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Vuelva a amar a 110 kilómetros/hora

Una limitación de velocidad puede ser una magnífica oportunidad1

Guapo, rico y distinguido, Polín (nacido Policarpo) no concebía otra cosa que vivir a toda velocidad. Así que una vez cumplidos los años reglamentarios para sacarse el carnet de conducir, apuró al máximo el par motor de todos y cada uno de los coches que papá ponía a  su disposición y lo pasó pipa.

-¿Te vienes a merendar al Escorial?-le decía a Pilu (nacida Pilar, de ahí Piluca y de ahí Pilu) a la salida de la Facultad.

Y Pilu no sabía decir que no. Polín erea alto, de cabello castaño y de ojos verdes. Se daba un aire con James Dean y lucía gafas Ray Ban. Además, en los guateques sacaba la guitarra y cantaba cosas de los Brother Four, de Gilbert Becaud y de Domenico Modugno. Pilu no sabía resistirse.

Aunque una vez en el coche, Polín pisaba a fondo el acelerador, cambiaba de velocidad diez veces por minuto aproximadamente, ponía la vista en la carretera y no decía palabra hasta que llegaba al Escorial, a La Granja o incluso, a un asador de Tordesillas donde hacían un cordero estupendo y siempre le recibían como tanto le gustaba.

-Don Polín, qué alegría volver a verle. ¿Su mesa de siempre?

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Por las manos de Polín pasó un 600 preparado que era de lo más. Y luego un Renault Daphine Gordini al que pronto llamaron el coche de las viudas, por lo potente que era su motor y lo juguetona que era su estabilidad. Y luego un Mini Cooper, y un SEAT 124, que a mediados de los sesenta arrasó entre los chicos bien con posibles. Hasta que, visto que Polín cumplía como retoño de oro, había acabado su carrera, obtenido un master en Inglaterra y se `perfilaba como digno sucesor de Papá en la poltrona presidencial de La Espléndida, Compañía de Seguros,  éste le regaló el descapotable que marcaba el top del pijerío: un Morgan de color verde inglés.

Eso sí, hijo-precisó don Policarpo padre por justificar el detallito-Que la velocidad no te haga perder los papeles. No olvides que eres un hombre responsable.

A partir de entonces a Pilu, le sucedió Bego. Y a Bego le sucedió Eva. Y a Eva, Bea. Y a Bea, Greta, y a Greta, Ivette, que era francesa. Y a Ivette, Yolanda, y a Yolanda Chipi, y a Chipi, Nora, que era una modelo norteamericana. Y a Nora, Belinda, colombiana y heredera de un imperio cafetero. Y a Belinda, Beluca, que era de muy buena familia de Santander. Toda prestaron su palmito para componer una postal cinematográfico donde lo más romántico era el momento en el que Polín paraba su Morgan, se bajaba, recibía a su chica con un beso y le abría la portezuela quitándose su gorra de tweed irlandés.

-Señora-decía con una sonrisa de galán ofreciéndole  el asiento tapizado en cuero- Póngase cómoda.

Era todo lo que decía. Una vez al volante, Polín recordaba que la velocidad es una expresión de poderío social. No van despacio más que los viajantes de comercio y los taxistas –decía su amigo y compañero de cacerías Josito. Algunas de sus acompañantes, que habían visto la película de Stanley Donen Dos en la carretera, esperaban aventuras fascinantes y divertidas como las de Albert Finney y Audrey Hepburn. Pero para Polín la única emoción de la vida era huir en coche hacia no se sabe dónde para no hacer nada. Pero, eso sí, con una mujer guapa a su lado y a toda velocidad.

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Polín creía que había sido feliz hasta que a los cincuenta años, después de miles de kilómetros tumbando la aguja, dos matrimonios fracasados y de que La Espléndida hubiera sido comprada por una multinacional norteamericana, cambió de opinión.

-Te sigo viendo estupendo –le dijo entre risas Veronique,  uno de sus antiguos ligues que reencontró en un cocktail- ¿Te acuerdas de cuando fuimos a Ávila?.

-¡Ah sí!-sonrió forzadamente-Gracias a ti que te pusiste pesadísima y me hiciste mirar a los lados me di cuenta de que hay unas muralla bastante antiguas, ¿no?

En la misma fiesta Polín se pasó de copas y se sinceró con ella.

-Creía que molaba eso de ir deprisa, como Pancho López. Creía que era guapo, rico, distinguido y feliz. Pero ya ves,´no acerté en el amor. Y además murió papá, vendimos La espléndida y los americanos me han puesto de patitas en la calle. Creía que era feliz, pero en realidad soy un gilipollas.

Afortunadamente aquella noche volvió a casa en taxi.

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Harto de la velocidad y del cambio de marchas, y de aburrirse no teniendo poltrona presidencial, sino sólo millones, aparcó para siempre sus deportivos y se compró un coche con cambio automático. Poco a poco, y a medida que conducía cada vez más despacio, observó que le dejaban de llover las multas. Y que se fijaba en el paisaje. Es más: hasta hablaba en los viajes.

-¿Verdad que este puente podría ser un escenario de Dos en la carretera?-le comentó a Veronique- Va la pareja, saca la cesta de picnic y se tumban junto al río a merendar mientras ven pasar al agua bajo el puente…

Ella se echó a reír.

C´est pas la même chose que autrefois!- pensó.

No le contó que durante años, al acabar su clase de restauración, y después de quitarse barnices y pinturas de las manos, salía a fumarse un cigarrillo al balcón y al escuchar a lo lejos el rugido del motor del Morgan agitaba los brazos para llamar su atención. Aunque el taller estaba en un primero, y ella era una chica más que atractiva, y chillaba a todo pulmón Polín, Polín (en realidad sonaba Polén, Polén) el piloto de la gorra de tweed jamás levantó la mirada de la carretera.

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El día en el que el gobierno de la nación, en su loable afán de ahorrar energía y, de paso, seguir protegiendo nuestra seguridad, rebajó el límite de velocidad máxima en las carreteras a 110 kilómetros por hora, Polín tuvo que hacer el paripé ante sus amigos del club de golf.

-Otra cabronada más-dijo solemnemente mientras pateaba la primera bola-No se a dónde vamos a llegar.

Pero en el fondo, estaba encantado. Ahora emprendía una nueva vida mucho más sosegada. Y empezaba a apreciar todo lo que la urgencia, la velocidad y el afán de emulación le habían negado hasta ahora.

-¿Vamos a Cuenca?- le propuso a Veronique una mañana dulce y soleada del mes de marzo.

A ciento diez por hora, y con el cambio automático, Polín creyó que era el momento de extender el brazo a su derecha. Quería saber si a la reaparecida Veronique le gustaba el paisaje que veían, o hablar del amor y de otras cosas, mientras hacían manitas como los novios antiguos.

Así lo hizo, y la cosa funcionó, puesto que ahora Polén y Veronique se consideran bastante felices.

Y lo seguirán siendo hasta que el gobierno considere que, aparte de un residuo de ñoñería romántica impropia de un estado progresista, lo de hacer manitas con el coche en marcha, incluso a menos de 110 km/h,  atenta gravemente contra la seguridad vial.

Cosas gratas que hacer para empezar el día

Sería curioso un estudio sobre qué es lo primero que se le pasa al individuo por la cabeza cuando empieza su jornada. ¿Un recuerdo, un propósito, un repaso de la agenda, un  suspiro de resignación, una esperanza, la percepción de un dolor?. Hubo un tiempo en que el Duende rezaba, pues así le educaron en el colegio. Lo primero al despertar, decían los padres marianistas, encomendar el alma a Dios.  Uno se acostaba con Dios, con  la Virgen y con el Espíritu Santo y se levantaba con ellos. Aunque, no se sabe por qué,  luego le acostumbraron a que, por la mañana, rezara el Bendita sea tu pureza, una oración que pocos conocerán ya en esta España laica. Dios y la Santísima Trinidad eran de todas la horas, pero la Virgen parece ser que era más matinal. Iba más con la atmósfera limpia, transparente y luminosa que, al menos por el Valle del Tiétar se han vivido estos días de Semana Santa.

No recuerda el bloguero qué fue primero esta vez. El viernes santo había revivido una experiencia singular, tan sencilla e inocente como repleta de emociones y de sensaciones de infancia. Había sido invitado por sus amigos Ramón y Ana a comer en la casa de una finca que es como lo fue el Monte el Rincón, el solar de su niñez. O sea, en lugar del sur de Avila , el norte de Cáceres, pero el mismo encinar, la misma dehesa y el mismo valle del Tiétar tan sólo diez o doce kilómetros más abajo. Y sobre todo, la misma vista de  Gredos, con el pico Almanzor ahora más a la derecha del observador. El Almanzor regio, imponente, recortado con sus  cejas y sus guedejas blancas de nieve contra el cielo azulísimo depurado por un vientecillo fresco del norte. El campo de estas dehesas ganaderas es cuando ha brotado el pasto de primavera particularmente manso y amable. Todo caminar por él en esta época es una pura delicia, pero Ramón quiso añadirle un encanto más. Enganchó uno de sus caballos a un moderno carricoche de cuatro ruedas con suspensión y freno hidráulico y, como si fuéramos los invitados de otro siglo,  nos paseó por un camino como el que evocaban el poema de Machado: Yo voy soñando, caminos de la tarde/Las colinas doradas, los verdes pinos, las polvorientas encinas/¿A dónde el camino irá? A decir verdad, las encinas, recién lavadas por unas lluvias como no se recuerda igual, no estaban polvorientas, sino lustrosas. Pero  la tarde se hilvananaba con otros versos del poema: Y el camino que serpea y levemente blanquea/ se enturbia y desaparece… No desapareció esta vez. Al revés, reaparecía. Pasear por la dehesa en coche de caballos a un trotecillo ligero  sin ser observados más que por las vacas que pastaban y las cigüeñas que por allí picoteaban le retrotraían a la sencilla felicidad de otro tiempo, y daban  a este viaje a los sentidos un valor muy especial en el placerómetro del Duende.

Y si  embargo, no fue este recuerdo lo primero que llamó su atención a la mañana siguiente. Ni tampoco la oración, o la obsesión por cumplir un compromiso, o un dolor de cuello por haber dormido mal. La mente es caprichosa. Y los auriculares que uno se pone para escuchar el MP3 también. Harto de que se le escapen los modelos muy variados que ha ido comprado el Duende para escuchar música, estrenaba unos de silicona que, a decir del vendedor, eran los que mejor se ajustaban a su peculiar pabellón auricular. Iba a desayunarse escuchando, quizás para evocar el grato paseo de la tarde anterior, la Sinfonía Pastoral de Beethoven. Leches. O, mejor dicho, café con leche, que fue donde cayó el dichoso auricular de último diseño. El hombre propone y la tecnología dispone.

Y eso fue lo primero que uno hizo en la bonita y también soleada mañana del sábado santo de 2010. Sacar del fondo de la taza de café con leche un auricular de silicona y tratar de salvarlo de la ruina por accidente. Hay otros empeños más espirituales y nobles para empezar una mañana como esa, pero no se debe olvidar que uno, ay, es un pequeño juguete del destino.

Los músicos olvidados de “La Gaitilla”

Eran como estos músicos (Orquesta el Rayo: por cierto, gracias por prestarme su imagen). Peo uno los recuerda con boina ...

Agapito tocaba la trompeta  en la gaitilla de Arenas de san Pedro. Era un músico  de boina que se juntaba con otros colegas más: un saxo, un clarinete, un batería y quizás un trombón. No había gaita, pero sin embargo a aquella orquestina de película de Fellini (o de Bardem y Berlanga primera época) se le llamaba así: la gaitilla, con una elle mitad elle y mitad che, según pronunciación muy extendida en Madrid, Castilla la Mancha y ese rincón del sur de Ávila.   El nombre no parecía querer darle importancia, pero aquellos músicos la tenían, vaya si la tenían. Tocaban a la luz de unas bombillas que colgaban por encima del ruedo de un rústico tablao adornadas con banderitas de papel. Pasodobles, tangos, fox-trots para los amantes del agarrao. La Raspa para brincar  separados y dar vueltas enganchados del brazo, como en tantas danzas populares. Eran las fiestas del pueblo.

La feria era feria. Incluso se podía comprar y vender burros, expuestos en la explanada ante el Castillo de la Triste Condesa. Por la noche, en la plaza,  la música era música de verdad y la chica estaba maciza. Era la hija de un torero retirado que fue figura, Morenito de Talavera. Y, fiel a su casta,  lucía su encanto juvenil morena y agitanada como la guapa de una lata de aceite de tres litros La suya se antojaba una belleza perturbadora para cualquier legión de espermatozoides alborotados. Cosas de la edad y del verano. Sólo bailó con ella el Duende una noche de agosto. Pero la chica debía de llevar una colonia de perfume muy marcado, porque  cuando él llegó a casa y se quitó la camisa, aún se percibía en la tela  el aroma de la que le había enamorado. Colgó la camisa en una percha y no la echó a lavar hasta que la huella del perfume se evaporó. Antes de acostarse, la olfateaba para recordar otra vez su cara y tratar de encontrarla en sueños. No apareció nunca, de modo que la camisa, ya sin restos de su presencia embriagadora, perdió su interés como reliquia y fue a parar al lavadero.

Lamentablemente, la gaitilla también perdió su interés.

-Este año no nos quieren –se lamentó Agapito el verano siguiente- Ahora vienen melenudos con guitarras eléctricas y tocan con los altavoces a todo volumen.

Luego la industria discográfica y los ídolos que fabricaba ésta terminaron de barrer  a Agapito y a otros muchos músicos populares que se ganaban la vida tocando por los pueblos.La música es cultura, la música crea puestos de trabajo –lloran los músicos actuales para defenderse de las descargas de Internet. Y el pobre Agapito, retirado de la música por las modas y las nuevas tecnologías, criando malvas.

Pero ocurre que es luna llena, y que además acaba de morir Paul Naschy, trece veces el Hombre Lobo en un cine de terror primario como la añorada gaitilla, tan amigo de las noches de  monstruos y fantasmas. Qué pena. Le hubiera interesado saber que, como por ensalmo,  al oir las quejas de los nuevos músicos, el alma enloquecida de Agapito ha escapado del camposanto para sumarse a la marea reivindicativa de los artistas. Dicen que se dirige al Ministerio de Cultura con su clarinete para mover el esqueleto ante la ministra, asustarla y pillar cacho del sindicato de la ceja.

-Y los de la gaitilla –reclamará a la González Sinde con no muy buen tono-…¿No éramos cultura?…¿No creábamos también puestos de trabajo?…

¿Dónde acaba la familia?

...Y aunque estas jovencitas no pudieron ir a la fiesta, también descienden del mismo tronco y pertenecen a la gran familia

Se preguntó siempre el Duende a lo largo de su vida dónde empieza y dónde termina la familia. Sospecha que sólo en los países  latinos se estira el concepto tanto como para amparar  a tíos, primos, tíos abuelos, sobrinos, sobrino segundos… En España desde luego es difícil saber su límite. El Duende ya casi no conocía a su familia materna, porque gran parte de sus ramas se han desparramado. Pero acudió a ella y la familia respondió con creces.

Una de las pocas razones por las que  al Duende le hubiera gustado ser millonario sería para recomprar el Monte el Rincón, una hermosa finca  recortada por los ríos Tiétar y Arbillas, en el límite sur de la provincia de Ávila, que fue el territorio de su infancia compartido con esta familia. Casi todos los descendientes de su bisabuelo Augusto Lletget, que fue quien lo compró en 1871, se reunieron el pasado sábado para la presentación del libro de la prima/tía/tía abuela Mary. En el acto, al Duende se le olvidó parafrasear,  a propósito de la autora, lo que  Unamuno decía de Dios: si no hubiera prima Mary, habría que inventarla. Aunque sólo fuera para comprobar el juego que dio su abuela Rosa, tronco común de donde procedían la mayoría de los asistentes.

Por la noche, el Duende soñó que el Monte el Rincón era ahora suyo. Lo que en realidad acabó siendo un caserío destartalado era en el sueño como Brideshead o Manderley, esas propiedades que aparecen en la literatura y en el cine ingleses con una enorme mansión perfectamente mantenida por una nube de sirvientes. En ella coinciden multitud de familiares de distintas generaciones y todos son ricos, guapos, y elegantes. Unos juegan al billar, otras al crocket, otros se van a pescar, el más exótico, como el tío Augusto Gil Lletget, que era ornitólogo, prepara la taxidermia de un martín pescador, aquel monta el telescopio para mirar las estrellas por la noche, algunos escuchan tangos de Gardel en la vieja gramola manual con aguja de La voz de su amo, cuya caja de hojalata es hoy una preciosa reliquia, las tías montan a caballo a lo amazona y con sombrerito, otros más cazan pluma, un grupo pasea por el bosque  mientras la pareja de primitos más despabilada se  cita con Cupido en el pajar para estudiar   anatomía de sus cuerpos y, de paso, eliminar toxinas. La vida misma.

La vida de mentira, claro, donde luego te sientas a la mesa y unas doncellas con guante blanco te sirven faisán relleno con ciruelas y malvavisco. Nada parecido a la realidad. El Monte el Rincón que el Duende conoció era ya decadencia. Como mucho, carillas, patatas revolconas o macarrones con chorizo en una vajilla desportillada. Eso sí, la vajilla  de cerámica talaverana, y con el nombre de la finca en cada plato. Poco importaba. Era sobre todo el descubrimiento de la naturaleza, el poder correr a tu albedrío por el campo, ver parir a las vacas y a las ovejas, chapotear en los arroyos, comer el pan y quesillo de las acacias y trepar por los madroños del jardín mirando  desde allí al Almanzor,  buscar galápagos , observar a las grullas y compartir un cacho de pan y queso con tu amigo el pastor al amor de una fogata. Y todo eso, con muchos primos y tíos alrededor. Nada parecido a las películas de aristócratas ingleses o a Los cuatro robles de Escarlata O´Hara, pero sí algo bello y muy entrañable para ir llenando el macuto de la memoria sentimental.

Decía el señor de Bearn en la muy recomendable novela del mismo nombre que no hay mas paraísos que los perdidos. Añade el Duende: o los que están por llegar. Paraíso es al cabo, lo que el cerebro almacena y el corazón ilusionado procesa como perfume de la vida.  La finca cambió de manos. Era un préstamo que la fortuna había hecho a la familia sin más mérito aparente que la de tener un antepasado boyante. El Monte el Rincón se diluyó en la lejanía, pero no pasó nada, porque quedó el recuerdo de aquel tiempo y nacieron a cambio otros muchos pequeños paraísos. Uno de los sobrinos que corrían por allí es hoy el traumatólogo Fernando Baró, que después de no verse con el Duende durante casi medio siglo le va a arreglar ahora un hueso. Otro es catedrático y decano de la Facultad de Derecho de Santander.  Aquella es bióloga, este arquitecto, el de mas allá ingeniero de caminos…Entre estos sobrinos nietos lejanos hay  una profesora de colegio llamada Inés por la que dan ganas meterse en el túnel del tiempo y volver a matricularse en primaria. Tempus fugit, y entretanto la familia, como mandó el Señor, creció y se multiplicó.

Por cierto,  el Señor no tuvo en cuenta que en España el personal se apunta a un bombardeo, y olvidó recordarnos en qué grado se acaba la familia. Y así pasa lo que pasa, que presenta un libro una novel madurita y acude casi tanta gente como si fuera un Nobel de los de Estocolmo.

Bailar para amar y bailar para morir

baileguateque
Cree el Duende que entonces se llamaba bôite, en francés, porque las canciones de amor más lentitas y calentonas venían del otro lado de los Pirineos. No era tanto para divertirse frenéticamente como para apretarse a una chica todo lo que permitían las buenas costumbres y, sobre todo, ella. Lo habitual era arrullarse en las canciones suaves y romanticotas de Salvatore Adamo, bailar poniendo cara de Alain Delon y sentir a continuación el codo de la chica clavado en el costillar. Hacer manitas ya era un éxito (a muchas no les dejaban salir jamás por la noche). Lo de bailar cheek to cheek, o haciendo caritas, que también decían los que no habían pasado por Berlitz o Assimil, era faenón. Y un apasionado tornillamen significaba salir por la Puerta del Príncipe. Qué ingenuos éramos en aquellas oscuridades cómplices, caramba. Pensar que ahora por algo semejante te pueden matar a patadas como al desdichado Alvaro Ussía.

-¿Y tú de donde eres?- le preguntaba el Duende a Josefina.

-De Ávila.

La primera chica con la que salió el Duende se llamaba Josefina y era abulense. Morena y de melenita tipo Rebeca, al Duende le parecía una dependienta de bombonería. O sea, que tenía un encanto especial, quizás porque uno gusta de irse por las ramas de los cuentos, y en realidad creía que el amor era una casa como la de Hansel y Gretel, pero sin bruja.

-Jo, qué frío debe debe de ser Ávila en invierno, ¿no?

Eso lo decía para abrir el baile. Luego, cuando Aznavour, Gilbert Becaud o el mismísimo Sinatra propiciaban el ligue, se ponía interesante y hablaba de La sombra del ciprés es alargada, de Miguel Delibes, que es Avila pura, fría y algo tristona. Pero a Josefina no le impactaba nada. Le gustaba uno que estudiaba para ingeniero industrial.

-Se llama Eloy-le contaba Josefina mientras aspiraba por la pajita un combinado de ron que ardía en una vasija en forma de calavera- Y además hace alpinismo El verano pasado escaló el Torreón de los Galayos.

Qué antiguos parecen estos cromos, cuando todo en España era peor, y las chicas apenas se dejaban tocar, y uno, aunque se dejaran, tampoco las tocaba, porque, como decían los castizos, era más parado que el caballo de un fotógrafo. Qué increíble lo de dar con un portero de bôite, quizás ya de discoteca, vestido de librea y gorra de plato, que te recibía con una sonrisa, te alargaba el mechero si entrabas con el pitillo entre los labios y te vigilaba el coche si eras pudiente y lo habías dejado mal aparcado.

La bôite se llamaba algo así como Kim Lom, y quería tener aire oriental, como esos tugurios de las películas de Indiana Jones. Tenues antorchas falsas iluminando la oscuridad, bebidas exóticas en cuencos de hechicero, y música tranquila que ilusionaba al amor. Ni los decibelios trepanaban el cerebro, ni las pastillas corrían ni los porteros eran matones. Josefina se ennovió con el de industriales, pero, ahora que compara, el Duende se quedó encantado de haber bailado con ella sin morir en el intento.

Una dama entre hoyancos

Poyales del Hoyo

Poyales del Hoyo

(Foto de Joyanco)

Soledad es una distinguida dama malagueña de ojos azules y porte de heroína de cuento de Chejov. Buscaba su refugio en el campo. Soledad se crió en la vega de Antequera, pero ha ido a dar por lo que al sur de Avila llaman las vegas del Hoyo. El Hoyo es la forma coloquial con la que los paisanos hablan de Poyales del Hoyo, un pueblín tranquilo y guapo aún no masacrado por los desmanes urbanísticos, que queda entre Arenas de San Pedro y Candeleda. Poyales se queja desde tiempo inmemorial de ser un pueblo sin término municipal. Toda la tierra que se extiende a sus haldas se reparte entre Arenas, cabeza de partido, y Candelada. A cambio, sale en algunos escritos de Pío Baroja, que en su novela La dama errante describe minuciosamente un viaje en caballerías por lo que hoy es el trazado de la comarcal Alcorcón-Plasencia. El impío don Pío, como le llamaban los observadores del antiguo Indice de los libros prohibidos, mencionaba las alcantarillas a cielo abierto de Poyales que, como en tantos pueblos con arroyos serranos, corrían por entonces sin el menor complejo contaminante. No se preguntaba en cambio el gentilicio de los lugareños. ¿Poyalenses? ¿Poyaleros? ¿Hoyeros?

-Hoyancos-aclara Soledad al Duende.

Velay, para esto sirve un blog. No te acostarás sin saber una cosa más, que decían las abuelas. Y hasta ayer no sabía el Duende que los nacidos en Poyales del Hoyo eran hoyancos. El patronímico debe pronunciarse con hache aspirada, como se habla en esta tierra, que modela una especie de extremeño-toledano peculiar. Algo así como un castellano levemente glaseado de sonidos lejanamente andaluces. Se escribirá hoyancos, pero se pronuncia joyancos. Lo cual al Duende le remite al pueblo de Julio César Iglesias, zamorano de Fermoselle, quien públicamente confesó en antena que a sus paisanos les llamaban foyacos o follacos, que malsuenan igual. Hay que ver lo que mandan determinados instintos, con lo fermoso que podría resultar el gentilicio de Julio.

Soledad es lectora de este blog, y en la conversación terminológica se le filtra la curiosidad por la aparición de Homper, del que sospecha que es un trasunto del Duende. Le cuenta éste que está entre el uno, su circunstancia y la teoría de las matriuskas literarias: el que escribe va sacando de sí criaturas que, por no dar pistas, alumbran otros hijos que, a su vez, prolongan la descendencia con la esperanza de camuflarse del todo. Homper es, sobre todo, el hombre perplejo. Y ya que va el día de gentilicios, su pregunta es cómo se llamarán los de Jódar, los de La Mamola, los de Guarromán, los de Cabezón de la Sal y los de una aldea asturiana por la que pasó este verano que se llama Las Puercas.

En todo caso el topónimo no condiciona el carácter. Nadie podría imaginar si no que el alma sensible del gran Federico García Lorca también bebió de un pueblo que se llamaba Asquerosa, donde su familia poseía tierras y él pasó muchas temporadas. Hoy Asquerosa se llama Villarrubia o Valderrubia, pero por los pueblos que han cambiado de nombre ya se preguntará otro día nuestro gestor de perplejidades. Y si es alrededor de un café con porras recién hechas, como en la mañana de ayer con Soledad, mejor. Lo recomienda el adagio latino: primum vivere, deinde filosofare.

Zapatero asunto a los cielos

(Foto de Izarbeltza)

Tanto en el Palacio de la Moncloa como en la sede de Ferraz reinaba el estupor y la confusión. Sin saber cómo ni por qué, el presidente Zapatero había sido asunto a los cielos.

 -¡Milagro laico! -clamaba la vicepresidenta por los pasillos enmoquetados presa de una gran excitación- Estábamos despachando asuntos de la desaceleración cuando bajaron el cielo un ángel y una ángela, se apostaron a ambos lados del sillón presidencial y, prendiendo a nuestro líder por las axilas, lo elevaron a las alturas en olor de santidad.

 En el gabinete ministerial y en el Comité Federal del PSOE  debatían el alcance del asunto con enorme procupación. Se tenían pruebas más que sobradas de la  sensibilidad y bondad casi sobrenaturales de este hombre. La máxima ignaciana nada humano me es ajeno resplandecía en su rostro que, si los más perversos asimilaban al de Mister Bean, las gentes de bien identificaban con el del Niño Jesús de Praga. El presidente, modestamente, rechazaba cualquier similitud con la Virgen, los santos y los ángeles, que eran a quienes normalmente les pasaban cosas cómo esas. El se encogía de hombros, sonreía como un jefe de planta del Corte  Inglés, abría las manos igual que el sacerdote en el  Dominis vobiscum, y se limitaba a repetir una vez más la clave de lo que la divina providencia debían de haber interpretado como virtud.

 -Diálogo, amigos. Talante, sólo talante.

 El suceso rompía los esquemas del gobierno y del partido en un momento clave en el que se trataba de separar definitivamente al césar y a Dios. En un principio se atribuyó  el milagro a los buenos oficios del Embajador de España ante la Santa Sede, Paco Vázquez, conspicuo católico y firme defensor de un socialismo  cristiano. Paco a veces se pasaba algún pueblo. Luego se barajó la posibilidad de que fuera una intriga más del Presidente del Congreso José Bono, amigo de monjas, de curas rurales y, sobre todo de obispos. Sin embargo fue éste quien, apeló a sus profundos conocimientos teológicos y a su pragmatismo castellano manchego para señalar al responsable de tan insólito hecho extraordinario.

 -Me sobrejstimáijs, compañerojs -aclaró- Ejsto de convertir a un laico ilujstre como nuestro presidente en un asunto a lojs  cielojs,  sólo puede ser cosa de Diojs.

 Si consternación era lo que reinaba en la tierra -qué contratiempo, ser asunto a los cielos ahora que iban a poner a la Iglesia en su sitio- no era menor el pasmo del cielo. ¿A qué viene esto, Señor?-clamaban no sin cierta indignación contenida las almas de los justos y de las justas. Y dijo el Señor apuntando a la santa de Avila: cherchez la femme.

 Parece, sí es cierto, que fue la Santa Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia, la que impresionada por los gestos de Zapatero, y para cortar de raíz el sarpullido laicista de la España que él gobernaba, había solicitado la asunción del presidente. Señor –expuso para argumentar su petición- Ha mostrado ser sensible con todos los humillados y ofendidos. Ha fundado una Alianza de Civilizaciones. Y no descansará hasta que el mundo entero sea la película de Utopía Productios que él tiene en la cabeza. Dios se rascaba las barbas: no parecía tenerlo muy claro.

  Además-añadió la santa- Ten en cuenta que hace un par de días se ha entrevistado con Ingrid Betancourt y le ha  regalado una biografía mía. Podía haberle ofrecido un libro de Manuel Rivas, de Suso del Toro o un poemario de Gamoneada, que son sus autores de cabecera, pero le ha interesado más mi vida…¿No es portentoso, Señor?

 A todas éstas Dios le había hecho pasar al recién asunto para explicarle que El no era el único responsable del ídem. Zapatero, sin perder la sonrisa beatífica, le saludó con impecable estilo al tiempo que, cortesía por cortesía, entregaba a Santa Teresa un ejemplar de la biografía de Ingrid Betancourt.

 -Y ahora, Señor -dijo  con su limpia mirada azul y con la correcta dicción que le caracteriza- si no le sirve de molestia, tenga a bien recolocarme en Moncloa, que aún me queda por arreglar algún tema con su Iglesia.

 Y el asunto tocó tierra y volvió  por donde solía.


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