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Con el mazo dando, aunque cueste

Esperando con tu nieto que salte la rana. Manera tropecientos doce de dar con el mazo para superar el verano...

Esperando con tu nieto Luis a que salte la rana: manera tropecientos doce de dar con el mazo tras rogar a Dios que pase este verano…

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Se te ocurre destacar con cierta ilusión que a las seis de la mañana de este 31 de julio de 205, el saliente de Madrid se presentaba nimbado de nubes grises. Te asomaste, te acodaste en el balcón. Parece mentira, pero lucía bonito, contraluz de ciudad elegante. Temperaturas presentables. Era como si el azote africano de este verano hubiera relajado su intransigencia.

Aspiraste profundamente la última reserva del viento de la noche.

Al atardecer anterior, por ese cerro goyesco hoy llamado Parque de San Isidro que raramente frecuenta la beautiful people madrileña, saliste a dar un paseo con tu amiga Begoña por no perder contacto con la realidad. Era el tuyo un andar cauteloso, entreverado de dolores de espalda, de pasos algo torpes, de conversaciones que esbozabas en dos pinceladas y se te quedaban interruptas, porque estás y no estás, a veces te aúpa una arcada, a ratos te plancha el parche de morfina. Llevabas un jipijapa para proteger tu calvicie de los últimos rayos solares, que al parecer acentúan los efectos de tu última radioterapia. Averías del cuerpo por todos los frentes. Estabas contando algo y de repente la frase se te encasquilla para recordarte que hasta hace e bien poco no estabas tan agilipollado…

Debe de ser también cosas de la edad. El caso es que te sientes privilegiado por no ser ministro, ni premio Nobel, ni Florentino Pérez, ni Villar Mir, ni comunicador, ni Ada Colau, Te felicitas por ser un completo irresponsable. Un turista antiguo con bastón y sombrero de paja que vadea el verano con la curiosidad de saber si a pesar de las contrarieades conseguirá conectar con la alegría que esta estación inspira en las multitudes. Y basta.

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Tratas de observar, anotar y dar fe de vida de esta otra clase de verano por la que transitas ahora. Tienes amigos, parientes y conocidos más o menos tocados. Amigos de los que hace meses, o incluso años, sin saber nada, te mandan un correo para darte ánimos: Alfredo G. Maté, compañero de mili, también ex maratoniano y superviviente de un cáncer, Carlos Luqui, un navarro compañero de coro, que te envía oraciones y recuerdos, como Tina, como Cristina Palau, o Inés, o Rosario o Belén Agosti o como Pembertom y muchos otros a los que se te olvida agradecérselo, por tu tradicional desorden mental…

Sales a la calle poco, a por el pan o a por el melón, y siempre se te van los ojos detrás de la sombra de una chica en flor. Tú inasequible al desaliento, sacando pecho, que es como menos te castiga la espalda.Tienes que caminar como un major del ejército inglés en La India.

Algunos de tos amigos con suerte están navegando, o en grandes viajes, o en un grato retiro. Otros, anclados en casa por culpas de fracturas-tu nuera Sofía o tu amigo Javier A.V., o Temari –¡ay lo que ata la falta de movilidad!- Manuel Gasset lleva hospitalizado más de dos meses a causa de un páncreas que es como una hidra de mil cabezas y se resiste a dejar de combatir. Finalmente, unida por lazos aún más estrechos y también en el club de los tocados por el cáncer, esta noche tu querida cuñada Belén, las más sensible y finamente humorada de todas ellas- con la que hace un par de días mantenías una larga conversación sobre el arte de sobrevivir con sentido del thumor , ha sido afectada por un derrame cerebral. Te preguntas cómo con la gestión de lo que lleva encima al Señor le dará tanto para tanto tajo.

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Terapia de evasión por el recuerdo. Veraneo de Arenas de San Pedro, tal día como hoy, podías estar jugando al clavo en el jardincillo del Hotel Lourdes mientras por la cuesta que asciende desde el pueblo renqueaba el autobús de Gredos Auto y los cuatro amiguetes jugábamos a adivinar por el ronquido del motor y el ritmo de los cambios el modelo de que se trataba.

-Ea el Chato.

-Es el Ford

-Es el que va por Talavera.

Luego, por la tarde, caminata al Charco Verde con amigas y hermanas mayores y baño con bocata de pimientos fritos para regresar cantando. Planazo.

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Veraneo en la playa de Somo, cinco años más tarde. Llovería, o caería sirimiri, orvallo, orbayo (de ambas formas lo has visto escrito en Asturias), calabobos…Daba igual, ¿para qué bañarse cuando entonces erais dueños de tanto verano? Salíais del Puntal y caminábais hasta Loredo chapoteando entre los charcos que hollaba la marea mientras buscabais tesoros que arrojaba el mar: juguetes, objetos perdidos, navajas olvidadas por los pocos bañista de entonces, pelotas. Y, sobre todo, aquellas bolas de vidrio que se escapaban de las redes de pesca y que daban a cualquier rincón marinero un toque de Zubiaurre.

A Dios   rogando y con el mazo dando. Aprovechas que hoy te asisten las fuerzas para volver a la casa de Candeleda. Se comenta que el joven Luis ha echado dos o tres pasos seguidos, y ha descubierto un par de ranas alrededor de la fuentecica que le tienen loco. Y habrá luna gorda, no sabes si llena o azul. Será la última pastilla que te administres este día para seguir pactando con la buena voluntad de vencer el dichoso verano.

Entre los ángeles

Hay visiones de la naturaleza que le hacen a uno creerse un ángel...

Hay visiones de la naturaleza que le hacen a uno creerse un ángel…

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Sólo unos días antes de esta Navidad despertaste en el campo y miraste al amplio valle del Tiétar. Lo que en otros días claros de anticiclón es panorama de encinares y de una especie de sabana africana que la vista extiende hasta la sierra de Guadalupe, parecía un mar de nubes blancas cuyas olas morían contra las laderas de Gredos. Crees que el fenómeno se da cuando las altas presiones producen lo que los meteorólogos llaman inversión térmica. El caso es que Candeleda y las tierras del valle quedaban bajo una espesa capa de niebla mientras tú desde tu casa disfrutabas de un sol radiante y veías cómo el Almanzor nevado acogía entre sus larguísimos brazos ese mágico mar improvisado por el amanecer. Te pareció un espectáculo natural fascinante. Por un momento imaginaste que sólo los ángeles y tú podíais gozar de tal privilegio.

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Pero…¿existen los ángeles? ¿Y es verdad que no tienen sexo? ¿Será cierto que a todos protege un ángel de la guarda? En esta materia, como en casi todas, sigues apacentando tus dudas. Sin embargo, desde que la enfermedad te obliga a pensar más tienes la sensación de que eres rico en ángeles vigilantes y cariñosos. El que se presentó ayer en tu casa con un bizcocho de limón para felicitarte la Navidad es Inés. Es una excelente fotógrafa, está casada y es madre de tres hijos, pero te sigue llamando jefe, pese a que va hacer casi veinte años que dejasteis de trabajar juntos. Otros ángeles del sexo femenino llevan el nombre de Alicia, Ana, Ángeles –es un ángel plural- Begoña, Beatriz, Carmen, Carolina, Conchita, Francisca, Isabel, Julia, Lola, Lucila, María, Marta, Paloma, Pilar, Rosario, Silvia, Soledad, Teresa…No hay last ni least, porque para apuntalar el alma tanto te vale un jamón de pata negra como una simple llamada telefónica. Como te sirve también la atención de Borja, Carlos, Eduardo, Javier, José Pedro, Manuel, Miguel Ángel, Paco, Pepe, Quico, Rafael, Ramón, Rubén, Víctor y alguno más, que son del sexo masculino y que te han acompañado y ayudado a lo largo de este tiempo de mil maneras distintas. Tienes ángeles amigos que son hoteleros rurales, psicólogas, altos funcionarios, médicos, coralistas, abuelos y abuelas, compañeros de la radio, empresarios, amas de casa, jubilados, artistas. Otros son embajadores, y en la parte insospechada de su curriculum mantienen aficiones tan singulares como la cría de burros.

Afortunadamente, de todo hay en tu viña. No es como la del Señor, pero tampoco te puedes quejar.

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Creías que esa legión podría rondar por allí, y compartir contigo esa percepción de poderío sobre la belleza que te ponía en bandeja el día. Aún esperas y deseas que les llegue. Ojalá puedan ver el mundo, la vida y la Navidad como si de verdad volaran entre los ángeles.

Mementos emocionados

Siempre echaréis de menos a esa perra entrañable que se llamaba Mas

Siempre echaréis de menos a esa perra entrañable que se llamaba Mas

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Entonces en Madrid se vendían patitos y pollitos por la calle. Algunos de ellos teñidos de llamativos colores. Tu pato Canuto era sin embargo de ese amarillo natural que lucen sus crías hasta que su pelillo se transforma en pluma. A ver qué niño no queda encandilado cuando ve desfilar detrás de mama pata a un patito que se estira, agita sus alitas y corre a zambullirse después en el remanso de un arroyo. Alguien debió de ponerlo en tus manos como precioso regalo, y tú lo alojaste en tu casa sin permiso paterno.
-Pero…¿cómo se puede ser niño sin haber tenido un pequeño pato con el que puedes jugar a otra cosa?-debiste de pensar.
No eran tus padres muy partidarios de tener más animales en casa que Morito, un gato negro que ronroneaba junto al fogón de leña y afilaba sus uñas en las patas de la mesa de la cocina. Morito al menos cazaba ratones. Pero lo de tener un gato en un piso a ti te parecía vulgar, aburrido. Morito estaba allí desde siempre, como la salamandra que calentaba el hall, o el piano y la araña de la sala donde se recibían a las visitas. Canuto era otra cosa: su pico, como el de todos los patos, siempre parecía sonreir, y además te seguía por el pasillo como un perrito faldero. A la hora de desayunar, le subías a la mesa y zambullía su cuello en el tazón de Cola-Cao para atrapar los barquitos de pan. Como un numerito de circo, te morías de risa. Cuando te acostabas, lo ponías a dormir sobre un jersey junto a la cabecera de tu cama y acompañaba tu sueño.
Entonces creías que la felicidad estaba hecha de momentos como esos.
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A los cuatro o cinco días Canuto amaneció cojo. El entarimado del pasillo de tu casa era tan viejo que sus maderas no sólo crujían con estrépito, sino que había una librería que se inclinaba reverencialmente cuando alguien pasaba por delante de ella, porque el suelo se combaba a sus pies. Entre madera y madera había unas grietas más que notables. Sin embargo no recuerdas que el palmípedo quedara atrapado y herido por ellas, ni tampoco que Morito lo atacase, pues era ya un gato viejísimo, se pasaba el día durmiendo y probablemente no hacía ya ni por los ratones. Fuera cual fuere la causa, el resultado es que el patito cojo no volvió a despertar a tu lado. A la mañana siguiente había estirado la pata –nunca supiste si la dañada o la otra-definitivamente.
Te pusiste a llorar indignado, como si aquella muerte fuera el borrón más ignominioso en la hoja de servicios de Dios. La vida no podía ser tan trágica. Entonces empezaste a comprender que la desdicha sólo es una gavilla de amarguras como esa.
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La noche del 25 julio de 1955, en el huerto de manzanos de una casa de Somo, Cantabria, donde pasabas el verano con tu familia, abuelos incluidos, se perpetró un crimen horrible. Un gato penetró por el ventanuco de una casita medio abandonada que utilizabais para jugar a los proscritos y otros usos similares y asesinó a los dos conejitos que os acaban de regalar a tu hermano Carlos y a ti y que pernoctaban allí la noche de autos. Era inimaginable que la vida pudiera portarse tan cruelmente, pero fue así de implacable. Además, comprobaste entonces que el cine y la literatura mentían como bellacos: en las películas infantiles y en los libros que leías, los niños tenían animalitos y estos no se morían, y todos eran felices.
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Muertes incomprensibles, dolores tiernos. La Semana Santa debe por tradición cristiana ser luctuosa. El viernes santo se conmemora la muerte de Cristo en la la cruz. A esta efemérides se unió este año un par de días antes el fallecimiento de ese dios laico llamado Gabriel García Márquez.
Lo primero que te comprometiste al escuchar la noticia es que tú no le llamarías Gabo. No lo conocías personalmente, y te parecía un abuso de confianza, un deseo de aparentar coleguismo y complicidad cuando sólo te unía a él la admiración por su infinito talento y la fascinación por ese portento de imaginación que forjaron sus escritos. Tú no lo entrevistaste, no compartiste con él un solo viaje, simposio, o evento literario, no le saludaste jamás, ni siquiera lo viste más que en fotos o por la televisión. Leíste muchas de sus novelas, esa era toda tu relación con él. Luego se te ocurrió que la mejor muestra de respeto a su memoria sería no escribir más de nada, y menos de él: ¿no es ingenuo pensar que alguien pierda uno sólo de sus minutos en leerte a ti cuando tantos genios como el colombiano han llenado la biblioteca universal de páginas que son diamantes?
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Además, una mancha de mora con otra mancha se quita. Puedes dedicarle una meditación o, pero no es exactamente dolor lo que sientes cuando una celebridad que no es tu amiga se muere. Sí lo fue paradójicamente que el sábado santo, cuando la comunidad cristiana estaba a punto de celebrar la resurrección del Señor fuese a morir una perra llamada Mas, hermana de Tina e hijas ambas de una noble mastina. Por fidelidad, por bondad, por su paciencia al haber soportado durante muchos años sobre su corpachón y sin un mal respingo los juegos y travesuras de tus nietas y de todos los niños que por ella pasaron, y por la alegría con la que os recibía cuando llegabais a la casa que ella guardaba, formaba ya parte de tu paisaje de Candeleda y del retrato de tu familia. Qué mal trago, caramba.
Llegaste a pensar incluso si no sería inmoral llorar más por un can que por muchas personas que sí conoces y que, por ley de vida, van causando baja definitiva en tu entorno. Pero el alma humana es así de caprichosa, y a veces hace funambulismo sobre la lógica. Al día siguiente de la muerte de Mas- tan difícil de explicar a tus nietas, que lloraban a mares como tú antaño por tu pato Canuto y por tus conejitos asesinados- las niñas ponían flores sobre la tumba de la perra. Puede parecer un homenaje pueril y absurdo. Aunque no lo será tanto como dividir las cenizas de García Márquez entre Méjico y Colombia, algo que huele a fetichismo interesado y no casa en nada con el realismo mágico del gran creador desaparecido.

El costalero varado

Si te lo permitiera tu espalda a tí también te hubiera gustado estar ahí, soportando el dolor de la Pasión...

Si te lo permitiera tu espalda a tí también te hubiera gustado estar ahí, soportando el dolor de la Pasión…

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Tu abuelo Pablo te dijo un día que para ver si llovía en Madrid había que fijarse en el fondo oscuro del portal y los balcones de la casa de enfrente.
-Así se distinguen las gotas perfectamente- te explicó..
Recuerdas que aquel Viernes Santo llovía tantísimo que esas oscuridades rectangulares se jaspearon de gris. Y el día se puso tremendo. Parecía que el cielo entero desaguaría en un ratito, que el agua que ya no absorbían las bocas de las alcantarillas subiría de nivel hasta el tercer piso desde donde mirabas, y que por la puerta de Alcalá, que quedaba al fondo de tu calle, iba a aparecer flotando de un momento a otro el Arca de Noé.
-¡Ahí va, Dios!- debiste de pensar- Mamá y papá en la calle…
No sabías en qué ceremonial de la Semana Santa estaban. ¿Haciendo las estaciones, en una procesión o en los oficios, en el Sermón de las Siete Palabras, encendiendo cirios pascuales, haciendo sonar las carracas?… Tú te hacías un lío con todos los ritos y las tradiciones, pero el caso es que no estaban en casa, y si no volvían pronto seguramente se los tragaría el Diluvio Universal.
Así que como eras niño y esa suerte te angustiaba, cumpliste como un buen cristiano en Viernes Santo y te echaste a llorar.
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Un jueves santo sin embargo descubriste emocionado las gambas al ajillo. Quizá no fuera lo más indicado para este día, pero el calendario litúrgico no consigue embridar todas las pulsiones del alma, y a veces estas cosas ocurren. Por lo que te contaron, ese día era de bien comer, no como el Viernes Santo, de obligado ayuno y abstinencia. Tú recuerdas que un jueves santo tu madre cocinó unas gambas al ajillo. A ti te entusiasmaron. Fue el segundo sabor de mayores –el primero fue el del jamón serrano- que descubriste, y desde entonces los jueves santos en lugar de oler a la cera de los cirios, a incienso, a flores de azahar, de romero y tomillos, fragancias todas muy de la Pasión, te traen el inconfundible aroma de las gambas al ajillo que aquel día, excepcionalmente, preparó tu madre. No es una evocación muy cristiana, pero sí muy humana.
Además, ya anticipaste que para ti la Semana Santa y la Pasión de Cristo eran un auténtico lío. No habías visto todavía Quo Vadis, ni La túnica sagrada, ni mucho menos Ben Hur para que te aclarasen las cosas, y a ti se te mezclaban las enseñanzas del colegio, evangelios, ritos, nombres de buenos y malos y estampas más bien terroríficas del largo camino hacia el Calvario: el gallo que canta tres veces dejando con el trasero al aire al Pedro, por negar al Maestro, la Última Cena, que si la oración en el huerto de Getsemaní, el pobre Malco desorejado, que si la flagelación, que si la corona de espinas, Ecce Homo, Anás y Caifás, la Verónica, Simón Cireneo, el lanzazo, José de Arimatea, Dimas, el buen ladrón.
Y al final, Dios mío, por qué me has abandonado, en tus manos encomiendo mi espíritu, el Rey de los Judíos eleva sus ojos al cielo, inclina la cabeza y expira. Y entonces tiembla la tierra, la ira de la naturaleza desatada, el velo del templo de Jerusalén que se rasga, los muertos que resucitan…
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Jesús murió a las tres de la tarde del viernes santo. Aunque las más de las veces ese día te pillaba en el campo con tus primos y nadie os iba a reprochar por ello, no se podía cantar a partir de ese momento. Antes, las imágenes de las Iglesias se habían tapado, y entretanto, por las ciudades y pueblos de toda España, desfilaban pasos, Cristos, Dolorosas apuñaladas, vírgenes de todos los nombres, penitentes, cofrades, nazarenos, legionarios levantando al crucificado con marcial arrogancia, alabarderos, coraceros a caballo, guardias civiles con los mosquetones a la funerala y, al frente, autoridades eclesiásticas, civiles y militares con cara de contrición bastante imperfecta.
A ti no te llevaban mucho de procesiones. La que mejor recuerdas era una en la que un caballo se desbocó y armó la gorda. Tampoco todo era sufrimiento: te encantaban las flores, las rosquillas y los tirabuzones de harina frita típicos de estas fechas.
Los duelos con dulces siempre son menos.
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No estaba tan extendido entonces eso de convertirse en místico de la noche a la mañana para acudir a tu pueblo y a tu cofradía, embutirte el capirucho, sacar en andas a la imagen de tu devoción y levitar. Aunque el resto del año fueras un católico no practicante o incluso un conspicuo ateazo. Ese fervor íntimo y legítimo del creyente no era televisado, ni jaleado en la radio y en los periódicos, ni recomendado en los programas vacacionales y en las guías “por ser de interés turístico”, expresión que chirría cuando se ve sobre los clavos de Cristo. Casi nada era igual que ahora. Así y todo, creyente desflecado de bastantes creencias, te hubiera gustado que en algún momento de tu vida tu fe hubiera sido lo bastante robusta para sostener sobre tus hombros al crucificado con la dignidad que se merece.
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No va a poder ser. Despiertas este viernes con la espalda crujida y lastimera, como si hubieras cargado ya con todos los pasos de esta semana santa. Sólo has podido ir del jardín al gallinero, recoger los huevos, escuchar el trinar de los pájaros y el murmullo del regato y gozar de la luz y del paisaje de este luminoso viernes santo en Candeleda. Y, entre unas cosas y otras, escribir a ráfagas este post.
Difícil trenzar en él estas impresiones con el misterio de la resurrección y muerte de nuestro Señor Jesucristo, y expresar tu respeto por su celebración y, con ella, tu esperanza. Pero por voluntad que no quede. Al menos cuentas con el atenuante de ser un nazareno simbólico. O, más exactamente, un costalero varado.

Muti en Toledo y Bruckner en Candeleda

Se puede hacer cultura en todos los niveles. Con Muti y Verdi en Toledo, o haciendo sonar a Bruckner en Candeleda...

Se puede hacer cultura en todos los niveles. Con Muti y Verdi en Toledo, o haciendo sonar a Bruckner en Candeleda…

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Te llama tu admirada amiga Lucila y te cuenta que, por un despiste, su marido ha rechazado la invitación a “un concierto en Toledo este sábado” y ha preferido perderse en su finca de Extremadura. Reconoces que si a ti te lo cuentan así tu reacción hubiera sido la misma. Tienes muy presente que otros amigos residentes en Barcelona, habían reservado su visita a la gran Exposición El Griego de Toledo el fin de semana anterior y se encontraron con un avispero de turistas.
-Prefiero ver cualquier apóstol del Greco a solas-que contemplar El entierro del Conde de Orgaz con medio aforo del Nou Camp resoplando a mis espaldas- debieron de pensar.
Lo entiendes y lo compartes. Toledo siempre estará ahí. Hay pinturas del Greco en cantidad de museos y conventos españoles. Y el encuentro entre la obra de arte y el espectador exige un mínimo de sosiego, de intimidad y de respeto por el silencio imposible en esos eventos culturales a los que inmediatamente se les abrocha el flujo de visitantes que provocan. ¿Dónde va Vicente? Naturalmente, donde va la gente. La realidad es que el marchamo de calidad de una exposición para la inmensa mayoría es precisamente eso, que se encuentra allí con otra inmensa mayoría, y eso da confianza y compensa su esfuerzo.
-Algo tendrá el Greco, cuando tantos lo bendicen –se consuela luego el turista mientras se abanica y ¡por fin! se enfrenta a solas en el velador con una jarra de cerveza.
De la masa para ver maravillas, líbrame Señor. Ya me encontraré con ella en ese Juicio Final que, por cierto, también pintó Theotokópulos.
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Y, sin embargo, esta vez tu amiga Lucila tenía razones para mosquearse. El concierto no era uno de tantos, sino un Requiem de Verdi dirigido por Ricardo Muti en la Catedral de Toledo. Y precisamente en honor del Greco. Tú lo cantaste una vez en el Auditorio Nacional y aún se te ponen los pelos punta recordando su inicio, un pianísimo tenso, sobrecogedor y emocionante. Volverías a cantarlo aunque fuera por el alma no ya del gran pintor, sino del mismísimo Nerón si te lo pidieran, pues la ventaja de la gran música es que trasciende de cualquier circunstancia, e independientemente de su estilo y de sus intenciones establece una relación particularísima de la sensibilidad humana con lo que suena. Puede que resulta una gilipollez tu metáfora, pero hacer música–dirigir, tocar, cantar e incluso escucharla – es tan satisfactorio o más que hacer el amor.

Luego, además, no tienes que añadir ni una palabra.
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Ricardo Muti es un purasangre de la dirección orquestal: carácter, genio, figura. Cualquiera que es capaz de estudiar una partitura y conducir puntualmente su ejecución ya merece tu admiración. Pero el lúcido e irónico discurso suyo cuando en 2009 recibió el premio de Músico del Año de la revista Musical América –no se lo pierdan si aman la música y disponen de nueve minutos para pinchar You Tube– explica magníficamente por qué tantos hemos soñado en un momento de nuestra vida con ser como Muti. En términos de pura gratificación espiritual, la suya debe de ser la profesión mejor pagada del mundo.
Quien le ha visto sobre el podio habrá imaginado en él a un mosquetero, y en su batuta a un florete que se bate por la música y la cultura. Más recientemente, después de dirigir el Va pensiero de Nabucco en Roma, el director napolitano tuvo las agallas de detener la representación, reprocharle a Berlusconi, que seguía la función desde un palco, sus recortes presupuestarios en cultura y animar al público después a repetir con el coro el famoso lamento de los esclavos sin patria. Su mensaje en la celebración del 15o Aniversario de la Unidad de Italia era valiente y claro:  sin cultura no hay identidad. Sin ese alma colectiva…¿quién puede hablar de patria?
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¿Recorto –aún más- servicios sociales, sanidad o pensiones, o le meto la tijera a Cultura, Educación e I+D? La opinión generalizada, incluso sabiéndose que la manta presupuestaria es demasiado corta para cubrir cabeza y pies, es que no hay recortar más que el coste de los políticos. Y en ningún caso la cultura, que produce tantas estrellas y que encandila por igual a ilustrados e ignorantes. Tener que despejar esa duda es una de las múltiples razones por las que estás encantado de no ser Rajoy. Cuando eres pueblo, se te comprende el derecho a la utopía. Si no eres pueblo, pero sí comunicador a la page, la utopía es obligada. Si eres el baranda del gobierno, guardas la utopía en el desván y miras a la despensa.
En el erial que según los más catastrofistas es hoy la cultura en España –como si lo demás fuera una fiesta—tú disientes ligeramente y apuntas signos esperanzadores. Mientras Requiem de Verdi y Muti eran gran noticia en Toledo, a 145 kilómetros de allí, en tu querido pueblo de Candeleda, que nunca fue nada parecido a Salzburgo ni a Bayreuth, José Antonio Muñoz de la Calle dirigía a la Coral Polifónica del pueblo y a un jovencísimo Grupo de Cámara Consort que debutaba en un concierto de música sacra con obras de Gounod, Victoria, Telemann, Vivaldi, Frisina y Anton Bruckner.
Te impresionó sobre todo escuchar un hermoso, y para ti desconocido Agnus Dei de Bruckner en el pueblo donde antaño la música corría a cargo sólo de las rondallas populares. Bruckner en Candeleda, sin apenas presupuesto, sin IVA especial, pero con buen gusto, ilusión y trabajo. Será un milagro, pero lo cierto es que la cultura del pueblo fluye a pesar de los políticos y de los predicadores.

Requiem por Abbado y otras personas amigas

También el silencio es música...

También el silencio es música…

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Debidamente abrigado con toda la ropa disponible, envuelto en mantas, con las manos ateridas a pesar de estar protegidas por mitones y junto a la estufa de porcelana que apuraba un fuego mortecino, Wolfgang Amadeus llenaba de notas y signos su papel pautado mientras, de cuando en cuando, levantaba la mirada para ver nevar por la ventana.

-Si llego a saber que sigue haciendo este frío no resucito –pensó mientras se arrimaba al pábilo de la vela para comprobar que su escritura no fallaba.

El destino no deja nada al azar. Oscurecía ya sobre Viena cuando tres aldabonazos en la puerta frenaron de súbito su inspiración. Dejó la pluma sobre su mesa de trabajo, bajó las escaleras, abrió la puerta y se encontró con un personaje con sombrero de tricornio calado hasta las cejas y una esclavina que ocultaba su rostro dejando al descubierto sólo sus ojos.

-Vengo a encargarle una misa de Requiem- dijo el misterioso personaje en un alemán que no disimulaba su acento italiano.

-Ya –musitó W.A. mientras arrugaba los morros y frotaba sus dedos para hacerlos entrar en calor –La historia me suena…¿Es tal vez para un conde, un elector palatino, un arzobispo, un margrave?…

-No…Es para mí.

-Lo comprendo…-dijo el compositor dibujando una sonrisa de complicidad- No es por nada, pero me salen unos réquiem gloriosos. ¿Le ponemos tres o cuatro fugas?…Hago unas fugas que se funde el Misterio, se lo aseguro. Si empezamos con un introito de esos que ponen la carne de gallina y lo adobamos con un Lacrimosa donde llora hasta el de la tuba y un Amen lo que se dice celestial…

-No siga –cortó el personaje depositando en la bandeja de la mesa del zaguán un fajo de billetes- No necesito alardes. Sólo quiero silencio. Un silencio sublime, como todo lo que usted compone.

Visiblemente complacido no tanto por el elogio como por el pronto pago, Wolfgang Amadeus recogió los billetes de la bandeja. Cuando levantó la vista, la figura del personaje misterioso se difuminaba entre el negro de la noche y la espesura jaspeada de blanco de los copos que caían.

-¡Oiga! –gritó el genio- ¿Y a nombre de quién pongo el encargo?…

-De Claudio –se escuchó en la distancia su voz amortiguada por la nieve- Llámeme solo Claudio.

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Dicen que a Abbado le molestaba el pelotilleo que suele rodear al tratamiento de maestro, y que pedía a sus músicos que le llamaran por su nombre. Nadie dice por contra que se encargara un requiem, pues no encaja con la sencillez tradicional del personaje. Sí sería previsible que de ser, ya que no vero, ben trovato el cuento, el gran director italiano hubiera solicitado un requiem de silencio. El silencio también es música. Y el silencio respetuoso, o el elogio contenido, ennoblece mucho más la memoria de una persona que el empalagoso ditirambo que suele provocar la muerte de las celebridades.

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Te lo subrayaba Homper, el hombre que se queda perplejo ante muchas cosas que a los demás os pasan inadvertidas.

-Observa la curiosa estructura de las necrológicas de los famosos. Primera parte: se enmarca la personalidad del difunto en su tiempo, se enumeran sus logros y méritos y sus aportaciones a la sociedad y se reclaman para él honores y reconocimientos. Segunda parte: aparentando modestia, el autor de la necrológica recuerda al respetable su relación personal con el difunto, utilizando fórmulas como “yo tuve la suerte, la oportunidad, el privilegio, el singularísimo honor de…ser su amigo (pariente, discípulo, compañero de armas, conmilitón, compañero de academia, claustro, hermandad, maestranza o cofradía, etc)”. Conclusión del obituario: como demostración del refrán el muerto al hoyo, y el vivo al bollo, el elegíaco texto resume que si el fallecido era importante, el autor de la loa no lo es menos. Pues al fin y al cabo conocía al famoso, así se escribe la historia, y él tiene que seguir viviendo con el renombre que le prestó el finado.

Recuerdas esta reflexión de Homper después de leer en los periódicos el aluvión de retórica de carril que ha suscitado la muerte de Abbado. Incluso las impresiones de otros genios como tu admirado Baremboim te suenan a cortapega. Y también llegas a la conclusión de que un requiem de silencio cuando el muerto está sobrado de elogios es mucho más hermoso que la fanfarria lacrimógena de sus turiferarios.

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Jamás escuchaste a Claudio Abbado en directo. Le has seguido a él, como a tantas figuras vivas o extintas de la música clásica, en sus discos, en Radio Clásica y en las grabaciones que emite Unitel Classica, una cadena de televisión ideal para asistir a las mejores óperas y conciertos gratis y sin moverte de casa. Con él, como con todas las grandes batutas, te ocurre que, disfrutando de su música, no sabes qué le debes agradecer a la obra interpretada, qué a los ejecutantes y qué parte a la maestría del director. Al igual que en otros campos de la cultura, también aquí el star system necesita encarnar al héroe en una persona de carne y hueso, y ese glorioso papel le corresponde o a un solista o al director. A falta de Amadeus, de Bach, de Beethoven  o de Wagner, que no resucitan todos los días, ese papel lo encarnaba hasta unos días el excelente director milanés.

Su hoja de servicios es deslumbrante. Otros como Toscanini o Leonard Bernstein, de los que sólo conociste sus grabaciones históricas y lo que leíste de ellos, puede que despertaran en ti aún más admiración. Pero la sensibilidad de Abbado y ese afán suyo por despojarse del Mito del Maestro –muy recomendable el libro que con este título escribió Norman Lebrecht– justifican tu debilidad por él.

Además, qué diablos, sé sincero: salvando las debidas distancias erais compañeros de fatigas. Abbado te sacaba doce años, pero desde hace unos cuantos pertenecíais al mismo club de melómanos tocados. No es esta precisamente electiva, pero afinidad sí determina esa circunstancia. Desde que entraste en ese club, lamentablemente tan nutrido, todo lo que le les afecta a sus miembros también te afecta a ti.

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Hace menos de una semana tu amiga y vecina de Candeleda  María P. de S. murió después de veinte años de elegante lucha contra la enfermedad. Acudiste al tanatorio para despedirte de ella y para dar un abrazo a Álvaro, su marido, y te sorprendió la gran cantidad de familiares y amigos congregados allí. Aquello era un clamor contenido de tristeza y de cariño. Ocurre que casualmente ensayas estos días con tu coro del CEU el celebérrimo Requiem de Mozartel que según la leyenda empezó a componer en las mismas circunstancias que relataba el cuento inicial. Algunos  pasajes de esta obra son de gran intensidad emocional, y a ti mismo se te ahogado la voz cuando los has cantado  en el funeral de una persona conocida.

Sin embargo, su oportunidad en estos momentos te sugiere lo mismo que las necrológicas de marras: oiga, esto es pompa, circunstancia y lágrimas para reconfortarnos a los que quedamos aquí, porque los muertos son ya como Claudio Abbado y María, y posiblemente preferirían el silencio. ¿No sería más lógico que hubiéramos volcado todo el respeto, la sensibilidad y el amor que exhala esta obra  cuando quien la mereció aún podía apreciarla en vida? Delicadeza y afecto para nuestros queridos enfermos de alrededor, que el Requiem suena divinamente en las salas de conciertos.

 

Palabras de Candeleda para recibir al 2014

Candeleda, además de muchos encantos, tiene un habla propia muy curiosa...

Candeleda, además de muchos encantos, tiene un habla propia muy curiosa…

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Vida de quien ve pasar la vida en el campo. Algunas mañanas, no siempre, bajas a Candeleda por esa bonita carretera que serpentea hasta morir en el Santuario de Chilla. Cuando después de unos días de intensas lluvias remite el temporal, sale el sol y rompes la mañana, el espectáculo del paisaje limpio y brillante del Valle del Tiétar, con la Sierra de Guadalupe al fondo y los lomos de Gredos nevados a tu espalda es casi medicinal.

-Mírelo usted plácidamente y respire hondo –te recomienda ese doctor discreto que llevamos dentro llamado sentido común-  Es la mar de saludable.

No crees que sea tan saludable el café  con porras del bar Tenazas, pero te da igual. Ese es uno de los placeres por los que no te importará acortar en unas horas tu vida. Las porras del Tenazas son a tu juicio exquisitas, las mejores del mundo. Mojarlas en el café con leche después de haberlas rebozado con azúcar y sentir cómo ese goloso bocado inunda tu paladar y sacia tu jindama matinal es uno de los más importantes entre tus placeres  menos importantes. Tenían antes más tradición las de El  Topo, pero a ti te parecen más finas y crujientes las del Tenazas, en cuyo bar, además puedes hojear el Diario de Ávila y el Marca condecorados ya por alguna mancha de grasa. Eso le añade al desayuno un toque de bohemia popular muy estimable.

2

El precio del café con leche con una porra en el Tenazas es de un euro con cuarenta céntimos, pero hay que aclarar que la longitud de la porra es aproximadamente como la verga de un teniente de Regulares en el culmen de su exaltación. Patriótica, naturalmente, y perdón por la comparación. Su desmesura contrasta con lo justita que resulta la taza del café, con lo cual el movimiento del brazo para el mojado de la porra tiene algo de suerte del volapié. Hay que subirlo con la porra en los dedos, apuntar a la taza y atinar con la puntita como quien clava el estoque en el hoyo de las agujas. Lo bueno es que en el Tenazas siempre cortas orejas.

Después te ajustas la taleguilla y te echas a la calle a hacer tus compras. Era el Paquiro en la calle/ un torero de cartel- tarareas recordando el romance popular. Podría pensarse que, pasadas ya las nueve y media, el pueblo bulle, pero eso era en otros tiempos. Las calles y las tiendas a esas horas están semivacías, porque en Candeleda ya casi nadie se levanta a jañiquín.

3

Vida contemplativa y sanamente especulativa. A falta de grandes ejercicios físicos que ya no tolera tu espalda, a veces escuchas una expresión del habla candeledana y te diviertes especulando con su origen. Levantarse a jañiquín significa por estos pagos madrugar. El cómo y el porqué de este originalísimo giro debe de saberlo Nines Moreno Monforte, autora de un Diccionario del habla candeledana que recoge peculiaridades del lenguaje popular local. Nines es una mujer capital para la cultura de esta villa. Aparte de sus inquietudes lingüísticas es la presidente de la Coral Polifónica. Gracias a su entusiasmo –ha conseguido sacar patrocinios incluso de muchos comerciantes locales-  Candeleda ya no presume sólo del espléndido mosaico de azulejos de su Parroquia, de  sus porras, de sus gargantas, de su pimentón, de sus higos, de sus quesos y de esa capra hispánica de bronce erigida en la Plaza del Castillo (donde, por cierto, tú no alcanzaste a ver castillo alguno), sino de cultura musical. Antaño la figura del pueblo era Pedro Vaquero, fiel custodio y cantor del folklore popular lamentablemente desaparecido en plena juventud. Ogaño el pueblo también disfruta de Guerrero, de Mozart, de Barbieri o de otros clásicos. Y eso es en buena parte mérito de esta ciudadana inquieta, capaz de conciliar el amor al lenguaje  popular y a la música eterna con algo tan prosaico como atender a su carnicería.

-¿Y a ti cómo te va con tu coro? –te pregunta mientras despacha carne picada después de explicarte los ambiciosos conciertos que prepara su coral.

-Regular –le dices sin disimular tu envidia por su excelente gestión- Estamos preparando la Pasión según san Mateo de Bach, pero nos han echado de la iglesia donde ensayábamos y andamos como Jesús y María cuando buscaban posada.

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En estos momentos de desánimo y crisis está de moda flagelarse con los males de la patria. Por eso valoras este dato. Si a ti te dicen hace cincuenta años que la carnicera Candeleda es filóloga, y capaz de que el Requiem de Mozart llene el noble edificio de su parroquia, pensarías que estabas en otro país de los que entonces envidiabais. Esas eran cosas de Alemania, o de Francia, o de Inglaterra, o de los países escandinavos. De las culturas que nos deslumbraban. Ahora, que tanto nos duele España por sus recortes, sus carencias y otras miserias, también nos debería alegrar por estos detalles que dan otra medida del progreso.

Piensas que es bueno mirarse en Angelines y hacer de su  ejemplo un propósito para  el año nuevo. En 2014 habrá que levantarse a jañiquín y ponerse a trabajar para cumplir nuestras ilusiones. Por pura curiosidad, te hubiera gustado conocer la etimología de jañiquín. Pero tampoco sabes por qué la palabra concertina, que significaba  a) Violinista primera de una orquesta b) Acordeón en forma exagonal, designa ahora también a esa valla coronada de espinas y cuchillas que atormenta a las conciencias escrupulosas. Misterios del lenguaje que quedan pendientes para el nuevo año.

Que lo tengan ustedes tan feliz e ilusionado como lo cantará Nines, la polifacética y muy admirable carnicera de Candeleda


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