Posts Tagged 'Dios'

Buscando nuestro violín de Ingres

El admirable Manuel Alcorlo nunca quiso ser menos que Ingres...

El pintor Ingreshay que pronunciarlo en castellano, pues si no los españoles no lo identificaríamos- hacía unos cuadros preciosos, y además tocaba el violín.

Conocerán el mito, esa referencia obligada para recordar que  un especialista en algo puede cultivar muy bien otra afición. Este es también el caso de Manuel Alcorlo, un  fantático pintor que además, por su estatura, su barba y su cojera, parece una réplica de Toulouse Lautrec. Manuel Alcorlo es un genio modesto, un Bosco travieso de nuestro tiempo que se resiste a abandonar  la estética personal del artista finisecular (aún parece raro aplicar este adjetivo a otro siglo que no sea el XIX). O sea, aquel  que recalaba en París, pasaba hambre, conocía a los grandes del Impresionismo y acababa alimentándose de gloria. Alcorlo tiene su estudio en una  buhardilla  de la calle Hortaleza desde donde  se veía el techo del Madrid tradicional,  una marejadilla de tejas con gatos y retorcidas chimeneas de hierro oxidado rematadas con una especie de capirucho o pequeño sombrero chino. Quizás no fuera el más bello panorama, pero sí es una estampa muy literaria. El Madrid de Carrere, de Ramón Gómez de la Serna, de Gutiérrez Solana o de Eduardo de Vicente se respiraba a través de un enorme ventanal que el Duende no sabe si vio en sueños o acompañando a su padre un día en que éste visitó al pintor. Alcorlo pintaba o dibujaba fábulas, academicismos o retratos a plumilla  tipo Durero, según le daba. Todo lo hacía entre bien y maravillosamente. Seguramente lo sigue haciendo. Y además, cuando se aburría, agarraba su violín y  se regalaba a sí mismo una partita de Juan Sebastián Bach. Para qué más gusto.

Una cosa es el marketing y otra la excelencia. Alcorlo estará siempre más cerca de la segunda. Aunque era citado alguna vez en aquel spleen de Madrid de Francisco Umbral nunca ha sido un fenómeno como el de Barceló o un record de subastas de setenta y cuatro millones de dólares como el caminante hipertiróidico de Giacometti. Pobre Giacometti, por cierto, de qué le habrá servido tanta especulación con esa valuta sofisticada en que se ha convertido su arte. De qué le habrá servido.

Es más satisfactorio ser algo más que lo que a uno le ha tocado ser. El hombre multidisciplinar, como se diría en  esos masters de sabiduría práctica que se imparten ahora. ¿No se ha planteado el lector qué daría de sí en otra opción de vida, otra profesión, otro oficio u otra artesanía? El Duende es más feliz desde que quiere imitar en alguna medida a Dios. No por ser tan bueno ni tan poderoso, sino por querer estar en todas partes y hacer  muchas, muchas cosas. Esta semana, sin ir más lejos ha hecho las primeras albóndigas de su vida. Cuando las probó, elevó sus ojos al cielo: gracias, Señor, por permitirme dejar de hacer chorradas y cocinar  estas albóndigas que, a pesar de la trabajera que me han dado, están de cine.

¿Por qué no imitar a Ingres o a Manuel Alcorlo? Con el violín o con la cuchara, juguemos a ser un poco dioses de lo que no somos. Mientras daba forma a las albóndigas se preguntaba el Duende cómo se las apañaría el Creador para hacer el sistema solar con sus planetas tan redonditos, con lo difícil que es, a pesar de su blandura,  calibrar y esferificar la carne picada. Difícil es la respuesta, pero tampoco hay que acomplejarse. Los espíritus inquietos  que quieren imitarle sospechan que Él juega con ventaja.

Dolor cercano y horror lejano

¿Qué ha hecho el pobre Haití para merecer ésto?...

Al despertar hoy, el mundo le daba vueltas al Duende. Vértigo, presión de las cervicales, empanada cerebral, vaya usted a saber qué. La salud toma sus rumbos según le peta. A saber lo que dirá la medicina, si tiene palabras para todos y para todo. La moral, por el contrario, denuncia el insolente protagonismo del yo como eje del planeta. Qué desfachatez, priorizar las propias miserias del cuerpo y del alma cuando escuchas las primeras noticias y te enteras de que el seísmo se ceba con el país más pobre de América. Cien mil muertos por un calentón de las placas tectónicas en Haití, donde la renta media por habitante y día no daría en España para comprar un billete de metro.

-¡Ay qué pena! –modelo de comentario en cualquier sala de espera de un ambulatorio- Pero me he levantado yo con unos mareos que…

Ojos que no ven, corazón que no siente. Mi molesto uñero puede ser un dolor más sensible que una hambruna o un terremoto canalla del que, al cabo, nadie nos podrá culpar. Además: ¿quién quiere eso?…

En su juventud, el Duende leyó un libro del filósofo católico francés Jacques Maritain, que trataba de explicar el por qué del mal humano sin detrimento de lo que llamamos Dios. No lo llegó a entender.  En casos tan pavorosos como el de Haití, así es inevitable recordar una frase  de Lobo Antunes que pone los pelos de punta: el azar –o el terremoto en este caso- es el pseudónimo que emplea Dios cuando no quiere dejar su firma.

Menos mal que, como es todopoderoso, a grandes males pondrá grandes remedios.

El chaleco imperfecto de Dios

Señor, Señor...Hasta los chalecos de pura lana virgen son manifiestamente mejorables.

Según un teólogo alemám – que no quiere revelar su nombre por discreción, pero  que dice haber estudiado bien el tema- cuando Dios culminó la creación, y antes de complacerse en ella, se puso un chaleco de pura lana virgen.

Las ovejas se sintieron entonces  muy reconocidas y felices, pues su lana agradaba a Dios. Y Éste creía que la lana era buena, y que lucir un chaleco de esta fibra natural era un argumento más que avalaba la perfección de su obra,

Pero antes de llegar a esta convicción, observó decepcionado que a pesar de la garantía de marca, la lana hacía pelotillas.

Suspiró profundamente.

-Ay, amigo- se dijo-¡Tanto trabajo para esto!…

Y se propuso que,  si volviera a crear otro mundo, prohibiría que los chalecos de `pura lana virgen hicieran pelotillas.

“La buena nueva” y el buen cine

Un retrato de lo más negro de nuestra historia que quizás resulta demasiado bonito...

Un retrato de lo más negro de nuestra historia que quizás resulta demasiado bonito...

No siempre las autonomías piden, de vez en cuando también dan, escuchó el Duende cuando entraba en el cine. Era el cine Doré, uno de esos locales que habitualmente se llaman bomboneras, convenientemente rehabilitado como sala de proyecciones de la Filmoteca Nacional y sede de un mini festival de cine navarro que la Delegación del Gobierno de Navarra ha organizado en la capital. Buena idea. Hace unos meses le habían invitado a un concierto aniversario de Sarasate, y le sugirieron que dejara sus datos para mandarle información. Ahora le informan de sus ofertas culturales. Puesto que a las autonomías las pagamos todos, no está mal que de vez en cuando nos lleven al cine gratis.

Y allí vio el Duende La buena nueva, una película ya estrenada en circuitos comerciales y que para él fue un descubrimiento. Cuenta una historia de la guerra civil en un pequeño pueblo del norte de Navarra. Y es una sorpresa. No tanto por lo bien cosido que está el guión y el gusto y la delicadeza de su directora, Helena Taberna, como por la mirada parcialmente positiva que arroja sobre quien suele ser uno de los más malos en este tipo de películas, que es el clero.

Cierto es que no iluminó Dios a su Iglesia Católica cuando bendijo la guerra de Franco como Cruzada. Tan cierto como que la mayoría de las películas que recrean este cuadro histórico prefieren curas y obispos abyectos que eclesiásticos con corazoncito. Lo sorprendente de esta película es que muestre a un párroco sensible y que cree en el mensaje evangélico. De ahí el título, que puede inducir a error: no es un una película estrictamente religiosa, sino una historia costumbrista de amor y pasiones encontradas en un momento especialmente dramático de nuestra historia. Rodada en unos exteriores preciosos, es bonita y muy entretenida. No cuenta el Duende el final, porque merece la pena verse.

…Aunque incurra en un pequeño defecto que el Duende acusa en todas las películas españolas que vuelven la mirada atrás. Quizás es que vivió su niñez en otra España,  mucho más oscura, sucia y polvorienta.  Pero no la recuerda uno tan limpia y de tan vivos colores y finos diseños como los que lucen sus decorados, su vestuario y su atrezzo. Los cineastas  quizás buscan  el efecto estético, pero  no hay más que ver las fotos de la época y los cuadros José Gutiérrez Solana para darse cuenta de que la España negra no era sólo leyenda.

Las pensiones, entre Mafo y el Ratoncito Pérez

Frente al catastrofismo de Mafo, confiemos en en Ratoncito Pérez...

Frente al catastrofismo de Mafo, confiemos en en Ratoncito Pérez...

La tía Clota de vez en cuando filosofa. Dice, por ejemplo, que una de las ventajas de ser vieja es que cada día le quedan menos lavaplatos por poner y quitar. Le gustaría, eso sí, porque es muy pulcra para todas sus cosas, que la muerte le sorprendiera con esta maquinita vacía y la vajilla limpia y ordenada en su alacena.

-La civilización dio un gran paso cuando inventó el lavaplatos-le cuenta al perplejo Homper-Pero si hay cosas por las que detesto la idea de vivir eternamente es porque no soportaría estar humillándome todos los días delante  de él…Hay que vivir lo justo, sobrino.

El reproche le sienta bastante mal a Homper, que ya es un hombre mayor y, para más inri, un paria llamado autónomo. Desde que el señor gobernador del Banco España– de quien tiene buena opinión- ha provocado el debate sobre la salud de la  Seguridad Social, vive sin vivir en él.  El futuro que él presumía dorado se va llenando de nubarrones oscuros. Ya no sabe si tendrá que trabajar más años o si la pensión de jubilación  largamente acariciada  se le va a jibarizar para no comprometer los subsidios de tanto parado.

-No te procupes-le tranquiliza la tía- Aquí vive profesor de Ética que me asegura que algún día la gente será tan responsable que no habrá prejubilaciones escandalosas ni gente que rechace un trabajo, por mal pagado que esté, para apuntarse al paro…Entretanto apúntate al optimismo oficial, y el que venga detrás que arree.

El paro creciente, la base de pirámide de los cotizantes menguante, España cada día más longeva y la bolsa de pensiones, pese a todo, asegurada por  el Pacto de Toledo y por una ley. Como si la ley pudiera inventar lo que no hay. Homper piensa si el mentor de la tía Clota no habrá olvidado que el catón del sistema de pensiones es sembrar muchos años para recoger los frutos después. Y  plantea si este gobierno de la Arcadia feliz no estará haciendo con las pensiones públicas la política del avestruz.

-¿Por lo de meter la cabeza bajo el ala y no querer ver lo que se le viene encima?…Más o menos como todos. Eso es lo malo de tener que ser elegido cada cuatro años…Pero eso sí -puntualiza la tía Clota- Al pueblo, ni molestarle con una mala noticia, no sea que se vaya a pensar su voto.

Y al pobre Mafo, que de números sabe y al fin y al cabo es de los suyos, arreándole estopa por tirar de calculadora y pasarse de sincero. Una vez más, hay que matar al mensajero.

-Deberían de haber aprovechado la última crisis de gobierno -ironiza Homper-  para crear el Ministerio del Ratoncito Pérez de las Pensiones.

-No es mala idea-sentencia la tía Clota- Porque para no creer en Dios…hay que ver lo ciegamente que confía Zapatero en los milagros.

La arpía insaciable

Ojo. Hay en casi todas las oficinas arpías o vampiresas disfrazadas de impresoras...

Ojo. Hay en casi todas las oficinas arpías o vampiresas disfrazadas de impresoras...

Venancio, al que sus amigos llamaban Buenancio, era un mediano empresario, amaba su familia, quería sacar adelante su negocio, no tener problemas con los sindicatos y estar a bien con Dios.

-Padre -le preguntaba a su director espiritual- ¿No hay ninguna bienaventuranza para los que creamos puestos de trabajo? ¿No veremos también nosotros a Dios?

-No seas tan primitivo, hijo. Cristo no podía estar en todo.

-¿Y san Pablo?-insistía Buenancio- En lugar de a los Corintios o a los Colosenses…¿no podía haber escrito una miserable epístola a los empresarios que tan mal lo pasamos en tiempos de crisis?

-Acuérdate del Evangelio de Mateo– le consolaba el pater- Mirad los pájaros del cielo. No siembran, ni cosechan, ni acumulan en graneros. Y, sin embargo, el Padre que está en los cielos los alimenta. ¿No valéis acaso más que ellos?

Mientras la divina Providencia hacía lo que aquí pensamos que es función del gobierno, Buenancio seguía trabajando sin más concesiones a la debilidad que poner sus ojos de vez en cuando en Loli. Loli había sido su secretaria en los años más duros de la empresa. Cuando ésta creció, Loli ascendió y se hizo cargo de la dirección administrativa. Buenancio, que siempre la había mirado con cierto paternalismo, la veía ahora como una mujer solvente, eficaz y, por añadidura guapa. Acaso debería de haber tenido en cuenta esta escala de valores, porque la sensibilidad social había cambiado y la autoestima de la mujer también. Pero él era un tipo clásico, y una mañana en la que la crisis había hecho especial mella en su ánimo, tuvo un rasgo de debilidad imperdonable.

-Buenos días, Loli-dijo cuando le vio entrar apresuradamente en el ascensor- Está usted muy guapa esta mañana.

Loli, que desde que se alejó de Buenancio era miembro (o miembra) activa del FIAT (Féminas por la Igualdad  Absoluta en el Trabajo) le devolvió los buenos días con una mirada furibunda. Buenancio se dio cuenta de su metedura de pata. Era el Día de la Mujer Trabajadora, y debía haber halagado a su subordinada de otra forma.

-Perdón, Loli-rectificó-Quise decir que, primero, es usted, ante todo, igual ante la ley que todos sus compañeros. En segundo lugar, más preparada y eficaz que la mayoría de éstos. Y, por añadidura, y no vea en ello nada malo, una mujer hermosa.

Demasiado tarde. Aquélla noche Buenancio soñó que, mientras dormía, una arpía hacía presa en su cuerpo, bebía su sangre y le vaciaba las entrañas. Despertó sudoroso y convulso. Durante todo el día siguiente estuvo dando vueltas a la cabeza buscando el significado del sueño. ¿Era el fantasma de Bibiana Aído, que se cebaba en su inocencia, el  presagio de una inspección laboral o la metáfora de la crisis que le devoraba?

Llegó a la oficina y su secretaria Gertrudis, solvente, pero fea, le sacó de dudas.

-Otro golpe de la puta impresora, Venancio -le dijo en un tono no precisamente respetuoso- Esta vez se han acabado los cartuchos de cyan y de magenta al mismo tiempo, y me debes veinticuatro euros…Qué manera de chupar…tinta, naturalmente.

Notó cierto retintín en las últimas palabras de su secretaria, pero se quedó tranquilo. Al fin y al cabo, la culpa de su angustia era sólo la codicia de la multinacional japonesa que le vendió una impresora insaciable.

El delincuente heroico

Su delito será reprobable, pero él no dejará de ser un  héroe admirable

Su delito será reprobable, pero él no dejará de ser un héroe admirable

Había sido un ciudadano de esos que llaman modelo. Jamás había roto un plato.

De niño fue cuidadoso y aseado, respetuoso con sus padres y profesores, cariñoso con sus hermanos y buen amigo de sus amigos. Si veía a un ciego tanteando la acera con el  bastón, se ofrecía para ayudarle a cuidar la calle. Si tropezaba con un mendigo, se rascaba el fondillo de sus bolsillos hasta coger una moneda y depositarla en la mano del necesitado.

Compartía la bolsa de pipas, el cubilete de chufas, las bolas de anís, las chocolatinas Nestlé, el chicle Bazooka y hasta las chapas y las canicas con su compañero de pupitre. Y era tan respetuoso de la ley de Dios, que hasta corría a confesarse cuando Dori, la panadera, se inclinaba tras la barra de mármol para coger la pistola y, sin darse cuenta, dejaba entrever por el escote aquel glorioso par de tetas que le trastornaban.

-Padre-decía-me confieso de que me he deleitado mirando el canalillo del entrepecho de la  panadera.

-¿Tú, con lo bueno que eres?-le preguntaba el mosén incrédulo.

-Sí padre. Si hasta el más justo de los justos peca al día más de setenta veces siete, imagínese esta pobre criatura, con lo que requetebuena que está Dori…

Estudió derecho y terminó de forjar su personalidad aprendiendo las virtudes morales y cívicas que le faltaban. Se empapó del espíritu de las leyes. Y se convirtió un conspicuo adalid del estado de derecho, haciendo suyo el dura lex, sed lex de los romanos  y el famoso aforismo de odia al delito y compadece al delincuente.

Pero un día se enteró de que un vasco al que los amigos de ETA habían destrozado su hogar con una bomba, se había tomado cumplida venganza arrasando la herriko-taberna donde se reunían los autores de la fechoría. Cogió un bate de béisbol y la emprendió a estacazos contra aquel cubil de canallas.

Aquel vasco había cumplido escrupulosamente la ley del Talión haciendo a sus agresores lo mismo que ellos le habían hecho a él con la impunidad consentida de un gobierno que mira para otro lado cuando le peta. Pero, naturalmente, había quebrantado el respeto a la propiedad privada, y fue detenido como delincuente convicto y confeso.

Y, por primera vez en su vida, el hombre probo que nunca se había apartado de la ortodoxia, aplaudió con las orejas un delito. Luego se miró al espejo y vio ante él a su propia conciencia, antes tersa y limpia, cuarteada y putrefacta, como si fuera el retrato de Dorian Gray.

Pero le dio igual. Esta vez no sólo no confesó confesó su pecado cívico, sino que durmió feliz como un niño agradeciendo el arrebato justiciero del delincuente heroico.


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