Archivos para 26 marzo 2015

Terapia con la Venus del espejo

 

venusdelespejo

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Dice Homper que su historia corresponde fielmente a nuestro tiempo, donde los antiguos como vosotros no sabéis si camináis sobre la realidad o sobre la ficción. Vuestras vidas se han rebozado de trampas virtuales (los grandes adelantos tecnológicos, el auge de las redes sociales, los videojuegos, por ejemplo) y son como croquetas en cuya bechamel es difícil separar lo uno de lo otro, lo que es de verdad de lo que no deja de ser una hipótesis tan eficazmente representada que acabas creyéndola como cierta

-El caso es que me colé en la alcoba de La Venus del Espejoexplica después de comentar la gran exposición de Velázquez en el Grand PalaisEra mi debilidad de siempre, qué belleza curvilínea, y ahora que uno no está para desaprovechar oportunidad alguna y que los años le han quitado la inhibición, le di un toque en el hombro y volvió su rostro. Era hermosísima, como se insinúa en el cuadro: su cara, sus pechos, su monte de Venus, con esa floresta natural que la depilación quiere hacernos olvidar, qué error…

Le dije que perdonara la impertinencia.

-Ningún problema –me respondió la Venus sonriente- Tantos siglos dando la espalda al respetable que ahora me encanta darme la vuelta y ver al público de frente, y no reflejado en el espejo.

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Dice Homper que tendió sus brazos abiertos hacia él para abrazarlo, y que en ese momento el angelito que en el cuadro parece sujetar el espejo salió volando discretamente, para no cohibirlos. Se abandonó entonces entre en las blancas y mórbidas carnes de la Venus, y ésta, que por algo es la diosa del amor, le estrechó contra su cuerpo muy efusivamente, como si en lugar de un intruso el anciano enfermo fuera un bebé que busca refugio en el regazo de su madre.

Homper precisa que lo de anciano y enfermo vale, pero que en lo más íntimo y delicado de su maltrecho cuerpo notó una reacción nerviosita y agradable nada infantil, más bien emparentada con lo que dijo la opulenta Mae West ante un hampón que la devoraba con la mirada. ¿Llevas una pistola en el bolsillo o es que te alegras de verme? Homper insiste en que se alegraba muchíiiiisimo de verla y de tocarla, no a May West, sino a la diosa velazqueña. Sin embargo, al poco de arrebujarse y hozar a gusto en su carnalidad se le cruzó la visión del atlas anatómico del cuerpo humano, que mira casi a diario para saber dónde quedan sus males y repasar el corazón, las arterias, los pulmones, las vértebras, los riñones, el uréter derecho, la vejiga, el páncreas, el meato urinario, el esternocleidomastoideo y todo eso que tanta grima da pensar que llevamos dentro. Dos pensamientos fugaces se le cruzaron entonces, a saber: primero, si el hombre es creación de Dios no se entiende cómo al todopoderoso se le ocurrió una ingeniería de huesos, músculos vísceras y demás casquería tan sumamente complicada y caprichosa. Segundo, sea obra de Dios o del evolucionismo, cómo es posible que ese truculento ninot orgánico quede tan favorecido cuando se envasa en un cuerpo como el de la Venus del Espejo.

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Las lucubraciones del hombre perplejo y las tuyas por ahí se andan. Cada loco con su tema. Hace tan sólo unos meses creías que tu tratamiento iba poco a poco ganando batallitas. Ahora los partes de guerra anuncian más bien que la munición lanzada sobre el enemigo no consigue los efectos previstos. La solución es un estudio genético para saber si las células cancerosas que campan por sus respetos están mutando a otras formas más atacables, que al parecer hoy día la ciencia tiene respuestas para casi todo.

-¿Y cómo serán esas células mutantes?-te preguntas- ¿Mutarán a mejor o a peor? ¿Serán más guapas, más amables, más simpáticas?

Como la curiosidad aún tira de ti y el mundo que te rodea sigue trenzando realidad con ficción, te acuerdas de aquella estupenda película de Richard Fleischer que se llamaba El viaje alucinante, en la que un científico consigue reducir al ser humano a un tamaño microscópico para introducir a varios expertos en el interior de un cuerpo enfermo y arreglar los entuertos a los que no llegan ni los cirujanos ni el fármaco más milagroso. Qué oportunidad. Le pides al profesor Bennet, que así se llamaba el sabio, que te jibarice al máximo, y emprendes un viaje apasionante por tus propios interiores para ver cómo mutan, si es que mutan, las dichosas células. ¿Cambiarán de larva a mariposa? ¿De sapo a príncipe? ¿De judoka a travelo? ¿Acabarán siendo cucarachas, como le pasó al pobre Gregorio Samsa?

Lo único que constatas es lo intrincado, inquietante y asquerosito que es el cuerpo humano por dentro. Te encuentras con células que no sabes si son buenas o malas, mutantes o no mutantes. Todas te parecen iguales, porque no entiendes un carajo, y acabas concluyendo que es mejor abandonar estas aventuras y tentar la suerte de Homper, por si a la Venus del espejo le siguen gustando los enfermos maduros y le da por darte conversación.

Polvo idolatrado

La cuestión es: ¿dónde hay más Cervantes, en sus páginas o en esos  restos que al  final se han identificado como los del autor del Quijote?...

La cuestión es: ¿dónde hay más Cervantes, en sus páginas o en esos restos que al final se han identificado como los del autor del Quijote?…

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Ya dijiste hace días que lo peor de la enfermedad es que fomenta el egocentrismo. Excusatio non petita, acusatio manifiesta. Te pones a escribir y si te enredas en tus tonterías, como te suele gustar, parecerá que tienes un corazón de pedernal, y que sólo miras a tu ombligo. Hoy deberías hablar de la enésima canallada de esa peste que es el terrorismo yihadista en Túnez. No lo haces porque nada se te ocurre que pueda sonar a original en ese odioso asunto. Hace dos días sin embargo te apetecía hablar de tu Aleti, qué manera de sufrir, qué manera de ganar. O del júbilo oficial por la declaración de que esos restos encontrados en el Convento de las Trinitarias de Madrid son los de Miguel de Cervantes.

A propósito, hay que ver lo que hacen la fe y, sobre todo, el deseo. A lo que se ve, lo mismo podrían proceder estos restos de una mesilla de noche podrida en un desván con humedades que de un soldado de la guerra de Troya, o de la batalla de Bailén, que queda más cerca. Da igual. El caso es que los sabios han decretado que esos detritos orgánicos son los del autor del Quijote y ya tenemos un hito más en el itinerario turístico de la capital para que los guiris se hagan la consabida foto. Lo que dormía en la cripta de las Trinitarias desde hace siglos seguro que no contiene más esencia de don Miguel que cualquiera de sus páginas, pero mola más pasear por el Barrio de las Letras, hacer unas compritas, tapiñar en uno de los bares de la zona y retratarse en la fachada de un convento que a partir de ahora será emblemático (cómo empieza a cargarte este adjetivo) en la cultura universal.

A ti, que debes de ser un paleto insensible, semejante suceso histórico te produce estupor. Parafraseando los dos últimos versos del famosísimo soneto de Quevedo, piensas que los restos de Cervantes serán cenizas, mas tendrán sentido/ polvo serán, mas polvo idolatrado.

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Nunca has entendido el exagerado respeto por los restos humanos, y menos en esta época de general escepticismo y de desmitificación de los símbolos. En este caso que ha copado la atención de la actualidad madrileña durante las últimas semanas roza la idolatría. Si eres un creyente, lo esencial de la persona no es su cuerpo, que sin alma apenas es nada. Si no lo eres, y no crees por tanto en la trascendencia del espíritu, qué te puede importar que esos despojos fueran en otro tiempo templo de aquel. Sin embargo -poderoso caballero es don dinero- hasta el más ateazo traga con la superstición cuando adivina que esta atraerá turistas. ¿Qué habrá de verdad en ese arca de la catedral de Colonia donde dicen que se conservan los restos de los Reyes Magos? ¿Qué quedará de Agamenón en lo que te que te contaron que era su tumba? ¿Serán de verdad de J.S. Bach los huesos que se hospedan bajo una lápida de la la iglesia de Santo Tomás de Leipzig, y donde, por cierto, te retrataste con tu coro, como cualquier turista borreguil, cuando fuiste a cantar allí la Pasión según san Mateo? ¿En cuál de los miembros de San Juan de la Cruz, distribuidos en múltiples relicarios por España reposa más santidad?

Por concluir: ¿qué tiene ese amasijo de residuos orgánicos que acaban de consagrar como restos del manco de Lepanto para que lo miremos como un tesoro? Desde tu punto de vista, sólo el consenso. De vez en cuando el ser humano necesita pretextos para aferrarse a la idea de trascendencia. Debidamente manipulado por los políticos y los medios, el pueblo ha acordado esta vez que acercándose a adorar las cenizas del genio se refina de espiritualidad y se hace más culto. Bienaventurados los ingenuos, porque ellos alimentan las glorias de la patria y, sobre todo, acaban haciendo caja.

Y como el muerto al hoyo y el vivo al bollo, en la próxima entrada contarás por qué te está costando tanto últimamente alimentar este blog. Eso no te enorgullece nada. Al contrario, más bien te duele.

La galleta mordida

Cuando mengua la luna...¿quién se come la parte de la galleta que falta?

Cuando mengua la luna…¿quién se come la parte de la galleta que falta?

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Diez años tendríais, y volvíais de la romería. En la romería había tiovivos, casetas de tiro con un un oso que cuando disparabas se ponía de patas y rugía, puestos de chuches con martillos de caramelo, pirulíes, y pica-pica, echadoras de cartas, tenderetes de juguetes como carricoches de madera, trompetas de hojalata y muñecas y caballitos de cartón, una especie de obús rodante que los mozos del pueblo empujaban por un carril empinado y cuando llegaba a su tope hacía explotar un petardo, lo cual significaba que eran unos tíos muy machos. En medio del barullo se veía una columna de humo con olor a aceite frito. Exhalaba lo que en las novelas decían un aroma embriagador, aunque referido a los macizos de flores, y era el puesto de churros con chocolate, que a ti a la hora de la merienda te olía a gloria. Las cosas del hambre. También había su momento fugaz de castillo, más bien castillito, de fuegos artificiales, y, sobre todo, bailongo de orquestina de pueblo, a saber un saxo, una trompeta, y una batería de chin-chin-pom- plash:

La raspa con su son/ será nuestra diversión /verás qué fácil es/ si sabes mover los pies/ Dame un brazo para bailar/ dame el otro para pasar…

Tú girabas como una peonza y dabas el bracete a aquella criatura con coletas todavía niña, pero que en un año había convertido su pechito liso como una bandeja en un par de aceitunas gordales que apuntaban inocentemente bajo su vestido de piqué. Erais, sin duda, demasiado niños para un primer amor, pero sin embargo en el camino de vuelta, la luna, tres o cuatro noches después de su plenitud, ponía en el cielo un forillo muy bonito y emocionante. Quizás eso que los mayores llamaban romántico.

-¿Y de qué está hecha la luna? –preguntó la niña.

Tú no supiste qué responder. Entonces ella dijo que se la imaginaba como una enorme galleta.

-¿Ves?…Ahora que ya está decreciendo, es como una galleta mordida. Y mi prima Gertru, que sabe mucho, dice que esa porción de galleta que nos falta aquí se la están comiendo niños de la otra parte del mundo.

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Recordabas esta estampa cuando hace tres noches aún veías desde tu ventanal a la galleta mordida. Lucía en oro viejo, como si la acabara de pintar Rembrandt con el mismo pincel con el que dio sus últimos toques al Hombre del yelmo dorado. Así menguada, la luna emitía otro mensaje bien distinto al de la luna llena. Esta deslumbra a todo el mundo porque quien la observa se hace dueño en exclusiva de algo grande, misterioso, sugerente y maravilloso. En ese instante excepcional, el paria más paria  puede sentirse tan rico como Bill Gates, que por muy multimillonario que sea no disfrutará de más luna que la del resto de los mortales.

-La luna decreciente inspira menos a los poetas-pensaste- Pero lo que nos falta de ella  nos hace más solidarios.

Te imaginas que alguien se está comiendo el trozo de galleta que falta, y que se beneficia de ello. Debe de ser otra versión inesperada de la economía colaborativa, lo que antaño fue trueque, tú me das aceite y yo te doy arroz., y ahora se ha uelto a poner de moda. No te importa nada. Es más, te gustaría que la luna decreciente de tu salud, fuera para alguien de Beluchistán, por ejemplo, una inyección de vigor y de energía. Si esta alquimia compensatoria no quiere llegar tan lejos, que se quede con Luis y Jorge, tus dos últimos nietos aún bebés, para que sigan creciendo con el trozo de galleta que a ti te guindaban la otra noche.

Entretanto, la vida sigue. A lo tonto a lo tonto, queda un día menos para otra luna llena.

La excelencia o la vida

Eb muchos órdenes de la vida lo mejor es enemigo de lo bueno...

En muchos órdenes de la vida lo mejor es enemigo de lo bueno…

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Solo en el campo. Crees que es uno de los privilegios de la jubilación. Se va la familia, te das un paseíto bajo las estrellas, te encierras en casa y te llenas de descanso. Pones un poco de orden, apagas las luces que se dejaron encendidas, cierras las puertas que a  tus hijos y nietos no les importa mantener siempre abiertas y antes de acomodar tu maltrecha osamenta en la cama –labor delicada en estos momentos- te sientas en el sofá, junto a la chimenea, y respiras.

De repente tu vista se detiene en un detalle sin importancia, pero que siempre te ha desasosegado. Varios de los cuadros sobre los que cae tu mirada están torcidos. Pasa en las mejores familias, y no todas le dan la importancia que acusa tu malestar. ¿Por qué? De la misma manera que los que se lo pueden permitir contratan entrenadores personales o paseadores de perros, debería haber un servicio de vigilantes de cuadros torcidos. A menudo vas a casas de categoría, con muebles buenos y cuadros aún mejores, y observas que algunos de estos basculan hacia un lado. No te puedes reprimir, si puedes te levantas, pides permiso y los equilibras. Tus anfitriones a menudo se quedan pasmados. Allá ellos.

Sin embargo esta noche en tu propia casa no haces nada. Te molestará irte a la cama con este nuevo desarreglo en tu vida, te parece natural. Sufres tantos desperfectos de difícil solución, que por qué te vas a desvivir para maquillar de bonito la envoltura de tu existencia.

No duermes peor por eso.

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Tu amigo el marqués de Betanzos ha hecho una gran carrera como diplomático y abogado guiado por el afán de excelencia en todo lo que hace. Le ha ido muy bien. La norma no se limita a su modus operandi profesional, sino al resto de su vida. Espoleado por su exquisita esposa, que es una fanática controladora del orden, de la calidad y del buen gusto, es difícil sorprender en ninguna de sus casas no ya un cuadro torcido, sino tan sólo un pelo de su perro de confianza en alguno de los almohadones del sofá. Ambos pertenecen al selecto club de los perfeccionistas, del que te hubiera gustado ser socio, y del que te alejas cada día más. Echando la vista a atrás, incluso se puede decir que tu vida entera parece  modelada por la chapuza y el conformismo. No fuiste estudiante destacado. Nunca peleaste por lo mejor. Tu carrera ha sido tan importante que nadie te recordará por ella. Ni siquiera te has exigido un nivel  para hacer el gamberro en la radio o para lanzarte a escribir. Cada vez sabes menos de vinos y de restaurantes, no has probado las delicias criofilizadas de el Bulli, y además no te importan lo más mínimo. Y poner en marcha cualquier tentativa de eso que se llama negocio te ha parecido tan exigente a la hora de decidir y, sobre todo, de esforzarte y hacer esforzarse a los demás, que definitivamente has llegado a la conclusión de que no tienes carácter para ello. La excelencia no es para ti.

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Por eso te ha aliviado mucho ver Whiplash, una película de Damien Chazelle que se sitúa en una escuela de jazz en la que el profesor Terence Fletcher machaca literalmente a sus músicos en aras de una excelencia que se va transformando poco a poco en la antesala del infierno. El rigor y la crueldad del prestigioso maestro que encarna con singular vesania el oscarizado actor J.K. Simmons se centra especialmente en un joven baterista, al que sangra literalmente para obtener de él una velocidad de ejecución y un número imposible de percusiones en la interpretación de la pieza que da nombre a la película.  Sangre, sudor y lágrimas. El chico enloquece, claro. Satisfecho a pesar de todo, y aunque en el camino de su meritorio calvario haya perdido a una novia estupenda.

La película es magnífica, pero Jesús, qué sufrimiento. El protagonista alcanza el cielo de la gloria musical, aunque a tal coste que piensas si verdaderamente merece la pena ser número uno en nada. Sabes que nadie regala el éxito, y que cualquier logro es, ante todo, trabajo. Sabes también que ninguna escuela de negocios para JASP y pequeños nicolases te compraría una propuesta tan poco ambiciosa como la tuya. Pero a estas alturas de la vida, te atreves a sugerir que el afán de ser el mejor no obnubile la razón, ni obligue a nadie a elegir entre la excelencia o el  dulce encanto mediocre de lo que viene siendo vivir.

Dolores, dudas y merluza frita

Sólo tengo claro que no tengo nada claro...

Sólo tengo claro que no tengo nada claro…

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Te llama Homper para interesarse por tu salud cuando, antes de responderle, haces una cosa muy tuya, que es salir por la tangente con otra pregunta de tu cosecha.

-Oye, ¿tú cuando vas a hacer merluza frita qué orden sigues en el rebozo? ¿Primero pasas la pieza de merluza por el huevo batido y luego por la harina o al contrario?

Homper hace honor a su nombre y se convierte una vez más en el Hombre Perplejo. Pero es buen amigo, te conoce, y no te manda a hacer puñetas ni elude la respuesta. Dice que desde que vive solo no fríe pescado, porque el chisporroteo del aceite pone perdida la cocina y atufa hasta el hueco del ascensor, que no se sabe por qué los ascensores tienen ese poder para acumular los efluvios de las ollas vecinales. Y añade que cuando alguna vez su asistenta le fríe merluza se ausenta de casa y sale a pasear el perro de la vecina, que es enfermera y a cambio le pone las inyecciones cuando procede y le trae perrunillas de su pueblo.

-La casa donde vivo es una sociedad de auxilios recíprocos- matiza- Pero estando como estás…¿por qué te preocupa tanto  la fritura de la merluza?

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Le dices que desde que te sacaron la tarjeta amarilla no lo puedes evitar, pero te pasas el día haciendo arqueo de casi todo: de tus haberes, de tus deberes, de tus quereres y de tus saberes. Lo primero te lleva poco tiempo, lo segundo te acaba atormentando la conciencia, y lo tercero y lo cuarto te entretienen bastante, pero a veces te descolocan. Por tu curiosidad natural peinas todos los días los medios y te das cuenta de que, al margen de la fe de horrores nuestros de cada día, la mayor parte de su contenido son noticias del futuro. Por ejemplo, se buscan futuros moradores para Marte. Por ejemplo los coches sin conductor circularán en el Reino Unido a partir de 2015. Por ejemplo, Fujitsu incorpora a sus celulares un sensor de huellas dactilares para saber si los están utilizando sus propietarios o no. Por ejemplo, la ciencia calcula que en 2045 podrá garantizarse la inmortalidad del cuerpo humano. Por ejemplo, si el calentamiento global llegara a derretir el manto de hielo de Groenlandia el nivel el mar subiría siete metros. Nadie sabe qué suerte correrán entonces los pobres osos polares. El horizonte en general es esperanzador por una parte, pero tan apocalíptico por otra que puede que en tres o cuatro décadas la humanidad tenga que asistir espantada a la aparición de las primeas patas de gallo de la Preysler.

Santo cielo! –se le escapa a Homper al otear lo que se nos viene encima.

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-Claro- confirmas- Por lo menos inquietante. Y como yo al menos ya he vendido todo el pescado y no tengo que ir de joven, ni de moderno, ni de estar à la page, me puedo permitir el lujo de caminar sólo sobre lo que se. Me siento más cómodo pisando suelo firme.

No te pones luego demasiado socrático, aquello de solo se que nada se. Algo sabes. Pero a la vejez viruelas, las sorpresas que te da la vida son tantas que muchas de las cosas más sencillas las ignoras, y otras que creías saber a ciencia cierta resulta que no son lo que creías. Sigues sin entender cómo el mar es una marioneta en manos de la luna, que tira de sus cuerdas o las recoge según le peta. Y aunque te lo han explicado mil veces tampoco entiendes por qué nuestro Catalina, que tanto nos complace y nos inspira, se ve más grande en el orto que cuando vuela en busca del zenit. Hace unos meses, en un debate bloguero de gran altura intelectual sobre el modo de administrarse el supositorio, la preclara periodista Begoña Ortúzar, con ese aplomo que le da haber nacido en Bilbao, mantenía que el curioso pequeño obús medicinal no debía introducirse en la retaguardia por su parte afilada, sino por la plana, sembrando en ti dudas que antes no tenías. La lógica y tu querida mamá te enseñaron a empujar por la base para que la puntita penetrase mejor por el mismísimo culito. Qué sinvivir que no haya unidad de doctrina al respecto.

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Algo parecido te ha pasado con el rebozo de la merluza. Tú jurarías que cuando entrabas en la cocina para jugar con Morito, el gato negro de la vieja casa de Serrano, y veías a Catalina -que por cierto, se llamaba como la luna- friendo pescado, el orden del rebozo era primero el huevo batido y después la harina. Has vivido toda tu vida en esa convicción. Y ahora que cuidan de ti tantos amigos marmitones y amigas cocineras te vienen a decir que no, que es justo al contrario, y que en tu casa comíais el pescado mal frito.

-Imagínate el disgusto- te lamentas a Homper- Ya no puede uno estar seguro de nada…

-Te comprendo- dice Homper con un gesto de resignación- Pero en fin, consuélate, no hay mal que por bien no venga. Si tu problema de hoy es que el rebozo de la merluza te está quitando el sueño, quizás eso quiere decir que no es tan mal como dices.

A lo mejor. A lo mejor. Pero por favor, si alguno de tus lectores de verdad te aprecia, que te confirme al menos que las cortinas de la ducha tienen que caer por dentro del borde de la bañera, y no por fuera. No vaya a ser que también en eso estés equivocado.

Otra ilusión pendiente

De repente, un antiguo amigo  reaparece para animarte y para invitarte a Sevilla, y crees que esa ilusión va a ser tu mejor terapia...

De repente, un antiguo amigo reaparece para animarte y para invitarte a Sevilla, y crees que esa ilusión va a ser tu mejor terapia…

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Dicen que cada siete años se renuevan las células del cuerpo humano. ¿Cómo podemos seguir siendo los mismos al cabo de medio siglo? Desde que te enteraste de ello se te han renovado las tuyas no menos de siete veces. Lástima que algunas de las últimas mutaciones no dieran el mejor resultado.

Da igual, algunas cosas no cambian. Hace cincuenta años tú acababas de descubrir a Ramón Gómez de la Serna. Sobre una de las guardas finales de su Automoribundia, un ejemplar encuadernado en cartón amarillo que conservaba tu padre como un tesoro, éste había escrito a mano: es el mejor libro que he leído en mi vida. Tú discrepabas con tu padre en muchos asuntos, pero no en su admiración por Ramón. Leíste su autobiografía, irónicamente titulada a la contra, con apasionamiento y admiración. De aquel tipo original y un punto gamberro, capaz de escribir greguerías tan geniales como la dedicada al seltz, agua con agujeritos que sabe a pie dormido, y de convertir el torreón de la calle Velázquez, donde vivía, en un museo de curiosidades y objetos fascinantes entre los que se encontraba una muñeca de cera de tamaño natural, envidiabas su audacia, su ingenio y su poesía traviesa

-Trueno: –decía otra de sus greguerías- Caída de un baúl por las escaleras del cielo.

A veces la inspiración se disfraza de broma.

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Algo parecido al refugio de Ramón con sus hallazgos del Rastro madrileño encontraste muchos años después en la casa de Pablo Neruda en Isla Negra, repleta de juguetes, cerámicas pintorescas, artes de pesca y mascarones de proa de antiguos navíos que flotaban por los salones como golondrinas varadas. La casa, rodeada de rocas contra las que rompían las olas del Pacífico, era un lugar para pasar unas vacaciones escribiendo o pintando, o para suicidarse en plan teatral. A ti el chileno, elegante poeta, te caía más bien antipático por su sinuoso pasado, y te parecía incluso cargante cuando le escuchabas declamar sus propios poemas con esa voz gangosa de pavo con vegetaciones que quiere enfatizar su lírica arrastrando los versos. En cambio Ramón se te antojaba un tipo simpático, surrealista y nada pretencioso, con sus patillas de hampón un poco paleto, su pipa y su traje de banquero de provincias, tal como aparece en La tertulia del café Pombo. Era un gran amante del circo. Un día impartió una de sus conferencias desde lo alto de un trapecio, y otro encaramado a lomos de un elefante, y él mismo se tituló Cronista del circo, título menor con el que posiblemente quisiera disimular su descomunal talento.

Cuando descubriste a Gómez de la Serna, no eras el mismo que ahora. Afortunadamente, Eras siete generaciones de células más joven, lo que quiere decir más inocente, más sano, más soñador, más juguetón y más impresionable. Pensabas que ser ligeramente ramoniano, aunque sólo fuera un poquito, era una forma de no pasar por la vida como una ameba irrelevante.

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Un día te regalaron dos entradas para una sesión nocturna en el viejo Circo Price. No debieron de mostrar gran interés ninguno de tus hermanos en acompañarte, y tampoco te atreviste a decírselo a la chica que te gustaba.

-¿Ir al circo por la noche? –temiste que te dijera ella -Ya no tenemos edad para esas cosas.

Y acabaste ofreciendo la entrada a un compañero de primero de derecho que conocías poco de las aulas –no las frecuentabas mucho para ser exacto-, pero que te caía bien. Se llamaba José Guillermo Zubía, un vasco de Oñate que, por caprichos del destino, había nacido en Sevilla. Era un tipo simpatiquísimo y listo con voz de ochote (registro bajo) que posiblemente aquella noche no tenía plan. Ignoras si se hubiera considerado muy ramoniano, pero le gustaba el circo. El caso es que conservas en tu memoria ese extraña velada como una greguería graciosa, intrascendente, pero inolvidable. Aquella insólita noche de circo fue el primer eslabón de una amistad apenas pespunteada por diez o doce encuentros a lo largo de casi medio siglo. El se instaló en Vitoria como empresario importante y cuando venía a Madrid, convocaba un encuentro con los viejos compañeros de facultad. Al último no pudiste acudir, porque tu dichosa neoplasia te crujía la espalda.

4

El mensaje que te llegó al móvil entonces se dirigía a Siul, que es como te conocen algunos de la época en que te gustaba hablar al revés. Él era Epep Aíbuz Aeniug y tú Siul Aloreugif-Itterref. Te echamos de menos –decía el bueno de José Guillermo-. Se que no estás pasando buenos momentos, y quería darte un abrazo y decirte (y esto lo dice un vasco siempre en serio) que me tienes a tu disposición para lo que quieras…Me ha dado una ventolera y me he comprado un apartamento bastante amplio en Sevilla. Nada me haría más ilusión que cuando estés en condiciones te vinieras a pasar el tiempo que te apetezca…Ánimo y, como decimos aquí, Aurrerá.

Con el tiempo se renuevan las células de nuestro cuerpo, como recordabas, y con ellas también nuestras ideas, nuestros gustos, nuestras expectativas. Ahora que te balanceas como un funámbulo circense entre el ser y el qué será, te han entrado unos deseos irreprimibles de recuperar todo lo grato y divertido que quizás sin darte cuenta has ido dejando atrás en tu camino. Hay que imaginarse, abril en Sevilla, un vasco de Oñate nacido en Hispalis y un duende más evanescente que nunca que se ríen juntos como aquella noche de circo de otro siglo. No te lo quieres perder. Igual que Ramón, piensas que la vida es demasiado puñetera como para no ponerle ilusión y sentido del humor.


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