Archivos para 23 febrero 2015

El camelio como ejemplo

Al mal tiempo, buena cara. Después del vendaval los camelios sostienen el tipo...

Te resulta difícil comparar, porque el paso de los días no te queda exactamente fotografiado en el álbum de la memoria, pero jurarías que desde tu observatorio, a 700 metros de altitud en la vertiente sur de la sierra de Gredos la naturaleza sigue asustadiza, como encogida. Más que otros años, piensas., quizás porque hasta el rabo del invierno todo es toro. El bosquecillo de robles y castaños ya lloró todo lo que tenía que llorar, y no puede estar más triste. Un toquecillo de verde y pintones de color ponen los madroños y los naranjos, vale, pero los tradicionales heraldos de la primavera que son los almendros y las mimosas apenas se muestran tímidamente. En el Parque de la Quinta de los Molinos, sin duda el más bello huerto de almendros de Madrid, a lo mejor los botones blancos ya han estallado, por aquí sólo asoman la patita, como corderillos acojonaditos. Las mimosas por ahora no miman nada. Ni derraman aroma ni abren las cosquillas de su abanico amarillo.

Por aquello de animarte y de andar lo poco que te permite ahora tu costillar tundido, saliste al encuentro de los camelios, que se plantaron por detrás de la casa. Ya te sorprendió ver cómo lucen estos arbustos en latitudes más frías y en pleno invierno, y cómo sin embargo el lenguaje popular pasa de sus flores para subrayar que en los días más grises del año la naturaleza sigue produciendo milagros como éste. Margarita Gautier, la famosa cortesana que Dumas hijo convirtió en La Dama de las Camelias, o tenía entre sus brazos un amante de postín o llevaba un ramo de camelias para seguir componiendo el tipo que mandaba el novelista. Qué paradoja que luego la pobre mujer fuera a morir de tisis, pero ya se sabe que el naturalismo y el romanticismo de la época imponían esos peajes. A lo mejor es por eso por lo que se celebra tan poco la alegría de las camelias en invierno.

A ti sí te la ha dado esta mañana. La fragancia de la novelesca historia y el recuerdo de que a esta dama fuera en el cine nada menos que Greta Garbo avalan la inmortalidad de las camelias, símbolo en pleno invierno de que la naturaleza languidece o se aletarga, pero no muere.

Buen mensaje decirle a tu oncóloga cuando complete el miércoles tu revisión.

-Si no le sirve de molestia, haga de mí un camelio.

Días mejorables

Cuando te preguntan cómo estás sueles responder: como las fincas, o sea, manifiestamente mejorable...

Cuando te preguntan cómo estás sueles responder: como las fincas, o sea, manifiestamente mejorable…

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A fuer de sincero debes confesar ante todo que tu cerebro no se ha convertido en piedra pómez. Esto es bueno. Todas las potencialidades de tu órgano rector siguen en orden, y por tanto puede ser que en cuestión de minutos alumbre un pensamiento genial, te ayuda a escribir las mejores líneas de tu vida o descubra el método infalible para que, si la tostada cae, lo haga siempre del lado donde no untaste la mantequilla.

Otra cosa es que habiendo escrito en este blog con regularidad durante siete años, el lector pueda mosquearse por tu prolongado descanso. ¿Te pasa algo? Sería tonto negarlo. Cerebro y corazón aparte, un simple y pertinaz catarrazo y un agravamiento severo de tu dolor de espalda te han dejado incapaz de sentarte ante el ordenador una hora y cumplir tus buenos propósitos. Además, estos no serían sinceros. Querrías hablar de la mar y de los peces, te empeñarías en seguir enarbolando la bandera de la sensibilidad social recordando lo que te duele el yihadismo asesino o las miserias griegas, y no sería verdad. Lo que de verdad te está doliendo son los rejones de castigo que te está clavando la neoplasia, la dichosa neoplasia, con lo elegante y musical que suena esa palabra. Traidora.

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Esto es lo peor de cualquier enfermedad. Te hace tan egoísta que haces girar el mundo alrededor de tu dolor, y todo lo demás te importa cada vez menos. Sólo esperas a que llegue la hora del próximo analgésico y del somnífero nocturno para olvidarte de ti mismo y adentrarte en esas sorpresas que a menudo reservan los sueños.

Tengamos fe. De momento hoy has leído la rectificación de tu amigo Santiago, corrector vigilante del lenguaje donde los haya. La agradeces. Te había anotado un laísmo en tu último post sin tener en cuenta que respetar la sintaxis es de las poquísimas cosas que creías hacer bien. Qué depresión. La noche anterior, aparte de tus molestias habituales, este fantasma menor también te rondaba en la cabeza. Hoy, en la soledad del campo, y sabiendo que no habías metido la pata, la cosa pinta mejor. Tras unas jornadas de vendavales terribles que arrancaron árboles, derribaron emparrados, desmocharon chimeneas e hicieron volar varias tejas, la noche selló tranquilamente un crepúsculo rojo como el de Lo que el viento se llevó. Bellísimo. Ahora lucen las estrellas, mientras la nueva perrita Flora, entre mastina y peluche, vigila tu descanso tendida en el felpudo.

Has salido a acariciarla y darle una galleta, porque tampoco puede ser que esta broma de la neoplasia acabe con las buenas costumbres.

Un robo ejemplar

Hay que hacer lo imposible para defender la alimentación de nuestros bebés...

Hay que hacer lo imposible para defender la alimentación de nuestros bebés…y la inocencia de las niñas que juegan a ser madres responsables

La niña era buenísima, un criatura candorosa. Tenía casi siete años y seguía jugando con sus muñecos. Los bañaba, los vestía y les daba de comer. Era la pequeña de la casa hasta que vino a nacer su hermano, el primer varón. Por una parte fue una gran alegría: ¡un bebé de verdad! Por otra, en ese momento la niña se dio cuenta de que empezaba a ser un poco persona mayor. Ya no sólo jugaba con sus muñecos, sino que ayudaba a su madre a cambiar los pañales, bañaba al bebé, lo vestía, lo paseaba y le enseñaba a jugar y a reír. Era sobre todo niña, aunque la vida le obligaba a ser también casi como una madrecita de verdad.

Todo fue bien hasta que el bebé de carne y hueso, el hermanito, dejó de tomar el pecho y empezó a alimentarse de leche en polvo. El bebé tenía buen diente, aunque aún no los hubiera echado, y exigía su buena ración diaria. Fue por eso por lo que su madre empezó a notar que alguna mano misteriosa abría el bote de Nestlé, nada barato por cierto, y sustraía diariamente pequeñas cantidades. No hacía falta ser un lince para averiguar quién era el autor de las sustracciones. Un día la madre miró debajo de la cama de la niña y vio a tres muñecos con tres tacitas de miniatura llenas de leche en polvo. La niña la robaba del bote de Nestlé y, como buena madre de sus muñecos, los alimentaba con el producto de su rapiña.

Otra cosa es que como los muñecos, al fin y al cabo, no eran más que muñecos, no se tomaran la leche en polvo. Y que la niña, de natural tragoncilla y laminera, se la echara al coleto por aquello de no desperdiciarla.

Aún se relamía los labios cuando su madre la reprendió, como era natural.

-La leche en polvo es para el hermanito –le dijo-¡Y no se puede robar!

La niña, apesadumbrada, se echó a llorar. Se sentía incomprendida. Por una parte, debía ser mayor y responsable con su hermanito bebé, y por otra no podía dejar de ser niña de la noche a la mañana y, por ende, buena madre de sus muñecos. No tuvo más remedio que reconocer su culpa. Pero enterada tal vez de que Belén Esteban había impresionado a España con su visceral yo por mi hijo MA-TO, enjugó sus lágrimas y le soltó a su madre.

-Yo por mis muñecos…¡ RO-BO!

La presunta delincuente era tu nieta, Duende. Y es verdad que tal y como está el patio hay que decir a los niños que aunque en este país se ha robado lo que no está en los escritos, no es bueno educarse en ello. Pero el delito esta vez destila tanta ternura que ya ha quedado indultado.

Durmiendo con el bajo continuo

Sostiene Homper que cuando tiene un catarro de pecho, un contrabajo mágico marca el ritmo de su respiración una octava más grave... (Imagen prestada de la web www.printest.com)

Sostiene Homper que cuando tiene un catarro de pecho, un contrabajo mágico marca el ritmo de su respiración una octava más grave…
(Imagen prestada de la web http://www.printest.com)

Cayó Homper en una especie de gripe, resfriado, catarro, trancazo, vaya usted a saber cómo mejor llamarlo. Desde que nuestro Hombre Perplejo convive con su discreto cáncer de pulmón estos episodios se los toma a broma, como se supone que debe de considerar a las moscas el cazador blanco que se enfrenta a un león. Craso error, A veces el león ni siquiera aparece, pero las moscas y mosquitos se convierten en un tormento infalible.

-Ya pasará –pensó Homper mientras enfilaba el fin de semana arrebujado entre mantas.

Poco original puede contar de las pesadillas retorcidas que vinieron con la fiebre. La estética de lo que vio en ellas la describe como navegar de un cuadro del Dalí más surrealista hacia un retrato fantasmal de Bacon que parece abrir sus fauces ectoplásmicas y te engulle. No resulta doloroso, pero si angustioso: ¿qué debe hacer un ser humano normal en un trance así? Homper no tuvo más remedio que despertarse sobresaltado, y continuar descansando en un duermevela contando los minutos que faltaban hasta el amanecer. Aburrimiento puro acompasado por respiraciones un tanto extrañas.

Verdaderamente extrañas y sospechosas, sí.

Entretanto, recordó a aquella soprano que cuando tenía un catarro de pecho se metía en la cama y a los pocos minutos sentía que se había acostado con el bajo continuo. La primera vez que escuchó semejante confesión, Homper, en su ignorancia musical, creyó que el bajo continuo era un cantante de reducida estatura pero de erección constante, y que como una mancha de mora con otra mancha se quita, la terapia pasional había dejado en nada al catarro de pecho de la soprano. Pero esta noche se ha convencido de que la metáfora era estrictamente profesional, pues mientras respiraba escuchaba simultáneamente otra respiración en octava grave. Estuvo escudriñando su entorno con ojos de sabueso buscando su origen, hasta que descubrió que debían de ser sus propios bronquios los que marcaban con pizzicatos en el contrabajo el ritmo cadencioso y sombrío de su nuevo alifafe.

No hay mal que por bien no venga. Cree uno que es un griposo de mierda y acaba descubriendo los fundamentos de la armonía

La cirugía del estropicio

Quod natura non da, cirugía plástica no siempre prestat...

Quod natura non dat, cirugía plástica no siempre prestat…

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Sobre la cubierta de un espléndido yate anclado en el Caribe dos hombres de mediana edad conversaban mientras bebían daiquiris. Uno de ellos, corpulento y de edad más que mediana, lucía una guayabera que disfrazaba su curva de la felicidad, y coronaba su cabeza con un sombrero de Panamá. Era el doctor Kropowitzi, psiquiatra de las más deslumbrantes estrellas de Hollywood y de buena parte de la beautiful people neoyorkina. El otro, con torso desnudo modelo metrosexual, era el propietario del yate. Se trataba de Lester Digott, cirujano plástico especializado en transformar el rostro de las beldades del cine a la medida de sus deseos. Sólo cubría su cuerpo con un Rolex de oro en la muñeca derecha, con un taparrabos amarillo de lunares verdes y con la clásica gorra de patrón. Mientras Kropowitzi exponía lo que según él podría considerarse una auténtica explosión de la crisis de identidad de la mujer cuando se asoma a la cuarentena, Digott escuchaba muy interesado y alargaba las copas vacías a una muñequita medio en pelotas a la que abrazaba por su cadera para que las rellenara debidamente y no decayera en ningún momento la conversación.

-No falla –afirmaba Kropowitzi- A partir de una cierta edad ellas sobre todo empiezan a aburrirse de su cara y a detestarse. Yo trato de ayudarlas, hago todos los esfuerzos para que valoren  su personalidad y confíen en su expresión, pero no hay remedio, mis pacientes, hombres o mujeres, quieren cambiar de cara y ser otros.

Lester Digott retiró la copa vacía y puso en las manos del psiquiatra el quinto daiquiri de la tarde.

-Deje que lo sean –barboteó entre regüeldos al cohólicos al tiempo que chocaba la copa de Kropowitzi con la suya propia-Y ahora hablemos de negocios.

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Entre los vapores de su borrachera, el doctor Kropowitzi recordaba sus años en el Actor´s Studio de Nueva York, cuando soñaba que algún día se ganaría la vida como actor y estudiaba el Método Strasberg. Su trabajo en los últimos tiempos consistía en  profundizar en los más escondidos registros de la psicología del paciente para encontrarle una nueva identidad que le permitiera a Digott moldear el nuevo rostro adecuado a  la misma.  En eso y en poner la mano. Los resultados demostraron que aunque como psiquiatra Kropowitzi pudiera ser discutible, como actor resultaba muy convincente. Después de un intenso tratamiento en su diván, aquellas señoras estupendas que empezaban a cansarse de su cara asumían que eran libres como un ave, sensibles y delicadas como una crisálida, felinas para seducir o refrescantes como las frutas de un retrato de Arcimboldo.

Quiero huir de mí y ser otra- acababan confesando.

Tras lo cual, una buena suma de dólares, el bisturí del mago Digott hacía el resto. Una serie de blefaroplastias, cantopexias y otros estiramientos musculares asombrosos conseguían dar a las inconformistas una nueva cara de rapaz, de mariposa, de tigresa de Bengala o de cereza californiana, según los gustos. Milagros estéticos de nuestro tiempo que estaban sorprendiendo al mundo. A la cara de René Zelweger, que antes de dar el paso irradiaba simpatía y gracia, y a la otrora excitante Uma Thurman, aquella psicosis de cambio las estropeó para siempre. Pero en cambio a una mujer de Picasso que huyó de su lienzo para arreglarse, le implantaron una nueva nariz en la frente y otra teta más en la barbilla y quedó mucho más abstracta. También a Lupe Sinsorgo, una de las protagonistas de La noche de los muertos vivientes le desgarraron  los músculos faciales, le sacaron un ojo que le quedó colgando sobre la mejilla, le tiñeron la piel de color cárdeno y le mordieron tres cuartos de oreja. Un éxito de operación, porque  la criatura acaba de ser elegida Miss Zombi 2015.

Tenía razón don Hilarión: hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad. Y el  negocio de la cirugía plástica, lo que más. Una barbaridad, una bestialidad, una brutalidad.

Mujeres de cine

El cine también le debe mucho al irresistible encanto de la mujer madura

El cine también le debe mucho al irresistible encanto de la mujer madura

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-Lo mejor del cine –dijo la portera mientras limpiaba el portal- es que te lleva de aquí para allá en un segundo y te lo crees, te habla de este o de la otra y te interesa, te hace reir o llorar y te emociona…Antiguamente había milagros y hadas, y ahora los modernos tenemos el cine, ¿no, señor Homper? Es lo único que me hace olvidar de vez en cuando que soy algo más que la reina de la fregona.

El hombre perplejo pensó que las pocas porteras que aún quedan tampoco son lo que eran. Qué nivel intelectual.

-Por más que a mí la gala de los Goya me siga pareciendo larga y empachosa, qué quiere que le diga.

Qué buen criterio.

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Dos semanas atrás Homper había asistido a una ópera en la que el viejo cuento de Hansel y Gretel había sido reinterpretado como ahora se estila. Uno de estos genios que creen que simplificar para ahorrar y cambiarlo todo para epatar al espectador es el mejor modo de mantener vivo el tinglado de la antigua farsa, había convertido a la bruja en una gorda encarnado por un tenor, y a su casa en una especie de supermercado rumano, y no de los mejores. Todo el encanto que a los ojos de un niño podía tener aquella casa original de chocolate, pastel y caramelo que describía el cuento desaparecía por completo. Homper se imaginó por un momento qué maravilla habría hecho con ese relato un cineasta como Tim Burton, y se preguntó si Mozart, Verdi, Wagner o Humperdink hubieran escrito para la ópera de haber existido entonces el cine.

Homper es de la opinión de que no. La ópera pertenece a otro tiempo, sólo tiene sentido si se sigue representando como fue concebida cuando se creó, con la escenografía de la época, mal que nos pese. Eso tiene mucho más encanto que los sucedáneos minimalistas o estrambóticos a los qjue obliga la modernidad La ópera debe ser vista como admiramos hoy la Dama de Elche, a la que no imaginamos peinada por Llongueras, o Las Meninas, que nunca hubieran vestido modelos de Agata Ruiz de la Prada.

-Los experimentos, quizás con gaseosa, pero no con la ópera- confirma el Hombre Perplejo- Porque para mejorar esa ficción que fue la reina de las artes escénicas hasta el siglo XIX hoy tenemos el cine.

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Dice Homper que su portera se parece a la gran Carmen Machi, por cierto galardonada con un merecido Goya. Carmen Machi tiene suerte. Al contrario que otras grandes estrellas como Susan Sarandon y Michelle Pfeiffer o, ya en España, Charo López, que se lamentaron en su día de que apenas había papeles para las actrices maduras, ella no para de trabajar.

-Pero todo hoy se piensa para los jóvenes. No lo entiendo…¿No dicen que cada día vivimos más y hay más viejos? ¿O es que creen que no nos gusta el cine?

Y evoca una de las maduras más turbadoras que recuerda haber visto en una película, aquella Mrs. Robinson de El graduado, capaz de seducir al que iba a ser su yerno con sólo quitarse las medias de cristal, como aún se llamaban entonces a las de lycra.

Homper añade que además del cine a él también le gustan las mujeres maduras que saben prolongar su encanto más allá de lo que avisan las patas de gallo. Suele decirles que son como Mrs Robinson, con la canción de Simon & Garfunkel incluida, aunque no siempre le interpretan bien, y cuando le entienden el mensaje no siempre les gusta, porque esto no es cine. Esto es la vida misma, donde precisamente el cine y la publicidad nos han convencido que lo guay es ser siempre joven y, de ser mujer, muñequita. O sea, eternamente guapa y estucada aún a costa de perder la expresividad natural y finos matices con los que el tiempo patina la belleza.

Ya vendrán tiempos mejores.

 

 

La novela de un 5 de febrero

El ángel de la guarda, el dolor de espalda,el frío, los sabañones, las chinches...Qué extraños protagonistas de este cinco de febrero.

El ángel de la guarda, el dolor de espalda,el frío, los sabañones, las chinches…Qué extraños protagonistas de este cinco de febrero. (Foto prestada de la web http://www.vicente1064.blogspot.com)

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Llevas bastantes días poco activo en tu blog. Lo que se dice distraído. La primera explicación es que sentías en la espalda algo que hacía tiempo no te molestaba. No estabas seguro de ello hasta que ayer, mirando el espejo mientras te afeitabas, viste detrás de ti una sombra misteriosa. Lógicamente, te inquietó. Poco a poco, y a pesar de que el marco no era el más apropiado , el fantasma fue tomando forma reconocible y se te presentó.

-Perdona que te moleste- dijo mientras arrancaba una gran pluma de su ala izquierda- Soy Bartolito, tu ángel de la guarda.

Te quedaste muy tranquilo. Incluso llegaste a pensar que el hombre se encarnaba para hacerte el favor de ser tu barbero, y librarte así de uno de los pequeños deberes cotidianos que, con el tiempo, cada día te dan más pereza. Falsa esperanza. Cuando te inclinaste hacia el lavabo para abrir el grifo y limpiar de tu cara los últimos rastros del gel de afeitar, Bartolito mojó la punta del cálamo  de la pluma en un tintero que sin duda ocultaba en su faltriquera, tomó tu espalda como pupitre y, con la energía y la mala leche más propia de un ángel satánico que de un segurata bondadoso, escribió sobre la piel de tu lomo:

Memento, Duende. No olvides que estás enfermo, y que según te ven los médicos tienes que estar bien jodido de la espalda.

Dolió su mensaje, caramba. Con ángeles de la guarda tan amigos como Bartolito para qué quiere uno enemigos. O sea, que era eso lo que te hacía vivir sin vivir en ti. Cómo ibas a tener temple para escribir si, además de faltarte la inspiración, tu espinazo se queja a cada dos por tres tal que una señorita histérica.

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Así las cosas, y considerando que ahora tu atención está entretenida buceando en los siete años de vida de este blog para pescar algo interesante, te paraste a pensar en lo que sugería este gélido 5 de febrero, y de lo que ya nadie habla. Te vino a la mente la palabra sabañones, que en tu infancia era frecuente que saliera a relucir cuando ataca el frío. En días tan rigurosos como los de este invierno, la gente sufría de sabañones. Y no digamos nada si hablamos de aquellos aspirantes a escritor que dejaban su pueblo o su ciudad de provincias para recalar en una mísera pensión de la capital. Probaban fortuna escribiendo artículos para los periódicos que éstos casi siempre rechazaban. Porca miseria.

¿Qué fue de los sabañones? Al igual que otras palabras, o desaparecieron del todo o sólo sobreviven en algún escondrijo del diccionario. Por lo que leíste en cantidad de memorias y autobiografías de la época, había cuatro palabras clave en la forja de cualquier escritor que buscara fortuna. La primera era hambre, la segunda chinches, la tercera sabañones y la cuarta putas. No todas eran satisfactorias, pero las cuatro daban mucho juego a la hora de escribir.

Para bien o para mal, tu suerte y tu inocencia te hicieron pasar de este póker. Y así estás, escribiendo de tu dolor de espalda cuando sería mucho más literario novelar sobre una chica que en una noche tan fría como ésta pasa hambre, hace la calle mirando a la luna entre las nubes y acaba ocultando sus sabañones a un cliente con el que tiene que cumplir en un camastro tupido de chinches.

La novela de tu cinco de febrero es más tranquila, con ciertas molestias, pero también  con calefacción. Quizás no resulte tan interesante.


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