La galleta mordida

Cuando mengua la luna...¿quién se come la parte de la galleta que falta?

Cuando mengua la luna…¿quién se come la parte de la galleta que falta?

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Diez años tendríais, y volvíais de la romería. En la romería había tiovivos, casetas de tiro con un un oso que cuando disparabas se ponía de patas y rugía, puestos de chuches con martillos de caramelo, pirulíes, y pica-pica, echadoras de cartas, tenderetes de juguetes como carricoches de madera, trompetas de hojalata y muñecas y caballitos de cartón, una especie de obús rodante que los mozos del pueblo empujaban por un carril empinado y cuando llegaba a su tope hacía explotar un petardo, lo cual significaba que eran unos tíos muy machos. En medio del barullo se veía una columna de humo con olor a aceite frito. Exhalaba lo que en las novelas decían un aroma embriagador, aunque referido a los macizos de flores, y era el puesto de churros con chocolate, que a ti a la hora de la merienda te olía a gloria. Las cosas del hambre. También había su momento fugaz de castillo, más bien castillito, de fuegos artificiales, y, sobre todo, bailongo de orquestina de pueblo, a saber un saxo, una trompeta, y una batería de chin-chin-pom- plash:

La raspa con su son/ será nuestra diversión /verás qué fácil es/ si sabes mover los pies/ Dame un brazo para bailar/ dame el otro para pasar…

Tú girabas como una peonza y dabas el bracete a aquella criatura con coletas todavía niña, pero que en un año había convertido su pechito liso como una bandeja en un par de aceitunas gordales que apuntaban inocentemente bajo su vestido de piqué. Erais, sin duda, demasiado niños para un primer amor, pero sin embargo en el camino de vuelta, la luna, tres o cuatro noches después de su plenitud, ponía en el cielo un forillo muy bonito y emocionante. Quizás eso que los mayores llamaban romántico.

-¿Y de qué está hecha la luna? –preguntó la niña.

Tú no supiste qué responder. Entonces ella dijo que se la imaginaba como una enorme galleta.

-¿Ves?…Ahora que ya está decreciendo, es como una galleta mordida. Y mi prima Gertru, que sabe mucho, dice que esa porción de galleta que nos falta aquí se la están comiendo niños de la otra parte del mundo.

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Recordabas esta estampa cuando hace tres noches aún veías desde tu ventanal a la galleta mordida. Lucía en oro viejo, como si la acabara de pintar Rembrandt con el mismo pincel con el que dio sus últimos toques al Hombre del yelmo dorado. Así menguada, la luna emitía otro mensaje bien distinto al de la luna llena. Esta deslumbra a todo el mundo porque quien la observa se hace dueño en exclusiva de algo grande, misterioso, sugerente y maravilloso. En ese instante excepcional, el paria más paria  puede sentirse tan rico como Bill Gates, que por muy multimillonario que sea no disfrutará de más luna que la del resto de los mortales.

-La luna decreciente inspira menos a los poetas-pensaste- Pero lo que nos falta de ella  nos hace más solidarios.

Te imaginas que alguien se está comiendo el trozo de galleta que falta, y que se beneficia de ello. Debe de ser otra versión inesperada de la economía colaborativa, lo que antaño fue trueque, tú me das aceite y yo te doy arroz., y ahora se ha uelto a poner de moda. No te importa nada. Es más, te gustaría que la luna decreciente de tu salud, fuera para alguien de Beluchistán, por ejemplo, una inyección de vigor y de energía. Si esta alquimia compensatoria no quiere llegar tan lejos, que se quede con Luis y Jorge, tus dos últimos nietos aún bebés, para que sigan creciendo con el trozo de galleta que a ti te guindaban la otra noche.

Entretanto, la vida sigue. A lo tonto a lo tonto, queda un día menos para otra luna llena.

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5 Responses to “La galleta mordida”


  1. 1 Jovellanos marzo 15, 2015 en 3:05 am

    ¡Qué bonita y qué generosa esta historia de alquimia compensatoria¡ (Perdón por el ripio).

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  2. 2 Almanaque marzo 15, 2015 en 11:27 am

    No recordaba lo del “obús rodante que los mozos del pueblo empujaban por un carril empinado y cuando llegaba a su tope hacía explotar un petardo, lo cual significaba que eran unos tíos muy machos”, que me ha traído muchos recuerdos.
    Mi enhorabuena por tanta poesía y emoción derramada bajo el disfraz descriptivo de tus entradas, a las que sigo con devoción y envidia.

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  3. 3 Tina Camps marzo 16, 2015 en 10:27 am

    Este relato me ha traído el recuerdo de los trayectos de regreso a casa después del fin de semana. Iba sentada con el en el asiento de atrás. Las
    noches de luna llena era fácil de controlar. De pie apoyado en el respaldo del asiento gritando ¡viene, viene!. Pensaba que arrastraba aquel globo grande y brillante. Aunque era un niño pequeño ya la sentía como algo propio, misterioso y maravilloso

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  4. 4 Aldara marzo 16, 2015 en 9:06 pm

    Uno de tus posts más poéticos y llenos de enjundia. Enhorabuenas enormes como galletas de luna llena y miles de gracias!!!

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  5. 5 Franciska marzo 17, 2015 en 11:53 am

    Me has recordado el principio del poema de García Lorca ( sólo me acuerdo del principio ) La luna vino a la fragua , con su polison de nardos, El Niño la mira mira, El Niño la esta mirando……

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