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El efecto kaleidoscopio

Lo de girar el kaleidoscopio y descubrir una imagen nueva es fantástico, pero a veces tiene sus riesgos...

Lo de girar el kaleidoscopio y descubrir una imagen nueva es fantástico, pero a veces tiene sus riesgos…

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Tiene su encanto. Es como un infatigable ogro feroz, pero  si no has sido víctima de sus grandes desmanes tiene su encanto despertar, mirar por la ventana y saber que el invierno te recibe un día más con lluvia fina empaquetada en una niebla espesa. Es un amanecer espectral, y tú, que tienes algo de gótico o de romántico enfermizo, no puedes negar que disfrutas del cuadro. La luz de la luna llena velada por el manto de nubes se funde con la de un sol acojonadito, que cumple con su deber sin saber que  no podrá filtrar ni un solo de sus rayos en esta enésima jornada de borrasca. Los árboles deshojados se recortan contra el fondo grisaluzado del alba. Por entre ellos sólo echas de menos a Frankestein que avanza hacia tu casa dando tumbos o a un  par de zombis despabilados que te traen porras para desayunar. Qué pena que no esté contigo Tim Burton para aprovechar el decorado.

Toda esta descripción es solamente para decir que el día no puede pintar más lúgubre. En días así, mejor la mirada introspectiva o hacer girar el kaleidoscopio.

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Sostiene Homper que todos estamos en el kaleidoscopio, o que todos somos kaleidoscopio. Que él sólo veía a su vecina del sexto, una rubia bastante atractiva hija de judío polaco y de psicóloga argentina, como profesora de danza del vientre, hasta que ocurrió algo para él sorprendente. Homper no es un simple, sabe que enseñar la danza del vientre no significa ser un pendón, pero aún así se quedó pasmado cuando antes de las vacaciones de verano la danzarina se presentó en su casa para regalarle una orquídea blanca.

-Toma, vecino –le dijo mientras ponía el tiesto en sus manos- No puedo soportar que muera por mi culpa, así que te ruego que te la quedes, porque yo me voy con mi chico a Gambia para operar de los ojos a los niños que lo necesitan. Cuídala,     que yo te quedaré eternamente agradecida.

Su novio era oftalmólogo, y ella, además de bailarina, su abnegada y meritoria auxiliar. Todos somos algo insólito para alguien.

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A veces no hay más que dar un pequeño giro al kaleidoscopio para descubrir una faceta insospechada en las personas de las que tenemos elaborada nuestra ficha. Tu perplejidad  homperiana de esta sema fue descubrir que Darío Villalba, uno de nuestros artistas plásticos más laureados y con obra en los museos de arte contemporáneo de medio mundo fue nuestro único representante en los Juegos Olímpicos de Invierno del año 1956 que se celebraron en Cortina D´Ampezzo en la curiosa especialidad de patinaje artístico. Ahora esta disciplina ha cobrado mucho protagonismo gracias a uno de esos genios del deporte que de vez en cuando fabrica España. Un tal Javier Fernández ha estado a punto de conseguir medalla en Sochi en esta disciplina, y con tal motivo alguien escarbó en el historial de este deporte poco popular en nuestro país para traernos la imagen imprevisible de un Darío Villalba joven, recortadito, ceñido y encorbatado de pajarita en una pose más propia del famoso Toni Sailer que del artista bohemio y de torpe aliño indumentario con el que le conociste. Darío Villalba era hace cincuenta y siete años un guapo mozo, pero hoy luce como un intelectual voluminoso y ceñudo, como corresponde a los tiempos críticos que vivimos. Su obra se encuadra dentro de lo que un ignorante como tú llamaría arte angustioso. Los  cuadros, las esculturas, las fotografías y los famosos Encapsulados que avalan su carrera insinúan desasosiego y rabia, como si el artista tuviera muchas cuentas pendientes con la vida que le ha tocado vivir. No mala, por cierto. Pero pasa que cambiamos con el tiempo, que la procesión va por dentro, que todo hombre tiene varios hombres diferentes dentro de sí.

Y que si giras el kaleidoscopio, siempre descubres una nueva realidad insospechada.

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Ese mismo día algún cocinero famoso de esos que nos enseñan a comer –a nuestros años- alabó las virtudes de la carne del conejo, y tú, que jamás comes conejo, no se sabe por qué asimilaste su conseja culinaria. De tal manera que habiendo entrado en un supermercado para comprar el pan, la mantequilla, mandarinas, suavizante y vinagre de Módena, pasaste ante los cárnicos, viste un envasado donde ponía conejo y allá que lo pusiste en tu carrito de la compra. Impulso instantáneo.

Y fatídico. Otras veces el conejo se vende ya troceado, en bandejitas de poliestileno y envasado al vacío. Es mejor: acabarás cocinando carne, sin pensar mucho en el  mamífero de la que procede. .No se sabe por qué ceguera sobrevenida súbitamente tú no reparaste en que te llevabas en cambio el animal entero, con su cabecita, sus patitas su rabo y hasta su bandullo. Tu Neli, la asistenta, había dicho que lo guisaba muy rico, pero un flash de sensibilidad iluminó de repente tu obnubilado cerebro.

-¿Cómo la voy a obligar a descuartizar este cadáver?…¡Qué espanto!…

Estabas a punto de acostarte. Pero no hubieras podido dormir con ese remordimiento, así que te enmandilaste, buscaste la mejor cuchillería de tu menaje y a la una y media de la madrugada, con nocturnidad y alevosía, comenzaste tu macabra tarea. Entretanto, gruesos lagrimones se asomaban a tus ojos. Los fantasmas del Conejo de la Suerte y de Tambor, el conejito de Bambi, te acusaban desde el recuerdo de tu infancia, donde nunca hubo conejo alguno que mereciera tan cruel destino.

Es lo malo del efecto kaleidoscopio. Te crees un duende bloguero inofensivo, cambias la óptica y acabas descubriendo que llevas dentro a Jack el Destripador o a Sweeny Todd.  Menos mal que hoy domingo amanece en Candeleda  limpio y esplendoroso, y que todo lo verás más bonito.

De la caza y el amor a toda clase de animales

La vida te pone a veces  en situaciones tan singulares como compartir habitación con salamanquesas...

La vida te pone a veces en situaciones tan singulares como compartir habitación con salamanquesas…

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Te llama la atención una carta al director de EL PAIS que lamenta la incierta suerte de los perros que tiran de los trineos. No nos cabe más sensibilidad hacia los animales. Según el firmante de la carta,  la última novedad en las estaciones de eskí española es esa: mientras esperas tu turno en la cola del arrastre con la familia subes a los peques a uno de esos trineos, les tiras una foto y  los niños se imaginan en la Laponia de Papá Noël, que mola más que Baqueira. Todo muy bonito, pero…¿se ha detenido alguien a pensar si esos abnegados perritos reciben la alimentación correcta, duermen en el habitáculo adecuado y descansan las horas pertinentes?…

Mondo cane. Nadie ha pensado en regular la sacrificada vida de los perritos de trineo en España. Probablemente, tampoco la de las mulillas que desde tiempo inmemorial hacen su trabajo en la menguante fiesta nacional, bestias que pese a todo tienen en España más tradición que aquellas. Más tareas pendientes para cuando la crisis quede atrás y recuperemos la autoestima, la dignidad y, sobre todo, el presupuesto para hacer ilimitado el estado del bienestar. Todo es mejorable, y el marco legal que protege a cualquier bichito, también.

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Te has escapado al campo a ver el último fin de semana de noviembre y a comprobar cuán lenta y gradualmente se van desnudando los caducifolios, como si todas las especies se hubieran puesto de acuerdo para defender la estética clásica del otoño mientras el calendario no imponga el invierno. Que no se muera del todo el amarillo, ni el rojo cinabrio, ni el siena tostado, ni el ocre, ni el verde que aún sobrevive en la mayoría de los robles de tu contornada.  Por ésta ya se han quedado casi en los huesos los liquidámbares, los arces, los tilos, los fresnos, el tulipo del jardín y bastantes  cerezos, pero los cinamomos, el serbal, buena parte de los nogales y la mayoría de  los castaños conservan aún la hoja. A pesar del vendaval de la noche del sábado, que fue como de Cumbres Borrascosas, pero sin tragedia de amor de por medio.

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Anoche te invitó a cenar tu amiga Cristina, que tiene una casa muy bonita y confortable a treinta y seis kilómetros de la tuya donde se cena como en un buen restaurante francés. Tienes con Cristina varias afinidades, entre ellas la pasión por la música y, sobre todo, la afición por la escritura. En algo sin embargo te gana ella, que ha escrito cuentos y alguna novela, y está a punto de presentar la primera que se ha editado. Otra afinidad – en distinta medida, evidentemente- es su propio marido, uno de los conversadores más lúcidos, agudos, malvados y, precisamente por eso, divertidos que conoces.

Carlos además es un gran cazador, y la cena concitaba a varios  de sus compañeros de partida. Motivo por el cual, y aún a pesar de que él puede bordar con su gracia y desparpajo cualquier tema, acabaste recordando aquel chiste para mujeres de cazadores.

-¿Tú que prefieres? –le pregunta una amiga a otra- ¿Que tu marido se vaya de caza o de putas?

-De putas, sin duda. -¿Y eso?…

-¡Mujer!…Así al menos no me lo cuenta.

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Afortunadamente no sólo de caza vive el hombre: la propia mesa buscó derivas, y se acabó hablando de ópera. Entre col y col, tú que desde que presenciaste la muerte de la madre de Bambi siempre fuiste crítico con las escopetas, reconociste que, desde duermes la siesta viendo los maravillosos documentales de TV2 y de NGM sobre la fauna de todo el mundo, piensas que para un animalito salvaje es una suerte morir de un tiro en un segundo. El angustioso deambular del oso polar en la inmensa soledad helada del Ártico  esperando la aparición de una foca para sobrevivir,  la lenta agonía de la leona vieja que ya no tiene fuerzas para cazar y sólo pude esperar que la despedacen a ella las hienas y el tremendo espectáculo de las cebras devoradas por los cocodrilos mientras tratan de pasar el río Mara te conmueven especialmente. Bienaventurados los humanos, a los que nos dejan envejecer viendo crecer nietas que juegan con peluches de animalitos.

Por cierto, que te ha entrado tanta ternura por ellos –y por ellas- que este año  por Navidad las vas a llevar a ver Frozen. Dicen que es de las buenas de la factoría Disney, y que seguramente la entenderás. Además, si los animales protagonistas lo pasan mal te queda el consuelo de que será un sufrimiento de mentirijillas.

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Cuando volviste a casa, todo lo que te impresionaba el bramido del viento lo compensaba la claridad de la noche estrellada. A ti te enseñaron de pequeño a rezar antes de acostarte, pero ahora tu manera de orar es quedarte humildemente estremecido contemplando espectáculos así, dando las gracias a quien corresponda y reconociendo tu (nuestra) insignificancia. A tu lado, la perra Mas y un par de gatos que forman el staff de la casa se frotaban contra tus pantalones, no sabes si buscando calor o cariño. Mas es como un oso polar: podría  dormir sobre el colchón de hojas secas que se han arremolinado en un rincón del jardín, donde lo haría en blando y calentita, pero prefiere hacerlo a cielo abierto en el césped, y amanecer escarchada. Los gatos no sabes dónde se meten, ni te preocupa demasiado. No se parecen a aquel gato negro que ronroneaba junto al fogón de la casa que te vio nacer, y que jamás pisó la calle. Estos se han asilvestrado.

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Dejas que la naturaleza se duerma en su propia noche y tú te vas a la  cama. Antes de apagar la luz, y cuando ya has hecho tu hueco bajo el edredón, descubres en la pared a un par de salamanquesas. Prefieren dormir en tu habitación a hibernar fuera, como deben hacer los reptiles. Tu primera reacción es levantarte, abrir la ventana y tirarlas fuera, pero luego te acuerdas de la carta que pedía protección a los perros de trineo y llegas a la conclusión de que también las salamanquesas tendrán su corazoncito. Así que te arrebujas entre las sábanas y acabas durmiendo como un bendito en su grata compañía. Menage à trois  con dos salamanquesas. Para que luego te quejes de que no tienes tema sobre lo que escribir.

Verano 6. Meditaciones en la Sierra del Courel


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Curiosity aterrizó en Marte después de volar 240 millones de kilómetros. Más o menos la distancia que haríamos rodeando 6.000 veces el perímetro de la tierra. Usain Bolt recorrió los 100 metros en 9 segundos con 68 décimas. Más o menos lo que un tipo medianamente hábil tarda en cortarse dos uñas. Con cortaúñas.

Entretanto este curioso que les escribe, que ha pasado casi una semana observando el verano desde la ventana y sin deseo exagerado de disfrutarlo, salía de viaje. Tenía 500 kilómetros por delante. A la altura del kilómetro 210, más o menos, vio un cartel que indicaba la desviación a Urueña y se metió por ella. Jamás había cambiado un plan de viaje cuando iniciaba sus vacaciones de verano. Como todos los pringados que en el mundo han sido y seguimos siendo, lo urgente para él era llegar a su destino cuanto antes. Pero cuando visitó esta pequeña villa amurallada con sus compañeros de RNE, le llamó la atención que en un núcleo tan reducido –no más de 80 habitantes en invierno- se concentraran varias librerías y algunos museos singulares, como el de Joaquín Díaz, un auténtico tesorero de la cultura popular.

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Se acuerda entonces de esa visita. Y entonces el veraneante poco entusiasta cambia sus planes y se detiene en el admirable pueblecito castellano. Pasea por sus calles solitarias, se asoma extramuros para empaparse algo de la mística del austero paisaje de alrededor, se toma un bocadillo y un café y compra un libro de poesía. El resto puede esperar. Como podía esperar la hazaña espacial del Curiosity, o la nueva proeza velocista del jamaicano Bolt.

Qué suerte que todo sea tan relativo. Dentro de unos años la pausa de Urueña quedará en el registro de su memoria con la misma importancia que los acontecimientos históricos de este 5 de agosto de 2012. Al hombrecillo de la calle se le escapa la trascendencia de las hazañas. Mide el mundo y la vida a través de sus parámetros. Son más sencillos, y apenas le interesan a nadie, pero le evitan los ataques de vértigo que producen la velocidad y las distancias infinitas.

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El desideratum del lejos del mundanal ruido del clásico se ha exagerado hoy gracias a la globalización, a los documentales de la tele y a los viajes del Corte Inglés. Uno de los muchos detalles costumbristas que al Duende se le quedaron cuando leyó La forja de un rebelde –una novela muy recomendable para entender a la España que reventó en 1936- es que el protagonista, alter ego del autor, periodista en Madrid, tomaba todos los fines de semana del verano un autobús para trasladarse al toledano pueblo de Novés, donde se reunía con su familia. Ejercicio de realismo sociológico: póngase el lector viajando en autobús a esta misma villa una tarde de este glorioso y africanísimo verano. Y tenga en cuenta además que Arturo Barea no iría en camiseta, bermudas y chancletas, como cualquier joven actual.

Claro, que más riguroso aún debía de ser el veraneo en Pozoberrueco, provincia de Albacete. Ahí veraneama el poeta Antonio Martínez Sarrión,hijo del secretario del ayuntamiento. Cuenta en sus memorias Infancia y otras corrupciones– otro libro al que el Duende le sacó jugo- los encantos de aquellas vacaciones estivales en un pueblo manchego de la década de los cuarenta: la calle para correr, botijo, y sombra de una higuera para tomar el fresco. Ahora aquellos veraneos tan pobretones resultarían insólitos. Ahora, incluso en tiempos de crisis todos nos sofisticamos, y parece que si no ves el mar o te embarcas en un crucero no has huido del mundanal ruido.

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En todas las provincias hay algo por descubrir. Eso que se llama la España profunda lo es no sólo porque se ubique en el paraje menos accesible, sino porque queda fuera de los programas de las agencias de viajes, de los divulgadores mediáticos, de los cronistas de la buena vida y de los que se inventan los trending topics, y perdón por el gilipollesco palabro. Es profunda también porque resulta tan impresionante en su soledad lejana que, además de pasear el cuerpo, notas que es tu alma la que se oxigena y se enriquece al pasar por ahí.

En la Sierra del Courel, joya verde de la provincia de Lugo y de la Galicia profunda, el Duende y su amigo Manuel Gasset ironizabn sobre lo relativo de las distancias siderales (Marte, tan lejos) y de la velocidad (Usain Bolt, tan rápido), temas del día. La excursión fue apenas cuarenta y cinco kilómetros de estrecha carretera atravesando ríos, montañas y frondosos castañares, robles, arces. Bosques centenarios donde seguramente moran gnomos, trasgos y todos los amigos de Bambi. Prodigio de la naturaleza, como para bajarse del coche y arrodillarse a dar gracias a la divina Providencia por regalo tan cautivador. En el trayecto –Secedas, Folgoso del Courel, Sobredo, Paderne, Foilebar y otras aldeas que no recuerda el viajero- apenas se cruzaron con tres coches. Eso sí, invirtieron en él más de dos horas, con paradas intermedias para escuchar la deliciosa música del silencio de la naturaleza. Qué paradoja, un paraíso discreto, un sueño que sólo está a 500 kilómetros de la capital del reino. Qué delicia, viajar sin prisas ni compromisos, pensando que sólo te aguardan las estrellas.

Nociones de ética con ZP al fondo

Antes lo podía todo. Ahora no se sabe si podrá aguantar el irresistible cariño de los suyos...

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Quien bien te quiere te hará llorar, pensó Adelina mientras repasaba los ejercicios de sus alumnos. Ética, les tenía que enseñar ética. Cómo se comía eso en la sociedad actual. Miraba de reojo el telediario y veía a su antiguo amigo José Luis ojeroso y en ese papel, tan difícil de interpretar, de esfinge inasequible al desaliento. Pobre, él cree que su temple de estadista debe estar por encima del bien y del mal. Del mal en este caso. Pobre, él cree que lo seres humanos somos químicamente puros.

El montón de ejercicios corregidos la desalentaba. A tenor de ellos era evidente que las nuevas generaciones podían pasar de la ética. Apagó el televisor y puso la radio. Aún era lo bastante capaz para corregir ejercicios y escuchar al mismo tiempo lo que los políticos críticos y los líderes de opinión decían del que fue su compañero en la facultad.

-Zapatero es un cadáver político que se niega a ser enterrado-dejó caer uno citando a Luis María Ansón.

No era partidario el tal Luis María, como el cura aquél del chiste que tampoco era partidario del pecado. Pero lo malo es que luego asomaron partidarios de verdad, conspicuos compañeros de viaje que ahora marcaban distancias. Nombres como Barreda, Fernández Vara, Pachi López. Y Joaquín Leguina, que le atizaba inmisericorde como si  nunca hubiera tenido que ver nada con el cadáver.

Y tuvo que recurrir a la sabiduría refranera de su abuela. Quien bien te quiere te hará llorar.

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Su amiga  Dolores estaba enamorada de él, le veía el más guapo de la promoción. Y encantador.

-Siempre te dice lo que quieres escuchar. Y con esa caída de ojos de Bambi indefenso…-suspiraba- Qué ternura.

Tampoco era para tanto, creía Adelina. Ella también salió con él, y siempre recordó que le dejó desconcertada. El chico tenía buena planta, y trataba de ser encantador a toda costa. Pero treinta y dos años después aún no sabía si sus ojos claros y su sonrisa forzada ocultaban a un malvado disfrazado de redentorista laico o a un Forest Gump con muy buena labia.

Nos parábamos a tirar piedras en el río y él me decía con palabras preciosas que quería cambiar el mundo, recordaba Adelina. Eso sí, acababa empalagando, y ella no podía ocultar que siempre le pareció un cursi.

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Sus alumnos seguramente no sabían lo que significaba la palabra cursi. Y tampoco aportaban nada deslumbrante respecto a la actitud del ciudadano ante el poder, que era el tema de los ejercicios que corregía. Sólo una alumna llamada María Eugenia se había atrevido a escribir algo que Adelina subrayó con su lápiz rojo: el ciudadano y el político deben ser críticos con el poder incluso cuando éste gobierna con la opinión pública a su favor.

Hizo un alto, suspiró. Bebió un sorbo de su taza de café y desvió su atención por unos instantes hacia las tertulias que vomitaba la radio matinal. Al cadáver ansoniano no lo podían enterrar, pero los analistas habían sacado sus escalpelos y lo despedazaban sin piedad.

-Caray con los forenses…-se dijo- ¡Si son los mismos que  babeaban cuando le veían como el híbrido perfecto entre Gandhi y el Ché!...

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Se acordó del coro de las ministras adoradoras del estadista alicaído. De sus artistas oportunistas y aduladores. De los plumistas especialistas en hagiografía. De los palmeros que jaleaban las extravagancias y los brindis al sol del figura. De los políticos que ponían su partido a los pies del nuevo mesías por un plato de lentejas. Con chorizo, por supuesto. De los chantajistas, de los pelotas y de los cínicos que antes hacían la ola al líder y ahora se desmarcaban de él como de un apestado.

-Qué voluble y miserable es a veces la condición humana- pensó recordando a su amigo de juventud.

Adelina le concedió un 9 a María Eugenia y dio por terminada la corrección de los ejercicios. A continuación se puso a trabajar en su tesis doctoral, en la que trataba de la pleitesía ante el poder y del efecto untuoso y paralizante que este ejerce incluso en las sociedades más avanzadas. Casualmente, en los campos que aún rodeaban el bloque de apartamentos donde vivía pastaban las ovejas. Y hasta los oídos de Adelina llegaban unos balidos que le parecían más expresivos que nunca.

La engañosa primavera

No te dejes engañar si te despierta el canto del ruiseñor...

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Hacía tiempo que Homper no se impresionaba por naderías así, pero hoy le ha despertado un ruiseñor, y eso no es cosa de todos los días. El canto del ruiseñor, como el de las esquilas del ganado saliendo al campo al amanecer, son variantes de su particular magdalena de Proust. Sensaciones que vivió en el campo de niño, vuelven ahora en forma de recuerdos. Y los recuerdos se convierten en un soplo que aviva su curiosidad y su interés por la vida natural que nos rodea. Se dice que no es posible que pueda caer en el tópico, jura y perjura que nunca jamás hubiera incurrido en semejante cursilada, pero no tiene más remedio que  reconocerlo: ha vuelto la primavera.

Y lo peor es que, una vez más le ha sorprendido. Nunca se acaba de convencer de que, cuando caduque su esplendor, más dura será la caída. La primavera es bellísima, peo cuánto engaña la muy traidora.

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Nada es igual que hace tan sólo un mes, cuando por sus pagos habituales la naturaleza se mostraba escuálida y triste. Mira por la ventana y, como en los teatrillos de juguete donde hacía sus funciones sobre la mesa del comedor, los verdes se han ido superponiendo en distintos planos. Son  forillos de clorofila pura. El paisaje se abullona, y gana en profundidad y misterio. En esta fronda puede aparecer una princesa que perdió ayer su diadema mientras paseaba recogiendo flores. El árbol que en invierno era simplemente un adusto mojón es ahora un templo de ramaje que quizás se llene de gnomos. A la vuelta de ese recodo del camino quién sabe si asomará Bambi. Cuando uno mira al manzano florecido, piensa que Garcilaso de la Vega está ahí, componiendo una égloga. Le dan ganas de pedirle un favor.

-Dedícale unos versos de mi parte a esa mujer a la que quiero decirle tanto, y tan sentido, que no se cómo decírselo.

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También se imagina a un hombre ceñudo y con la cabellera revuelta paseando por entre los helechos mientras marca con sus manos un compás de tres por cuatro.

-Don Luis-le dice- se  usted siente conmigo a desayunar unas tostaditas  de aceite mientras vemos el campo, que está tan bonito.

Pero la invitación es inútil, ni vuelve la cabeza. No oye prácticamente nada, está sordo. Es Beethoven, y sabe que su destino hoy es componer su  Sinfonía Pastoral.

Se aleja, se pierde en la floresta, se desvanece. Otro trazo más de lo efímero y engañoso de la primavera.

Homper la recibe con esperanza.La desazón general le tiene el alma  trillada, y el hombre confiesa que necesitaba esponjarse de oxígeno, aire libre,  y fantasía. Aunque es consciente de que esta estación es de poco  fiar. Lamentablemente, enseguida llegará el terrible  verano de la España interior, que a golpe de calores y de fríos implacables fabricó tantos místicos y guerreros. Carpe diem, Homper. Pronto,  a la primavera se le pasará su poder de seducción, y todo verdor perecerá.

Cambio de aires 6/Siguiendo a Gauguin

Lo mejor de los pueblos bonitos es que en algún instante de algún día de algún año puedes verlos sin la marabunta de los turistas. ¡La suerte es dar con el momento!...

Escuchaba  este duende hace unos días a Gustavo Torner contando por RNE cómo se gestó y nació el Museo de Arte Abstracto de Cuenca. Fue una experiencia singular nacida del mecenazgo de Fernando Zóbel, del empuje del propio Gustavo y de Gerardo Rueda y del buen sentido de un alcalde que no entendía una palabra de arte, pero que supo valorar la iniciativa y facilitar la compra de las Casas Colgadas para albergar la colección. Entre ellos y los Saura –Antonio con sus cuadros y Carlos con su película Pippermint frappé, que tanto nos epataba a los jóvenes de entonces- descubrieron Cuenca para el mundo. Hoy Cuenca está en la agenda de muchos que buscan dónde perderse un fin de semana mezclando lo trascendente con lo deleitoso. Placer para el cuerpo y oxígeno para el espíritu. Mejor, y más bonita, en otoño. Una ciudad o un pueblo con artistas en su censo deja más huella en el visitante

Pont-Aven es un pueblito de Bretaña con quince famosas casas antiguas y catorce molinos de agua. Un capricho de piedra, río y profusión de flores adornando el paseo entre los molinos y las calles de casitas bretonas, un pequeño puerto fluvial y un paraíso boscoso a su alrededor. El Zóbel de Pont-Aven fue nada menos el fogoso Paul Gauguin, a cuyo reclamo acudieron muchos otros pintores. Hoy el arte allí sólo es una excusa. Las múltiples galerías que salpican el pequeño pueblo exhiben los mismos cuadros prêt á porter que  los artistas callejeros venden en cualquier ciudad del mundo: paisajitos ñoños y relamidos, quizás apreciados por el turista, pero inexplicables en un lugar donde pintó quien quizás fue el más vigoroso de los impresionistas. También en Salzburgo venden unos bombones muy cursis envueltos con la imagen de Mozart. Todo por la pasta. Aunque los artistas así explotados hoy pasaran en su tiempo un hambre canina.

El otro cebo para el consumo de esta villa son  las famosas galettes bretonas, unas pastas deliciosas que reponen en michelines lo que el lugar se lleva en suspiros. A este viajero no le gustan tanto las galettes como las cajas de hojalata retro donde se venden. Se acordaba de su madre, que guardó toda su vida los botones en una cajita de té chino decorada con unos chinos horrorosos. Cuánto le hubiera gustado a ella una caja de Pont-Aven. Para compensar esta frustración retroactiva, el Duende ha descubierto que una de sus nietas, Olivia, tiene cara de niña de caja de galletas antigua. Quizás haya que parafrasear a Forest Gump y decir que la vida es una caja de galletas.

Pero con Gauguin, con los molinos y las galettes, Pont-Aven  en agosto se acaba convirtiendo en una avispero de turistas. Así que el viajero huyó del bullicio para hacer una randonnée de nueve kilómetros hasta Port Manec´h, siguiendo la costa de la ría del Aven hasta el mar. Es más o menos como un paseo por la orilla de  la Costa de los Pinos mallorquina, con sus calas y su contraste entre el verde de la vegetación y el azul de las aguas. Pero la diferencia es que  en Bretaña paseas a veintiun grados, y que el bosque es una frondosa mezcla de robles, hayas y pinos monumentales por el que en cualquier momento te puedes encontrar a un gnomo o al mismísimo Bambi. Qué placer, pasear por un bosque así viendo veleros y sintiendo en el rostro el beso de yodo y sal que venía de la mar.

La jornada acabó en un puertecillo que la guía menciona de refilón, y que, siendo encantador, no merecía la atención de los japoneses. Se llama Doëlan, un pueblín bellísimo dividido en dos barrios por una profunda y estrecha ensenada donde duermen muchos barquitos. Se cenó en un chiringuito frente al faro dorado aún por el  poniente. Cree el viajero que casi todos eran franceses, o sea, que no llega allí la marabunta de turistas. Todavía quedan en cualquier parte perlas por descubrir.

Esos micrófonos abiertos…

Es inexplicable que los políticos aún no sepan que siempre hay algún micrófono inoportunamente abierto para amargarte la vida...

La hoja de servicios  al partido de Pochoto Morón era sencillamente impecable.

Tenía fama de corrupto, prevaricador, manipulador de votos, conseguidor de licencias de construcción ilegales,  borrachuzo, esnifador de pimienta con almendra molida y acosador de secretarias. Y malas lenguas decían que había sido sorprendido en un local donde una tigresa ataviada con lencería gótica le flagelaba  mientras él, desnudo y con un collar de perro al cuello, se comía un hígado de cerdo crudo y luego leía, de rodillas y en voz alta, las obras completas de Karmele Merchante.

-Ah, ahhhhh….-gritaba al borde del orgasmo..

Con sus casi dos metros de altura y sus ciento treinta kilos de peso, las orgías de Pochoto dejaban en nada las de Tiberio y el Marqués de Sade. Era lo que una castiza llamaría un prenda. Pero ningún juez le había podido hincar el diente jamás. Y además ganaba elecciones.

-Es un perfecto canalla-reconocían en el Comité Central del partido- Lo malo es que todos los partidos necesitamos alguien así para que haga el trabajo sucio.

El trabajo sucio le obligaba a ser  además arrogante, chulo y mal educado en el parlamento o en las comparecencias públicas. Y cuanto más sarcásticas y corrosivas eran sus pullas a los adversarios políticos y más ordinarias sus palabras, más votos ganaba.

-¡Dales caña!-le gritaban- Pochoto, Morón, ¡el gobierno es un cabrón!

Pero todo el mundo comete un error. Un día, más difícil todavía, largó una de las soflamas más apocalípticas y demagógicas de su carrera. Henchido de rabia, vomitó su mejor repertorio de denuestos e insultos a los que criticaban a su partido y convocó una cacerolada contra el gobierno. La atronadora división de opiniones convirtió el hemiciclo  en una escandalera. Pochoto, emocionado al aquel espectáculo,  se tapó la cara con las manos y, mientras se enjugaba el sudor de la frente con un pañuelo, pareció decir algo a un compañero de partido a micrófono cerrado.

¿Cerrado?…Eso creía él. Una mano invisible lo había activado de nuevo.

No se cómo he podido hacer este discurso –se escuchó decir al bellaco ganavotos- Ayer vi otra vez Bambi con mis hijitas y aún no he podido superar la secuencia en que los cazadores matan a mamá cierva…

Qué vergüenza, qué oprobio para el partido. Aquellas palabras impresentables provocaron el rechazo radical de sus votantes. Y fueron, al cabo,  la tumba política de Pochoto Morón.


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