Archivos para 29 enero 2015

Cuando la corbata no ahoga

Corbata de Magritte1

Un día le preguntaste a tu abuelo qué iba a pedir a los Reyes Magos, y él te respondió que paz. Te pareció un oportunidad perdida, porque pensabas entonces que los Reyes Magos estaban para otro tipo de regalos, pero el abuelo Pablo era eso que los mayores llaman un infeliz. Apuraba sus últimos años alejándose del mundo, y fumando en pipa mientras leía novelas policíacas en su sillón bajo una manta que cubría sus piernas. Las novelas las alquilaba por dos reales, que era a lo que alcanzaba su menguadísima hacienda, y se las traía en una abultada cartera un señor con cara de murciélago que aparecía por casa de vez en cuando. No sabías por qué se llamaba infelices a las personas así, porque el abuelo Pablo no se quejaba de nada, sólo pedía paz y parecía feliz. Sigues sin saberlo. Cuando el lenguaje popular habla de un infeliz quiere decir un tonto. No sabe que el fondo es un listo que no necesita casi nada para ser feliz.

El abuelo Pablo no discutía con nadie, excepto con la abuela Mercedes. Un día se enzarzaron porque sostenía que la gargantilla de terciopelo que llevaba la abuela era una prenda inútil, y la abuela Mercedes contraatacó diciendo que más inútil era la corbata con la que él remataba su atuendo. El abuelo replicó que una corbata no era más que una bufanda que no se desmelena, y que además de ser una prenda distinguida, abrigaba el cuello, función que no cumplía la gargantilla.

Crees que no se pusieron de acuerdo.

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En tu memoria de entonces también cabe la de una dama que aún se paseaba por Serrano y Goya con falda hasta los pies y polisón, pamela y bastón, y que a ti te parecía como una estampa de la belle époque. La gente decía que estaba loquita, aunque sólo llevaba una moda de medio siglo atrás. Sin embargo tú, que eres casi como tu abuelo cuando le conociste, y que, como él, capeas el invierno con la misma corbata, abrigo y hasta sombrero –te has acostumbrado a él desde que la quimioterapia te dejó calvo- que los señores llevaban hace un siglo, no te encuentras ni anacrónico ni ridículo. Doscientos años más que vivieras y acabarías por olvidarte del qué dirán. Es más, casi te divierte ser una ilustración del Blanco y Negro que ha cobrado vida y sale a comprar el pan por las calles del barrio. No es sólo el ande yo caliente y ríase la gente. Es una cierta rebeldía ante el desdén indumentario machadiano que se ha hecho moda universal, y al que los jubiletas de ahora se enganchan intentando recuperar quizás la juventud perdida.

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No debe de ser muy políticamente correcto ni sorprenderse porque el señor Tsipras, primer ministro griego, haya tomado posesión de su cargo descorbatado, Los grandes iconos del momento, que son los actores y los futbolistas, llevan trapos millonarios, y aún compiten por vestir mucho peor. El estadista dice que no se volverá a poner corbata hasta que Europa deje de ahogar a Grecia con sus exigencias. Allá él con sus símbolos y sus faringitis. Una vez que ya ha sorprendido al mundo con sus ocurrencias, mejor que se abrigue y que se dedique a poner su país en orden. Hay granujas e imbéciles mal vestidos y bien vestidos, el hábito no hace al monje, y aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Pero para el hombre que tiene que guardar una cierta etiqueta y se pone camisa  y traje, no hay complemento que cuadre mejor que la denostada – por muchos, que no por ti- corbata de toda la vida.

Sufriendo como Nertalio

Nertalio1

Lo de Nertalio Masoka fue un prodigio de lucidez y de refinamiento intelectual. No sabiendo cómo complacerse más con el sufrimiento, inventó una especie de cazamariposas mágico capaz de atrapar todos los sonidos y las palabras que habían salido de su boca a lo largo de su larguísima vida y que vagaban por el espacio sin extinguirse. Desde los primeros balbuceos y llantos de bebé hasta el amen con el que había cerrado los rezos de la noche anterior a la prueba de su invento, pues Nertalio, aunque masoquista conspicuo, era creyente riguroso y cristiano piadosísimo.

Cuando tuvo la certeza de haber atrapado todo lo que forjó durante décadas su caudal de voz, se refugió en el monasterio de Meteora y pidió que no le molestaran hasta haberse escuchado de principio a fin. Así permaneció durante catorce meses. Entonces, y después de una semana de no retirar los alimentos que dejaban junto a su celda, los monjes hospitalarios derribaron la puerta de esta y le encontraron desfallecido con muy mala cara, los cabellos largos hasta por debajo de los hombros y las uñas crecidas como las de un santón estilita. En el ambiente, como si la aguja de un misterioso pikú se hubiera topado con un microsurco rayado, se repetían cuatro palabras crípticas.

-¡No me jodas, Cardeñosa! ¡No me jodas, Cardeñosa! ¡No me jodas, Cardeñosa! ¡No me jodas, Cardeñosa!…

Sólo había podido escucharse lo dicho hasta junio de 1978, cuando el futbolista del Betis Balompié Julio Cardeñosa cometió ante la línea de meta de Brasil el fallo más recordado de la historia del fútbol español. El infortunado jugador no metió entonces el gol cantado que nos hubiera clasificado para la fase siguiente de aquel Mundial de Fútbol. Las palabras de Nertalio, como las de casi toda España, fueron elocuentes. Tanto que, cuando muchos años después, y gracias a su invento, volvió a escucharlas, el pobre Masoka no pudo resistirlas y  falleció. La autopsia sólo apuntó a causas naturales, pero seguramente murió de desesperación y de puro aburrimiento, señal inequívoca de que nos pasamos la vida diciendo lo mismo.

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Tú también padeces el síndrome que mató a Masoka. Desde que te dio por cribar de tu blog material para un libro que sea un compendio del Duende no te llevas más que disgustos. El más grande, reconocer que no eres Chejov ni tampoco escribes como la Munro, tan celebrada como autora de relatos cortos. Muchos de los tuyos los sacarías de aquí y los echarías al cubo de la basura. El menos grave, comprobar que te repites como la cebolla. Las mismas obsesiones, los mismos mitos, los mismos asuntos, las mismas evocaciones, las mismas anécdotas. Incluso las mismas palabras, repetidas post tras post… Suele decirse que los escritores escriben un solo libro a lo largo de su vida. A ti te da la sensación de quedarte en un solo párrafo, en una sola frase o incluso en una sola línea.

Además el trabajo ese de cribar te disipa, y te vuelve loco. Tu querida prima y madrina Carolina te lo reprocha.

-¿Por qué no escribes al mismo ritmo que antes? –te pregunta.

-Por eso –le respondes-, por haber cometido el mismo error lotero (por Lot) que Nertalio Masoka: repasar el camino andado e intentar seleccionar sólo los mejores pasos. Diseccionar siete años y medio de blog lleva su tiempo.

Entretanto puede que incluso se te ocurra algo mejor para entretener a los amigos que de cuando en cuando pierden unos minutos de su precioso tiempo para asomarse por aquí.

Tu nieve imposible

A tí también te hubiera gustado dejar huellas sobre la nieve...

A tí también te hubiera gustado dejar huellas sobre la nieve…

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Últimamente te despiertas entre cinco y media y seis, cuando aún reina la noche. Bebes un vaso de agua para aliviar la sequedad de tu boca y te acercas a la ventana. Miras el cielo oscuro, Madrid dormido, la calle desierta, el parque fantasmal y la farola solitaria anclada ante tu palomar que te sirve para observar la lluvia. Si chorrean gotas de su sombrerito, es que está lloviendo, algo que te estimula para arrebujarte de nuevo entre las sábanas e hilvanar aún un último tramo del sueño.

No lo confiesas, porque te parece pueril, pero durante la última semana lo que de verdad te hacía levantarte de la cama con ilusión no era tanto la lluvia como la nieve, que los pronósticos, siempre proclives al alarmismo, daban por segura incluso en la capital. Vana esperanza. Sólo una ráfaga de copos como confetis cayó para cumplir el expediente y no sacar los colores a los meteorólogos. La nieve siempre te fue esquiva. Te contaron que naciste un 17 de enero que Madrid amaneció blanco y desde entonces esperaste que se repitiera el milagro por estas fechas. Inútilmente. Quizás por eso siempre te han entusiasmado las proezas bajo cero de todos aquellos que desde Scott, Amundsen y Shackelton a Sebastián Álvaro o nuestro llorado Paco Fernández Ochoa han dejado sus huellas en la nieve o en el hielo. Tú sólo has podido ser esquiador o explorador polar sobre el papel de los libros o viendo documentales. Eso sí, puedes pasarte una tarde entera siguiendo por televisión la epopeya de los pingüinos emperador o la incierta lucha por la supervivencia del oso polar. El frío te sacude cuando lo sufres, pero te fascina cuando lo ves allá lejos.

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Intentaste aprender a esquiar en Candanchú cuando ya no eras ningún niño. Además las botas te causaron unas rozaduras terribles, y pronto advertiste que a tu cuerpo le faltaba la flexibilidad y la coordinación de movimientos necesarios para practicar este deporte medianamente bien. Pocas experiencias más placenteras recuerdas que llegar la cumbre y dejarte deslizar suavemente por la pista. Sin embargo hasta lograr ese orgasmo con la montaña te pareció tan exagerado el coste –largo viaje, madrugones, colas en los arrastres, lucha contra las botas, cremalleras imposibles, etc- que pronto te convenciste de que era mejor para ti amar la nieve de lejos. Ya te parecía difícil hacer pis con el mono de esquiar siendo hombre cuando tu alter ego femenino recordó por boca de Doña María cuánto peor es ser mujer inexperta en esas circunstancias. Te lo contó después de perder su oronda virginidad alpina en la primera excursión de ACUBA (Asociación Cultural del Bloque los Arándanos) a la nieve.

-Esos arrastres que te meten en la entrepierna y que dan un tirón como si fueran sartenes violadoras –se quejaba indignada-…¡De espaldas al pueblo!

Dijo la doña que cayó con estrépito repetidas veces antes de tenerse en pie y a aprender a subir con esos primitivos arrastres. Y que pilló una cistitis en su primero y último viaje a la nieve. Pasó tantas fatigas luchando con su mono hasta conseguir ponerse en cuclillas, y tanta vergüenza intentando camuflar los círculos amarillos que dejaban en la nieve sus alivios, que no volvió a repetir la experiencia. Debió de pensar del esquí lo mismo que aquel joven británico del siglo XIX que, por consejo de su padre, el conocido liberal Lord Coitous, se lanzó a probar su hombría y aprender las delicias del amor. Querido padre. Siguiendo tus indicaciones para completar mi formación universitaria con las enseñanzas de la vida, fui al Soho y con la complicidad de una experta en esas artes, cumplí tu encargo. El resultado puede considerarse satisfactorio, pero a  fuer de sincero, matizaré: el placer me pareció efímero, el precio, exagerado, y la postura, ridícula.

Más o menos lo que dirías tu del deporte del esquí. Envidias a los grandes esquiadores, admirabas que tu añorado amigo Félix, maestro del arte de vivir con el mínimo esfuerzo, se pegase las mayores palizas por sólo unas horas de nieve en Baqueira. Pero hoy, con la espalda medio rota, te basta con imaginar que esquías persiguiendo a la sombra fugaz de una joven Greta Garbo mientras miras desde tu ventana las cumbres de Guadarrama o de Gredos cubiertas de blanco como helados de nata.

El preocupante caso de Ça me la refanfinfle

Homper se queda perplejo al ver que un lápiz pueda desatar tragedias. Pero también de que pueda manejarse con la ingenuidad irresponsable de un n iño...

A Homper le deja perplejo y espantado  que un lápiz pueda desatar tragedias. Pero también  que algunos lo manejen con la ingenuidad e irresponsable de un niño travieso…

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Resulta que Homper era presidente del consejo de redacción de Ça me la refanfinfle, semanario satírico en francañol que cumplía con todos los mandamientos del humor satírico tradicional. A saber: 1. Demostrar que sus creadores están a la que salta. 2. Confirmar que para listos y llenos de razón, ellos, y para borreguitos el resto de los paisanos. 3. Tocar les cataplins á gauche et droite, mayormente a la segunda. 4. Animar el debate nacional, internacional, supranacional y universal sobre cualquier tema, caiga quien caiga. 5. Como corolario de todo ello, reafirmar y fortalecer viñeta a viñeta la (sagrada) libertad de expresión. Aunque la palabra sagrada apareciera entre paréntesis, pues para esos intrépidos paladines del humor cáustico e inteligente no hay nada sagrado.

La mejor prueba de ello es que, a pesar de la indignación que entre los musulmanes había suscitado la última viñeta en la que el propio Mahoma le quitaba hierro a sus caricaturas, la redacción había considerado oportuno que la portada de esta semana presentara nuevamente al profeta diciendo: ¿Cuándo se enterarán los míos de que todos los hombres somos iguales?

-Hombre, no –farfulló Homper mientras insinuaba una mueca de claro disgusto- ¿No podíais haber elegido otra actitud?

La viñeta mostraba a un tipo con barba y turbante de medio perfil haciendo un pis torrencial. El dibujante no había sido todo lo explícito que cabría esperar de su audacia, pero la cara de sátiro del profeta denotaba que lo que se  traía entre manos, oculto por los pliegues de la túnica, era algo verdaderamente asombroso.

Mais non! –dijo el dibujante ofendido- ¡A ver si tú también vas a resultar un fascista, como el papa Francisco!…¿O es que no entiendes que hacer humor hoy es también hacer política?

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Homper también fue esta vez el hombre perfectamente perplejo. Hasta los gatos quieren zapatos, pensó. No se puede decir, porque es políticamente incorrectísimo, pero lo malo es que hoy cualquiera al que le leen o escuchan en algún medio se cree intelligentsia. Y en razón de ello, gracias a la superioridad moral que recaba para su elite, se siente titulado para pontificar y despreciar la sensibilidad de los demás.

-¿Hacer política?-se preguntó- ¿No es la política el arte de lo posible? Pues que me digan estos pepitosgrillos del comic: a un fanático dispuesto a inmolarse por sus ideas… ¿es posible hacerle razonar provocándole aún más?

Durante un ratito Homper pretendió convencer a su intrépido grupo de talentos que aquello del sostenella y no enmendalla era más oportuno en otros lances, y que la presunta gracia que para unos podía tener la irreverencia no compensaba el riesgo que suponía alimentar más aún la ira irracional del fanatismo. No tuvo éxito. A Ça me la refanfinfle se la refanfinflaba todo con tal de obtener un nuevo aplauso de los ingenuos y de la progresía malgré tout.

Así que no lo pensó ni un minuto más: dejó su sillón y presentó su dimisión irrevocable por discrepancias con su redacción.

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Fiel a la costumbre de los tiempos, se despidió en Twitter con este mensaje: Dejo Ça  me la refanfinfle. Lo siento por Lulú, mi secretaria, tan guapa y bondadosa. Hace una crème deliciosa…Brûlée naturalmente!

Qué ingenuidad la suya. Semejante mensaje en la red, que quizás podría explicarse por una chochera propia de su edad, llamó la atención de los hipersensibilizados servicios de inteligencia occidentales, pendientes de todo cuanto puede amenazar ahora a las revistas satíricas.. ¿Era Lulú un nombre en clave? Los adjetivos guapa y bondadosa, tan ñoños y pasados de moda, ¿encriptaban consignas peligrosas? Esa mención de sus habilidades culinarias, especialmente centrada en los postres…¿aludía a una solución final? Y lo peor de todo: la crème tenía que ser brûlée, es decir, quemada. Definitivamente, la tal Lulú era una yihadista fanática dispuesta a inmolarse en una deflagración a saber dónde, y el que firma el tweet como Homper era el jefe de comando que, cual caballo de Troya, los terroristas habían infiltrado en la revista.

Lamentablemente, Homper fue detenido. Claro que en ese momento se despertó, y se dio cuenta de que todo eso, que ahora puede parecernos verosímil, había sido tan sólo una pesadilla.

 

El coche de tus sueños

Echas de menos  aquellos coches a los que podías subir sin arrugarte y ver el paisaje desde una cierta altura...

Echas de menos aquellos coches a los que podías subir sin arrugarte y ver el paisaje desde una cierta altura…

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Sabed que soy de aquel tiempo en que los coches de verdad olían a gasolina y al cuero de sus asientos, y en que los de juguete eran de hojalata y colgaban del techo de las cacharrerías o de los tenderetes de feria –se te ocurre escribir para algún capítulo de la autobiografía que nunca llegarás a publicar. Hubieras podido añadir que te fascinaban los automóviles porque en tu casa no había de eso, eran lo más fantástico que soñabas entonces, y sin embargo pasabas días, y a veces semanas, sin montar en uno de ellos. Los veías por la Castellana, en las películas y en unos anuncios de los viejos ejemplares del National Geographic Magazine que te entretenían cuando guardabas cama por culpa de las anginas. Los Hispano Suiza, los Cadillac, los Packhard, los Dion Bouton, los Peugeot, los Buick. Aquellos modelos parecían que sólo podían ser propiedad de Gary Cooper, del Duque de Windsor, de Manolete o de gente así.

No teníais coche en casa, cierto, pero en los veranos de Arenas de san Pedro, tu padre contrataba el taxi del Agustinillo lo atiborraba de familia y de cestas de merienda y este os subía por el Puerto del Pico para llevaros de excursión a los pinares de Navarredonda o, por el contrario os bajaba hasta el Monte el Rincón para bañaros en el Tiétar. El Agustinillo era gordo, y tenía un Ford de color beige con los guardabarros pintados de negro, ruedas de radios y trasportines desplegables, para que en él cupieran casi tribus enteras. Después de comer la consabida tortilla y los filetes empanados, mientras tú merodeabas por los arenales del río buscando galápagos, el Agustinillo abría las puertas delanteras de su Ford para crear corriente y dormía la siesta despechugado y con el pie izquierdo apoyado en el estribo de coche, sobre el que descansaba la rueda de repuesto. Debían zumbar las moscas, pero no las recuerdas.

Sí recuerdas en cambio que al regreso, ya de noche, mientras aquel viejo coche de la década de los treinta vibraba y parecía desguazarse a cada bache siguiendo las infinitas curvas ascendentes o descendentes, según la ruta elegida, tú mirabas por la ventanilla a las estrellas y éstas te seguían, como si también se hubieran apuntado a la excursión. Qué emocionante. Muchas carreteras ni siquiera estaban asfaltadas. Al acabar el viaje te gustaba pasar el dedo por las manecillas de las puertas y recogías el polvo que se acumulaba en ellas. Era polvo del mismo color que el beige de la pintura, y es que el Agustinillo era muy sabio y debía de pensar que así se ahorraba en lavados.

El coche, ese sueño que te trasplantaba de la ciudad al campo en un ratito, te cambiaba la vida. No reparabas en muchos más detalles, aunque luego, de tanto mirarlo, te inspirabas en su silueta, en su calandra y en los tapacubos para ponerle cara. El pequeño Renault 4/4nada que ver con lo que ahora se llama todo terreno- era sonriente, aunque a veces se te antojaba una viejita. El Peugeot y el Wolksvagen, del que entonces sólo se conocía el escarabajo, tenían aspecto más severo, incluso triste. Los grandes modelos norteamericanos con sus espectaculares maleteros y alerones evocaban esplendor, comodidad, poderío. Lo que luego se llamaría el factor imagen.

-Quiero un coche muy güeno –era fama que pedían los toreros convertidos en figuras millonarias- El mejor que haiga.

Y con el mote de haigas se quedaron esos cochazos cuyos últimos vestigios aún ruedan, como fantasmas de otro tiempo, por la isla de Cuba.

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Comprabas un desideratum que se llamaba coche, y no necesitabas saber mucho más. Si tenía motor, ruedas, volante y asientos, ya habías ganado licencia para el sueño, y billete para la aventura de hacer caminos, descubrir paisajes y evadirte. Luego la industria evolucionó, los coches se sofisticaron y a ti, que permanecías en la infancia del automóvil, te complicaron la vida.

Lo has notado ahora, en que después de casi catorce años con el mismo modelo debes pensar en el cambio. Cada vez te cuesta más girar el cuello para aparcar casi cinco metros de carrocería. Los coches, incluso los pequeños, son cada vez más grandes, mientras que los garajes y aparcamientos se reducen progresivamente. Cada día se te hace más penoso sentarte al volante, porque antes subías al coche, pero ahora tienes que agacharte para entrar en él como si bajaras a un sótano. Para tu espalda dolorida y tus tranquila manera de conducir, lo ideal era un coche como los viejos taxis de Londres, cambio automático que te de menos trabajo, velocidad de crucero que te permita ver el paisaje y leer todas las señales y pocos mandos y botones que no te compliquen la vida. Imposible. Ahora todos los coches están llenos de cosas que no entiendes ni te interesan, y te hablan de siglas, controles TCS y ESP, detectores, par motor, luces led, cristales tintados, anclajes Isofix y Top Tether, lector de MP3, equipo de audio con conexiones USB y Aux, airbags – como si no pensaras más que en estrellarte- y retrovisores calefactables. Por cierto…¿para qué carajo quieren calefacción los retrovisores? ¿Significa eso que también tienes que activarla tú? Claro que es casi peor lo de ordenador a bordo…

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Te gustaría poner de moda la teoría de la prescindibilidad, el minimalismo, la simplificación como método. La cruda realidad es sin embargo que el signo de los tiempos no va contigo. En lugar de tanto refunfuñar, deberías leer e informarte de lo buenos que son ahora los diseñadores de coches, que los hacen –dicen- cada vez más atractivos. Lástima que ya seas demasiado viejo para cambiar, y que al final te vayas a conformar con cualquier antigualla que te lleve de aquí para allá sin demasiadas humillaciones. Eso sí, por si a alguien le interesa poner epitafio cuando hayas hecho el último viaje, allá va una idea: “Murió feliz, porque no tuvo que leer instrucciones”

De espaldas al pueblo, una vez más

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Homper se ha quedado perplejo al comprobar que también puede desesperar uno por naderías que nos comlican la vida... (Imagen prestada de la web www. dreamstime.com)

Homper se ha quedado perplejo al comprobar que también puede desesperar uno por naderías que nos comlican la vida… (Imagen prestada de la web http://www.dreamstime.com)

 

Se pregunta Homper si existirá algún ranking mundial de torpezas sin importancia. Se lo pregunta por si cabría en él algunas de las suyas. La última le ha traído el recuerdo de aquella Doña María que denunciaba en la radio las numerosas poblemáticas de espaldas al pueblo con las que el ciudadano normal se topa diariamente a despecho del progreso y de la modernidad. Toma ya. Intentando suplir una falta de su asistente doméstica, se lanzó a cambiar la funda de su edredón. Alguien le recordó la panacea universal de nuestro tiempo.

-Busca una de esas tutorías que cuelgan en Internet hasta para que sepamos cómo se cierra el tubo del dentífrico.

Dice Homper que huroneó por You Tube y pinchó el tutorial de una señora muy coquetona y bien maquillada que tras cantar las alabanzas del edredón nórdico, tan calentito, tan sensual, tan sugerente, denunciaba el coñazo que es cambiar su funda. La señora pintaba muy burguesa y bien hablada, pero dijo eso, literalmente: un coñazo. Para remediarlo, muy lista, había ideado un método que consistía más o menos en lo siguiente. Extendía la funda y, sobre ella, también el edredón, doblaba ambos en sentido longitudinal, hacía con ellos un rollo y posteriormente daba la vuelta a la funda como se da la vuelta a los calcetines cuando se hace con ellos una pelota para guardarlos en el cajón.

Y una leche.

Confiesa Homper que trató de seguir las indicaciones de la profesora, y que mientras tanto sonaba en la radio la Octava sinfonía de Beethoven. Creía que la experiencia le duraría un tiempo, dos como mucho. Al inicio del tercer tiempo abandonó desesperado el intento, dejando sobre su cama una montaña en la que se mezclaban el edredón y su funda como el chocolate y la nata en uno de esos helados de copa que llaman Montblanc.

-Señor –suspiraba- ¿Qué he hecho yo para merecer esto?

Volvió otra vez al ordenador, repasó el tutorial, se mesó los cabellos preguntándose cómo podía resultar tan incapaz para estos menesteres. Y entonces cayó en la cuenta de que la señora lista no lo era tanto. La funda de su edredón estaba totalmente abierta por uno de sus lados, o sea, que era sencillísimo cambiarla. Mientras que la que el pobre Homper se traía entre manos, procedente de IKEA, sólo disponía de una apertura en el lateral por la que resultaba bastante difícil meter las manos y guiar los ángulos del edredón hasta dar con la esquina que les correspondía. Cuando tras múltiples ejercicios, poniéndose de pie en la cama, levantando y agitando la funda como agita la bandera La Libertad guiando al pueblo de Delacroix, consiguió su objetivo, había terminado la Octava sinfonía de Beethoven y estaban a punto de morir Tristán e Isolda, que sonaron a continuación. Uno moría porque según Wagner le tocaba, y el otro posiblemente por el aburrimiento de ver cómo se puede desesperar uno por algo tan estúpido como el cambio de la funda de un edredón nórdico.

Homper se quedó perplejo esta vez comprobando una vez más las razones de Doña María: cuántas cosas que deberían ser sencillitas y fáciles se convierten en poblemáticas de espaldas al pueblo.

Unos Reyes originales

Los Reyes Magos traen a veces regalos inesperados...

Los Reyes Magos traen a veces regalos inesperados…

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Ultimaba Homper sus regalos de Reyes cuando le vino a la cabeza aquella coplilla popular que hablaba precisamente de recuerdos y regalos. ¿Qué quieres que te traiga si voy a Madrid?/ No quiero que me traigas/ No quiero que me traigas/ ¡Que me lleves, sí!. Se acordaba precisamente porque tenía muy claro que, en lugar de traerle regalos, deseaba que los Reyes Magos se llevaran unas cuantas cosas que, pudiendo interesar a otras personas, convivían con él desde tiempo inmemorial sin que merecieran de su parte el menor aprecio.

-¿No sería posible que vuestras majestades magas de Oriente me libraran del retrato de la tía Adolfina?- suspiró cuando, rendido por el cansancio apagó la luz la noche del cinco de enero.

La tía Adolfina era una antepasada retratada por Federico de Madrazo. Según los expertos el retrato era un lienzo de primerísima calidad. Mala suerte que la tía Adolfina hubiera sido una gorda con doble papada y un bigotillo que sombreaba bajo una nariz carnosa y levemente ganchuda y que miraba desde su marco patinado en pan de oro con aire de inquisidora. A primer golpe de vista resultaba horrible. En realidad Homper sólo aceptó el cuadro como herencia de sus abuelos porque el que estaba realmente interesado en él era el avaro de su primo Agustín, que aparte de haberse quedado con la casona de Camorritos de forma fraudulenta, estafando a sus propios tíos y primos, era un cursi y un majadero. Desde entonces el cuadro colgaba en el oscuro pasillo de la casa de Homper sólo por fastidiar al primo. No se atrevía a donarlo a ningún museo porque no le apetecía que nadie de los visitantes le relacionara con aquel adefesio que llevaba su mismo apellido, pero tampoco quería venderlo ni subastarlo por temor a que el odiado primo rastreara el mercado hasta dar con él y adjudicárselo.

Además, a sus años le daba una pereza infinita hacer nada. Sólo esperaba pues que la magia de los Reyes cambiara el chip, y pudiera considerar que a veces el regalo más original y valioso no es el que se da, sino el que se quita.

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Jura y perjura Homper que los Reyes Magos captaron su mensaje. La mañana del 6 de enero se quedó perplejo al comprobar que en lugar de dejarle nuevos regalos inútiles que ya no le hacían ilusión alguna le habían quitado de en medio una antigua maquinita de hacer cigarrillos que guardaba en su despacho, un juego de café de Sargadelos que detestaba desde que se lo regalaron como pago de un favor, un sillón estilo remordimiento digno de un notario de Socuéllamos, el viejo sable del tío abuelo Leopoldo, capitán de coraceros, todas las videocasetes con películas añejas que esperaban su turno para llegar al punto limpio, veinte tomos encuadernados del Selecciones del Reader´s Digest con la capa de polvo correspondiente, un robot de cocina que heredó de la tía Clota y que jamás entendió y, sobre todo, el famoso retrato de la tía Adolfina.

Homper sonrió agradecido. Los Reyes Magos le habían hecho el mejor regalo librándole de aquellas presencias incómodas sin haber hecho de su parte el menor esfuerzo y, lo que era más importante, sin crearle el menor remordimiento de conciencia por deshacerse de ellas.

-Aquí es donde se demuestra que verdaderamente son magos –pensó feliz mientras cortaba para desayunar el primer tramo de su roscón de Reyes.

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La magia de Melchor, Gaspar y Baltasar se tradujo para ti este año en una caja-archivador forrada en tela y con guardas interiores de bellísimo papel que contenía tres carpetas de correspondencia. En el lomo del archivador, el indicador de su contenido: CARTAS A GUILLERMO. Y el de su autor: Luis Figuerola-Ferretti. Como prólogo de los tres legajos, correspondientes a los tres períodos que el entonces joven estudiante pasó lejos de España, una carta manuscrita del propio Guillermo, hoy un hombretón padre de tres hijos.

Hola, Papá. Los Reyes Magos han optado este año por donarte temporalmente escritos y reflexiones que pensaste que jamás volverían a ti. Pueden regresar a Oriente releídas y meditadas con la ventaja o vergüenza del paso del tiempo, o pueden devolverse a su destinatario original en su embalaje intacto. Ya sabes que los Reyes no son rencorosos……………………………………………………………………………………………

No se me ocurre cómo retomar o cerrar esa correspondencia que comenzaste hace la friolera de veintiséis años, precisamente cuando tú cumplías los cuarenta y tres años que yo he de cumplir este mismo año…Yo entonces tenía dieciséis, e iba con la cabeza más gacha que alta hacia lo desconocido. El sentido del deber y de corresponder a las altas expectativas puestas en mí me obligaban a asentir con mayor entusiasmo que el que apriori tenía ante la propuesta de un exilio voluntario. La realidad es que la experiencia fue dura, mucho más dura que lo que os pude contar o escribir, pero la asumí como natural….Lo peor era el miedo al fracaso. Que el viaje hubiera sido el ida y vuelta que me pedía el cuerpo era mi más anhelado deseo, y a la vez la pesadilla de un fiasco sin paliativos. Así que no quedó más remedio………………………………………

Hoy, transcurridos tantos años, y habiendo guardado, entre mudanza y mudanza, algunas de las cartas que me enviaste, me doy cuenta de que quizás sin ellas mi horizonte hubiera bajado de golpe, como persiana que se cierra en verano, y hubiera desistido de aprender nuevos idiomas, conocer nuevas culturas, gentes distintas, y de convertirme en quien soy. ¡Al carajo con los anglosajones! Me vuelvo a Chamberí y me dejo de embrollos!…………….. Pero no, cada semana, puntual y regularmente como no te he visto nunca dedicarte a tarea alguna –confieso que probablemente desde entonces yo tampoco haya leído nada con tantísima avidez- me llegaban los dos o tres folios escritos a doble cara, a mano o a máquina, con tachones, garabatos, con pareados, con recortes del Atleti, pero siempre llenos del sabor de casa……………………………………

Al ver que la vida transcurría con normalidad, que el mundo no se había parado de golpe como lo hizo conmigo, fui capaz de ir adivinando a la persona que había detrás de las cartas, más allá de la figura paternal, ayudándome a golpe de letras a entrever tu celosa intimidad y a saber de muchas otras personas, anécdotas, preocupaciones y muchas más cosas que no me contaste, pero que leí en el interlineado, que aunque estrecho y apelmazado me dio mucho juego en esos tiempos………………………………..

Desconozco qué hubieras hecho hoy en día, en el que la inmediatez de la comunicación no da pie a las parrafadas y divagaciones que encontré en tus cartas. Igual ambos hubiéramos pasado como los perfectos desconocidos que son a menudo padres e hijos. Esa interrogante quedó afortunadamente cerrada para mí. Y, como testimonio, quedaron todas estas alborotadas letras, con amor escritas y con eterno agradecimiento leídas. Espero que tú las disfrutes, y que algún día sirvan para que tus nietos puedan hacerlo la mitad de lo que lo hice yo.

Un beso

Guillermo

Tenía razón Homper. Los Reyes son Magos porque cuando se lo proponen hacen regalos inolvidables.

 

 

 


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