Posts Tagged 'Doña María'

Tu nieve imposible

A tí también te hubiera gustado dejar huellas sobre la nieve...

A tí también te hubiera gustado dejar huellas sobre la nieve…

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Últimamente te despiertas entre cinco y media y seis, cuando aún reina la noche. Bebes un vaso de agua para aliviar la sequedad de tu boca y te acercas a la ventana. Miras el cielo oscuro, Madrid dormido, la calle desierta, el parque fantasmal y la farola solitaria anclada ante tu palomar que te sirve para observar la lluvia. Si chorrean gotas de su sombrerito, es que está lloviendo, algo que te estimula para arrebujarte de nuevo entre las sábanas e hilvanar aún un último tramo del sueño.

No lo confiesas, porque te parece pueril, pero durante la última semana lo que de verdad te hacía levantarte de la cama con ilusión no era tanto la lluvia como la nieve, que los pronósticos, siempre proclives al alarmismo, daban por segura incluso en la capital. Vana esperanza. Sólo una ráfaga de copos como confetis cayó para cumplir el expediente y no sacar los colores a los meteorólogos. La nieve siempre te fue esquiva. Te contaron que naciste un 17 de enero que Madrid amaneció blanco y desde entonces esperaste que se repitiera el milagro por estas fechas. Inútilmente. Quizás por eso siempre te han entusiasmado las proezas bajo cero de todos aquellos que desde Scott, Amundsen y Shackelton a Sebastián Álvaro o nuestro llorado Paco Fernández Ochoa han dejado sus huellas en la nieve o en el hielo. Tú sólo has podido ser esquiador o explorador polar sobre el papel de los libros o viendo documentales. Eso sí, puedes pasarte una tarde entera siguiendo por televisión la epopeya de los pingüinos emperador o la incierta lucha por la supervivencia del oso polar. El frío te sacude cuando lo sufres, pero te fascina cuando lo ves allá lejos.

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Intentaste aprender a esquiar en Candanchú cuando ya no eras ningún niño. Además las botas te causaron unas rozaduras terribles, y pronto advertiste que a tu cuerpo le faltaba la flexibilidad y la coordinación de movimientos necesarios para practicar este deporte medianamente bien. Pocas experiencias más placenteras recuerdas que llegar la cumbre y dejarte deslizar suavemente por la pista. Sin embargo hasta lograr ese orgasmo con la montaña te pareció tan exagerado el coste –largo viaje, madrugones, colas en los arrastres, lucha contra las botas, cremalleras imposibles, etc- que pronto te convenciste de que era mejor para ti amar la nieve de lejos. Ya te parecía difícil hacer pis con el mono de esquiar siendo hombre cuando tu alter ego femenino recordó por boca de Doña María cuánto peor es ser mujer inexperta en esas circunstancias. Te lo contó después de perder su oronda virginidad alpina en la primera excursión de ACUBA (Asociación Cultural del Bloque los Arándanos) a la nieve.

-Esos arrastres que te meten en la entrepierna y que dan un tirón como si fueran sartenes violadoras –se quejaba indignada-…¡De espaldas al pueblo!

Dijo la doña que cayó con estrépito repetidas veces antes de tenerse en pie y a aprender a subir con esos primitivos arrastres. Y que pilló una cistitis en su primero y último viaje a la nieve. Pasó tantas fatigas luchando con su mono hasta conseguir ponerse en cuclillas, y tanta vergüenza intentando camuflar los círculos amarillos que dejaban en la nieve sus alivios, que no volvió a repetir la experiencia. Debió de pensar del esquí lo mismo que aquel joven británico del siglo XIX que, por consejo de su padre, el conocido liberal Lord Coitous, se lanzó a probar su hombría y aprender las delicias del amor. Querido padre. Siguiendo tus indicaciones para completar mi formación universitaria con las enseñanzas de la vida, fui al Soho y con la complicidad de una experta en esas artes, cumplí tu encargo. El resultado puede considerarse satisfactorio, pero a  fuer de sincero, matizaré: el placer me pareció efímero, el precio, exagerado, y la postura, ridícula.

Más o menos lo que dirías tu del deporte del esquí. Envidias a los grandes esquiadores, admirabas que tu añorado amigo Félix, maestro del arte de vivir con el mínimo esfuerzo, se pegase las mayores palizas por sólo unas horas de nieve en Baqueira. Pero hoy, con la espalda medio rota, te basta con imaginar que esquías persiguiendo a la sombra fugaz de una joven Greta Garbo mientras miras desde tu ventana las cumbres de Guadarrama o de Gredos cubiertas de blanco como helados de nata.

El andamiaje que nos sostiene

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Reconoces que tienes un dormir distinto al de Marcel Proust. Ese duermevela tan fructífero que con elegante delicadeza y precisión describe el escritor al inicio de En busca del tiempo perdido no se da en ti. De niño tardabas en conciliar el sueño, ahora caes en la cama como un saco de patatas y te fundes con   Morfeo en un instante. Sin embargo, aunque en principio tienes dormir de peón caminero, algo nada fino, tu duermevela sobreviene luego, cuando a eso de las cinco despiertas, haces un pis, bebes un vaso de agua para limpiar el acre sabor de boca que te deja respirar mal y vuelves a la cama con la intención de hilvanar un último sueño.

No estás seguro de volver a soñar. Sin embargo en ese funambulismo entre la consciencia y la inconsciencia ves imágenes curiosas que parecen extraídas de lo onírico. La otra noche –más bien madrugada- te veías como un Gulliver gigantesco que, en lugar de estar atado al suelo por los liliputienses, te erigías protegido por un inmenso andamiaje de tubos metálicos, como si fueras un monumento en restauración. En los andamios, tal que esos marineritos que forman en la arboladura de los buques escuela en las grandes solemnidades, nada menos que ciento cuarenta y dos personajes dieciochescos, con sus chupas, sus calzas de seda, sus zapatos de lazo y tacón y sus pelucas de época. Unos tocaban un instrumento, otros cantaban, y el más anciano, por cierto ya medio ciego, había sonar el órgano con una mano mientras con la otra dirigía el imponente conjunto músico-coral. Era el mismísimo Juan Sebastián Bach.

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Tu gran amigo J.P.S.E., que apechuga desde hace más de cuatro años con su particular bichito maligno y es de los que más apuntalan con su ejemplo tu lidia con el cáncer, te acababa de regalar esa tarde la Obra Completa del gran padre de la música clásica. Ciento cuarenta y dos grabaciones en CD para múltiples horas de terapia con la música que mejor te sanea el ánimo y repara tu salud. Tu amigo también lleva el nombre del compositor en su apellido, y podría cantarlo con mejor acento que tú, pues habla el alemán tan bien como el castellano. Después de una brillante carrera de diplomático, sigue trabajando en una empresa que le trae de acá para allá, como si quisiera aprovechar sus condiciones de corredor infatigable. Aún le recuerdas en camiseta y calzón corto, defendiendo a tu colegio en los Campeonatos Nacionales Escolares, donde entregaba las copas un señor de pelo blanco y camisa azul que se llamaba Elola Olaso. Crees que en su tarjeta pone un cargo de alto copete, pero para ti que lo que más vale de él es su papel en esa poderosa estructura de afecto que te rodea, te protege y te mantiene en pie. Qué poco aguantarías tú sin ese andamiaje.

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El mundo del fútbol ofrece momentos inolvidables, pero no tantas frases como para dar que pensar. Algún genio del balón (¿Kubala?, ¿Miljanic?) sentenció alguna vez que fútbol es fútbol, tautología simplona a la que los especialistas han sacado más filo que al pienso, luego existo cartesiano. Lineker fue más irónico cuando apuntó que el fútbol es un deporte en el que juegan once contra once y siempre gana Alemania. Con los años el discurso futbolístico se fue refinando, especialmente desde la llegada de Valdano, que publicó un artículo en la Revista de Occidente y se inventó lo de leer los partidos, como si en lugar de un juego o un deporte el fútbol fuera un libro de su admirado Borges. A ti sin embargo te llega más el inmenso rótulo pintado en una de las fachadas del estadio Vicente Calderón: Juega cada partido como si fuera el último de tu vida. Resume la filosofía del Cholo Simeone, que no es precisamente un humanista, pero que ha despojado al Atleti de la abulia y la endeblez moral que le lastraba desde décadas. Tú no crees mucho en la eficacia de estas consignas. Pero si consideras tu edad y tu condición actual, extrapolas la frase y en lugar del fútbol la proyectas sobre las relaciones afectivas, te ilumina y te compromete. Ya es el momento en el que debes empezar a considerar cada encuentro con una persona querida como una ocasión para no ahorrar los sentimientos positivos que despiertan en ti.

-Aquella noche estabas muy guapa, y me hubieras hecho perder el seso- le dijiste a una mujer ante la que en su momento te amordazó tu timidez.

-Esas cosas se dicen a tiempo –te reprochó ella sin disimular su desencanto.

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Hace unas semanas Emilia Cortés te comunicaba en un comentario a este blog que su padre había fallecido de un cáncer a los ochenta y cuatro años. El comandante Quintín Cortés era sargento y compañero tuyo en el Regimiento Alcázar de Toledo 61 cuando hacías allí tus prácticas como suboficial de complemento. De él recuerdas, sobre todo, un viaje a Almería en tu 600 descapotable abriendo camino a la unidad que se desplazaba al desierto de Tabernas con sus carros de combate para rodar la película Patton. El hombre aportaba una cacerola de conejo al ajillo que fue vuestro avituallamiento básico. A lo largo de aquel viaje inacabable, te habló sin cesar de su familia, de la que raptaste el nombre de una de sus hijas, Petra Mari, para bautizar así años más tarde a una de las hijas de tu radiofónica Doña María. Anécdota inocente tras anécdota más inocente todavía: casi medio siglo después evocaste al sargento Quintín en el programa de Carlos Herrera y, según comentó también en este blog la auténtica Petra Mari, a su padre, ya comandante retirado, le produjo una gran alegría y una profunda emoción escuchar por la radio tu recuerdo. Después de cuarenta y seis años sin saber nada uno de otro os hablasteis.

-He vivido feliz, con una mujer y cuatro hijas que son una bendición- te dijo- Y ahora mi señora, además del conejo al ajillo, hace un arroz con marisco para chuparse los dedos.

Quedasteis en veros, pero no debisteis fiarlo a futuro, porque entretanto, cosas, se interpuso la muerte. Dice Emilia que su padre la recibió con naturalidad, como un buen soldado, despidiéndose de todas con sencillez y, supones, laconismo castrense. A ti te dio mucha pena no haber vivido el reencuentro con tu compañero, que también hubiera sido parte de ese andamiaje moral que te sostiene. No hay que dejar para mañana ni el cariño ni el afecto que puedas despachar hoy.

Pescando motivos en el Manzanares

Cuando no se te ocurre nada sobre lo que escribir, te echas a la calle y algo cae...

Cuando no se te ocurre nada sobre lo que escribir, te echas a la calle y algo cae…

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Una semana de reformas en tu palomar te han alejado del blog.

No estás mal de salud, incluso la ITV tumoral te ha dado el visto bueno. No te has embarcado en un viaje de placer, como sin duda mereces .Nadie te ha reclamado para tus trabajos de antaño,  contar historias o dar ideas, aunque todavía te quedan dos o tres. La cosa ha sido mucho más ordinaria. Aparte de tus compromisos corales, ir a IKEA, ver, elegir decidir lo que necesitabas, ordenar cosas en casa y contemplar cómo tu toero aplicaba sus artesanías y te relevaba del martillo y el destornillador-únicas herramientas que sabes manejar, y no con demasiada destreza-  han sido tus tareas. Ah, y barrer, pasar el trapo del polvo y el aspirador. Las pulsiones de la gladiadora del hogar que llevas dentro.

Un toero por cierto,es un hombre que hace de lo que necesita una casa que se retoca. A eso se le llamaba antes un chapuzas, pero ahora hay que tener cuidado con cualquier matiz despectivo. Tu toero es un figura: si fuera futbolista sería Iniesta, cuya perfección técnica está en las antípodas de la chapuza, y cuyas maneras educadas y sencillas sorprenden tanto que sólo parece un buen chico de Albacete.

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Tampoco dejaste de pasear. Lo necesitas para contener los indeseables rumbos que toma el cuerpo a tu edad y para pescar temas de los que seguir escribiendo. La ausencia de compromisos te obliga a creártelos a partir de cualquier insignificancia. El más notorio de esta semana nació de lo siguiente. Hace tres o cuatro años compraste un juego de seis platos de cerámica para tu menaje doméstico. Eran originales y pintorescos, y como Doña María sigue latiendo dentro de ti, estabas muy orgulloso de tu compra. Invitaste a cenar entonces a tu amigo Carlos de la M. y a María A., y uno de aquellos platos sirvió para presentar el postre.  Este debió de resultar goloso y abundante, porque a María, guapa, rubia y perfectamente silueteada, le gustó mucho. Tanto que, en la confianza que os une, y por pereza de buscar otro envase adecuado, le dijiste.

-Llévatelo en este mismo plato y ya me lo devolverás.

Las fórmulas del lenguaje social español suelen ser irresponsables con la medida del tiempo. Tenemos que vernos, a ver cuándo quedamos, me llamas y tomamos un café, un día comemos juntos, nos vemos cuando quieras, nos reunimos un día, hasta luego…¿Y cuándo es eso, si las horas galopan y las hojas del calendario no dejan de pasar? Hace un par de meses te reencontraste con Carlos y María en un funeral, que también sirve para eso, para cerrar compromisos importantes.

-Mira –te dijo María- Llámame un día, me lo recuerdas y al día siguiente me traigo el plato a la oficina y te lo doy.

Ni ella ni tu fijasteis de qué año, mes y semana había de ser ese día. Pero el miércoles 5 de marzo, después de las innumerables borrascas invernales que velaron los cielos de Madrid, amaneció luminoso y transparente, delicioso para pasear. Suerte que la semana anterior la habías llamado para convenir que ese era el día adecuado.

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Te echaste la mochila a la espalda, te acercaste a la antigua Estación de Príncipe Pío, donde se ubica ahora la compañía en la que trabaja María, tomasteis el café. Te entregó el plato, lo metiste en la mochila y emprendiste el regreso a casa a paso de marcha, seis kilómetros por hora, que es el que según los médicos se hace notar en el cuerpo.

Hacía el día perfecto para pasear. Y como aúno no has conseguido pensar en nada mientras andas, le dabas vueltas al caletre. Qué glorioso el primer presagio de primavera en Madrid. Qué  acierto, a pesar del endeudamiento, haber adecentado el modestísimo río de la capital.. Qué encanto el de la Ermita de la Virgen del Puerto, ahora tan guapa y bien ajardinada. Qué suerte poder estirar tus piernas con salud. Y, entretanto, un pensamiento pintoresco: ¿y qué carajo hace un tipo como tú invirtiendo su mañana en pasear un plato por las orillas del Manzanares?

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Dos tentaciones te salieron al paso entonces. Una, la de inmortalizar el momento singular con una foto, para lo que necesitabas la mano de otra persona que accionara la cámara de tu teléfono móvil. No es vanidad vana: es para ilustrar este post, pues de repente te ha alarmado saber que dentro de poco no podrás bajarte imágenes de internet sin correr algún riesgo. Para este menester acudiste a una paseante que resultó ser antigua seguidora de Doña María, y que se mostró muy contenta de echarle una mano. Ella se llama Concha Lobo. Le hablaste de tu blog y le prometiste reconocer su amabilidad y su simpatía en este post. Con retraso, pero cumples: gracias, Concha.

La segunda tentación era más pretenciosa. Te dio por lucubrar sobre los estímulos de la inspiración, y  por creer que esa mañana, con ser absolutamente irrelevante para el devenir de la humanidad, ofrecía visiones distintas, y hasta latía en ella su pequeño aliento de poesía. Un poeta o un escritor le sacarían partido. Y te pusiste a ello.

Aunque luego, como de costumbre, te enrollaste tanto que has tenido que dejarlo para el post siguiente. Anímense a leerlo. Este bloguero se ha hecho más anárquico, pero de momento no cesa.

Un encuentro con Forges

Muchas de las observaciones de Forges te recuerdan a las que hacía tu doña María en la radio...

Muchas de las observaciones de Forges te recuerdan a las que hacía tu doña María en la radio…

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A veces tiras del hilo de un día cualquiera y acabas encontrando un poco de  literatura. Todo empezó cuando las noticias dieron cuenta de que el el bloqueo de la administración de los Estados Unidos podría provocar un batacazo económico treinta y dos veces superior en su cuantía al que supuso la quiebra de Lehman Brothers.  Las gracias de la economía global.  No es justo –pensaste- ¿Por qué  los grandes pelotazos de los ricos sólo tienen repercusión en sus bolsillos y sus ruinas nos arrastran a todos?

Vana pregunta, porque las cosas son como son, y tú qué pito vas a tocar en esto. Así que a vivir, que son dos días.

Advertiste que este en particular era día de macarrones con tomate, chorizo y queso. No sabes qué sienten los demás, pero tú tienes claro que tu cuerpo hay  días de que desea imperiosamente macarrones con tomate, o días de lentejas, o de filetes de gallo rebozados, y momentos de morder desesperadamente un bloque de jamón de York o una tajada de esas grandes  ruedas de queso Emmental  que exhibían las mantequerías antiguas.  En días así,  son esos bocados tu necesidad inmediata, y colmarla,  tu felicidad posible. Bueno, pues el día del miedo al enésimo soponcio económico tu hambre exigía ese plato tan sencillo, pero tan gratificante.

Y te pusiste  a ello.

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Todo fue bien hasta que tuviste que abrir un sobre de queso rallado para esparcirlo  sobre la fuente de  macarrones. Hubo un tiempo en el que abrir cualquier sobre o paquete era algo al alcance de cualquiera, pero desde que el sector alimentario inventó el termosellado de los envoltorios y  esa fuente de cabreos y frustraciones sin límite que llaman abrefácil , ese momento constituye uno de los más delicados y difíciles para la autoestima.

-¿Seré capaz de hacerlo –te preguntaste- o este puto queso rallado me volverá a recordar que soy incapaz también para esto?

Obviamente, el abrefácil se salió con la suya, y no cedió a tus ímprobos esfuerzos. No pudiste liberar el queso rallado hasta que recurriste a las tijeras de cocina, que junto con el cuchillo jamonero tantos cortes te han producido en esa labor sencilla como debería ser sacar un alimento de su envoltorio. El nuevo fracaso te planteaba el dilema de no saber si eras realmente un imbécil o los fabricantes de abrefáciles son lo más siniestro y vesánico de la especie humana.  En ese momento, además,  sentiste dentro de ti a doña María, aquella criatura radiofónica que para casos como éste siempre decía la misma sentencia.

-Esto está hecho de espaldas al pueblo.

 

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La vida es a veces una cadena de casualidades. El día anterior te había llamado la atención el chiste de Forges  sobre abrefáciles que reproduces aquí. Eso coincidió con la llamada una amiga para avisarte de que en el programa de RNE No es un día cualquiera que presenta Pepa Fernández, ella, el propio Forges y ese trasgo genial de finísimo humor llamado Juan Carlos Ortega habían evocado tus años de radio junto con Javier Capitán y Julio César Iglesias, rindiendo un particular y cariñoso homenaje a tus títeres de cabecera como fueron Braulio, Esmeralda Clamores, el padre Bonete y la ya citada gladiadora del hogar.

[Escuchar el programa pinchando aquí, minunto 45 aprox.]

 

–¿Estaré muerto? –pensaste al escuchar sus palabras a través del podcast de RNE a la carta- Porque normalmente sólo se habla de la gente así de bien cuando ya no puede escucharlo…

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También debe de ser casualidad  que el maestro Mingote, y Forges  nacierais el mismo día 17 de enero con algunos años de diferencia. Y casualidad fue que hace dos o tres semanas te lo  encontraras paseando por el centro de Madrid, y que anduvierais juntos un ratito contando vuestros respectivos arrechuchos, a Dios gracias si no vencidos al menos amansados, y hablando de la radio, de las cosas de la vida y de esta costumbre que tenemos los jubiletas –él aún no del todo- de echar a andar cada día para recuperar la ilusión de la salud y aventar los recuerdos.

Te sorprendió la frase con la que te despidió antes de entrar a hacer unas compras en el nuevo Mercado de San Antón.

Pues me alegro mucho de verte así de bien –dijo mientras te daba un apretón de manos y te sonreía- Y te doy las gracias por existir, porque sin gente como tú, te lo digo en serio,  esto sería mucho menos soportable.

Pasmado te quedaste, viniendo aquello de un agudo observador y fabricante  sonrisas inteligentes al que de verdad admiras. No le dijiste que lo tuyo no fue ningún esfuerzo especial por resistir a la enfermedad.

Tampoco le pudiste decir entonces que a pesar de la amenaza del cataclismo económico que nos persigue, y de lo gilipollas que uno se siente por culpa de los abrefáciles, aún te entusiasma pasear por la vida y seguir descubriendo amigos.

 

Gracias, ratita

Mientras la humanidad aclara lo que está bien o lo que está mal hacer con los animales, que San Antón bendiga a llas ratitas que ayudan a los enfermos...

Mientras la humanidad aclara lo que está bien o lo que está mal hacer con los animales, que San Antón bendiga a las ratitas que ayudan a los enfermos…

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Te despiertas estupendo y abres el dietario con algo que te suena a gran frase: toda felicidad es  a costa de alguien.

Recuerdas entonces a la cantidad de héroes anónimos a los que debes parte de tu bienestar. ¿Quién fue  el chispa valiente que se encaramó en los años treinta a la torre de Telefónica desafiando el vértigo y el viento como cuchillas del Guadarrama para anclar la antena que iba a unir por teléfono a los españoles? ¿Quién el artista que plantó el Giraldillo en la cúpula de la catedral de Sevilla? ¿Qué santo o santa limpia los retretes públicos donde se alivian diariamente los habitantes de las grandes ciudades? ¿Quién se aventuó a  fijar aquel noray en el rompiente más peligroso de la Costa da Morte para que amarraran los barcos a punto de naufragio?¿Qué ángel de la guarda te espera día y noche en una furgoneta del SAMUR o en la sala de urgencias de un hospital?

Item más, en otro orden de cosas: ¿quién fue el paciente peón anónimo que hace siglos construyó, piedra a piedra, esa preciosa pared cubierta de musgo que cercaba su tierra y que hoy admiras desde la ventanilla del tren más que una escultura de Chillida o un  edificio de Niemayer?

Probablemente toda alegría es también  a costa de alguien.

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Luego miras al calendario y matizas tu pensamiento. Toda felicidad es a costa de alguien o de algo. Porque aunque ya se habla de bioética y las sociedades protectoras de animales trabajan lo suyo, un bichito sigue siendo nadie. Y te acuerdas de los patrocinados por San Antón, que también te acogió a ti y te prestó su nombre para que lo añadieras al tuyo, demasiado corto y esaborío. Luis Antón pinta más. Claro, que ya estás un poco harto de derramar filosofía barata, así que juegas a la ucronía y te imaginas en la cola de feligreses que acuden a su iglesia de Madrid con su animalito preferido para implorar la bendición del santo.

-¿Y cómo trae usted ese animal tan asqueroso?- te dice con gesto de repugnancia una digna dama que trae a su pareja de perritos Black & Withe adornados con lazos rojos.

-Ya ve, señora. Agradecido que es uno- le responde exhibiendo orgulloso a su rata más querida.

Y por qué no iba  uno a buscar la bendición del santo para la hermana rata, con lo agradecido que le te tienes que estar. La de perrerías que habrán hecho con sus parientes para probar la farnacopea que ahora te puede salvar la vida.

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No te consta si B.B. se nacionalizó rusa finalmente como protesta por aquellos elefantitos tuberculosos que un tribunal de Lyon condenó a muerte en aras de la salud pública. Tampoco qué castigo reciben los que matan rinocerontes en furtividad para lucrarse con el supuesto poder  afrodisíaco de su cuerno molido. Te inhibes en el debate toros sí o toros no, y ante el derecho de los pollos a viajar a su matadero con el espacio suficiente como para calmar los escrúpulos de ciertos diputados británicos, que exigen muerte digna hasta para el gallináceo que luego te comes en un cucurucho de Kentucky Fried Chicken. Últimamente te declaras objetor de cochinillo por motivos de conciencia, y estás estudiando rechazar el foie de las ocas del Perigord por el mismo motivo. Pero al cabo no sabes si te mueves por buenismo o por racionalismo. Se empieza a hablar de bioética como una nueva norma de moral social y resulta que esta se apiada de los toros, de los roedores y de aquellas otras especies que más han  facilitado el avance de la medicina y el cabreo de Brigitte Bardot, mientras que pasa olímpicamente del resto de los abusos que el hombre comete sobre el reino animal. Está muy bien evitar que maten las focas a estacazos para salvar su preciosa piel, pero, como decíamos del Kraken: ¿no sufre también e mejillón cuando es arrancado de de su batea? ¿Y qué me dicen de la langosta que es hervida viva mientras el  Lúculo de turno se anuda la servilleta al cuello y entretiene su gazuza con una fuente de jamón de Jabugo? ¿Por qué nos avergüenza llevar un abrigo de piel de nutria y no unos zapatos de boxcalf?…

-Es que esto de la ética y la sensilidá es mu correlativo –te explica Doña María con su ingenua gramática parda.

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Como el eterno debate entre nucleares sí o nucleares no. O el crecimiento del gasto frente a la contención del déficit. O la prioridad de la gestión pública sobre la iniciativa privada. O la pelotera por el derecho de autodeterminación y por reformar la estructura  del estado. O la necesidad de salvar el derecho del nasciturus frente al del  aborto. A estas alturas de la película el llamado homo sapiens debiera detener estas cuestiones más o menos claras, y no jugar a ser Penélope, destejiendo una generación la alfombra moral y legalque sus predecesores creían acabada. Pero no: lo único que ahora podemos tener claro es que no tenemos nada claro.

Así que tú a lo tuyo. Que san Antón bendiga a la asquerosa ratita que quizás te salve del tumor mientras el género humano discute sobre cómo no arreglar el mundo. ¿De qué iban a hablar si no los periódicos de mañana?

 

¡Aleluya!

Y a pesar de todo, conseguiste cantar EL MESÏAS ajustándote el corsé...

Y a pesar de todo, conseguiste cantar EL MESÏAS ajustándote el corsé…

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Clavadito. Te acostaste aquella anoche después de haber cumplido tus deberes musicales encorsetado –qué guasa, cantar con más de cuatrocientos colegas El Mesías de Haendel  aprisionado por un corsé-  te acomodaste en postura semifetal, como  dormías cuando eras chaval, y apagaste la luz a la 1 de la madrugada. Así quedaste, igual que uno de esos niños Jesús del Barroco que duermen de medio lado en tantas tiendas de antigüedades hasta que dieron la 6,45 y poco después escuchaste el saludo de Carlos Herrera.

-Me alegro, buenos días.

 Y a continuación el goteo de vinagre sobre las heridas colectivas que nos ha abierto esta  crisis que parece el quinto jinete del Apocalipsis. Nuevos datos terroríficos de la caja de la Seguridad Social, que está lo que se dice canina. Nuevas estrellas en el amplio catálogo de ilustres de políticos y empresarios chorizos y corruptos. Evasión de 50 millones de euros del que fue baranda de los grandes empresarios, qué alegría, Virgen María. Más ajustes reclamado desde Bruselas. Nueva bronca con los catalanes a cuenta de otro borrador de ley sobre la enseñanza de la lengua, más despidos en IBERIA, huelga en la sanidad pública de Madrid, comedores sociales abarrotados, dependientes abandonados por lo que fue el estado del bienestar…¿Y por qué se alegra Carlos Herrera?

 Recuerdas además que estás tocado, cosa que olvidas mientras duermes. Eppur se ridi, diría estupefacto si te viera Galileo. Te ríes porque, a pesar de la crisis/Apocalipsis amaneces, que no es poco, y como cantaba Serrat, hoy puede ser un gran día.

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Te pones en plan  filosófico estupendo y reflexionas. Así las cosas, y siendo uno más entre más de siete mil millones …¿puedes hacer de tu blog un altavoz de tu ego? ¿Te has creído el ombligo del mundo? ¿Te ha entrado el síndrome del escritor de libros de autoayuda ante los marrones de la vida? ¿Le sirven a  alguien tus lucubraciones? ¿Buscas la notoriedad por la enfermedad?…Piensas que tu blog no era ya más que para cuatro incondicionales, no eres Belén Esteban, ni Savaterni Arcadi Espada, ni Gerard Piqué, por hablar de nombres de distinto calibre que comunican y agitan al personal. Da igual. Un día te partiste de risa con Shirley Valentine, una marujona de Manchester desencantada que hablaba con el microondas para aliviar la sacrificada soledad del ama de casa.  Como aquella Doña María en la que te desdoblaste para rajar y rajar, de lo que fuera de lo humano y lo divino. Pues eso, entiéndelo así. Te has despojado de ese aire distante que te da veces  tu mirada ausente y tu cabellera blanca y alborotada, más propia de un primo de Woody Allen  o de un de un profesor emérito algo raro,  y te has rebozado de humana vulgaridad.

 Y reconoces  que, como a tantos, te gusta contar tu visión de la vida, abrir la alcancía de recuerdos y sentimientos y sentirte reconfortado con el masaje  afectivo de otros que creías lejos de ti. Vivimos la otoñada ideal para las setas. Velay, las amistades también han rebrotado por todas partes como champiñones, boletus, níscalos y trompetillas. Pasea tu ánimo por un bosque encantado, más aún al ver el amanecer  de rubí entreverado de nubarrones oscuros  desde tu ventana a saliente. Es el mismo cielo de Lo que el viento se llevó, en horario matinal. Te dan ganas entonces de ponerte brazos en jarras en plan Escarlata y parafrasearla.

-¡A Dios pongo por testigo de que  nunca más volveré a quejarme ni a cabrearme  por naderías!

 Tu sentido del ridículo no llega  a tanto. Te limitas a abrir la ventana y a tirar una foto con el móvil por si eres capaz de subirla para ilustrar este post. No será Lo que el viento se llevó, sino lo que te trajo el viento de tu dichosa neoplasia: una oportunidad de disfrutar de la vida  de otra manera.

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Pierre Bauer, un francés, alsaciano, que fue destinado a España por su compañía y vive aquí con su familia desde hace treinta años, compañero de coro en el Via Magna cuando cantabas ahí.  Te sentabas a su lado en los ensayos, por ser el más próximo a ti en edad entre un plantel de jóvenes voces y porque os unían afinidades electivas. Se pueden forjar amistades en lo que dura un ensayo y los prolegómenos de un concierto, que eran vuestras juergas comunes. Educadísimo, culto, de fino humor, gran conversador. Pierre, casi diez años más abuelo que tú, es alto, delgado, de planta noble, barba y bigote, como un retrato de caballero antiguo. Se lo imagina uno con el quepis coronando su testa y podría ser un héroe de la batalla del Somme en el momento de recibir  la Legión de Honor. No sólo te da ánimos, te dice que Chantal, su  mujer es asidua de tu blog, y aún ha reclutado a varios compatriotas para le que echen un vistazo de vez en cuando. Alaba tu aplomo y tu guiño a la vida cuando el destino te amenaza, y te arenga recomendando que afrontes la batalla que te espera d´un pas gaillard, et la fleur au fusil.

Chapeau, mon ami.

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Perico, sobrino nieto guapete y simpático con cara de travieso de película americana de los años 50. Está el muchacho hecho polvo, porque un desalmado le ha robado la bicicleta, y a esa edad la bicicleta importa mucho más que un tío abuelo que ni siquiera te ha llevado nunca al circo. Pero él no sólo no te cuenta  su problema, sino que pide que te pongas bueno y además desea que el Atleti gane el  Madrid para que te consueles. Tu equipo vuelve a perder el derby, pero él volverá a tener bicicleta, y quizás tú también tu salud. 

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José Pedro, probablemente el amigo de vida más sana que has tenido nunca. Ni una copa, ni un cigarro, ni un solo exceso en sus costumbres, tan correctas como cabe exigir a un embajador. Con él corrías por el campo, y un 31 de diciembre  compartiste una San Silvestre Vallecana, recuerdo que une mucho.Pero la vida te da sorpresas, y al poco le aparece un cáncer agresivo de pulmón de no fumador. Tú no hiciste más que llamarle de vez en cuando, el clásico cómo vamos, el polivalente ánimo, volveremos a correr juntos. Él, hombre serio y de fe, creía que cada llamada era quimioterapia mágica, de las que no duelen, pero sanan. Tres años despuéses un hombre nuevo, sigue en el tajo, viaja por todo el mundo, ha vuelto a los largos paseos y a trotar en el gimnasio. Últimamente te manda mensajes desde La Indiay desde Namibia. Aún quedan tramos  para volver a correr juntos.

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Ruben Vidal, un joven pintor de Alcañiz, te conoció un día que apareciste por su pueblo para hacer un programa allí con tus compañeros de RNE. Te sorprendió entonces por su sensibilidad y refinamiento,que reparte entre los lienzos y los pentagramas, pues también es un amante de la música y canta en coros. Rubén se fue a Berlín con una beca y reside allí con Vera. Impresionado por tus comentarios sobre los cuadros de los hospitales, dice que te mandará un boceto suyo para cambiarte el horizonte. Esto pinta maravillosamente. 

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Aquel paraíso en el Valle del Tiétar que compró uno de tus bisabuelos fue el territorio donde te enseñaron a amar la naturaleza. Tu gran maestro de campo fue el tío Jacinto, el guarda, que de no estar estado plantado allí como una de las encinas, hubiera paseado por cualquier libro de Delibes, tanta sabiduría y finura de lenguaje rural como destilaba entre la pana y la boina. Cuando el tío Jacinto  se jubiló heredó la guardería su hijo Cheles, algo mayor que tú, que  de niño arrancaba la corcha de los alcornoques y en ella esculpía con su navaja unos toros preciosos que te regalaba para que jugases con ellos. Era el tiempo en que se inventaban los juguetes. Apareció por allí el arquitecto José Luis Fernández del Amo, amigo de tu padre, y quedó fascinado por los toritos de corcho. 

-Te cambio uno por otro de cartón piedra- propuso. 

E hicisteis el trueque 

Con el tío Jacinto y Cheles aprendiste que las lluvias de otoño ponen  a la tierra amorosa, que la cogujada anidaba en el suelo o  al borde del acirate y el abejaruco en los agujeros de los barrancos, que un bledo colgado de la oreja espanta los mosquitos y que el sapo que cruza el camino barrunta agua. Te enseñaron a distinguir un lentisco de un romero, y el romero del brezo, y este del cantueso, y este otro del tomillo salsero. También con el viento solano, agua en la mano, aunque luego matizaban. 

-En invierno, pero no en verano. 

Cuando hace treinta años la finca cambió de manos Monti, la hija de Cheles, era una chiquilla juncal, morena, muy viva y asilvestrada.  Creció, se casó, tuvo hijos, vive en Madrid, pero hace mucho tiempo que no la ves. Ni siquiera te explicas que pueda seguirte por este dédalo disparatado que es tu blog, pero asoma por él para decirte que reza por tu salud a la Virgen de Chilla, que es la que tenemos más cerca. Qué adorable. Piensas razonablemente que con la que cruje a España tendrá la Señora milagros más importantes en qué ocuparse, y además examinas tu fe y ves tierra casi baldía en barbecho permanente. Pero recuerdas al tío Jacinto y a Cheles, y acabas confiando en la oración de Monti. En este otoño hasta un erial puede ponerse amoroso y hacer que fructifique la esperanza. 

8

Miras atrás y te quedas pasmado. Cual si fueran los ratoncillos de un flautista de Hamelin, resulta que ahora te siguen voces amigas escondidas en el pasado que salen de su discreto escondite para darte ánimos, para abrazarte, para cargarte las pilas. Parientes mas o menos cercanos, amigos y amigas de la infancia, del colegio, de la universidad, de  los guateques, de tu antiguo oficio publicitario, de tu pasar por la radio, de tu vida musical, de tus escritos en MARCA, de tus ráfagas de senderista, y hasta de la zona más convencional de tu biografía se revuelven contra el destino, y te ponen paños calientes. Muchos con argumentos sólidos. Manolo H.H., que apenas se inmutó cuando antes de entrar de entrar en antena le confesaste tu mal, te dice luego con una sonrisa que a sus cuarenta y tres años y con tres hijos los médicos sólo le daban tres meses de vida por un cáncer de colon avanzado. 

-Me operaron, me radiaron, me dieron quimio, me hicieron de todo- te cuenta como quien pasó unas paperas- Yo entretanto seguí haciendo las madrugadas de RNE, para que se me notara menos la angustia. Y aquí estamos. No hay que bajar los brazos, amigo…< 

Tu primo J.M. Pazos, desde Bilbao, te recuerda algo parecido. Pasó el mismo calvario hace veinte años, cuando aún se sufría el cáncer de tapadillo, como si la palabra propalara el mal fario. Ahora este arquitecto tranquilo, tanta infancia juntos en el campo, vive su retiro feliz entre Las Arenas y Altea, donde le gusta navegar.Está joven, terso, casi con la misma cara de niño empollón de entonces, cargado de hijos y nietos. Hizo una buena maniobra, desbordó su tumor y su pesadilla y esta se perdió por popa para siempre. Sursum corda. 

9 

Recuerdas entonces que convives con muchos otros que llevan años lidiando toros tan peligrosos como el tuyo y ahí siguen, tan campantes. 

Y lees mensajes y correos o escuchas SMS de lo más variados. Tus sobrinas asturianinas, Cecicilia. Elenita y Dani, otros sobrinos que se han establecido en Shanghay, Lola y Fred, desde el Canigó, Chumby 2 desde Compostela, Amado, el camarero del bar de la Universidad Carlos III donde  es profesora tu magnífica hija Isabel, dos Cristinas, Itziar, Rosi y Silvia que vuelven desde la época dorada de los guateques, como si aún se escuchara al fondo canciones de Adamo o del Dúo Dinámico. Resistiré- sobre todo esa- Resistiré. Julián 29,  el sabio Angelus P, Zoupon, Franciska, May, Charivari, Atticus 444, Cerdido, José Ramón, tu prima Ana, Joselepapos,  Violette, el Marqués de Betanzos, Julio…Adela Fornés te regala además filosofía práctica  invocando un pensamiento que Lezama Lima asimiló de los holandeses.< 

No puede impedirse el viento -dice el poeta cubano-, pero pueden construirse molinos. Molinos que, como los de Don Quijote,  exorcicen la locura e igualmente la convoquen. Pues es hermosa y fértil locura la de intentar transformarnos. Molinos que extraigan agua cristalina de la tierra cansada. Para que la hierbita verde pueda seguir pujando entre las piedras frías dando nuevo sentido a ésta, nuestra aturdida vida cotidiana (más o menos sic). 

Es fantástico. El flautista de Tumorín, transportado en loor de seguidores, te ayudará a construir molinos para que estos, con sus aspas,  irriguen y fertilicen tu alma y se disipen definitivamente las nubes negras. Qué suerte, ¿no? 

10

Reconoces entretanto que tenías hasta hace poco la cabeza a pájaros, y que el toque de atención te ha obligado a serenarte y a ordenar al menos lo esencial. Una mano benéfica te ha regalado un pastillero, lo que te obliga  a sentarte, abrir unas cajitas de plástico que marcan días y horas e introducir en ellas las pastillitas correspondientes para completar tu semana de farmacopea. Entre la medicación debe de haber algún fármaco euforizante, porque tú deberías estar echo un asquito, como un geranio lacio o un perro apaleado. Pero, muy al contrario, desde que  te dieron la mala nueva te sientes impulsado a hablar, a comunicar, a enredar, a multiplicar tus `presencias, a dar fe de vida. En cierto sentido, has perdido el sentido del pudor. 

Lo que propicia que, cuando Carlos Herrera pide desde Almería llamadas de oyentes que hubieran `participado en rodajes de las grandes películas que tuvieron como escenario la provincia, tú te precipites al teléfono y cuentes sin el menor recato cómo un día de invierno de 1968 en el que hacías tus prácticas como Sargento de Complemento  en Infantería Mecanizada te largaste en compañía del sargento Quintín a conocer Almería  y, de paso, a ganar otra vez la batalla del Alamein para acabar desembarcando con las tropas del general Patton en Palermo. No hay que ser humildes ante grandes divos como el Herrera. Él habrá ganado muchos premios, Quintín y tú conquistasteis un Oscar de Hollywood. En él sólo erais dos cabecitas que asomaban por la escotilla de la torreta de los carros con una gallardía probada, pero ahí quedaba vuestra huella en la historia del cine. 

11

Antes de ese momento glorioso, y mientras los carros viajaban por tren desde Madrid, tú le recogiste al sargento Quintín en tu 600 Descapotable y pusiste rumbo a Almería, que entonces parecía lejanísima. Quintín tenía que reservar alojamientos para los oficiales y suboficiales que venían por detrás, tú ibas de figurante, a cumplir tu mili en una guerra como la de Gila. Como tu compañero sabía que el viaje e era larguísimo y que no era cosa de gastar tiempo ni dinero en paradas de avituallamiento, incluyó  en su equipaje una gran cazuela de conejo guisado que le había preparado su señora. Comisteis conejo, merendasteis conejo, cenasteis conejo. Y cuando, a la mañana siguiente de llegar a Almería a las 3 de la madrugada y de despertar en una modesta pensión de 30 pesetas la habitación fuisteis a desayunar, aún te ofreció conejo de desayuno. Austeridad castrense y optimización de recursos se llama eso, aunque tú preferías un café con leche y una tostada. 

Durante aquel viaje el sargento Quintín, como es lógico, te habló de su familia. Y de ella se te quedó sobre todo el nombre de una de las hijas que te hizo especial gracia: Petra Mari. Aún no te habías asomado a la radio, pero casi veinte años después, cuando nace en ti Doña María y te inventas una familia para ella, adoptas ese mismo nombre para la tercera de sus hijas. La auténtica Petra Mari, la hija del sargento Quintín te ha confesado estos días que se lo imaginaba. Después de decirte en un e-mail impagable que su padre, hoy comandante jubilado, se había emocionado con tu recuerdo al escuchar su nombre, te cuenta que te seguía desde que estabas en la SER, y que siempre se había preguntado si la Petra Mari radiofónica nació durante el rodaje de Patton. 

Hoy soy médico de familia en La Paz de Madrid, y mi hermana Emilia celadora en el mismo centro –vienen a decirte- Ambas estamos familiarizadas con tu enfermedad, con el dolor y con la importancia de mantener tu actitud positiva. Aquí estamos, para lo que necesites, para lo que nos pidas y para demostrarte la calidad de la sanidad pública. Y aunque la cazuela de conejo siga siendo tradición familiar, también podemos invitarte a un arroz con bogavante, que nos sale divinamente. 

Recuerdos de la mili, de un largo viaje, de una guerra de pacotilla, de un sargento al que no has vuelto a ver, de tu vida en la radio, de unas mujeres encantadoras a las que no conoces y de una cazuela de conejo. Este guiso de la vida desparrama un aroma de ternura que te hace sonreir  y, de hurtadillas, aflojar alguna lágrima. Parece casi otra de las maravillosas Historias de la Radio de Sáenz de Heredia. 

12

Más aún. Como los designios del Señor son inescrutables y además la radio obra extraños milagros, reaparece en tu vida Fray Vicente Ferrer de Alayrach, fraile de de la trapa de San Isidro de de Dueñas en Palencia. Sólo dos flaqueza humanas distraían hace veinte años a este hombre de Dios de sus deberes espirituales: el Athletic de Bilbao, su eqipo de fútbol favorito,y las imitaciones de La verbena de la Moncloa, que seguía apasionadamente a través de su transistor no se si en vísperas, en tercias o en la repetición de maitines. Poco le importaba al buen fraile que, además de chuflas y remedos de los políticos y otros personajillos, por allí aparecieran la irreverencia y la gamberrada, y que los papas y el padre Bonete que incluías en tu repertorio distaran del respeto a la ortodoxia católica presumibles en un trapense de regla severa y tarlatana de lija. Fray Vicente te había idealizado, consideraba que Dios había obrado en ti maravillas, y que lo que hacías junto a ese sublime artista y gran imitador que es también D. Javier Capitán era poco menos que caridad cristiana, pues si, tal que afirma San Teresa, también entre pucheros anda Dios, cómo no va a andar con los que cocinan la risa. 

Esta doctrina suya se trufaba en larguísimas cartas con citas de San Agustín, de San Juan de la Cruz, de San Pablo y de todas las Escrituras habidas y por haber, con  la propina de oraciones por ti, tu familia al completo y hasta el envío en ocasiones de los deliciosos bombones de la Trapa que tanta fama hicieron. Tal era el entusiasmo de Fray Vicente por tus coñas radiofónicas que, casi cinco años después de haberte esfumado de la antena, e ignorante de que además bromista eras notoriamente impío, aún te llegó una carta con una petición insólita. Iba a celebrar los cincuenta años de su ordenación como trapense y su sueño era que después de la santa misa de acción de gracias y del almuerzo con sus familares y amigos más íntimos…pudiérais Javier Capitán y tú dedicarle una sobremesa de chascarrillos e imitaciones. 

 ¡Oh maravilla!… La verbena de la Moncloa sería por un día, previo nihil obstat del señor Obispo y el visto bueno del Padre Prior, La verbena de la Abadía.  

13

Te quedas pasmado, no te puedes imaginar la escena ni en una película de Berlanga, tú  en el refectorio,  después del almuerzo, dedicando a Fray Vicente un discurso del Rey, cantando Litlle flag como Esmeralda Clamores, predicando como el pade Bonete, o bendiciendo lo postres como Benedicto XVI. Y todo ante la miraa atónita del obispo, del prior y del propio Fray Vicente, que entonces descubrirá el tinglado de la farsa y no sabrá si darte las gracias por el regalo o preparar en el claustro mismo del convento un auto de fe para inmolarte en él, por hereje e iconoclasta. Te lo imaginas, te sonríes te carcajeas…Es la magia de la radio, el ilusionismo de sus voces y sonidos convertido en surrealismo. Pero el reto te divierte y te apetece. Así que le escribes a vuelta de correo –el e-mail aún no ha entrado en la abadía- y te comprometes. 

-Si puedo, no faltaré- le dices. 

Si puedes. 

14

…Porque aunque la celebración será por Pentecostés te han llegado malas noticias, y puede que entonces no estés para fiestas. Así que le escribes apresuradamente para que no se forje vanas ilusiones, le cuentas que tienes un tumor, y que aunque lo llevas con humor no sabes si te responderán los títeres. Eso sí: le pides por favor que en lugar responder a la presente por carta, tenga la bondad de  acusar recibo y darse por enterado utilizando ese invento llamado el teléfono, para lo cual le facilitas tu número del móvil y también del fijo, por si San Isidoro de Dueñas tiene tarifa plana, que en todo hay que pensar. 

15

Te llama Fray Vicente en la sobremesa. Tú acabas de almorzar en casa de tu hermano Pablo, y atiendes la llamada delante de tu cuñada Marliesse y de tu sobrino Daniel. Fray Vicente te saluda con la voz temblorosa, lanza un torrente de jaculatorias y latinajos, se lamenta de tu enfermedad, asegura que tiene a todo el convento rezando por tu sanación y está convencido de que Dios no sólo te salvará, sino que hará posible que amenices sus bodas de oro con la Trapa, pues no faltaría más. Alejado seguramente en el convento de lo que es la moderna psicología, intenta el buen hombre ayudarte recordando que eso tuyo le pasa a cualquiera, que dos hermanas suyas a las que quería muchísimo murieron las pobrecitas de cáncer, pero que una prima llamada Justina a la que casi quería tanto como a sus hermanas vivió varios años, aunque al final también murió, no se sabe si antes o después de hacer imitaciones en un festejo. 

-Como nos pasará a todos, Don Luis-razona con toda lógica- Porque todos hemos de morir en Cristo. 

Pero su misericordioso afán de visitar al enfermo, consolar al triste y, en definitiva, hacer caridad cristiana no puede reprimir su humana curiosidad como oyente de la radio. Está hablando con un duende que, junto con Capitán y Julio César Iglesias le ha estado engatusando durante años, y ahora quiere saber detalles que le intrigan. 

-Por ejemplo –añade-, y perdone que me aparte del tema…Yo me reía muchísimo cuando don José Bono, que es tan buen cristiano y entonces era presidente de Castilla la Mancha, prometía que el AVE a Ciudad Real pasaría por donde el pueblo se lo pidiera, ¿verdad?…Y entonces había una paisana que criaba cerdos y se llamaba Belarmina que aparecía siempre para pedirle que el AVE se detuviera junto a su granja, para así poder cargar los cerdos en el tren y llegar antes a la feria… 

-Caramba, qué memoria la suya, Fray Vicente… 

-Sí, sí, pero me queda una duda…¿Usted hacía de Bono o de Belarmina?… 

Fray Vicente Ferrer de Alayrach tiene medio siglo de vida conventual a sus espaldas, y debe rondar los ochenta, pero en el fondo es como un niño. 

13

Aún queda la traca final. Cuenta Fray Vicente que junto a él, escuchando la conversación telefónica,  está el hermano Jesús, que ingresó en la trapa en 1949, y que recibió a Franco con ondear de banderas cuando el entonces Generalísimo visitó la abadía de la que inauguraba algún pantano por la zona. 

-Porque era usted  el que imitaba al Caudillo, ¿verdad?- inquiere Fray Vicente para no columpiarse otra vez. 

-Sí, el Caudillo, como usted dice, era de mi negociado… 

-Ay, Don Luis, pues perdone que se lo pida….¡Pero le haría tanta ilusión al hermano Jesús que lo imitase!… 

Le dices que se ponga al teléfono el hermano Jesús ybte lo pasa. Le saludas, impostas la voz hasta aflautarla lo suficiente, ceceas las eses y con el perfeto acento gallego y el tato que caraterizaba al Invito inicias tu discurso. 

Trapencez todoz…Permitdime que me entrometa en la intimidad de vuestra abadía para zaludaroz dezde la dieztra de Dioz Padtre todopoderozo y agradecer la adhesión inquebrantable del Hemano Jesús, fiel exponente de laz virtudes criztianaz y paytrióticaz que han engrandecido a nueztra glorioza patria…Hermano Jezúz…¡Uno! Hermano Jezuz ¡Grande!…Hermano Jezúz ¡Libre!…¡Arriba Ezpaña! 

Por el teléfono se adivina entonces que el ancianísimo hermano Jesús se está emocionando, y grita enfervorizado. 

-¡Eso, eso!…Sí, viva Franco…Porque él acabó con la masonería, y con el comunismo, y con todos los males de España… 

No escuchas más, estás valorando lo pintoresco de la situación e imaginando que  Berlanga está ahí, contigo,  rodando una secuencia que luego aparecerá partida en dos cuadros. En de la izquierda un par de frailes viejecitos escuchando el teléfono a punto de levitar. En el de la derecha tú embutido en un corsé ortopédico imitando a Franco mientras a tu alrededor tus hermanos te miran ojipláticos. No escuchas más porque en realidad te estás descojonando de risa, y comprobando los insólitos efectos hilarantes que a veces puede producir una neoplasia. 

14

Acabarás tu primera semana fuera del hospital otra vez en la cama de tu casa, recostado como el Niño Jesús del Barroco para descansar mejor. Irás remansando la euforia, porque te han rebajado la dosis de Cortisona, y una vez encajadas las piezas en el nuevo puzzle de tu vida debes regresar a la normalidad y, como dice el Rey, entrar en talleres. Llegarás a esta hora fatigado, a veces asustado, pero al cabo más que satisfecho de la respuesta de tu familia, de la reacción de tus amigos y conocidos, de lo que tus ojos han visto y tu corazón ha procesado. Lo más hermoso ha sido volver al campo y comer con los tuyos en el jardín, al sol de diciembre, mientras el otoño del Valle del Tiétar, con Guadalupe a lo lejos, se ofrecía en todo su esplendor y las nietas correteaban a tu alrededor. Parecía que la vida no puede tener límites. 

Pero más emocionante aún ha sido cumplir tu ilusión de cantar, este año con más razón que nunca, El Mesías de Haendel…con el corsé, porque era un reto personal.  Camino del Auditorio te detuviste para ver a Marina, tu nieta mayor, que estaba malita. Y ante ella, acompañado por wl profesor Rod Mac Crowry, amigo de la casa con el que hiciste senderismo en Escocia y tenor aficionado, ensayasteis por última vez el Aleluya, que la niña, asombrada y feliz,  tarareaba a su manera. 

-¿Y quién era tu abuelo? –puede que le pregunten algún día. 

Y ojalá conteste. 

-Pues un señor que se puso malo por Navidad y pesar de todo cantaba el Aleluya tan contento.

La radio feliz

1
Escucha el Duende –por la radio, naturalmente- que se va a estrenas en Madrid Sonrisas y lágrimas. No la película, sino el musical. Y piensa que por delicadeza general podrían haberse ahorrado la mitad del título y dejarlo simplemente en sonrisas, que al lacrimal ya lo tenemos sequito, el pobre.

Cuando se estrenó la película este duende estaba en la la onda de la Filmoteca, los cine-forums de culto y las salas de arte y ensayo. Se aburría a menudo, pero entonces se creía que la cultura tenía que llevar ladrillos en la tripa, y detestó cordialmente aquel pastelón de colorines que firmaba Robert Wise y que hizo famosas algunas de las canciones más estúpidas y peor traducidas que ha escuchado nunca. Casi medio siglo después aún se pregunta que selvático animal es el re, y cómo se le puede cantar a un niño que el mi denota posesión o que el sol ardiente esfera es. A la cursilísima institutriz se le podían haber ocurrido otras rimas más ingeniosas para enseñar la escala musical a aquella panda de repipis austríacos. Claro que el tiempo y la costumbre consagra cualquier gilipollez si es cantada por varias generaciones. Y el que esté libre del villancico de las Muñecas de Famosa, que tire la primera piedra.

2
Escucha a continuación que la SER despide a doscientos empleados, reduce el sueldo al resto de la plantilla y cambia la parrilla de estrellas para la próxima temporada. Unos periodistas serios y comprometidos suceden a otros del mismo corte. De Cebrián y Polanco/ el espíritu impera/ moriremos besando/ la sagrada bandera…En la España imperial se cantaba con otra letra, pero la fidelidad, salvando las distancias políticas, es parecida. Y entonces se pregunta el Duende cómo es posible que la armada invencible que entonces era PRISA esté haciendo aguas. Y que aquella radio donde el Duende encontró sólo sonrisas saque ahora el pañueluco para enjugarse las lágrimas. Se vuelve a repetir la historia: de aquellos polvos triunfales, y de la loca aventura de las televisiones de pago, estos lodos.

3
Antes de que al Duende le llamara María Navarro, madre de la actriz Lola Dueñas y entonces brazo derecho de Iñaki Gabilondo, para ofrecerle una pequeña colaboración en el recién nacido Hoy por hoy, la nueva SER se había cargado a Los Porretas, quizás el último serial que programaron las emisoras de radio generalistas. Al Duende le divertía mucho, porque, entre otras cosas, era una parodia de los propios seriales, y sonaba como aquellas Historias de la radio de Saenz de Heredia que tan feliz hizo a su generación. Aquel abuelo Porretas estaba en la misma onda que el inolvidable Pepe Isbert vestido de esquimal para ganar el concurso, peleando por llegar el primero en las mismas escaleras que ahora subía él para llegar al estudio…Tenía algo de costumbrismo simpático, inocente, entrañable.

Pero Los Porretas no era lo bastante modelnos para el grupo de comunicación que definía los estereotipos de la nueva España democrática. Y fueron ajusticiados. Pecaban de lo que empezaba a ser la descalificación favorita de la progresía, pecaban de casposos. Como si los progres se lavaran la cabeza todos los días, y estuvieran libres de polvo y caspa.

4
Por eso le sorprendió al Duende que naciera en la nueva SER el perfil de Doña María, que indudablemente tenía sus raíces en la España de olor a col y portería y a sonido de serial, y que probablemente también era casposa. Y le impresionó que esta buena mujer abriera paso después a La Verbena de la Moncloa, y al Premio Ondas, y a infinidad de viajes y actuaciones por toda España, con Iñaki, con Julio César Iglesias, con Capitán, con Herrera o con Antonio Jiménez, y a contratos jugosísimos que le permitieron a él vivir espléndidamente. Y ahora, en la apoteosis de las vacas flacas y, por ende, del tremendismo radiofónico, le deja atónito recordar que en un tiempo la SER daba paso a la gladiadora del hogar, gruesa de los nervios ella a las 8, 30, al final del matinal, como colofón amable de un informativo en el que no aparecía la prima de riesgo, ni el BCE, ni Grecia, ni el fantasma del hundimiento del euro, ni el 25% de paro, ni otras miserias que al parecer aún han de venir.

Tuvo suerte, muchísima suerte el Duende de haber vivido la radio feliz. Ahora ya sólo escucha algunos tramos de Herrera en la onda, Radio Clásica y a ese genio de la comunicación que es Richard Vaugham (pronúnciese, Voone, a pesar de que sus anuncios no lo digan así). No se ríe uno tanto como entonces, pero al menos mejora su inglés, que a pesar de sus dificultades es más comprensible que la puñetera e interminable crisis. Otras sonrisas, otras lágrimas. Qué suerte tuvo Doña María de esfumarse a tiempo.


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