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Cariño, no me tomes en serio

Esas enfermeras y auxiliares que le tratan a uno con tanto cariño...

Esas enfermeras y auxiliares que le tratan a uno con tanto cariño…

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La verdad es que la enfermedad le había dejado a Gustavo hecho una birria. No era ya asimilar que empezaba la cuenta atrás, es que se miraba al espejo después de salir de la ducha y no podía ser misericordioso consigo mismo. Se veía como un ser con los ojos tristes, pálido y con la piel seca y agrisada. Como para inspirar compasión en lugar de pasión, vaya. Su Maripi del alma, una gaditana guasona y mordaz que era la madre de sus hijos lo resumía con una metáfora no precisamente delicada.

¡Zi te ha quedao como un bacalao, quillo!…

Podía haberle dicho que parecía un monje de Zurbarán, por ejemplo, que resultaba más digno, pero ella era ocurrente y deslenguada. Sólo le faltó añadir que se trataba de un bacalao en salazón, y no del fresco, que carece de los nobles matices de los personajes del pintor extremeño.

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Acostumbrado al amor rudo de Maripi, un gracejo natural envuelto en papel de lija del 9, no pudo sustraerse al encanto edulcorado del personal femenino del hospital donde lo trataron. Todo lo que en su mujer era cáustica ironía, se convertía en deseos de agradar perfumado de cursilería en las enfermeras y auxiliares que le sometían a análisis, punciones, pruebas radiológicas y demás tratamientos que llenaban su agenda

-Hola, Gustavo, cariño –le recibían con una sonrisa -¿Cómo te encuentras?

Gustavo se encontraba regular, y, sobre todo, incapaz de seducción alguna. No obstante las sonreía a todas con buena voluntad. Sus intenciones eran buenas, pero con su cuerpo escuálido en calzoncillos, calcetines y zapatos, y envuelto en esa ridícula bata de papel que le ponían antes de pasar a la cámara donde le hacían las perrerías de rigor, parecía una marioneta triste y tonta, de esas que se llevan los estacazos del Gorgorito de la función.

-Apoya la cabecita aquí- le decía la melosa auxiliar- Luego estira los bracitos y cuando se encienda la luz roja no respires, cariño.

Gustavo aprovechaba el tiempo de las pruebas para cerrar los ojos y soñar qué pasaría si el abundante cariño que le prodigaban fuera real.

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Poque esto t´ha pasao por el fumeque- le espetó Maripi en la sala de espera la primera vez que aguardaba turno para su TAC pulmonar- Tú pensaba que yo no dehaba fumá porque me ajumabas las cortinas y quedaba el pestaso del tabaco en el zalón, pero lo hacía por tu salú….Lo que pasa es que como has hecho toa tu vía lo que te ha zalío cohone, pue ezo….

Gustavo aguantaba los sofiones de Maripi con estoica resignación. Pensaba que su santa era un corazón de oro lamentablemente carrozado en un erizo. Una hermosura como la flor del cactus.

Mi que te lo avertía…-insistía la mujer como si la enfermedad hubiera sido un capricho de su esposo- ¿No murió tu padre de cánce de purmón?…Pue ezo mismo te va a pasá a ti como no dejeh er tabaco…

Gustavo callaba como un niño regañado. Disimulaba mirando el reloj mientras resoplaba esperando con ansiedad que por los altavoces citaran su número para pasar a talleres.

¡Ea, pue aquí estamos!…-concluyó Maripi mientras le pasaba un peine sobre sus cuatro pelos para adecentar su aspecto- Y a ver si te pones un poco más curiozo pa venir al hospital, que no está pa prezumir…

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A medida que se prolongaba el tratamiento de Gustavo, y convencida de que bastante tenía ya con la que le había caído encima, Maripi templó su carácter y trató de suavizar el asperón de su lenguaje. No lo bastante como para que no fuera haciendo mella en el su marido el contraste de quienes le atendían en el hospital como si en lugar de un sesentón desmedrado fuera un pequeño príncipe.

-Hola, cariño- le recibía la amabilísima enfermera de turno mientras le daba la bata de papel con la que debía disimular su impresentable desnudo- ¡Qué guapo estás hoy!…Ahora te pones esta batita, y cuando te llamemos te tiendes en la máquina y extiendes los bracitos…

Los brazos eran bracitos. Las piernas, piernecitas. La mano donde le clavaban la guía para suministrarle el contraste, manita. Poco acostumbrado a estas lindezas,  la auxiliar enseñada para que  su enfermedad no se convirtiera en un Calvario, que en principio era una mujer insignificante, le empezaba a parecer a Gustavo una Ingrid Bergman o una Audrey Hepburn tan buenas enfermeras en las películas que recordaba de su infancia.

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No tuvo por tanto nada de extraño lo que ocurrió en el día N de su largo protocolo de tratamiento, cuando el flaco y apergaminadísimo Gustavo, haciendo caso omiso de Maripi, ni había pasado por la peluquería, ni se había afeitado ni tampoco había recortado los flecos de su bigote y los pelos que anidaban en sus oídos y en sus pabellones nasales.

Ojú, Gustavo- le dijo Maripí al verlo, entre el reproche y la risa- ¡Hoy pareces er Tempranillo despué de tre semana de calabozo!…

Daba igual. Cuando traspasó la puerta de Radiología Oncológica convencido de que su cuerpo y su cara eran los de un fantoche, allí estaba la encantadora de turno ofreciéndole su bata de papel plegada.

-Hola, cariño- le dijo una cuarentona rubia de frasco que se le antojó guapísima señalándole la puerta de un diminuto vestuario- Ahora te quedas en calzoncillos y calcetines, te pones la batita y esperas a que te llame.

Gustavo era un buen enfermo, y, como de costumbre, hizo lo que le mandaron. La única diferencia es que esta vez cuando la cariñosa de turno le formuló la pregunta ¿estás listo, cariño?, él dijo que sí, ella abrió la puerta del diminuto vestuario y se encontró con que el enfermito con la batita puestecita, creyendo que lo del cariñito iba en serio, se abalanzó sobre ella y le plantó un besito a tornillito en la boquita.

El escándalo en el hospital fue enorme. La enfermera se quejó al jefe de servicio, Maripi intervino para echar la bronca a la enfermera por pasarse de zalamera, a su marido por perder los papeles y a todos en general, y tuvo que aparecer el Director del Hospital para pedir calma, aplacar los ánimos y conseguir que se finalizaran las pruebas aclarando que, sin perjuicio de las acciones legales a que tuviera derecho la auxiliar acosada.

Mientras Gustavo extendía sus bracitos para que le escanearan su cancerito otra vez, aguantaba la risa pensando qué podía significar una raya más para un tigre. Y se preguntaba  por qué la únicas mujeres que le habían llamado en mil ocasiones cariño,  le armaron la mundial cuando, viendo que ya no le quedaba tanto para demostrarlo, por una vez se lo había tomado en serio.

 

 

 

 

 

 

 

La aplicación deseada

Los ingenuos esperamos que el derroche de tecnología de nuestros teléfonos móviles nos resuelva hasta los problemas más peliagudos...

Los ingenuos esperamos que el derroche de tecnología de nuestros teléfonos móviles nos resuelva hasta los problemas más peliagudos...

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Cómo encajar  razón y sentimientos. Siempre abierto a la radio, escuchas que unos suecos de esos que invierten su esfuerzo en investigaciones exóticas han llegado a la conclusión  de que hay 187.000 maneras de hacerse el nudo de la corbata. Lo cuenta Manuel Toharia, que trata de explicarlo apelando a los algoritmos. No entiendes nada de algoritmos. En tu doliente pasado escolar por las ciencias exactas nadie te habló de algoritmos. ¿No existían entonces? ¿Te parecían tan inasequibles las matemáticas que te dormías, y aunque te hablaran de algoritmos estos volaban por encima de tu pequeño cerebro? No lo sabes, y te molesta.

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Ahora los algoritmos aparecen  con cualquier pretexto, y no pudiendo explicar nada de lo que pasa en tu vida a base de ellos te sientes un poco cojo, sordo, manco, ciego. Un poco tonto. Tu explicación del problema hubiera sido esta: partiendo de la base de que sólo hay dos tipos de nudos, el de una vuelta y el doble, que unos llaman Winston, otros Windsor (por Eduardo VIII, luego Duque de Windsor) y otros Wilson (por Woodrow Wilson, presidente de los Estados Unidos, que lucía un corbatón de grueso nudo en todas las fotos), el experimento sólo es posible juntando 93.500 corbatas distintas y haciendo con ellas primero el nudo simple y luego el nudo doble. Y de cada corbata se contabilizará una manera distinta de hacer el nudo de la corbata, pues cada una de ella es capaz de dos versiones. Es una soplapollez, pero no menos para ti que el algoritmo, que no te lo explicaron en el cole, y que si te lo explicaron daba igual, porque estabas mirando a las musarañas.

Mirabas a las musarañas porque entonces no estudiaban niñas en tu colegio. Aun así fueron miradas fracasadas, porque jamás viste una. Es más, ni sabes qué cara tienen.

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Esta estúpida disquisición sólo ilustra tu despiste tradicional a la hora de empuñar la pluma –lo de la pluma es un decir, ya sólo la utilizas para cartas de amor a Audrey Hepburn o así- y ponerte a escribir. Escribes de lo que ves, de lo que sueñas, de lo que te hace reir o llorar, de lo que te llama la atención. Quisieras que cada una de tus entradas en este blog  solucionaran algo a la humanidad, pero no  crees que sirvan para redimir muchas miserias.  A lo mejor deberías de llevarte el ordenador a un garaje y parir allí, dado que desde Bill Gates a esta parte parece que todo lo que conmueve al mundo (los inventos  de Jobs, Zuckerberg y Jan Koum, por ejemplo) no nacen en un laboratorio ni en un cuarto de baño, sino en un garaje.  Se ve que la chispa del genio es muy suya.

Estos días fue noticia la  superferia del teléfono móvil que se celebra en Barcelona. Triunfan  las llamadas “aplicaciones”. Una señora le contaba a Carlos Herrera que su hijo había descubierto entusiasmado una aplicación que reproduce todo el repertorio de pedos del que el cuerpo humano es capaz. Eureka. En el Telediario también mostraban unas gafas misteriosas conectadas con la telefonía móvil que te permiten mirar a una persona y escuchar por un auricular su ficha personal. Te sientes más paleto que Martínez Soria en La ciudad no es para mí.  Te quieres morir.

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Pero no te quieres morir sin saber un poco, un poquito más de este mundo. Observas que cada día te detienes más en las pequeñas naderías que te entretienen, en el confeti de la vida. No es serio. Considerando lo jodido que es vivir para tanta gente no es serio que le dediques tanto tiempo a las cosquillas improductivas. Quieres ser más razón práctica que filigrana intrascendente. Necesitas una aplicación: un inventito de éstos que te avise de cuándo debes regar este blog de asuntos digamos “razonables” y cuando puedes perderte en delirios sentimentales. La gente quiere saber, y probablemente para que lo que aprende le sirva de estímulo o al menos de bastón para hacer su camino. Considerando que todos los inútiles os consideráis poetas, y que los poetas no dan de comer, sería deseable que de vez en cuando escribiera de algo realmente interesante para sobrevivir.

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Entretanto –esta entrada se escribe en varias entregas, por líos diversos que no vienen al caso- descubres la silueta de una pequeña araña en la pared de tu despachito. Piensas que  no es bueno convivir con ella, así que la coges entre el pulgar y el índice e instantáneamente te surge otra duda más: un hombre sensible y civilizado ¿debe matarla y depositarla en el cubo de la basura, sección sección residuos orgánicos, o, por el contrario, invocar los derechos de los animales y preservar su vida?…Decides esto último, así que abres la ventana y la lanzas al exterior, convencido de que su propia levedad  hará de paracaídas y le permitirá aterrizar en el pinar de abajo para iniciar una nueva vida en un hábitat más apropiado.

Luego te bajas al garaje, para ver si te salta la chispa. Lo encuentras oscuro y frío, ahí no hay manera de crear  nada. Además, como llevabas la radio en el bolsillo te enteras de la muerte de Paco de Lucía. La Parca implacable, que es  la única que no sabe lo que es el paro. Querías ser un hombre razonable y práctico, pero, a la espera de que alguien ponga en marcha la aplicación soñada, sólo se te ocurre acabar este post suspirando de pena. Como cualquier guitarra de las muchas que hoy se quedan huérfanas del genio.      

Cómo repartirse en Navidad

A todos los que de verdad quieres te gustaría regalarles un cuadro como este y unas palabras de cariño. En Navidad, o en cualquier otro momento al que podamos trasladar la Navidad...

A todos los que de verdad quieres te gustaría regalarles un cuadro como este y unas palabras de cariño. En Navidad, o en cualquier otro momento al que podamos trasladar la Navidad…

Dedicado especialmente a Inés, Angeles A., Zoupon, José Ramón, Acacia, Adela, Atticus, Capotegui, Ignacio, Catali, Alejandro S. Pablo de la T., Belén C.T., Bachí, Monti, Maribel, Lola y Frederic, Silvia, Pemberton, Quico, Cocoliso, Eduardo S., Eduardo G.A., Julio S., Charo, Cristina V., Joselepapos, Franciska, Aldara, Ana María F-F, Betanzos, Alicia M.P., Araceli, Forges, Rosi, Lola du Puit, Begoña O., Begoña Y.,  Javier S-M., José P.R., Belén A., Palinuro y Palinurova, Josepedro, Lucila, Manolo, Camiseta, Paloma, Lucila M.G., Candil, Angela, Nefausto de la Alcarria, Espiga, Pilar V., Julia, Pedro Azorín, Ramón de M., María B., Cristina P., Dolo, Mariquilla , Ata y Toñi Argenta, Nacho y Roselia, Nicolás S., Mariuca, Fernando B., Marta C., Isabel T., Cristina G.O., Nillo,Vitín y María José, Javier y Marta, etc, etc…

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No lo puedes evitar en Navidad. De la misma manera que sigues deteniéndote ante cualquier escaparate que haya puesto su nacimiento –Peter Pan no muere nunca- te fluye la larga ristra de nombres a los que quisieras felicitar. Esta es una costumbre que, a fuerza de repetirse como mera fórmula de cortesía y de comercializarse después va cayendo en desuso. ¿Dónde quedaron aquellos christmas manuscritos que traía el cartero? Fueron barridos por los EMAILS y los SMS, pero después de saturar las líneas telefónicas hasta estos enmudecen.

Tempus fugit- piensas en voz alta.

Y vuela a tal velocidad que, cuando alguien eche en falta tu llamada o tu mensaje cariñoso ya se habrá echado encima la primavera. Acaso será entonces demasiado tarde para que nadie te lo tenga en cuenta, aunque eso tampoco te consuele ahora.

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Los nombres de tus familiares, con la extensión inacabable que ese término puede abarcar. Los de tus amigos, los de tus lectores, los de quienes te han ayudado durante este año agridulce (más dulce que agrio, en el balance final). Los conocidos con peor suerte que la tuya, que agradecerán cualquier interés por su persona. Se ha espolvoreado tanta azúcar escarchada sobre el sentido humano de la Navidad que hasta puede empalagar una pizca más, pero tú eres hijo de tu tiempo, y quieres vivir tu cuento de Dickens y tu película de Capra.

Se dice ahora que la Navidad en España se alarga demasiado. Que la intensidad de las reuniones familiares deriva a menudo en bronca con los hermanos o los cuñados. Que cada año son más los inconoclastas que abominan estas fiestas y sus celebraciones. Hay quien no puede superar la alegría por decreto, el estress de cumplir todos los compromisos sociales y, sobre todo, el factor melancolía. Lo entiendes: a ti también te ataca. Sin embargo no lo bastante para enterrar definitivamente esa ilusión que olía a musgo del nacimiento, al fuego de la chimenea  y al pavo que se asaba en el horno mientras por la radio sonaban villancicos y tú garrapateabas la caligrafía más importante del año.

-Queridos Reyes Magos…-empezaba diciendo tu carta.

No sabes por qué este subidón de ternura te tiene que dar precisamente ahora, si el año tiene trescientos sesenta y cinco días para que aparezca y alegre lo que normalmente es aburrimiento y rutina. Por qué concentrarlo todo en un par de semanas de luces y confetis. Sin embargo tú también sucumbes a la tradición. Porque se acerca la noche mágica y te dan ganas  de cargar tu mochila de buenas intenciones y de visitar a todos tus seres queridos para ofrecerles tu particular turrón.

Regalarles al menos un momento de palabras cálidas.Turrón de afecto por Navidad.

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O sea, preparas tus mensajes. Oye, tú, que va a ser Navidad, y quería decirte que no olvidaré nunca lo que te has preocupado por mí. Oye, tía, que se que estás llorando por dentro, pero arriba ese corazón, que te queremos. Oye, pedazo de agnóstico, canta conmigo, que si la historia del niño de Belén no e vero, al menos  e ben trovato. Oye, amigo, que a mí lo de entrar en intimidades me da una vergüenza que te cagas, pero que quiero agradecerte tus llamadas, tu mano, tu compañía. Oid todos: los que me apreciáis y me soportáis, los que me dais todo lo que yo no sé dar, los que me animáis, los que me leéis, los que me hacéis creer más de lo que soy. Los que os vais a alegrar al saber que la oncóloga ha dado por buena mi ITV tumoral, y a vivir que son dos días…

Cuántos pedazos de turrón sentimental por repartir a tiempo.

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Reconoces que te encantaría tener don de la ubicuidad. Mientras te balanceas con un pie en la realidad y el otro ya en el sueño se te presenta  inopinadamente  una especie de elfo, te arrebata el teléfono y comienza a manipularlo.

-¿No conoces la nueva aplicación?- te dice mientras desliza su dedo por uno de esos comandos imposibles para ti.

Tú ni siquiera tienes claro lo que es una aplicación. Forma parte tus arcanos contemporáneos: aplicaciones, drones, configuraciones, programas, redes sociales, cyberbullying, trending topics, fu, fu, lagarto, lagarto. Le preguntas al elfo quién es y para qué sirve la nueva aplicación.

-Pon que soy el Duende de la Navidad –dice para tranquilizarte- La aplicación se llama Chrisor, acrónimo de Christmas on Request. Sí, ya se que te indigna que no se diga en castellano –añade al comprobar que frunces el ceño- pero no vamos a cometer la paletada de que lo entienda cualquiera, y, naturalmente, lo decimos en inglés…La cosa funciona así, primero abres el calendario, y fijas la echa y la hora. Luego introduces el nombre de la persona a la que quieres tu momento cursi y tal, una chorrada propia de la gente de tu generación…Y finalmente, si eliges la versión VIP hasta puedes elegir el escenario de tu conversación….Entonces das al comando de Chrisor el 12 de junio, por ejemplo, y en un pispás haces un viaje astral al lugar elegido y te encuentras con la persona querida en torno a un café con polvorones, o un vino con gambas, o una copa de cava con turrón, según lo que hayas pedido al camarero virtual…

Le pediste entonces una prueba con Audrey Hepburn, una de tus debilidades eternas, y en un seis de agosto, que ni ella ni tú tendréis nada mejor que hacer, seguro. Propusiste un café junto al estanque del Retiro, que lo tienes tan a mano. Y, efectivamente, el duende de la aplicación actuó y allí apareció ella en su esplendor. Te dejó tan cortado que sólo supiste sonreír y decirle feliz Navidad, aunque fuera agosto. No hacían falta más palabras, porque la emoción iba por dentro.

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A propósito, por fuera el milagro sí que había tomado el cariz de cuento de Navidad, pues aunque era verano los árboles estaban desnudos, y había muchos patinadores deslizándose sobre la superficie helada del estanque, como si aquello fuera un cuadro de Brueghel. Por allí aparecían también Bing Crosby y Danni Kaye cantando Navidades Blancas sobre un trineo tirado por renos, y el pavero que veías de pequeño en la Plaza Mayor conduciendo su tropa de pavos negros con su moco rojo, tal que un ramito de bolas de acebo colgándoles por encima del pico, y los Reyes Magos, y los Niños Cantores de Viena entonando el Noche de Paz, y la Niña dela Puebla cantando Los campanilleros, y Bach dirigiendo su Cantata de Navidad en el rincón del embarcadero, y  un Misterio en otra esquina en el que la mula y el buey se ayudaban de una estufa para calentar al Mesías. Mas otros personajes que ya no están, pero que en realidad no se mueren nunca, como tu amigo Félix, o tu hermano Carlos, o Antonio A.L., o Cuba, o Fernando Argenta. Y así más y más pinceladas entrañables de Navidad.

Todo no podía ser tan maravilloso. A la estampa se sumaron de repente Raphael, la Caballé y los demás perpetradores del spot de la Lotería cantando su cursilada de villancico. No pueden dejar de dar la murga. Pero entonces el hielo se resquebrajó bajo sus pies, y todos se hundieron.

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Sabes que no pegan las maldades en Navidad, pero tú te excusas, es una trastada tuya y del elfo éste que se ha empeñado en mostrarte la aplicación Chrisor. Entre duendes anda el juego. La cosa es que así, con esta virguería de la tecnología, vas a poderle dar a cada quisque querido su pedazo de turrón sentimental. El próximo, empezando por orden alfabético invertido, a Zoupon, a quien estás deseando conocer para expresarle la misma gratitud que hoy ofreces al que se asome a este blog.

Felices Pascuas a todos. Prometes hacer lo posible para que la aplicación Chrisor, Cristmas On Request, sea algo más que un cuento de Navidad.

Píldoras para un lunes

Cada lunes deberíamos de buscar algún pequeño motivo para no vivir cabreados el resto de la semana...

Cada lunes deberíamos de buscar algún pequeño motivo para no vivir cabreados el resto de la semana…

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Quién entiende los estados del alma. Por qué te levantas triste o preocupado una mañana y otra en cambio saltas de la cama y ves la vida, si no de color de rosa, al menos amable, tentadora, como deseosa de que salgas de casa, eches a andar y te integres en un paisaje rústico o urbano que apetece pasear.

Piensas si será cosa de las serotoninas. Hablan mucho de ellas. Tú no tienes ni idea de lo que hacen en tu organismo, pero bienvenidas sean si te traen sensaciones como las de esta mañana. El día despertó resplandeciente. Te asomaste al balcón según tu costumbre. Te gusta observar cómo el sol se sigue desplazando a tu derecha buscando el solsticio de invierno. No es nada extraordinario. Sería más hermoso despertar y ver sobrevolando los tejados de Madrid a Audrey Hepburn alada –porque sin duda es ahora una ángel- que se te acerca para consultar qué te apetece desayunar.

-Cualquier cosa –le dirías- Pero con un café, un zumo de naranja una torta de aceite de Inés Rosales servido por ti me sentiría en el cielo.

Tampoco hay que ponerse en novelero cursi. En realidad tienes más que bastante con poder controlar desde casa  los amaneceres y las puestas de sol sobre tu ciudad. Oficialmente vives en un barrio obrero, pero cuando te levantas con buen pie y ves un bello despuntar del día te crees multimillonario.

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Te atormenta la aldea global con la pésima noticia del día, que es el tifón de Filipinas. Entonces valoras aquello de lo que tanto quejas a menudo, que es vivir una vida en la que casi nunca pasa nada relevante, ni para bien ni para mal. No te cayó en suerte el sorteo de Euromillones que jugaste –cosa insólita en ti- hace dos semanas. Pero tampoco te engulle la tierra ni te barre el viento, como les pasa a menudo a hermanos de continentes lejanos. Es otro aurea mediocritas que agradeces muy sinceramente.

También valoras lo que ves bajando la mirada al parque que se extiende a tus pies. Aunque Madrid padece una severa huelga de limpieza, tú observas el verde que abarcan tus ojos y milagrosamente no ves ni una papelera derramada ni una sola bolsa de plástico volando entre los plátanos y los pinos. Los piquetes y los vándalos vuelcan su furia en otros barrios céntricos y elegantes donde saben que su impresentable proceder es más rentable, porque  causa más alarma social.

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Avispas en tu conciencia no faltan nunca. Pero lo que decías al principio, quién gobierna los estados del alma, y por qué incluso entre tantas razones para la consternación puedes  aliviarte con una píldora de felicidad. Estabas escribiendo estas líneas cuando te llama una amiga para invitarte a una fabada. No puedes negarte. Cuantos más días vives, más te convences de que la vida, siendo a veces una putada, está llena gratos momentos que hay que guardar en los bolsillos de la memoria.

Ánimo, que están al alcance de casi todo el mundo.

Hoy como ayer

Creías que tu enfermedad te lo iba a cambiar todo, pero etás comprobando que tus vicios y debilidades permanecen hoy como ayer...

Creías que tu enfermedad te lo iba a cambiar todo, pero etás comprobando que tus vicios y debilidades permanecen hoy como ayer…

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Si quieres, puedes. Nunca has tenido demasiada fe en esta máxima. Te parece de escuela de negocios de tercera categoría, de filósofo de tertulia radiofónica, de aspirante a líder peinado con brillantina que pretende comerse el mundo o de magnate que ya se lo ha comido y pontifica sobre el éxito disfrazando sus dientes de lobo bajo una piel de cordero.

-Trabajo e iniciativa-suelen decir- Pero sobre todo, mucho trabajo. Ese es el único secreto del triunfo en los negocios,

Paparruchas, piensas. A cuántos habrás conocido que se han pasado la vida trabajando como castores y apenas habrán conseguido un mal pasar. No sabes por qué los triunfadores ricos se empeñan en limar importancia a su trayectoria. Casi les queda peor el intento. Parece que te dicen, mira yo soy un tipo normal, pero despabilado, y tú un tipo igualmente normal, pero tonto.

Quizás ahora, con las limitaciones que te impone la enfermedad,  lo que querías para tu retiro aún te queda más lejos. Pero algo de lo que eras te queda, sin duda.

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Por ejemplo, te has despertado con la esperanza de que te llamara una voz anónima, a ser posible femenina, y te recordara que el que tuvo, retuvo.

-Verá….Usted antes perdía alguna cosa en los autobuses, ¿no?

-Sí, era muy frecuente. Soy algo despistadillo.

-Bueno, pues ayer perdió un guante  en el trayecto de ida, aproximadamente a las 10, 45,  y una bolsa de Caprabo en el de vuelta, aproximadamente a las 14 h. Menos mal que como yo coincidí con usted en ambos trayectos y, como  soy una buena ciudadana,  le recogí el guante y la bolsa. Si le parece, quedamos en un café y le hago entrega de las dos cosas.

Esperabas que así fuera. Esperabas incluso que la ciudadana encantadora fuera mujer de buena presencia, atractiva, refinada, culta, de variada conversación y con propiedades en el Bierzo, que es una región no muy bien conocida por ti y por la que te gustaría viajar a fondo. Como era el vigésimo aniversario de la muerte de Audrey Hepburn creías que quizás por un capricho de la divina Providencia podría ser su misma reencarnación. Qué cosa tan cinematográfica, que Audrey se reencarnara en un autobús madrileño de la línea 138. Además era una Audrey muy despabilada, pues lo del guante no te importaba demasiado-aunque para qué demonios vale un guante viudo- y la compra del super se limitaba a una barra de pan y a unos fiambres. Pero héteme aquí que en la bolsa metiste también una carpeta de plástico en la que iba un certificado de la Agencia Tributaria reconociendo que tú, con tu nombre, apellido y dirección postal, estabas al corriente de pago de tus obligaciones fiscales. Era un papel cuya importancia ella, tan lista, sabía sobradamente. Lo demás fue leer tus datos, buscar tu teléfono en las Páginas Blancas y quedar como una chica de cine.

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Te has despertado con esa doble esperanza, pero la realidad te ha vuelto a poner en tu sitio. Has perdido el guante de piel de la mano izquierda y el papelín que necesitabas. Además, olvidaste precisamente la bolsa de Caprabo con el dichoso certificado en el asiento para levantarte a preguntar al conductor del autobús de vuelta si había una oficina de Objetos Perdidos de la EMT. Pensabas que a no ser que el que encontró el guante de la mano izquierda fuera un manco de la mano derecha, rara casualidad, a nadie le podría interesar el hallazgo, y por tanto quizás se lo hubiese entregado al conductor para que lo depositara allí. Pensabas todo esto mientras apuntabas el teléfono de este departamento y luego, sin volver la mirada a tu asiento, bajabas del autobús tan campante y confiado.

-A lo mejor hay suerte y los encuentras- suspiraste.

Pero ni te llamó  Audrey Hepburn rediviva, ni en la oficina de la EMT había depositado nadie objeto perdido alguno. Claro que no hay mal que por bien no venga. La experiencia te convenció de que tu tumor no te impedirá volver a ser el que eras.

Al menos en punto al despiste. Ahora sales a la calle con sombrero, para proteger tu calvicie del frío. Pero cualquier día te dejas la cabeza en el perchero, ya verás.

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Como poco a poco vuelves a ser el que eras, también has regresado al cine.

Antes de elegir película te gusta echar un vistazo al blog de Pepe García Berdoy, (44gb.blogspot.com.es) que hace  críticas sencillas y breves sin pretender dar lecciones de cine a nadie. ¿Por qué la mayoría de los críticos se empeñan en hacer alarde de su erudición, en lugar de servir de guías al profano? Entre lo que te cuenta Pepe y lo que te ha recomendado tu encantadora amiga Belén Agosti para animar tu lucha contra la tu bichito, eliges La vida de Pi, que es una película singular, deliciosa en su primera media hora, deslumbrante por la belleza de sus imágenes y algo tediosa a ratos. Y ahí sí que hay que lidiar con bichitos peligrosos.

Lo que más te admira de esta película no es la originalidad de la historia ni el asombroso maridaje entre la imagen real y los efectos digitales. Lo que te deja pasmado es que alguien Ang Lee, que es su director haya convencido a productor alguno para que invierta su pasta en una historia tan surrealista como difícil de filmar. Pensaste lo mismo cuando viste hace unos meses otra película interesante, La pesca del salmón en Yemen. Te acuerdas de tus sudores, cuando tenías que explicar ideas pintorescas en publicidad, y eso que no apurabas tu inventiva, y envidias a estos modernos genios que son capaces de vender hielo a un esquimal. ¿Hay algo más inimaginable que un proyecto para convertir el Yemen en paraíso de la pesca del salmón? ¿Y algo más imposible que un joven que se salva de un naufragio después de haber convivido en un mismo bote con un feroz tigre de Bengala?..

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Dice Jorge Edwards a propósito de la publicación de sus memorias Los círculos morados que o dejas de lado el pudor o no escribes. O no haces cine. O no llevas a cabo proyecto alguno. La sinceridad, cuando no el atrevimiento, la audacia o incluso la desfachatez, son el ADN del emprendedor moderno. Le echas una pensada a las palabras del escritor chileno, le das la razón y te convences de que nunca podrás escribir unas buenas memorias, por carecer de impudor. Menos mal que el propio don Jorge te da linimento para tu desánimo. Por lo general soy de temperamento optimista sigue contando- recupero la ilusión con cualquier cosa. Por ejemplo, me acaban de llamar para decirme que una mujer muy guapa quiere conocerme, y eso me pone contento.

Tú le contarías que Audrey Hepburn había resucitado para devolverte un guante y un certificado extraviados en un autobús. La idea también te ponía contento, pero casi sonaba más verosímil lo del salmón del Yemen o el naufragar con un tigre de Bengala. El maldito sentido del pudor, qué amargura.

VERANO III. De los titiriteros a Shostakovich

Aquellos títeres de verano no tenían ni el glamour ni el encanto que tenían los de la película Lilí…

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De repente una noche de verano aparecían los títeres.

Aquel aprendiz de contribuyente creía que los títeres tenían más lustre. Quizás había visto ya la película Lilí, y esperaba a la encantadora Leslie Caron bailando con Reinaldo, que era un títere humanizado, cosas del cine. Ay Lilí, ay Lilí, ailó, era lo que cantaban y luego repetíamos a coro después de ver la película..

Era una película muy cursi, pero bonita, de las que se quedan grabadas en la memoria. Al día siguiente de verla, el Duende se quería casar con la artista, o sea, con Leslie Caron, cosa que le pasaba cada vez que la heroína era guapa y le gustaba. Nunca se casó con ninguna. Ni con Leslie Caron, ni con Pier Angeli, ni con Audrey Hepburn, su favorita. Ni siquiera con Encarnita Fuentes, que era la protagonita de Recluta con niño, una de las películas más maravillosas de aquellas infancias. En la película, Encarnita hacía de ciega, lo que le añadía a su encanto aún más ternura. Además la actriz era española, como de Salamanca, lo que a priori le situaba más asequible. Pero nada, no la conoció personalmente, no dio con ella, no tuvo ocasión de declararse. Estaba de Dios que las artistas de cine no eran para él.

Aunque hablábamos de los títeres. ¿Quién puede imaginarse lo que era una función de títeres en aquel paraíso para las chicharras que era Arenas de san Pedro en 1953?

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Los títeres eran en la casa de Román. El Duende nunca supo quién era Román, sólo que este tenía una casa algo más aparente que las de entonces con una torre y un jardín muy simple:unos geranios flanqueando y una pista de tierra donde se celebraba la función. Allí, bajo la luz de una única bombilla un titiritero tocaba la trompeta y otro jaleaba a una cabra para que se subiera a un taburete. Eso eran los títeres. Sin Leslie Caron, ni muñecos humanizados, ni princesas, ni fantasías, ni nada que recordara a eso que después se llamó glamour. Los veía el Duende en una silla de paja de esas que usan las viejas de los pueblos para coser a la puerta de su casa. Como en tantas cosas en la vida, era mucho más la ilusión que la realidad. En realidad, los títeres sólo servían para que a los niños les dejaran trasnochar.

Unos cuantos veranos después apareció por allí Daja Tarto, nombre artístico de un tal Tortajada Ese sí que era un artistazo. Llevaba incluso un frac abrillantado por el uso, rompía bombillas y se comía sus añicos como si fueran cañamones fritos. Era el único fakir que el Duende conoció en su vida, pero en lugar de vestir como Gandhi se trajeaba como un gentleman venido a menos. Un toque de distinción. Por cierto, si las bombillas que se comía eran Osram quizás no supiera que su fabricante también enrevesó su apellido. Osram al revés es Marso, probablemente con acento en la ó, como el marido de Concha Velasco que en paz descanse.

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Qué locas noches de verano. Se acordaba de ellas el Duende mientras en la iglesia de Soto de Luiña, una pequeña aldea asturiana, escuchaba al cuarteto Arché interpretando el Cuarteto de los pájaros de Haydn y, más sorprendente todavía en un programa que uno hubiera presumido facilón, un cuarteto –precioso, por cierto- de Shostakovich, que no es precisamente José Luis Perales. El clero no siempre es partidario de la música clásica en las iglesias. A veces prefiere el guitarreo y los desafines en mi bemol mayor de las beatas, pero se equivoca, porque un buen concierto, aparte de envolverte en esa oración universal que es la inspiración de los genios, te ofrece el tiempo para estudiar detenidamente cada una de las imágenes, retablos, pinturas y símbolos que adornan los templos. Incluso puede proyectar las almas a las alturas, y dejarlas a las puertas del cielo. No es mala ayuda para quien busca la fe. Quizás por eso el público escuchó al cuarteto Arché con una devoción y un respeto imponentes.

El bloguero, además, reflexionaba y comparaba con aquellas lejanas noches de titiriteros. Cuánto han cambiado España, cuánto la sensibilidad popular. Cuánto él mismo, observador de veranos, y cuánto sus propios gustos. Ahora en este país casi todo es sombrío, pero en algunos aspectos podría decirse – y perdón por la provocación- que estamos mejor que nunca.

No te mueras nunca, Audrey

Cada vez que queremos huir de la nostalgia, regresa Audrey Hepburn y vuelve a atraparnos...

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La nostalgia será un error, cierto. Y sólo mirar adelante tiene sentido. Pero el caso es que despierta uno este domingo dispuesto a la catarsis necesaria y  lo primero que escucha es la voz de Audrey Hepburn recién salida de la ducha cantando Moon River.

 Ya lo ha señalado este bloguero en otras ocasiones, es una de las escenas de más ternura que recuerda en la otra vida que era el celuloide. Ella allí, en albornoz, sentada en la escalerilla de incendios de un bloque de Manhattan, abrazada a una guitarra mentras encandilaba al universo con su cara de ángel, si es que los ángeles tuvieran sexo. Ella allí y el Duende joven aquí, tan lejos de cualquier paraíso, en el insignificante Madrid de la época, casi imberbe, estudiando ese coñazo inmisericorde que se llamaba Derecho Procesal mientras perseguía la sombra huidiza de las muchachas en flor. Qué injusticia. Para qué carajo quería uno el derecho procesal cuando lo que necesitaba era salir con ella.

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La inmortal Audrey anunciaba que EL PAÍS regalará durante los domingos que haga falta las mejores películas de nuestra época, las indispensables, las que, entre otras cosas, nos hacen pensar en los momentos de debilidad que no todo cualquier tiempo pasado fue peor. Hepburn, Peppard, Blake Edwards, Henry Mancini, Desayuno con diamantes. El desayuno del bloguero no llega a tanto. Un café, unas tostadas y unas cuantas ilusiones.

Entre ellas, la de desembarazarse definitivamente de cualquier compromiso sentimental con el pasado. Tirar por la borda todo lo que ya no puede ser. Pero va la SER y para arreglarlo lanza a Plácido Domingo cantando Maitechu mía, una de las grabaciones contenidas en el doble CD de melodías eternas que no debemos dejar de comprar.

Joder con la modernidad. No las tiene todas consigo, y al cabo casi recela tanto como este bloguero de lo que está por llegar. Tanta apología del futuro para acabar sujetándonos con los lazos de siempre. ¿No será otra milonga?…

Por si acaso, please, Audrey, no te mueras nunca.


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