Archivos para 28 mayo 2015

Podemos según y cómo

La misma Vallecas que crió grandes artistas ha alumbrado a un político que está dando qué hablar... (Paisaje de Benjamín Palencia)

La misma Vallecas que crió grandes artistas ha alumbrado a un político que está dando qué hablar…
(Paisaje de Benjamín Palencia)

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Irene era prima tercera o así de Pablo Iglesias. Tenían un pariente común por parte de su abuelo Leonardo. Este era oriundo de Medina del Rioseco y se ganó la vida con un negocio de variantes y encurtidos. En los años o treinta del pasado siglo se instaló en Vallecas. Pasaban por su tienda algunos pintores de la Escuela de Vallecas, a los que les gustaban mucho los pepinillos en vinagre, los alcaparrones y las berenjenas de Almagro.

Por eso mi vena es vallecana y de izquierdas, –dijo la chiquilla-, como la de Pablo. Y muy artista, un poco surrealista. Mi abuelo se escapaba a ver pintar a esos artistas a los montes tupidos de cardos por donde aún pastaban cabras y ovejas. Se fijaba mucho en lo que hacían. Un día probó con unos pinceles y unos tubos de óleo que le regalaron y se atrevió con un bodegón. Lo improvisó en un rincón de su pequeño comercio: montó un caballete junto a una mesa en la que puso un plato de encurtidos y a su lado un paquete de Ideales, una taba recién lavada, un frasco de Cerebrino Mandri y, apoyado en este, un cromo de Berrendero, un ciclista famoso. Lo pintó, se quedó muy contento y se lo mostró a Benjamín Palencia. Le dijo: creo que tiene mucho simbolismo, ¿no? Según mi abuelo no sabía qué quería decir con eso del simbolismo, lo dijo como para darse importancia. Palencia estuvo muy simpático, pero le aconsejó que pintara menos bodegones de encurtidos con cosas raras y más paisajes de cardos y amapolas, perdices y mulas trillando, porque se vendían mejor entre la gente adinerada.

-Yo ya digo que era muy de izquierdas, muy sensible e impulsiva –prosiguió Irene- De repente me dio un pronto de vocación religiosa, y fui novicia un tiempo, hasta que llegué a la conclusión de que lo mío era mayormente la acción social, y dejé el convento, porque aunque soy cristiana más bien liberal y comprometida, entiéndeme, era además devota de Pablo Iglesias. Él ni siquiera lo sabe, pero lo admiro y lo amo, mayormente en plan ideológico, porque yo soy muy cabal.

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La chica siguió contando su historia.

-También hice teatro. En una obra de Alfonso Sastre con beso, pero de esos tontorronesl, ligué con el actor que me besaba, una vida paralela a la mía. También estudió para cura y también lo abandonó. Fue militante trotskista, actor, puso un negocio de cartuchos de tinta, se dio cuenta de que había que acabar con la casta, se enteró de que yo era de Pablo Iglesias total y nos hicimos novios, mayormente por el ideario. A mí Roberto me gustaba un poco, pero lo que reforzaba nuestro amor verdaderamente era eso, que veíamos el vuelco de la sartén a la vuelta de la esquina.

-Mañana mismo cambiará todo – sentenció el pasado sábado mientras levantaba el puño cerrado y reía.

Roberto era un poco primario. Decía que estaba hasta los cojones del capitalismo y de las impresoras, donde todo era tan oscuro como la misma tinta de sus cartuchos. Me imagino que estaría harto de más cosas, pero simplificaba así: estoy hasta los mismísimos del capitalismo y de las impresoras, como si el pueblo no tuviera más enemigos. Menos mal que con Pablo todo esto iba a cambiar de lo lindo. Mi novio había dejado de creer en Dios, yo no tanto: me parecía que entre su nombre y el aspecto de apóstol de Pasolini, nuestro líder tenía algo de apóstol moderno, o sea que me tranquilizaba, pues atea o agnóstica y esas cosas típica de la izquierda tampoco me sentía. Ejemplo, durante nuestro noviazgo Roberto estaba empeñado en que nos acostáramos a la menor ocasión, y yo que nada, que cada cosa a su tiempo, que me gustaba algo, quizás bastante, pero eso de follar tan tápido, nada. Él se enfadaba, y amenazaba con romper del todo y buscarse otra novia menos estrecha.

-¡Joder, Irene!..¿No dice el líder que podemos?…¡Pues jodamos!

Ya dije yo que era un poco primario. Yo no es por nada, pero me siento más espiritual y más delicada. Roberto lo mismo había podido haber salido cura trabucaire que picador de toros o activista de Podemos, ya dice Pablo Iglesias que aquí cabemos todos. Yo estaba muy ilusionada, pero como que no me acababa de creer la historia. Así como estaba dispuesta a romper con la casta y con el abuso de las mayorías, no quería enredarme en cualquier frivolidad. Mi abuelo decía que no es bueno confundir churras con merinas, ni aceitunas con guindillas.

Y en eso que dieron las 20 horas del pasado domingo, se cerraron los colegios, se destaparon las urnas y comenzó el escrutinio. Se descorcharon las botellas.

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-Nos reunimos para celebrarlo en la casa de Blasa, activista social, con otros compañeros de viaje como Fernando, sociólogo, Eliseo y Clara, arquitectos paisajistas, Sergio, contable, Teresa, auxiliar de enfermería, Serafín y Sertalia, psiquiatras. También estaba un sexador de pollos que se llamaba Nikita, y una que decía que era poeta, no poetisa, sino poeta, y que hacía jaulas con spaguettis que luego pintaba de colores. Decían que eran para guardar sus versos, aunque estaban vacías.

Roberto y yo estábamos eufóricos cuando conectamos el televisor para seguir la noche electoral. Poder, lo que es poder, podríamos, pero todavía no podíamos beber champán en lugar de cava, y, lo que es aún peor, ni siquiera brut en lugar de semiseco. O sea, noticias mejorables, que nos hacían felices y a la par nos ponían más nerviosos. Eso y el ir y venir de las encuestas al escrutinio, la inacabable rueda de conexiones para apuntar cuántos concejales, cuántos ayuntamientos, cuántos alcaldes, cuántos votos, cuántas patadas en el trasero al PP, cuántas pedorretas al PSOE, cuántos diputados autonómicos, cuántos pactos en el horizonte, cuánto poder íbamos a tener nos subió la adrenalina. Y cuánto parlamento por renovar, quince creo que eran los que elegíamos el domingo. Cada uno con su particular presentación y su minucioso recuento, amén de la comparación en números y gráficos con las Elecciones de 2011. A mí aquello me pareció por un lado fantástico, pero por otro un rollo.

Pensé qué complicadito hicimos este Estado de las Autonomías. Y, a pesar de la alegría, qué coñazo estaba resultando la noche electoral

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Cada noticia un brindis, cada trago un subidón. Y así paso a paso, a lo tonto a lo tonto, Roberto a lo suyo, acorralándome en un sofá desfondado entre esos esos vapores dulzones y pringosos que embadurnaba su boca en mis labios, en el cuello, en el escote. Sus manos empezaron a acariciarme las piernas, me desabotonó el sostén, buceó por debajo de mi falda y enrolló la goma de mis bragas muslos abajo. Yo me resistía, le daba manotazos mientras sentía que el maldito semiseco había salido cabezón, me atontaba y estaba a punto de sumirme más que en un sueño, en una pesadilla.

-Que acabe la noche electoral, por favor. Aunque ganemos, aunque ya sabemos que Podemos…¡no quiero saber nada más de esos quince parlamentos y esos ocho mil municipios! ¡Qué rompecabezas de Constitución!…¡Qué lío de pactos y combinaciones! ¡Qué coñazo de conexiones y de declaraciones previsibles! Ganar, ganaremos, pero…¡qué rollazo de noche!

Recuerda Irene que casi estaba dormida del todo cuando Roberto traspasó las líneas rojas de su pudor. Políticamente podemos pensar lo mismo-se dijo cuando advirtió la mano del novio enredando en su entrepierna-, pero al final es como todos, un pelmazo y un sobón.

Despertó de su sopor y, sacando fuerzas de flaqueza, se lo quitó de encima de un puñetazo.

-¿Tampoco hoy?…-se rebeló entonces Roberto fuera de si- ¿Pero cuando vamos a poder de una puta vez?

Roberto la miró con cara de desprecio. Y entonces ella derramó contra su rostro el medio vaso de semiseco que aún esperaba un último brindis por la victoria final y gritó más reivindicativa y vallecana que nunca.

-¡A tocar a Melilla, que hace falta un trompetilla!

Recordaba esta cantinela de escuchársela a su madre. No había caído en la cuenta, sin embargo, de que Melilla había sido de las pocas plazas donde Podemos no había triunfado.

Siempre nos quedará Madrid

Con naumaquias o sin naumaquias, y pase lo que pase el domingo, siempre nos quedará Madrid...

Con naumaquias o sin naumaquias, y pase lo que pase el domingo, siempre nos quedará Madrid…

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¿Bajar el IBI, rescatar el Impuesto de Sucesiones y el de Patrimonio, naumaquias en el Lago de la Casa de Campo, instalar bibliotecas en los andenes de metro y en las paradas de los autobuses urbanos?…La inventiva de los futuros munícipes no cesaba. Los de Merecemos proponían instalar en la antigua Fuentecilla de la calle de Toledo un Manneken Pis tocado por la castiza parpusa que en lugar de agua del Lozoya sirviera un madrileñísimo vermú por 0,60 euros. El PPM (Partido de la Poesía para Madrid, no confundir) proponía crear un Cuerpo de vates itinerantes para sorprender por la calle a ciudadanos castigados por la vida y estimularles con el bálsamo de la lírica. Los componentes de este cuerpo se moverían por la capital en patinete luciendo un polo de llamativos colores diseñado por Agatha Ruiz de la Prada, y bastaría un gesto similar al de parar un taxi para reclamar su atención y solicitar sus servicios.

-Mire le cuento- es un suponer- Estoy fatal del reúma, mi marido sospecho que me engaña, mi Joselín se niega a estudiar y, como si se hubieran puesto de acuerdo, se me han fundido en un solo día ocho bombillas y el secador del pelo.

-¡Qué barbaridad!…Claro que para eso estamos nosotros. ¿Le hago una demostración de terapia poética? ¿De verso clásico, de rima libre?…¿Bucólica, simbolista, modernista, surrealista?…

-No, no…Yo de la que se entienda y quede bonita.

A otro partido mitad utopista mitad disneyano se le ocurrió que así como Nessi había arrastrado a millones de turistas a fotografiar al monstruo del lago Ness, un Manzi que de vez en cuando emergiera del légamo del Manzanares y fuera captado por el inevitable videoaficionado que casualmente pasaba por ahí podría incrementar en algún punto el PIB madrileño. Otro aliciente más para esos enjambres de turistas necios que ahora sólo saben verlo todo a través de la cámara de su móvil. Cincuenta años después de este enigmático suceso, se seguirá discutiendo si el monstruo es una hermosa rata de cloaca que dejó ver su espinazo, una robusta anguila despistada o una de esas especies desconocidas que de vez en cuando registra la inagotable Taxonomía animal. Si el lago Ness tiene su monstruo…¿por qué no lo va a criar el Manzanares, con la cantidad de detritus que dan vida a sus entrañas?

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Repasas mentalmente el nombre de los doce alcaldes de Madrid que has vivido y te sientes incapaz de saber quién te ha hecho más feliz. Recuerdas la barrabasada que perpetró Arias Navarro convirtiendo un parque de bomberos en la Torre de Valencia, que ya hace falta poca vergüenza para levantar semejante monumento a la especulación municipal.

Recuerdas al viejo Profesor desorbitando sus gafas de topo por ver una teta liberada de Susana Estrada. Tan sabio, tan despabilado. Recuerdas aún con más estupor la carnavalada en que se convirtió el entierro de don Enrique, con el pueblo de Madrid llorándole en la calle al paso de un furgón tirado por caballitos empenachados de plumas, qué espectáculo. Sólo faltó que lo llevaran a hombros ocho duques, como canta el Romance de la reina Mercedes. Y no vean la vergüenza que debió de pasar desde el más allá, tan ateo y tan humilde que se jactaba de ser Tierno Galván.

Mucho te sorprendió en cambio que le llovieran las críticas a Álvarez del Manzano por su reforma de la Plaza de Oriente. Como no eres arquitecto, ni urbanista, ni artista, ni político, sino sólo madrileño de a pie, y probablemente ignorante, a ti te pareció un gran acierto. Te asombró la soberbia de Gallardón con sus obras faranoicas –por favor, que la RAE de carta de naturaleza a este neologismo. Faranoico, a: Adj: que sufre la paranoia de acometer obras faraónicas a la menor oportunidad. Como a cada quisque, te dolieron los rejonazos del IBI, las tasas y la multas de la señora Botella. A saber quién nos va a mandar a partir del domingo.

Hace tiempo sin embargo que tu único credo verdaderamente sólido es el escepticismo. Como escribes ante el ventanal, y la luz limpia y transparente de esta tarde primaveral convierte el panorama de tu pueblo natal en un cuadro privilegiado, esperas tranquilamente las elecciones sin inquietarte demasiado. Por mal que elija la democracia a tu alcalde, hay que para frasear a Rick: siempre nos quedará Madrid.

Dios bendiga al hijo de la Paqui

 

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Ha sido como si en medio de un desierto hubiera manado un caudal de agua fresca y transparente. Pasabas un fin de semana delicado, acosado por tus tradicionales dolores de espalda y por nuevas lanzadas en las lumbares que hacían de cada uno de los movimientos más rutinarios -sentarse, levantarse del sillón, tenderse, incorporarse de la cama, agacharse a coger las llaves caídas, inclinarse a anudar el cordón de los zapatos, etc,etc- una tortura refinada. Un pinchazo, como un calambre fugaz, ráfagas de un lumbago que te mordía como un lobo rabioso esa libertad de culo inquieto que te has buscado siempre. Nada que ver con el aventurero que navega el Atlántico a vela, que asciende al Aconcagua, que cruza Alaska haciendo esquí de fondo, o atraviesa al Sahara en moto. Algunos amigos tuyos han firmado hazañas así. Tú solo improvisabas pequeñas aventuritas, escapadas de curioso, paseatas burguesas, hormigueos urbanos o rústicos. Vuelos de saltamontes: del Parque del Oeste al mercado de Barceló, un suponer, del estanque del Retiro enseñando a tus nietos cómo nadan los patitos a la chocolatería de San Ginés, vecina que fue de una de las casas donde vivió Boccherini en su estancia capitalina. Cuando eras niño había un sueño recurrente que te raptaba en la calle de Serrano y después de sobrevolar medio Madrid y de un descenso de vértigo te depositaba en Rosales. Echabas a pasear de nuevo y entonces te dabas cuenta de que ibas semidesnudo, vistiendo sólo una camiseta que estirabas desesperado para que la gente de las terrazas no viera tus vergüenzas.

Qué malos ratos.

2

Hoy son otros los malos ratos. Cada día se acortan más tus saltos de saltamontes. Este fin de semana, en las cuerdas de Navalcán con algunos de tus mejores amigos y ante un impresionante maremágnum de pinos, castaños, encinas, alcornoques, madroños retamas, jaras, brezos, tomillos y aulagas florecidos, praderas pintonas de margaritas y al fondo el murallón de Gredos, gigantesca ola azul petrificada al romper hace millones de años, sólo pudiste emular tus marchas de juventud. Eso sí, como tu amigo Eduardo, por otras razones, tampoco puede decirse que sea Killian Jornet, andabais a paso de convalecientes tal que dos naturalistas británicos que conversaran sin parar tomando buena nota de la flora y de la fauna que os salía al paso.

-Esa es una ranita de San Antonio-decías apuntando a una rana verde con antifaz negro que se ganaba la vida entre el pasto húmedo.

-A esa mata de florecillas moradas que cuelgan como dedales le llaman dedalera.

Aquí en Navalcán al chotacabras también le conocen como capacho o engañapastores.

El día era claro, soleado y con brisa, lo que se dice tonificante. Tan parecido al que respiraba aquella hermosa película de Vittorio de Sica que se tituló Los girasoles. Nada menos que Mastroiani y Sofía Loren, con su melena batida por el mismo viento que ajustaba su blusa ciñendo aquellos maravillosos pechos que se le desbordaban por el escote.

-¿Verdad que las margaritas son como girasoles diminutos?

-Hablando de girasoles…¿Te acuerdas de lo requetebuena que estaba Sofía Loren en aquella película? Por cierto…¿No la estás viendo retozando por ahí?…¿Te imaginas la maravilla de sus tetas bamboleándose mientras da sopapos al aire con su cazamariposas?…

Por unas causas u otras os sentíais algo viejos al iniciar el paseo. Menos mal que la imaginación y la curiosidad rejuvenecen.

3

Pero lo más notorio del fin de semana fue recibir el whatsup que puso en circulación tu amigo José María Mazarrasa. Lo reproduces aquí ad majorem coñam lectoris. Primero, os hizo reír toda la tarde. Y luego también pensar: ¿dónde está el secreto de la hilaridad? ¿Por qué una simpleza como esta puede excitar de forma tan aguda el sentido del humor? Te pareció algo grandioso, como un momento Chaplin, un chispazo de Groucho, un gambito de Woody Allen, otro milagro de Gila. El absurdo hecho caramelo. Tus males te duelen incluso cuando ríes pero, aun así, que Dios bendiga al hijo de la Paqui por hacernos pasar tan buenos ratos

Dios bendiga al hijo de la Paqui

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Ha sido como si en medio de un desierto hubiera manado un caudal de agua fresca y transparente. Pasabas un fin de semana delicado, acosado por tus tradicionales dolores de espalda y por nuevas lanzadas en las lumbares que hacían de cada uno de los movimientos más rutinarios -sentarse, levantarse del sillón, tenderse, incorporarse de la cama, agacharse a coger las llaves caídas, inclinarse a anudar el cordón de los zapatos, etc,etc- una tortura refinada. Un pinchazo, como un calambre fugaz, ráfagas de un lumbago que te mordía como un lobo rabioso esa libertad de culo inquieto que te has buscado siempre. Nada que ver con el aventurero que navega el Atlántico a vela, que asciende al Aconcagua, que cruza Alaska haciendo esquí de fondo, o atraviesa al Sahara en moto. Algunos amigos tuyos han firmado hazañas así. Tú solo improvisabas pequeñas aventuritas, escapadas de curioso, paseatas burguesas, hormigueos urbanos o rústicos. Vuelos de saltamontes: del Parque del Oeste al mercado de Barceló, un suponer, del estanque del Retiro enseñando a tus nietos cómo nadan los patitos a la chocolatería de San Ginés, vecina que fue de una de las casas donde vivió Boccherini en su estancia capitalina. Cuando eras niño había un sueño recurrente que te raptaba en la calle de Serrano y después de sobrevolar medio Madrid y de un descenso de vértigo te depositaba en Rosales. Echabas a pasear de nuevo y entonces te dabas cuenta de que ibas semidesnudo, vistiendo sólo una camiseta que estirabas desesperado para que la gente de las terrazas no viera tus vergüenzas.

Qué malos ratos.

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Hoy son otros los malos ratos. Cada día se acortan más tus saltos de saltamontes. Este fin de semana, en las cuerdas de Navalcán con algunos de tus mejores amigos y ante un impresionante maremágnum de pinos, castaños, encinas, alcornoques, madroños retamas, jaras, brezos, tomillos y aulagas florecidos, praderas pintonas de margaritas y al fondo el murallón de Gredos, gigantesca ola azul petrificada al romper hace millones de años, sólo pudiste emular tus marchas de juventud. Eso sí, como tu amigo Eduardo, por otras razones, tampoco puede decirse que sea Killian Jornet, andabais a paso de convalecientes tal que dos naturalistas británicos que conversaran sin parar tomando buena nota de la flora y de la fauna que os salía al paso.

-Esa es una ranita de San Antonio-decías apuntando a una rana verde con antifaz negro que se ganaba la vida entre el pasto húmedo.

-A esa mata de florecillas moradas que cuelgan como dedales le llaman dedalera.

Aquí en Navalcán al chotacabras también le conocen como capacho o engañapastores.

El día era claro, soleado y con brisa, lo que se dice tonificante. Tan parecido al que respiraba aquella hermosa película de Vittorio de Sica que se tituló Los girasoles. Nada menos que Mastroiani y Sofía Loren, con su melena batida por el mismo viento que ajustaba su blusa ciñendo aquellos maravillosos pechos que se le desbordaban por el escote.

-¿Verdad que las margaritas son como girasoles diminutos?

-Hablando de girasoles…¿Te acuerdas de lo requetebuena que estaba Sofía Loren en aquella película? Por cierto…¿No la estás viendo retozando por ahí?…¿Te imaginas la maravilla de sus tetas bamboleándose mientras da sopapos al aire con su cazamariposas?…

Por unas causas u otras os sentíais algo viejos al iniciar el paseo. Menos mal que la imaginación y la curiosidad rejuvenecen.

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Pero lo más notorio del fin de semana fue recibir el whatsup que puso en circulación tu amigo José María Mazarasa. Lo reproduces aquí ad majorem coñam lectorum. Primero, os hizo reír toda la tarde. Y luego también pensar: ¿dónde está el secreto de la hilaridad? ¿Por qué una simpleza como esta puede excitar de forma tan aguda el sentido del humor? Te pareció algo grandioso, como un momento Chaplin, un chispazo de Groucho, un gambito de Woody Allen, otro milagro de Gila. El absurdo hecho caramelo. Tus males te duelen incluso cuando ríes pero, aun así, que Dios bendiga al hijo de la Paqui por hacernos pasar tan buenos ratos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Volviendo a rezar

Quién te hubiera dicho  a lo mejor que coincides en algo con Raúl Castro....

Quién te hubiera dicho a lo mejor que coincides en algo con Raúl Castro….

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Si sigue así, volveré a rezar. Se lo dice al Papa Francisco el mismísimo Raúl Castro, impresionado por su elocuencia y su sencillez. Haces tuya la frase, aunque en tu caso, vistas las orejas al lobo, relativizas la propuesta. Puesto a ser sincero, aunque en estos momentos de debilidad deberías esmerarte, nunca has dejado de rezar. De aquella manera. Y añades: ¿de verdad has sabido rezar alguna vez?. Los Castro se educaron en los Jesuitas, que a lo mejor poseían el secreto y se lo transmitían a sus alumnos. Mira, niño, se reza así, te arrodillas, cierras los ojos, inclinas la cabeza, juntas tus manos sobre el pecho y vas declamando la oración que Cristo nos enseñó y todas las demás que te enseñaremos nosotros, pero creyéndotelo, sintiéndolo, y no como un lorito o como esos que practican la fe del carbonero. Piensas que les adoctrinarían algo así.

Los marianistas te guiaban en cambio con el catecismo del padre Ripalda, que quizás fuera un buen teólogo y pedagogo, pero que indudablemente no atinaba en todas sus enseñanzas. Rezar es levantar el corazón a Dios y pedirle mercedes, explicaba el docto Ripalda. Tócate las narices. Tú hacías lo que buenamente podías para levantar tu corazón a Dios. Como nunca fuiste un muchacho alto, y no era cosa de ponerse zancos, te imaginabas que eras el Capitán Marvel o Supermán y te elevabas hacia el cielo. Allí te rompías la camiseta, sacabas pecho y cumplías como un buen cristiano.

-Toma, Señor. Aquí tienes mi corazón.

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Luego, puesto a creer que Dios debidamente rezado haría milagros, en lugar de mercedes pedías Cadillac o Studebaker, que eran tus coches favoritos. Qué primario eras, cuánta ingenuidad la tuya. Cuando rezabas el avemaría lo ilustrabas con los cuadros de Fra Angélico o de Filipo Lippi que habías visto en los libros de arte de tu padre. Cuando en el padrenuestro repetías el hágase tu voluntad reproducías mentalmente las viñetas de tu Historia Sagrada, donde pintaban a un Dios de luengas barbas creando el día y la noche, la tierra y el mar al mandato de una mano enérgica y sarmentosa. El perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores era un desiderátum pertinaz, pero baldío, porque el polero jamás te perdonó los dos reales que por entonces costaba el polo de chufa, tu favorito, y más tarde pocos de tus acreedores dejarían de cobrarte ni un céntimo. Finalmente la Iglesia maquilló este sarcasmo cambiando deudas por ofensas, pero  tu fe ya empezaba a sufrir de arterioesclerosis, y te dio un poco igual.

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No te enseñaron a rezar como tampoco a estudiar, y así saliste, que en vez de repetir oraciones canónicas contemplas la eternidad del mar y la noche estrellada o escuchas a Bach y te sientes más próximo a Dios, al tiempo que disimulas tu ignorancia enciclopédica con una insaciable curiosidad hasta por lo que no importa nada. Por qué hay tanto sufrimiento en el mundo, por qué tantos desafueros, y cómo a pesar de que ahora parece que llevas su peso en tus espaldas de Atlas deslomado, te consideras dueño de este instante único y afortunado… Hace un día caluroso, pero escribes en el porche, donde sopla una brisa deliciosa, ves los rosales florecidos, escuchas el trinar de los pájaros que buscan novia y el chorro de la fuente mientras que a tus pies duerme la perra Flora plácidamente. Deberías aprender a rezar, que ya vas teniendo edad. No tanto para lamer tus heridas, que poco importan al dolido mundo, sino para ser educado y dar las gracias por estos momentos. Que valgan al menos las buenas intenciones. Amen.

El paraíso recobrado

Algunos libros perdidos vuelven porque en realidad nunca se fueron...

Algunos libros perdidos vuelven porque en realidad nunca se fueron…

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Te da un poco de pudor confesarlo cuarenta y cuatro años más tarde, aunque te alivia sospechar que en estos tiempos de desvergüenza general pasará por un pecado menor. El caso es que cuanto eras un joven publicitario birlaste a la agencia donde trabajabas unas cuantas horas para escribir un libro. En aquella agencia –hoy la gente creería que era un balneario-, llegabas, saludabas a tus compañeros, leías la prensa, bajabas a desayunar a la cafetería Villa Río y después si no te reclamaban las Muñecas de Famosa, la Tónica Finley el Fino La Ina y los Juguetes Rico ponías un folio en el carrito de tu Olivetti y tecleabas furiosamente como si tuvieras algo importantísimo que legar a la humanidad. En realidad sólo querías escribir algo, aunque no tuvieras puñetera idea de qué hacerlo. Te hacía ilusión ser algún día escritor, y no había manera de que agavillaras asuntos para componer una novela. Sueños siempre pendientes.

Desde hacía años habías comprado cuando podías juguetes de hojalata antiguos. Eras tan simple que te gustaban, al punto de que te parecían casi obras de arte. Acumulabas entonces veinticinco. A falta de inspiración más ambiciosa, pusiste cada día uno de esos juguetes ante tus ojos, les inventabas una vida, trenzabas esta con alguno de tus recuerdos y así salieron veinticinco cuentos un tanto surrealistas que luego ilustraste con tus propias manos y encuadernaste en piel verde. Otro ejemplar lo ilustraron con bastante más arte los grandes dibujantes y grafistas que coincidían contigo en CLARÍN PUBLICIDAD, que era como se llamaba la agencia.

Ya habías plantado algún árbol. Poco después nacería tu primer hijo. De modo que así creías completar la tríada de buenos propósitos del hombrecillo de tu tiempo. Paraíso de hojalata resultó un libro de edición manual absolutamente prescindible que sólo tiró dos ejemplares.

Además de escribir estas inutilidades también trabajabas en lo de los anuncios, conste.

2

Pasaron los años y un día te diste cuenta de que el más tuyo de estos ejemplares, el ilustrado por ti mismo, había desaparecido. Los libros vuelan. Casualmente son los más apreciados los que abren sus páginas y a veces se alejan de sus anaqueles para no volver jamás. Libro prestado, dicen, libro perdido. Tu padre contaba con rabia y tristeza cómo después de haber comprado uno de los primeros ejemplares del Romancero gitano consiguió localizar a Federico García Lorca, que le recibió en su casa de Madrid, se lo dedicó de puño y letra y se estiró generosamente ilustrando sus guardas con algunos de sus característicos dibujos. Lo que ahora sería una joya bibliográfica desapareció de su biblioteca, sin que nunca llegara a saber cómo. ¿Lo prestó? ¿Se lo guindaron? ¿Lo dejó olvidado en un tranvía? Puede que el culpable fuera su mala cabeza, como la tuya de hoy. O puede que fuera otra travesura del destino, amigo de hacer ocultismo con las personas y con los objetos que más valoramos. Hoy los ves, mañana ya no están. El azar cleptómano no suele cebarse en las insignificancias inútiles que nos rodean, sino que elige sobre todo lo que lleva consigo algún latido de tu corazón.

3

Desde que te sacaron la tarjeta amarilla tratas de localizar y ordenar papeles, fotos y escritos que sirvan en cierto modo para recomponer trazos de ti mismo. A veces te sirven para recrear buenos ratos, e incluso para sonreír. Cómo se escurre por el sumidero de la memoria lo que no documentaste a su tiempo, caramba. Sin embargo, cuando creías que aquél paraíso que guardaba toda tu ingenuidad esperaba donde siempre…¡oh sorpresa!, te diste cuenta de que el libro había volado como los vencejos que ves desde tu ventana. Lo diste por cierto durante muchísimo tiempo

Era un error, no había volado. Simplemente ocurría que estabas con la cabeza a pájaros. Después de meses una larga búsqueda preguntando a familia, amigos y conocidos a los que podrías habérselo prestado, tras repasar numerosas veces todos los rincones de tu palomar y de la casa de Candeleda, justo el día que en que recibías las peores noticias de tu dichosa neoplasia, reparaste en que tu Paraíso de Hojalata descansaba en la solera de la librería que custodia el respaldo de tu sillón. Allí estaba, con su piel verde y sus cantoneras arañados por el uso y empalidecidas por el tiempo. Allí te había visto pasar durante años sin que advirtieras que seguía contigo.

4

Es lo bueno de ser algo ciclotímico. Estabas sensiblemente preocupado, cabreado con el mundo, cuando el encuentro inesperado con tu querido libro cambió el signo de aquel día nefasto. Abriste sus páginas, leíste algunos de sus fragmentos, te recreaste en aquellas ilustraciones tan infantiles, pero que conservaban vivos todos sus colores. Sonreíste.

Tenía razón Miguel Hernández en sus Nanas de la cebolla. Desperté de ser niño –le confiesa a su retoño, para recomendarle a continuación- Nunca despiertes…

Buen consejo. Aún estás a tiempo de seguir dormido, que la madurez trae muchos disgustos.


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