Las estrellas no piden contraseña

Estrellas 20131

Me gusta en las noches de verano/ tenderme en la parva de la era…

Tenías catorce años y escribías versos intimistas y melosos típicos de adolescente. No recuerdas casi ninguno más de ese poema, inspirado por una majestuosa noche de verano en el campo. Fue después de una gran caminata desde Arenas de san Pedro hasta el Monte el Rincón, y de haber pasado la tarde trillando con tus hermanos y tus primos. Cenasteis luego sobre la parva un gazpacho campesino–cucharón y paso atrás-, y algo de chorizo y queso. En el lebrillo de barro, los ingredientes navegaban como pecios desnortados sobre un pequeño mar de agua, aceite, y vinagre. Allí aún no se conocía la Turmix, porque entre otras cosas, no había llegado la luz eléctrica. Pescabais los trozos de tomate, pan, cebolla, pimiento y pepino con cucharas. Al movimiento de éstas, el mar del gazpacho giraba cada vez más rápidamente hasta formar un remolino. En él, como si fueran la sal, se reflejaban las estrellas. Resultaron lo más delicioso de la cena

Antes de dormir arrullado por los grillos/ me gusta imaginar que tú juegas al escondite conmigo/ entre las luciérnagas de una constelación –recuerdas que decían otros versos.

Pensabas en la chica que latía en tu poema mientras buscabas los porqués de la vida en aquel cielo oscuro rabiosamente estrellado. Seguramente ella apuntaba en su pecho como dos medios limones, mientras tú seguías siendo un zagal. No obstante lo cual, ensabanado en el frescor de la noche, acabaste durmiendo como un bendito. Tu vida no ha sido precisamente intensa ni aventurera. Por eso, cuando el sol despuntó, y sus rayos empezaron a calentar la mies que os había servido de colchón, sentiste que habías vivido una emoción inolvidable.

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Parva se llamaba a la mies que, previamente amontonada, se extendía sobre la era en forma de círculo para que dieran vueltas sobre ella dos mulos tirando de sendos trillos. Lascas de piedra incrustadas en la panza de estos trituraban la cosecha recién segada. Sobre la parva, ya tendida la noche, hablabais mirando las estrellas antes de caer rendidos por el sueño. Ahí el que sabía de la faena y marcaba los tiempos era Cheles, hijo de Jacinto el guarda, que más tarde sería su heredero en el cargo. Sabía mucho de campo, y creía que tú podías informarle de otras cosas a donde no alcanzaban sus saberes.

-Oyes, Luis –te preguntó- Y los del Polo Sur ¿tienen que andar con la cabeza para abajo?

-No , hombre- le respondiste con fingida autoridad

…¿Y cómo hacen entonces para sujetarse al suelo y no caer al espacio?

El sueño vino en tu ayuda, pedazo de ignorante. A ti sólo se te daban bien las letras y las humanidades, pero aunque ya conocías la ley de la gravedad eras incapaz de explicarla con propiedad. Tú sólo has servido para fantasear con lo inútil, hacer papiroflexia con el lenguaje y otras ocurrencias impropias de gente seria. Dormimos en la parva de la era, al raso, bajo el cielo abierto, y la respuesta quedó en el aire.

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Te amparas en la solvencia de la naturaleza porque hay muchas cosas de ella que te resultan fáciles de entender, mientras que en menos de seis meses has tenido que cambiar de coche y de teléfono móvil y te angustia pensar que te vas a morir sin saber manejar al cien por cien ni lo uno ni lo otro. En el volante de tu coche hay un conmutador que te ofrece seis datos del consumo: consumo medio, consumo por kilómetro, consumo desde la última parada, consumo del día…No has conseguido saber aún lo que gasta el coche, como tampoco cómo encontrar fácilmente el teclado numérico del móvil para algo tan sencillo como llamar a la tía Pepa. Adoras el lapicero, el cepillo de dientes, el cortaúñas, la navajita de pastor, el sacapuntas, el sacacorchos, que nunca van a ser atacadas por virus ni te van a exigir claves, contraseñas, PUKS o las odiosas actualizaciones.

Cierto que algunas de esas cosas que llaman aplicaciones te parecen admirables. Por ejemplo el Google Sky Map, que cuando orientas el teléfono al firmamento te dice en pantalla el nombre de los cuerpos celestes acotados por el objetivo. Pero estás marcado por tu época, y crees que nada te causará más impresión que la que recibiste al dormir sobre la parva de la era una noche de verano. Observemos, durmamos, soñemos. Ya harán poesía por nosotros las infalibles estrellas.

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6 Responses to “Las estrellas no piden contraseña”


  1. 1 Julia junio 28, 2015 en 1:09 pm

    Pero ¡qué bien te explicas, Duende! Y además que te entiendo divinamente porque a una le sucede más o menos, lo mismo. Qué angustias Dios mío…Pero en lo de la era, la trilla, las estrellas…, en esa explicación tan bonita como sencilla, ahí sí que no tienes competencia, porque eres el mejor relatando. Un abrazo fuerte.

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  2. 2 Pemberton junio 29, 2015 en 8:58 am

    La parva ,el trillo, las mulas y el aventar lo trillado para separar la paja del grano también fueron parte de mis entretenimientos veraniegos . A veces creo que cuando nos cuentas cosas de tu juventud lo haces después de haber entrado en mis mejores recuerdos. Gracias Duende¡¡¡

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  3. 3 tina junio 29, 2015 en 2:58 pm

    No debes angustiarte por no manejar al cien por cien el coche o el móvil nuevos, lo que hacen tantos es vulgar.
    Tu tienes el don de manejar muy bien las palabras, reservado para pocos.
    Disfrútalo como nos haces disfrutar a los que te leemos

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  4. 4 Maite junio 29, 2015 en 3:32 pm

    Que bonito, como me ha emocionado.Gracias.Maite

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  5. 5 Ángela junio 29, 2015 en 6:53 pm

    Yo tampoco entiendo porqué no salimos todoaa la calle en manifestación CONTRA a irritante tiranía de las contraseñas!!. YO NO TENGO NADA QUE ESCONDER!!!.

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  6. 6 Aldara julio 4, 2015 en 10:55 pm

    Lo del polo sur y la ley de la gravedad a mí me sigue inquietando bastante, la verdad, y eso que hablo con mis nietos que están en Chile y no les veo del revés…. Gracias por tu humor y tu magnífica escritura. Abrazos.

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