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De boda en un pueblecito de los Cotswolds

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-Eso es como el que tiene un tío en Alcalá-escuchaba decir a sus mayores cuando hablaban de una quimera lejana.

Estaba también lo de hacerse castillos en el aire, que quedaba como más fino, más literario. Pero lo del tío en Alcalá resultaba más ingenuo, más castizo. Nunca le dijeron en cambio la segunda parte del aforismo: el que tiene un tío en Alcalá, ni tiene tío ni tiene ná. Cuando imagina uno que cuajó el dicho, Alcalá (se supone que de Henares) quedaba muy lejos de la Villa y Corte. Así las cosas, la frase se preñaba de razón..

-¿De qué sirve un tío que vive tan lejos que no te puede llevar al cine, al teatro o al fútbol alguna vez? –se preguntaba el aprendiz de duende- ¿Para qué quiere uno un tío que no le monta en moto, ni le sube al tiovivo, ni le invita a a merendar tortitas con nata al menos una vez en su vida?

Para ná. Un tío así no sirve de ná.

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Ahora, cosas de la edad y la globalización, el Duende ya no tiene tíos ni el Alcalá ni en ningún sitio, sino sobrinos lejanos. No por sangre, sino por distancia. Sobrinos que viven en Berlín, en Hannover, en Londres, en Edimburgo, en Niza, en Los Ángeles, en Shangái. También en Logroño, en Barcelona o en Oviedo.

 De la familia de su querida esposa, que es la quinta de siete hermanos y de la suya –él ocupa el mismo lugar en una lista de seis- se puede esperar cualquier cosa. A muchos de estos sobrinos a veces los ves  de bebés, cuando parecen una alubia con patucos de punto blanco, y no vuelves a saber de ellos hasta que te llega su invitación de boda. Naturalmente, tampoco se casan en Alcalá de Henares, sino en un pueblecito de otro perfil, y ligeramente más alejado. Por ejemplo, Oaksey, en el condado de Wiltshire, Reino Unido. Al borde de un parque natural inundado de pequeños lagos, bosques, deliciosos cottages sin enanitos de piedra artificial en sus jardines y amarillos campos de colza en flor. A este edén los ingleses llaman the Cotswolds.  El amor, como decía la canción de La perrita pekinesa, nada sabe ni de razas ni colores. Ni tampoco de dónde acabará uno poniéndose el chaqué o el vestido blanco para decir el sí quiero. Los novios eligieron este recóndito rincón, gracias a lo cual el Duende pudo perderse varias veces por sus encantadoras carreteras tan estrechas como mal señalizadas, desesperarse bucando en el mapa sus destinos y comprobar, una vez más, que nuca sabrá entenderse en la lengua de Shakespeare.

-Perdone-acabó por explicar en su precario inglés a los que abordaba para preguntarles dónde quedaba Oaksey – No  soy bri-tá-ni-co, y a-de-más es-toy al-go sor-do. Há-ble-me des-pa-cio y muy  cla-ra-men-te, please.

El please le quedaba maravillosamente. Como el inglés para sordos: el único que es capaz de entender en las conversaciones.

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A Isabel Spearman la conoció este bloguero en la canastilla, y luego le vio pasar de bebé a niña y de niña a mujer en Candeleda, a donde venía los veranos con su madre y sus hermanos para secarse, cargar baterías y disfrutar con el gazpacho, el jamón, los huevos fritos –con puntilla, y no a la inglesa- y las patatas fritas en aceite de oliva. En  Escocia, donde vivía,  Isabel parecía fundida a la grupa de un caballo, que montaba como una precoz amazona. Pero cuando llegaba a la España donde se crió su madre, hacía lo que ésta, que es lo mismo que tanto le gusta a los británicos y a los lagartos: tenderse al sol, cerrar los ojos y dejar pasar las horas. Luego la chica creció, se hizo muy guapa, muy lista y francamente exitosa. Ahora la criatura es la asistente personal de Mrs. Cameron, la mujer del primer ministro inglés. La chica  sabe lo que se hace, y además tiene un gusto personal exquisito.

-Para la entrega de premios en el orfanato que tenemos hoy -le dice- se ponga usted blusa camisera de Liberty, chaqueta de Carolina Herrera, falda tableada a juego y zapato oscuro. Y sólo besos y carantoñas a los tres premiados, que luego ha de inaugurar un hospital para ardillas en Richmond, y si se enrolla no le va a dar tiempo.

Rebosaba este orden y buen gusto en todo lo que caracteriza a una boda campestre en Inglaterra. Cielo plomizo y amenazante que, afortunadamente, no rompió en llanto, iglesia antigua, de piedra y verdín, rodeada de uno de esos cementerios donde dan ganas de ponerse a descansar eternamente ya mismo, vicario ceremonioso, adornos florales de estudiada sobriedad, señoras guapas, tules y sedas, pamelas, chaqués grises y negros, lluvia tan sólo de de pétalos de rosas sobre los recién casados (¡Qué inmenso error!: mientras escribe estas líneas el bloguero escucha de nuestro pontifex maximus en materia de modales y costumbres de gente bien, el inefable Josemi Rodríguez Sieiro, que eso es intolerable. Menos mal que los Spearman no escuchan Herrera en la onda).

A la salida, un cochecito de caballos tirado por un aguerrido pony que transportó a los novios  a una carpa en medio de un prado bellísimo. Una orquesta de jazz. Un servicio de té espléndido, que se podía tomar mientras se contemplaba el paisaje de los Cotswolds a través de las faldas transparentes de la inmensa carpa: aquello le daba al cuadro la pátina onírica de una pintura de David Hockney. Todo tan bonito. Se sospecha que la  abuela española de Isabel, que se llamaba Catalina, a la que tanto le gustaban esas cosas, sacó un periscopio invertido desde el más allá para espiarlo todo.

-¡Qué pena habérmelo perdido! –dicen que se escuchó bajo la espesa bóveda de nubes azulencas- Pero, pese a todo…`qué contenta estoy!

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Salvo el sector de infalibles de la rama española de esta familia, todos los demás asistentes a la boda eran británicos o de la órbita de la Commonwealth. Salvo a los propios Spearman, el Duende no conocía  a nadie. Mientras el vicario sermoneaba , se dedicó a espiar a las señoras y jovencitas guapas, y en ese menester dio con una cara no femenina que le sonaba de algo. Era el propio David Cameron, primer ministro del gobierno de Su Graciosa Majestad. No sólo se sentaba, como cualquier otro invitado, en las últimas filas. Sino que además tenía a su a cargo a un par de críos pequeños que, como todos los niños, se aburren mucho en las iglesias.

Ni dentro ni fuera de la iglesia se veían maderos o escoltas, al menos indisimulados. Tampoco coches de respeto o de policía por los alrededores. Los habría, seguro, pero sin hacer ostentación. Eso llamó la atención  a los españoles, tan acostumbrados al boato del poder. Seguramente la democracia también es considerar que a un presidente hay que guardarle respeto, pero sin que pase de ser en una boda un invitado más. Bienaventurados los poderosos que saben ser discretos.

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Después de haber visto Ivanhoe, Robín de los bosques y Las cuatro plumas aquel duende casi impúber empezó creer que los ingleses eran clase especial preferente. Luego conoció mejor su historia, y su literatura, y su país, y por unos años creyó que el Reino Unido era su segunda patria, que le gustaba casi más que la primera precisamente porque ésta siempre se tomó poco en serio todo aquello que cualquier británico, sea de donde sea, respeta: Dios, patria, bandera, reina, himno, historia, honor, tradición, formas y maneras, autoestima. Y a él, tan inseguro, le gustaba tener referencias claras. Su imaginario de ídolos iba de Cromwell a Monty Python, pasando por Dickens, R.L.Stevenson, Chesterton, Emily Bronte, Bertrand Russell,  Agatha Christie, Chaplin, Woodehouse, Peter Sellers, Los Beatles y Bobby Charlton. Ah, claro, y Guillermo Brown, que era de mentirijillas, como el Quijote, pero menos chiflado y mucho más divertido.

Luego la vida templó su anglofilia. Cuando contrastó la apabullante puesta en escena del gran Imperio Británico con su implacable flema, fría y cruel hasta donde haga falta (Churchill es el mejor ejemplo) comprendió que gran parte de sus valores son la simple parafernalia del poder. Y que en el fondo su pueblo es, más que romántico y épico como luce, simplemente pragmático. En este viajecillo a los Cotswolds al Duende le impresionaron pequeños detalles, como ver que en los deliciosos footpath que siguen el curso de un joven Támesis recién nacido, y alrededor de los lagos, había numerosos carteles indicando que había que llevar a los perros con correa, y bastantes contenedores para depositar en ellos sus caninas caquitas. Es todo un Parque Nacional de muchísimas hectáreas, y uno diría que en plena naturaleza, pero lo cuidan como El Retiro. Al igual que custodian la memoria de sus héroes: en cualquier pueblecillo, un solemne memorial en recuerdo de los muertos en las dos guerras mundiales. En cualquier iglesia, o cementerio, en cualquier lugar, una placa, una lápida o un busto en honor de Jonathan Hopkins, Comandandante del Regimiento de Coraceros de Chippenham, caído en Jartún, o de John Sondeston, Lugarteniente de Infantería del IV Cuerpo del Ejército muerto en la Batalla del Somme. Luego, en el Reino Unido, como en todas partes, el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Pero sin  descuidar las formas.

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¿Hay algo que aprender de estos  peculiares seres rubitos –ahora ya menos- que durante siglos mangonearon a gusto en el planeta y que difícilmete perderán su flema?. La formalidad, la pompa y la circunstancia no son, ni mucho menos, la osamenta de esa convención que pueden ser sus costumbres y sus creencias. Pero cuando aquéllas se diluyen, la conciencia colectiva también se desfleca, pierde su identidad y puede acabar desapareciendo. El último himno que, de los novios al primer ministro, cantaron todos los asistentes a la boda de la sobrina Isabel trenzaba religión y patria con una letra del poeta William Blake que, después de preguntarse si el Cordero Divino pastó en los verdes pastos de Inglaterra –cosa verdaderamente improbable- o si Jerusalén fue construído entre las oscuras y satánicas fábricas británicas –seguro que no- acababa con esta pintoresca afirmación: no cesará mi lucha mental / ni dormirá la espada en mi mano/ hasta que hayamos construído Jerusalén/ en la placentera y verde tierra inglesa. Eso sí que es voluntarismo, y no lo de Zapatero. Qué diferencia con los españoles, que jamás cantamos en las iglesias, y sólo nos juntamos para corear la dichosa Macarena o, como mucho, Asturias patria querida.

No es fácil lo de construir Jerusalén en Gran Bretaña, seguramente no se lo creen. Pero los ingleses lo cantan como si lo creyeran. Y, con todos los achaques que sufre el mundo, les sigue yendo bien. Como les irá a Isabel y a Mark, recién casados en un pueblecito de Wiltshire de cuyo nombre y de cuyo paisaje este duende curioso siempre querrá acordarse.

Injubilables felices

...Como Angelillo, que no es este, pero podría serlo, aunque él sea más de montaña que de mar.

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Botín tiene 76 años, pero es feliz levantándose a las 6´30 de la mañana y reuniendo a directivos de altos bonus cuando aún no les ha dado tiempo de quitarse las legañas. A Tomás Fuertes, presidente de El Pozo, lo que más le apasiona es estar al pie del cañón. ¿Querrá decir que se pondrá el mono y los guantes y bajará a la fábrica a embuchar charcutería, que es lo suyo? Amancio Ortega, 76 años, dice que seguirá trabajando hasta el final. Nadie sabe cuánto vale su minuto de actividad. Teresa Rivero, 75 años, es presidenta del Rayo Vallecano, equipo de fútbol cuya plantilla lleva varios meses sin cobrar por la mala cabeza de la familia Ruiz Mateos. Reconoce que está mayorcita, no que su familia es incorregible, pero afirma estar encantada con sus ocupaciones. Plácido Domingo, 70 años, ya avisó desde el palco del Real que seguiría cantando mientras le quedaran fuerzas. Mejor que cante, porque hablando se pone un poquito cursi. “Podría vivir sin trabajar”- dice Francisco Ibáñez, el creador de Mortadela y Filemón“pero la vida sería demasiado aburrida”.

En el último dominical del periódico El Mundo se han juntado cien injubilables felices y nos cuentan su porqué. También los hay sin cara conocida: Celso González, un ganadero que prefiere cuidar sus animales que pagar a alguien por ello, Mª del Carmen Rodríguez, dueña de una zapatería, Juana López, carnicera, Lourdes Soriano, monja. Podría interpretarse como un reportaje pagado por el gobierno para ir acostumbrarnos a la idea de que jubilarnos más tarde es prolongar ese estado de felicidad que parece dar el trabajo. No subraya lo fundamental, lo que de verdad explica por qué no quieren retirarse. Y es que todos trabajan o en su empresa mercantil o en su empresa vital, que otros llamarán su ego. Qué curioso: los albañiles y jornaleros por cuenta ajena no aparecen en la lista, ¿por qué será?

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Tampoco aparece Ángel Serratosa,  80 años cumplidos justamente ayer, natural de Ronda, casado felizmente con la prima Carolina, más conocida como Chita, y residente en Barcelona. Padre feliz  de siete hijos, abuelo y bisabuelo de incontables criaturas, se jubiló después de una larga carrera en la empresa Tassada y Beltrán, y desde entonce es  activista puntual en Intermón. Como tantos jubilados que no salen en los papeles sigue en activo, aunque un proyectito de agua potable en un país subdesarrollado de la ONG en la que colabora sea menos vistoso que los dividendos de Botín o las tiendas que abre a diario el dueño del imperio ZARA.

Angel hace honor a su nombre, y no lleva alas porque las alas se planchan mal, no hay quien les marque la raya, y él es extremadamente pulcro y presumido. A su padre le fusilaron en Ronda cuando la memoria histórica se empezaba a escribir con sangre. Pasa de puntillas por esa cruel espina que se clavó en su niñez, y no se le conoce una expresión de odio ni tampoco una secuela que haya sesgado su natural bonhomie. A veces llega a irritar, porque no critica nunca  a nadie. En sus ratos libres  pasea,  pinta, lee y va a exposiciones. Un experto en felicidad diría que su biografía es un éxito, pero ni siquiera él está libre de imperfecciones. Lleva más de medio siglo en Barcelona, y es tan políticamente correcto que hace lo posible por hablar el catalán.

Ziz plau –le dice al kiosquero con su lengua rondeña un poquito zopaz– ¿E que me donaría La Vanguardia?

Es su máximo logro en la lengua de Espríu. Bienaventurados los que tienen buenas intenciones.

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Una de las grandes satisfacciones de Angelillo, como se le conoce en familia, es haber rehabilitado la massía que heredó su mujer en la Pobla de Lillet. Por ahí aparece de vez en cuando este bloguero y pasa unos días inolvidables con sus primos y con parte de su numerosísima tribu, porque en la casona de piedra no cabemos todos.  Ahí tiene su fuente el Llobregat, desde ahí se ve el impresionante peñasco de Pedraforca y se avistan al norte las lejanas crestas de los Pirineos. Cerros, valles, aire puro, montañas nevadas al fondo. Uno se acuerda de  cuando se quedaba embobado mirando la ilustración de la caja de lápices de colores Alpino, con aquel cervatillo triscando por paisajes como el de la Pobla. Angelillo y la prima Chita han repartido mucho oxígeno entre el personal que los conoce.

Un día paseaba con ellos por el monte y Angelillo se plantó ante un enorme pino negro.

-Mira qué ejemplar- dijo con evidente orgullo- Es el mejor de este monte.

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Quiso este duende entonces escribirle un poema de esos pretenciosos que hablan de la realidad y el símbolo, la aguja impasible que, en el frío del invierno o bajo el sol abrasador de agosto, sigue cosiendo el cielo y la tierra, la realidad y el sueño, el ser y el deber ser, la materialidad y la inmortalidad del alma. El gran  pino negro de la Pobla, directo desde las raíces de la tierra hasta hacerle cosquillas con las ramas de su punta al mismísimo Dios. Un trasunto arbóreo del Angelillo.

Quiso escribirlo y dedicárselo a este buen hombre que, aún no saliendo entre los injubilables de la lista de El Mundo, tampoco quiere dejar de trabajar. Aunque sólo sea  en el noble afán de hacer la vida más amable a los demás. Así que hoy lo escribe este bloguero no en verso, sino en prosa deshilvanada, con el simple deseo de felicitarle por ser un ochentón aún tieso, sonriente y positivo, bien planchado  y exportador de felicidad.

El pequeño teatro de la primavera

El macho de la oropéndola es un actor destacado en ese pequeño teatro que es la primavera...

Recuerda el Duende aquel teatrillo de cartón con el que jugaban sus hermanas mayores cuando eran niñas. Un escenario imponente, de estilo belle epoque, con sus bastidores de los que colgaban los decorados, sus escenas románticas, castillos, bosques. Sus personajes, `princesas, reyes y héroes de guardarropía que había que manejar con destreza para que el ojo inocente de los espectadores, que eran los hermanos pequeños, no se apercibiera del tinglado de la antigua farsa. Todo era mentira en aquel montaje, pero mentira hermosa, en buena parte por la sensación de profundidad. El pequeño espectáculo era más fascinante que los cuentos o los tebeos no sólo porque te permitía inventar la historia, sino porque te ofrecía una perspectiva y visualizabas, superponiendo distintos decorados, la magia de la imitación de la vida. Era como si lo viéramos de verdad, pero de mentira. Y eso nos parecía aún más encantador.

Todo eso se le ocurre al Duende porque amanece envuelto en primavera. Como en el teatrillo de juguete, la perspectiva se ha llenado de decorados verdes en distintos planos. Los castaños, los robles, los fresnos y los frutales le reproducen otra escena mágica, aunque en este caso no haya más personaje que el espectador ni más elenco que los perros que le acompañan y los pájaros que vienen a dar su fe de vida..

En ese jardín natural, tan efímero, que es en la primera mitad de mayo cualquier pedazo de tierra donde crezcan cuatro árboles y tres matojos, ha pasado, fugaz, una oropéndola macho, que es el ave más vistosa de las que por aquí paran. Amarilla y negra, como un taxi de Barcelona que volase. No sólo pasó, cantó Y su trino, rebotando en las ramas y en el follaje adquiere una calidad de sonido muy especial, que no se percibe de los sonidos de la naturaleza ni en el rigor del invierno ni en la extrema sequedad del verano. No es eco, porque todo está mullido a su alrededor. Pero, sobre el manto de silencio que rodea este momento singular,  sí cabe hablar de un efecto delicado que  reverbera en el ambiente con la misma sutileza que los aromas naturales. Es, por decirlo de alguna manera, un perfume para el oído.

Además, entre sábado y domingo llovieron cincuenta y siete litros de agua. La tierra está amorosa, decía en días así el inolvidable tío Jacinto, uno de los maestros de campo que guiaron a este duende. No es de extrañar. La oropéndola también lo está. Y hasta los corazones de piedra pómez  seguro que se vuelven sensibles y mullidos cuando asisten a esta función tan especial del pequeño teatro de la primavera.

Ciudades felices

Obras en Madrid, según la pintora Elena Méndez

Obras en Madrid, según la pintora Elena Méndez

Hay mentiras, grandes mentiras y estadísticas, dice el perplejo Homper que dijo Bernard Shaw. Da igual quien lo dijera, porque la frase estaba bien traída. Como si, en lugar de estadísticas, decimos encuestas. O como, si en lugar de encuestas, hablamos de percepciones.

-Ya ves, tía-le comenta a la tía Clota a través del Skype- Según la revista Forbes vivo en una de las diez ciudades más felices del mundo. Y yo sin darme cuenta.

Según la prestigiosa revista norteamericana Madrid está en la lista privilegiada de las ciudades más felices del planeta, encabezada por Río de Janeiro. La clave de esa percepción es que desde que Fred Astaire y Ginger Rogers rodaron Bailando a Río y desde que la tele universalizó la postal de los carnavales brasileiros, el imaginario colectivo asocia la capital del Brasil con la samba, el empelote, la plástica de las mulatas sonrientes y el vive como quieras, fundamentalmente de juerga y sin dar ni golpe. Sólo Río, Sydney, Barcelona y Amsterdam superan a Madrid en felicidad.

-¿Y crees que Barcelona es más feliz que Madrid por las fotos  de esas cosas que hacen en los alrededores de La Boquería? pregunta la tía Clota con indisimulada ironía.

Las reprodujo El País, no se sabe si dentro o fuera de su libro de estilo, Homper se quedó perplejo al verlas y luego dieron la vuelta al mundo en Internet. Gente fornicando en la calle  a plena luz del día sin ley ni ordenanza municipal que les advierta de que, aunque ellos estén felices, a la mayoría de la gente les puede molestar que conviertan el espacio público en una casa de putas.

-No se, tía –responde Homper avegonzado. Ya sabes, vive como quieras…Además, todo es relativo. Madrid está insoportable, reventado en obras. No sabes cómo llegar ya a ningún sitio, porque se han puesto a cortar y reformar todas las calles y aceras al mismo tiempo. Polvo, atascos,  la crisis y un calor más que africano. Eso sí, por la noche tinto de verano en las terrazas y, si pasa el de Forbes,  estamos encantados.

Son percepciones, insisten. Como lo de los brotes verdes de la economía. Debe de ser la edad, pero a Homper, por el contrario, esta imagen de desorden y caos bajo el azote de un verano exagerado y la cataplasma de la memez buenista le deprime. En el Retiro, como en casi todo el bosque nacional, muchos árboles desesperados hace ya tiempo que tiraron la hoja. No pueden con ella, como tampoco miles de tiendas de este Madrid tan alegre y confiado pueden mantener su negocio y cierran sus puertas. Pero somos felices.

-Paciencia, sobrino- dice la tía- Sólo es feliz el que quiere serlo, y el que no se consuela es porque no quiere.

Homper sueña con ver nubes en el horizonte. Y para no caer en el pesimismo, que vende tan poco, se recuerda a sí mismo que al final siempre acaba lloviendo.

“El Iniestín”, en los altares*

Iniesta* Publicado en MARCA  8-5-09

Hay que cambiar algo para que nada cambie. En las alturas  también dijeron  la famosa frase de “El gatopardo”, y la suerte de los campeones le ha dado al Barcelona lo que antaño reservaba al Madrid. La divina Providencia, tradicionalmente merengona, ha decidido no poner todos los huevos en la misma cesta, y desplaza este año sus favores al Barça. Al fin y al cabo ganaría igual tanto sin esos árbitros que acuden en socorro del vencedor,  como sin que se le encojan los grandes cuando se enfrentan a él.

 En el descuento, y con uno menos, el Barça ganó al Chelsea con esa chispa de fe, de raza y de genio que asistía al Madrid de las grandes noches europeas. Ahora al Barça, si se le atascan las toberas de su talento, también le sonríe la suerte: un disparo a gol en todo el partido y un gol que vale por dos y por una final.  Había que pasar la inveterada chorra del Madrid al Barcelona para que nada cambie. Es decir, para que siga ganando el mejor aún en su peor partido.

 Todos vimos la euforia que prendió en la hinchada culé en Stamford Bridge. E imaginamos lo que habrá sido otra vez la Rambla de Canaletas. Pero mucho más divertido y emocionante es recrear, como en el sueño de una de aquellas entrañables películas en blanco y negro del gran Berlanga, la noche en Fuentealbilla. Fuentealbilla, sí: ¿aún no lo conocen? Es el pueblecito de Albacete donde nació el héroe de la noche,  el príncipe del fútbol español. Un tal Andrés Iniesta.

 Se lo imagina uno, sí. Mete el gol el príncipe y el alcalde, desde el balcón del Ayuntamiento, lanza varios cohetes. A continuación se reclama a la Banda Municipal y al Coro Polifónico de Fuentealbilla y, sobre  la marcha, sin ensayar apenas, se les invita a recorrer el pueblo al frente de la corporación cantando Andrés…¡Tú eres el más grandes!…/ Andrés…¡Tú eres el mejor!  (es el pasodoble de Marcial Lalanda, adaptado a las circunstancias). A continuación se convoca un pleno de urgencia en la Casa Consistorial  y se le declara  hijo predilecto del municipio, fuentealbillero de oro, Quijote universal, embajador del queso, del gazpacho, de las migas y de los duelos y quebrantos manchegos. Y como remate, se insta al cura a que, sobre la marcha, declare a Andresín santo. Así, sin más, y sin pedirle permiso al Vaticano. ¿No es santo  Casillas? Pues más santo es Andrés Iniesta, que supera el milagro de que el Barça no tire a gol en noventa minutos marcando un golazo en el noventa y dos. A milagro, milagrazo.

Pero hay más. Al tío Tiburcio, que es alfarero y escultor de santos de iglesia populares, no se le ha pasado por alto la cara de bueno del Andresito. Le recuerda a aquel Niño Jesús de Praga sonriente, que hace años, cuando España era tan católica, estaba entronizado en muchos de nuestros hogares. También sabe que ahora hay creyentes con una estatuilla de San Pancracio en su mesa de trabajo, o encima del televisor: trae buena suerte, y trabajo si no lo tienes. Y así, ni corto ni perezoso, inflamado de fe tras ver el milagro de este paisano ejemplar que es el Andrés, ha diseñado la estatua de un santo que tiene su carita, viste túnica azulgrana y tras la cabeza, en lugar de un halo, luce un balón resplandeciente.

 La va a bautizar con un nombre popular, de santo pequeñito y entrañable, como de andar por casa. Le va a llamar “el Iniestín” (como a la Virgen de Covadonga le dicen “la Santina”). Y está convencido de que en pocos años todos tendremos un Iniestín. Tiene razón el tío Tiburcio, porque está claro que a este santo humilde, que hace maravillas, todos lo necesitamos para que nos vuelva a alegrar  la vida con milagros como el de anteanoche.

Una coincidencia con Dalí (2)

Borramos a Dios y seguro que hablarán de nosotros...

Borramos a Dios y seguro que hablarán de nosotros...

Al pobre Duende se le cortó la respiración al comprobar lo que pierden las leyendas en las distancias cortas.

Dalí ya era una caricatura de la propia caricatura exitosa que había sido siempre. Además de sus famosos bigotes engominados y una melena rala, lucía una especie de batín de terciopelo adamascado de color morado, un colorista pantalón de seda, unas babuchas, un bastón y, a modo de compañía,  un travelo horroroso  que respondía con nombre de mujer.

Le presentaron el Duende a Dalí sin que el nombre de aquel joven apocado le dijera nada. El Duende se sonrió. Recordaba el telegrama que, firmado por el presunto genio desde Barcelona, le había mandado el 15 de diciembre de 1951 a su padre, Luis Figuerola-Ferretti  Pena, a la sazón crítico de arte, que sin duda le había defendido en alguna de sus polémicas exhibiciones. El telegrama decía así: ANTE INICUA CAMPAÑA PRENSA IGNORANTE CON RAQUITISMO MENTAL TAN INCAPAZ DE COMPRENDER TUS SUTILEZAS TECTÓNICAS COMO MI MISTICISMO SURREALISTA TE ENVÍO CON UN ABRAZO UN MENSAJE MUNDIAL DE ADHESIÓN Y AMISTAD INVITÁNDOTE  A GRITAR CONMIGO ¡VIVA FIGUERAS!

En su disparatado estilo, le faltó añadir un si sale con barbas, san Antón, y si no, la Purísima Concepción, o algo por el estilo.

Porque Dalí estaba, o hacía creer que lo estaba, como una cabra. En medio de sus infinitas boutades la de que hablen de uno, aunque sea bien no es la más disparatada. Y si no, miren la que entre creyentes, agnósticos, ateos o mediopensionistas hemos armado por un anuncio en los autobuses municipales en el que nunca hubiéramos reparado si no hubiera sido por el eco que le han prestado los medios.

¿Probablemente no existe Dios?…¿Existe y está contigo?…No se entiende cómo han entrado al trapo Rouco y los creyentes. Algo tan íntimo, tan subjetivo, tan poco manipulable como son las creencias…¿queda afectado por lo que diga un anuncio?

Sólo se buscaba el ruido de un autobús. Y probablemente ni hubiéramos hablado de ello si no es por la ingenuidad de los que hacemos el eco a los pícaros que, como Dalí en su rollo, tanto partido sacan del escándalo.

Vivan las madres y los bebés de agosto

Embarazada

Embarazada

(Foto de Dennster)

¿Hasta qué punto es presentable colonizar la atención de los demás con asuntos propios?¿No pecamos de egoísmo los blogueros? ¿No sería más lógico escribir posts a la carta, según el gusto que alternativamente vayan marcando los lectores?

Apunta estas cuestiones el Duende desde un lugar de la naturaleza tan retirado, tranquilo y agradable para la vista que casi forzosamente se olvida del resto del mundo. Está pasando en el Mas del Puig, una masía perdida en la cordillera prepirenaica del norte de Barcelona. Desde aquí sólo se divisan olas de montañas cubiertas de pinos negros y valles donde abundan los robles, los nogales, los avellanos y los fresnos. Hacia el sur, imponente, más allá del antiguo pueblo minero de la Pobla de Lillet, se yergue el Pedraforca, una inmensa mole de piedra que marca el punto más alto de la contornada. En lugar de la horca que sugiere su nombre, uno hablaría de una inmensa muela erosionada en su mitad. A sus pies hay una placa dedicada al izard, que en catalán significa rebeco. Es el orgullo de la fauna local.

No un rebeco, sino una cierva y su bambi fue lo primero que ha visto moverse el Duende cuando asomó por la ventana esta mañana. Ramoneaban apaciblemente en el pasto. Es siete de agosto, pero la hierba aún está verde en estos pagos. Por el fondo del valle se escucha el tímido correr del agua. Es un torrente tributario del joven Llobregat, nacido unos kilómetros más al norte. Al margen de ese tímido rumor, se escucha sólo el graznido de un cuervo. El resto es silencio, porque aunque el sol ya despunta por la cresta de saliente aquí no se ha levantado nadie.

En estas condiciones uno tiende a ser egoísta. Anoche, cuando gran parte de España se cocía y en Zuera y Honrubia se chamuscaban – ya verán cómo empiezan a salir ahora los pirómanos acomplejados que no quieren ser menos que el Nerón de ayer-, aquí el termómetro marcaba quince grados. Demasiado contraste. Así que por solidaridad uno tuvo que acordarse de quienes deben de estar pasando la fatiga de ser madre en verano. Ahora que, gracias a la ciencia, hasta los hombres podemos parir, está uno más obligado a rendir homenaje a las bravas madres de agosto. ¡Parir con estas calores!…En ese afán han coincidido dos sobrinas del Duende y su nuera Sara, que lleva en sus entrañas a la primera hija de Juan, el jefe de mantenimiento de este blog. Que salga bien. Si el amor al hijo es proporcional al sofoco de su nacimiento, esta chiquilla, Camila, va a ser muy bien querida.

Pero no se preocupen si le ven en la piel una mancha helicoidal. Es muy posible que la niña traiga el antojo de un ventilador.


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