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Un raro cuento de Navidad

El absurdo de estos artistas callejeros que hacían la estatua en la calle Arenal provocó un cuento de Navidad aún más absurdo...

El absurdo de estos artistas callejeros que hacían la estatua en la calle Arenal provocó un cuento de Navidad aún más absurdo…

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A Cristina le gustaba acompañar a su madre cuando iba de compras por el centro de Madrid. Sobre todo en Navidad, salían del Metro en Ópera y desde ahí a la Puerta del Sol iba viendo a multitud de artistas callejeros que hacían de estatuas sin mover un músculo ni tiritar por el frío. Había un torero patinado en oro, un escritor como Cervantes sentado en su escribanía que parecía modelado en bronce, un motorista suspendido en el aire sobre su moto sin caerse jamás al suelo, un Lobezno vestido de negro con los dedos como cuchillas, un faquir, una tortuga Ninja de color verde, un vaquero con su revólver que no mataba a nadie, y unos soldados americanos recubietos de barro clavando una bandera. Todos inmóviles, como si fueran de mármol. Pero esa mañana descubrió un grupo escultórico que no entendió, a cuyos pies un letrero rezaba sólo una palabra: POMPEYA.

-¿Y esos quiénes son? –preguntó a su madre.

-Dos que se quedaron petrificados cuando el volcán Vesubio, que  entró en erupción y sepultó los habitantes de la cercana ciudad de Pompeya.

Como es natural la mamá de Cristinita tuvo que responder a la niña todas las preguntas que suscitó la primera explicación. Qué era entrar en erupción, por qué aquellos hombres se convirtieron en piedra, si había en Madrid algún volcán que pudiera estallar y sepultarlas a ellas y, cambiando de asunto, por qué los pobres artistas soportaban inmóviles  el frío cuando nadie se paraba a depositar un euro en su hucha.

-Son artistas- le dijo su madre intentando zanjar la cuestión- Y los artistas hacen cosas muy raras que no siempre entendemos…

-¿Y qué es lo que hay que hacer para ser artista?

-Tener mucha imaginación –dijo la madre tirando de la mano de Cristina, que no se despegaba de los pobres pompeyanos petrificados.

-¿Y cómo se tiene imaginación?- insistió la niña.

-¡Vamos, niña, que se nos hace tarde!- rezongó la madre visiblemente desesperada por la curiosidad insaciable que mostraba su hija- Imaginación es… pensar cosas originales que no se le ocurren a los demás, ¿entiendes?

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Cristinita abrió sus ojos y a partir de ese momento empezó a fijarse en todo, para ver si se le ocurrían cosas y originales y podía ser artista, que le parecía muy divertido. Mientras su madre tomaba un café y hacía un pis en el VIPS, en la portada de una de esas revistas que la gente hojea gratis vio la foto de dos hermanas siamesas: Unidas para siempre, subrayaba el titular. Cristina no sabía que hubiera hermanos siameses, y la cosa le hizo mucha gracia.

-Mamá –le preguntó a su madre cuando reemprendieron la marcha hacia el inevitable Corte Inglés– ¿Tú sabías que hay hermanos y hermanas siameses?

-Si.

-¿Y conoces algunos?

-No.

-Y ¿cómo se las arreglan cuando tienen que hacer pis?

-Mira, niña…¿Por qué no piensas en la carta a los Reyes Magos?

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Días después los niños y las niñas de su clase tenían que presentar a la profesora un cuento de Navidad escrito por ellas. Cristina se rascó la cabeza un ratito pensando cómo iba a ser su cuento. Al cabo de un rato, empezó a escribir que una niña como ella ponía el nacimiento. Era un nacimiento clásico, con su Misterio, sus Reyes Magos, sus pastorcitos, sus ovejas y cabras pastando sobre el musgo, sus pollinos cargados de leña, sus gallinas, su río con lavanderas y pescadores y su castillo de Herodes con un soldado acorazado vigilando desde la torre. Por el camino que lleva a Belén, adoradores llevando sus regalos al Niño. Y mezcladas entre esas figuritas, dos muy especiales: una de dos hermanas siamesas, la primera de las cuales lleva en sus manos un queso, mientras que la segunda porta un tarro de miel. Uno poco más lejos, tras una paisana con una cesta de huevos, otra figura original: dos hermanos siameses que además son músicos. El primero toca una dulzaina, el segundo una pandereta. De repente, en la casa donde la niña montaba el nacimiento empieza a sonar El tamborilero de Raphael, y de la misma forma que los juguetes del cuento El soldadito de plomo cobran vida al sonar las doce en el reloj de carillón, las figuritas del nacimiento se convierten en personajes de verdad. Todas hacen su papel sin problemas, y sus movimientos tienen la armonía y la serenidad de una auténtica noche de paz. Pero el problema surge porque una de las hermanas siamesas quiere detenerse a hacer pis y la otra no se lo permite, por el temor de llegar tarde al portal. Un poco más atrás los dos hermanos siameses músicos también se pelean, pues uno quiere tocar con la dulzaina Los peces en el río y el de la pandereta prefiere el Ya viene la vieja. Empiezan a sonar las voces de protesta y los insultos. Las demás figuras se enfadan, el camino se alborota, aparecen figuritas ultras y el nacimiento entero se convierte en un caos espantoso. Entonces entra la madre, para la música del Tamborilero que detiene el ensalmo, reprende a la niña por poner esas figuras tan raras, retira a las dos parejas de siameses y la niña, que no es otra que la propia Cristinita, se echa a llorar desconsolada. Además, al final –escribe la auténtica Cristina para concluir el cuento- la figura del Niño Jesús se queda con una cara un poco triste, porque ve el mismo nacimiento de todos los años, donde no hay imaginación. Y colorín y colorado, este cuento de Navidad se ha acabado.

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El cuento de Cristina causó mucho revuelo. Reunido el comité de dirección del colegio, el director tomó la determinación de llamar a los padres de la niña para recomendarles que la llevaran urgentemente al psicólogo. La niña fue al psicólogo –psicóloga más bien- sin el menor entusiasmo, porque además no había en el camino a su despacho ni estatuas vivientes ni hermanos siameses. Tampoco entendía Cristina a los profesores y a sus propios padres, a los que les gustaban, por ejemplo, los cuadros de señoras raras y de monigotes de Picasso y de Miró y no aceptaban que ella pensara en un nacimiento con siameses. Para que luego le dijeran que el futuro es de los que tienen imaginación.  

Pereza de la Navidad

Pereza de la NavidaD1

5 de diciembre –anotó en su diario- Ya he leído los periódicos. Al margen del catálogo de desgracias y tropelías con que habitualmente nos obsequian los medios, veo que avanza imparable la Navidad. La Lotería, los langostinos congelados, el Corte Inglés como paraíso, las mil y una iniciativas benéficas y humanitarias, los Papá Noel de peluche trepando por los balcones. Dentro de poco, me temo, algún villancico de Raphael derramando copos de almíbar en la tele, el turrón que vuelve a casa, las muñecas que se dirigen al portal, burbujas doradas y macizas como la chica de Goldfinger, famosos de esos con el pelo teñido y famosas estucadas levantando la copa de cava brindando por mi felicidad…No puedo decir que me dé náuseas, porque a mí me gustaba la Navidad. Sí me da mucha vergüenza ajena. Menudo mantra, como se dice ahora, para desatar las ganas de hacer negocio, la cursilería y la horterada al por mayor.

Ahora, de verdad, de verdad, lo que sí me produce este fenómeno es vértigo. ¿Otra vez la Navidad, tan pronto?… Flori, mi vecina de arriba, dice que le da tanta pereza meter y sacar cosas y ordenar los armarios que entre los adornos del árbol ya cuelga el bikini. Dice que queda muy bien entre las bolas, los muñecos de nieve, los lazos y las luces, y así lo tiene más a mano, porque se acabarán las navidades y el verano ya está al llegar. No es que la Navidad sea breve, aunque cada vez se adelante más, es que me voy haciendo vieja, y el tiempo, qué putada, se me escurre como el agua entre los dedos.

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El marido en los cielos, su hija Adela trabajando de enfermera en Coventry, su hijo Alfonso de cooperante en Sudán, sus tres hermanas un poco menos lejos, en Canarias, en Vigo y en Tarragona. Lucía pensaba que por tradición y, aún un poquito, por convicción, tenía que vestir su casa de Navidad. Pero sentía como si alguien la hubiera atado de los pies a la cabeza a la chaise-long y no pudiera levantarse, abrir los armarios y sacar las figuras y el dichoso abeto de plastiquillo vegetal. Ataduras invisibles, pero bien fuertes. ¿Para qué se iba a tomar la molestia? ¿Para quién?

Salió a la compra. Lo justo para comer y cenar. Y allí, mientras esperaba su vez en la pescadería, se encontró con Flori, que llamaba desesperadamente a su suegra para pedirle que recogiera a los niños por la tarde en la parada del autobús del cole y los llevara a casa.

-Es que me han llamado del Centro de Salud para decirme que hay un hueco para la mamografía, y cómo lo voy a desaprovechar-explicaba.

Pero la suegra de Flori no podía, porque tenía cistitis, qué faena, y Flori estaba tan desesperada que no se daba cuenta de que el pescadero entretanto le cortaba la pescadilla en rodajas, y no en filetes, como había pedido.

-¡Coño, y encima esto!- soltó cuando se apercibió de ello.

-No te preocupes- terció Lucía- Ya iré yo por ellos.

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Antes de volver casa, Lucía compró polvorones, y en un bazar chino, unas chuches, unos cuentos y unas pinturas. Luego, por la tarde, antes de bajar a por los niños de Lucía, calentó el horno para poner en él un cuarto de pollo con pasas, cebollitas y unas rodajas de manzana rociados de jerez oloroso. Recogió a los críos, los subió a casa, les dio de merendar, les ofreció las chuches y los regalitos, puso un CD de villancicos y así pudo abrir el armario y rescatar del altillo el árbol, los adornos y las figuritas del nacimiento. Por un momento temió que el Niño Jesús hubiera sufrido los abusos de un pederasta, que a san José le hubiese decapitado un yihadista y que los Reyes Magos hubieran estafado a toda la cristiandad llevándose los camellos cargados de regalos a un paraíso fiscal. Pero afortunadamente los males de este mundo no habían llegado hasta ahí.

Con el aroma de buen asado que invadía la casa, los villancicos, los polvorones, y las voces de los niños Lucía, pudo hacer de tripas corazón y cumplir con el viejo ritual que le habían transmitido sus padres y que, cada año más, le pesaba como una losa. Le fastidiaba dar la razón a los anuncios, pero tenía que admitir que la Navidad era para compartirla.

La caja de galletas y la luna

Ni un día sin preocupación...¿Qué puede hacer un hombre de tu edad cuando no encuentra su caja de galletas en su propia casa?...

Ni un día sin preocupación. ¿Qué puede hacer un hombre de tu edad cuando no encuentra su caja de galletas en su propia casa?…

Una mancha de mora con otra mancha se quita. Qué verdad. En medio del caos –calor tórrido y gusanillo por dentro que roe tus días- vuelves al campo, refresca el ambiente y se echa la noche limpia y saludable sobre ese pequeño oasis de verdor en el que aún se refugian, confiadas, tus inquietudes. Incluso se escucha el rumor del arroyo que baja de Gredos, este verano felizmente más rumboso que otros de sequía contumaz. Arriba preside la luna creciente, con cara de chica que espera novio sentada en el poyete de la noche. Le quedan dos o tres días para ser toda redondez dichosa.

Te vas a la cama tarde. Después de dos noches de Valium por prescripción facultativa esta vez te da la vena naturalista y decides prescindir de farmacopea. Te engatusarán la luna, otra vez ella, a través de la ventana, y los elementos que metes en el bombo del sueño como si fueran los números de la lotería. Elemento número uno: eres joven, juegas muy bien al fútbol en el Atleti y metes de cabeza el gol que arrebata al Real Madrid la Champions que creía ganada hasta el minuto noventa y tres. Elemento número dos: sigues siendo joven, estás en una playa solitaria, a lo lejos avanza una figura femenina, se te aproxima, se despoja de un albornoz y se queda desnuda. Es una mujer bellísima, pero atormentada. Te dice que si no la haces tuya en ese instante y sobre la misma arena se internará en el mar hasta que las olas se la traguen como a Alfonsina Storni. Decides salvarle la vida. El sueño va por buen camino. Elemento número tres. Surge de las tinieblas Isidoro Álvarezha habido apariciones más turbadoras, cierto- y te nombra embajador de Viajes el Corte Inglés, entregándote a continuación un bono gratuito que te permite ir donde quieras, como quieras, por el tiempo deseado y en tu compañía preferida. Elemento número cuatro: Bach resucita para pedir que vayas con tu coro a cantarle a su señora Las mañanitas del rey David, porque es su cumplesiglos y le hace mucha ilusión. Los costes, a cargo del Emperador. Elemento número cinco: regresas a la infancia, estás en una confitería de alguna ciudad vasca y te suplican que comas todos los canutillos rellenos de crema que se te antojen. Son la especialidad de la casa, y una de tus debilidades. Elemento número seis: el Capitán Akab te invita a perseguir en su buque ballenero a la bisnieta de Moby Dick. Elemento número siete: las hermanas Koplowitz se tiran de los pelos por cortarte las uñas, acaso el acto de aseo personal que te da más pereza y para el que nunca encuentras el momento oportuno. Lo echas a suertes de forma salomónica y a Esther le tocan mano izquierda y el pie derecho, mientras que Alicia se ocupa de la mano derecha y el pie izquierdo. Ellas, para no hablarse, te piden por favor que entre tanto les permitas ver Sálvame. No faltaría más.

En éstas el cielo levanta las persianas y amanece. O sea, has dormido bien sin auxilio químico. Ya es algo. Hubieras deseado aprovechar más a fondo el elemento número dos, el de la mujer y la playa, pero los sueños sueños son, y duran lo que quieren. Amanece, canta el gallo, la mañana respira fresca, suena cantarín el chorrito de la fuente. Parece que los jabalíes han vuelto a hacer de las suyas, bajan del monte, hozan en las zonas húmedas buscando lombrices, avellanas, las primeras castañas, manzanas, ciruelas. Dejan parte de este jardín ya de por sí algo asilvestrado como un auténtico patatal.

-No pasa nada-piensas.

Es lo bueno de tu situación. Despiertas cada mañana y lo demás no importa. Pero…¿qué es un hombre sin preocupaciones? En una casa de campo de seis adultos, siete niños, y numerosos parientes y amigos que entran y salen es difícil encontrar hasta tu sombra. A la hora del primer desayuno, cuando los demás duermen, te das cuenta de que, en un ataque de orden, alguien ha cambiado de su sitio tu caja de galletas, esa caja que una navidad albergó un panettone y que tú convertiste en el depósito ideal para conservar las galletas sin que se queden húmedas o revenidas. No todo podía ser miel sobre hojuelas. Hoy vas a buscar la caja que luce estampada la imagen de una niña bonita y no la encuentras. Te desesperas. Te indignas. Y te preguntas cómo es posible que a un hombre de sesenta y ocho años el destino le pueda asestar una puñalada tan cruel.

Por fortuna, al cabo de un rato la descubres en el fondo de un anaquel de la despensa. Vacía naturalmente. Bajas al pueblo, compras Tortas de Aceite Inés Rosales y galletas de avena, la llenas y, como eso es el símbolo de tu felicidad momentánea, la fotografías y a continuación redactas este post. Qué lata. Si mañana ya no tienes que buscar la lata de galletas, vas a tener que recordar que estás jodido de verdad.

Claro, que siempre quedará la luna.

El jardín de las sevicias

Cualquiera de los monstruitos de verano que uno se encuentra por el centro de Madrid podría tener cabida en los delirantes paisajes del BOSCO...

Cualquiera de los monstruitos de verano que uno se encuentra por el centro de Madrid podría tener cabida en los delirantes paisajes del BOSCO…

De vez en cuando el Creador enfocaba el catalejo a las playas de Río, de la Costa Azul y de California. También echaba un vistazo a las de los buenos hoteles de Marbella, de la Costa Brava, de las Baleares y de Comillas, donde igualmente abunda la gente guapa. No era picardía, injustificable en su caso. Era para consolarse.

-Quiero recordar que yo no hice el ser humano tan feo como se empeña en mostrarse cuando llega el verano- pensó mientras valoraba los cuerpos esculturales que se paseaban por allí.

El día anterior no había hecho más que disfrazarse de ciudadano perplejo y andar por el centro de Madrid. Santo cielo, qué espectáculo. Sabía que el concepto de belleza no es único ni universal, que las modas van conformando distintos estilos, y que para muchos la libertad y la comodidad del propio cuerpo están por encima de la estética. Pero no podía sospechar que con los calores, la modernidad liberase en tal forma su afición por el despelote y el feísmo. Pantalones piratas, calzones de lycra más y más cortos, chandals, barrigas al aire, camisetas de baloncesto, tatuajes hasta en los sobacos, crestas de puerco espín o penachos como el del casco de Escipión el Africano en las cabezas, gorduras prietas, morbosidades desparramadas, aretes y pendientes, sospechaba, hasta en la punta de la minga y en las simas del monte de Venus, torsos musculados y rostros pintados de arco iris predicando el orgullo Gay. En los pies, o deportivas o sandalias fraileras o chancletas. Mayormente chancletas. Daba igual que te asomaras al hall de un hotel de lujo, al estanque del Retiro, al ábside de San Francisco el Grande, a las salas del Museo del Prado o al Corte Inglés. Por doquier, el desprecio al decoro y también al prójimo, puesto que no a todos los que no son como nosotros les parece bien que el personal se luzca en la calle como si estuviera en el solárium de su casa.

-Demonios –dijo Dios llevándose las manos a la cabeza- ¿Y qué reservan ahora para la intimidad?…

Eran los encantos del verano, ya anticipadas por el Bosco en algunos de sus cuadros más famosos. Cualquiera de los guiris y paseantes que atiborran el centro de Madrid estos días de verano con el atuendo que imponen los tiempos podrían figurar perfectamente entre la chusma burlesca, los trasgos imaginarios y otros monstruos que aparecen camuflados en ese paisaje apocalíptico que es, por ejemplo, El jardín de las delicias.

-Eso sí –precisó el Creador visiblemente escandalizado- Teniendo en cuenta que esa carnavalada demuestra demasiada crueldad con la estética ciudadana, habría que llamar a este cuadro El jardín de las sevicias.

Lo ve el bloguero y de verdad que añora el bendito invierno. Tan frío, es verdad, pero tan digno tapándolo casi todo.

Cerezas en el Paraíso

Es tan agradable pasear a la sombra de los cerezos mientras coges sus frutos y te los llevas a la boca que casi parece pecado...

Es tan agradable pasear a la sombra de los cerezos mientras coges sus frutos y te los llevas a la boca que casi parece pecado…

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Fue una suerte cantar con tu coro del CEU en el encuentro coral de Candeleda el pasado sábado. Al maestro, un músico riguroso que considera fundamental el ensayo de los domingos a las 20 horas, se le movió el corazón, y relajó por un día su disciplina karajaniana para suprimirlo. Demasiado apresurado volver a Madrid para esa hora después de una noche de canto y copas. Demasiado tentador el sol de junio y el paisaje de la zona como para no abandonarse al ocio. Menos mal: llevas tiempo diciéndole que jubilarse para tener que regresar el domingo a Madrid como si fueras un currante en activo no es jubilarse. A la música estás dispuesto a entregarle mucho: uno, tres, diez domingos al año. Pero la primavera es efímera. ¿Cuántos lunes te van a esperar los cerezos con su fruto bonito, pleno de color y reluciente?

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Te levantas y paseas entre los cerezos desayunándote cerezas frescas. Buscas el modo de adjetivar esa manera de ir cogiendo cerezas de uno y otro árbol, con la misma indolencia con la que en las películas de romanos aparecían picoteando frutos en sus banquetes los emperadores. Recuérdenlo, iban Nerón o Calígula, pasaban ante un frutero desbordante de color y de sabor y pellizcaban una uva o una cereza para masticarla después enarcando la ceja con evidente perfidia gestual mientras con la mano libre le tocaban una teta a la favorita de turno y con el pensamiento contaban los cristianos que devorarían sus leones en el circo. Cómo eran de perversos aquellos romanos de película.

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Josep Pla decía que lo fundamental para el escritor es saber adjetivar. Tú lo primero que piensas es en coger cerezas y comértelas a capricho, pero en ese momento te salta a la memoria otro modo adverbial que se le ocurrió al letrista de aquel himno religioso a la Virgen que cantabais en el colegio durante el mes de mayo: Venid y vamos todos/ con flores a porfía/ con flores a María/ que madre nuestra es. Cantabais como loritos: ¿se preguntó alguien alguna vez qué significaba a porfía? Tiras de diccionario y anotas: con emulación o competencia. O sea, que llevabais flores a la Virgen para ser igual o más que el más rico o piadoso de la clase, a ver qué se iban a creer los demás…Las tonterías que se escriben a veces por completar una rima.

Así que tú te das un paseo matinal robando cerezas y no porfías con nadie, te las comes a capricho, que está mejor dicho. Y dando gracias a Dios de que este fruto sea, como los higos, de los pocos que produce tu terruño que salen tan sabrosos y bonitos como los que podrías comprar en el superdel Corte Inglés.

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Por cierto, que hablando de Dios, te imaginas por un momento que si hubieras sido El en el momento de escribir el guion del pecado de Eva, en lugar de encargarle a la serpiente que le invitara a morder la manzana, le hubieras ofrecido cerezas, que son mucho más sensuales.

-Muerde, bonita –le diría el maligno travestido de reptil- que te vas a enterar de lo sabroso que es el pecado.

No está bien enmendar la plana al Creador, pero el cambio es de sentido común. Comerse una manzana siempre da cierta pereza. Sin embargo es imposible sentir las cerezas en los labios y morderlas después, tan rojas, dulces, y mórbidas, sin pensar que estás besando. A porfía, a capricho o a esa chica que te gusta tanto.

 

Por si el arte no tiene corsés

¿Y si a alguien le da por pensar que eres un artista?...

¿Y si a alguien le da por pensar que eres un artista?…

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Lorenzo de Medicis no tendría mejor despertar que el tuyo. Saltas de la cama, te asomas al ventanal y ves sobre el fondo aún oscuro del amanecer el arco de una naranja que asoma por el horizonte de Madrid. Segundos después es el sol.  Unos girones de nubes horizontales de color añil aparecen entreverando el globo de fuego. En un minuto ya no puedes mirar el espectáculo, porque dañaría tus ojos. Y corres la cortina: se ha acabado la exhibición.

Si este proceso lo filmara –y lo firmara- Bill Viola ¿cuánto hubieras tenido que pagar para contemplarlo en tu casa? No has pagado nada.  El arte de hoy es así: no se sabe si está en el que lo crea, en el que lo rapta de la naturaleza para enriquecerlo con su acreditada bendición o en el paleto como tú que ve todos los días belleza y no se le ocurre etiquetarla como obra del genio humano.

Por cierto las videoinstalaciones de Viola que se exhiben en la Real Academia de San Fernandoexcelente ocasión para ver el magnífico fondo permanente de este museo, probablemente desconocido para la mayoría- son esto mismo, pero con personas. Te plantas durante cinco o seis minutos ante una pantalla que parece exhibir una foto fija y poco a poco, segundo a segundo, esta se anima. Una mano se mueve, una mirada cambia de dirección, alguien sonríe, otro infla y desinfla los mofletes, el de más allá gira la cabeza, unos ojos se cierran. En tiempo real la secuencia duraría apenas un tres segundos, pero la cámara de Viola consigue ralentizarla hasta parecer una eternidad plástica. Como la fotografía es extremadamente realista y la iluminación es bellísima, el experimento tiene su misterio, algo inquietante, por cierto. Puedes imaginar cualquier cuestión humana en esos modelos.

No te aclara sin embargo cómo se definen ahora las fronteras el arte. Tampoco te gustaría mirarlo en tu casa.

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Días después, haciendo orden en tu pequeño palomar, reaparece en un armario el corsé ortopédico que te prescribieron cuando se descubrió que tu tumor de pulmón había salido de viaje para anidar en tus vértebras dorsales. Qué juguetonas las neoplasias esas. El corsé te costó como un traje a medida en el Corte Inglés. Sin embargo a los cuatro meses dejó de tener sentido, y ahora es una cáscara vacía, un torso de PVC sin contenido, una presencia incómoda e incluso comprometedora. Qué se hace con un corsé ortopédico, si hasta da vergüenza llevarlo al punto limpio.

De repente se te enciende una bombilla. ¿Y si lo vieras en una de esas originales instalaciones que los artistas presentan en ferias como Arco? ¿Y si lo firmara uno de los genios que de vez en cuando baten los records de Christies? ¿Y si pensaras que en lugar de un trasto inútil es una metáfora elocuente y originalísima? ¿Y si al MOMA le da por presentarlo como arte?

Esta vez la lucubración no te la guardarás. Coges el corsé, le quitas el polvo, lo plantas en una mesa y le haces unas fotos, para ver si alguien se atreve a ver en él el montaje inexplicable que tantas veces admiramos embobados en los museos de arte contemporáneo. Si hay por ahí algún privilegiado con esa lucidez, que te lo reclame, que se lo regalarás encantado.

Puede que estés donando una obra arte. Y, como poco, te quitarás de en medio un archiperre incómodo.

Los Reyes que necesitas

Estàn las cosas tan difíciles y tú tan obsesionado por tus alifafes que quisieras pasar de ellos. Pero te acabas dando cuenta de que, a tu edad, aún los necesitas..

Estàn las cosas tan difíciles y tú tan obsesionado por tus alifafes que quisieras pasar de ellos. Pero te acabas dando cuenta de que, a tu edad, aún los necesitas…

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Por segunda vez te dan de alta en el hospital y convaleces en casa. Convaleces: piensas en el verbo sin contrastar su significado en el diccionario, por lo que interpretaste cuando lo escuchaste por primera vez. Más o menos crees que, aparte de curate, es confirmar que vuelves a valer. Le cuestión es para qué. ¿Para ejercer tus facultades intelectuales? Puede. ¿Para el ejercicio físico y el deporte? Evidentemente, no. ¿Para hacer humor, que era lo tuyo? Como mucho, ironía, que es lo que te pide el cuerpo golpeado. ¿Para mirar?  Afortunadamente sí. ¿Para lo más de lo más……?

Mejor no comprometerse.

Así que pasas la mayor parte de tu tiempo convaleciente mirando, que es lo más plácido. Mirando el paisaje urbano y sus cambios de luces, los periódicos, libros, películas que no acabas de ver. Hasta que te cansas,  acabas aparcando tu curiosidad en la apasionante vida de nuestra fauna y te duermes ante un oso polar desesperado porque no encuentra una foca que llevarse a la boca y ante una pareja de hipopótamos copulando.

-¡Criatura!- se te escapa pensando que la hipopótama también tendrá vértebras, como las tuyas.

Pero te duermes sin despejar dudas. Qué será peor para la espalda, si una metástasis en dos dorsales, que es tu poblema, o tonelada y media de hipopótamo verriondo, que es lo que ha de soportar ella.

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Entre los de la noche y los que  te invaden durante el día tu vida se está convirtiendo en un emparedado de sueños. A veces incluso la realidad te vuelve a remitir a ellos. Dicen los periódicos que a un ciudadano negro que iba a oficiar de Baltasar en la Cabalgata de Reyes de Carabanchel le ha detenido la policía. Esto más que sueño parece pesadilla. ¿Era un presunto estafador multimillonario del rango del flamante ex presidente de la CEOE? ¿Se temía que pudiera fugarse de España antes de que la justicia le echara mano? ¿No podía esperar el juez a que terminara la Cabalgata? Pues no hay chorizos en nuestro país como para entretenerse en otras causas. Al detenido tal vez hasta le iban a pagar por hacer su función. Quizás hubiera sido su único aguinaldo de Navidad. Y a los niños de Carabanchel les frustraron un rey negro de auténtica raza.

No quieres creer que a un concejal blanco le haya dado un ataque de cuernos y aspire a sucederle, No imaginas que con toda la población negra que hay en Espala aún quede un munícipe dispuesto a embetunarse por vestir los efímeros honores de Baltasar  de cabalgata. Y recuerdas que por ahí empezó a cimbrearse tu fe en los Magos de Oriente,

-Ven, Luisito, que vamos a ve a los Reyes Magos de verdad.

Te llevaron a las puertas de Galerías Preciados, que tenía entonces mejor cartel y más posibles que El Corte Inglés. Te acercaron a Baltasar, que era tu rey favorito. Y cuando su majestad hizo por ti, y se inclinó para darte un beso, por el amplio cuello de su sayón  de damasco asomó una pechuga blanca como la de un pollo. Pensaste que no era necesario seguir haciéndote el tonto para considerarte niño. Luego caíste en la cuenta de que aquel era un ascensorista disfrazado, y te convenciste de que los Reyes Magos son otra cosa.

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Adviertes que en una semana has pasado de tener un apetito voraz a tardar un cuarto de hora en asimilar un caldo. Lo que te cuesta tragar, caramba. También eres consciente de que se te está empezando a caer el pelo, y de que el espejo te presenta ahora aun tipo pálido que con dos cuartas más de talla podría  ser  el primo de Christopher Lee. Estás endemoniadamente cansado, y hasta cambiar el rollo de papel higiénico te parece uno de los doce trabajos de Hércules. Sólo estás a gusto cuando te despojas el corsé, te acurrucas en la cama de costado y duermes. Como un niño, es cierto.

Hoy te irás a la cama con una imagen extraordinaria. Se había acabado la Cabalgata de Reyes de Madrid, se supone que sin orden judicial contra ninguno de sus majestades,  y por encima de la cúpula de San Franciso el Grande viste un castillo de fuegos artificiales que dibujaban las mismas ilusiones que te impedían dormir todos los cinco de enero de tu infancia. La diferencia es que ahora duermes, sueñas y olvidas. Y aunque sigas esperándolos, solo necesitas esto  de los Reyes Magos.

 


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