frío. Había un torero patinado en oro, un escritor como Cervantes sentado en su escribanía que parecía modelado en bronce, un motorista suspendido en el aire sobre su moto sin caerse jamás al suelo, un Lobezno vestido de negro con los dedos como cuchillas, un faquir, una tortuga Ninja de color verde, un vaquero con su revólver que no mataba a nadie, y unos soldados americanos recubietos de barro clavando una bandera. Todos inmóviles, como si fueran de mármol. Pero esa mañana descubrió un grupo escultórico que no entendió, a cuyos pies un letrero rezaba sólo una palabra: POMPEYA.

-¿Y esos quiénes son? –preguntó a su madre.

-Dos que se quedaron petrificados cuando el volcán Vesubio, que  entró en erupción y sepultó los habitantes de la cercana ciudad de Pompeya.

Como es natural la mamá de Cristinita tuvo que responder a la niña todas las preguntas que suscitó la primera explicación. Qué era entrar en erupción, por qué aquellos hombres se convirtieron en piedra, si había en Madrid algún volcán que pudiera estallar y sepultarlas a ellas y, cambiando de asunto, por qué los pobres artistas soportaban inmóviles  el frío cuando nadie se paraba a depositar un euro en su hucha.

-Son artistas- le dijo su madre intentando zanjar la cuestión- Y los artistas hacen cosas muy raras que no siempre entendemos…

-¿Y qué es lo que hay que hacer para ser artista?

-Tener mucha imaginación –dijo la madre tirando de la mano de Cristina, que no se despegaba de los pobres pompeyanos petrificados.

-¿Y cómo se tiene imaginación?- insistió la niña.

-¡Vamos, niña, que se nos hace tarde!- rezongó la madre visiblemente desesperada por la curiosidad insaciable que mostraba su hija- Imaginación es… pensar cosas originales que no se le ocurren a los demás, ¿entiendes?

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Cristinita abrió sus ojos y a partir de ese momento empezó a fijarse en todo, para ver si se le ocurrían cosas y originales y podía ser artista, que le parecía muy divertido. Mientras su madre tomaba un café y hacía un pis en el VIPS, en la portada de una de esas revistas que la gente hojea gratis vio la foto de dos hermanas siamesas: Unidas para siempre, subrayaba el titular. Cristina no sabía que hubiera hermanos siameses, y la cosa le hizo mucha gracia.

-Mamá –le preguntó a su madre cuando reemprendieron la marcha hacia el inevitable Corte Inglés– ¿Tú sabías que hay hermanos y hermanas siameses?

-Si.

-¿Y conoces algunos?

-No.

-Y ¿cómo se las arreglan cuando tienen que hacer pis?

-Mira, niña…¿Por qué no piensas en la carta a los Reyes Magos?

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Días después los niños y las niñas de su clase tenían que presentar a la profesora un cuento de Navidad escrito por ellas. Cristina se rascó la cabeza un ratito pensando cómo iba a ser su cuento. Al cabo de un rato, empezó a escribir que una niña como ella ponía el nacimiento. Era un nacimiento clásico, con su Misterio, sus Reyes Magos, sus pastorcitos, sus ovejas y cabras pastando sobre el musgo, sus pollinos cargados de leña, sus gallinas, su río con lavanderas y pescadores y su castillo de Herodes con un soldado acorazado vigilando desde la torre. Por el camino que lleva a Belén, adoradores llevando sus regalos al Niño. Y mezcladas entre esas figuritas, dos muy especiales: una de dos hermanas siamesas, la primera de las cuales lleva en sus manos un queso, mientras que la segunda porta un tarro de miel. Uno poco más lejos, tras una paisana con una cesta de huevos, otra figura original: dos hermanos siameses que además son músicos. El primero toca una dulzaina, el segundo una pandereta. De repente, en la casa donde la niña montaba el nacimiento empieza a sonar El tamborilero de Raphael, y de la misma forma que los juguetes del cuento El soldadito de plomo cobran vida al sonar las doce en el reloj de carillón, las figuritas del nacimiento se convierten en personajes de verdad. Todas hacen su papel sin problemas, y sus movimientos tienen la armonía y la serenidad de una auténtica noche de paz. Pero el problema surge porque una de las hermanas siamesas quiere detenerse a hacer pis y la otra no se lo permite, por el temor de llegar tarde al portal. Un poco más atrás los dos hermanos siameses músicos también se pelean, pues uno quiere tocar con la dulzaina Los peces en el río y el de la pandereta prefiere el Ya viene la vieja. Empiezan a sonar las voces de protesta y los insultos. Las demás figuras se enfadan, el camino se alborota, aparecen figuritas ultras y el nacimiento entero se convierte en un caos espantoso. Entonces entra la madre, para la música del Tamborilero que detiene el ensalmo, reprende a la niña por poner esas figuras tan raras, retira a las dos parejas de siameses y la niña, que no es otra que la propia Cristinita, se echa a llorar desconsolada. Además, al final –escribe la auténtica Cristina para concluir el cuento- la figura del Niño Jesús se queda con una cara un poco triste, porque ve el mismo nacimiento de todos los años, donde no hay imaginación. Y colorín y colorado, este cuento de Navidad se ha acabado.

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El cuento de Cristina causó mucho revuelo. Reunido el comité de dirección del colegio, el director tomó la determinación de llamar a los padres de la niña para recomendarles que la llevaran urgentemente al psicólogo. La niña fue al psicólogo –psicóloga más bien- sin el menor entusiasmo, porque además no había en el camino a su despacho ni estatuas vivientes ni hermanos siameses. Tampoco entendía Cristina a los profesores y a sus propios padres, a los que les gustaban, por ejemplo, los cuadros de señoras raras y de monigotes de Picasso y de Miró y no aceptaban que ella pensara en un nacimiento con siameses. Para que luego le dijeran que el futuro es de los que tienen imaginación.  

Mindundis versus la Constitución

Lucy se quedó tan extrañada de que su tío el presidente no viniera a celebrar la Constitución que le escribió una carta...

Lucy se quedó tan extrañada de que su tío el presidente no viniera a celebrar la Constitución que le escribió una carta…

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Lucy era lo bastante mayor para como darse cuenta de que aunque su padre era un funcionario cualificado su tío era más importante. Se enteró cuando este fue elegido Presidente de  su comunidad autónoma, y su abuelo, que estaba orgulloso de la trayectoria de su hijo, le explicó lo que significaba eso. Le dijo que era el que más mandaba en su tierra, y que su comunidad era una de las diecisiete partes en las que se dividía España. Lucy sabía que España era grandísima, y que ser el mandamás de una de esas partes era como ser Dios, o el papa, o un emperador, o el Rey. La familia era de clase media pelona. Esto lo había escuchado una vez a la abuela, una mujer buena y protectora de su familia, pero espontánea y descarnada, de las que hablaba sin remilgos. Tener un tío que había llegado a ser presidente de comunidad autónoma era un triunfo, del que hasta entonces todos presumían. Además, cada año que venía a Madrid para celebrar el Día de la Constitución el tío importante le traía regalos. Unos dulces, un juguete, una medalla de oro de la patrona, unos vaqueros del Corte Inglés de allí, un relojito, una pulserita. Además de presidente autonómico, toma ya, el tío era su padrino.

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-Pero este año –clamó el abuelo indignado- se ha portado como un imbécil. Como un mal educado, un perfecto ingrato y un arrogante que no sabe estar a la altura de su cargo. ¿Pero quién se ha creído que es?

La abuela trató de quitar hierro al asunto. Hombre, no te pongas así, el chico habrá tenido algo más importante que hacer. Ya sabes, desde que se ha separado anda como loco, si no ha venido a la fiesta del Congreso será porque había otro asunto más serio que requería su atención.

-¿Pero qué otro asunto puede haber más importante para él que la celebración de la Constitución gracias a la cual un mindundi como él está donde está? ¿Por qué la desprecia así y, de paso, nos desprecia a todos?..

Al decir esto el abuelo soltó un puñetazo en la mesa donde se celebraba la merienda familiar, derramó la cafetera sobre el mantel y la falda de la abuela y ésta rompió a llorar desconsolada.

-Papá –le preguntó Lucy a su padre mientras su madre trataba de limpiar la mesa y poner orden- ¿Por qué el abuelo se enfada tanto? ¿Qué es la Constitución? ¿Qué es un mindundi?

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Debía de estar al borde de la adolescencia despabilada, porque tras la intervención de su padre lo entendió todo. La tarde de aquel accidentado 6 de diciembre de 2014 su padre, el probo funcionario, le contó que el abuelo había sido siempre un demócrata cabal, un hombre de leyes, mientras que su hermano, el tío padrino importante, sólo era un abogado listo y político. También le contó que la Constitución era la ley fundamental que habían jurado y prometido todos los políticos que ahora abusaban de ella y se la saltaban a la torera cuando les convenía. Añadió que a su abuelo a él y a cualquier español de bien les parecía intolerable que a la fiesta de la Constitución, a la que tanto debían todos, hubieran faltado nada menos que once o presidentes además del tío. Y también le explicó que un mindundi sólo era un tipo insignificante, de poca categoría, y que el abuelo llevaba fatal que uno de los suyos acabara siendo un mindundi.

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Como Lucy no era además ninguna pava, también conoció poco después que hay motivos, generalmente con faldas, por los que algunos presidentes de comunidades autónomas no dejan de viajar. Ni a Madrid ni a ningún otro sitio donde haga falta, como bien se sabía por el presidente de Extremadura.  Así que a la semana siguiente de la frustrada celebración del día de la Constitución en la casa de los abuelos de Lucy, la niña tomó papel y bolígrafo y escribió esta carta a su tío el importante.

Madrid 9 de diciembre de 2014

Querido tío padrino

Me ha dado mucha pena que este año no pudieras venir a Madrid. No ha sido porque no me hayas traído un regalo, no, sino porque los abuelos habían preparado merienda buenísima y el abuelo se enfadó mucho. Como sé que no eres un mindundi, espero que no faltes el próximo año.

Sería buenísimo que si vas a echarte otra novia te la eches en Madrid, para que si lo de la Constitución te parece un rollo al menos vengas para verla a ella (a la novia, no a la Constitución) y, de paso, merendar con los abuelos, tus hermanos y tus sobrinos. Aunque ya te digo que mi regalo es lo de menos.

Un beso muy fuerte de tu sobrina y ahijada

Lucy

Antes de echarla al buzón se la dio a leer al abuelo.

-Mándala, niñita- le dijo el anciano mientras la abrazaba- Ahora ya estamos tan acostumbrados al desprecio de las cosas importantes que la mayoría se calla, pero estas cosas hay que decirlas.

Pereza de la Navidad

Pereza de la NavidaD1

5 de diciembre –anotó en su diario- Ya he leído los periódicos. Al margen del catálogo de desgracias y tropelías con que habitualmente nos obsequian los medios, veo que avanza imparable la Navidad. La Lotería, los langostinos congelados, el Corte Inglés como paraíso, las mil y una iniciativas benéficas y humanitarias, los Papá Noel de peluche trepando por los balcones. Dentro de poco, me temo, algún villancico de Raphael derramando copos de almíbar en la tele, el turrón que vuelve a casa, las muñecas que se dirigen al portal, burbujas doradas y macizas como la chica de Goldfinger, famosos de esos con el pelo teñido y famosas estucadas levantando la copa de cava brindando por mi felicidad…No puedo decir que me dé náuseas, porque a mí me gustaba la Navidad. Sí me da mucha vergüenza ajena. Menudo mantra, como se dice ahora, para desatar las ganas de hacer negocio, la cursilería y la horterada al por mayor.

Ahora, de verdad, de verdad, lo que sí me produce este fenómeno es vértigo. ¿Otra vez la Navidad, tan pronto?… Flori, mi vecina de arriba, dice que le da tanta pereza meter y sacar cosas y ordenar los armarios que entre los adornos del árbol ya cuelga el bikini. Dice que queda muy bien entre las bolas, los muñecos de nieve, los lazos y las luces, y así lo tiene más a mano, porque se acabarán las navidades y el verano ya está al llegar. No es que la Navidad sea breve, aunque cada vez se adelante más, es que me voy haciendo vieja, y el tiempo, qué putada, se me escurre como el agua entre los dedos.

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El marido en los cielos, su hija Adela trabajando de enfermera en Coventry, su hijo Alfonso de cooperante en Sudán, sus tres hermanas un poco menos lejos, en Canarias, en Vigo y en Tarragona. Lucía pensaba que por tradición y, aún un poquito, por convicción, tenía que vestir su casa de Navidad. Pero sentía como si alguien la hubiera atado de los pies a la cabeza a la chaise-long y no pudiera levantarse, abrir los armarios y sacar las figuras y el dichoso abeto de plastiquillo vegetal. Ataduras invisibles, pero bien fuertes. ¿Para qué se iba a tomar la molestia? ¿Para quién?

Salió a la compra. Lo justo para comer y cenar. Y allí, mientras esperaba su vez en la pescadería, se encontró con Flori, que llamaba desesperadamente a su suegra para pedirle que recogiera a los niños por la tarde en la parada del autobús del cole y los llevara a casa.

-Es que me han llamado del Centro de Salud para decirme que hay un hueco para la mamografía, y cómo lo voy a desaprovechar-explicaba.

Pero la suegra de Flori no podía, porque tenía cistitis, qué faena, y Flori estaba tan desesperada que no se daba cuenta de que el pescadero entretanto le cortaba la pescadilla en rodajas, y no en filetes, como había pedido.

-¡Coño, y encima esto!- soltó cuando se apercibió de ello.

-No te preocupes- terció Lucía- Ya iré yo por ellos.

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Antes de volver casa, Lucía compró polvorones, y en un bazar chino, unas chuches, unos cuentos y unas pinturas. Luego, por la tarde, antes de bajar a por los niños de Lucía, calentó el horno para poner en él un cuarto de pollo con pasas, cebollitas y unas rodajas de manzana rociados de jerez oloroso. Recogió a los críos, los subió a casa, les dio de merendar, les ofreció las chuches y los regalitos, puso un CD de villancicos y así pudo abrir el armario y rescatar del altillo el árbol, los adornos y las figuritas del nacimiento. Por un momento temió que el Niño Jesús hubiera sufrido los abusos de un pederasta, que a san José le hubiese decapitado un yihadista y que los Reyes Magos hubieran estafado a toda la cristiandad llevándose los camellos cargados de regalos a un paraíso fiscal. Pero afortunadamente los males de este mundo no habían llegado hasta ahí.

Con el aroma de buen asado que invadía la casa, los villancicos, los polvorones, y las voces de los niños Lucía, pudo hacer de tripas corazón y cumplir con el viejo ritual que le habían transmitido sus padres y que, cada año más, le pesaba como una losa. Le fastidiaba dar la razón a los anuncios, pero tenía que admitir que la Navidad era para compartirla.


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