Otra ilusión pendiente

De repente, un antiguo amigo  reaparece para animarte y para invitarte a Sevilla, y crees que esa ilusión va a ser tu mejor terapia...

De repente, un antiguo amigo reaparece para animarte y para invitarte a Sevilla, y crees que esa ilusión va a ser tu mejor terapia…

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Dicen que cada siete años se renuevan las células del cuerpo humano. ¿Cómo podemos seguir siendo los mismos al cabo de medio siglo? Desde que te enteraste de ello se te han renovado las tuyas no menos de siete veces. Lástima que algunas de las últimas mutaciones no dieran el mejor resultado.

Da igual, algunas cosas no cambian. Hace cincuenta años tú acababas de descubrir a Ramón Gómez de la Serna. Sobre una de las guardas finales de su Automoribundia, un ejemplar encuadernado en cartón amarillo que conservaba tu padre como un tesoro, éste había escrito a mano: es el mejor libro que he leído en mi vida. Tú discrepabas con tu padre en muchos asuntos, pero no en su admiración por Ramón. Leíste su autobiografía, irónicamente titulada a la contra, con apasionamiento y admiración. De aquel tipo original y un punto gamberro, capaz de escribir greguerías tan geniales como la dedicada al seltz, agua con agujeritos que sabe a pie dormido, y de convertir el torreón de la calle Velázquez, donde vivía, en un museo de curiosidades y objetos fascinantes entre los que se encontraba una muñeca de cera de tamaño natural, envidiabas su audacia, su ingenio y su poesía traviesa

-Trueno: –decía otra de sus greguerías- Caída de un baúl por las escaleras del cielo.

A veces la inspiración se disfraza de broma.

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Algo parecido al refugio de Ramón con sus hallazgos del Rastro madrileño encontraste muchos años después en la casa de Pablo Neruda en Isla Negra, repleta de juguetes, cerámicas pintorescas, artes de pesca y mascarones de proa de antiguos navíos que flotaban por los salones como golondrinas varadas. La casa, rodeada de rocas contra las que rompían las olas del Pacífico, era un lugar para pasar unas vacaciones escribiendo o pintando, o para suicidarse en plan teatral. A ti el chileno, elegante poeta, te caía más bien antipático por su sinuoso pasado, y te parecía incluso cargante cuando le escuchabas declamar sus propios poemas con esa voz gangosa de pavo con vegetaciones que quiere enfatizar su lírica arrastrando los versos. En cambio Ramón se te antojaba un tipo simpático, surrealista y nada pretencioso, con sus patillas de hampón un poco paleto, su pipa y su traje de banquero de provincias, tal como aparece en La tertulia del café Pombo. Era un gran amante del circo. Un día impartió una de sus conferencias desde lo alto de un trapecio, y otro encaramado a lomos de un elefante, y él mismo se tituló Cronista del circo, título menor con el que posiblemente quisiera disimular su descomunal talento.

Cuando descubriste a Gómez de la Serna, no eras el mismo que ahora. Afortunadamente, Eras siete generaciones de células más joven, lo que quiere decir más inocente, más sano, más soñador, más juguetón y más impresionable. Pensabas que ser ligeramente ramoniano, aunque sólo fuera un poquito, era una forma de no pasar por la vida como una ameba irrelevante.

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Un día te regalaron dos entradas para una sesión nocturna en el viejo Circo Price. No debieron de mostrar gran interés ninguno de tus hermanos en acompañarte, y tampoco te atreviste a decírselo a la chica que te gustaba.

-¿Ir al circo por la noche? –temiste que te dijera ella -Ya no tenemos edad para esas cosas.

Y acabaste ofreciendo la entrada a un compañero de primero de derecho que conocías poco de las aulas –no las frecuentabas mucho para ser exacto-, pero que te caía bien. Se llamaba José Guillermo Zubía, un vasco de Oñate que, por caprichos del destino, había nacido en Sevilla. Era un tipo simpatiquísimo y listo con voz de ochote (registro bajo) que posiblemente aquella noche no tenía plan. Ignoras si se hubiera considerado muy ramoniano, pero le gustaba el circo. El caso es que conservas en tu memoria ese extraña velada como una greguería graciosa, intrascendente, pero inolvidable. Aquella insólita noche de circo fue el primer eslabón de una amistad apenas pespunteada por diez o doce encuentros a lo largo de casi medio siglo. El se instaló en Vitoria como empresario importante y cuando venía a Madrid, convocaba un encuentro con los viejos compañeros de facultad. Al último no pudiste acudir, porque tu dichosa neoplasia te crujía la espalda.

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El mensaje que te llegó al móvil entonces se dirigía a Siul, que es como te conocen algunos de la época en que te gustaba hablar al revés. Él era Epep Aíbuz Aeniug y tú Siul Aloreugif-Itterref. Te echamos de menos –decía el bueno de José Guillermo-. Se que no estás pasando buenos momentos, y quería darte un abrazo y decirte (y esto lo dice un vasco siempre en serio) que me tienes a tu disposición para lo que quieras…Me ha dado una ventolera y me he comprado un apartamento bastante amplio en Sevilla. Nada me haría más ilusión que cuando estés en condiciones te vinieras a pasar el tiempo que te apetezca…Ánimo y, como decimos aquí, Aurrerá.

Con el tiempo se renuevan las células de nuestro cuerpo, como recordabas, y con ellas también nuestras ideas, nuestros gustos, nuestras expectativas. Ahora que te balanceas como un funámbulo circense entre el ser y el qué será, te han entrado unos deseos irreprimibles de recuperar todo lo grato y divertido que quizás sin darte cuenta has ido dejando atrás en tu camino. Hay que imaginarse, abril en Sevilla, un vasco de Oñate nacido en Hispalis y un duende más evanescente que nunca que se ríen juntos como aquella noche de circo de otro siglo. No te lo quieres perder. Igual que Ramón, piensas que la vida es demasiado puñetera como para no ponerle ilusión y sentido del humor.

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4 Responses to “Otra ilusión pendiente”


  1. 1 Manuel Beltrán Fernández marzo 2, 2015 en 9:03 pm

    Muchas gracias por tu manera de escribir. Échale valor y vete, porque Sevilla en Abril y siempre, tiene un color especial y con un buen amigo levanta el ánimo. Un abrazo

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  2. 2 Jovellanos marzo 3, 2015 en 9:11 am

    Preciosa evocación de la amistad, Duende. No lo dudes. En cuanto puedas, vete a “Sevilla de sangre real / Sevilla de sangre gitana…”

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  3. 3 Palinuro marzo 3, 2015 en 11:10 am

    … como los que derrochas en entregas como esta plenas de lirismo y de evocaciones ramonianas. Adelante, Duende, a Sevilla aunque sea en abril. Como decía nuestro padre – reacio a los tópicos al uso – Sevilla vence al tópico.

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  4. 4 Espiga marzo 3, 2015 en 5:35 pm

    Ve a Sevilla duende, con Epep, tan entrañable, que hoy, día de su cumpleaños, habrá recibido noticia de tu ilusión. Ve a Sevilla en abril o en mayo y estoy segura de que todas las células, todas, se renovarán con el milagro de la primavera, del que habló con tanta belleza, el hombre bueno que fue el sevillano D. Antonio
    Y llévame un poco
    Ariam

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