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Los pastilleros y el señor Alzheimer

Tomar muchas pastillas te obliga a usar pastillero. Y ordenar las que te tienes que tomar en una semana y saber donde las guardas es una buena manera de hacer trabajar al coco  y de preveni el mal de Alzheimer...

Tomar muchas pastillas te obliga a usar pastillero. Y  llenar el pstillero con las pastillas que coresponden a cada día es una buena buena manera de hacer trabajar al coco y de prevenir el  Alzheimer…

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Inevitable obsesión, viendo la firmeza con que el señor Maduro acusaba a los enemigos de la República Bolivariana de Venezuela de haber inoculado el cáncer que se llevó por delante al glorioso caudillo Chávez. Inevitable. Por la noche, en el sueño te rondó el fantasma de esa vecina mal encarada a la que un día le llamaste la atención por su falta de delicadeza.

-Señora- le sugeriste al ver en el ascensor un sospechoso charquito amarillo y sorprenderla luego entrando  apresuradamente en casa con su mascota-Se habrá dado cuenta de que el perrito necesitaba unos minutos más en el parque, ¿no?

No le gustó a la respetable dama que invocaras el elemental mandamiento cívico de que  cada dueño de un animalito de compañía es responsable de sus excrementos. Y peor aún le sentó que un día  de invierno dejase el saco de la basura  en el descansillo y  le reprochases finamente que no se molestara en bajarlo al contenedor correspondiente.

-Si me sacase usted esa castañera de Lladró tan bonita que luce en la mesita de su hall sería otra cosa- dijiste con la mejor de tus sonrisas- porque eso da categoría a cualquier descansillo. Pero reconozca que abrirse la puerta del ascensor y contemplar entre su puerta y la mía esto no es lo más agradable.

-Perdone- farfulló entre dientes mientras tragaba su ración de quina- Es que hacía tanto frío…

Te sonrió con odio mal contenido desde entonces cada vez que os cruzabais. Y un día quiso poner paños calientes y sellar definitivamente el conflicto ofreciéndote una pastas de almendra riquísimas que le habían mandado de su pueblo. No te diste cuenta de que su rostro había un rictus de bruja de Blancanieves cuando te invitó a que cogieras una, o incluso dos o tres. Picaste, como picas siempre con los dulces de pueblo, sin saber que las pastas estaban envenenadas Luego caíste en un profundo sueño que se transformó en pesadilla, y en él aparecía el nuevo caudillo Maduro para recordarte que tu ingenuidad te había perdido, y que te habían hecho la misma pirula que a su héroe nacional, que en paz descanse.  Santo cielo, qué mal rollo.

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El perro del doctor Javier Hornedo corría mejor suerte que el de la vecina, aunque quizás hubiera precisado: ma non tanto. El doctor Hornedo, una autoridad en oncología, coincidía contigo en que es  madrugador y corredor de fondo, pero mucho más riguroso que tú. Salía a correr con su perro por el monte del Pardo a las seis de la mañana, hiciera frío o calor. Hasta que un día de invierno, observó que cuando el perro barruntaba sus pasos en la oscuridad de su casa y veía aparecer sus Adidas corría a refugiarse desesperadamente bajo el sofá.

-Tan pronto no, por favor- sugerían sus gruñidos- No me hagas la putada de salir ahora con este frío…

Tú mantienes una cierta amistad con el doctor Hornedo. Tratándose de un profesional tan solicitado ya es un lujo que atendiese tu llamada y se ofreciera para supervisar tu tratamiento. Con él coincidiste, además, en una serie de deliciosos viajes de ópera por algunas de las más bellas capitales europeas. Aprovechabais entonces para correr juntos por las mañanas, bien fuera por la bahía de Nápoles o junto al río Neva helado, cuando os llevaron a San Petersburgo y tuviste la oportunidad de conocer una ciudad que admirabas desde que leíste la fascinante biografía de Pedro el Grande que escribió Robert K. Massie, altamente recomendable para cualquier curioso de la historia. Por cierto que este zar tampoco se andaba con chiquitas para afianzar su poder, pues no dudó en matar a su propio hijo por un quítame allá esas discrepancias, pero fue el que modernizó la atávica Rusia de su tiempo y el fundador de esa maravillosa ciudad lacustre que abrió el viejo imperio a Occidente. No te consta que le embalsamaran una vez muerto, y eso a pesar de su grandeza, quizás porque medía casi dos metros y daba más trabajo que el coronel Hugo Chávez. Tampoco vas a pugnar tú porque te conviertan en muñeco parafinado cuando la diñes, ni aunque te quepa la gloria de haber sido el creador del villancico de las Muñecas de Famosa. Vanidades post mortem, las justas. Lo de ser ninot indultat ad eternum, que siga quedando para los grandes histriones de la historia.

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Cuando un ignorante enciclopédico como tú tiene ocasión de pasar un rato con una eminencia, aprovecha y pregunta igual que un niño. ¿Y cómo te dio por especializarte en oncología? ¿Y cómo se forma un cáncer? ¿Y qué es una metástasis? ¿Y por qué mata tanto? No entendiste la mayoría de las respuestas de  Javier Hornedo al respecto, pero sí en cambio recuerdas  que te aleccionó sobre el esfuerzo mental que exige la prevención de otros males propios de la edad  madura, como es la pérdida de memoria. La tuya es flaca, más y más cada día que pasa, pero no siempre corres o patinas a la orilla del Neva helado con un amigo sabio, y lo inusual cuelga en el cerebro momentos imperdibles como esos. Así que se te grabó perfectamente el ejercicio que aconsejaba hacer todos los días para mantener fresca la memoria..

-Imagínate que avanzas por un largo pasillo con muchas puertas a cada lado. Eliges una puerta, a la que asignas un número. La abres y entras un una habitación en la que hay un gran bargueño con numerosos cajones. Imaginas que en cada uno de ellos vas guardando una cosa: aquí las llaves, en el segundo cajón, tus monedas, en el tercero tu cartera de bolsillo, el cuarto tu móvil, en el quinto las gafas de sol….Vas llenando todos los cajones con objetos que usas diariamente. Y repites con tu memoria todos los días lo mismo: avanzar por el pasillo, entrar por la puerta justa, ir abriendo uno a uno todos los cajones y recordar el objeto que depositaste allí.

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Te acuerdas de que cuando regresabas del colegio, y antes de los seriales radiofónicos Dos hombres buenos y Diego Valor, que te apasionaban, ofrecía Radio Madrid una seción de cuentos dedicados. A Mari Tere, para que se cure pronto de su anginas, con todo el cariño de su madrina, La Ratita Presumida. La ratita cantaba con una voz insoportablemente cursi y almibarada esta bella canción: Limpio mi casita, tranlaranlarita/ Barro, friego y coso, tranlaranlaroto…/ Y todos los días, la misma tarea/ más  lo hago contenta por quien algo lo vea…Pobre ratita,  pensar que luego vendrían las Bibianas Aídos y anatematizarían su modelo de virtudes sociales.

Da igual, tú no necesitas ser feminista. Sólo eres un un tipo ligeramente tocado que vives solo. Los días sin asistenta te toca ser  ratita presumida a tiempo completo. Y ahora, en tu condición de enfermo, una vez a la semana debes añadir a las labores clásicas del ama de casa la faena que más te estresa: sentarte  en una mesa, abrir las cajas de los medicamentos y  los pastilleros de toda la semana e ir rellenando, una a una y sin equivocarte, cada una de las cuatro cajitas en las que se subdivide cada día. Un Omeprazol, un antiinflamatorio y un analgésico en la del desayuno, un antiinflamatorio y un analgésico en la de la comida, lo mismo en lo de la cena, y un somnífero en la cajita señalada con una luna menguante para la hora de dormir. Aparte de algún que otro antigripal o digestivo donde caiga. Desgraciadamente, con tan abundante pastillamen no queda sitio para una píldora de Viagra, por si a última hora apareciera un hada madrina para ayudarte a quitarte el corsé, tan excitante para ella como para un hombre desabotonarle  a un hada el liguero. El orden  no lo arregla todo.

Luego está lo de preparar y clasificar la abundante burocracia que apareja tu tratamiento. Volantes de cita, volantes de prueba, autorizaciones de tu sociedad médica, análisis, recetas, informes, radiografías, DVD con otras pruebas radiológicas…Demasiado tragín para un jubilado pacífico al que le sube la tensión y padece sobrecargas de adrenalina cada día que tiene que echar una carta al buzón o cambiar una bombilla fundida.

Eso sí, tu amigo el doctor Hornedo puede estar contento. No sabemos si con esta gimnasia mental lograremos contener el cáncer. Pero-vaya lo uno por lo otro- al menos le haremos esperar algo  al señor Alzheimer.

¡Ay pene, penita pena!…

Hay que econocer que hay diseños y noticias verdaderamente impactantes, caramba…

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La mamá de Mozart presumía de que su hijo componía sonatas a los cinco años.

-¿Cómo no voy a estar orgullosa de mi nene?- le decía a sus amigas mientras paseaba con el pequeño a las orillas del río Salzach.

Es lo que tiene ser madre de un niño prodigio. Primero te enorgullecen, luego resultan tan especiales que hasta pueden encontrar casi tantos problemas de adaptación como los niños cortitos. Los extremos, que a veces se tocan de verdad.

Sin embargo la madre de Cachito no era consciente de ello. La señora Vital llamaba a su nene Cachito por ese poderío que el niño mostró desde el primer día que en el baño le enjabonó la entrepierna.

¡Santa Coloma parió por un deo, y no me lo creo!-suspiró de la vecina que había acudido a conocer a la criatura al ver cacho verguita tan desmesurado- Eso no es una cosa cualquiera, eso es una Black & Decker.

Bañaron al bebé, y una vez que el pequeño pene estuvo en su lugar descanso, le pusieron sus pañalitos limpios y le depositaron a dormir en su moisés. Luego sacaron la botella de anís de la alacena y las dos brindaron por aquel nuevo niño prodigio.

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Seguramente Cachito no iba a ser como Mozart, que quedaba trasnochado, ni como Bill Gates, ni como Jobs o Zuckerman, que eran otro tipo de niños prodigio privilegiados. El mundo había cambiado, la libertad de costumbres ahora hacía milagros, y los valores que antaño distinguían a las celebridades habían cedido en beneficio de los que eran más rentables. Así que Cacho Vital, sería otra clase de triunfador, otro ejemplo de éxito.

Sería, y nunca mejor dicho, un triunfador de cojones. Y llegaría a millonario, sobre todo, por ser un auténtico virtuoso de la polla.

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En otro lugar bien distante la mamá de Vanesa no estaba menos orgullosa de su hija.

-Mira que yo le dije: hazte manicura, o entrenadora personal, o sigue el carrerón de la Bibiana Aído, que es asesora de la ONU Mujeres, o hazte novia de un futbolista del Madrid o del Barça…Pero no, que la Vanesa desde siempre dijo que le gustaba la copla y que su otra afición era seguir la tradición de sus abuelos. Y además de cantar coplas se hizo sopladora de vidrios, ya ves…Ahora, eso sí, la niña sopla como nadie, te lo digo yo…¡Artista mundial, que lo es, y de verdad!

Ya lo dijo el Guerra cuando le presentaron al filósofo Ortega. O al menos eso dicen que dijo. Hay gente pa tó.

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Andando los años Cacho Vital se hizo actor pornográfico de proyección internacional. Cuando a mitad de la treintena decidió retirarse forrado de millones había practicado el metisacaca lagartijero –metáfora taurina que siempre ejecutaba con el estoque de verdad- en no menos de tres mil corridas, o sea casi el doble de las que hubieran acumulado Marcial Lalanda y Paco Camino de haber coincidido en la misma época y haberse dedicado a lo que ahora resultaba ser una noble variante del séptimo arte.

Entiéndase lo de noble: una gran diva de la jodienda filmada llamada Cicciolina se había sentado como diputada en el parlamento italiano, una becaria norteamericana había ganado fama mundial por sus solos de clarinete presidencial en el Despacho Oval de la Casa Blanca<</a, un expresidente del Barça famoso por sus proclamas independentistas presumía de pasarse por Lapiedra a la gran estrella española de este cine guarrindongo, y últimamente munícipes (más bien munícipas) se autofilmaban alegrando su cuerpo con tecnología digital. Como si aquel menester mereciera, por su ejemplaridad, enseñarse a las generaciones venideras.

O sea, lo que siempre fue clandestino ahora se destapaba sin pudor por la suprema razón moral que todo lo hace perdonar: las antiguas bajas pasiones, ahora fabrican millones.

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Y de la misma manera que el legendario futbolista Alfredo Di Stéfano rindió homenaje a lo que le había dado fama y dinero y plantó en el jardín de su casa una pelota de piedra sobre una columna con el expresivo mensaje de Gracias, vieja, Cacho Vital, siguiendo la moda de todos los que, como Julio Iglesias, Antonio Banderas, Alejandro Sanz, David Beckham y otras estrellas bautizan colonias con su famoso nombre, decidió perpetuar su memoria creando su propia eau sauvage. Los supermachos también tienen su buen gusto y su corazoncito, así que el gran actor decidió ceder el 5% de los beneficios de las ventas de su colonia a la lucha contra el SIDA y, para darle más encanto a su perfume, envasarlo en un frasco de vidrio que reprodujera fielmente los 25 centímetros de su prodigiosa herramienta de trabajo.

-Porque el instinto comercial –anotó en su encargo-no debe estar reñido con la sensibilidad y la poesía.

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Casualmente, a la sopladora de vidrio Vanessa, tan aficionada a la copla, le sorprendió la llamada de Cacho Vital mientras cantaba aquella tan bonita de Hace tiempo que no siento nada si lo hago contigo. E inicialmente la peculiaridad del encargo y su timidez le hicieron titubear.

-Déjeme consultar, señor Vital-le dijo.

Cuando se lo contó a su familia, su padre, guardia civil jubilado, se rebeló y dijo que su hija no le soplaba la polla a nadie. Pero la madre, más moderna, le convenció de que una cosa era la forma y otra el fondo, y que el marketing y el atrevimiento de los nuevos diseños comerciales obligaban a superar viejos prejuicios.

-Las apariencias engañan a menudo- le razonó al marido levantisco- Ya verás como la niña y el perfume hacen historia.

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Vanessa pudo comprobar cómo los mitos no se forjan de la nada. Vio con sus propios ojos cómo aquel fenómeno aguantaba con su herramienta en correctísima posición de presenten armas mientras las delicadas manos de la artista del vidrio, temblando de la emoción, la recubrían de parafina templada para obtener el molde del obelisco. Cómo el superhombre seguía con sus hermosos ojos claros el llenado del molde con silicato de boro, cómo la miraba embobado mientras ella soplaba por el tubito de aluminio que atravesaba la masa faliforme para vaciar ésta de ganga inútil. Cómo limpiaba las rebabas sobrantes con una espátula de hierrro. Como se cocía en un horno a 2000º y cómo se dejaba enfriar sobre un lecho de roca de sílice antes de ver definitivamente convertido en frasco de perfume su glorioso miembro viril.

-Vanessa, guapa –dijo el ídolo mudando su clásico rictus de semental por una mirada que incluso afectaba un punto de ternura- Lo haces muy bien, muy bien, muy bien…

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Las apariencias engañan a menudo. Tras el actor que por exigencias del guión había tenido que representar papeles no siempre honorables, Vanessa se había quedado prendada del hombre. Como si fuera un romance de esos que ella gustaba de cantar en coplas.

Más dura habría de ser la caída. Cuando escuchó por la radio la noticia de que la policía había implicado, por blanqueo de capitales, en la Operación Emperador contra la mafia China al hombre que había inspirado su obra maestra del soplado de vidrios, los ojos se le inundaron de lágrimas. Cual Pantoja herida en lo más profundo de su corazón, se refugió en su tocador, cogió entre sus manos en frasco de perfume que ella había soplado con tanto amor y él le había dedicado con cariño y, estrechándolo contra su pecho se miró al espejo y, entre sollozos, recreó a su manera la zambra inmortal de Quintero, León y Quiroga.

Ay pene, penita pena,
pene de mi corazón,
que pué llevarte a la trena,
pena,
por culpa de la ambición…

Fue tanto lo que lloró Vanessita mientras cantaba que, con las lágrimas, el pene de cristal de Cacho Vital se le escurrió de entre las manos, se estrelló contra el suelo, se rompió en mil pedazos y sólo derramó el perfume del desencanto.

ZP toma nota de Cristiano

Si lo hacen Cristiano Ronaldo o Messi, no habrá más remedio que apechugar con ello...

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Al Presidente le trajeron un bebé de tamaño natural en plástico comprado, por aquello de la austeridad, en un bazar chino.

-Aquí tiene a un futuro votante –le dijo su secretaria con cierto retintín- Vaya practicando la igualdad.

Sobre la mesa de su despacho, una bolsa de Dodotis y varias cremas. El presidente se arremangó la camisa y se puso manos a la obra.

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Como cuando hay de por medio temas de estado, el presidente consultó con el líder de la oposición.

-A mi bebé le han puesto mostaza amarilla en el culete para simular la caquita –reconoció Rajoy- De esas mostazas de los Mac Donalds, ya sabes. Y la verdad es que limpiarlo me da mucho asssco.

La ese desflecada del líder barbudo sonaba por el auricular del teléfono como el siseo de la serpiente.

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El Presidente encontró su mayor problema en el orden de las cremitas y en la firmeza del sellado. No sabía qué producto tenía que poner primero, ni la zona del culete donde era indispensable que su mano balsámica repartiera el consuelo necesario para la piel del bebé.

Dijo que le pusieran con las Centrales Sindicales y con el nuevo presidente de la Patronal. Pero los primeros estaban inaugurando cursillos de formación, y el segundo tenía prueba en el sastre. Sólo consiguió hablar con  uno de los empresarios más potentes del país, cuyas opiniones siempre tenía en cuenta.

-Con todos los respetos, Presidente –dijo Botín– no tengo ni puñetera idea. A mí esas reformas me pillan muy viejo.

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Sonsoles estaba de gira con su coro cantando las cantatas de Bach, y no podía darle una clase práctica presencial (qué palabra, por cierto). Y no se atrevía a pedir auxilio ni a su secretaria, ni a Carmen Chachón, que había sido madre no hace mucho, ni a Bibiana ni a Leyre. Ellas daban por hecho que al líder nadie le puede dar lecciones de igualdad. Sin embargo el peligro estaba ahí: las niñas ya no eran tan niñas, y en cualquier momento podrían quedarse embarazadas sin permiso de papá y mamá.

-Imagínese que le confían a un sietecito/nietecita el fin de semana, que no sabe cómo hacerlo y que se entera la prensa –le advirtió su jefe de gabinete mientras el Presidente seguía intentándolo.

-¿Sería grave para nuestra imagen? –preguntó el Presidente angustiado.

-Pues hasta ahora no lo era…Pero ahora…

El jefe de gabinete le puso ante los ojos el resumen de prensa en el que destacaba una noticia subrayada con rotulador. Y el Presidente comprendió que ya era inevitable apechugar con el marrón, porque Cristiano Ronaldo acababa de confesar que, naturalmente, él también cambia los pañales a su bebé.

Pajínez, Aídez y otras urgencias de la igualdad

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Si todos los apellidos actuales derivan de hombres, habrá que inventar un modo de que la cosa cambie...

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El titular de la DGIA (Dirección General para la Igualdad en los Apellidos) estaba radiante. Es cierto que en el país había otros problemas, bastantes vulgares por otra parte (qué rollo estos medios de comunicación, siempre destacando el paro y la crisis). Pero no era menos cierto que aquel día el debate nacional versaba sobre quién iba a ponerle apellido a los nuevos nacidos, si el padre o la madre.

-Ponte chulo y por mis muertos que el niño se llama Sardinero-le chillaba en la calle  a su marido  una embarazada mosqueada.

-¿Le vas a negar a la criatura la nobleza de mi Pérez?…

-¿Y tú a mí la gracia del Sardinero?…Un noble oficio, un hermoso paseo de Santander, una playa…¿O es que vas a ser tú más que yo?…

El Director General se frotaba las manos mientras escuchaba por la radio la repercusión popular de la nueva medida del gobierno. No primaría a partir de ahora la obligación de premiar al padre con el la preeminencia de su apellido. Primaría la igualdad. Hasta que uno de esos del pueblo que siempre llaman  a las emisoras  para decir lo obvio, apuntó algo en lo que su asesoría jurídica no había caído.

-Oiga,¿y no se da cuenta el gobierno que, al final, el apellido de la madre es el de su padre, un hombre al fin y al cabo?…

Por un momento, pensó que la última creación de la orfebrería de la igualdad se hacía añicos.

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Pero no tardó ni cinco minutos en reaccionar. Pidió a su asesoría jurídica un un nuevo dictamen con carácter de urgencia. Y cuando lo tuvo en sus manos solicitó audiencia a su ministra.

-Señora ministra –dijo cuabdo le entregó el dictamen- Lamentablemente, y no se me vaya molestar, hasta los apellidos de las más progresistas de nuestro país provienen de un hombre.

-¡Coño!- exclamó la ministra. Y se enmendó sobre la marcha- Perdón, quería decir ¡cojones!…¿Y cómo arreglamos esto?

El Director General le resumió lo que sesudamente argumentaba el informe de sus juristas. Le dijo que los apellidos se formaban adoptando topónimos, nombres de cargos u oficios, de sustantivos comunes o por derivación de nombres propios: de Pero, Pérez, de Bermudo, Bermúdez, de Fernando, Fernández, de Martín, Martínez, de Rodrigo, Rodríguez… Pero no había ninguna norma que impidiera crear apellidos nuevos e inventar su modo de hacerlo. Si este gobierno lo reformaba todo…¿por qué no mano abierta e imaginación para este asunto?

-Señora ministra…-subrayó el director general mientras paseaba por el despacho gestualizando con énfasis su discurso-  ¡Permitamos que de apellidos ilustres como los que engalanan este gobierno reformista se puedan formar, a su vez otros que bauticen a las nuevas criaturas nacidas a partir de ahora!…Su apellido ya no derivará de hombres, sino de mujeres eminentes que aportarán al nasciturus o su nombre o su propio apellido, pero con la derivación correspondiente…¡Lo que sea más diferenciador!…

– No lo entiendo, explíquese mejor…¿Por ejemplo?…

– De Pajín, Pajínez. De Aído, Aídez…De Trinidad, Trinidáez, de Sinde, Síndez….Y de la gran Pilar Bardem, Bardémez…

La señora ministra dibujó una sonrisa.

-Me gusta la idea –dijo mientras se ponía sus gafas de lectura y empezaba hojear el informe- Puede retirarse…

Y el director general se quedó feliz.

En el nombre de Matilde

Ha llegado la niña y no se ha quejado nada de que el día anterior bromease con su nombre

No se sabe cuándo y por qué los nombres se posan en el cerebro del escritor.

Llegan de improviso, a veces asoman en una conversación, otras los escucha uno por la calle. Algunos nombres son los de un personaje o personajillo que en un plisplás se ha hecho popular por la tele,  otros corresponden al agente del último call center que se atrevió a quebrar nuestra siesta, especialmente el viernes por la tarde, a primera hora. Maldición, quién habrá decidido que hay que llamar a los consumidores sobre todo el viernes por la tarde. ¿No tienen nada mejor que hacer? Pobres: luego coge el bloguero el teléfono, escucha la abnegada voz anónima y la despide con cajas destempladas. Seguramente estas voces serán inocentes, como casi todo el mundo, porque el culpable de todo es el sistema. Pues eso, maldigamos al sistema que permite a los call center ser tan coñazos vendiendo telefonía, suministros de gas y energía, seguros y televisiones de pago. De vez en cuando, por aquello de despistar, deberían llamar preguntando al consumidor por su salud.

-¿Está usted bien?- podrían decir para que les cogiéramos cariño- Pues nada, Iberdrola sólo llamaba para interesarse por salud.

Pero nada, no llaman así, y así no hay manera de quererles.

El caso es que, de una forma u otra, los nombres aparecen, penetran en nuestro cerebro, buscan un rincón y luego quizá se echan a dormir. Y un día, no se sabe cómo. despiertan y toman presencia en la vida del inventor de cuentos.  Construye uno sus pequeños mundos en forma de historias, casi siempre protagonizadas por gentes. Y hay que darles un nombre.

Pero lo que es  la casualidad, la última fabulilla de este blog era una variación sobre el actualísimo tema de Pepito, el concavenator de Cuenca. Tocaba en el fondo el asunto de los parecidos entre las personas y otras criaturas vivas, y de cómo una persona atractiva puede recordar lejanamente a un monstruo y ser, sin embargo, una criatura adorable. Así que saltó el nombre de Matilde, sin más antecedentes que una amiga de la madre del Duende que se llamaba Matilde Benlliure, sobrina del escultor Mariano Benlliure, gran mujer y persona admirable, esposa que fue del gran arquitecto Luis Feduchi. También tiene el Duende una sobrina de bellísimos ojos que fue la pequeña de su casa y aún es conocida como la pobre Matildita, aunque ahora es una feliz madre de tres hijos y nada pobre, por cierto. Hay otras matildes en la gran historia –la emperatriz Matilde– o en la historia costumbrista de la radio, como Matilde Conesa, Matilde Vilariño y aquel entrañable producto de ambas que fue el serial Matilde, Perico y Periquín (Cadena SER, década de los cincuenta del pasado siglo) de la televisión y de la publicidad (las matildes de Telefónica que popularizó José Luis López Vázquez).

No había, se insiste, más matildes para el abajo firmante. Primero nació la de mentira, la mujer del paleontólogo, y apenas unas horas después Matilde Figuerola-Ferretti y Freyre, un bebé redondito, (quizás una bebá para la ministra Aído), una niña sana que mama y duerme como los ángeles, que llora como un rebuznito lejano de  Platero y que dormida en su cuna es la imagen de la paz perfecta. Caprichosa coincidencia. El refranero dice que no hay quinto malo. La recién nacida es la quinta nieta de este bloguero, por lo que vale complacer a la ministra mentada y decir que tampoco hay quinta mala. Que Dios la guarde. A la niña y, ya que estamos tan sensibles, también a la ministra.

¿Era la mujer del césar tan tonta y tan hortera?

Lo mal que está que dando la pobre mujer del césar por unos cuantos granujas...

A Homper la espontaneidad de su tía Clota le deja una vez más perplejo. Pero luego lo piensa y no sabe si por machista o justamente por todo lo contrario. Porque hablaban y hablaban de lo uno y de lo otro, de Gürtel y Garzón, de los jueces, de los procesos pendientes y de la empanada española que  se olfatea desde su tranquila casita de Vermont, cuando la buena mujer soltó una frase que da que pensar.

-A ver si va a resultar que la mujer del césar era tonta.

Silencio.

-Pues no le falta a Bibiana Aído más que escuchar esto-le sugiere Homper-Por favor, tía, modérate…

Y la tía se modera, pero lo explica. Y es que a la mujer del césar se le exigía no sólo que fuera honesta, sino que lo pareciera. Y no está probado y sentenciado que la mujer del césar, como los presuntos corruptillos que tanto nos avergüenzan, fuera deshonesta.

-Pero hijo- dice dejando de hacer punto, levantando la mirada y gesticulando enérgicamente- Si esperaba que con lo que gastó, y con el reguero de operaciones sospechosas, pagos en negro, lujos y marcas de postín que iba dejando, la gente no pensara lo contrario, es que definitivamente era tonta.

Homper le  seguía escuchando, sorprendido de tanta vehemencia.

-Y eso no es todo-  añade la tía- Además de no parecer honesta y de tonta, hortera…¡Pero hortera de verdad!…¿O es que sólo se puede parecer elegante y distinguida presumiendo de nueva rica?…

Hasta que cae en la cuenta de que su proclama parece antifeminista, y se está pasando seis pueblos. Y su sobrino Homper le recuerda que la mujer del césar era ante todo, mujer. Y que en el pestilente tomatón de la corrupción a la española los que deberían ser honestos, y parecerlo, y no ser tontos para dejar tantas evidencias y pasar por tan clamorosamente horteras son los propios césares o cesarillos a los que se les sube el cargo a la cabeza y acaban perdiendo el oremus.

Niñas, pero no tontas

Pobres criaturas, tener que caerse del precioso guindo de la inocencia tan pronto.

Nosotros tuvimos que esperar a ser jóvenes, a leer La Guerra Civil en España de Hugh Thomas y El laberinto español de Gerald Brenan, a conocer historias como las de Dionisio Ridruejo, o el padre Llanos, a mayo del 68, a la primavera de Praga, a la Revolución de los Claveles.

Quizás no lo pasáramos bien, pero lo entendimos. Entendimos que el mundo no era exactamente como nos lo habían contado. Comprendimos que hay una historia y una historia interesada, y que toda la historia era interesada. Tampoco le gustó al Duende la muerte del ratoncito Pérez, y que los Reyes Magos  fueran los padres. Y que los heroicos Tercios de Flandes y los no menos aguerridos conquistadores de América fueran, al cabo, menos buenos de lo que nos los pintaban los libros escolares.

No tuvieron que avisarnos de casi nada.

-Mira niño, no te asomes al balcón y te eches a volar, que lo de Supermán no sale bien nunca y te puedes estrellar.

Y tampoco nos advirtieron nunca de que las estrellas del cielo no eran en realidad las almas de los fieles difuntos reconvertidas en luceros. Eso es lo que le contaba su abuela a Pilarín e Isabel, dos gemelas con las que jugaba el Duende de niño. Poco a poco uno interpretaba que a los niños nos explicaban la vida en bonito. Y que lo bonito era, a menudo, eso que luego, en el  Ripalda, llamaban “mentira piadosa”.

Ahora  a las nietas del Duende, que a pesar de haber nacido en la España igualitaria de ZP y de Bibiana Aído, qué le vamos a hacer,  sólo sueñan  ser princesas, les quieren quitar sus cuentos de referencia.

-Nada de Cenicienta, ni de Blancanieves, ni de la Bella Durmiente, niña, que eso está  muy feo.

Pobres niñas, equivocadas por la tradición y  tan bien tuteladas por sus rigurosas educadoras. No es que les quieran cambiar sus ilusiones, sino que parece que les toman por tontas.


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