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¿Tampoco la pana es lo que era?

Nadie diría ahora que la dura vida del campesino español vestía  de pana...

Nadie diría ahora que la dura vida del campesino español vestía de pana…

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En tu importantísimo Estudio de los componentes de la felicidad que no estudia nadie, obra tan ambiciosa y profunda que difícilmente será publicada nunca, citas a menudo la eximia figura del Profesor Franz de Copenhague, al que tu generación reconoce el mérito de ser el padre de los inventos del TBO. Algunos de ellos, como los melones cuadrados, el dispositivo anti-cabello en la sopa, el aparato limpia-narices o el procedimiento para descargar mercancías con jirafa fueron publicados en aquellas deliciosas historietas que alegraron infancias como la tuya. Otros, naturalmente, no alcanzaron esa gloria.

La relación de aportaciones del citado profesor al bienestar de la humanidad te llevó a investigar la biografía de este curioso personaje, cuyo perfil se desdibuja a finales del pasado siglo, cuando la revista desaparece. Según los expertos –esta fuente es tan socorrida que no se puede obviar nunca- en sus últimos años el profesor, aburrido de que sus inquietudes se estrellaran contra un mundo demasiado torturado por los grandes problemas que le afligían, cerró su centro de estudios y, al igual que tantos ciudadanos del norte de Europa se instaló en Mallorca, donde había pasado largos períodos de vacaciones desde 1956. Como a la vejez viruelas, aquel genio que había pasado su vida entre probetas, matraces, circuitos eléctricos, campos magnéticos, serpentines, trinquetes y sucedáneos del famoso Enigma con los que inútilmente intentó descifrar cuáles serían los catorce resultados de la quiniela y los años que tenían Zsa Zsa Gabor y Celia Gámez, se enamoró de una churrera de Felanitx. De entonces data su proyecto del conservador de las propiedades del churro y la porra, para que a las dos horas de salidos de la sartén no se convirtieran en una masa frita gomosa de dudoso gusto, su vigorizante de erecciones del pene a partir de la cascarilla de arroz y de la harina de huesos nde ballena  y su contador de la duración de los bastones que forman los canalillos de los pantalones de pana. Según el eminente sabio, la calidads de este tejido que durante décadas había servido para el traje de faena del campesino español había degenerado de tal forma que se hacía irreconocible. Una pena.

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O tu memoria es muy mala o estás de acuerdo con el profesor, porque tú también piensas que alguien del sector textil te está estafando. Hace ya tiempo que, especialmente en el campo, prolongas el uso de los pantalones de pana aunque sus rodilleras empiecen a desgastarse. ¿Por qué? Porque los bastones verticales que forman su característico dibujo se desgastan en nada. A la vista de la pana actual, resulta difícil creer que hubo en tiempo en que la pana era la tela recia y peleona que uniformaba por igual a los campesinos y los colegiales.

-Sáqueme un corte de pana para para los pantalones de los chicos –decía tu madre mientras se sentaba en una silla y el pobre dependiente de Galerías Preciados se preparaba a manejar el metro de madera con cara de tierra, trágame.

Y luego añadía.

-En tonos sufridos, por favor.

Eso significaba en marrón oscuro, que era el tono más sufrido de todos. Como además la pantalonera los hacía en tamaño porsi (por si creces), con la cintura cerca de las tetillas y el bajo casi ocultando las rodillas, el que sufrías aquellos pantalones cortos-aún no se estilaban los largos para los niños- tan horribles eras tú. Te parecían eternos y, como todo lo que se convierte en monotonía, insoportables. Una tarde parda y fría/ de invierno, los colegiales/ estudian monotonía/ de lluvia tras los cristales. Siempre que recuerdas estos versos de Machado, tan expresivos de la grisura de la vida colegial de posguerra, te ves con aquellos sufridos pantalones porsi hincando codos en el pupitre.

Quién te iba a decir entonces que algún día echarías de menos algo de aquéllo que tanto duraba.

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Puede ser que un año en la vida de un niño equivalga a quince en tu edad provecta, y que lo que entonces te parecía perpetuo ahora lo veas efímero. Puede que la edad deforme la perspectiva de tu mirada, y que tiendas a idealizar el pasado por simple nostalgia. O puede que el imperativo de la obsolescencia prematura, que ya tienen en cuenta los fabricantes de las máquinas e inventos que utilizamos a diario, se haya impuesto hasta en los pantalones de pana. La ley implacable de la sociedad de consumo. El caso es que aún en 1982 los jóvenes que representaban a un partido obrero que quería cambiar España, con Felipe González y Alfonso Guerra a la cabeza, vestían traje de pana, como queriendo decir que acababan de dejar la azada, la hoz y el martillo antes de dar la rueda de prensa. Y que hoy, por el contrario, sólo ves pantalones de pana impolutos en aquellos amigos de buen vivir que, llegado el fin de semana, se visten casual y se suben a su todo terreno de lujo para ir al golf, de montería o enfilar carretera rumbo a una estación de esquí.

¿Tampoco la pana es lo que era?…Vives sin vivir en ti esperando que el contador del profesor Franz de Copenhague aclare si definitivamente eres un viejo quisquilloso o, si por el contrario, los listos de la confección te están tomando el pelo con esos pantalones de pana de pacotilla que al mes de uso ya apuntan claros en sus rodillas.

Qué verdes eran mis valles

Por uno u otro motivo, todos los valles tienen su encanto. ¿O no?...

Areu, en el fondo de Vall Ferrera. Por uno u otro motivo, todos los valles tienen su encanto. ¿O no?…

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Piensas que seguramente les va a molestar a algunos independentistas intransigentes que lo digas así. Pero lo cierto es que Les Valls D´Aneu están en la comarca del Pallars  Sobirá, y también dentro, buena parte de ellos, del Parque Nacional del Alto Pirineo, que, se diga en catalán o en castellano, pertenece a la provincia de Lleida. A esta, por cierto, ya le han apeado del nomenclátor oficial su castellano topónimo de Lérida, no obstante lo cual continúa integrada en la Comunidad Autónoma de Cataluña, que de no haber cambiado nada esta noche, es parte de España. Como ocurre que tu pasaporte confirma que eres español y algo te toca de este viejo país, y a esto se añade que has estado por allí disfrutando de unas deliciosas jornadas de senderismo por valles de una belleza y, sobre todo, de un verdor apabullante, te has acordado de aquella novela que John Ford convirtió en una maravillosa película. Se llamaba esta Qué verde era mi valle, la recuerdas especialmente porque además contaba una historia que pellizcaba en el corazón. Lo cual te da pie para ampliar su título y aplicarlo a estos privilegiados enclaves de naturaleza pura que llegan a emocionar al alma.

Son por tanto, también, tus valles. Y lo grande es que estaban allí, tantos años esperando a que los descubrieras, sin que demasiada gente te contara que de ninguna manera debías perdértelos. Qué verdes eran tus valles pirenaicos, y cuánto te han impresionado.

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Al fondo de cualquier valle, un pueblecito encantador. Las casas tienen aspecto de centenarias. Sus muros y paredes de piedras pardas llamativamente regulares, como planchadas por no se sabe qué mano poderosa, que las moldeó casi tal que ladrillos. La iglesia, si no románica, coronada su torre por ese tejado de pizarra negra que parece el sombrero de una bruja. La mayoría de ellas, te cuentan, son del siglo XVIII.  Gran parte de la fábrica de piedra de esas edificaciones parece ensamblada sin llaga visible, piedra seca lo dicen en unos sitios, piedra viva lo has escuchado en otros. Las calles pinas, pulcramente encachadas o pavimentadas con alguna concesión al hormigón y al ladrillo árabe, pero siempre incrustadas de algún pedrusco que será como la caspa que le cae rodando por los ríos y nogueras cuando la mano divina sacude las hombreras a los Pirineos. Calles sinuosas, de esquinas a menudo redondeadas, siempre limpias, sin envueltas de helados o de Chupa-Chups por los suelos.

La mara de Deu –te dices asombrado- ¡Qué pulcritud!

Incluso en agosto, apogeo del veraneante mochilero y de pantalón pirata, por las rúas de estos pueblos sólo respira el murmullo del silencio, jaspeado a ratos por el miau de algunos gatos. En Surp, que presume de ser el primer pueblo que celebró elecciones democráticas después de la muerte de Franco, bajo una arcada de piedra que sostiene a una casa asentada a ambos lados de la calle, unos niños juegan a las cartas.

¡Guanya el rey!- dice un nen poniendo un rey de espadas sobre el suelo.

Sorprendentemente, juegan con una baraja española. ¿Cuánto faltará para que la Generalitat maquille a Heraclio Fournier  e imprima una baraja netamente catalana? Después de haber creado la Lotería propia, que tanto escama a la Bruja de Sort…¿a qué esperan estos nacionalistas timoratos para seguir haciendo patria?

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Te llama la atención un detalle amable. Junto a la puerta de la entrada de las casas, suele haber un rótulo con el nombre o el apellido de quien allí vive. Casa Pujadas, Can Ramonet. Casa Bofarull, Casa Masana. Te produce la misma impresión que la primera vez que visitaste Amsterdam, con los enormes ventanales de las casas, siempre las cortinas descorridas, como si sus habitantes anhelaran la luz del sol y quisieran exhibir sin tapujos hasta sus bibelotes más cursis. Te gusta esa ingenuidad de los que creen que su alma es digna de ejemplaridad. No tanto el afán exagerado de marcar su identidad nacional que se ha despertado en los catalanes. En el punto más alto de cada pueblo, un asta donde flamea la senyera. En numerosos balcones y ventanas, la estelada, que no sabes si es historia rescatada del olvido o heráldica oportunista de nuevo cuño. Todos los rótulos en catalán, todas las cartas de restaurantes en la lengua de Mosén Cinto, como si el resto de la humanidad no tuviera derecho a saber lo que va a comer cuando pide una mitjana o unos calçots. Tú no te arrugas, te vales de tu buen oído y de lo que aprendiste del latín y del francés para creer que lo entiendes todo y vacilarles en un catalán macarrónico que a ningún nativo, por cierto, parece disgustarle.

Te acuerdas sin embargo de lo que decía Machado de la Castilla venida a menos .

Castilla miserable/ ayer dominadora/ envuelta en sus andrajos/ desprecia cuanto ignora

Contrario  sensu, la ignorancia  del castellano , que tanto desprecia ell independentismo rampante, le acabará costando caro. ¿A quién beneficia borrarla lengua que más se habla en el mundo? Habrá  cadena humana para celebrar la Diada, y puede que con ello consiga salir en la prensa como si hubieran batido el Guiness Record de las butifarras. Pero aunque estos remotos valles pirenaicos permanezcan igual de idílicos, serán más pobres si el nacionalismo obsesivo sigue cerrando el campo de su mirada.

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Crees que cualquiera de estos valls d´Aneu que has recorrido te encantaría para pasar ahí un tiempo: una semana, un mes, un año. Por ejemplo Areu, al final de la Vall de Ferrera, es un pueblo encantador algo más importante que la mayoría de los que has visitados, y muy completo, por cierto. Aparte de iglesia, bares y algún comercio tiene río, bosques, casas con flores en las ventanas, jardines cuidados, verdes prados ondulados, parques para los niños, campo de fútbol de hierba como el soñabas de niño para jugar con tus amigos. Te planteas entonces si vivir de continuo en uno pueblo tan bonito como este, hundido entres dos cadenas montañosas, reconforta el alma o acaba generando la sensación de aislamiento y un cierto desasosiego. La cuestión se te plantearía al poco tiempo: ¿cómo se ve la vida rodeado de esas  crestas rocosas que hoy limitan tu mirada?

-Oh, bien –te dice Magín, que llegó al pueblo hace sesenta años, se casó con la maestra y desde entonces no salió de allí- Ahora las cumbres están peladas, y las laderas de las montañas verdes. Al tardor (en el otoño) amarillean las hojas, el sol dora las rocas por la tarde, y los árboles se tornasolan hasta  color naranja. Luego en invierno nieva, y los picos parecen modelados de nata y merengue…El panorama parece siempre el mismo, pero nunca es igual.

Te cuenta que vive solo desde que enviudó hace treinta años, que no tiene hijos y que, a pesar de gozar de buena salud  recibe semanalmente la visita de una asistente social. También te confiesa que, cuando no pasea, otea los picos o juega a las cartas con sus amigos, se sienta a la puerta de su casa leyendo La Vanguardia  y mira de reojo al balcón de la casa de enfrente esperando a que salga a tender la ropa su inquilina, que aunque vive en el pueblo trabaja en una tienda de Esterri d´Aneu.

Es muy reguapa, oiga –te subraya sonriendo con picardía- Y como que se dedica a la moda, y debe cuidarse, cada día lava su ropa interior, cada día  tiende sus braguitas y su sostén para secar y cada día sus prendas son de un color distinto…¿E que es macu aixó?

Qué verdes eran tus valles. Y qué verdes son aún, especialmente algunos de ellos.

 

Salida de Tono

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Despierta el Duende este sábado dos de junio en esa hora en que ni siquiera los mirlos han comenzado a hacer gárgaras. Entre dos luces, cuando el amanecer se empieza a quitar las legañas y uno puede asomarse al balcón y sentirse dueño de la ciudad callada. Por entre los pinos del pequeño parque que se extiende a sus pies pasea una figura adusta y encorvada, que se ayuda de un bastón.

-La primavera se ha ido, y nadie sabe cómo ha sido- va recitando con disgusto evidente y a media voz que se capta perfectamente en el silencio del amanecer.

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Es el fantasma de Antonio Machado. Está indignado con lo poco que duran ahora las estaciones de los matices. Se queda el otoño en nada porque el verano abusón se amplía en demasía y le come su `principio. Se queda el invierno corto porque el calor exagerado acaba derritiendo sus pies. El cambio climático. Hay sobrados motivos ahora para pensar en los que lo están pasando mal, pero ayer por la tarde se acordaba este Duende lo horriblemente que deben pasar estos días de calor los osos polares, las focas y los pingüinos de los zoológicos.

-Lo comprendo, don Antonio- le dice el bloguero mientras se despereza en el balcón- Yo también soy de un tiempo en el que había `primaveras decentes.

-Nos estafan hasta en eso- deja caer en tono de enfado bemol mayor antes de borrarse definitivamente – ¡Y habrá gente contenta con este sartenazo a destiempo!…

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La habrá. Ayer escuchó este escribidor que hoy abrían las piscinas municipales de Madrid. Qué alegría.

-Pues yo me voy a pasar el fin de semana a Astudillo, provincia de Palencia –aclara el bloguero.

Parece una salida de Tono, aquel humorista surrealista que decía que se iba a la cama con dos vasos: uno lleno de agua por si despertaba con sed y otro vacío por si se despertaba sin sed. Es una salida de tono surrealista. Como la que pide esta extraña situación, casi increíble de puro absurdo, en la que, por unos motivos u otros, se despierta España cada día.

La honradez de la mirada

Tímida y asustadiza, la flor del almendro no podía imaginarse que, si no llueve pronto, la primavera también entrará en crisis...

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Cuando uno se siente romo de ingenio y no tiene nada importante que decir, abre el cajón de las frases célebres que han ido pespunteando miles de columnas o artículos y juega con ellas. Si uno quiere abundar ante lo confuso de la postración nacional puede tirar de Lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible (atribuída al torero El Guerra).  Qué país, Miquelarena (Pedro Mourlane).  Joder, qué tropa (Romanones, a propósito de los académicos que, habiéndole prometido su voto para la RAE, le dejaron con al trasero al aire). No es esto, no es esto (Unamuno, ante los excesos a los que se entregó la República en manos del Frente Popular). El nacionalismo se cura viajando (Baroja). O a los consabidos avisos en verso de Antonio Machado: Españolito que vienes/ al mundo, te guarde Dios/ una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón.

Si pica más alto y quiere elevar la categoría de sus dudas, hay otro repertorio: Sólo se que nada se (Sócrates, al que este bloguero complementa diciendo Lo único que tengo claro es que no tengo nada claro). Pienso, luego existo (Descartes). El corazón tiene razones que la razón desconoce (Pascal). Yo soy yo y mi circunstancia (Ortega). Y otras más que no por venir de gente presuntamente divertida dejan de serde lo más serio que jamás se ha dicho: Cuanto más conozco a la especie humana, más amo a mi perro (Groucho Marx) o Si Dios existe, espero que tenga una buena excusa (Woody Allen).

No dejan de ser sólo frases.

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El dibujo es la honradez de la pintura. Un no es tan erudito como para presumir de haber hallado esta frase leyendo a Eugenio D´Ors. Leía a Umbral y en uno de sus numerosos libros entreverados de memorias o ensayos éste  citaba al que fue llamado Xenius, hoy perfectamente olvidado. Sin embargo, caramba, qué frase tan sutil, tan expresiva. Mire usted, soy lo que soy, no pierda el tiempo en interpretarme -parece decir el dibujo en la desnudez de su trazo-yo  no pretendo engañar al que me mira con artificio alguno.

Le vino a la mente esta frase al bloguero porque se escapó de la ciudad y se vino al campo. Donde uno cree que está más cerca de lo que en realidad es la vida, y a donde cree que hay asomarse de vez en cuando para poner en su sitio a ese entramado de cemento, de pompas y vanidades, de ambiciones y frustraciones que habitan en la ciudad. Y así, en plan filósofo tipo Xenius, le dio por parafrasear.

-El campo es la honradez de la mirada.

Explicaciones: se contempla y, para empezar, distingues el cielo de la tierra, las caras de las distintas estaciones, la llanura de la montaña, el bosque del prado, el regadío del secano, el mar dorado de los trigales de la mar  salada y azul, toujour recommencé, que cantaba Valery (no se asusten, Le cimetier marin es el único poema suyo que recuerda el Duende, y se lo aprendió en sexto de bachillerato). Distingues las aves que vuelan del ganado que motea el paisaje. Y si te miras hacia dentro diferencias también en el alma las churras de las merinas. Qué buenos son los horizontes abiertos para meditar sobre qué eres, a quién de verdad quieres, qué es lo bello y lo feo, cómo la hermosura se pasea a nuestro lado y tantas veces pasa inadvertida, cuáles son los problemas reales de la vida, qué pintamos aquí, qué pensará Dios en este momento,  cuántas cosas superfluas sobrevaloramos, cómo nos olvidamos de otros detalles realmente importantes. Qué  relativo es todo. Y cuánto misterio. Y todo  se intuye  en el campo, donde el alma  toma distancias, suelta amarras y entre la quietud y el silencio derrama la honradez de su mirada.

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La honradez obligaba hoy a al campo a ser solidario con el estado de postración nacional. Se lo contó un pajarito a este duende.

-Han brotado las flores del almendo y se se han asustado..¿Pero qué país es este?, dijeron.

Y así están los emisarios de la primavera. Así pintan las flores del almendro y los botones amarillos de la mimosa, tímidos y asustadizos. Natural. Tanta crisis, tanta miseria, tanto abatimiento se respira en el ambiente, que hasta la naturaleza se ha contagiado y nos ha traído el invierno más extremo y seco que se recuerda en medio siglo. Otros años por estas fechas al menos al menos el pasto permanecía húmedo, y algo de verde alfombraba el suelo. Ahora lo que no está helado está frito por la sequía.

-Me llegaron a decir las flores –continuó el pajarito- que si lo llegan a saber, no nacen.

Lo cual que al Duende se le ocurrió que a lo mejor habría que decorar el escenario, y, para alegrar el ambiente, traerse esas Meninas corpóreas diseñadas por Manolo Valdés que se ven en algunas tiendas muy finas de decoración. Qué majas esas meninas, tan atentas y delicadas en su actitud, como cuidando con atención al personaje que tenían al lado en el cuadro y que ahora les falta. Habría que traerlas e instalarlas junto al almendro acojonado.

-No se asuste, por favor –le dirían – aguante usted con sus flores. Vamos a hacer todo lo posible por traer una primavera algo más decente que la que impone la crisis.

El campo, eternamente sacrificado, la honradez de su mirada. Menos mal que al final siempre acaba lloviendo.

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La página que nunca termina de pasar

Algunas páginas de nuestra historia pesan tanto que parece imposible pasarlas de una puñetera vez...

Cada vez que el Duende pasea por la Casa de Campo se acuerda de su amigo Antoñito, que fue el primer compañero de pupitre con el que le sentaron en el colegio. Antoñito era de Cádiz, y don Pedro, el profesor, decía que hablaba con lengua de trapo. Fue la primera vez que el Duende escuchó esa expresión, lengua de trapo. Y le hizo gracia. Tanta como le hacía Antoñito, que vestía un jersey rojo en la época en la que la mayoría íbamos de gris o de marrón. A estos tonos la madre del bloguero  les decía “sufridos”, por lo bien que aguantaban los deshonores del desgaste. Con aquellos jerseys y pantalones sufridos parecíamos gorriones, cuando lo que apetece de niño es ser jilguero, también llamado sietecolores. El Duende odiaba el marrón, mucha España pobretona, dolorida y triste entonces, vestía así. Cuando ahora ve la serie Amar en tiempos revueltos siempre piensa que el estilista se ha pasado de optimista.

Pero a lo que iba, que pasea por la Casa de Campo y vuelve a su memoria Antoñito, que pertenecía a una familia aristocrática y acomodada. El 13 de junio, invitaba a a sus amigos a ese maravilloso bosque que rodea a Madrid por el oeste. Aparecía a la salida del cole un chófer con una furgoneta cargada con bolsones de pipas y patatas fritas, botellas de gaseosa y de orange -¡qué antiguo que da esto: aún no había asomado la Coca-Cola!-, cargaba a la pandilla y la dejaba en el campo. Una gozada de tarde. Aún se podían ver en el parque madrileño las trincheras de la Guerra Civil, y de vez en cuando alguien encontraba un obús por explotar, o unos casquillos de bala. Luego taparon las trincheras. O no. De vez en cuando se escarba y reaparecen. Qué espanto, ahora que ya no somos niños y sabemos lo que escondía aquella  guerra.

El padre de Antoñito era un falangista distinguido.  El Duende no era amigo del falangista, además ni sabía lo que significaba eso, sino de su hijo, que también le invitaba los jueves a ver la tele en su casa, porque en la del Duende no había llegado aún ese invento. El propio Antoñito sería luego un hombre de inequívocas derechas. No importa nada, sus vidas son muy distintas y ya apenas se ven. Pero cuando lo hacen hablan de otras cosas, se ríen juntos y se reconocen un recíproco afecto. El Duende le recuerda las excursiones a la Casa de Campo y él evoca al gato de la casa el Duende, que salía a parar la pelota como Ramallets cuando jugaban al fútbol por el pasillo.

Sin embargo el Duende está preocupado. Un amigo retoño del falangismo y un colegio marianista donde ambos recibieron educación religiosa. Lagarto, lagarto. En una de las dos Españas que, al decir de Machado, ha de helarnos el corazón, estamos marcados. O por lo menos eso se deduce de los medios que tan sabiamente manejan los que quieren la justicia a su medida. Por culpa de los chorizos de Gürtel, de los excesos del juez Garzón y de la incalificable conducta de unos delincuentes con alzacuello, en España parece que el único peligro son los falangistas criminales y los curas pederastas. Por las noches, el Duende sufre pesadillas. Sueña que todos los curas de su colegio le persiguen con la botonadura de la sotana abierta y babeando por los colmillos como macacos verriondos. Intenta  escapar angustiado, huye en la oscuridad, ve una luz al final del camino. Pero cuando llega allí se encuentra a Antoñito, tan gracioso, tan simpático y tan buen amigo, convertido ahora en un matón con camisa azul, el haz y las flechas bordados en rojo ayer y un pistolón al cinto.

-¡Ostras, Pedrín! –es todo lo que se le ocurre decir- ¿Pero no había quedado atrás todo eso?…

Menos mal que Pedro Almodóvar y los suyos han dicho que esta vez no pasarán. Pensar que muchos ingenuos creíamos que nuestros fantasmas  se habían disipado,  y que la página más penosa de nuestra historia había pasado definitivamente…

A los que quieren que seamos amigos no se donde…

Quieren ser amigos suyos en Facebook, pero no saben que el Duende no sabe cómo llegar allí...

Se imagina el Duende una plaza solitaria y tranquila. En el centro, quizás, un estatua de prohombre o de general decimonónico, porque los de este siglo y el pasado no están bien vistos.  También hay un olmo,  o uno de esos magnolios enormes como los de los Jardines de Murillo de Sevilla o la Explanada de Alicante, ¿Que son gomeros? No sabe uno, hay árboles que se parecen mucho. Seguramente un lado de la plaza lo cierra una iglesia, o el edificio del Ayuntamiento, o el de la Audiencia Territorial, con su reloj, como señalaba el poema de Machado. Tampoco importa que haya un templete para la banda de música, que le da mucho encanto a estos remansos urbanos. De repente aparece un hombre. Se sienta en el banco a esperar. Se mira el reloj de pulsera, confronta la posición de sus manecillas con las del de la torre. Se levanta, cruza la plaza, vuelve a mirar el reloj. Se sube  las solapas de su gabardina, se cala el  sombrero. Se sienta en un banco a esperar.

Por otro lado aparece una dama de buena figura, melena y largas piernas. Puestos a ponerle cara, le apetece al bloguero elegir la de Greta Garbo. Se detiene. También mira el reloj. Da uno pasitos hacia el pequeño jardín circular que rodea la estatua. Inspecciona con curiosidad las flores. Levanta la cabeza: el reloj de la torre ha dejado caer sus campanadas. Echa un vistazo al suyo propio, y después, más por hacer tiempo que por coquetería, abre el bolso, saca la polvera, se mira en el diminuto espejo circular, lo cierra. Se coloca el bolso en bandolera y después, con los ojos fijos en el suelo, anda veinte metros poniendo un pie tras otro, como cuando, de niña, echaba a pies para elegir sus compañeras de equipo de balontiro.

Por la esquina oeste de la plaza asoma otro. Este viene preparado para esperar. Primero da unos pasitos, pocos, se rasca la barbilla, resopla, se desatasca el oído con un pulgar, saca un pañuelo del bolsillo, limpia sus gafas. Se dirige a otro banco, se sienta en él, abre el periódico que traía bajo el brazo y se pone a leerlo. Lo mismo puede estar informándose de que la Wermacht ha ocupado Polonia que del trasplante de cara que se acaba de hacer en el hospital Vall de Hebrón. La plaza es un lugar en cierta manera soñado, intemporal y evanescente.

Entretanto ha ido cayendo la tarde, y la plaza se ha llenado de gente. Todos parecen esperar a alguien que no llega nunca. Muchos fuman cigarrillos, y nadie les mira mal. Sí, definitivamente es una estampa del pasado. Lo advierte el Duende porque tampoco nadie ha sacado de su bolsillo un teléfono móvil, que es lo primero que hace ahora la gente cuando acude a una cita y el otro no ha llegado. De repente, la cigüeña  que anida en la espadaña de la iglesia se ha puesto a crotorar. Todos levantan la vista. Y alguno se atreve a romper el silencio y, después de comentar lo curioso que es el crotoreo de la zancuda, pregunta.

-¿Y a quién esperamos?

Nadie responde. Sólo el Duende sabe que le esperan a él. Clavada en uno de los muros de la esquina de la plaza, hay una chapa  que reza: Facebook. Todos los allí reunidos han mandado mensajes al Duende  diciendo que quieren ser amigos de él precisamente ahí. Pero el Duende no sabe cómo se llega, y se pregunta por qué hay que ejercer la amistad precisamente ahí, con la cantidad de lugares que hay para encontrarse.

Y quería decírselo en este blog, para que no crean que no aprecia su amistad, o que es un tipo mal educado. Es simplemente antiguo y poco dado a aventurarse por lo desconocido.

Cosas gratas que hacer para empezar el día

Sería curioso un estudio sobre qué es lo primero que se le pasa al individuo por la cabeza cuando empieza su jornada. ¿Un recuerdo, un propósito, un repaso de la agenda, un  suspiro de resignación, una esperanza, la percepción de un dolor?. Hubo un tiempo en que el Duende rezaba, pues así le educaron en el colegio. Lo primero al despertar, decían los padres marianistas, encomendar el alma a Dios.  Uno se acostaba con Dios, con  la Virgen y con el Espíritu Santo y se levantaba con ellos. Aunque, no se sabe por qué,  luego le acostumbraron a que, por la mañana, rezara el Bendita sea tu pureza, una oración que pocos conocerán ya en esta España laica. Dios y la Santísima Trinidad eran de todas la horas, pero la Virgen parece ser que era más matinal. Iba más con la atmósfera limpia, transparente y luminosa que, al menos por el Valle del Tiétar se han vivido estos días de Semana Santa.

No recuerda el bloguero qué fue primero esta vez. El viernes santo había revivido una experiencia singular, tan sencilla e inocente como repleta de emociones y de sensaciones de infancia. Había sido invitado por sus amigos Ramón y Ana a comer en la casa de una finca que es como lo fue el Monte el Rincón, el solar de su niñez. O sea, en lugar del sur de Avila , el norte de Cáceres, pero el mismo encinar, la misma dehesa y el mismo valle del Tiétar tan sólo diez o doce kilómetros más abajo. Y sobre todo, la misma vista de  Gredos, con el pico Almanzor ahora más a la derecha del observador. El Almanzor regio, imponente, recortado con sus  cejas y sus guedejas blancas de nieve contra el cielo azulísimo depurado por un vientecillo fresco del norte. El campo de estas dehesas ganaderas es cuando ha brotado el pasto de primavera particularmente manso y amable. Todo caminar por él en esta época es una pura delicia, pero Ramón quiso añadirle un encanto más. Enganchó uno de sus caballos a un moderno carricoche de cuatro ruedas con suspensión y freno hidráulico y, como si fuéramos los invitados de otro siglo,  nos paseó por un camino como el que evocaban el poema de Machado: Yo voy soñando, caminos de la tarde/Las colinas doradas, los verdes pinos, las polvorientas encinas/¿A dónde el camino irá? A decir verdad, las encinas, recién lavadas por unas lluvias como no se recuerda igual, no estaban polvorientas, sino lustrosas. Pero  la tarde se hilvananaba con otros versos del poema: Y el camino que serpea y levemente blanquea/ se enturbia y desaparece… No desapareció esta vez. Al revés, reaparecía. Pasear por la dehesa en coche de caballos a un trotecillo ligero  sin ser observados más que por las vacas que pastaban y las cigüeñas que por allí picoteaban le retrotraían a la sencilla felicidad de otro tiempo, y daban  a este viaje a los sentidos un valor muy especial en el placerómetro del Duende.

Y si  embargo, no fue este recuerdo lo primero que llamó su atención a la mañana siguiente. Ni tampoco la oración, o la obsesión por cumplir un compromiso, o un dolor de cuello por haber dormido mal. La mente es caprichosa. Y los auriculares que uno se pone para escuchar el MP3 también. Harto de que se le escapen los modelos muy variados que ha ido comprado el Duende para escuchar música, estrenaba unos de silicona que, a decir del vendedor, eran los que mejor se ajustaban a su peculiar pabellón auricular. Iba a desayunarse escuchando, quizás para evocar el grato paseo de la tarde anterior, la Sinfonía Pastoral de Beethoven. Leches. O, mejor dicho, café con leche, que fue donde cayó el dichoso auricular de último diseño. El hombre propone y la tecnología dispone.

Y eso fue lo primero que uno hizo en la bonita y también soleada mañana del sábado santo de 2010. Sacar del fondo de la taza de café con leche un auricular de silicona y tratar de salvarlo de la ruina por accidente. Hay otros empeños más espirituales y nobles para empezar una mañana como esa, pero no se debe olvidar que uno, ay, es un pequeño juguete del destino.


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