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De espaldas al pueblo, una vez más

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Homper se ha quedado perplejo al comprobar que también puede desesperar uno por naderías que nos comlican la vida... (Imagen prestada de la web www. dreamstime.com)

Homper se ha quedado perplejo al comprobar que también puede desesperar uno por naderías que nos comlican la vida… (Imagen prestada de la web http://www.dreamstime.com)

 

Se pregunta Homper si existirá algún ranking mundial de torpezas sin importancia. Se lo pregunta por si cabría en él algunas de las suyas. La última le ha traído el recuerdo de aquella Doña María que denunciaba en la radio las numerosas poblemáticas de espaldas al pueblo con las que el ciudadano normal se topa diariamente a despecho del progreso y de la modernidad. Toma ya. Intentando suplir una falta de su asistente doméstica, se lanzó a cambiar la funda de su edredón. Alguien le recordó la panacea universal de nuestro tiempo.

-Busca una de esas tutorías que cuelgan en Internet hasta para que sepamos cómo se cierra el tubo del dentífrico.

Dice Homper que huroneó por You Tube y pinchó el tutorial de una señora muy coquetona y bien maquillada que tras cantar las alabanzas del edredón nórdico, tan calentito, tan sensual, tan sugerente, denunciaba el coñazo que es cambiar su funda. La señora pintaba muy burguesa y bien hablada, pero dijo eso, literalmente: un coñazo. Para remediarlo, muy lista, había ideado un método que consistía más o menos en lo siguiente. Extendía la funda y, sobre ella, también el edredón, doblaba ambos en sentido longitudinal, hacía con ellos un rollo y posteriormente daba la vuelta a la funda como se da la vuelta a los calcetines cuando se hace con ellos una pelota para guardarlos en el cajón.

Y una leche.

Confiesa Homper que trató de seguir las indicaciones de la profesora, y que mientras tanto sonaba en la radio la Octava sinfonía de Beethoven. Creía que la experiencia le duraría un tiempo, dos como mucho. Al inicio del tercer tiempo abandonó desesperado el intento, dejando sobre su cama una montaña en la que se mezclaban el edredón y su funda como el chocolate y la nata en uno de esos helados de copa que llaman Montblanc.

-Señor –suspiraba- ¿Qué he hecho yo para merecer esto?

Volvió otra vez al ordenador, repasó el tutorial, se mesó los cabellos preguntándose cómo podía resultar tan incapaz para estos menesteres. Y entonces cayó en la cuenta de que la señora lista no lo era tanto. La funda de su edredón estaba totalmente abierta por uno de sus lados, o sea, que era sencillísimo cambiarla. Mientras que la que el pobre Homper se traía entre manos, procedente de IKEA, sólo disponía de una apertura en el lateral por la que resultaba bastante difícil meter las manos y guiar los ángulos del edredón hasta dar con la esquina que les correspondía. Cuando tras múltiples ejercicios, poniéndose de pie en la cama, levantando y agitando la funda como agita la bandera La Libertad guiando al pueblo de Delacroix, consiguió su objetivo, había terminado la Octava sinfonía de Beethoven y estaban a punto de morir Tristán e Isolda, que sonaron a continuación. Uno moría porque según Wagner le tocaba, y el otro posiblemente por el aburrimiento de ver cómo se puede desesperar uno por algo tan estúpido como el cambio de la funda de un edredón nórdico.

Homper se quedó perplejo esta vez comprobando una vez más las razones de Doña María: cuántas cosas que deberían ser sencillitas y fáciles se convierten en poblemáticas de espaldas al pueblo.

Saulo, ¿por qué me persigues?

Incluso los más virtuosos necesitan alguna vez una caída del caballo para darse cuenta de que quizás el suyo no es el  camino de la perfección... (La Conversión de San Pablo según Il Pamiglianino)

Incluso los más virtuosos necesitan  una caída del caballo para darse cuenta de que quizás el suyo no es el camino de la perfección…
(La Conversión de San Pablo según Il Pamiglianino)

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No engañes a nadie que se asome por aquí. Al principio esto podrá parecer uno de esos cuentos tontorrones con los que inicias algunos post, pero debes dejar bien claro que es un alegato. Un alegato en re sostenido mayor por ejemplo, que así sonará como más dulcificado por la música, pero no menos firme y solemne que esas proclamas altisonantes de los indignados. Es un alegato contra la estulticia, la hipocresía y el desprecio por los demás, aunque el protagonista del mismo no sea más que lo que en los relatos clásicos llamaban “un hombrecillo”.

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Ya has citado el asunto que motiva tu alegato, la música. ¿Y por qué al hombrecillo le atraía tanto la música? Dice que sintió su hechizo cuando vio en Fantasía al legendario Leopoldo Stokowsky dirigiendo un ballet de hipopótamos dibujados por Disney mientras la orquesta tocaba la Danza de las horas. Qué encanto aquello de poder jugar con melodías y ritmos, y revestirlos de imágenes tan divertidas como imaginativas. Qué delicia, esquivar así las miserias de la vida.

Había otro motivo para añorar y desear la música. Llegó el hombrecillo a su primera juventud, y observaba que un colega que rasgueaba una guitarra susurrando suramericanadas de María Dolores Pradera y sus Gemelos mientras le hacía ojitos a una chica mona ligaba bastante más que él. Otro amigo mayor, más serio y preparado, le inició en la música clásica. Fue en verano, cuando los poros de la sensibilidad primeriza se abren y están amorosos. Aquel amigo, que poco después tomaría los hábitos de cartujo, ponía por las noches la Quinta Sinfonía de Beethoven en un primitivo tocadiscos que instalaba bajo una higuera, e invitaba a escucharla mientras el hombrecillo y su pandilla miraban las estrellas. Ahora a los momentos así se les llama iniciáticos, esdrújula que entonces no existía, pero que los que van de intelectuales gastan mucho. El hombrecillo, absorto en ese milagro conjunto que obraban la noche estrellada y el genio de Bonn sólo sabía entonces que no le gustaría morirse sin haber intentado antes ser música.

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Sin enseñanza alguna, y manifiestamente inepto para engañar siquiera al instrumento más simple, el hombrecillo acabó cantando en un coro. Primero piezas sencillas y populares: que si eres como la nieve, que si tiro el pañuelico al agua, que si río arriba, río abajo, que si la bella Lola, que si se enamoró la paloma, y luego se equivocaba, que si no te vayas de Pamplona, que si los campanilleros y otras sonrojantes letras regionales o populares. Más tarde, en un salto de calidad y de criterio, música sacra a capella. Y de ahí, feliz  como el torero que se doctora en Las Ventas, a cantar con orquesta piezas de clásicos.

Entonces el hombrecillo se vestía de smoking, iba a la iglesia de turno con sus partituras, se incrustaba en la obra que siglos antes habían compuesto Vivaldi, Bach, Mozart o Beethoven y cumplía sus sueños. Aquello de aprender una partitura clásica sin apenas saber leer una nota exigía muchas horas de ensayo, pero el hombrecillo creía que valía la pena. Al fin se sentía por lo menos una parte infinitesimal  del tinglado de la hermosísima farsa. Ya no escuchaba la música, sino que estaba en ella.

Y era feliz, a qué negarlo.

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Un día, al hombrecillo le contaron que el Coro del CEU San Pablo buscaba voces para conciertos importantes, y allá que se apuntó. Aparte de formar excelentes universitarios, el CEU tiene a gala inculcar en su alumnado el espíritu humanista y cristiano de su santo patrono. También –a Dios rogando y con el mazo dando- ha hecho suyo el ritual de las universidades anglosajonas distinguidas, y gusta de adobar sus actos académicos con coros que realzan su solemnidad, y mitigan en los padres de los graduados el dolor de pagar la pasta gansa que cuestan sus matrículas.

El pacto que le ofrecieron al hombrecillo y a los demás cantantes ajenos a la institución era claro.

-Mira, vas a tener que cantar en varias misas solemnes con obispos y autoridades, y en ocho o diez graduaciones por temporada. Pero a cambio también podrás hacerlo en el gran concierto anual que celebramos el día de la Conversión de san Pablo. Un gran evento cultural y social del que estamos orgullosísimos. Vaya lo uno por lo otro.

Gracias a ese intercambio de prestaciones el hombrecillo empezó a sentirse importante. Es cierto que los actos litúrgicos y académicos le resultaban tan aburridos que en esos momentos se hubiera cambiado por un corista del Teatro Chino de Manolita Chen, pero el fin justificaba los medios.

Así que el hombrecillo se tragaba los denuestos y cumplía como buenamente podía.

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Esta temporada al coro se le pidió un esfuerzo más. El CEU iba a investir como Doctor Honoris Causa al presidente de la Comisión Europea Van Rompuy, con Rajoy de padrino y presencia de múltiples personalidades. Había que engalanar el acto añadiendo al repertorio habitual  el Himno a la Alegría  de la Novena Sinfonía –por aquello de Europa, a ver si caen- y el Aleluya del Mesías de Haendel, como colofón del acto que a todo el orbe cristiano llenaba de gozo.  Para eso hubo que programar horas extras de ensayo y dedicar prácticamente una mañana entera ad majorem gloriam de la institución. Como si en ello les fuera la vida a los cantantes, y no  a todos los prebostes que, al reclamo de la notoriedad del evento, atestaban el aula magna con sus vistosas mucetas, birretes y demás parafernalia. El hombrecillo y sus compañeros cantaron disciplinadamente. Les gusta cantar, no salir en la foto, y aún esperaban ilusionados el gran concierto del año.

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Mala suerte fue que la crisis también hiciera mella en el espíritu generoso que alienta en el CEU. Y que considerando que este año no había dinero bastante para montar el Requiem de Mozart,  que era lo previsto, los jefes pidieran que se apañara un concierto de piezas a capella, que resultaba más baratito. Eso sí, había que desplazarse a la Universidad que la institución tiene en Montepríncipe -20 kilómetros desde el centro de Madrid- y con los hombres de smoking y las mujeres de largo, que lo exigía la dignidad del evento y la de los asistentes. Tal cual si en lugar de un coro menesteroso estuviéramos hablando del New Philarmonía, qué carambas.

Y peor suerte aún fue que, tras comprobar que su sueño quedaba en el alero, y cabreado por el trágala de un programa de emergencia, el coro se encontrase el día del concierto con el aforo del gran aula magna ocupado por diez personas. Había reservadas cuatro filas para las autoridades, pero sólo una de las que levitaron aplaudiendo a Van Rompuy y Rajoy consideró que merecía la pena escuchar al coro ese día. No había cámaras de televisión, no había dignidades europeas, no había políticos de relumbrón. Sólo se ofrecía música coral. Por tanto, ni era necesario molestarse en buscar figurantes para cubrir el expediente. ¿Cabe mayor desprecio que no hacer aprecio?

El  hombrecillo asegura que nunca se había sentido tan humillado.

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Como pacta sunt servanda, y al día siguiente tocaba misa del santo patrón, las huestes corales volvieron a la capilla de la Universidad a cumplir su compromiso. Todos los barandas que el día interior faltaron al concierto deben de ser buenísimos cristianos, porque al acto religioso no faltaron. Haciendo de tripas corazón, el maltratado coro cantó lo mejor que pudo, aguantando estoicamente una plúmbea homilía en la que el oficiante recabó la necesidad de que el espíritu de San Pablo se encarnara en todos los presentes. El hombrecillo entretanto tragaba bilis, y se preguntaba cómo era posible que con tan eximio patrón  sus pupilos ignorasen aquello de los sepulcros blanqueados, y mostraran con los pobres cantantes que ellos mismos habían solicitado tan poquísima delicadeza. Ofuscado en su humillación aún caliente, el hombrecillo se notaba poseído por una ira nada cristiana. Y aunque comprendía que el santo de Tarso no tenía la culpa, sentía la necesidad de expresar ante sus homónimos del CEU un lamento parecido al que sonara en el camino de Damasco.

-Saulo, Saulo…-dijo el hombrecillo- Si no querías que cante…¿por qué me persigues para que adorne tus festejos? Y si de verdad quieres un coro… -añadió para no callarse nada- ¿por qué nos das el coñazo y nos machacas con tu desprecio?

Requiem por Abbado y otras personas amigas

También el silencio es música...

También el silencio es música…

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Debidamente abrigado con toda la ropa disponible, envuelto en mantas, con las manos ateridas a pesar de estar protegidas por mitones y junto a la estufa de porcelana que apuraba un fuego mortecino, Wolfgang Amadeus llenaba de notas y signos su papel pautado mientras, de cuando en cuando, levantaba la mirada para ver nevar por la ventana.

-Si llego a saber que sigue haciendo este frío no resucito –pensó mientras se arrimaba al pábilo de la vela para comprobar que su escritura no fallaba.

El destino no deja nada al azar. Oscurecía ya sobre Viena cuando tres aldabonazos en la puerta frenaron de súbito su inspiración. Dejó la pluma sobre su mesa de trabajo, bajó las escaleras, abrió la puerta y se encontró con un personaje con sombrero de tricornio calado hasta las cejas y una esclavina que ocultaba su rostro dejando al descubierto sólo sus ojos.

-Vengo a encargarle una misa de Requiem- dijo el misterioso personaje en un alemán que no disimulaba su acento italiano.

-Ya –musitó W.A. mientras arrugaba los morros y frotaba sus dedos para hacerlos entrar en calor –La historia me suena…¿Es tal vez para un conde, un elector palatino, un arzobispo, un margrave?…

-No…Es para mí.

-Lo comprendo…-dijo el compositor dibujando una sonrisa de complicidad- No es por nada, pero me salen unos réquiem gloriosos. ¿Le ponemos tres o cuatro fugas?…Hago unas fugas que se funde el Misterio, se lo aseguro. Si empezamos con un introito de esos que ponen la carne de gallina y lo adobamos con un Lacrimosa donde llora hasta el de la tuba y un Amen lo que se dice celestial…

-No siga –cortó el personaje depositando en la bandeja de la mesa del zaguán un fajo de billetes- No necesito alardes. Sólo quiero silencio. Un silencio sublime, como todo lo que usted compone.

Visiblemente complacido no tanto por el elogio como por el pronto pago, Wolfgang Amadeus recogió los billetes de la bandeja. Cuando levantó la vista, la figura del personaje misterioso se difuminaba entre el negro de la noche y la espesura jaspeada de blanco de los copos que caían.

-¡Oiga! –gritó el genio- ¿Y a nombre de quién pongo el encargo?…

-De Claudio –se escuchó en la distancia su voz amortiguada por la nieve- Llámeme solo Claudio.

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Dicen que a Abbado le molestaba el pelotilleo que suele rodear al tratamiento de maestro, y que pedía a sus músicos que le llamaran por su nombre. Nadie dice por contra que se encargara un requiem, pues no encaja con la sencillez tradicional del personaje. Sí sería previsible que de ser, ya que no vero, ben trovato el cuento, el gran director italiano hubiera solicitado un requiem de silencio. El silencio también es música. Y el silencio respetuoso, o el elogio contenido, ennoblece mucho más la memoria de una persona que el empalagoso ditirambo que suele provocar la muerte de las celebridades.

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Te lo subrayaba Homper, el hombre que se queda perplejo ante muchas cosas que a los demás os pasan inadvertidas.

-Observa la curiosa estructura de las necrológicas de los famosos. Primera parte: se enmarca la personalidad del difunto en su tiempo, se enumeran sus logros y méritos y sus aportaciones a la sociedad y se reclaman para él honores y reconocimientos. Segunda parte: aparentando modestia, el autor de la necrológica recuerda al respetable su relación personal con el difunto, utilizando fórmulas como “yo tuve la suerte, la oportunidad, el privilegio, el singularísimo honor de…ser su amigo (pariente, discípulo, compañero de armas, conmilitón, compañero de academia, claustro, hermandad, maestranza o cofradía, etc)”. Conclusión del obituario: como demostración del refrán el muerto al hoyo, y el vivo al bollo, el elegíaco texto resume que si el fallecido era importante, el autor de la loa no lo es menos. Pues al fin y al cabo conocía al famoso, así se escribe la historia, y él tiene que seguir viviendo con el renombre que le prestó el finado.

Recuerdas esta reflexión de Homper después de leer en los periódicos el aluvión de retórica de carril que ha suscitado la muerte de Abbado. Incluso las impresiones de otros genios como tu admirado Baremboim te suenan a cortapega. Y también llegas a la conclusión de que un requiem de silencio cuando el muerto está sobrado de elogios es mucho más hermoso que la fanfarria lacrimógena de sus turiferarios.

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Jamás escuchaste a Claudio Abbado en directo. Le has seguido a él, como a tantas figuras vivas o extintas de la música clásica, en sus discos, en Radio Clásica y en las grabaciones que emite Unitel Classica, una cadena de televisión ideal para asistir a las mejores óperas y conciertos gratis y sin moverte de casa. Con él, como con todas las grandes batutas, te ocurre que, disfrutando de su música, no sabes qué le debes agradecer a la obra interpretada, qué a los ejecutantes y qué parte a la maestría del director. Al igual que en otros campos de la cultura, también aquí el star system necesita encarnar al héroe en una persona de carne y hueso, y ese glorioso papel le corresponde o a un solista o al director. A falta de Amadeus, de Bach, de Beethoven  o de Wagner, que no resucitan todos los días, ese papel lo encarnaba hasta unos días el excelente director milanés.

Su hoja de servicios es deslumbrante. Otros como Toscanini o Leonard Bernstein, de los que sólo conociste sus grabaciones históricas y lo que leíste de ellos, puede que despertaran en ti aún más admiración. Pero la sensibilidad de Abbado y ese afán suyo por despojarse del Mito del Maestro –muy recomendable el libro que con este título escribió Norman Lebrecht– justifican tu debilidad por él.

Además, qué diablos, sé sincero: salvando las debidas distancias erais compañeros de fatigas. Abbado te sacaba doce años, pero desde hace unos cuantos pertenecíais al mismo club de melómanos tocados. No es esta precisamente electiva, pero afinidad sí determina esa circunstancia. Desde que entraste en ese club, lamentablemente tan nutrido, todo lo que le les afecta a sus miembros también te afecta a ti.

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Hace menos de una semana tu amiga y vecina de Candeleda  María P. de S. murió después de veinte años de elegante lucha contra la enfermedad. Acudiste al tanatorio para despedirte de ella y para dar un abrazo a Álvaro, su marido, y te sorprendió la gran cantidad de familiares y amigos congregados allí. Aquello era un clamor contenido de tristeza y de cariño. Ocurre que casualmente ensayas estos días con tu coro del CEU el celebérrimo Requiem de Mozartel que según la leyenda empezó a componer en las mismas circunstancias que relataba el cuento inicial. Algunos  pasajes de esta obra son de gran intensidad emocional, y a ti mismo se te ahogado la voz cuando los has cantado  en el funeral de una persona conocida.

Sin embargo, su oportunidad en estos momentos te sugiere lo mismo que las necrológicas de marras: oiga, esto es pompa, circunstancia y lágrimas para reconfortarnos a los que quedamos aquí, porque los muertos son ya como Claudio Abbado y María, y posiblemente preferirían el silencio. ¿No sería más lógico que hubiéramos volcado todo el respeto, la sensibilidad y el amor que exhala esta obra  cuando quien la mereció aún podía apreciarla en vida? Delicadeza y afecto para nuestros queridos enfermos de alrededor, que el Requiem suena divinamente en las salas de conciertos.

 

Fernando Argenta al final de la escalera

Fernando Argenta nos enseñó que con la música clásica se puede volar muy alto...

Fernando Argenta nos enseñó que con la música clásica se puede volar muy alto…

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Tu punto de partida para el post de hoy arranca de aquel día, cosa rara, en la que te asediaban las dudas. No tenías del todo claro si Dios existía y estaba allí. Tampoco estabas seguro de que pudieras encontrarle y hablar con él rezando lo que te enseñaron los curas.

-Santo cielo –pensabas que diría Él- Otro que me viene recitando lo mismo y sin apenas saber lo que dice.

A partir de entonces emprendiste tu propia búsqueda. Esta te llevó a veces a sitios tan inopinados como los brazos de una mujer. Qué sorpresa: a saber cómo le hubieras contado esta experiencia al padre Cayo, por ejemplo. Pero aparte del amor, fuiste descubriendo con los años que sólo la poesía, el arte, la observación de las maravillas de  la naturaleza y, sobre todo, la música te permitirían subir por las escaleras de la trascendencia y aproximarte a la idea de Dios.

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Los que conocisteis más o menos profundamente a Fernando Argenta podíais pensar de él que era un tipo cercano, simpático, ingenioso, inquieto, divertido, entrañable, sanamente gamberro, tenaz en la defensa de sus valores, reivindicador de la gloria de su padre, el insigne Ataúlfo Argenta. Un hombre sencillo, machadianamente bueno. Para  Toñi, la admirable mujer con la que compartió medio siglo de su vida, era además tan genial como Einstein y más guapo que Paul Newman en sus mejores momentos.

El de Toñi sí que es un amor ejemplar, caramba.

Tú le recuerdas lejanamente de la Facultad de Derecho, de tus años en RNE, y además de algún viaje operístico gozoso al que os invitaron. Donde guardarás las fotos con él en San Petersburgo, caminando sobre el Neva helado o en los trineos que os deslizaban por el bosque de Ekaterinmburgo, como si aquel fuera el Viaje de Invierno de Schubert. Y también por aquellas bromas que gastaba en su Clásicos Populares, donde una vez te puso a cantar con falsete la Habanera de Carmen para que el público averiguara quién se escondía tras esa carnavalada musical. Amor a la música con humor. Demostración elocuente de que lo serio no tiene por qué ser aburrido. Como para tenerle eso que se llama envidia sana.

Pues además Fernando tuvo la inmensa suerte de hacer de su pasión su trabajo. Y, aún más, el privilegio de descubrir la música clásica a muchos que hasta su aparición la consideraban aburrida o incomprensible. Conducidos por él  probablemente aprendieron a gozarla y a subir, peldaño a peldaño, por esas melodías  sublimes que elevan el espíritu y le redimen a uno de la condición humana.

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Te lo imaginas al final de la escalera, presentándose a San Pedro o al que haga el papel de guardián del paraíso.

-No es que haya hecho muchos méritos –le dirá- Es que la música me traía aquí y me he dejado llevar…

Quizás se confundan allá arriba cuando sepan que  viene de Clásicos Populares, y él tenga  que recordar que la música celestial es algo más que las trompetas de los angelitos. Empezará a silbar entonces melodías del Sordo Genial, del Viejo Peluca o del Cura Pelirrojillo, tres de sus clásicos favoritos. Omitiendo quizás que él también es ya un clásico, un clásico popular y verdaderamente inolvidable. Pues si Beethoven, Bach y Vivaldi compusieron verdaderas joyas musicales que permiten intuir el cielo, Fernando, con los pies en el suelo, supo mostrárselas a muchos que no las conocían y que hoy, gracias a su gusto y a su simpatía, adoran la música clásica.

Qué grande el hijo de Ataúlfo Argenta, derramando cultura con la misma naturalidad y desparpajo con que tocaba rock con su grupo de los Tonys.  Qué justo premio el suyo, al final de la escalera y haciendo cosquillas a las estrellas.

Claudia claro de luna

Ilustración prestada de la web www.fotolog.com

Ilustración prestada de la web http://www.fotolog.com

La Justicia se hace imposible de entender para el ciudadano normalito. Mientras en España se pedían siete años de cárcel para una pianista por molestar a sus vecinos teníamos que ver cómo asesinos y violadores múltiples salían de la cárcel antes de tiempo por  un quítame allá no esas pajas, sino la doctrina Parot. La paradoja le fue advertida a este duende por su admirada amiga, la también bloguera  Aldara Fernández de Córdoba, a quien por eso le dedica este cuento.

Lo malo es que, quizás por afán de esmerarse, la historia se le ha ido de las manos, ha olvidado el imperativo de la brevedad y se ha convertido en el post más largo de la historia de este blog. Así que advertido queda el lector. Si tiene prisa, gracias por leer hasta aquí y que pase de largo. Y si necesita garantías de calidad literaria para embarcarse en un cuento de ocho páginas, que acuda a Chejov, a Medardo Fraile o a Alice Munro, que seguro que no le fallarán.

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Cuando veo el eco que ha conseguido en los medios el caso de la pianista de Puigcerdá recuerdo que yo  también tuve una vecina pianista. Mi nombre es Sergio Rosales, y soy un tipo de lo más corriente, un ciudadano de provincias  con buen expediente y un par de idiomas que hace años recaló en Madrid y tuvo la suerte de pillar trabajo  como abogado en una multinacional. Procuro abstraerme de lo que pasa en el mundo para hacer mi vida sin demasiados traumas, pero la historia de esta mujer me toca muy de cerca. Tanto que siento la necesidad de contarla.

Claudia Abendi era una chica bien que vivía en el mismo edificio en el que yo compré una vivienda cuando mi estatus en la multinacional mejoró notablemente. Las torres de más de once pisos tienen la ventaja de que te permiten hacer amigos en el ascensor. Yo empecé a fijarme en ella porque, aparte de ser mucho más atractiva que el conjunto de funcionarios profesionales, licenciados, rentistas acomodados y algún industrial de la ferretería que teníamos como vecinos, me llamaba la atención su actitud, invariablemente seria y circunspecta. Claudia entraba en el ascensor, suspiraba, apretaba el botón del piso 11, abrazaba una partitura con la que parecía proteger sus senos y, mientras duraba la ascensión, iba tamborileando con sus dedos las notas que en ella acababa de aprender al tiempo que tarareaba con la boca cerrada la melodía que supuestamente interpretaría al piano. Doce pisos dan para enunciar los mejores temas de la historia de la música. El más famoso, que es la Oda a la Alegría de la Novena sinfonía de Beethoven, por ejemplo, no dura en su exposición más allá de treinta segundos, así que los cuarenta que tardábamos en llegar al piso 11 le permitían a Claudia tararear por lo bajini todas las piezas que preparaba. Yo la observaba detalladamente.  Al principio permanecía callado, y más cuando coincidíamos con algún otro vecino. Pero poco a poco, a medida que me iba pareciendo más atractiva y más intrigante su vida, fui perdiendo la timidez.

Un día decidí romper el hielo. Cuando las puertas del ascensor se abrían en su planta y Claudia se aprestaba a salir me incliné ante ella y le dije haciéndome el enteradillo.

Rachmaninoff

No- respondió ella como si mi farol no le hubiera hecho demasiada gracia– Albéniz.

Ese día estuvo particularmente seca.  Y mantuvo la misma pose hasta que dos meses después empezó darse cuenta de que le vacilaba. Yo no era un melómano cultísimo, pero mi tía Guillermina, con la que había pasado muchos veranos de mi  infancia, había sido profesora de piano, y después de cenar  gustaba de interpretar a la ligera los temas clásicos más conocidos  que luego yo silbaba por los pasillos. Algunas de las piezas que Claudia tarareaba de memoria cuando volvía del conservatorio  no me sonaban de nada, pero bastantes de ellos me eran familiares. Sin embargo, aunque las identificase, siempre me equivocaba a propósito para provocarla.

Schuman –le anticipé un día con la seguridad de una apuesta infalible.

-No te hagas el tonto- me soltó apuntado la primera sonrisa de complicidad de nuestra relación- Hasta un niño habría adivinado la Marcha Turca de Mozart.

Todo cambió a partir de entonces entre nosotros.

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Un vecino que toca un instrumento te puede parecer un ángel o un torturador, según los casos. De entrada admitiré que me parecen legítimas las quejas de los que soportan a través de los muros y forjados de una casa de pisos sus ejercicios y hasta sus interpretaciones.  Pero no quiero parecer un hombre de mármol, un tipo sin sensibilidad para la música y con pocos escrúpulos para sus artistas. Por eso procuré ser delicado cuando me atreví a dar a Claudia el primer toque de atención. Un día que subíamos solos en el ascensor le sugerí que quizás un buen aislamiento acústico para su piano y tocarlo sólo a determinadas horas sería la mejor forma de evitar problemas con el resto de los vecinos.

-¡Ah!, ¿crees eso?…-me dijo sorprendida como si no concibiera que a alguien le pudiera molestar su piano- Sube a casa y te responderé.

Subimos juntos, me ofreció la única butaca que amueblaba su estudio y sin decir una sola palabra se sentó al piano y empezó a hilvanar sin interrupción el momento musical de Schubert,  nocturnos de Chopin y sonatinas de Mozart con temas de bandas de película y hasta boleros, coplas  y valses de esos esparcen como confettis los pianistas de los hoteles. Yo me quedé fulminado por el encanto de aquel recital. No sabría decir si el virtuosismo de Claudia quedaba más cerca de Lang Lang que de la tía Guillermina, pero ver recorrer sus dedos por el teclado y su rostro habitualmente hierático  suspirando mientras movía la cabeza  y cerraba los ojos, como si entrara en éxtasis, me cautivó. Sumando su calidad como ejecutante a su atractivo personal pensé que me había caído en suerte un ángel.

Seré aún más claro. Lo que hasta entonces era una fría relación con Claudia se convirtió en una rendida admiración por ella, que pronto trenzó entre nosotros  una estrecha amistad. Yo aprovechaba todos los ratos libres que me permitía mi trabajo para hacerme presente en su vida, como si lo más importante que tuviera que hacer fuera prestarle todos esos servicios que acreditan a un buen vecino. Gracias a mi fortaleza física y a mis habilidades de manitas,  tanto le ayudaba a subir la compra como le desatascaba la lavadora, le purgaba los radiadores de la calefacción, le instalaba el nuevo equipo de sonido,  le acompañaba a IKEA si podía, le montaba luego esos muebles imposibles, le colgaba los cuadros, le instalaba las cortinas y hasta le bajaba las bolsas de basura cuando me lo pedía. La recompensa solía ser una copa nocturna fumando un cigarrillo –ella decía que sólo a mí me lo permitía- mientras a despecho de lo que sintiera el resto del vecindario nos cruzábamos miradas encendidas y yo me sentía en el séptimo cielo.

A todo esto, insisto en que Claudia Abendi era muy guapa, espigada, larga  melena rubia,  ojos grises, boca grande y bien dentada, y  nariz levemente aguileña que le daba un cierto aire de mujer mala, lo que a mis ojos aún le hacía más atractiva. Yo tampoco era un tirillas, qué diablos. O sea, que aquellos conciertos nocturnos derivaron naturalmente en cariñosas celebraciones sobre el mullido sofá del salón contiguo. Nos enamoramos. O al menos me enamoré yo. Una noche, después de un revolcón apoteósico, le pedí que se volviera a sentar al piano y que interpretara para mí algo que no le había escuchado nunca.

-Por favor –le dije- toca tema del Claro de luna de Beethoven.

Ya habrán adivinado que no soy un tipo demasiado original ni sofisticado. La verdad es que cuando se lo escuché por primera vez a la tía Guillermina flipé, me pareció el no va más del romanticismo, y pensé que no habría mayor felicidad en el mundo que compartir esa música con la mujer mi vida. Estaba convencido que esa era Claudia, mi bella pianista del 11 B. Pero ella no lo tenía tan claro.

-A mí me pasa lo mismo que a ti- me dijo- Cada vez que lo toco siento que necesito tener cerca al amor de mi vida.

Dejó en suspenso la frase. Y tanto me inquietó que la invité a continuar la explicación con esa pregunta que había escuchado cientos de veces en el cine y en el teatro y que jamás en la vida habría empleado yo.

-¿Y bien?…

-Pues que no estoy segura de que tú seas por ahora el hombre de mi vida.

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Fue un jarro de agua fría, pero no me desanimé. Es la ventaja de ser un alma simple, como creo que es la mía. Todo lo contrario: recordé que había dicho “por ahora”, y pensé que con el tiempo Claudia cambiaría de opinión, y se daría cuenta de que yo merecía sobradamente ese Claro de Luna que me escatimó esa noche.

Al poco tiempo de aquello Claudia heredó de su padrino una buena cantidad de dinero. Lo primero que hizo con él fue sustituir su piano vertical  por un imponente Yamaha de cola. Y a continuación  decidió acometer unas obras en la casa para unir dos habitaciones y convertirlas  en un estudio aislado como yo le había  propuesto. Me pidió entonces que le ayudara a proyectar y a comparar presupuestos. Muy oportunamente, por cierto, pues  desde el  piso octavo hasta el mío, que era el último, todo eran malas caras en el ascensor por su culpa.  Claudia estaba dispuesta a pagar el aislamiento que le recomendaron en el Conservatorio, pero contaba con que yo negociara el precio final y me ocupara de supervisar la instalación.

-Ya sabes –me decía muy tiernamente mientras me mordisqueaba la oreja- Las artistas no servimos para eso…

Y estaba dispuesto a ello. Por amor, uno es así de claro. Sin embargo, y muy a mi pesar, no pude hacerlo. La compañía para la que trabajaba estaba ultimando la compra de una planta de fabricación de sepiolita en Marruecos. Las negociaciones se adivinaban difíciles, y me indicaron que debía desplazarme allí con otro abogado y un auditor para ultimar los términos de la operación y empezar el tira y afloja hasta redactar el contrato final. Dos meses lejos de Claudia. Dos largos mes más esperando escuchar su sonata Claro de Luna.

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A la vuelto me encontré con el presidente de la comunidad  y me contó algo que me dejó estupefacto. Hartos de las molestias producidas por el piano de Claudia sin que esta reaccionara a sus quejas, un buen número de comuneros  habían decidido demandarla por quebrantar su derecho al descanso. Dijo que  cuando Claudia recibió la demanda por exceso de decibelios  su reacción fue furibunda.

-Vaya carácter el suyo –subrayó resoplando su indignación-  Se presentó en la junta que celebrábamos hecha un basilisco, gritando que éramos unos incultos, y usted  en particular un facha celoso…Sí, eso dijo –recalcó con indisimulada mala leche- Facha y celoso.

Yo ni sabía nada del asunto ni, por supuesto, me hubiera sumado a esa demanda de la que ni tenía noticia. Sí empecé a sospechar algo raro en Marrakech cuando traté de hablar con ella a través del SKYPE sin lograrlo, y cuando tras diez correos que le mandé sólo me respondió a uno con extrema frialdad y evasivas, como si aquel triángulo amoroso entre Claudia, el piano y yo sólo hubiera sido un sueño. La realidad es que en mi ausencia, mientras los vecinos se rebelaban contra ella,  Claudia se complicó la vida por culpa del nuevo piano y no llevó a cabo las reformas previstas. Peor aún para mí, porque la causa de todo ella era un afinador que se presentó en su vida como un Superman que hubiera penetrado por la ventana del salón y se hubiera sentado sobre el piano para seducirla.

-Sergio, son las cosas de la vida- me diría después- Me sentó fatal tu marcha, y encima el piano venía con problemas… Y en pleno bajón de ánimo apareció él y….Tuvo que reponer algunos fieltros de los mazos, y limar las piezas…Vino varias veces y no sé, no me lo puedo explicar…

Cuento. Mucho cuento me parecía a mí cuando al fin cantó la palinodia.

Y tanto. El escándalo que escuché nada más salir del ascensor la noche de mi regreso me dio la pista definitiva. El 11 B no sonaba como la digna casa de una pianista, sino como un puticlub. Me alarmé sobremanera. Esa no es mi Claudia, pensé, que me la han cambiado. En lugar de su pulso sereno interpretando delicadamente un nocturno de Chopin o una fuga de Bach, como sonaba cuando me tuve que marchar a Marruecos, lo que salía de allí  eran palmas y risotadas coreando los berridos de un borrracho que cantaba con ella al piano lo que más odio en este mundo: Dale a tu cuerpo alegría Macarena/ que tu cuerpo es pa darle alegría y cosas buenas…

Fue el acabose. Sin llegar siquiera a entrar en casa,  me metí de nuevo en el ascensor, bajé a la calle y salí huyendo despavorido de aquel infierno.

5

Esa Claudia Abendi no me interesaba nada. Aquella misma noche llamé a mi mejor amigo, le dije que tenía problemas y le pedí que me acogiera en su casa. Permanecí en ella dos meses, hasta que ya me dio vergüenza parecer un okupa y alquilé un modestísimo apartamento junto a mi oficina.

Allí se puede decir que inicié una nueva vida, volcado desesperadamente en mi trabajo y cerrado a cualquier noticia de mi antigua vecina. Apenas ponía la tele ni la radio, y dejé de leer periódicos. No quería saber nada de ella, sólo deseaba borrarla de mi memoria. Y un año después creía haber suturado aquella vieja herida  cuando , yendo en un taxi,  escuché por la radio un comentario acerca del lamentable caso de Claudia Abendi la pianista encarcelada. ¿Claudia encarcelada?- pensé- ¡No me lo puedo creer! Debí de sentir eso que llaman un vuelco del corazón. Volví a mi apartamento, encendí  el ordenador y por primera vez escribí en el buscador de Google el nombre de mi antigua vecina.  No fue agradable ponerme al día de su desdichada suerte.

Al día siguiente, convencido de que ya no la vería más, dejé el apartamento y volví al piso que  hasta hacía casi dos años fue mi casa.

6

Al poco de instalarme de nuevo en el 12 B de  empecé a sentirme incómodo. Las noches sin el piano de Claudia se me hacían insoportables. Me acordaba de aquella película de Visconti en la que un anciano que interpretaba Burt Lancaster vive amargado por las orgías de sus vecinos del piso de abajo y cuando estos se van de la casa descubre que la soledad y el silencio le atormentan aún más, y acaba echando de menos sus pasos y sus voces.  Yo no soy tan sofisticado como aquel personaje, ya lo he dicho, pero sufrí algo parecido. Lo intenté olvidar trabajando como nunca lo había hecho, buscando diversión y entretenimiento con otras chicas y con los amigos y haciendo algún viaje. Esquivando siempre, por supuesto, cualquier noticia  de Claudia que pudiera escocer aún más  mi herida. Seguí sin apenas leer periódicos ni ver telediarios ni poner la radio, y no entraba en más páginas de internet que las que necesitaba para mi trabajo. Sólo una noche en la que el insomnio ya me desesperaba encendí la luz, busqué desesperadamente el botón del ON de mi aparato de radio y conecté con Radio Clásica. También fue mala suerte. Justo en ese momento anunciaban la Sonata Claro de Luna de Beethoven en una interpretación que, para más inri, era del pianista Claudio Arrau.

7

Fue demasié pal body. Aquella misma noche salté de la cama, encendí el ordenador y le puse un correo electrónico a Claudia diciéndole que después de tanto tiempo simplemente quería saber algo de ella. Pretendía ser lacónico y distante, pero enseguida me di cuenta de mis palabras traslucían algo más que curiosidad y simple cortesía social. Empecé por decir que me sentía muy dolido de que ella creyese yo me sumara a la acusación particular para llevarla a prisión. Luego le recordé cómo cuando fuimos vecinos había tratado de hacerle la vida más fácil, y de ayudarla en todo lo que pude. Y le confesé que quizás me había equivocado al pensar que aquello pudiera derivar en algo más que una simple amistad.

Eso ya no era un correo, era una carta en toda la regla. Pero bueno, hecho estaba: necesitaba descargar mi conciencia y aliviar mi zozobra.  Y aunque no lo hice, me dieron ganas de añadir como remate lo que cantaba la Piquer en aquella famosísima copla que también tocaba al piano la tía Guillermina: No debía yo quererte, no debía yo quererte…/¡Y sin embargo te quiero!

Debió de intuirlo. Porque su respuesta fue extremadamente cariñosa. Y pronto nuestra comunicación a través de los e-mails y del SKYPE fue tan fluida y cálida como si nada ni nadie nos hubiera separado nunca.

8

Punto uno: reconocía que se equivocó conmigo, y que pensó que yo, despechado, había sido el gran agitador de lo que ella consideraba un linchamiento contra la música. Estaba encantada de ver que no había sido así, y  de que a pesar de todo lo pasado, yo siguiera acordándome de ella.

Punto dos: que la conquistó mi cariño y mi afán de ayudarla. Lamentando en este punto haberse abandonado tras mi marcha  a Marruecos y no acometer las obras que habíamos planeado.

-Fue un desastre –reconoció-Y no me extraña que los vecinos se acabaran hartando de mí y de mi piano.

Punto tres: reconoció también que había sido demasiado rigurosa consigo misma, exigiendo a su corazón más pruebas de amor que las que le había ofrecido hasta entonces.

Lloró cuando admitió que  lo estaba pasando fatal en prisión, y que sólo el permiso para tocar en un viejo piano vertical que había en la sala multiusos, y que ella utilizaba mientras las demás reclusas hacían gimnasia, le consolaba.

Seguía llorando cuando recordó que  se le fue la olla con el afinador, un tipo guapo y seductor que se extralimitó en sus funciones, le animó a beber más de la cuenta y a incurrir en el pecado de lesa sensibilidad de aporrear al piano la Macarena a las doce de la noche. Comprendía también que, después de negarme el Claro de Luna de Beethoven, renegara de ella tras semejante sacrilegio.

Y se sorprendió de que yo ignorase el verdadero motivo y el alcance de su condena.

-Se ve que no ha seguido mi caso –me dijo- ¿De verdad crees que me han enchironado por un delito de contaminación acústica?…No fue así. Eso se hubiera saldado con una multa. Lo que me condenó fue no sucumbir a sus malas artes de seductor … Precisamente por negarme a ellas, una noche que estaba borracho perdido y que pretendió abusar de mí yo le frené en seco y le quise echar de casa. El se revolvió, se negó a largarse, redobló su ataque, quiso forzarme  y, como no consiguió someterme, porque apenas se tenía en pie, cogió el busto de Mozart que tenía sobre la chimenea y lo estrelló con toda su furia contra el teclado de mi precioso piano…

Mi cara a través de lo que dejaba ver el programa SKYPE debió de ser un poema. Estaba literalmente estupefacto.

-Y entonces la que me cegué de ira fui yo. ¡Mi piano!… Cogí un hierro de la chimenea, lo levanté con mis dos brazos y lo descargué hasta seis veces sobre él con todas mis fuerzas…Y aquí me tienes: cinco años de reclusión por tentativa de homicidio, y no por pianista pelmaza…

8

Ya no me sentía tan solo en el 12 A. Contaba cada día los que faltaban para que Claudia cumpliera su condena. Nos escribíamos mails a diario, una vez a la semana nos hablábamos a través de SKYPE, y una vez al mes acudía a la prisión a visitarla. Un día recibí por correo postal una invitación. La Dirección del Centro Penitenciario para Mujeres tiene el gusto de invitar a Don  Sergio Rosales al recital de piano a cargo de la pianista Claudia Abendi que que se celebrará el próximo 12 en el Salón Multiusos. SRC

Fui muy ilusionado. Junto con la directora y los mandos de la prisión, era el único de entre el público que no tenía la condición  de reclusa ni de familiar de reclusa. El programa era variado: desde las piezas populares que tocaba al piano García Lorca y el Asturias de Albéniz hasta la danza húngara nº 5 de Brahms, la Campanella de Paganini , dos temas del Carnaval de Schuman y varias versiones de canciones regionales y bandas de sonido del cine. Al final del recital el público estaba entusiasmado, y Claudia tuvo que dar propinas. Primero una polonesa de Chopin, y a continuación el Imagine de John Lennon. Cuando ya todos daban por acabado el recital, Claudia se levantó de la banqueta y tomó la palabra.

-Gracias, muchas gracias –dijo con la voz entrecortada por la emoción- este es un día muy especial para mí…Y quiero acabar este recital con una pieza que no he interpretado nunca ante nadie, y que dedico especialmente a una persona muy querida que me apoyó mucho antes de entrar en este centro y me sigue ayudando ahora.

Se sentó de nuevo ante el piano, puso las manos en su regazo y cerró los ojos como esperando que le bajara del cielo un rayo luminoso. Despertó, levantó sus manos para posarlas sobre el teclado y lenta, profunda y amorosamente fue desgranando las notas del primer tiempo de la Sonata para piano nº 14, popularmente conocida como Claro de Luna de Beethoven.

Sólo al final de su ejecución se cruzó una mirada fugaz conmigo. Pero para entonces yo, que, como decía,  soy un tipo muy básico, secaba  con el dorso de mis manos un par de lágrimas indiscretas que se escurrían por mis mejillas. Mientras tanto, soñaba que la misma Justicia  que con tanta generosidad  acaba de liberar a un puñado de criminales me devolvería pronto a la mujer que sólo cometió el delito de amar  a la música y que ahora, al fin, también me amaba a mí.

 

Echemos la culpa a Mozart

Entre los motivos humanos que explican la retirada de Benedicto XVI, el más divino quizás sea el poder tocar al piano las partituras de Mozart...

Entre los motivos humanos que explican la retirada de Benedicto XVI, el más divino quizás sea el poder tocar al piano las partituras de Mozart…

1

No sabes cuánto tiempo hacía que no te dormías con música de Mozart. Debe de ser porque no hay ningún estudio científico que abone su poder curativo sobre tus dolencias. Un científico japonés quizás haya descubierto que el colmillo del narval crece tres veces más los años bisiestos. Un suponer. Otro estudio de la Universidad de Yale puede que nos sorprenda hoy sosteniendo que desayunar fríjoles con chocolate aumenta el deseo sexual. Otro suponer. Seguramente un ornitólogo escribe su tesis doctoral sobre  por qué las gallinas ponen más huevos con dos yemas a partir del miércoles de ceniza, demostración de que en estas fechas se producen muchas flores, tirabuzones rosquillas y otras delicias conventuales y, como criaturitas de Dios colaboran en el buen orden de la creación.

Otro suponer, más surrealista si cabe. Como las miles de teorías que todos los días se difunden sobre otras observaciones sorprendentes: a) El sonido de las sirenas de los barcos en la evolución de las verrugas b)La relación entre el aflojamiento de la goma de las bragas y los trastornos psicológicos de la mujer c) La influencia entre el teñido del pelo de los políticos sobre la credibilidad de sus mensajes d) La mutación de la función simbólica y adivinatoria de los sapos, que hasta hace nada barruntaban lluvia y ahora cuando se te cruzan en el camino son advertencia de que va a subir la prima de riesgo. e) El brandy Benedictine les sale mucho más aromático  a los monjes cuando lo destilan al ritmo de la música de Shakira.

Ni un día sin un estudio nuevo que nos deje boquiabiertos. Seguramente hoy mismo se descubrirán muevos agujeros negros y enanos marrones en el espacio, y otro sabio nos aventurará que en realidad si nuestra galaxia era hasta el momento un granito de arena en  una playa, ahora se ha demostrado que es menos que una partícula de polvo de litioen ese infinito vaso efervescente que es el universo.

Vamos, que no tenemos ni puta idea de casi nada. Pero como hay tantas tribunas, micrófonos, cámaras a las que atender y horas que rellenar, se dice lo que haga falta con  tal de entretener al personal.

2

Tú pusiste música de Mozart con la esperanza de que sus conciertos estimularan la inhibitina de tus diminutos tumores pulmonares y anulase la jodiendosis agresiva que pellizca tus dorsales. Vana esperanza: ni la una ni la otra tienen carta de naturaleza entre los galenos. No existen.

Y entonces caíste en la cuenta del por qué de tu decisión. El hombre del día era Josep Ratzinger, que ha renunciado a su dignidad papal por no sentirse en condiciones para tal responsabilidad y poder tocar al piano a su músico favorito: Wolfgang Amadeus Mozart.

La Iglesia Católica tampoco es ajena a la sensación de derrumbe que parece asolar al mundo que vivimos. Y qué duda cabe que hay otras maneras de sentir a Dios y hasta de servirle. Por ejemplo, continuar rezando en un convento desde cuyo huerto  de olivos y limoneros se divisa una bella vista sobre Roma e interpretar a Mozart.

3

Lo que tantas veces has dicho de Bach o de Beethoven vale para Mozart. Todos los genios nos dejan tendidas escaleras mágicas que convergen en lo más sublime y delicado que puede imaginar el ser humano. Para unos puede ser la idea de Dios, para otros la percepción del amor, pero difícilmente te sugerirán algo desagradable como una inspección de hacienda.

Tú recuerdas que cuando la pasión de la juventud se rompía dentro de tí fuiste con la chica de tu vida a un concierto en la que una flautista llamada Helaine Shaffer interpretó el Concierto para arpa y flauta  C.K. 299 de Mozart. Tu memoria nunca olvidó algunos detalles significativos de aquel concierto. En primer lugar, la flautista era una rubia americana del estilo de las que elegía Hitchcock. Tocaba una flauta travesera de platino, lo que aún le añadía más fascinación. Por otra parte el delicadísimo andantino del segundo tiempo, no se sabe si por su propio lirismo o por la emoción de escucharlo junto a la que tanto te gustaba, te pareció un regalo mágico que la Providencia había reservado para ti.

La chica, que seguía a Amadeus tan embelesada como tú, llevaba además un curiosísimo vestido cuyo escote en pico era cerrado por una cremallera de color que venía desde la cintura. Durante unos buenos minutos llegaste a pensar que lo sublime podría serlo aún más si, como ocurre tantas veces, los dientes de la cremallera se hubieran abierto espontáneamente y tú hubieras agregado al intenso placer espiritual de la música de Mozart el no menos intenso placer, bien es verdad que no tan espiritual, de verle de reojillo los pechos a tu amada. Desgraciadamente no fue así. Tú juras y perjuras que estabas sintiendo la divinidad a tu lado, sin mezcla de malicia alguna, pero el Jefe debió de decidir que lo de la exhibición no tocaba. El público y el maestro, que quedaban de espaldas, tal vez no se hubieran percatado de ello, pero el arpista que acompañaba a la Shaffer hubieran perdido el compás echando a perder lo que sin duda fue para ti un concierto inolvidable.

4

Por lo demás, desde que el Papa ha decidido retirarse su figura se te ha humanizado, al punto de que te cae simpático. Sólo visitaste una vez el Vaticano, pero comprendiste que tanta pompa, circunstancia y tan fastuosa arquitectura de poder se le puede venir encima a cualquier alma sensible que crea que su misión es continuar la obra de Cristo.

Que paren este mundo, que me apeo- podría haber sugerido Ratzinger incluso admitiendo que Bob Dylan no es Mozart.

Te gusta imaginar también que un día una buena católica de ojos hechiceros que tú conoces fue a recibir la bendición papal, y que el Santo Padre quedó tan impresionado por ellos que comprendió que no podía seguir llevando la tiara papal siendo tan vulnerable como cualquier hombre. Ya es rizar demasiado el rizo: humano sí, ma non tanto.  Conténtate con echarle la culpa de la ritirata a Mozart,   y preocúpate sólo del  poco margen para la sorpresa que te va dejando el tiempo que te ha tocado vivir. ¿Mira que si un día también dimite Dios?…

 

Zorongo en la Plaza de Oriente

1
No hay que darle más vueltas, aquí cada quisque debe colaborar en la medida de sus posibilidades al rearme de la moral colectiva. Contrariamente a lo que dijo el poeta, y aunque pueda sorprender la afirmación, cualquier tiempo pasado fue peor. Su espejismo no sirve de nada cuando sólo cuenta lo que nos espera. Hasta los años de euforia entran en esa consideración, pues de los tiempos de Felipe González, de Aznar y no digamos de Zapatero datan muchos de los polvos que hoy enlodan nuestra esperanza. Fuimos cigarras en lugar de ser hormigas. De repente España se convirtió en Antoñita la Fantástica, y así nos luce el pelo.

Pero a pesar de todo en algún rincón de cada día, cuando menos se lo espera, puede encontrar uno algo que le reconforta el alma.

2
Ocurrió mientras caía la tarde y empezaba a cernerse la noche, tan perezosa en estos días de julio. Atravesaba el Duende la Plaza de Oriente cuando llegó a sus oídos una voz que le retrotraía a la adolescencia. Un día tan importante como aquel otro en que anunció que acababa de comprar el Espasa –y casi nadie en aquella casa sabía lo que significaba eso- apareció su padre con un tocadiscos alemán. Antes la familia sólo guardaba memoria de una gramola de la Yaya que se accionaba a mano. Se cargaba con un manubrio, se ponía en el plato un disco de pizarra y gracias a un altavoz como de La Voz de su Amo se escuchaba a Gardel, cantando un tango desde el más allá con su tono cansino y arrastrado. Más devahído a medida que se acababa la cuerda al invento.

A uno la voz de Gardel le sonaba como el llanto de un pimiento morrón a punto de ponerse pocho, pero eran figuraciones, porque los pimientos morrones no cantan, aunque cada cual sea muy libre de elaborar sus propias imágenes para vestir los sonidos.

3
La novedad ya no se llamaba gramola, ni tampoco pikú. Era un aparato que sabía atinar automáticamente con el primer surco del disco y depositar en él el brazo con la aguja de diamante. Qué milagro: aquella aguja exploraba los surcos de pizarra y resucitaba a Gardel. Ahora, y con una tecnología más moderna, iba a reproducir a Bach, Beethoven, Haendel, y Debussy, primeros clásicos que entraron en la casa familiar. El quinto disco de 33 revoluciones por minuto llevaba en su funda la cara de un hombre joven y agraciado, con el pelo revuelto y corbata de rayas. Es el retrato que pintó Gregorio Prieto, en nada parecido al modelo original, de García Lorca. El disco llevaba por título El mundo lírico de Federico García Lorca, y era una recopilación de romances y canciones populares que inicialmente debió de tocar al piano el poeta granadino acompañando a una voz que podía ser la de la Argentinita, aunque fuera en esta grabación la de Lina Richarte. La luna es un pozo chico/ las flores no valen nada…/Debajo de la hoja de la lechuga/ tengo a mi amante enfermo con calentura/ De los cuatro muleros/ de los cuatro muleros, mamita mía, que van al río, que van al río…

4
Y de repente, en esa Plaza de Oriente ya despejada de guiris se escuchó la misma voz del romancero que tanto fascinó a nuestro poeta universal. Venía de una pareja de jóvenes: una de ellas tocaba la guitarra, y la otra cantaba exactamente las mismas canciones y con la misma voz de mezzo que uno guardaba en el disco duro de su memoria, con el mismo buen gusto de la Richarte. Al Duende le pareció asombroso. Era una tarde triste y opresiva, en el imperio de la modernidad descarajada. Uno pensaba en su país hecho unos zorros, hundido en la crisis, con la cultura popular colonizada por el Gran Hermano anglosajón, el ánimo colectivo triturado en picadura amarga y de repente, al aire, sonaba una voz fresca que agitaba la bandera del cante, del arte y de la poesía con un acento lírico inequívocamente andaluz. Qué hermosa paradoja.

-No hay otro bálsamo mágico –insinuaba la nueva Argentinita mientras cantaba que En el café de Chinitas/ dijo Paquiro a su hermano/ soy más valiente que tú/ más torero y más gitano…

Ya caía la noche, y no había un gentío frente a la fachada del Palacio Real, pero poco a poco, zorongo va y seguidilla viene, entre la nana de este chiquito que no tiene cuna, el Viva Sevilla y las tres moritas que me enamoran en Jaén, se fue formando un corrillo de los abrumados ciudadanos que suspendían su paseo para escuchar a las dos jóvenes artistas. El Duende depositó sus monedas en la alfombrilla que se extendía delante de ellas y se sentó a escuchar y observar al personal.

-No pararán mucho tiempo aquí- pensó mientras tarareaba por lo bajini aquellas perlas del mundo lírico de García Lorca.

5
Pero se equivocó. Uno de los que se detuvo, el que parecía más bruto, un hermano de Pedro Picapiedra, escuchaba serio y ceñudo, los brazos cruzados. Debía de tener músculos de basalto, porque no se movía nada en aquel rostro de sindicalista reivindicador. Miraba al dúo de guitarra y cantante como si fueran una Caterpillar o una veta de carbón. No era ciertamente la suya la cara de la poesía. Y si embargo descruzó los brazos, dirigió una de sus manos hacia el bolsillo y cuando el Duende, malpensado, creía que era para practicar ese gesto tan español del tocamiento cojonero, sacó del fondillo un euro y lo depositó en la alfombrilla.

-No sabeis el mérito que tenéis –les dije a las artistas mientras la gente les aplaudía- Que con la que está cayendo hagáis vibrar al público con vuestras canciones le llena a uno de optimismo.

Se llama el Dúo Zorongo. Entre los recuerdos que evocaba su repertorio y ver cómo reaccionó a su arte el Picapiedra, este Duende reconoce que le llegaron al corazón. Igual que emocionaron a los que en ese momento paseaban por la Plaza de Oriente. Qué alivio, qué desahogo. Quizás convenga envenenarse un poco menos de economía y política, y curarse el desasosiego con estas sorpresas agradables que aún se encuentran por las calles de Madrid,


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