Archivos para 30 abril 2015

La imposible bata del hospital

Jack Nicholson en bata1

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Año de elecciones. Al personal estas cosas le llenan de excitación, porque piensa que es la enésima oportunidad que nos brinda la democracia para arreglar el mundo. O sea, su mundo.

-¿Qué hay de lo mío?-pregunta universal.

Todos tenemos nuestro “lo mío”, que luego, por adecentarlo, tratamos de conectar con los “lomíos” de la colectividad. Lo tuyo ahora, y perdón por dar el coñazo con la misma obsesión, se llama cáncer. Antes del enésimo paso por esos sofisticados aparatos con lo que te escanean, te resuenan magnéticamente, te radian, te contrastan, te inyectan isótopos retroactivos y te retratan los entresijos para recordarte que el cuerpo humano es demasiado complejo como para que todas las piezas funcionen a la perfección, te sentías una piltrafa. La madre que parió a esos protocolos preparatorios de las pruebas radiológicas. Ayune usted desde el día anterior, bébase una pócima de la bruja Piruja, ingiera a continuación litro y medio de agua, pase la tarde yendo y viniendo al cuarto de baño, abrácese al retrete, trague más pócima, y a continuación, otro litro y medio de agua, resígnese a ser un Manneken Pis con el pelo blanco, vuelva a sentarse como el Pensador de Rodin pero no precisamente para filosofar, siga depurando como pueda, mírese al espejo para darse un poco de pena.

Y, por favor, ríase. Acuérdese también de la mamá del autor de este protocolo diabólico que parece pensado para hipopótamos. Y piense que hasta los más ilustres próceres se han visto, se ven o se verán algún día en el mismo ridículo trance: mierda eris et in mierda reverteris.

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Hoy luce un día radiante, has dormido bien, podías desayunar, y lo has hecho con apetito.   Estás tentado de pedir que alguno de tus lamentos tenga acogida en los programas de los partidos que concurrirán en las numerosas elecciones que se avecinan, pero tu “lomío” se queda en muy segundo término. Primero, porque te da vergüenza priorizar a tu ombligo mientras aún retumba la tragedia de Nepal. Segundo, porque te sonríes interiormente recordando que, en medio de la preocupación y el desasosiego, has superado al menos el oprobio de la bata de hospital, esa inútil pieza con dos cintajos a la espalda que nunca consigues anudar para cerrarla.

Tuviste que salir de la sala de máquinas para una emergencia y, cuando te diste cuenta, estabas repitiendo el numerito de Jack Nicholson, que, de la misma guisa, enseña su trasero al respetable en una de las secuencias más hilarantes de Cuando menos te lo esperas. Por pura curiosidad, huroneaste luego en internet y, pásmese el personal, alguien ha subido una guía para usar adecuadamente esta joya de la moda hospitalaria que, al parecer, data de los años 20 del pasado siglo. Hay gente para todo, pero pasarán más de mil pruebas, muchas más, antes de que aprendas a usarla, si es que algún día logras la hazaña. Entretanto, y una vez que a pesar de tu pudor la ciencia médica ya ha profanado tu intimidad de cintura para abajo, sólo te queda implorar al modo catalán aquello de ¡salut y força al canut!.

Siempre sorprende la primavera

La oropéndola es parte de la sorpresa que siempre nos ofrece la primavera...

La oropéndola es parte de la sorpresa que siempre nos ofrece la primavera…

Todos los años tratas de imaginarte cómo aparecerá la primavera, y nunca atinas.

Para que el experimento te resultara más fácil, este año pusiste especial atención en el final del invierno y acotaste mucho tu campo de visión. Pusiste el objetivo de tu mirada en un tronco de castaño añejo abatido por el tiempo. Musgoso y medio podrido, qué romántica parecía aquella ruina vegetal. A su lado, se erguía un roble con el ramaje desnudo. Te fijaste en ambos y en sólo unos metros cuadrados de pasto invernal a su alrededor. No más. Hiciste esa foto con tu memoria a principios de marzo, y aunque ibas vistiéndola de brillo y color a medida que iba calando la primavera, has vuelto estos días y compruebas admirado que su vitalidad desborda el boceto que te habías trazado. La primavera siempre acaba sorprendiendo.

En ese mismo enclave que observaste mes y medio antes, el roble se ha tupido más de lo que esperabas. El verde luce mucho más verde. El pasto se ha moteado de esas florecillas amarillas y blancas que, sean lo que sean, acabamos llamando margaritas. Entre ellas se estira el cuello de unos cantuesos que peinan como futbolistas postmodernos teñidos de morado. Y el toque fauvista del cuadro lo acaba poniendo una mata de peonías que hibernan de incógnito y cuando llega su momento estallan en fucsia y amarillo rabioso.

Esplendor.

Sonaba la música de fondo del arroyo, y el trino de una pareja de oropéndolas que dejaron en el aire una fugaz estela dorada. La gran belleza de lo efímero, que tanto valoras ahora. Se te ocurrió pensar entonces que estabas en medio de un milagro. Como poco, una obra de arte de la naturaleza. Como mínimo, un poema del que podrá disfrutar cualquiera que se aleje de su mundo y busque un lugar para emborracharse por la sorpresa de la primavera.

A propósito, hay poemas así para todo el que lo desee. ¿Sabe alguien quién los compone?

A pesar de todo, ¡haz reir!

Intentarás seguir tomándotelo todo con cierto sentido del humor...

.Intentarás seguir tomándotelo todo con cierto sentido del humor..

1 Te ha vuelto a llamar Homper. Está leyendo un libro de Víctor Olmos sobre la vida y obra de Jardiel Poncela que se titula ¡Haz reír, haz reír!, la consigna que le inspiró desde que se dio cuenta de que quería ser escritor. -Esa consigna se la compraría ahora mismo- le dices tú- Yo también hubiera apostado por ¡haz reír, haz reír!…Pero últimamente me he amargado más de la cuenta. Ya sabes, el sentido del thumor… La realidad es que te afecta también ese otro cáncer de desvergüenza que ha hecho metástasis en España. No iba a curar tus males, pero seguro que vivirías mejor si, en lugar de desayunarte cada día con un memorial de agravios de los que debían ser personas ejemplares, sólo te alimentaras de noticias felices. -¡Y tanto! –confirma el Hombre Perplejo- El propio Jardiel tendría que reescribir ahora su novela Pero…¿hubo alguna vez once mil vírgenes? Cambiando a las vírgenes por los políticos honrados…¿hubo alguna vez once mil ejemplares de esta especie?

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Como a su edad el único tesoro que tiene es el tiempo, Homper fue la otra tarde a la residencia donde se aloja ahora la tía Albertina. En realidad esta anciana no es tía suya, sino la única prima de la tía Clota, aquella mujer que emigró a Estados Unidos para ganarse la vida como profesora de español y con la que el Hombre Perplejo sí guardaba una relación entrañable. Poco antes de morir en su casa de Vermont, y en el curso de una de esas conversaciones que mantenían a través de SKYPE, la tía le desveló un secreto entrañable largamente guardado. -Te acordarás de aquel coche de pedales que te regalé cuando cumpliste siete años, ¿verdad? -¡Cómo no me voy a acordar, si fue el mejor regalo que recibí en mi infancia! -Tú entonces no te preguntabas cómo una pobre maestra pudiera permitirse el lujo de comprarte aquel juguete tan caro, claro. -¿Yo?…Yo me subí como loco a aquel bólido de color rojo y empecé a pedalear por el pasillo creyéndome Fangio, ya te puedes imaginar… Entonces la tía Clota le contó que en realidad el coche de pedales no lo había comprado ella, sino que le tocó en una tómbola a su prima Albertina y ésta se lo puso como regalo de Reyes a su hijo Clementín. Sorprendentemente, la criatura no demostró por el coche de pedales el menor interés. Al contrario, lo que de verdad le gustaba era la Mariquita Pérez de su hermana Pilarín, a la que, con gran desesperación de la niña, secuestraba para cambiarle los vestiditos, darle de comer y acostarla en su camita con verdadera ternura. Así que, comprendiendo que el niño le había salido un poco nenita, un día Albertina se hartó, empaquetó el precioso coche de pedales y se lo envió a la tía Clota para que se lo regalara a ese sobrino tan especial que se asombraba por casi todo. -Ese chico eras tú, querido Homper –le confirmó la tía Clota – Si te pude regalar el coche de pedales fue gracias a ella. Por cierto, que Albertina enviudó joven, Clementín acabó saliendo del armario y murió poco después, y Pilarín se casó con un alemán y no ha vuelto por España. O sea, que mi pobre prima está sola, como tantas ancianas. Por favor te pido, no dejes de visitarla alguna vez…

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Homper encontró a Albertina insospechadamente feliz. Se presentó ante ella con un ramo de flores recordándole que él era el niño beneficiado por el coche de pedales, y le dijo que no se lo había agradecido antes porque no se enteró de su generosidad hasta poco antes de la muerte de la tía Clota. Por lo visto, Albertina mantiene muy buena cabeza. Casualmente está leyendo Angelina o el honor de un brigadier, porque ella también es una gran amante de la literatura de Jardiel, aunque precisó que le hubiera gustado que en lugar de Angelina la protagonista se hubiera llamado Albertina, como ella misma. Toda la vida ha buscado argumentos para la autoestima, y tener nombre de heroína literaria le hubiera ayudado mucho. Cierto que había una Albertina esencial en Á la recherche du temp perdu, pero ella se consideraba demasiado simple para embarcarse en la espesura de Proust, mientras que las comedias de Jardiel eran ligeras y frescas como un polo de menta, y ésta no hubiera perdido nada, incluso hubiera ganado, si la protagonista fuera Albertina. -Es una lástima –suspiró-Porque no hay que desaprovechar ni una ocasión para la autoestima.

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A su lado, junto al libro, había sobre el sofá un ABC en cuya portada aparecía la foto del sospechoso del día. -¿Ves?- dijo Albertina mirándola de reojo- A mí el escándalo de Rato por una parte me desanima, pero por otro lado me arroja lastre de remordimientos antiguos…¿Sabes?…Una vez, cuando él estaba en la cumbre coincidí en un te benéfico con una de sus admiradoras fanáticas, una señorona muy encopetada. Pasamos la velada juntas y charlamos mucho, casi que nos hicimos amigas. Y así, contando anécdotas y recuerdos se me ocurrió confesarle ingenuamente que yo después de la guerra lo había pasado tan mal que llegué a falsificar dos cartillas de racionamiento para poder criar mejor a mis hijos. Entonces ella dio un respingo y me soltó esto: ¿Cómo pudiste caer tan bajo?…¡La gente bien jamás robamos! Yo me excusé alegando que no debía de ser tan bien, porque mi marido era un perfecto inútil y en casa pasábamos hambre, pero lo cierto es que a partir de entonces siempre que nos encontramos desvió su mirada mientras yo fustigaba a mi conciencia repitiendo para mis adentros: ¡ladrona!…¡Estafadora!..¡Eres una delincuente! La tía Albertina se echó a reír con estrépito -¿Ves?-le dijo a Homper señalando a la portada del ABC- Como todo es relativo, hoy me siento rehabilitada, y mi autoestima ha subido muchos puntos.

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Se quedó asombrado Homper de que en una residencia de ancianos se respirase tanta alegría. -Es sobre todo porque tenemos un grupo que nos reunimos todas las tardes para contarnos sólo cosas alegres y jugar al parchís –dijo Albertina mientras iba presentando a sus componentes- Nos llaman los Positivos, y somos Sagrario, Florestán, Bernabé y servidora. Sagrario está encantada porque desde hace meses no ve los informativos de televisión y porque ha podido desempeñar la sortija de rubíes que heredó de su madre. Florestán es un viejo tenor que está radiante: al fin le han hecho unos implantes que le permiten cantar arias y romanzas sin que se le caiga la dentadura en los sobreagudos, como le sucedía antes para bochorno propio y ajeno. Albertina se ha liberado de su mala conciencia de falsificadora de cartillas de racionamiento y de la adicción a Jorge Javier Vázquez. Además cuando acabe Angelina o el honor de un brigadier se hará más jardielera todavía leyendo el ¡Haz reir, haz reir! que le ha recomendado el propio Homper.

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Claro que, para hacer reír de verdad, nada como el desparpajo y la desinhibición del cuarto de los Positivos, Bernabé, comandante jubilado y socio del Atlético de Madrid. -Yo les comuniqué a mis compañeros que padecía un cáncer de vejiga y que, con perdón de las señoras, lo iba a afrontar con espíritu militar-dijo-: punto uno, con dos cojones. Punto dos: optimizando los recursos. Punto tres, explotando el éxito. Reconozco que los del punto uno se me pusieron de corbata cuando me explicaron que la operación consistía en una resección transuretral, oséase, que el bisturí mágico me lo iban a meter por el mismísimo canutillo del regocijo, que sólo recordarlo me pone los pelos como escarpias. Al respective, y demostrando que había captado la metáfora, la amiga Albertina observó con malicia que el canutillo no siempre da satisfacciones, a lo que yo respondí con laconismo castrense: negativo. Pues salvo en el caso de gatillazo, que, como hombre de armas ni puedo concebir, el canutillo, en su doble función excretora y propiamente sexual, es fuente de máximo regocijo, mayormente en nuestra edad provecta. Von Clausewitz, Maquiavelo y otros tratadistas mantienen que el concepto de poder en el hombre evoluciona con la edad, siendo así que en la juventud el poder es, sobre todo, y con perdón por la expresión, poder follar, en la madurez poder mandar, y en esta vejez en que tanto luchamos por mantener enhiesto el pabellón, consiste mayormente en poder…¡mear! Y no vean ustedes el miedo que tenía yo al bloqueo miccional después de la anestesia, la jodida sonda y todas esas travesuras que menoscaban la gallardía de una verga militar…

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En este punto el comandante Bernabé hizo un alto, bebió medio vaso de agua, secó su bigote con un pañuelo y prosiguió su discurso en un tono menos épico y con los ojos abrillantados por el esmalte de la emoción. -Ilusionado al saber que la que me iba operar era una uróloga de muy buen ver –continuó el ilustre soldado- quise optimizar los recursos y explotar el éxito intentando retrasar la acción de la anestesia al objeto de sentir unas manos femeninas maniobrando en misión de servicio sobre mi intimidad…Luché como un jabato, pero no pudo ser. Eso sí, cuando veinticuatro horas después de operado otras manos angélicas me retiraron la dichosa sonda y este menda tuvo que quedarse sólo ante el peligro…tuve la satisfacción y el orgullo de sentir que el regocijo fluía de nuevo por el canutillo en forma torrencial. Primero, del color de un reserva de Rioja, al cabo de un rato como rosado de Navarra, después tal que un amontillado, luego cual manzanilla y a los dos días claro como el agua del arroyo… Al comandante Bernabé se le saltaron las lágrimas. -Y la verdad, no se qué guerra seguirá dando el puñetero cáncer, pero esta batalla la hemos ganado.

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Parece que lo dijo en tono heroico, pero lo cierto es que los Positivos se lo tomaron a risa, y al poco tiempo el jolgorio del comandante y de toda la residencia que había seguido su discurso era un puro disparate. Como la vida y la obra de Jardiel que ahora, en forma de libro, tenía entre sus manos tía Albertina. –¡Haz reír, haz reír!-decía mostrando la portada al aguerrido Bernabé. Tengas lo que tengas, aunque sea un cáncer.  

Podemos. Ganemos. Aguantemos.

irando con perspectiva...casi te quedas esta primavera con la efímera promesa de las peonías

Mirando con perspectiva…casi te quedas esta primavera con la efímera promesa de las peonías

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Parece que no podía ser, pero al final se asienta y como todos los años, acaba sorprendiendo la primavera. El experimento debería ser este: eliges un punto panorámico cuando aún es invierno, y todos los días haces una fotografía desde el mismo observatorio. Por austero que sea el paisaje, observarás que a medido que caen los días la naturaleza se va vistiendo, rebrota la hierba, estallan las flores, se abullonan los arbustos, se tupen de hojas los árboles. Poco a poco la perspectiva que van reflejando tus fotos se hace más animada, más profunda. Donde en el mes de enero paseabas por un terreno austero puede que aquí encuentres sotos umbrosos, praderas humildes que quizás, pena, sean efímeras, matojos de peonías, pequeños bosques románticos que se despliegan a medida que caminas por entre los forillos de ese teatro siempre imprevisible que es la primavera en marcha. Te adentras en ella.

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Nadie es capaz de ponerle puertas al campo, pero tu imaginación, tan vulnerable a esa voraz plaga de langosta que es la actualidad, se las pone. Tras el tronco centenario de un roble, como apoyá en el quicio de la mancebía, te tienta, un decir, una princesa con barbas y coleta enfundada en un chándal de tul color camuflaje.

-Hola, soy Podemos.

Un poco más allá, se abre otra puerta en una gruesa roca tapizadas de musgo y se asoma una sílfide rubia que viste vaqueros y te hace con el dedo el signo de que la sigas.

-Ganemos, cariño.

Todo son promesas, como las de cualquier candidato que se presente a unas elecciones. Pero tú pasas de puntillas sobre ellas, como también sobre la primavera, porque aunque tienes una gran capacidad para evadirte, tu espíritu está ahora en otros menesteres. Cruzas una cañada, desbordas un robledal, y de otra puerta misteriosa sale una mujer de unos treinta y siete años, ojos rasgados larga melena y buen tipo. Es una chica atractiva, que te resulta familiar.

-Aguantemos- te dice dibujando una bella sonrisa.

Resulta ser tu oncóloga. No es la que más ilusiona, pero seguramente esta propuesta es la única razonable que te harán esta primavera.

Carpe lunam

Ese  luminoso   no era un anuncio que incitaba al ahorro, sino una luna llena de verdad que empujaba a hacer gasto...

Ese luminoso no era un anuncio que incitaba al ahorro, sino una luna llena de verdad que empujaba a hacer gasto…

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Hay anuncios luminosos que no se olvidan nunca y dejan huella. Al principio del Paseo de Recoletos, en lo alto del edificio de la Caja Postal de Ahorros, fronterizo con el Palacio de Buenavista, había una hucha que engullía constantemente una peseta, y que nunca se llenaba. Eran tres fogonazos de neón que se encadenaban desde que caía la tarde hasta que se hacía de nuevo la luz natural por la mañana. Los dos primeros fogonazos mostraban a la peseta avanzando hacia la ranura de la hucha, mientras que el tercero captaba el momento en que la moneda era tragada por esta.

La hucha, que reproducía el modelo de barro clásico, era gordita y glotona, pero simpática. Cuando al fin ingurgitaba la peseta parecía sonreír y sacar la lengua para relamerse. Era insaciable, como decías. Te parabas de niño para mirarla, porque aún no teníais televisión en casa, y no era cosa de desaprovechar aquel malabarismo de luces que fomentaba el ahorro y entretenía.

Veinte años después pasaste por ahí con una chica que te gustaba, y la hucha continuaba tragando pesetas.

-Con las pesetas que se ha comido –se te ocurrió decirle- podríamos comprarnos un piso para casarnos.

La chica se detuvo en medio del paseo y, subrayando sus palabras con un gesto de arrogancia y un movimiento del índice de su mano derecha, te puso los puntos sobre las íes.

-Eso, en el supuesto de que yo estuviera dispuesta a casarme contigo- dijo.

Qué desagradable la chica, total por un suponer…

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Lo de la noche de sábado santo, cuando viajabas por carretera y se anunciaba el resplandor de la luna llena, fue ese recuerdo y otro suponer bien distinto. Empezó a asomarse la Catalina por detrás de un mogote que tenía la misma forma que la hucha de la Caja Postal. Pero a diferencia de lo que pasaba en el luminoso de la calle Recoletos, donde las monedas caían para ser atrapadas por el ahorro, el doblón de oro que era esa fantástica noche la luna, escapaba de su cárcel y se echaba a volar.

-Aprovéchame- sentiste que te decía-, que tardarás como mínimo otro mes en volver a verme a ver así de generosa.

Para ti, que siempre has ido de austero por la vida, fue la primera invitación al gasto que te ilusionó. Desde entonces vas repartiendo rayos de luna entre tu gente querida, especialmente del sexo femenino, y usas su luz en aclarar tus dudas, en iluminar tu memoria, en ilustrar rincones de tu fantasía y en alegrar el camino que te queda por delante. Ya no eres un niño para seguir alimentando la hucha. Rómpela de una vez y disfruta del carpe lunam.

La Pasión y otras pasiones

Luis con su apasionante pelota mágica jugando la tarde de un viernes santo

Luis con su apasionante pelota mágica jugando la tarde de un viernes santo

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Casi sin pretenderlo, ahora que vives en una digna tibieza espiritual sientes la pasión de Cristo más que nunca. Por un momento has pensado lo que sería para ti no ya arrastrar la cruz hasta el Gólgota, sino simplemente colgar la barra de unas cortinas de IKEA. Saber que tienes la columna vertebral como una ristra de ajos medio roída te permite estas lucubraciones. Jesús, lo que han de padecer los que de verdad sufren. Por eso no debes quejarte.

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En casa de unos buenos amigos tienes ocasión de ver el esplendor de la primavera en la dehesa. Otros años es un espectáculo exultante, pero hogaño se presenta muy comedido. Está el campo falto de agua. Aunque el otoño fue pródigo en lluvias, el fustazo de los vendavales de invierno ha dejado la corteza de la tierra apenas con la humedad necesaria para que brote el pasto. Tanto el encinar como el monte bajo florecen con vergüenza, casi con temor. En lo alto de Gredos la poca nieve se limita a poner cejas blancas a las cumbres. Lagarto lagarto: ¿dónde está el vaso de agua del verano? Entretanto los partes meteorológicos revientan de alegría por el llamado buen tiempo, que lo es para el turismo y puede que para el PIB, pero no para los agricultores y para ti. Recuerdas muchas semanas santas de tu infancia en la dehesa. No había placer como caminar pisando charcos mientras los arroyos corrían desatados, y al final siempre salía el sol.

Tampoco hace buen tiempo a gusto de todos.

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De repente te fijas en el panorama que se divisa desde la ventana del comedor y ves a una cigüeña picoteando en el herbazal y un poco más allá a tres ovejas pastando. Las cigüeñas eran en tu infancia un símbolo de felicidad, porque entonces venían de París con un bebé atado en el pico y anunciaban la primavera. Por san Blas, la cigüeña verás. Ahora como san Blas ya no es el 3 de febrero, el clima es más templado, estas aves ya no emigran y han proliferado por casi toda España, no emocionan tanto. Sin embargo a ti te siguen alegrando, tan elegantes, tan esbeltas, tan limpias en su plumaje. Con ese crotoreo de oboe tan agradable, ese planear majestuoso y ese andar lento y rítmico de filósofo peripatético que combina zancada y contracción del cuello. Parece que caminan, picotean y siguen meditando. En cuanto a las ovejas no sabes si serán churras, merinas o entrefinas, porque todas ellas tienen cara de viudas que esperan una subida de pensión. No se la subirán jamás, y así pintan esa expresión de tristeza y de mansa resignación, que unas veces irrita, y otras casi enternece. Las pobres ovejas, figurantes bíblicas en muchos de los paisajes que cuelgan en los museos, también están siendo barridas del campo poco a poco. Ruegas que no se vayan del todo, porque para ti son parte del paraíso original que jamás querrías perder.

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Has entrado en una etapa de tu vida en la que más que hacer nada te limitas a observar. Como la cultura está plagada de grandes pensamientos, te ciñes a algunas menudencias que merecen tu atención. Por ejemplo, en la tertulia después de la cena se escucharon los sonidos de la noche, el canto de una lechuza y el concierto de grillos entre los que tú creíste identificar alacranes cebolleros.

-Eso de los alacranes cebolleros te lo estás inventando, ¿no?- te preguntan con cierta coña.

Te sorprendió la pregunta, porque allí había terratenientes, cazadores y gente muy de campo, y sin embargo no sabían de la existencia del alacrán cebollero. Qué suerte disponer de internet, tener un Ipad a mano y poder argumentar tu teoría con datos elocuentes: Gryllotalpa gryllotalpa: el grillo topo, alacrán cebollero o perrito de Dios es una especie de insecto ortóptero de la familia Gryllotalpidae nativo de Europa, oeste de Asia y norte de Africa. No es tu fantasía, no: el alacrán cebollero existe, canta por la noche, vive en túneles bajo la tierra y seguramente hace estragos entre los bulbos que lo apellidan. Te encanta haber abierto este nuevo ventanuco a la curiosidad de tus amigos. También te estiraste con el Cyanopica cyanus, que es el rabilargo, y el Merops apiaster, nombre científico del maravilloso abejaruco. Afortunadamante este pájaro no se ha percatado de la sequía ni de la crisis mundial de las abejas, y sigue dando fe de que la primavera aún vuela por estos pagos, para estímulo de los curiosos y masaje de los poetas.

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Una pequeña pelota transparente rellena de agua. En su interior, un pez como Nemo, estrellitas de colores y una segunda bola que contiene un pequeño elefante de plástico y un dispositivo que cuando se agita o se hace botar la pelota lanza destellos y vibraciones musicales. Ha sido tu regalo para Luis, tu nieto de ocho meses que vive su primera primavera. Esta joya, que el niño muerde, hace rodar o tira según le peta, sólo costó 1 € en un bazar chino. Como tu tiempo tampoco vale mucho y el recental se ríe, pasas buena parte de la mañana de viernes santo botando la pelota ante los atónitos ojillos del bebé y así exprimes la polisemia del término pasión, que hoy culminará en su versión más trascendente. Otras acepciones: apetito o afición vehemente a una cosa, sentimiento de amor muy intenso, afición o inclinación viva, entusiasmo que se pone en algo…Recuerdas este viernes con respeto la Pasión de Cristo, con mayúsculas. Y luego te refugias en las pequeñas pasiones que aún alientan en ti y que necesitas para seguir viviendo. Son poca cosa, pero continuarás tirando de ellas.


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