Tu nieve imposible

A tí también te hubiera gustado dejar huellas sobre la nieve...

A tí también te hubiera gustado dejar huellas sobre la nieve…

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Últimamente te despiertas entre cinco y media y seis, cuando aún reina la noche. Bebes un vaso de agua para aliviar la sequedad de tu boca y te acercas a la ventana. Miras el cielo oscuro, Madrid dormido, la calle desierta, el parque fantasmal y la farola solitaria anclada ante tu palomar que te sirve para observar la lluvia. Si chorrean gotas de su sombrerito, es que está lloviendo, algo que te estimula para arrebujarte de nuevo entre las sábanas e hilvanar aún un último tramo del sueño.

No lo confiesas, porque te parece pueril, pero durante la última semana lo que de verdad te hacía levantarte de la cama con ilusión no era tanto la lluvia como la nieve, que los pronósticos, siempre proclives al alarmismo, daban por segura incluso en la capital. Vana esperanza. Sólo una ráfaga de copos como confetis cayó para cumplir el expediente y no sacar los colores a los meteorólogos. La nieve siempre te fue esquiva. Te contaron que naciste un 17 de enero que Madrid amaneció blanco y desde entonces esperaste que se repitiera el milagro por estas fechas. Inútilmente. Quizás por eso siempre te han entusiasmado las proezas bajo cero de todos aquellos que desde Scott, Amundsen y Shackelton a Sebastián Álvaro o nuestro llorado Paco Fernández Ochoa han dejado sus huellas en la nieve o en el hielo. Tú sólo has podido ser esquiador o explorador polar sobre el papel de los libros o viendo documentales. Eso sí, puedes pasarte una tarde entera siguiendo por televisión la epopeya de los pingüinos emperador o la incierta lucha por la supervivencia del oso polar. El frío te sacude cuando lo sufres, pero te fascina cuando lo ves allá lejos.

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Intentaste aprender a esquiar en Candanchú cuando ya no eras ningún niño. Además las botas te causaron unas rozaduras terribles, y pronto advertiste que a tu cuerpo le faltaba la flexibilidad y la coordinación de movimientos necesarios para practicar este deporte medianamente bien. Pocas experiencias más placenteras recuerdas que llegar la cumbre y dejarte deslizar suavemente por la pista. Sin embargo hasta lograr ese orgasmo con la montaña te pareció tan exagerado el coste –largo viaje, madrugones, colas en los arrastres, lucha contra las botas, cremalleras imposibles, etc- que pronto te convenciste de que era mejor para ti amar la nieve de lejos. Ya te parecía difícil hacer pis con el mono de esquiar siendo hombre cuando tu alter ego femenino recordó por boca de Doña María cuánto peor es ser mujer inexperta en esas circunstancias. Te lo contó después de perder su oronda virginidad alpina en la primera excursión de ACUBA (Asociación Cultural del Bloque los Arándanos) a la nieve.

-Esos arrastres que te meten en la entrepierna y que dan un tirón como si fueran sartenes violadoras –se quejaba indignada-…¡De espaldas al pueblo!

Dijo la doña que cayó con estrépito repetidas veces antes de tenerse en pie y a aprender a subir con esos primitivos arrastres. Y que pilló una cistitis en su primero y último viaje a la nieve. Pasó tantas fatigas luchando con su mono hasta conseguir ponerse en cuclillas, y tanta vergüenza intentando camuflar los círculos amarillos que dejaban en la nieve sus alivios, que no volvió a repetir la experiencia. Debió de pensar del esquí lo mismo que aquel joven británico del siglo XIX que, por consejo de su padre, el conocido liberal Lord Coitous, se lanzó a probar su hombría y aprender las delicias del amor. Querido padre. Siguiendo tus indicaciones para completar mi formación universitaria con las enseñanzas de la vida, fui al Soho y con la complicidad de una experta en esas artes, cumplí tu encargo. El resultado puede considerarse satisfactorio, pero a  fuer de sincero, matizaré: el placer me pareció efímero, el precio, exagerado, y la postura, ridícula.

Más o menos lo que dirías tu del deporte del esquí. Envidias a los grandes esquiadores, admirabas que tu añorado amigo Félix, maestro del arte de vivir con el mínimo esfuerzo, se pegase las mayores palizas por sólo unas horas de nieve en Baqueira. Pero hoy, con la espalda medio rota, te basta con imaginar que esquías persiguiendo a la sombra fugaz de una joven Greta Garbo mientras miras desde tu ventana las cumbres de Guadarrama o de Gredos cubiertas de blanco como helados de nata.

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5 Responses to “Tu nieve imposible”


  1. 1 Franciska enero 23, 2015 en 7:20 pm

    El sky es fantástico y además se conoce el placer en grado sumó , … Al quitarte las botas , darte un baño caliente , y ponerte un gin tónic que entra que te mueres. Hacer la prueba .

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  2. 2 Quevedo enero 24, 2015 en 8:09 am

    El amigo Félix decía tambiėn que si un cataclismo bíblico nos dejara a todos muertos, congelados y enterrados bajo toneladas de rocas y hielo en una estación de esquí, permaneciendo así intactos durantes siglos, los paleontólogos que llegaran a descubrirnos calzando esas incómodas botas, con esas tablas imposibles y esas prendas de vestir que no permiten aliviarse, junto a esos arrastres que tan bien describes, Duende, concluirían…que habían hallado un sofisticado campo de tortura datando del tránsito del s. XX al XXI. Y nunca saldrían de su error porque en los cadáveres tan bien conservados no quedarían rastros de los orgasmos que tú mismo experimentaste con los deslizamientos por la nieve virgen y que sólo dejan huella en la parte de la memoria que no produce una reacción fiisiológica…

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  3. 3 Pemberton enero 24, 2015 en 12:12 pm

    Confieso que cuando anuncian nieve me levanto varias veces en la noche para ver si cuaja , mira tu por donde el domingo pasado cuajó aquí en Alcobendas y casi pillo una pulmonía porque me dedique a hacer fotos con exposición nocturna …pero en un pijama light. Resultado cuatro instantáneas horribles , dos días en la cama y toneladas de Frenadol etc
    La nieve en casa de tu primo Pena Rich en la Pleta es otra cosa .

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  4. 4 Ángela enero 24, 2015 en 11:00 pm

    También a mi me resulta agotadora la sesión de esquí.

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  5. 5 begoña yturriaga trenor enero 27, 2015 en 11:57 am

    Con Félix, al que recuerdas, esquié muchos muchos kilómetros, España y los alpes franceses. Siempre defenderé ese deporte que me trajo tantas alegrías con él y con mis hijos. Los paisajes son maravillosos, esquiar muy divertido y, como dice Franciska, el apréski fantástico!!

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